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L´Osservatore Romano.
Enero del 2003:
DISCURSO
Al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, en la sala Regia del
palacio apostólico, 13 de enero
El lunes 13 de enero, Juan Pablo II recibió
en audiencia al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, que,
como es tradición, acudió a felicitarle por el nuevo año. El encuentro
tuvo lugar en la sala Regia del palacio apostólico vaticano a las once de
la mañana. Estuvieron presentes el cardenal Angelo Sodano, secretario de
Estado, con el sustituto de la Secretaría de Estado, mons. Leonardo
Sandri, y el asesor, mons. Gabriele Giordano Caccia; el secretario para
los Asuntos generales, mons. Jean-Louis Tauran, con el subsecretario,
mons. Pietro Parolin; mons. Oscar Rizzato, arzobispo limosnero de Su
Santidad; el prefecto de la Casa pontificia, mons. James Michael Harvey, y
el prefecto adjunto, mons. Stanislaw Dziwisz. Al comienzo de la audiencia,
el embajador de la República de San Marino, Giovanni Galassi, decano del
Cuerpo diplomático, dirigió a Su Santidad, en nombre de todos, unas
palabras, en las que evocó las legítimas expectativas de nuestros
contemporáneos, lamentablemente contrariadas muy a menudo por las crisis
políticas, la violencia armada, los conflictos sociales, la pobreza o las
catástrofes naturales. El Romano Pontífice pronunció el importante
discurso que publicamos.
Excelencias; señoras y señores:
1. ¡Qué hermosa tradición es este encuentro de primeros de año, que me
brinda la alegría de recibirles y, en cierto modo, abrazar a todos los
pueblos que ustedes representan! En efecto, sus esperanzas y aspiraciones,
sus logros y dificultades, me llegan por medio de ustedes, y gracias a
ustedes. Hoy deseo expresar los más fervientes votos de felicidad, de paz
y de prosperidad para sus países.
En el alba del nuevo año, me complace presentarles mis mejores deseos, a
la vez que imploro abundantes bendiciones divinas sobre ustedes, sus
familias y sus compatriotas.
Antes de compartir con ustedes algunas reflexiones, inspiradas por la
actual situación del mundo y de la Iglesia, siento el deber de agradecer
a su decano, el embajador Giovanni Galassi, el discurso que me ha
dirigido, así como los buenos deseos que tan delicadamente ha
manifestado, en nombre de todos, por mi persona y mi ministerio. Acepten
por ello mi sincero agradecimiento.
Señor embajador, se ha referido usted brevemente a las legítimas
expectativas de nuestros contemporáneos, lamentablemente contrariadas muy
a menudo por crisis políticas, la violencia armada, los conflictos
sociales, la pobreza o las catástrofes naturales. Nunca como en este
comienzo de milenio el hombre ha experimentado lo precario que es el mundo
que ha construido.
Problemas y conflictos
2. Me impresiona personalmente el sentimiento de miedo que atenaza
frecuentemente el corazón de nuestros contemporáneos. El terrorismo
pertinaz que puede atacar en cualquier momento o lugar; el problema no
resuelto de Oriente Medio, con Tierra Santa e Irak; las convulsiones que
perturban a América del sur, particularmente a Argentina, Colombia y
Venezuela; los conflictos que impiden a numerosos países africanos
dedicarse a su propio desarrollo; las enfermedades que propagan contagio y
muerte; el grave problema del hambre, sobre todo en África; las conductas
irresponsables que contribuyen al empobrecimiento de los recursos del
planeta. Se trata de calamidades que amenazan la supervivencia de la
humanidad, la serenidad de las personas y la seguridad de las sociedades.
Sí a la vida y respeto del derecho
3. Sin embargo, todo puede cambiar. Depende de cada uno de nosotros. Todos
pueden desarrollar en sí mismos su potencial de fe, de rectitud, de
respeto al prójimo, de dedicación al servicio de los demás.
Depende también, evidentemente, de los responsables políticos, llamados
a servir al bien común. No ha de sorprenderles que, ante un plantel de
diplomáticos, enuncie a este respecto algunos imperativos que me parece
necesario seguir si se quiere evitar que pueblos enteros, y quizás
también la humanidad misma, se hundan en el abismo.
Ante todo, un "sí a la vida". Respetar la vida y las vidas:
todo empieza aquí, puesto que el derecho a la vida es ciertamente el más
fundamental de los derechos humanos. Por ejemplo, el aborto, la eutanasia
o la clonación humana amenazan con reducir la persona humana a un simple
objeto: en cierto modo, ¡la vida y la muerte por encargo! Cuando carece
de todo criterio moral, la investigación científica referente a las
fuentes de la vida es una negación del ser y de la dignidad de la
persona. La guerra misma atenta contra la vida humana, pues conlleva el
sufrimiento y la muerte. La lucha por la paz es siempre una lucha por la
vida.
Seguidamente, el respeto del derecho. La vida en sociedad -en particular
en el ámbito internacional- presupone principios comunes intangibles,
cuyo objetivo es garantizar la seguridad y la libertad de los ciudadanos y
de las naciones. Estas normas de conducta son la base de la estabilidad
nacional e internacional. Hoy en día, los responsables políticos
disponen de textos e instituciones muy apropiados. Basta con llevarlos a
la práctica. El mundo sería totalmente diferente si se comenzaran a
aplicar sinceramente los acuerdos firmados.
Por último, el deber de solidaridad. En un mundo sobradamente informado,
pero en el que, paradójicamente, se comunica con gran dificultad, y en el
que las condiciones de vida son escandalosamente desiguales, es importante
hacer cuanto sea posible para que todos se sientan responsables del
crecimiento y el bienestar de todos. Está en juego nuestro futuro. Un
joven sin trabajo, una persona minusválida marginada, personas ancianas
abandonadas, países atenazados por el hambre y la miseria, hacen que con
demasiada frecuencia el hombre desespere y sucumba ante la tentación de
encerrarse en sí mismo o ceda a la violencia.
No a la muerte, al egoísmo y a la guerra
4. Por eso, hay decisiones que son necesarias para que el hombre tenga
aún un futuro. Y los pueblos de la tierra, así como sus autoridades, han
de tener a veces valor para decir "no".
"¡No a la muerte!". Es decir, no a todo lo que atenta a la
incomparable dignidad de cada ser humano, comenzando por la de los niños
por nacer. Si la vida es realmente un tesoro, hay que saber conservarlo y
hacerlo fructificar sin desnaturalizarlo. No a lo que debilita la familia,
célula fundamental de la sociedad. No a todo lo que destruye en el niño
el sentido del esfuerzo, el respeto de sí mismo y del otro, el sentido
del servicio.
"¡No al egoísmo!". Esto es, a todo lo que induce al hombre a
refugiarse en el círculo de una clase social privilegiada o en una
comodidad cultural que excluye a los demás. El modo de vida de quienes
gozan de bienestar, su modo de consumir, se han de revisar a la luz de las
repercusiones que provocan en otros países. Piénsese, por ejemplo, en el
problema del agua, propuesto por la Organización de las Naciones Unidas
como tema de reflexión para todos durante este año 2003. También es
egoísmo la indiferencia de las naciones pudientes respecto a las
marginadas. Todos los pueblos tienen derecho a recibir una parte
equitativa de los bienes de este mundo y de la competencia de los países
más expertos para elaborarlos. ¡Cómo no pensar, por ejemplo, en el
acceso de todos a los medicamentos genéricos, necesarios para luchar
contra las pandemias actuales! Este acceso frecuentemente se ve
obstaculizado por consideraciones económicas a corto plazo.
"¡No a la guerra!". La guerra nunca es una simple fatalidad.
Siempre es una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el
diálogo leal, la solidaridad entre los Estados y el noble ejercicio de la
diplomacia son los medios dignos del hombre y de las naciones para
solucionar sus contiendas. Lo digo pensando en las numerosas personas que
ponen aún su confianza en las armas nucleares, y en los numerosos
conflictos que todavía aprisionan a nuestros hermanos, los hombres.
En Navidad, Belén nos ha recordado la crisis no resuelta del Oriente
Medio, donde dos pueblos, el israelí y el palestino, están llamados a
vivir el uno junto al otro, igualmente libres y soberanos y
recíprocamente respetuosos. Sin repetir lo que os dije el año pasado en
circunstancias parecidas, me conformaré con añadir hoy, ante el
empeoramiento constante de la crisis medio-oriental, que su solución
nunca se podrá imponer recurriendo al terrorismo o a los conflictos
armados, pensando que la solución consiste en victorias militares.
Y, ¿qué decir de la amenaza de una guerra que podría recaer sobre las
poblaciones de Irak, tierra de los profetas, poblaciones ya extenuadas por
más de doce años de embargo? La guerra nunca es un medio como cualquier
otro, al que se puede recurrir para solventar disputas entre naciones.
Como recuerdan la Carta de la Organización de las Naciones Unidas y el
Derecho internacional, no se puede recurrir a la guerra, aunque se trate
de asegurar el bien común, si no es en casos extremos y bajo condiciones
muy estrictas, sin descuidar las consecuencias que implica para la
población civil, durante y después de las operaciones militares.
Todo puede cambiar con buena voluntad
5. Por tanto, es posible cambiar el curso de los acontecimientos si
prevalece la buena voluntad, la confianza en el otro, la puesta en
práctica de los compromisos adquiridos y la cooperación entre miembros
responsables. Citaré dos ejemplos.
La Europa de hoy, unida y a la vez ampliada. Ha sabido derribar los muros
que la desfiguraban. Se ha embarcado en la elaboración y la construcción
de una realidad capaz de conjugar unidad y diversidad, soberanía nacional
y acción común, progreso económico y justicia social. Esta Europa nueva
lleva consigo los valores que durante dos milenios han fecundado un modo
de pensar y vivir que ha beneficiado al mundo entero. Entre estos valores,
el cristianismo desempeña un papel clave, en la medida en que ha dado
lugar a un humanismo que ha impregnado su historia y sus instituciones.
Teniendo en cuenta este patrimonio, la Santa Sede y el conjunto de las
Iglesias cristianas han insistido ante los redactores del futuro Tratado
constitucional de la Unión europea para que se haga una referencia a las
Iglesias e instituciones religiosas. En efecto, parece deseable que,
respetando plenamente la laicidad, se reconozcan tres elementos
complementarios: la libertad religiosa, no sólo en su dimensión
individual y cultual, sino también social y corporativa; la oportunidad
de que haya un diálogo y una consulta organizada entre los gobernantes y
las comunidades de creyentes; el respeto del estatuto jurídico del que ya
gozan las Iglesias y las instituciones religiosas en los Estados miembros
de la Unión. Una Europa que renegara de su pasado, que negara el hecho
religioso y que no tuviera dimensión espiritual alguna, quedaría
desguarnecida ante el ambicioso proyecto que moviliza sus energías:
¡construir la Europa de todos!
También África nos da esta vez motivos de alegría. Angola ha comenzado
su reconstrucción; Burundi ha emprendido el camino que podría conducir a
la paz, y espera comprensión y ayuda financiera de la comunidad
internacional; la República Democrática del Congo se ha comprometido
seriamente en un diálogo nacional que debería conducir a la democracia.
También Sudán ha dado prueba de buena voluntad, aunque el camino hacia
la paz es largo y arduo. Hay que felicitarse, sin duda, por estos
progresos y animar a los responsables políticos a no escatimar esfuerzos
para que, poco a poco, los pueblos de África lleguen a un principio de
pacificación y, por tanto, de prosperidad, evitando las luchas étnicas,
la arbitrariedad y la corrupción. Por eso, no podemos por menos de
deplorar los graves acontecimientos que estremecen Costa de Marfil y la
República Centroafricana, invitando al mismo tiempo a sus habitantes a
deponer las armas, a respetar su respectiva Constitución y a poner las
bases de un diálogo nacional. Así será fácil implicar a todos los
miembros de la comunidad nacional en la elaboración de un proyecto de
sociedad en el que todos se reconozcan. Además, complace constatar que,
cada vez más, los africanos intentan encontrar las soluciones más
adecuadas a sus problemas, gracias a la acción de la Unión Africana y a
mediaciones regionales eficaces.
Dos exigencias fundamentales
6. Excelencias, señoras y señores, hoy se impone una constatación: la
independencia de los Estados no se puede concebir si no es en el marco de
la interdependencia. Todos están unidos en el bien y el mal. Precisamente
por ello, conviene saber distinguir rigurosamente entre el bien y el mal,
y llamarlos por su nombre. A este respecto, cuando reina la duda o la
confusión, se han de temer los mayores males, como tantas veces nos ha
enseñado la historia.
Para evitar caer en el caos, se han de respetar dos exigencias. La primera
es que, en el seno de los Estados y entre los Estados, se redescubra el
valor primordial de la ley natural, que antaño inspiró el derecho de
gentes y a los primeros pensadores del derecho internacional. Aun cuando
algunos cuestionan su validez, estoy convencido de que sus principios
generales y universales son siempre capaces de hacer que se perciba mejor
la unidad del género humano y de favorecer el perfeccionamiento de la
conciencia tanto de los gobernantes como de los gobernados.
En segundo lugar, la acción perseverante de hombres de Estado honrados y
desinteresados. En efecto, sólo la adhesión a profundas convicciones
éticas puede legitimar la indispensable competencia profesional de los
responsables políticos ¿Cómo se podría pretender tratar los asuntos
del mundo sin referencia al conjunto de principios que son la base de ese
"bien común universal" del que tan bien habló la encíclica
Pacem in terris del Papa Juan XXIII? A un dirigente coherente con sus
convicciones siempre le será posible negarse a situaciones de injusticia
o a desviaciones institucionales, o bien terminar con ellas. Creo que en
esto reside lo que corrientemente se llama hoy el "buen
gobierno". El bienestar material y espiritual de la humanidad, la
tutela de las libertades y de los derechos de la persona humana, el
servicio público desinteresado, la cercanía a las situaciones concretas,
prevalecen sobre cualquier programa político y constituyen una exigencia
ética, que es a la vez lo mejor para asegurar la paz interior de las
naciones y la paz entre los Estados.
La gran contribución de los creyentes
7. Es evidente que, para un creyente, a estas motivaciones se añaden las
que proporciona la fe en un Dios creador y padre de todos los hombres, a
los que confía la gestión de la tierra y el deber del amor fraterno. Por
ello, el Estado tiene sumo interés en cuidar de que la libertad
religiosa, derecho natural, individual y social, sea efectivamente
garantizada a todos. Como ya he dicho en otra ocasión, los creyentes que
se sienten respetados en su fe y ven que sus comunidades son reconocidas
jurídicamente, colaboran con mayor convicción aún al proyecto común de
la sociedad civil de la que son miembros. Comprenderán, pues, que me haga
portavoz de todos los cristianos que, desde Asia hasta Europa, son
todavía víctimas de la violencia y la intolerancia, como la que se ha
producido recientemente con ocasión de la celebración de Navidad. El
diálogo ecuménico entre cristianos y los contactos respetuoso con las
otras religiones, en particular con el islam, son el mejor antídoto
contra las desviaciones sectarias, el fanatismo y el terrorismo religioso.
Por lo que concierne a la Iglesia católica, sólo mencionaré una
situación, que es para mí motivo de gran aflicción: el trato dado a las
comunidades católicas en la Federación Rusa, las cuales, desde hace
meses, por razones administrativas, ven cómo a algunos de sus pastores se
les impide llegar hasta ellas. La Santa Sede espera que las autoridades
gubernativas tomen decisiones concretas que pongan fin a esta crisis y que
obren en conformidad con los compromisos internacionales suscritos por la
Rusia moderna y democrática. Los católicos rusos quieren vivir como sus
hermanos del resto del mundo, con la misma libertad y la misma dignidad.
Promover la justicia y la concordia
8. Excelencias, señoras y señores, deseo que nosotros, los que estamos
reunidos en este lugar, símbolo de espiritualidad, de diálogo y de paz,
contribuyamos con nuestra acción cotidiana a que todos los pueblos de la
tierra progresen, en la justicia y la concordia, hacia situaciones más
dichosas y más justas, lejos de la pobreza, la violencia y las amenazas
de guerra. Que Dios los colme de bendiciones a ustedes y a todos los que
representan. ¡Feliz año a todos!
Fuente: ©
L'Osservatore Romano - 17 de Enero de 2003
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