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1. Introducción No es nuestra intención abordar el vasto contenido de esta Encíclica en su densa complejidad y riqueza y, ni siquiera, en los principales aspectos que constituyen el objeto de la misma: ello requeriría uno o varios tratados completos sobre el tema. Solamente quisiéramos hacer algunas reflexiones sobre el enfoque con que se enfrenta el tema central de la última parte, que trata sobre El Acto Moral. Ciertamente, este sector constituye el corazón de la Encíclica y a él van dirigidas las otras partes que la preceden, pues todo hace ver que ésa es la preocupación principal que tiene el Papa al dirigirse a la comunidad cristiana católica "con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas" (N.4). Conviene aclarar, también, especialmente para el lector no muy versado en estos temas, que el carácter de la Encíclica es pastoral, como parte del Magisterio Ordinario de la Iglesia, y que, por lo tanto, no se presenta expresamente como una doctrina infalible en los tópicos que aborda. Igualmente, es pertinente señalar que los redactores de la Encíclica (aunque la paternidad última sea del Papa) siempre esperan con gran interés las reacciones, comentarios, observaciones y críticas que hagan personas competentes y expertas en alguno de los puntos tratados; esto contribuye a que haya un diálogo con las corrientes de pensamiento del mundo actual y, por lo tanto, un mayor progreso en el mismo Magisterio de la Iglesia, en cuanto trata de armonizarse con los conocimientos de nuestro tiempo. Nuestras "reflexiones" van en torno al comportamiento humano y su calificación, tema que hemos trabajado mucho en obras y publicaciones anteriores (1982, 1989a, 1989b, 1992, 1993b), especialmente al relacionarlo con su fundamentación epistemológica y humanista. 2. Origen del Significado La Persona es considerada, hoy día, por las ciencias humanas, como una superestructura sumamente compleja, cuya riqueza existencial y vivencial desborda los alcances de una sola o unas pocas ciencias o disciplinas académicas. En realidad, el ser humano es un todo "físico-químico-biológico-psicológico-social-cultural-ético-moral-religioso", que tiene existencia propia, independiente y libre. Cada una de estas estructuras es dinámica y está ya compuesta por una serie compleja de otras subestructuras o subsistemas, y todas juntas, supeditadas unas a otras en el orden y jerarquía señaladas, forman una superestructura dinámica de un altísimo nivel de complejidad, que es la persona humana. La consecuencia primaria que nace de esta situación es que cada elemento adquiere su sentido o su significado propio sólo en el seno de la estructura dinámica o sistema al cual pertenece, y, asimismo, cada estructura inferior adquiere y recibe su verdadero sentido sólo en el ámbito de las estructuras superiores y todas en la estructura total que es la persona. De este modo, cualquier disciplina académica que aborde su objeto particular y llegue a conclusiones propias ignorando o desconociendo la función que ella desempeña en el contexto general de la estructura superior a que pertenece, corre el riesgo de conceptualizar o categorizar mal a su propio objeto. La lógica aristotélica y, en general, la filosofía occidental, especialmente en su versión "modernista" que es la que ha prevalecido en los tres últimos siglos, institucionalizó un "modo de pensar" que nos lleva en esa dirección aislacionista e individualista. Fue Descartes, en el Discurso del Método, el que más acentuó esta división al poner como regla "la fragmentación de todo problema en tantos elementos simples y separados como sea posible". Pero "conocer" es siempre aprehender un dato en una cierta función, bajo una cierta relación, en tanto significa algo, dentro de una determinada estructura. Se plantea, así, un problema sumamente serio: ¿cómo abordar epistémicamente la persona humana en su intrincada red de relaciones físicas, químicas, biológicas, psicológicas, sociales, culturales, éticas, morales y religiosas? Y, más dificil todavía, ¿cómo calificar la rectitud o bondad de un acto aislado en una persona sin tener en cuenta ese complejísimo sistema de relaciones que le da significado? Pero, por otro lado, ¿cómo tenerlo todo en cuenta? Debiéramos disponer de una superdisciplina que abarcara todo el saber sobre el ser humano e, igualmente, poseer una dotación intelectual, no fácil de imaginar, para abrazarlo. Por esto, será fácil, pero también inadecuado, enfatizar una subestructura determinada, como, por ejemplo, la biológica, y subestimar otras y, sobre todo, la red de relaciones que hace de ellas un todo unificado. Se cometería el mismo error que realiza el sistema inmunológico Ädiseñado, entre otros fines, para rechazar cualquier cuerpo extraño que invada el organismoÄ cuando rechaza el trasplante de un corazón que se efectúa precisamente para salvar al organismo total y, por consiguiente, al mismo sistema inmunológico. Ya Santo Tomás en su tiempo fue muy consciente de esta dificultad al señalar en la Suma Teológica que "lo que constituye la diversidad de las ciencias es el distinto punto de vista bajo el que se mira lo cognoscible" (S.T.,I,q.1,a.1). En efecto, hoy día, cada una de las ciencias humanas y sus especializaciones están constituidas por un "punto de vista" que abstrae su objeto del todo cognoscible. Son las limitaciones de nuestra mente las que nos obligan a proceder así. 3. Aporte de la Neurociencia Una contribución de alta significación nos la ofrecen los aportes de la Neurociencia. Actualmente, se realiza más de medio millón de investigaciones al año sobre diferentes aspectos neurocientíficos. Nos interesan aquí aquellos que iluminan el proceso de nuestro conocer. Entre ellos, es de máxima importancia el que esclarece el proceso de atribución de significados. Así, por ejemplo, los estudios sobre la transmisión neurocerebral nos señalan que, ante una sensación visual, auditiva, olfativa, etc., antes de que podamos decir "es tal cosa", se da un ir y venir, un toma y daca, entre la imagen física respectiva y el centro cerebral correspondiente de cien y hasta mil veces, dependiendo del tiempo empleado. Cada uno de estos "viajes" de ida y vuelta tiene por finalidad ubicar o insertar los elementos de la imagen sensible en diferentes contextos de nuestro acervo mnemónico buscándole un sentido o un significado. Pero este sentido o significado será muy diferente de acuerdo a ese "mundo interno personal" y la respectiva estructura en que se ubica: valores, actitudes, creencias, necesidades, intereses, ideales, temores, etc. Todo conocimiento tiene un sujeto, se da en un sujeto, y, por lo tanto, todo conocimiento es también "subjetivo", aun cuando tenga componentes que vienen del objeto exterior. Estos componentes exteriores tienen mayor fuerza en el conocimiento de cosas materiales, pero si la realidad a conocer es más bien inmaterial la componente interior prevalece en gran medida. En todo caso, el conocimiento será siempre el resultado o fruto de una interacción entre ambos componentes: imagen física de la realidad exterior (o mnemónica) y contexto personal interior. Es digno de tenerse en cuenta el hecho de que utilizamos los mismos términos Äconcebir, concepción, conceptoÄ para referirnos a la concepción de una nueva vida y para referirnos a la adquisición de un nuevo conocimiento. En ambos casos se requieren dos entes activos: no hay concepción sin fecundación, pero la fecundación sola es estéril. Y siempre, el fruto final (el hijo, el concepto) será el resultado de una maravillosa interacción de ambas partes. No pareciera, así, muy adecuado hablar de "objetividad", o creer que se es totalmente "objetivo", como si nuestra mente fuera plenamente pasiva y tomara "fotos" de la realidad exterior, pues en todo significado hay mucho "dado" por nosotros. Ya los filósofos medievales fueron conscientes de esta realidad, y la cristalizaron en un lema famoso: "quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur" (todo lo que se recibe toma la forma del recipiente). Y Merleau-Ponty lo dramatizó con la frase: "estamos condenados al significado", es decir, al significado que damos al objeto de nuestro conocimiento. En la misma física moderna (que representa el nivel inferior de organización de la materia) dice Heisenberg (1958) que "la realidad objetiva se evaporó".
4. La Verdad. ¿Qué es, entonces, la verdad? Ésta es la eterna pregunta. Pilato se la hizo a Jesús. Pero Jesús lo dejó sin una respuesta clara. Descartes dice que "la razón es la cosa mejor distribuida que existe". Quizás sea ésta una afirmación que debiera esculpirse con letras de oro en todo tratado que verse sobre el conocimiento humano. En efecto, toda mente humana sana percibe y descubre algún sentido en las realidades con que se enfrenta y le parece que su percepción es la mejor, la más "verdadera". El problema reside en que no tenemos un criterio seguro, infalible, para aceptar una y descartar todas las demás; lo cual no quiere decir que todas sean igualmente buenas. Por esto, a veces, se recurre al consenso de la mayoría. Pero "la verdad" no coincide democráticamente con el parecer de la mayoría. Si pudiéramos poner en conjunto esos "fragmentos de verdad", ese significado que cada mente humana descubre en el objeto que aborda, si pudiéramos lijar unos con otros y quitarles lo que tienen de menos valioso, tendríamos una verdad muy respetable y apreciable, una figura de la verdad como la figura que resulta de la unión de las piezas del mosaico en que está dividida. Evidentemente, estamos presentando aquí un "concepto de verdad" que difiere en gran medida del usado en los últimos siglos por el "enfoque modernista" que es, en el fondo, netamente materialista y positivista, un concepto de verdad como algo significativo e importante para la persona, un concepto de verdad como una "relación" entre la persona y la realidad. En síntesis, pudiéramos decir que se apoya en la tesis fundamental y básica, en el postulado según el cual las realidades que enfrenta el ser humano no tendrían sentido alguno sin su presencia, sin su interacción con ellas. Pero también queda en pie el hecho de que su presencia puede descubrir muchos sentidos. ¿Cuál de esos sentidos será el más importante para cada persona? Juan XXIII hablaba mucho de "los signos de los tiempos". Quizás, uno de estos signos de nuestro tiempo Äcon su multiplicidad de saberes, filosofías, enfoques, disciplinas, especialidades, métodos y técnicasÄ, sea precisamente la necesidad imperiosa de coordinarnos, de unirnos y de integrarnos en un diálogo fecundo para ver más claro, para descubrir nuevos significados, en esta nebulosidad ideológica en que nos ha tocado vivir. Además, esto va muy de acuerdo con el concepto de "revelación hoy", que considera que la revelación no acaeció una vez y definitivamente, sino que Dios se va revelando al hombre a lo largo de los tiempos. Todo esto no quiere decir abogar por un relativismo a ultranza. Un relativismo sí, pero no radical.
5. La Libertad Humana. El Concilio Vaticano II dice que "la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre, que 'Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión' (Eccli.,15,14) para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa" (GS, 17). Esta cita, riquísima en contenido y proyección moral, es diáfana también en su significado. Nos dice que el hombre refleja en sí mismo la naturaleza divina cuando actúa libre y espontáneamente, sin coacción de ningún tipo; que éste es el signo que sobresale por encima de todos, el signo eminente de la imagen de Dios en cada hombre; que si Dios lo hizo a su imagen y semejanza, es precisamente por eso: por darle la posibilidad de elegir y decidir; que a Dios le ha gustado y ha querido que en ese poder elegir lo elija a El y esta elección y adhesión lo llevará a su pleno desarrollo y autorrealización como ser humano y le procurará la plena felicidad; que la dignidad humana, es decir, el respeto a esa imagen divina en el hombre, requiere que él pueda llegar a una convicción interna y actuar según el dictamen de su propia conciencia, lo cual exige que pueda ver, examinar y valorar las cosas desde adentro, sin la presión interna de impulsos inconscientes y ciegos, sin la coacción externa de amenazas e intimidaciones y sin "conatos sistemáticos para dominar su mente..., ya que eso es totalmente contrario al honor debido al Creador" (GS, 27). La cita dice, igualmente, y por sentido contrario, que esa imagen de Dios en el hombre, ese signo divino eminente, es destruido cuando al hombre se le anula o restringe esa libertad verdadera; que la dignidad humana es rebajada o desconocida cuando, de alguna manera, el hombre se ve obligado a actuar no por libre elección y decisión propias, sino por presiones ciegas que no conoce o por manipulaciones ajenas; que todo esto no es lo que Dios ha querido en su diseño de la naturaleza humana; que aquellos que, de una u otra forma, desfiguran este diseño divino actúan contra el plan de Dios y se hacen culpables de ello.
6. El Acto Moral. Al tratar este tema, sentimos la necesidad imperiosa de verlo a la luz de lo dicho en los puntos anteriores, especialmente lo relacionado con la complejidad de la naturaleza huma-na, y su consiguiente dificultad epistémica, y lo señalado en el punto 5, sobre su imagen divina. El objeto de estudio de cada una de las ciencias humanas no son los "actos físicos" realizados por el hombre, sino las "acciones humanas", las cuales tienen un significado y un propósito, y desempeñan una función. El acto en sí no es algo humano; lo que lo hace humano es la intención que lo anima, el significado que tiene para el actor, el propósito que alberga, la meta que persigue; en una palabra, la función que desempeña en la estructura total de su personalidad. Comprender la significación y la función de las acciones humanas constituye el objeto específico de estudio de estas ciencias. En jurisprudencia, por ejemplo, se distingue muy bien entre homicidio y asesinato, aunque el acto material tenga las mismas consecuencias: la muerte de una persona. El homicidio puede ser simplemente el error de un dedo que hizo un "mal movimiento"; se dice, entonces, que fue algo "preterintencional"; el asesinato, en cambio, requiere la colaboración e implicación de todo el ser humano en un hecho que se comete "con premeditación y alevosía". Los jueces valoran muy bien los atenuantes y los agravantes en cada caso y lo sancionan también muy diferentemente. La calificación moral, entonces, no podría estar dirigida al acto en sí, por no ser algo humano, sino a la acción humana, la cual implica la intención, el significado, el propósito, la meta y la función como constituyentes fundamentales de la conciencia del actor. Pero la naturaleza de estos constituyentes de la conciencia solamente puede ser vista, examinada y valorada en su plenitud desde la perspectiva de la persona que actúa. Ésta es también, básicamente, la doctrina tomista (S.T.,I-II, q.18, 1.6). Ahondaremos en este punto sobre la conciencia más adelante.
7. Dificultades de Comprensión para el Hombre Actual 1. En vísperas del Concilio Vaticano II, Juan XXIII dijo que su deseo sería poder "tomar el Evangelio como salió de las manos de Cristo, pasarlo por encima de los siglos, y presentarlo así a los hombres de hoy, seguro que lo entenderían". Esta frase pareciera indicar que el Papa no veía, en los veinte siglos de historia de la Iglesia, una ayuda eficaz para presentar el mensaje evangélico. Juan XXIII ejerció, con su espíritu, con sus palabras y con sus acciones, un nuevo estilo de Magisterio que, en el fondo, era muy evangélico, que sintonizaba con el hombre de hoy, que llegaba a sus problemas y que, por consiguiente, lo escuchaba. Ese estilo lo captó muy bien el Concilio y lo expresó en la redacción de sus documentos. En algunos de ellos, sobre todo, como, por ejemplo, el de la "Iglesia en el mundo actual" o el que trata sobre "La Dignidad Humana", el hombre actual se siente muy comprendido e interpretado. Este "nuevo estilo" implica muchas cosas. Lo tenía Jesús, al exponer las verdades espirituales con maravillosa pedagogía a las masas que le escuchaban con avidez; lo tenía Juan XXIII, por su extraordinaria personalidad carismática; lo tuvieron también muchos líderes sobresalientes del Concilio. Pero no es fácil de lograr y, ciertamente, el hombre de hoy no lo ve logrado por los redactores de la Encíclica. Más bien, es fácil que la vea como un documento de corte prevalentemente preconciliar. 2. La Iglesia dio pasos agigantados cuando actualizó el mensaje evangélico, en los primeros siglos, a la mentalidad greco-romana, e, igualmente, cuando lo puso en el lenguaje aristotélico, con la filosofía escolástica. Pero la visión del hombre, mucho más rica y compleja, que tenemos hoy día, desborda ampliamente los conceptos clásicos fundamentales y exige poner en nueva luz conceptos matrices como 'naturaleza', 'verdad objetiva', 'norma objetiva', 'libertad', 'conciencia', etc., para no correr el grave riesgo de no entenderse y perder el diálogo, situación ésta de consecuencias imprevisibles. A lo largo de este siglo, se ha ido desarrollando notablemente la orientación existencialista en la filosofía, en la literatura y en las ciencias humanas en general, como una necesidad de abarcar la compleja realidad actual con una estructura de pensamiento más amplia que el limitante aparato lógico-conceptual aristotélico. A su vez, la Neurociencia ha dado, entre muchos otros, dos aportes valiosísimos: que el cerebro del hombre tiene, posiblemente, más de "proyecto a realizar", que de "naturaleza dada", y que la interacción de "los tres" cerebros (hemisferio izquierdo, derecho y sistema límbico) constituyen un supersistema configuracional y gestáltico plenamente apto para trabajar también dentro de un sistema epistémico completamente diferente del lógico-discursivo aristotélico (ver nuestra reciente obra El Paradigma Emergente, 1993). 3. Todo esto nos lleva a la reconsideración del "acto moral" en una nueva luz, donde emerge no tanto una moral de actos cuanto una moralidad de la totalidad. Esta posición asusta a muchos espíritus con gran sentimiento de fidelidad a la ley escrita. Les parece más claro y diáfano el concepto de "actos intrínsecamente malos". Y, sin embargo, no debiera ser así. Tomemos uno de estos actos que parece completa y absolutamente incontrovertible: el "no matarás", como algo intrínsecamente malo. No sólo todos sabemos que hay excepciones a ese precepto, como en la legítima defensa o en la guerra justa, etc., sino que en la misma Biblia nadie ha sido tan admirado y alabado como Abraham y precisamente por estar dispuesto a matar a su propio hijo en un contexto de obediencia y de fe. El acto en sí Äcomo ya señalamosÄ puede tener un significado y, por consiguiente, una calificación moral diferentes del acto en una configuración estructural gestáltica, donde pierde su "aparente naturaleza" Äaparente porque el acto en sí no existe sino en nuestra menteÄ y adquiere su verdadera naturaleza real. Una moral de la totalidad puede cambiar mucho, por ejemplo, la apreciación y evaluación de las relaciones de pareja: sería la pareja la que debe estar abierta a la vida y a la procreación (no cerrada egoísticamente sobre sí misma) y no tanto cada acto en sí, que podría colaborar más o menos, biológica o psicológicamente, en esa apertura. De aquí, el concepto de "paternidad responsable", que trata de valorar las cosas con prudencia y sentido de responsabilidad. Si introducimos estas ideas en el aparato lógico-conceptual aristotélico, donde priva una matriz epistémica básicamente esencialista y centrada en la "individualidad", las desfiguramos. No caben en ella. Necesitamos, para respetar la riqueza y plenitud de estas realidades, adoptar la matriz epistémica centrada en la "relación". Pero una matriz epistémica no se toma o se deja a voluntad. Es algo inmensamente más complejo (ver Moreno, 1993). 4. Para captar la red de relaciones que entran en juego en la configuración gestáltica en que está inserto un acto determinado, y para calificarla en la mejor de sus posibilidades, debemos Äcomo decía Santo TomásÄ "adoptar la perspectiva de la persona"..., "en cuyo corazón está escrita la misma ley", según las enseñanzas de la Biblia y del Concilio (N. 12, 54). Esta perspectiva total la da la conciencia. Pero en la naturaleza y valor de la conciencia entra un complejo de elementos constitutivos intelectuales (inmediatos y mediatos, innatos y adquiridos), elementos dinámicos (inclinaciones, atracciones, rechazos), elementos afectivos (amor al bien, odio al mal, simpatía, antipatía, complacencia y remordimiento), etc. Por todo ello, es fácil entender que el ser humano no se sienta justamente comprendido y juzgado desde afuera. De aquí, que la misma doctrina tradional de la Iglesia siempre haya sostenido que "la norma última de conducta moral es el dictamen de la propia conciencia". Evidentemente, también siempre ha añadido que la conciencia debe formarse, cultivarse, ilustrarse. Este par de ideas (la norma última es la conciencia, pero hay que formar la conciencia) ha constituido casi siempre el nudo de la discordia y la fuente de los problemas. También en esta Encíclica se afirma el principio, pero luego se pide a los fieles "obediencia a las normas morales universales e inmutables" (N.85) y que ciertos preceptos sean considerados "moralmente obligatorios en conciencia" (N.110), y a los teólogos moralistas se les dice que "tienen el grave deber" de enseñarlo, de "mostrar un asentimiento leal, interno y externo" y "sostener la doctrina moral y la visión del hombre propuestas por la Iglesia" (N.110, 113). Es muy difícil que el hombre de hoy Äen estas expresiones y otras similares, que se oponen al "pluralismo de opiniones en el ámbito moral" (N.4), o que desean una "moral de obligación" (N.76) y una "libertad que se someta" (N.84), etc.Ä, no vea una limitación de su libertad y dignidad personales e incluso un conflicto con la expresión bíblica y conciliar: "Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión" (Eccli. 15,14; GS,17). Es más fácil que entienda que la paternidad de Dios ha querido "dejarlo...", pero que la tutela "maternal" de la Iglesia "no quiere dejarlo..."; y, entonces, se pregunte: si Dios, que no hizo al hombre en serie y hasta en cada una de sus huellas digitales lo hizo único e irrepetible, ha querido que sea su propia conciencia la que decida en la ejecución de sus actos, ¿en nombre de qué o de quién alguien puede restringir esa naturaleza? Fácilmente, esta pregunta lo lleve a considerar el Magisterio como una instancia externa de poder y autoridad. 5. De todo esto se pudiera concluir, equivocadamente, que el hombre de hoy no quiere ni desea norma alguna ni orientación de ninguna clase. Ante la confusión ideológica en que está sumida la mayor parte de la población, incluso la instruida, no es la vida sin normas y la libertad sin restricciones lo que nace de lo más profundo de la mayoría de los seres humanos; pero tampoco aboga por una normativa que viole la dotación más íntima y sagrada de cada persona: la posibilidad de ver intelectualmente, de examinar las cosas en conciencia y de decidir con libertad interior. Por esto, la mayoría de las personas de nuestro tiempo miran a la Iglesia con gran esperanza y fe; la Iglesia les merece credibilidad y creen también en su intención espiritual cuando señala orientaciones y cuando imparte directrices. Su papel en la sociedad de hoy les parece insustituible. Pero no exigen de la Iglesia que sea una luminaria en todos los campos de la ciencia, sí, en cambio, en el conocimiento del hombre: que sea sabia en sus consejos, pero que sea humilde y respetuosa en su actitud y, sobre todo, muy justa en la comprensión del ser humano, especialmente al presentar decisiones y pedir obediencia en nombre del mandato recibido. Algunos, en su espíritu crítico, van, incluso, más allá y enfatizan que, en los primeros siglos de nuestra era, la Iglesia era la única institución verdaderamente democrática de facto, en medio de regímenes monárquicos, hegemónios y tiránicos. Hoy, en cambio, la estructura democrática se ha ido generalizando en todo el mundo, mientras, paradójicamente, la Iglesia presenta una línea jerárquica tanto de mando como de pensamiento doctrinal. Atribuyen esta situación a algo que el mismo Concilio señaló que había que cambiar: la permanencia exagerada de personas avanzadas en edad en los puntos clave donde se toman las decisiones más transcendentales.
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