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290408 - Agradezco muy cumplidamente al
distinguido grupo de científicos, intelectuales y artistas de El Colegio
Nacional su invitación a formar parte de esta ilustre casa. Es un honor y
un privilegio ser miembro de tan eminente y selecto cuerpo colegiado. Mi
gratitud especial a quienes generosamente presentaron mi candidatura para
llenar las vacantes.
En esta que es mi lección inaugural deseo examinar algunos conceptos de
orden técnico y estético que han configurado el quehacer musical de
nuestro siglo, y han guiado en gran medida mi trabajo como compositor. Uno
de los más relevantes y significativos es el que se refiere a la
diversidad de voces y de tendencias, a los formidables hallazgos y
cambiantes rostros que dibujan la imagen múltiple y plural de la música
moderna.
Son el asombro y no pocas veces la perplejidad, los sentimientos, si
como tal pueden definirse, que determinan nuestra actitud ante las maneras
tan diferentes de hacer y concebir la música de nuestro tiempo. Se trata
de una auténtica torre de Babel en la que las lenguas son muchas y en cuyo
ámbito conviven los compositores progresistas con los conservadores.
Recordemos que el delicioso cuento musical Pedro y el lobo de
Prokofiev, música neoclásica por excelencia, es contemporáneo de Lulu
de Alban Berg, obra maestra del arte lírico, cuya estética se identifica
con el Expresionismo, uno de los movimientos renovadores del siglo XX; al
tiempo que Béla Bartók y Silvestre Revueltas conciben sus extraordinarios
y novedosos cuartetos de cuerda, Gershwin y Kurt Weill estrenan comedias
musicales en Broadway, mientras Moncayo escribe su Huapango, John
Cage trabaja en el piano preparado y presenta su famosa y radical 4'33"
en la que el único elemento que se indica en la partitura es la duración;
el mismo año en que Stravinski sorprende al mundo con la Consagración
de la primavera, otro ruso, Rachmaninov, redacta una música deudora
del lenguaje del siglo XIX; en 1949, año en el que muere Richard Strauss
poco después de haber escrito sus espléndidas y decimonónicas Cuatro
últimas canciones, Olivier Messiaen compone Modo de valores e
intensidades, la primera obra en la que se serializan los llamados
parámetros musicales; Turandot, última e inconclusa ópera de
Puccini, se estrena al mismo tiempo que Arnold Schoenberg presenta sus
primeras obras dodecafónicas, técnica que representa una de las tentativas
más importantes para llegar a un nuevo ordenamiento del material sonoro; a
principios de los años sesenta, Carlos Chávez introduce en su música el
novedoso principio de la no-repetición, mientras que en Estados Unidos
Terry Riley y Steve Reich escriben obras minimalistas, cuyo principio
estructural se basa en la repetición y transformación constante de unos
cuantos elementos; en esos años no pocos compositores mexicanos siguen
obedeciendo estérilmente la ideología de la escuela nacionalista, al
tiempo que Manuel Enríquez lleva a cabo una renovación en el lenguaje a
través de procedimientos aleatorios y el empleo de una novedosa grafía
musical.
Estos ejemplos ilustran en forma harto evidente las enormes distancias
que separan, tanto en el orden técnico como estilístico, a un compositor
de otro. Podría señalarse con justa razón que en otras épocas han existido
también diferencias notables de estilo entre compositores de un mismo
período, tal el caso de Chopin y Berlioz o de Verdi y Brahms. Pero no
obstante los rasgos tan personales e inequívocos que encontramos en su
música, estos compositores hablaron una sola lengua, un mismo lenguaje:
el lenguaje de la tonalidad. Este sistema teórico delimitaba territorios
precisos haciendo posible, por ello mismo, que la música y los músicos
occidentales hablaran la misma lengua durante los siglos XVII, XVIII y XIX.
Había no sólo una confianza sino una certidumbre en el lenguaje. Autores
tan diferentes como Pergolesi, Rameau, Purcell, Bach, Manuel de Sumaya,
Mozart, Rossini, Schumann, Liszt, Ricardo Castro y Saint-Saëns, por no
citar sino a unos cuantos, se sirvieron de este sistema musical para hacer
"posible" todo lo que tenían que decir, todo lo que tenían que cantar.
Por el contrario, en la música de nuestro siglo hay una voluntad no
tanto por definir y trazar los límites que separan lo que es música de lo
que no lo es, sino por ampliar sus fronteras colocándolas en lugares hasta
hoy insospechados. En nuestros días, los territorios son extremadamente
vastos, flotantes y de naturaleza diversa. El sistema musical que había
unificado a Occidente se pone en tela de juicio y surge de inmediato la
incertidumbre en el lenguaje. Deja entonces de tener vigencia esa especie
de contrato social unánime y homogéneo que rigió la actividad musical en
épocas pasadas, y cuyos signatarios, es decir, los compositores, los
intérpretes y los oyentes, hablaban y se comunicaban a través de un mismo
idioma. Hoy, la situación es radicalmente distinta: la música de nuestro
siglo, como dije antes, señala sin cesar nuevas fronteras – todas ellas,
paradójicamente, definitivas, pero al mismo tiempo siempre cambiantes – e
inaugura insólitas e inesperadas maneras de hacer música.
La historia de Occidente registra ciertos períodos durante los cuales
el arte de la música se cuestiona y los planteamientos que surgen intentan
no solamente definir las características de las nuevas corrientes sino la
función, el significado y la naturaleza misma de la música. Se trata de
épocas en las que se ponen en entredicho valores largamente establecidos:
estética, teoría y sintaxis musicales pierden la vitalidad que alguna vez
poseyeron.
Es posible observar este tipo de situaciones y comportamientos en los
inicios del siglo XIV, cuando las estructuras rítmicas y la notación
musical experimentaron alteraciones radicales suscitándose la famosa
querella entre los defensores del recién creado Ars Nova, con
Philippe de Vitry y Jean de Muris a la cabeza, y sus impugnadores – como
Jacobo de Liège – que abrazaban las prácticas musicales del Ars Antiqua.
Dos siglo después, en las postrimerías del Renacimiento Claudio Monteverdi
define la música nueva como la Seconda pratica, la cual contempla
el empleo cada vez más frecuente de un sistema armónico conocido con el
nombre de Tonalidad – que, como ya he dicho, regiría la música durante los
siguientes 300 años – y la invención del stile recitativo que daría
nacimiento a una nueva y fascinante forma artística, a un género
teatral-musical llamado Ópera. Estas dos portentosas creaciones - la
tonalidad y la ópera – marcan el comienzo del arte musical barroco y el
ocaso del mundo modal y polifónico del Renacimiento.
El último período lo estamos viviendo y pienso que está precedido por
dos acontecimientos fundamentales. En primer lugar, hay que referirse a
las formidables e inusitadas construcciones armónicas del Tristán e
Isolda. A partir de 1859, año en el que Wagner termina de escribir su
ópera, el lenguaje clásico comienza a sufrir una serie de transformaciones
que minarán este sistema de manera irremediable. La lógica que gobierna la
sintaxis armónica de esta obra no puede ser ya explicada y analizada en
base a criterios tradicionales: el tipo de organización instituido por la
gramática clásica se ve secretamente amenazado por las nuevas relaciones
formales que se establecen durante el devenir del discurso musical. Las
estructuras armónicas de índole cromática del Tristán dan origen a
un universo en perpetua transición en el que nada se detiene o parece
detenerse. Debido a este cambio tan drástico en la articulación de las
formas musicales nuestra situación como oyentes es fundamentalmente
distinta a la de cualquier melómano anterior a Wagner. Su música nos
mantiene inmersos en un mundo sonoro poseedor de una tremenda carga y
concentración emotivas, en el que se ha derrumbado el orden jerárquico
aceptado hasta entonces.
Muchos años después, en 1894, se escucha en París el Preludio a la
siesta de un fauno de Debussy. Esta obra constituye uno de los
encuentros más afortunados entre la poesía y la música. En ella, al igual
que en la égloga de Mallarmé, aspiramos un nuevo perfume, una fragancia
desconocida. La flauta del fauno, al querer perpetuar estas ninfas,
instaura una respiración ausente hasta ese momento en la música. El soplo
de Debussy, escribiría Mallarmé poco tiempo después del estreno, nos hace
escuchar una luz diferente. Por su novedosa construcción formal, la
sorprendente combinación de colores y de resonancias inusitadas, y la
nueva y deslumbrante luminosidad que emana de esta partitura, bien puede
afirmarse que la música moderna, la de nuestro siglo, despierta con el
Preludio a la siesta de un fauno. Occidente deja entonces de hablar
una sola lengua; se inventan otros sistemas, otros mecanismos y técnicas
musicales, tantos como escuelas, tendencias o compositores. La atonalidad,
el dodecafonismo y el serialismo, la bitonalidad y la bimodalidad, el
minimalismo y la nueva complejidad, la técnica de grupos y la música
aleatoria son algunos de los nombres que designan diversas maneras de
pensar y hacer música en nuestro tiempo.
A esta constelación de técnicas y procedimientos se sumarían poco
después de la segunda Guerra Mundial el inusitado mundo de la electrónica
y el de la música concreta. Esto constituye un hecho de enorme importancia
ya que amplía de forma considerable el universo sonoro y permite al
compositor trabajar directamente con el sonido. Así, el proceso musical se
invierte. En la música escrita para instrumentos el compositor parte de
una idea abstracta que expresa por medio de una notación convencional, la
partitura, la cual será descifrada por el ejecutante para traducirla en
sonidos. En el mundo de la electroacústica, en el mundo de la informática,
la obra se compone directamente en un diskette o en una cinta
digital sin necesidad de emplear una partitura. El compositor es aquí el
único intérprete de su obra ya que el proceso creativo y el proceso
interpretativo los realiza simultáneamernte una sola persona.
Pero ya sea que el compositor escriba una pieza instrumental en la que
debe contar con el auxilio de una partitura, o que decida hacer una obra
electroacústica sin tener que recurrir a la notación convencional, resulta
claro que en cualquier caso, y dada la ausencia de un lenguaje único y
omnipotente, la organización del material musical, si bien debe responder
a un preciso plan de creación, se rige por leyes y relaciones formales
válidas únicamente en el ámbito de una determinada obra. Aquí, habría que
señalar que la no-dirección y la no-significación del objeto sonoro en su
estado elemental hacen posible el uso de una técnica combinatoria en
organismos articulados de acuerdo a principios de orden formal, que están
mucho menos restringidos que los que rigen a las palabras. En efecto, la
lógica que gobierna las asociaciones gramaticales impide que las palabras
puedan ser fácilmente permutadas sin causar una pérdida total o parcial
del sentido de la frase. Pero en la música, la lógica que determina una
asociación cualquiera se efectúa dentro de límites menos rigurosamente
definidos, ya que un sonido en sí mismo no remite a nada, no designa nada.
En el dominio del lenguaje el fonema podría equipararse con el sonido ya
que, al igual que éste, no encierra en sí misma ninguna significación.
Sólo una combinación dada de fonemas posee un sentido. Pero en el ámbito
de la música, si una combinación de sonidos dijese algo sería palabra. Un
sonido podrá articularse con otro, pero nunca significará. Lo musical pasa
directamente del fonema a la sintaxis ignorando la etapa del léxico. En
esto reside la libertad de su sintaxis.
El mundo de la electroacústica nos ha permitido también conocer la
existencia al interior del sonido de una gran proporción de ruido. Esta
evidencia puede, a primera vista, parecer simple y superficial; sin
embargo, ha enriquecido sensiblemente el universo de la música dando
origen a una nueva problemática que la tradición definía en términos de
consonancia-disonancia, y que en la actualidad se podría formular en
términos de sonido-ruido. Ya a principios de este siglo el movimiento
futurista, animado por Luigi Russolo, preconizaba su empleo como elemento
musical y proponía incluso una clasificación de acuerdo a sus cualidades
tímbricas y dinámicas. Son notables a este respecto los intonarumori,
instrumentos productores de ruido inventados por este grupo de
compositores italianos.
La pregunta que surge es: ¿cómo puede el ruido ser musical? Esta
interrogante reclama otra más: ¿cómo puede el sonido ser musical? Me
parece que el sonido y el ruido son en esencia sonoros, valga la
expresión, antes de ser musicales. Sonoro es todo aquello que percibimos
auditivamente, musical es ya un juicio de valor. En el contexto cultural
del oyente y su intención al escuchar lo que permitirá calificar estos
elementos como musicales. John Cage escribió en su libro Silence:
"Donde quiera que estemos lo que más oímos es ruido. Cuando lo
ignoramos nos molesta. Cuando lo escuchamos nos parece fascinante."
No es producto de la casualidad que nuestro siglo sea testigo de la
aparición en Occidente de un nuevo género en el campo de la música de
cámara: los conjuntos de percusión, y de la consecuente creación de un
amplísimo e importante repertorio para estos instrumentos "hacedores de
ruido", repertorio que, como se sabe, tuvo su origen en 1930, con las
sorprendentes Rítmicas 5 y 6 del cubano Amadeo Roldán y con
Ionización de Edgar Varèse, escrita al año siguiente.
El último tema que quisiera examinar ya que incide de manera directa en
mi trabajo de música de cámara, se refiere a la exploración y al estudio
de las nuevas técnicas con los instrumentos tradicionales. Esta búsqueda
ha dado origen a un nuevo virtuosismo, a una práctica instrumental que
hace suya toda una serie de hallazgos técnicos y expresivos, a la vez que
continúa y renueva una noble tradición tan antigua como la música misma.
En un certero ensayo sobre Franz Liszt, el filósofo ruso-francés Vladimir
Jankelevitch apunta que el virtuosismo instrumental – así como las obras
que lo hacen posible -, ha sido siempre alabado y glorificado: desde los
citaristas de la antigua Grecia y los timbalistas de la Roma pagana,
pasando por las toccatas para órgano de Frescobaldi, la música para viola
de gamba de Marin Marais, las piezas para clavecín de Couperin y Scarlatti
y las partitas de Bach para violín solo, hasta los endiablados
Caprichos de Paganini, los no menos prodigiosos Estudios para
piano de Chopin, Liszt, Scriabin, Debussy y, recientemente, de Ligeti, los
Estudios para guitarra de Villa-Lobos o las asombrosas partituras
para contrabajo de nuestro contemporáneo, el italiano Scodanibbio. Estos
pocos ejemplos nos muestran que el virtuosismo no es un monopolio de una
época precisa y que tampoco se aplica a un género determinado ni a la
estructura y forma de la obra: designa más bien una manera de tocar que
tiene como fundamento una aptitud técnica excepcional por parte del
intérprete.
Pero el virtuosismo no sólo contempla la mano que toca sino el soplo
humano también. En este mundo de aire habitan por igual los formidables
cantantes Gidayu del teatro de marionetas japonés, que las
milagrosas voces de los castrati y de las grandes divas de nuestro
tiempo, los carrizos entrelazados de Pan, el aulós del sátiro Marsias, y
los virtuosos contemporáneos en sus instrumentos de aliento.
Naturalmente que la mecánica digital o vocal y la ejecución técnica no
son los únicos con aspectos relevantes. Hay también un virtuosismo
poético que se manifiesta con diferentes grados y matices según el autor y
su obra, y cuya práctica no implica necesariamente el exhibicionismo. Así,
podríamos hablar de un virtuosismo húmedo y nebuloso en no pocas obras de
Debussy, de uno evocativo en el Albéniz de Iberia o en el Manuel de
Falla de Noches en los jardines de España; de uno más, íntimo y
secreto, en las Variaciones Goldberg de Bach, o ágil y alado en la
música de Messiaen; de otro extrovertido y luminoso en el Concierto en
sol de Ravel y en las piezas para piano de Gerhart Muench, y de uno
material y terrestre en los Preludios de Carlos Chávez y en los
Estudios para pianola de Conlon Nancarrow.
Existe, finalmente, un rasgo único e inconfundible que abarca todas las
posibles clasificaciones de este valor o grado de excelencia que
llamamos virtuosismo: me refiero a la ausencia de un carácter
especulativo; es más un hacer que un saber, ya que se trata
fundamentalmente de una práctica interpretativa. En este sentido, y dada
su vitalidad y su carácter abierta y manifiestamente afirmativo, el
virtuosismo, la práctica virtuosa, representa la actividad triunfante del
hombre libre. El virtuoso muestra al mundo todo lo que el hombre es capaz
de hacer. Recuerdo ahora las palabras con las que el poeta inglés Wyston
Hugh Auden termina su ensayo sobre la ópera. Escribe Auden:
"Cada do sobreagudo que resuena con precisión acaba con la teoría
de que somos títeres irresponsables en manos del destino y el azar".
Hablé antes de un nuevo virtuosismo. Intentaré precisar ahora lo que se
entiende por esta definición. En primer lugar, debo reiterar que el
virtuosismo actual, el virtuosismo de la segunda mitad de nuestro siglo,
prolonga y reaviva la antigua y honrosa tradición a la que me he referido
antes, a la vez que hace suyas las innovaciones de otras prácticas
interpretativas, de otras músicas ajenas a la tradición clásica. ¿Cómo
olvidar a los trompetistas Louis Armstrong, Miles Davies y Dizzy Gillespie,
a los guitarristas Jimi Hendrix y Eric Clapton, a Tommy Dorsey y su
trombón, a Watazumi Do Shuso y la flauta de bambú, a los clarinetistas
Sidney Bechet y Benny Goodman, al saxofón de Charlie Parker y el vibráfono
de Lionel Hampton, a los músicos sufi de India y Pakistán o al coro de las
voces búlgaras, a Ram Narayam y el sarangi, a los arpistas veracruzanos y
el contrabajo de Ray Brown, a las fabulosas orquestas de Duke Ellington y
Pérez Prado o a los monjes budistas tibetanos, y a tantos otros músicos
que pertenecen a otras tantas tradiciones musicales? ¿Cómo olvidar, cómo
ignorarlos cuando se habla de un nuevo virtuosismo? La deuda con estos
asombrosos intérpretes es inmensa y su influencia en la música clásica
ameritaría un estudio que sobrepasa los límites de este trabajo.
Por otro lado, el nuevo virtuosismo es aquel que contempla toda una
serie de estudios y búsquedas de recursos y posibilidades de orden técnico
y expresivo ausentes de la tradición clásica instrumental. No se trata, de
ninguna manera, de cambiar la naturaleza de los instrumentos o de
destruirlos; simplemente hay que escucharlos con atención para descubrir
en ellos una sorprendente diversidad de voces e inusitados mundos sonoros.
De esta forma, participamos y contribuimos a esa lenta y digna
transformación que los instrumentos y su técnica han experimentado a
través de los siglos. Y son el compositor y el intérprete los que
contribuyen a ella tratando de comprender la naturaleza compleja de esas
alteraciones, de esas innovaciones cuya razón de ser reside, en gran
medida, en el conflicto que surge entre la idea musical y la técnica de
ejecución.
En nuestros días, los profundos cambios en la técnica de los
instrumentos tradicionales los ha convertido en una fuente sonora de
recursos inimaginables hasta hace relativamente poco tiempo, dando origen
a un prodigioso renacimiento instrumental. Pensemos en la familia de
alientos-madera: la flauta, el oboe, el clarinete y el fagot. Los manuales
de orquestación los clasifican como monofónicos, es decir, instrumentos
que producen un solo sonido a la vez; pero hoy sabemos que por medio de
las digitaciones no-tradicionales y de una adecuada embocadura pueden
emitir dos o más sonidos simultáneamente. Esta peculiaridad técnica los
coloca ya dentro del género de instrumentos polifónicos capaces de
producir varios sonidos al mismo tiempo. En el caso de las cuerdas, el
empleo, por ejemplo, cada vez más abundante de los llamados sonidos
armónicos ha permitido a los ejecutantes desarrollar una técnica
sumamente refinada en cuanto a la producción sonora, ya que estos sonidos
exigen un cuidadoso movimiento del arco y una delicadísima presión de los
dedos de la mano izquierda sobre las cuerdas; en realidad, para lograr
este tipo de sonoridad las cuerdas no se presionan, solamente se rozan.
Finalmente, debo subrayar que todas estas "delicias sonoras", como las
llama el contrabajista norteamericano Bertram Turetzky, no tienen sentido
ni interés alguno, a menos que se conviertan en parte esencial del
vocabulario individual del compositor y funcionen entonces como un
elemento auténtico y significativo de su música.
Y puesto que es mi música la que me ha traído aquí, he creido
pertinente, y necesario también, que se escuchen algunas obras mías. Ellas
representan una parte imprescindible de esta lección ya que son un espejo
mucho más fiel que las palabras de mi pensamiento musical. Se diría que la
música es una sustancia, compuesta de tiempo y de sonidos, que
encierra una verdad que no puede ser dicha: sólo puede ser escuchada. En
este sentido, cada obra es la página de un diario íntimo en el que el
músico narra, sobre un fondo de silencios, la historia de los sonidos, un
diario cuya escritura vuelve innecesarias las palabras.
La primera pieza es un cuarteto de cuerdas que escribí en colaboración
con el Cuarteto Latinoamericano. Su título es Reflejos de la noche.
En esta obra me propuse eliminar cualquier sonido real y utilizar
únicamente sonidos armónicos; esos "polvos mágicos" , reflejos audibles de
cada uno de los generadores, que sólo de manera esporádica han aparecido
en la música.
El título de la pieza alude a uno de los ocho breves poemas que forman
la Suite del insomnio de Xavier Villaurrutia. El poema se llama
Eco, y dice así:
La noche juega con los ruidos
copiándolos en sus espejos
de sonidos.
Intenté en esta obra capturar la atmósfera nocturna y la idea de
reflejo que el poema sugiere. Usar armónicos es, en un cierto sentido,
trabajar con sonidos reflejados, ya que cada uno es producido por un
generador o sonido fundamental, que nunca escuchamos: sólo percibimos sus
armónicos, sus sonidos-reflejo. Asimismo, la forma general está concebida
como un espejo. Consta de un solo movimiento dividido en tres grandes
partes, siendo la tercera un reflejo de la primera. Así, la obra termina
como comenzó, creando la ilusión de una estructural temporal que retorna a
su punto de partida.
La segunda obra está escrita para cuatro percusionistas. Se trata de un
canon a cuatro voces basado en un principio de orden formal característico
de la música de los siglos XIV y XV: la isorritmia. Este procedimiento
consiste en el empleo de un patrón rítmico llamado talea, que se
repite una y otra vez independientemente de los otros elementos musicales
como la melodía o la armonía. En mi pieza, llamada Danza isorrítmica,
la estructura general se sustenta en una frase rítmica de seis compases
que se repite implacablemente alrededor de sesenta veces durante toda la
obra, con variaciones y transformaciones constantes en la dinámica, en el
color y en la velocidad. Está dedicada al grupo de percusiones Tambuco,
cuya ayuda fue determinante durante la composición de la obra.
Llego por hoy al final de la primera lección en la que he intentado
delinear algunos de los temas que pienso desarrollar en mis cursos. Quiero
terminar por rendir un tributo a mis ilustres antecesores: Carlos Chávez y
Eduardo Mata. El talento y la lucidez, la inteligencia y el rigor crítico
sustentaron siempre la actividad profesional de estas dos poderosas
personalidades del arte mexicano. Gracias a ellos la música tiene un
espacio en este recinto. Sus enseñanzas, qué duda cabe, servirán de guía
firme para mi desempeño en estas aulas.
© 1998,
Mario Lavista
Discurso en ocasión de la incorporación de su autor al Colegio
Nacional, México, 14 de octubre de 1998
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