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Especial Avizora
Encuentro con Vallejo
Patricia
Kolesnicov
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"Pero es que yo
vivo en el terror": Entrevista a Fernando Vallejo, escritor
colombiano. Entrevista a cargo de Patricia Kolesnicov. (CLARIN.
BS AS: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/01/18/u-00301.htm)
En directo, las diatribas
del narrador colombiano contra la humanidad: "Yo me siento muerto
desde hace mucho tiempo —dice—; me estoy desconectando de la realidad.
Esta será mi última novela".
No se entiende esa sonrisa de niño en la
boca del hombre que escribe con todo el odio del mundo. Se diría, a la
primera lectura, que ha hecho gárgaras de odio con esa boca y escupió
sobre el papel sus tres últimas novelas —La virgen de los sicarios,
El desbarrancadero, el reciente La Rambla paralela—. Y que
hay algo discordante entre las palabras y estos ojos brillantes. Pero eso
equivaldría a haber caído en la trampa.
El hombre que a principios de diciembre, en el Hotel Hilton de
Guadalajara, México, se sienta manso y cordial a conversar, escribe en
primera persona. En ocasiones su personaje se llama "Fernando" o
no se llama de ninguna manera pero es un colombiano, de Antioquía, que
ama a los animales, añora una Colombia que no existe más y se considera
muerto... justo como Vallejo-el-entrevistado. Es que él teje su trampa
—la de la autobiografía— en cada oración. Cuando escribe —el
narrador— sobre "la vagina vil que perpetúa la pesadilla del ser y
empuerca el mundo" y luego se cansa de decir —el escritor— que
parir es imperdonable. Cuando dice que Jesús no comprendió que los
animales también eran sus prójimos y escribe que Cristo es "ese
loco que ni una vez defendió a un pobre animal". Pero él no es un
narrador en tercera persona, que si acaso los narradores se creen Dios
Padre, para saberlo todo, que no son más que chismosos los novelistas en
tercera, desde Balzac hasta García Márquez. El mismo es el protagonista
de todos sus libros, pero si todo texto es ficción, ¿qué tiene eso de
particular?
Un escritor colombiano de 60 años es un escritor a la sombra de Gabriel
García Márquez ¿Cómo escribir en Colombia después de ese patriarca?
Para empezar, Vallejo agarra a patadas —a puteadas— la idea
tradicional de ficción. Hay una situación —la Feria del Libro en La
Rambla...; la espera de la muerte de su hermano en la casa materna en El
desbarrancadero— y la voz que la cuenta habla, además, de todo lo
que duele en el Universo, de la burocracia, de una empresa de aviación,
de los políticos con nombre y apellido. Habla —mal— de su madre en
particular y de la maternidad en general. En diciembre, Vallejo anduvo por
la Feria del Libro de Guadalajara declarando que La Rambla paralela,
es su última novela porque "la literatura ya no me sirve para llenar
el vacío de la vida". Algo de eso dice una de las voces de la
novela: "vivo de verdad no está nadie". Y por ahí empezamos.
Son las nueve de la mañana. Vallejo mira con ojos suaves.
—Pero se puede estar vivo de verdad, ¿o usted no lo cree?
—La mente es un caos cambiante. Creemos que existe una realidad fuera de
nosotros. No está muy claro. El cerebro es un caos cambiante y va
cambiando a veces en prácticamente segundos. Y pasando de una realidad a
otra, a otra, a otra... (Silencio. Dos, tres, cinco segundos.) El mejor
momento del hombre es cuando está dormido. Y no sueña.
— ¿Y ahí es cuando está vivo de verdad?
—Estamos muriéndonos en cada momento en la vida. Vivir es morir. Yo me
siento muerto desde hace mucho tiempo. Eso significa que me estoy
desconectando de todo. De lo que se llama la realidad.
— Que usted acaba de decir que no es seguro que exista...
— No estamos seguros de que exista. Tenemos los sentidos: la vista, el
olfato, el oído, que nos dan indicio del mundo de afuera. Para mí ese
mundo de afuera es cada vez más caótico.
— Los sentidos pueden engañarnos.
— Así es. Ocurren las alucinaciones. Lo que no sabemos es si el estado
normal es una alucinación.
Vallejo es un exagerado, se ha dicho. Capaz de definir a Rimbaud como un
"poeta marihuano y sucio que jamás se bañó" y a Bolivar como
un "granuja venezolano". Capaz de soñar: "¡Qué hermosa
sería España sin gente!". Tanto improperio contra todo y sarcasmos in
crescendo terminan produciendo un efecto cómico. Da risa, y sin
embargo no desaparece la verdad de lo que dice, como un rezongo cruel,
pero impotente.
— Usted toma distintas instituciones y las denuncia justamente en lo
que se supone que las define: la eficiencia de las empresas, la moral de
la Iglesia, la honorabilidad de las altas jerarquías.
— Todo está devaluado. Están devaluadas las personas, porque somos
muchos. Están devaluadas las imágenes porque nos bombardean con ellas a
todas horas y están devaluadas las palabras... y el peso argentino, ni se
diga.
— ¿Si hay más personas cada una vale menos?
— Así es, así es. Hoy vale más un chimpancé que un hombre. Porque
hay tan poquitos chimpancés... Ahora están como a 150.000 dólares cada
uno.
— ¿Hubo un origen donde la gente fue más valiosa? ¿Hubo una edad
dorada?
— No, la vida siempre ha sido una pesadilla. La vida no tiene sentido,
dure mucho o poco. Así durara eternamente no tendría sentido.
—¿Por qué tendría que tener sentido?
—Queremos darle un sentido a todo, pero ¿cuál puede ser? Un sentido
puede ser el de cumplir el plan creador de Dios, pero Dios no existe. Otro
sentido es que estemos aquí cumpliendo el plan quinquenal del Partido
Comunista... Pero el Partido Comunista ya se derrumbó. ¿Cuál sentido
nos podríamos inventar? Yo no tengo ninguno, no tengo ganas de inventarme
ninguno.
La muerte como alivio. Lo ha dicho antes y quizás no sea original. Ha
dicho que es una suerte que su hermano Darío esté muerto, fuera de la
pesadilla de la vida. "La vida no es una fiesta sino una desgracia y
no hay forma de pasarla bien. La mayor parte del tiempo son momentos de
vacío, de angustia, de dolor", dice ahora, que se le acabó el café
y no pide más y habla como si de verdad no necesitara nada.
— ¿La angustia es por la conciencia del propio fin?
— No. Porque el fin no llega. El dolor más terrible es el dolor
espiritual, el miedo de estar aquí. A mí me duele mucho el dolor de los
animales, a quienes considero mis prójimos. Me duele su desamparo.
—¿Usted cree que los animales sufren ese dolor espiritual?
— Los animales han de vivir en el terror.
— ¿Tienen conciencia de estar acá?
— Son como nosotros, nosotros somos animales. Viven el mismo terror que
nosotros pero no te lo pueden expresar en una entrevista. Yo no tengo
ambiciones, no vale la pena nada que alcance, no tengo muchas inquietudes.
Me gustaría que no hubiera perros abandonados en las calles, por ejemplo.
Ni que estuvieran las pobres ratas en la oscuridad de las alcantarillas
tratando de sobrevivir.
— ¿Usted vive en el terror?
—Yo vivo en el terror.
Vallejo ha escrito que "la condición de la felicidad es el egoísmo".
Lo sostiene y se distancia: "Pues mira, yo he dicho muchas cosas en
mis libros... No puede ser feliz quien no es egoísta. Si estás rodeado
de un mundo de dolor y no lo quieres ver, puedes ser feliz. Si lo ves, no
puedes serlo", dice, como quien explica que uno más uno... Y dice
otra vez, otra vez, otra vez, que lo mejor es dormir y no soñar, que
despiertos "cargamos con todo nuestro pasado, con infinidad de
recuerdos" y que ese es un peso muy grande y que "mientras
vivamos no podemos estar en paz".
—¿Tanto dolor es el de Colombia, el de los desplazados, el de los
chicos convertidos en sicarios?
—Colombia es la vanguardia del desastre pero la condición humana en
esencia es igual en todos lados. Con unos asesinatos de más o de menos,
unos secuestros de más o de menos, con mayor o menor desempleo, con
secuestros o sin ellos, con librerías o sin ellas, la condición humana
es la misma. Estamos condenados a la enfermedad y a la muerte.
Será eso, tanto dolor, y no el argumento de mercado —son tantos los
humanos que valen poco— lo que lo tiene en una cruzada contra la
maternidad. "Nadie tiene el derecho a reproducirse, imponer la vida
es el crimen máximo. El hombre es la única especie que puede distinguir
entre el sexo y la reproducción. Estamos programados para el sexo, está
metido en las conexiones nerviosas con las que nacemos y que están
especificadas en el genoma humano, como en el de cualquier especie que se
reproduzca por el sexo. Sólo nosotros podemos darnos cuenta de esta
separación. ¡Entonces, hagámosla! El sexo no tiene importancia, la
reproducción sí. El sexo es inocente, la reproducción es
criminal."
No hay énfasis. Vallejo dice esto, dice todo, como si no importara. Como
si no fuera el mismo que escribió que "para dominar un libro hay que
acostarse con él". Como si todo el odio del mundo se dijera así en
un medio tono impiadoso que, sabe, no hará justicia.
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