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Juan José Saer en la Universidad de San Pablo Entrevista a Juan José Saer |
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A passagem de Juan José Saer pela Universidade de São Paulo foi breve,
porém luminosa, e o seu registro sem dúvida enriquece a nossa
coletânea. SAER EN LA UNIVERSIDADE DE SÃO PAULO* P. Se te conoce como novelista, como prosador, pero tenés un libro que se llama El arte de narrar. Cualquier persona que leyera este título pensaría que es un libro de ficción, pero en realidad es un libro de poesía. Me gustaría que explicases esa relación y tu vínculo con la poesía. J.J.S. En realidad, en los años 50 y 60, en Argentina, había un predominio importante de la poesía lírica; había poetas líricos importantes como Hugo Gola. Sin embargo, a través del peso de la poesía italiana empezó a haber una nueva influencia. Pavese tiene un libro de poemas narrativos en que teoriza, y en su libro de ensayos El oficio de vivir analiza la posibilidad de una poesía narrativa. El dice que la poesía narrativa tiene poca vigencia en nuestra época porque hubo una tendencia a la poesía narrativa en el siglo XIX, y que esa tendencia se transformó en cancionero porque faltó cierto elemento identificador. Ya en el caso de Baudelaire, Pavese considera que hay una unidad temática muy grande pero que falta el trayecto narrativo que podría hacer de un libro de poemas un solo y largo poema narrativo. Entonces yo empecé a pensar mucho en hacer este tipo de poesía, en hacer poesía narrativa por la influencia, sobre todo, de poetas que se leían mucho en aquel momento: Eliot, por ejemplo, Pound y Pavese que me era muy querido. Bueno, poco a poco me pareció que había una convergencia entre esa poesía narrativa y algunos narradores del siglo XX que, digamos, me parecía que tenían una manera de narrar que incorporaba o tendía a concebir el lenguaje narrativo como lenguaje poético, a veces como simples aproximaciones teóricas, y otras como puestas en práctica (por ejemplo, hay una aproximación teórica en Thomas Mann cuando dice que la novela - en realidad que el relato - y el mito se identifican; y hay también una puesta en práctica por la que el valor de la prosa, el valor rítmico, el valor verbal, a veces sustituye al contenido, a la acción, a la intriga, a todos los elementos tradicionales de la narrativa). Todo esto me parecía interesante, y en el fondo para mí elaborar textos poéticos con algunos criterios de prosa y textos en prosa con algunos criterios de poesía, fue un principio personal, simplemente una norma de trabajo. Por supuesto que se trata de dosificar, que había que dosificar, para no caer en la mera prosa poética o en la inversa, la poesía narrativa. En la Argentina hay, por otro lado, toda una tradición muy importante de poesía narrativa, como ustedes lo saben, que es la poesía gauchesca. Uno de los mayores textos de la literatura argentina es Martín Fierro que es un poema narrativo, y que ha dado lugar a muchas discusiones acerca de su género. Para Lugones era una epopeya, para Borges era una novela, para Martínez Estrada había elementos teatrales muy importantes. Entonces esta incertidumbre a propósito del género me confortaba a mí teóricamente para trabajar en ese sentido. El hecho de que el libro se llame El arte de narrar es un pequeño manifiesto personal, o mejor, una pequeña indicación personal acerca del carácter narrativo de esos poemas. Por otra parte, yo siempre traté de elaborar, de hacer, pero supongo que ya no lo haré (sería demasiado trabajo hacerlo, confieso) una novela en versos. Una de mis novelas, EL limonero real, la empecé en versos, después me fue demasiado difícil mantener una tensión poética a lo largo de 100, 150, 200 páginas sin incurrir en el prosaísmo. Me pareció en un determinado momento que era más interesante tal vez tratar de elaborar una música personal en la prosa, tratar de encontrar unos ritmos personales, nuevos, inéditos en la prosa (si es que esto es posible), o por lo menos que, digamos, pareciese nuevo. P. A propósito de El entenado: ¿qué significa reescribir a fines de este siglo el mito de la antropofagia? J.J.S. Puedo decir que
la antropofagia es un elemento importante en el relato pero no es el
objetivo principal del libro. Evidentemente la antropofagia es un tema
muy fuerte y cada vez que se produce realmente un caso de antropofagia,
todos parecemos, o todos nos preguntamos, por esos antepasados antropófagos
a quienes les gustaba la carne humana. Es un enigma (una tradición al
mismo tiempo), es una cuestión como todo lo prohibido, como todo
aquello que no podemos hacer y que siempre parece que debe ser mejor que
aquello que está permitido. Simplemente yo partí de una imagen, de una
situación histórica, un hecho, digamos, que se produjo realmente
cuando Solís llegó al Río de la Plata. Solís bajó con un pequeño
grupo de marineros e inmediatamente fueron atacados por los indios que
se los comieron crudos frente a los otros que estaban en el barco y que
miraban la escena asombrados. Los del barco volvieron inmediatamente a
Europa donde los devoraron de otra manera. Los indios habían dejado,
sin embargo, vivo a un grumete que se llamaba Francisco del Puerto; que
este grumete haya vivido entre los indios diez años, sí que es una
cosa misteriosa. El hecho que se hubieran comido a Solís y a los otros
marineros no es tan enigmática o sorprendente puesto que la
antropofagia era corriente en América en aquella época. El grumete que
los indios habían dejado vivo es un personaje misterioso del que se
sabe muy poco. Se sabe simplemente que se llamaba Francisco del Puerto
porque era huérfano. Era un tema extremamente novelístico, era ya
novelesco casi. Yo quería hacer por entonces una novela donde el
personaje fuese un personaje colectivo (esta es la razón de ser de El
entenado), una novela donde los personajes no fuesen individuales sino
una comunidad. A esa novela yo la había pensado bajo la forma de cuatro
conferencias sobre una tribu dada por un conferenciante; no había
narrador, había simplemente una persona que contaba, un científico
podemos decir, en todo caso un etnólogo, que contaba o analizaba
diversos aspectos de una sociedad y esa sociedad era el personaje
principal de ese texto. Después apareció, se interpuso esta historia,
y poco a poco apareció el narrador, y este narrador se convirtió de
algún modo en el personaje principal del relato. Pero para mí, hay dos
personajes en este libro: uno es el narrador, y el otro la tribu (y la
tribu es un personaje, digamos, único, entero). Yo, en una época,
escribí "la tribu de mis pulsiones o nuestras pulsiones".
Nuestras pulsiones son como una tribu salvaje que puede o no, más o
menos, ser domesticada por lo que se llama la civilización. Y entonces
mi idea era proyectar en esa tribu toda una serie de comportamientos que
irían desde la antropofagia a la sexualidad desenfrenada, pasando por
los sentimientos de culpa y por la culpabilidad que después se
transforma en conducta social, en una especie de religión, en una
conducta social extremamente rígida, en rigidez de comportamientos y
consecuentemente en rigidez moral... Al mismo tiempo quería contar esto
desde el punto de vista de los indios, y desde el punto de visto del
narrador quería analizar la posibilidad de captar el sentido de una
experiencia vivida (si es posible captar el sentido de una experiencia
vivida o no). P. Yo quisiera preguntar también algo respecto a ese ente colectivo que se llama El entenado. A mí se me ocurrió una conexión con el libro de Todorov, La conquista de América. J.J.S. No lo leí, pero conozco la tesis de Todorov que es muy interesante. P. Algo que quisiera escuchar de usted es, por un lado, qué piensa sobre la cuestión de la escritura, tema trabajado por Todorov, y por otro lado, la otra cuestión, sería la de la sexualidad. Usted explica lo que es un ente colectivo, y cómo los indios le han otorgado al grumete el papel de voyeur, sin embargo es una cosa psicológicamente difícil, incomprensible, que él haya estado viviendo con los indios diez años y no haya tenido ninguna relación sexual… J.J.S. Eso es deliberado. Es deliberado que no tenga ninguna relación sexual. Atención, antes de encontrarse con los indios, el grumete se transforma en prácticamente el amante de todos los marineros del barco. El grumete dice: "me resigno a eso, me di cuenta que en definitiva lo mejor era dejar"; de algunos de los marineros dice: "encontré en ellos el padre que no tenía", pero luego efectivamente no hay más sexualidad por la razón siguiente: en las orgías de los indios vio tanto, vio tanta cosa cada año, durante diez años, que entonces a los chicos que luego tiene los adopta sin pasar por la sexualidad. Es arbitrario pero es una convención novelística. No tenemos nunca que olvidar que el arte es siempre, cuando llega a ser arte, un poco artificioso, o artificial. Hay artificio en el arte, por ejemplo, cuando vemos algunos planos en las películas de Orson Welles, uno se pregunta cómo se pusieron para filmar esto. Seguramente esas cosas que parecen tan naturales cuando las vemos, exigieron toda una serie de esfuerzos, el actor tenía que estar torcido para que la mano apareciera de determinada manera, etc. Cuando uno escribe, también recae en esos esfuerzos. El narrador en El entenado tenía que ser como una especie de asceta al final, tenía que alcanzar una especie de (voy a decirlo en francés) non vouloir; es decir, llegar a una situación para poder narrar en la que todo su deseo se concentrara solamente en la escritura. Entonces cuando come, come muy poco, sólo unas aceitunas y un vaso de vino. Ya no tiene ningún tipo de relación sexual, ni hace ninguna alusión a la sexualidad. Tiene una existencia extremadamente ascética para poder contrastar con el cuadro que observa. Y además, hay como una preparación ascética para poder hacer revivir a esta tribu. Obviamente es imposible escapar de esa especie de confrontación con la sociedad actual. Tengo un amigo que quiero muchísimo que es un historiador de Rosario, José Carlos Piamonte. El me dijo que le parecía que había en mi novela una teoría del buen salvaje. Me lo dijo como un insulto, como una crítica. Probablemente esa teoría esté, a pesar que yo traté de evitar esto por todos los medios; pero ya sabemos que uno no puede hacer siempre lo que pretende, que el lenguaje trae consigo cosas que aparecen y que uno no hubiera querido poner. P. ¿Y sobre la cuestión de la escritura? J.J.S. La escritura está siempre al final o siempre al comienzo. Hay dos teorías sobre la escritura: una que está siempre al final; otra que está siempre al principio. La teoría de que la escritura es el corolario de la experiencia significa que la escritura viene al final; significa que cuando somos cada vez más viejos tenemos más experiencia y mejor escribimos. Y está la otra, la teoría de la producción textual, que dice que el texto genera su propio sentido. Podríamos dar el ejemplo de Goethe que escribió muchísimo a sus setenta años, pero también podemos dar el ejemplo de Rimbaud y Lautréamont, que escribieron sus textos más sublimes, Rimbaud antes de los diecinueve y Lautréamont a los veintiún o veintidós años. Yo creo que como siempre, (parezco un político de centro), que como siempre las dos teorías tienen algo de verdad y algo de falsedad. La experiencia no asegura el valor de una escritura, y la producción textual que no está controlada por la inteligencia no funciona autónomamente. La escritura automática de por sí no basta para producir un texto. La teoría de la escritura automática como teoría puede ser válida para ciertos textos pero deja fuera una inmensa mayoría de textos que no podrían explicarse solamente por esta teoría. P. ¿Cómo investiga el tema que selecciona? ¿Y cómo se compatibiliza el proceso de investigación con la espontaneidad o no del trabajo de creación? J.J.S. Hay muchos libros que exigen una investigación, pero cuando uno investiga para escribir, no investiga de la misma manera que una investigación para escribir una tesis. Por ejemplo, es evidente que si uno quiere escribir una tesis sobre las relaciones de parentesco, por ejemplo, ya que estamos en esto de la etnología, no puede no leer a Lévi-Strauss o sobre totemismo, o sobre el mito, no puede no leer a Lévi-Strauss y a toda una serie de autores. Si uno escribe una novela puede no leer a nadie, puede no leer nada. Yo quiero hacer una novela sobre el imperio romano y puedo no leer nada sobre el imperio romano (estoy pensando en la novela Los idos de marzo de Thornton Wilder), puedo hacer lo que quiera porque hay una libertad total. Es evidente que no todos los artistas trabajan así, y que hay diversos tipos de exigencias para con el texto que uno está trabajando. Las lecturas pueden ser algunas de información. También puede haber lecturas de desinformación. Cuando yo leí en cierta historia hace muchos años el relato de El entenado, eran catorce líneas. Eso es todo lo que yo sé, lo que yo supe. Cuando yo leí ese relato pensé que sería interesante escribir una novela sobre el mismo, entonces no leí más nada. Pero leí otras cosas, como por ejemplo, leí a Staden, por ejemplo, leí algunas crónicas del siglo XVII, pero sobre ese personaje no leí más nada nunca más. Y borré todas las alusiones, todas las referencias históricas precisas. Por supuesto que hay lecturas que son no de información, sino de puesta en condición, de atmósfera, y en ese sentido pueden ser las cosas más variables. Son aquéllas que nivelan, por decir así, la investigación. Habría que precisar estos términos pero no tenemos tiempo. Lecturas que inspiran en el sentido que dirigen el trabajo hacia ciertas zonas emocionales, semánticas, de imágenes, particulares de problemas intelectuales, o también de ciertas problemáticas que si no aparecen después explícitamente en el texto, están sin embargo diseminadas, empapan, impregnan el texto de manera indirecta. Pero después, al margen de ese trabajo de preparación de un relato que puede ser mayor o menor, después la lectura es un placer y una necesidad; de modo que hay muchos centros de interés muy diferentes e incluso contradictorios. Desde la novela policíaca hasta los filósofos pre-socráticos, pero no cualquier cosa sino ciertas cosas que a mí me estimulan, que me gustan leer, que me produce placer leer, estos tipos de cosas son las que me estimulan para escribir. P. En una entrevista en un diario argentino, el Clarín, usted alguna vez se refirió a su escepticismo con referencia a la existencia de una literatura latinoamericana. Me gustaría que hablara al respecto. J.J.S. Debió ser un reportaje en el que el periodista me dijo "Usted siempre está criticando a..." y me nombró a dos o tres novelistas latinoamericanos muy conocidos, mucho más leídos que yo, más ricos que yo, y que venden mucho más que yo. Entonces yo le dije: "lo que pasa es que siempre me preguntan por ellos desde 1980, cuando yo publiqué un artículo que se llamaba La selva espesa de lo real". Ese artículo yo no lo escribía contra nadie, sino más bien contra los medios literarios franceses o editoriales franceses que habían hecho una categoría estética literaria que era la literatura latinoamericana. Si uno no escribía dentro de esas categorías estéticas, si uno no entraba dentro de esos cánones, si no eran historias orales, primitivas etc.. no era literatura latinoamericana. La literatura latinoamericana, o la literatura francesa, son categorías históricas, no estéticas. Como los franceses, que se dicen a sí mismos cartesianos. Los franceses han inventado lo que ellos llaman écriture blanc pero son estos novelistas de 3 por 5 que han inventado la écriture blanc para comprarse una residencia de fin de semana. Si nosotros analizamos la obra de Pascal, de Rabelais, de Proust y de Céline, de Balzac o Flaubert, sabemos que la écriture blanc no existe en la tradición francesa. La literatura latinoamericana para mí es sólo una categoría histórica, o ni siquiera histórica, una categoría geográfica, no sé cómo llamarla, pero no es una categoría estética. Para mí no hay nacionalidades de novelistas, para mí hay escritores y punto, individuales. Cada escritor es individual. Por ejemplo a mí me gusta mucho, les doy un ejemplo brasilero, me gusta mucho Carlos Drummond de Andrade (que ha tenido muchísima influencia en la poesía argentina en los años 50 y 60) y Guimarães Rosa. Y no tienen nada que ver uno con el otro. Y vivieron a lo mejor a dos cuadras uno del otro. El mismo caso de Borges y Arlt. Son escritores de la misma generación, la diferencia es que Arlt murió a los 42 años y Borges vivió mucho tiempo más que él. Son dos escritores que viven en el mismo barrio prácticamente. Bueno, "Florida" y "Boedo" son dos barrios diferentes, pero era una exageración que me salió mal. Pero vivían en la misma ciudad y son opuestos, son el día y la noche; por supuesto que hay ciertos puntos de contacto, pero como hay puntos de contacto entre todos los grandes escritores, por diferentes que sean. Hay un momento en que sentimos que estamos frente a un escritor que nos gusta, es que nos encontramos a nosotros mismos, habla de nosotros mismos, toda la literatura habla de nosotros, de uno. A mí no me interesa un personaje, digamos rabelaisiano… del Caribe, que pesa doscientos quilos y que cuenta historias maravillosas, si yo no me encuentro a mí mismo en eso. Eso es todo. Las categorías estéticas en un determinado momento son retóricas, cuando se vuelven preceptivas se transforman en retóricas. La preceptiva de la novela no está dada de una vez y para siempre. La novela tiene que cambiar si quiere seguir viviendo, el realismo que define a la novela no puede, si quiere seguir existiendo, seguir utilizando o empleando, por ejemplo, los mismos cánones realistas, la misma visión ingenua del espacio, del tiempo, del carácter y de los sentimientos, etc. P. ¿Cómo pensás o cómo imaginás la recepción de Nada, nadie, nunca en Brasil? J.J.S. Desde ya, lo más amplia posible. Bueno, el libro acaba de salir. Desde ya, la edición es bellísima, es una de las mejores ediciones de un libro mío. Me gusta muchísimo. La editora ha organizado una serie de reportajes. No me hago ilusiones de que todos los periodistas se mordieran los dedos pensando cuándo yo iba a venir a Brasil. Ya había habido algunos artículos importantes sobre mis libros en Brasil, pero digo "importantes" por el tamaño (porque los autores juzgamos esto por el tamaño, por la fotografía, por el número de páginas). Los verdaderos artículos, los artículos importantes sobre los libros en general no aparecen en los diarios. El periodismo no tiene tiempo de hacer eso, pero está bien que el periodismo diga cosas, aunque sean arbitrarias, que digan cosas para golpear la imaginación del lector y que el lector vaya corriendo a comprar el libro. El periodismo es un poco publicidad, digamos las cosas como son. Además un periodista no se puede expresar, por más inteligente y culto que sea (y conozco muchos que son así), no se puede expresar en un diario con toda la libertad con la que se expresaría en un trabajo que hace en su casa, o que va a publicar en un libro. Ayer he recibido algunas preguntas muy inteligentes de algunos periodistas, lo que contribuirá a que el libro se venda más o menos. Tampoco quiero ser un best-seller, bueno, no es que no quiera ser un best-seller, me gustaría ser un best-seller en un mundo en el cual Ungaretti fuera un best-seller, Guimarães fuera un best-seller, o Kafka (bueno, Kafka lo fue pero veinte años después de su muerte). Me gustaría que todos los escritores que a mí me gustan fueran un best-seller, entonces así me sentiría menos culpable. En cambio, si sólo yo fuese un best-seller... bueno, para darles un ejemplo: García Márquez es el prototipo del best-seller latinoamericano. Cuando publicó sus dos o tres primeras novelas no vendía, cuando publicó Cien años de soledad, primero se vendieron cinco mil ejemplares, después cinco mil más, a la semana se vendieron quince mil y él mismo dijo: "Yo, que hasta ahí estaba contento, empecé a preocuparme", porque él sabe que ahí, hay un problema. ¿Cuál es el escritor más vendido de Brasil? Paulo Coelho, probablemente; estoy seguro que no hay nadie aquí que considere a Paulo Coelho un escritor. Las condiciones de trabajo cultural en Francia para los franceses son muy difíciles (aunque a nosotros, que tenemos un tinte exótico, nos vaya muy bien). Hay todo un establishment relacionado a la carrera de premios literarios y todos viven un poco de eso. Por supuesto que en Francia hay algunos intelectuales importantísimos, como Derrida, y que en ciertas especialidades hay gente extraordinaria, en ciencias humanas, en estudios clásicos, en ciencias, en física, en matemáticas; en cambio el escritor tiene un estatuto un poco de show bizz, amateur, pertenece un poco como al show bizz. A nadie se le ocurre que un científico tenga que ser un best-seller. Cuando un científico es un best-seller toda la comunidad científica desconfía. En cambio, con la literatura, hay una confusión entre lo que es pura diversión - un entretenimiento biodegradable como yo lo llamo - y lo que es creación auténtica, tentativa de representación del mundo por los medios de la ficción, reflexión sobre la realidad, sobre la simulación y el concepto de verdad. Eso ya no existe. Empezó con esa historia de la "no-ficción". Todo el mundo escribe una novela o sus memorias, en Francia, en Estados Unidos, en los países europeos, esa es la literatura. Las memorias de una actriz de cine escritas por un escritor fantasma. Y eso es lo que la gente cree que es literatura. Cuando un ministro pierde el poder, lo que hace es escribir novelas. Una sátira interesante se puede escribir acerca de eso. P. Eso sería lo opuesto de lo que ocurrió en el siglo XIX. Antes se escribía una novela para hacerse ministro. J.J.S. Efectivamente.
Yo siempre se lo digo a mis estudiantes en la facultad.Ustedes tienen
que aprender poesía si quieren ser presidente de la república.
Pompidou escribió una antología de la poesía francesa, era un hombre
que tenía formación literaria. Y Jospin y Chirac se retrucaban por
medio de poetas. Ganó el que hizo la mejor cita. Yo les recomiendo,
tienen que leer mucha literatura si quieren ser presidente, el único
que logró eso sin serlo fue Menem. J.J.S. En este momento
hay un problema llamado "el heredero de Borges". Pero hay
varios herederos de Borges, como hay varias viudas de Borges. Ya no
saben cómo presentar, cómo vender a un escritor argentino en Europa,
entonces se lo presenta (ya a varios han presentado así) como heredero
de Borges. Borges no tiene herederos, un escritor no tiene herederos; un
escritor puede haber influido sobre una generación, pero un escritor es
único, no tiene heredero. Para poder ser como ese escritor hay que ser
algo totalmente distinto. Para poder ser Borges o mejor que Borges
(aunque nadie quiere ser mejor que Borges, yo no quiero ser mejor que
Borges) hay que hacer algo completamente diferente. Si uno es heredero
de Borges, el heredero de Borges está listo, no puede ser. P. ¿Actualmente está trabajando en una indagación sobre el lenguaje o sobre la posibilidad hoy de la novela? J.J.S. Yo digo que en el siglo XX de todos los grandes escritores, ninguno escribió una novela. Musil, Proust, Kafka, Faulkner, Onetti, Guimarães, no escribían novelas. No son cosas muy singulares lo que hacen. No se parecen en nada a las grandes novelas del siglo XIX (esas sí eran novelas en el sentido que tampoco se parecían a las del siglo XVIII). Aclaremos, ahí la novela alcanza su perfección: Flaubert es el que lleva la novela a su perfección y comienza su destrucción. La única novela clásica que escribió Flaubert es Madame Bovary porque todas las otras, Salambó, por ejemplo, o La educación sentimental, no tienen fórmula novelística. Esa forma novelística representativa dada por la inteligibilidad histórica, como por, incluso, las pautas naturalistas que iban a seguir sus discípulos (incluso el discípulo más cercano de Flaubert, Maupassant) están ya transgredidas en Flaubert. De modo que Flaubert tampoco es novelista. En el caso de Borges también hay un trabajo sobre el lenguaje extraordinario. Cuando él llega a la perfección, relativamente temprano, hacia 1930, con la Historia universal de la infamia, empieza a pulir su prosa; antes, había cosas maravillosas pero había todavía mucha retórica. Había una retórica criollista, una voluntad heredada de Macedonio. Borges también tuvo que romper con Macedonio. Por ejemplo, en los años 60, Borges analiza un texto donde hay un infinitivo, dice "vivir", y él dice "ese infinitivo es Macedonio". Y esos infinitivos que Borges usa en sus primeros textos vienen todos de Macedonio. En mi caso son otras cosas las que estoy buscando, estoy buscando algo en relación a la forma novelística. Tratar de hacer formas nuevas, únicas ("únicas" como un cuadro es "único"), que una forma sirva para una novela y nada más que para una novela, utilizando de manera ocasional, digamos, procedimientos ya demasiados codificados como el monólogo interior, la descripción, los personajes, la extracción social, la historia biográfica del personaje, la intriga, la trama, el desenlace novelístico, etc. Yo traté de romper con estas cosas, para eso traté de encontrar una lengua adecuada que tuviese como base la lengua hablada en el Río de la Plata. No de una manera naturalista sino en cuanto a sus entonaciones. Por ejemplo, yo siempre tengo problemas con los correctores porque los correctores cuando yo pongo "únicamente" ellos tachan y ponen "sólo". Nadie dice "sólo" en el Río de la Plata, todos dicen "únicamente". O donde pongo "detrás suyo" ponen "detrás de sí". Si yo le digo a alguien "la silla está detrás de sí" va a reírse. En ese sentido yo trato de utilizar la lengua coloquial y me gustaría a través de esa lengua coloquial poder tratar todos los temas. Otro ejemplo: el verbo "soler". En Argentina se dice "sabe no venir", se puede decir "no suele venir" pero es muy rebuscado. Al mismo tiempo trato de poner elementos reflexivos en la prosa, y también elementos poéticos, "poéticos" en el sentido de que la prosa ilumine. Ayer nos encontramos con unos amigos que acababan de llegar a París, de Buenos Aires, y uno me dijo que venía leyendo El río sin orillas y que todo lo que yo decía era verdad. Yo le dije: "no, todo lo que digo no es verdad, todo tiene la apariencia de verdad, porque está dicho de tal manera que parezca que es así". Parece una cosa natural porque el discurso, el tono del discurso, es natural y lo que el lector acepta no son las verdades sino el tono del discurso que tiende a crear una relación de intimidad conceptual e intelectual. No es que quiera engañar o mentir al lector, pero debajo del Río sin orillas hay una leyenda que dice "tratado imaginario". Es un libro de literatura, no es un libro de ensayo. P. ¿En qué está trabajando puntualmente ahora? J.J.S. Ahora acabo de terminar una novela que está saliendo en Buenos Aires, ya salió en estos días, que se llama Las nubes y que transcurre en el principio del siglo XIX. Sin embargo tiene una introducción que es actual, el famoso tópico del manuscrito hallado. El manuscrito está inscrito en un disquette y es mandado por Internet. El personaje lo lee en la computadora, pero la novela transcurre en el siglo XIX. También estoy planeando una novela más grande, me gustaría trabajar sobre el concepto de novela polifónica de Bajtin, no sé si me dará el cuero, ese concepto que califica a las últimas novelas de Dostoiévski en las que habría varios centros de interés. Mis novelas... no son polifónicas, son más bien breves, son más bien de cámaras. Y después, tengo muchas ganas de hacer un libro de textos breves, un libro grande de textos breves, un libro globalizante, abarcativo de muchas cosas pero a través de textos breves. Tampoco acabo de terminar una novela que hace cuatro, cinco, seis, siete años que escribo. No sé si podré hacerlo o no... P. ¿Podría decirnos
algo respecto a su relación con el cine?, ¿qué le gusta ver y cuál
sería su opinión sobre las relaciones entre cine y literatura? J.J.S. Yo creo que Cortázar
cuando escribió Rayuela trató de elaborar su experiencia, esa
experiencia que efectivamente uno tiene, la de vivir en todos los lados
a la vez, esa especie de esquizofrenia que consiste en haber vivido,
como él, en muchos lugares. El vivió no sé hasta qué edad, creo que
casi cuarenta años, en Argentina; yo me quedé hasta los treinta años,
una parte importantísima de nuestra vida pasó allá, en Argentina.
Después, nos trasladamos y nos fuimos. Yo creo que a él le tocaron épocas
peores que a mí. Creo que es una cosa pertinente de su parte haber
escrito esa novela, que a mí no me gusta... aunque creo que tiene
algunas cosas, algunos fragmentos, que me gustan. Yo creo que Cortázar
no es un buen novelista, yo creo que Cortázar es un excelente
cuentista. Yo creo que luego, en un momento de su vida, hay una cosa política,
declarativa, que interfiere en su producción. Yo, al problema de vivir
afuera de Argentina lo voy tratando de resolver de otra manera. Por
ejemplo, una parte de mi última novela, La pesquisa, transcurre en París,
pero el París en el cual transcurre la novela es un París de
ficciones, lo que transcurre en París está siendo contado allá, en
Argentina. Yo creo que Cortázar no logró en esa novela adoptar un
punto de vista. La novela está contada entre dos puntos de vista. Ahí
está el conflicto de la novela y ese conflicto no se resolvió
formalmente. Yo diría, en fin, que ese libro, a pesar de todo el
barullo literario que hizo (por sus cosas formales, estructura abierta,
etc.) es el libro menos literario de Cortázar, aunque seguramente sea
el más lírico. Cortázar es un escritor que habla mucho de sí mismo,
ese libro es el libro que está más cerca de su experiencia; mucho más
que otros libros en los cuales él quiere hablar de sus experiencias políticas
y que están lejos, muy lejos, de él mismo. Creo que el gran mérito de
Cortázar es haber introducido ese aspecto lírico y cotidiano, muy
rioplatense, en esos cuentos como los de Las armas secretas que trabajan
de manera nueva toda una serie de tópicos de la literatura fantástica,
como el doble, la metamorfosis, etc. Hoy fuiste un poco irónico
con el periodismo cuando alguien te preguntó sobre la recepción de
Nadie, nada nunca en Brasil. Me gustaría que te explayaras sobre el
tema. ¿ Esta es tu primera
visita a Brasil? El hecho de haberlo
conocido antes del boom, ¿te ubica en una posición de privilegio? (Mucho más acalorado de lo que permite la formalidad de una entrevista, la pasión de Saer convierte a ésta en un café rioplatense. Sus opiniones acerca de ciertos autores latinoamericanos contemporáneos son tan duras que solicita que interrumpamos la grabación. Su escepticismo acerca del estado actual de la literatura parece extenderse de pronto a las cosas más diversas. Lamenta por ejemplo que Salinger no escriba más, y habla de Pynchon como de una cosa pasada - "a V yo la compré en Santa Fe, en una edición de bolsillo, alrededor de 1966", confiesa -. No olvida descargar su crítica al estado actual de las letras francesas al cual califica sin modalizaciones como "paupérrimo". Si se lo interroga por la literatura argentina actual, evita definirse, y si ante la insistencia se ve obligado a hacerlo prefiere rescatar novelas antes que a autores. De César Aira dice haberle gustado, por ejemplo, El vestido rosa aunque ya Las ovejas parece haberle gustado menos, descartando el resto de su producción). ¿Compartís la idea de
un espíritu un tanto apocalíptico de fin de siglo, una cierta idea de
decadencia de la cultura? Y pensás que ahora
estamos en un período de baja. ¿Eco es uno de ellos? Esta mañana en la
clase que diste en la USP, de algún modo compadeciste generacionalmente
a los alumnos por tener el cine de Woody Allen, mientras que tu generación
habría tenido por ejemplo, el cine de Bergman, ¿éste no es un planteo
decadentista? Me gustaría conocer cuáles
son tus criterios para valorar, más allá de lo pulsional, claro. Entonces, ¿cuáles son
los argumentos para justificar el valor? ¿Pequeñas epifanías? De pensar como vos lo hacés, ¿no se corre el riesgo de hacer del arte una suerte de tautología
alienante? Sin embargo, creo, si
hay algo que no tiene tu literatura (que trabaja insistentemente sobre
la percepción) es ese sentimiento de seguridad, de armonía o de
abrigo. En un seminario acerca
de Roa Bastos, decís algunas cosas acerca del carácter artesanal de la
literatura, y creo que llegas a calificarte como un "artesano de la
escritura". ¿Cómo definirías ese saber artesanal? Recién cuando
justificabas tus lecturas apelabas en definitiva al placer, si junto a
esta cuestión hedónica sumamos la reafirmación de tu carácter de
artesano, ¿es correcto pensar que lo que estás planteando en
definitiva es una vuelta a la idea de autor, un regreso casi teatral a
la idea de la primera persona? |
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