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290408 - Todos hemos tenido profesores que han dejado huella en
nosotros. Seguro que hay frases que nos decían y que nunca podremos
olvidar. Muchas veces no somos conscientes de la profundidad de éstas
hasta que pasan muchos años, a veces incluso cuando ya no están. Dentro de
este conjunto de vivencias que todos hemos tenido, me ha venido a la
memoria algo que me dijo una profesora mía cuando yo apenas era un niño;
fue al finalizar un concierto en el que actué:
-"Daniel, lo que tenías que decir, lo has dicho bien".-
En aquel momento me quedé pensando, porque no entendía a
qué se refería... ¡yo había tocado el piano, pero no había dado ningún
discurso!
Realmente ahora es cuando he comprendido la profundidad
de aquellas palabras: La música es un lenguaje. Pero leer esta
afirmación y estar de acuerdo con ella no quiere decir en absoluto tener
conciencia del verdadero significado. La música como lenguaje: algo que a
la vista nos parece tan tópico, tan cotidiano. Paradógicamente muchos de
nosotros hemos estudiado en conservatorios superiores mil y una
asignaturas "complementarias", tres mil piezas para el
instrumento, y resulta que ¡apenas conocemos cómo funciona el lenguaje de
la música! ¿¿Pero cómo es posible, sabiendo solfear??
En los conservatorios estudiamos cómo se estructura el
lenguaje de la música: estudiamos las reglas y las técnicas que sustentan
el lenguaje de la música, desde un punto de vista sintáctico. La mejor
comparación que se me ocurre es el latín: Casi todos hemos tenido que
estudiarnos las declinaciones, los adverbios y las palabras latinas, y sin
embargo... ¡¡Ninguno supo nunca hablar latín!!
Es cierto que conocemos la música... sabemos lo que es
una corchea, sabemos interpretar música en nuestro instrumento... ¿Pero
sabemos hacer música? ¿De verdad creéis que la visión musical de un
compositor a la hora de interpretar una pieza es la misma que la de un
intérprete, por muy buena técnica que posea el susodicho intérprete?
Merece la pena citar aquella anécdota en la que, tras
estrenar Beethoven una composición, se le dirigió un músico y le dijo algo
así: "¿Maestro, no se da usted cuenta de los errores musicales (de
armonía) que ha cometido?" A lo que respondió Beethoven: "La música soy
yo". Paco de Lucía, Louis Armstrong... ellos probablemente nunca llegarán
a tener la cantidad de títulos que nosotros los "titulados" en música
poseemos, sin embargo ellos son la música, al igual que Rachmaninoff,
Mozart o Beethoven. Cualquier cantaor de flamenco puede ser más músico que
un profesor superior de instrumento.
Todas estas afirmaciones nos llevan a la pregunta clave:
¿Entonces, para qué sirven los conservatorios actualmente? Podríamos
divagar y llegaríamos a conclusiones tan aberrantes como considerar la
música un "arte de ciencias infusas", un "arte oscura", como si fuera
"cosa de magos".
Actualmente necesita uno ser mago para darse cuenta de
lo que es la música en realidad, dando por supuesto el poseer unos
estudios superiores en conservatorio oficial. La música es mucho más que
cuatro notas y media y los matices y reguladores, fuertes y piano, que
conllevan estas notas.
En los conservatorios no aprendemos música,
aprendemos cómo se organiza la sintaxis musical. Aprendemos a leer
música. Incluso salen instrumentistas fantásticos de nuestros
conservatorios. ¿Pero realmente podremos comprender la música alguna vez?
En la carrera de un músico, pocas asignaturas son las
dedicadas a lo más importante, que es la compresión y el entendimiento de
la música.
La "armonía" y las "formas musicales" que estudiamos en
el conservatorio, junto con la "repentización", son realmente las materias
que podrían ayudarnos como las que más para ser buenos músicos. Sin
embargo algunos planteamientos fallan:
La armonía y el contrapunto que se solía enseñar era una
armonía casi exclusivamente "sobre papel". No se trata únicamente de
practicar los ejercicios al piano y corregir tal o cual nota. Realmente un
músico con un profundo conocimiento del lenguaje (la música) no depende de
un piano, y le bastaría con lápiz y papel para hacer música de verdad.
Pero muchos armonistas, aún usando sólo el lápiz y el papel, no ven más
allá de la goma.
En armonía, como premisa, se deberían enseñar las
sonoridades de todos los posibles acordes, de las conjunciones de notas
sean cuales sean, de cómo actúan unas sobre otras, y de los límites de la
percepción. Se debería poder reconocer cualquier acorde "de oído". Se
debería aprender cómo los compositores usan estas armonías y cómo las
podemos usar nosotros en un momento determinado; aprender a pasar de una
tonalidad a otra de forma natural, aprender a moverse en tonalidades muy
alteradas de la misma forma que nos movemos en do mayor, aprender a
armonizar una melodía directamente sobre el piano, o a melodizar una
armonía. Esto es la música, y no un absurdo juego de quintas y octavas.
Muchos de los armonistas salen con una gran visión de "errores de
armonía", ¡pero sin embargo no tienen ni idea de armonía! Una vez sabido
todo lo anterior (lo cual podría ocupar más de uno, dos o tres cursos,
podría ocupar una vida entera), entonces es el momento de ejercitar el
cerebro en la ansiada búsqueda de quintas y octavas, comprendiendo por qué
son así las normas, y cómo hay que quebrantarlas para "decir" algo
interesante.
En la repentización musical se hace una aproximación
real a la improvisación: el transporte, la velocidad de lectura, la
armonización de una melodía. Eso sí es música. Pero tristemente muchos de
los alumnos que llegan a estos cursos no dominan el lenguaje de la música
lo suficiente como para poder asimilar lo que el profesor les ofrece, con
lo que acaban el curso aprobando, incluso brillantemente, pero siguen sin
entender más que las cuatro lecciones y las cuatro reglas que se
aprendieron.
Tras todo esto, entonces y sólo entonces, tendría
sentido el análisis formal. Este análisis formal no necesitaría de una
partitura obligatoriamente, ni de un lápiz ni de un papel. Cuando Mozart
llegaba a casa, tras un concierto, y reproducía al piano exactamente toda
la partitura... ¿de verdad creéis que él memorizaba nota por nota? Mozart
tenía tal conocimiento del lenguaje de la música que automáticamente
analizaba la pieza y la estructuraba, armónicamente, formalmente, y en
todas sus dimensiones. De esta manera un curso de "formas musicales" dado
por Mozart sería lo más enriquecedor del mundo, porque en realidad lo que
se persigue es la compresión de la pieza, y con ello la compresión del
lenguaje.
De todo este desconocimiento surgen posturas aberrantes,
como aquellos que odian la "música culta actual" ("no la comprenden, sus
oídos no están preparados"), o todo lo contrario, los fanáticos de esta
música y que tachan a Chopin y Bach de "anticuados". Precisamente el arte
actual (ya no sólo la música) es un arte para "artistas". Componer música
hace unos años era una labor muchísimo más simple que actualmente. Los
compositores actuales han de comprender que la música que componen casi
sólo pueden llegar a entenderla los músicos. Esto no ocurría hace un
siglo, o quizás menos. Lo verdaderamente achacable a muchas músicas de
músicos actuales es el superar los límites de la percepción humana, de
forma que para entender una pieza hay que estudiarla profundamente, y la
percepción sonora únicamente no basta para poder entender todo lo que ahí
dentro pasa. No por ello toda la música actual es buena, ni muchísimo
menos: de hecho es en la actualidad, bajo mi punto de vista, cuando más
fraudes se cometen en la música; fácilmente te pueden dar gato por libre,
cualquiera puede componer cualquier cosa, y aquello ser una "farsa
musical" total. El buen músico debería ser capaz de diferenciar música
buena o mala.
Otro de los errores más comunes es pensar que un músico,
debido a los análisis musicales que llega a hacer en su cabeza, no es
capaz de apreciar la belleza de una pieza: ¿Cómo es posible no darse
cuenta que cuanto mejor se conoce un lenguaje, cuanto más se aproxima uno
a él, cuanto mejor se entiende cada palabra, es cuando mejor se siente la
poesía que se hace con ese lenguaje? La música es como el primer amor,
se lleva siempre en el corazón.
¿Qué es la música? ¡Música... eres tú!
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