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El
rock - Una música vivida
. Rock, la fuerza de un
género
290408 -
El Mundo
Rock 1954-2004
Es sólo rock and roll (pero me gusta). Los Rolling Stones resumieron la
enorme vitalidad de un género que el 5 de julio cumplirá nada menos que 50
años. La fecha, como todas, es un referente y recuerda la primera
grabación de Elvis Presley, That’s all Right, en 1954. Pese a John
Lennon, hubo mucha música antes pero, sobre todo, hubo un big bang
sociocultural después. El Cultural ha querido abrir sus páginas a este
aniversario recorriendo las principales paradas de esa gran autopista
llamada rock. Escriben Celsa Alonso en la Primera Palabra y el director de
la ONE Josep Pons. Además, la música clásica juzga su importancia.
El milagro se produjo el 5 de julio de 1954 en el estudio de la
discográfica Sun Records, un cuartucho de mala muerte situado en el 706 de
Union Avenue, en Memphis (Tennesse). Un arrogante chaval de 19 años entró
en ese local siendo un humilde camionero y, después de grabar una canción
de tres minutos de duración, salió a la calle convertido en un rey. Se
llamaba Elvis Aron Presley y flotaba sobre el recalentado asfalto sureño
convencido de que su destino era la gloria: había dinamitado la cultura
juvenil, creado el fenómeno social más importante del siglo XX y cambiado
el curso de los tiempos.
Elvis Presley había inventado el rock and roll. O al menos eso parecía. Un
análisis más profundo puede limitar su importancia hasta convertirle en un
simple embajador blanco de los sonidos creados por los negros. El rock es
una música bastarda, engendrada en una plantación de algodón, gestada en
una destilería clandestina y parida en un burdel. Elvis adoraba el blues,
la música del diablo, y no dudó en recoger las esencias de esos sonidos
oscuros (cantos de trabajo, blues, gospel…), rebajar su negritud con algo
de country y vendérselas al mundo envueltas en un par de golpes de cadera.
Un bastardo llamado rock
Los jóvenes necesitaban algo así. Una cultura propia que eliminase de su
repertorio las melodías sensibleras de Frank Sinatra, los buenos modales
de Doris Day y la belicosa prepotencia de Eisenhower y Nixon. Una
revolución que desperezase a una sociedad aletargada, que pusiese fin a la
segregación racial y se rebelase contra las normas establecidas. Cuando
Elvis grabó esa legendaria canción, titulada That’s All Right, en
Estados Unidos se botaba el primer submarino atómico y se destituía al
senador McCarthy por su caza de brujas. El resto del planeta comenzaba a
tararear las canciones de los ocho países que participaron en el primer
Festival de Eurovisión. La escritora norteamericana Susan Sontag tenía
entonces 21 años: “Elvis y Chuck Berry hicieron que abandonara a mi marido
y me olvidara del mundo académico”, dijo.
Elvis fue el rey blanco y Jerry Lee Lewis el rival más directo para ocupar
su trono. Buddy Holly, Gene Vincent y Eddie Cochran fueron dignos
escuderos. Chuck Berry, Little Richard y Bo Diddley tenían tanta o más
clase que ellos, pero el color de su piel les impidió luchar en igualdad
de condiciones. Un problema racial que mantuvo en el anonimato, y privó de
los derechos sobre sus canciones, a algunos de los creadores más
importantes en la historia del blues y el rock negro, las fuentes en la
que posteriormente beberían los rockeros blancos: Elmore James, Howlin’
Wolf, Freddie King, Muddy Waters, Lonnie Jonson, Big Bill Broonzy…
El big bang
Un huracán de ritmo y blues sacudía las estructuras de Norteamérica. En
Inglaterra contemplaban este fenómeno con las orejas muy abiertas: las
emisoras de radio comenzaron a emitir rock, se crearon sellos
discográficos especializados, se abrieron garitos para tocar en directo…
Si eras joven y no querías ser como Elvis es que estabas muerto.
El 2 de agosto de 1961 The Beatles debutaron en un antro llamado The
Cavern tocando rock and roll al estilo británico. Once meses más tarde los
Rolling Stones se presentaban en el Marquee londinense. Los primeros
sintonizaron de inmediato con el público y con las listas de éxito
convirtiéndose en una leyenda: “Somos más conocidos que Jesucristo”, aulló
John Lennon mucho antes de ser tiroteado en el pecho. Los segundos
subieron el volumen de sus amplificadores, encendieron unos porros y
apostaron por mantener un sonido negroide y constantes problemas con la
ley y la moral: los Stones eran los chicos malos, sus satánicas
majestades, y estaban ahí para recordarnos que el rock traía problemas.
Al reclamo del sexo, las drogas y el rock and roll se apuntaron decenas de
bandas británicas con personalidad propia, y con líderes muy definidos:
los Them de Van Morrison, los Animals de Eric Burdon, los Kinks de Ray
Davis… Y los Yardbirds, una fábrica de crear guitarristas (Eric Clapton,
Jimmy Page y Jeff Beck), que pontificaban sobre el instrumento con el que
se construyó el rock y sobre los doce compases que le dieron sentido.
En Estados Unidos se mantuvieron fieles a sus raíces. Los negros, con una
discográfica llamada Tamla Motown como bandera, vieron crecer a estrellas
del calibre de Marvin Gaye, Stevie Wonder, Otis Reading, Ray Charles o Sam
Cooke. Motown nació como empresa familiar y, a lo largo de más de un
centenar de números uno en las listas norteamericanas, creó un sonido
propio perfectamente identificable donde se compaginaban la comercialidad
y la calidad. Bautizada como La Fábrica de Éxitos, es un ejemplo de
discográfica coherente.
Mientras tanto, los blancos apostaron por revisar el folklore y confiar el
futuro de la música popular a un genio de carácter agrio y talento
infinito: Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, el hombre
incapaz de escribir una canción mediocre. Dylan reinventó el folk y sembró
poesía en el rock. Su concierto en el Festival de Newport en 1965,
empuñando una guitarra eléctrica, le enfrentó a los puristas del folk, que
un año después llegaron a interrumpir su legendaria actuación en el Royal
Albert Hall al grito de “¡Judas!”. Había nacido el cantautor eléctrico, y
la lista de aquellos que siguieron su pasos ha sido tan larga como jugosa:
Neil Young, John Fogerty, Bruce Springsteen, Jackson Browne, Steve Earle,
Steve Forbert…
El rock se hace hippie
La música como catalizador ideológico y como distribuidor de sueños.
Corría 1967 y quedaban arrinconados los impulsos rebeldes del primer rock
and roll en favor de una propuesta de revolución social basada en la paz,
el amor… y las flores. Los hippies lucharon por un mundo mejor mientras
escuchaban a The Doors, a Janis Joplin, a Jimmy Hendrix, a Jefferson
Airplane, a Grateful Dead… El LSD era la droga de moda y la Costa Oeste
californiana el paraíso.
“Vive deprisa, muere joven y tendrás un cadáver bien parecido”,
acostumbraba a decir Mick Jagger citando a Truman Capote. Los abusos y la
vida salvaje se cobraron numerosas víctimas, nombres ilustres en la
crónica negra del rock. El primero fue Buddy Holly, pero los más llorados
tenían por apellidos Hendrix, Jones, Joplin, Morrison… Todos ellos
participaron en los grandes festivales al aire libre que marcaron esas
fechas y dieron a la música en directo una gran importancia, tanto en el
ámbito sonoro como en el de acontecimiento social. Isla de Wight (31 de
agosto y 1 de septiembre del 68) y Woodstock (15-17 agosto del 67) fueron
conciertos multitudinarios en los que se reunieron más de 500.000 y de
450.000 personas, respectivamente. Meses después el New York Times
reconocía en un editorial que el rock se había convertido en el arte
actual más popular, vital y creativo.
En los años 70 aparecen los primeros síntomas de saturación. Las fronteras
musicales estallan en mil pedazos y el rock apuesta por la
experimentación, las alianzas y las vanguardias. Las canciones pierden
definitivamente su estructura y los músicos progresivos buscan inspiración
en el jazz y la música clásica. Yes, Pink Floyd, Genesis, King Krimson,
Emerson, Lake and Palmer y Frank Zappa graban discos densos con
estructuras sinfónicas. Es tiempo de etiquetas. Miles Davis lidera de
forma inconsciente un movimiento conocido como jazz-rock, Gram Parsons se
convierte en una leyenda del country-rock, Duane Allman conduce el tren
del rock sureño, Ritchie Blackmore incendia el heavy-metal, David Bowie y
Marl Bolan se disputan el trono del glam-rock, Lou Reed camina por el lado
salvaje del rock urbano…
La música en directo se convierte en un espectáculo total. Se multiplican
los vatios de sonido, los juegos de luces cobran una importancia
descomunal y los efectos especiales están a la orden del día. Un concierto
es una ceremonia, y cuanto más espectacular sea su coreografía más éxito
tiene. Los grupos sinfónicos utilizan fuegos artificiales, los cantantes
de rock duro se maquillan hasta quedar irreconocibles y Bowie proclama su
bisexualidad a los cuatro vientos. El espectáculo debe continuar…
El punk o la pérdida de la inocencia
Demasiados neones, demasiados nombres compuestos, demasiados intereses
comerciales, demasiados músicos esclavos de las exigencias del mercado. El
rock se hace adulto, pierde sus raíces combativas y se acomoda en el
conservadurismo. Sólo una nueva revolución podía devolverle su espíritu
primigenio, una revolución que retomase los patrones utilizados por Elvis
y sus colegas los viejos rockers: rabia, provocación y canciones ruidosas
de menos de tres minutos de duración. Era la fórmula del punk, el sonido
que devolvió la vida al panorama musical en el final de los años setenta.
Los Sex Pistols fueron una caricatura, pero decenas de buenas bandas
demostraron que la verdad del rock se escondía detrás de tres miserables
acordes y del grito “¡No hay futuro!”: The Clash, The Ramones, The Damned,
The Stranglers… La sofisticación de ese sonido básico recibió el nombre de
Nueva Ola y, ya con un carácter más optimista, albergó a compositores tan
lúcidos como Elvis Costello, Joe Jackson, David Byrne, Paul Weller o el
mismísimo Sting. Estados Unidos e Inglaterra encabezan todos los nuevos
movimientos rocanroleros. Todos excepto los mestizos, aquellos que funden
las músicas del mundo con baterías y guitarras eléctricas, producto de
culturas juveniles de lugares olvidados pero vivos. Los guitarrones
centroamericanos cruzan el Río Grande, y los ritmos más sabrosos llegan
desde el Caribe. Las músicas de Puerto Rico, de Colombia, de Cuba, de
México, de Brasil y de Santo Domingo llegan a los barrios de las ciudades
norteamericanas, y llegan para quedarse. Bob Marley y su reggae de alto
voltaje encandilan a los rockeros más duros, aquellos que miran para otro
lado cuando se habla de salsa, de samba o de bolero. Amigo de los mensajes
políticos, Marley luchó “para despertar al pueblo negro de una pesadilla
que duraba siglos”.
La autopista pasa por España
La España de los sesenta se mantenía aletargada. Los Beatles, que pisaron
suelo español por primera vez a las 17,40 horas del 1 de julio de 1965,
fueron un regalo de los dioses. Veinticuatro horas después actuaron en la
madrileña plaza de toros de Las Ventas, con Los Pekenikes y Torrebruno
como teloneros, y el día 3 en la Monumental de Barcelona con los Pirex
como artistas invitados. No era aquella una España muy roquera, y la
prensa del Movimiento publicó que “el fracaso del concierto” se debía a
que “la juventud española es más cuerda y más sana que la de otros países
que se dicen avanzados”.
El rock llegó a España tarde y mal. Pero llegó, con toda seguridad bajo la
influencia de los Beatles, y lo hizo en dos oleadas que sin aportar
demasiado a la historia de este género musical merecen recordarse. La
primera, en los años sesenta, dejó grandes grupos con mala suerte (Los
Salvajes, Lone Star, Los Gatos Negros, Los Cheyenes) y bandas que tuvieron
su momento de gloria (Los Brincos, Los Canarios, Los Bravos). Hablar del
rock ibérico de los sesenta tal vez sea excesivo: los grises perseguían
las greñas, las guitarras distorsionadas y movimientos lascivos. Es más
realista hablar de una España ye-ye que lucía un prudente flequillo
y se movía cadenciosamente al ritmo del siempre sensato Dúo Dinámico. La
segunda avanzadilla rockera llegó a España una década más tarde de la mano
de un grupo madrileño que aún no ha sido superado: Burning. Esta banda
asfaltó el camino por el que poco después circularían Leño, Tequila… y los
innovadores músicos del rock andaluz. Estos últimos, con Triana y Veneno
al frente, tal vez fueron los únicos que ofrecieron al mundo un rock
ibérico realmente original.
Inmediatamente después, en la década de los ochenta, las necesidades
sonoras de una sociedad en ebullición provocaron el nacimiento de la
llamada Nueva Ola Madrileña, un movimiento que se movía a rebufo de los
ritmos que entonces sacudían Inglaterra y Estados Unidos. La movida
prometía grandes cosas, pero fue engullida por su propia inconsistencia. Y
por la manipulación de los medios, empeñados en meter en un mismo saco a
grupos tan diferentes como Nacha Pop y Zombies, Elegantes y Mecano,
Siniestro Total y La Mode, Mermelada y Objetivo Birmania, Secretos y
Aviador Dro...
La industria devora a la criatura
En los 80 el rock parece haber llegado al final del camino. Se había
disipado la energía inicial y apenas quedaban caminos por explorar. La
música que se había enfrentado a la sociedad y que había amenazado sus
buenas costumbres había sido engullida por el poder y convertida en
negocio. Pero la industria discográfica, que no parecía dispuesta a
prescindir del Don Perignon y las limusinas, reinventó el negocio de la
forma más burda: concediendo mayor importancia a la imagen del artista que
a su música. En las emisoras de radio venden a Spandau Ballet como soul
blanco y a Miguel Bosé como el Bowie ibérico. Malos tiempos para el rock,
buenos para los realizadores de videoclips, los maquilladores, las
estrellas de plexiglas, las radios comerciales y los periodistas
corruptos. Un soplo de aire fresco: Paul Simón redescubre África. Vientos
de cambio que nos presentan a Youssou N’Dour y Fela Kuti, que facilitan
colaboraciones tan espléndidas como las que dieron origen al disco
Songhai (el bajista británico Danny Thompson, el músico de Mali
Toumani Diabate y miembros de Ketama) y que hacen que músicos de blues del
siglo XXI como Corey Harris viajen hasta el continente negro para
recuperar el feeling perdido. Mientras, en las calles en las que
hace 50 años se tocaba la guitarra y se tarareaba That’s All Right
los jóvenes presionan el play de sus grandes “loros” y rapean con las
mismas ganas que entonces de remover los cimientos de una sociedad que no
les entiende.
Rap, Mp3 y mediocridad. ¿Fin de trayecto?
Ha pasado medio siglo desde que la pelvis de Elvis hiciera temblar el
mundo por primera vez. La televisión utiliza las canciones de Chuck Berry
para vender coches, los Stones continúan grabando discos y Sony Music
sigue buscando al sustituto de un Bob Dylan que, por cierto, se mantiene
en la carretera. “El rock es un pozo agotado. La gente debería mirar de
nuevo al blues… y a esos chicos que cantan rap”, dijo poco antes de morir
el gran John Lee Hooker. En el siglo XXI tenemos la discoteca en la red y
en un bolsillo nos caben 10.000 canciones. La tecnología amenaza con
engullirse a una industria discográfica que no ha sabido adaptarse a los
tiempos. No es una mala noticia: puede que se supriman los intermediarios
y que el control de la música acabe en manos de los músicos.
El
rock - Una música vivida - Celsa Alonso
El rock ha demostrado su capacidad para articular identidades
generacionales, políticas, clasistas, étnicas y de género. Hoy el rock
sigue vivo pero no es tan monolítico como hace cincuenta años. Es otra
historia
Si hace cincuenta
años entra en escena Elvis (y con él lo que Richard Middleton califica
como una novedosa fusión de lirismo romántico y “boogieficación”),
musicalmente el rock and roll no era tan nuevo: situar el “nacimiento del
rock” a mediados de los 50 es una simplificación que ha servido para
delimitar el inicio de nuevas formas de comunicación y prácticas
culturales (en el sentido antropológico y cotidiano que R. Williams dio al
término “cultura”) al socaire de la incorporación de la juventud a las
florecientes industrias culturales. Desde entonces, el rock (música
grabada pero también vivida) ha demostrado su capacidad para articular
identidades generacionales, políticas, clasistas, étnicas y de género.
En los años sesenta se levantó un suculento negocio mientras diversos
agentes sociales construían la ideología del rock, institucionalizada en
torno a un discurso “contracultural” y comunitario de autenticidad y
rebelión juvenil y sexual. Desde entonces, el rock reventó la falsa
dicotomía entre creatividad y negocio (brillantemente analizada por Simon
Frith) y configuró potentes mitos en torno a una “historia de
apropiaciones” (de la música “negra” por los blancos). Como ocurre en
todas las músicas, las reglas del rock han sido construidas y su
significado mediatizado y quizá la apropiación más evidente fue de índole
ideológico: el rock no sólo absorbió algunas técnicas sino el ethos
del blues. No obstante, la perspectiva histórica nos muestra que las
relaciones entre rock y contracultura fueron complejas e incluso
contradictorias.
Con el precedente de la sicodelia a finales de los sesenta, en los setenta
se avanza en la voluntad de experimentación y trascendentalización que
junto al virtuosismo, la improvisación y los nuevos diálogos con la música
electrónica y la académica, abren la vía del tan vilipendiado “rock
progresivo”, últimamente en vías de rehabilitación gracias a los trabajos
de musicólogos como John Covach o Allan Moore. La experimentación
estilística del “rock progresivo” no era nueva, pero sí la actitud de
seriedad habitualmente relacionada con la música académica más que con la
ideología rockera. La evocación de la música “clásica” era fundamental:
del barroco se tomó el contrapunto y la densidad de las texturas, de la
música romántica el virtuosismo y del modernismo la sincopación y las
complejidades métricas, que junto a la construcción episódica en temas
extensos y el uso de instrumentos sinfónicos cohabitaron con las
estructuras armónicas del rock. Este fenómeno confirmó la fragmentación
del rock en los setenta, junto a una espectacular expansión y segmentación
de la audiencia, mientras se consolidaba como la principal industria
cultural.
Desde entonces el rock ha estado en el centro del debate académico, ha
sostenido los estudios sobre las audiencias activas, la teoría y
sociología de la cultura, y demostrado que la transgresión, resistencia y
compromiso político no están reñidos con el placer y la evasión.
Musicalmente abierto, tras el estallido del punk, el rock estableció
nuevos y múltiples diálogos con otras músicas e interesantes alianzas e
hibridaciones, positivas desde el punto de vista de su eficacia política,
económica y social.
Esto tampoco era nuevo, aunque muchos fueron los que pensaron que el rock
había muerto, cuando lo cierto es que el rock había mutado. Como ha
señalado el siempre sugerente K. Negus, lo que había terminado era una
experiencia concreta del rock, una música que ha sobrevivido a varias
generaciones, traspasado sus fronteras angloamericanas y convertido en un
“móvil geográfico”. En los años ochenta, el posmodernismo y la teoría de
la deconstrucción de los discursos artísticos contribuyeron a dignificar
las denominadas “culturas del rock”. En un mundo en que se multiplican las
interpretaciones legítimas de los textos culturales, se aplaude la
dialogía y se entronizan las prácticas musicales como prácticas
discursivas y simbólicas, las músicas del rock fueron revalorizadas desde
la teoría de la cultura.
Entonces el rock no es sino una etiqueta que engloba a múltiples
actividades, diálogos y estrategias musicales que en los años noventa son
entendidas como elementos de movilización política potencial bajo el
paradigma del llamado “populismo cultural” encabezado por John Fiske. Hoy
el rock sigue vivo, aunque no es tan monolítico como hace cincuenta años.
Es otra historia. Aunque ya no puede definirse en términos exclusivamente
musicales, algunos musicólogos se están esforzando por concretar su
consistencia estilística, la singularidad de su “texto primario” (en
expresión de A. Moore), reglas y prácticas que lo estructuran en
cuestiones de instrumentación, calidad de las voces, etc. El reciente
interés por el espacio y el lugar, la dinámica política de la música, la
resistencia semiótica, el juicio estético de textos y prácticas de la
cultura popular, la globalización y el significado de las nuevas
tecnologías de la comunicación hacen que la teoría de la cultura no sólo
no pueda ignorar al rock: de hecho, lo está sacralizando y canonizando,
otorgándole un merecido espacio en el debate científico de las ciencias
sociales.
Celsa
Alonso es
profesora de Historia de la Música de la Universidad de Oviedo
La fuerza de un género -
Josep Pons
Más allá de lo
que opine yo o de lo que opine nadie, no cabe discutir lo evidente: el
rock ha sido, por encima de todos los demás géneros, el más importante
movimiento músico-social de siglo XX, por la forma en que conectó con la
juventud y fue adoptado como medio de expresión al igual que, por ejemplo,
ocurrió en su día con el soul y el mundo negro oprimido. En el caso del
rock, representó para aquella juventud un importante medio para contar sus
historias. A la fuerza innegable de esta música se suma la poesía que
entrañan sus letras, unos textos a veces de gran belleza que nunca
encontramos en otros ámbitos como el flamenco. Y ahí están los casos de
Bob Dylan o Lou Reed, verdaderos poetas cuya manifestación ha venido a
través del rock.
Musicalmente estamos ahora en un abanico tan grande que hay de todo, como
también sucede en la clásica, y va de lo más pachanguero a lo más
enigmático, desde el rock-bottom, el rock oscuro de Robert Wyatt –que
escribió las letras después de haberse quedado paralítico–, o la Velvet
Undreground a los Dubby Brothers, el rock más porreta de la California de
vida fácil. Y de una forma natural, si bien me siento más cercano al jazz
o el pop, hay cosas en el mundo del rock que me gustan mucho como el
último disco de Miguel Ríos –60mps– en mi concepto un trabajo soberbio, un
rock de raíces. Creo que el rock ha influido bastante en el mundo de la
música clásica. Ahí están esos compositores que han flirteado con él, caso
de Ligeti con Un rock húngaro para cembalo, el Kronos Quartet con sus
versiones de Jimmy Hendricks para cuarteto de cuerda, o ciertos guiños de
Luciano Berio en algunas de sus obras. Otros creadores directamente han
sido influidos por la música rock ya que no podemos olvidar que el pop y
el rock sostienen la música popular, viva, de la que bebe cualquier
compositor actual. Claros ejemplos son los ingleses Marc Anthony Turnage,
– muy directamente en su obra Blood on the floor– o el propio James
MacMillan sin olvidar al finés Magnus Lindberg. En realidad, son viajes de
ida y vuelta. A Stravinski le influyó el jazz, y viceversa, ya que no
podemos entender a Duke Ellington sin el compositor ruso. Lo mismo ocurrió
con uno de los grandes del rock, Frank Zappa, que admiraba profundamente a
Edgar Varèse y de él bebía en sus grandes obras. Son actos simbióticos. Y
es que no debe haber fronteras entre los géneros, sólo han de existir
entre la buena y la mala música.
Josep
Pons es
Director de la ONE
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