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Pedagogía ¿Es la Universidad un anacronismo? Francisco José Ramos |
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Nuestro siglo llega a su fin justo al final de una época que, al menos desde el siglo XVIII, se ha caracterizado por una acelerada y vertiginosa transformación de la condición humana. En efecto, estamos siendo testigos del "fin de la Modernidad", es decir, del agotamiento o la fatiga de prácticamente todas las ilusiones que bajo la consigna fundante de "libertad, igualdad y fraternidad" pusieron en marcha, en la Europa de entonces, el actual predominio de una civilización planetaria. En tal contexto, la pregunta: "¿Es la universidad un anacronismo?", responde antes que nada, a la incertidumbre de nuestros tiempos. Ella es, en realidad, el preámbulo de otro sin fin de preguntas: ¿qué hacer? ¿qué pensar? ¿cómo educar? ¿cómo entendernos?... La universidad ha sido tradicionalmente el lugar apropiado para hacernos estas preguntas y para ejercer libremente nuestra necesidad de preguntar, interrogar y cuestionar los valores mismos de la sociedad. Sin embargo, en los últimos veinte años, la ampliación de un mercado mundial de la cultura de masas ha transformado la inquietud intelectual propia de todo arte de preguntar en el artificio publicitario de un impresionante catálogo de ofertas con las más fáciles respuestas a prácticamente todas las preguntas que se nos puedan ocurrir. En tal contexto, la educación en general, y la universitaria en particular, se ha visto desfasada por los mass media, los cuales pueden ser considerados como instrumentos de formación --y ya no tanto de "comunicación"-- de las masas. En efecto, a la pregunta "¿es la universidad un anacronismo?", habría que responder, en un primer momento, que sí, puesto que la educación universitaria tradicional no puede competir con el acaparamiento de tales "medios". El estudio, la disciplina y la paciencia, propios del talante universitario, resultan hoy en día algo completamente ajeno y extraño para la mayoría de los estudiantes que acceden a la educación universitaria. En Puerto Rico tal situación es aún más evidente, debido al burdo pragmatismo que ha acompañado nuestro proceso de modernización, el cual nunca ha valorado en sí mismo el esfuerzo intelectual. Fuera de la universidad, a duras penas se reconoce otros espacios de reflexión y vida teórica. Pero en la actualidad, esta situación no ha hecho más que empeorarse, ya que para la inmensa mayoría de nuestros jóvenes la vocación intelectual es algo prácticamente inexistente. Y no puede ser de otra manera, pues sus "formas de vida" lo único que exigen son respuestas y soluciones inmediatas a unas demandas y problemas que nacen, precisamente, de esas mismas "formas de vida". Y es que la prisa para dar con soluciones fáciles a los problemas que nacen de nuestros desengaños corresponde perfectamente al descuido con que tendemos a ocuparnos de nosotros mismos. De hecho, ya no necesitamos ocuparnos de nosotros mismos, pues todo está ahí, listo y predispuesto para ocuparse de nosotros. En otros palabras: se diría que en nuestra actual sociedad --que es la marca de toda una civilización--, no hay que hacer ningún esfuerzo intelectual o de pensamiento para responder funcionalmente a nuestras propias dudas e interrogantes. Sobre todo a partir del derrumbe del llamado "socialismo real", la cultura de masas, programada en todos sus detalles por la lógica del capitalismo, se ha convertido en un gigantesco y alucinante espacio en el que la pugna consiste en competir para ver quien logra engañar el mayor número de personas en el menor tiempo posible. He ahí la fórmula de la estafa, la cual es indiferente a la legalidad o ilegalidad con que dicha fórmula se practica. Puede decirse que nuestras "formas de vida" se caracterizan por las exigencias, en extremo paradójicas de, por una parte, la condena de la corrupción en nombre de un superfluo moralismo, y por otra, el estímulo soterrado, pero a gran escala, de un pensamiento corrupto. En otras palabras, se condena lo que en realidad es una consecuencia inevitable de la manera en que está organizado nuestro orden social y sus prioridades económicas. Y no es que nuestra época sea más o menos corrupta que otras. De lo que se trata es que, hoy en día, la corrupción forma parte de un mismo espectáculo universal que, sancionado por el fervor publicitario (todo el mundo quiere que se le reconozca, todo el mundo quiere darse a conocer) ha terminado siendo una pauta normal de nuestra sociabilidad. Es como si para poder salir adelante en nuestros trabajos y logra el tan fomentado "éxito en la vida" no hubiese más remedio que "corromperse", aunque sólo fuera un poquito para no sobrecargar nuestra conciencia de culpa. Es así como el mundo entero se ha convertido en un descomunal shopper en el que, sobre todas las cosas, se pueden encontrar las ofertas más inverosímiles para comparar lo que más se anhela en nuestros días: la Felicidad. En efecto, como paliativo a las mores corruptus, se ha impuesto una especie de redención terapéutica a cuya luz se presentan las más diversas mercancías del espíritu, todas ellas dignas de un mercado libre; las de las "líneas psíquicas" o astrológicas, las del "New Age" o del "Self-Aid", las carismáticas concentraciones en masa, en las que cada uno fortalece su "auto- estima" para convencerse de que es feliz porque quiere serlo, la de las sectas satánicas o de magia negra, la de los fundamentalismos religiosos, tradicionales o escatológicos, la del exotismo orientalista, la de los ángeles o la de los milagros, o alguna que otra oferta fascinante que las contenga todas a la vez. Además, cuenta usted con una impresionante literatura tipo "Best seller" que en la actualidad casi agota la de por sí pobre oferta de nuestras librerías. |
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En todo caso, estamos ante una demanda de "espiritualidad" que está previamente mediatizada por los intereses económicos de lo que podríamos llamar un neo-capitalismo de los afectos. Es decir, un capitalismo en virtud del cual los sentimientos y pasiones humanas han dejado de ser un asunto íntimo o privado para transformarse en valores económicos y, cuanto tales, dignos de interés para la inversión del capital. Ya no es sólo la fuerza de trabajo la que se explota, sino los mecanismos psíquicos, emocionales (y gastronómicos, habría que añadir), que a su vez son re-puestos al servicio de lo que podría denominarse el individuo-masa. (Léase al respecto la entrevista con Agustín García Calveo aparecida en el Núm. 14/1993 de la revista madrileña Archipiélago). El individuo-masa es aquél cuya "individualidad" ha sido hasta tal punto cautivada por los "medios de comunicación" que ya no hay ni espacio ni tiempo para la autoafirmación de su singularidad: la "libertad individual" se ha visto así reducida a un criterio normativo de gregariedad. Se presume que usted es un enfermo, un adicto, un insomne, un desesperado, un endeudado, un suicida, un necesitado, un paciente, un moribundo, un muerto: en todo caso, su valor como "individuo" descansa en aquello que usted no tiene y debe adquirir para mayor seguridad de usted y de los suyos. Se trata de una exitosa ingeniería social concebida --por la propia lógica del capitalismo y no por una que otra mente maligna o perversa-- para fabricar o producir cuerpos dóciles, mentes sumisas y espíritus endebles. Es la globalización masiva de una formación en la servidumbre. De esta manera, la sensación de desamparo de los individuos contemporáneos se ve constantemente aliviada por la imagen todopoderosa de un recurso profiláctico o preventivo que ayude a conciliar --y he ahí la clave del "éxito"-- el confort de nuestra modernidad con las atrocidades de un siglo que, como el nuestro, parece insistir en poner a prueba, una y otra vez, los límites del dolor y los extremos del sufrimiento. Es como si, para mitigar el horror de nuestra propia violencia, la única alternativa fuera hacer que lo evidente no se vea y que lo que se oiga no se escuche, asegurándonos así un estado más o menos permanente de anestesia pues se sabe muy bien que todas las ofertas de felicidad disponibles a duras penas logran ocultarnos de nosotros mismos. Nunca antes la inteligencia humana había estado tan expuesta al cautiverio de su propia insensibilidad. He dicho bien anestesia, es decir, neutralización efectiva de la sensibilidad y, por ende, atrofiamiento creciente de nuestra capacidad de entendimiento. Lograr que todo esté a mano, a mi más fácil alcance, sin tener que moverme de los límites del espacio que fijan mis pies y delimitan mis manos; lograr todo lo que propongo, pero bajo la ley del mínimo esfuerzo, repitiéndome cada día la fórmula perfecta de la banalidad: "I'm ok, your'r ok, we are all ok": he ahí la clave para engendrar en nosotros el culto a la idiotez. Todo lo dicho hasta ahora puede tomarse como el trasfondo ineludible en el que se lleva a cabo la actual tarea educativa. En mayor o menor grado, dicho trasfondo forma parte de las actitudes o predisposiciones de nuestros estudiantes a la hora de hacer frente a la educación universitaria. Cualquier planteamiento que valga la pena hacer en torno a la educación, no puede obviar el hecho de que, desde niños, nuestros estudiantes ya están formados, no ya por las instituciones tradicionales (la familia, la escuela, la iglesia), sino por la Imagen audio-visual. Tratemos de resumir y ahondar en lo anterior destacando cuatro puntos: 1o. La cultura en nuestra época, y muy particularmente en Estados Unidos y Puerto Rico, está subordinada a las pautas o criterios de normalidad dictado por el consumo indiscriminado y masivo de información. Dicho consumo arrasa por completo con la capacidad de discernimiento: ya no se sabe separar el grano de la paja, y tampoco importa mucho, pues todo da igual. En otras palabras: la Imagen audiovisual de los medios de comunicación, pero muy particularmente la de la televisión, nos dicta qué y cómo es la "realidad". La información se ha convertido así en un mecanismo sumamente sofisticado de formación. O todavía en otras palabras: es la forma de nuestro afán de consumo lo que se pone en vigor cuando se nos informa y se con-forma nuestros deseos. Lo que se espera es que cada uno de nosotros se haga, psico-somáticamente, a imagen y semejanza de las imágenes que consumimos. Por lo tanto: "consumo, y luego existo". 2o. Tal subordinación ha engendrado lo que podríamos llamar una incultura cibernética, caracterizada ya no por la falta de educación o el analfabetismo funcional, sino por el total desinterés por todo aquello que exija un esfuerzo, una atención, un ejercicio de paciencia, una capacidad cada vez mayor de observación, una conquista personal de la (auto) disciplina. La incultura cibernética es el espejo de la imagen audiovisual, afincado en la integración que los intereses del capital y la retórica de la publicidad llevan a cabo de las diversas tecnologías. 3o. Resulta una gran paradoja que habiéndose ampliado en nuestra época, y de una manera realmente deslumbrante, nuestras maneras de percibir, hasta el punto de que ya es posible concebir en términos físicos (y ya no metafísica o teológicamente) tanto "lo infinitamente grande" como "lo infinitamente pequeño", al decir de Pascal; resulta paradójico, digo, que ante tales posibilidades brindadas por las ciencias y las tecnologías, predomine en nuestra sociedad, pero sobre todo en la propia universidad, un tal desprecio por todo lo que implique conocer, pensar y entender más allá de los convencionalismos o de los lugares comunes en los que suele asentarse el pobre y desvalido discurso público en nuestro país: basta con escuchar a nuestros gobernantes, y a no pocos de nuestras autoridades académicas, para percatarse uno de cuán sometidos estamos al despotismo de la mediocridad. 4o. Se ha malentendido que las tecnologías son un substituto de la inteligencia humana. Y se ha descuidado por completo el hecho de que nuestro cerebro necesita ser ejercitado para poder mantener en vigor sus increíblemente flexibles capacidades. La neurobiología --y aquí me remito a los trabajos de Jean-Pierre Changeux-- ha podido ya demostrar lo que hasta hace poco era una sabia especulación: que si no activamos los componentes neuronales de nuestra mente, los mismos se atrofian, es decir, desaparece por completo de nuestro intelecto el sentido de su atención. Entiéndase bien que de lo que se trata no es de lograr un mero desarrollo básico de destrezas, sino de poner en marcha un poderoso desafío intelectual que haga de la gimnasia de la mente un disfrute de nuestra corporeidad. Platón resumió hace siglos esta noble tarea que es, sin duda, la tarea de la educación: "Sólo lo difícil es bello". Esta última frase puede ser malinterpretada si se entiende "lo difícil" como una carga o como una pesadez. Y es así, precisamente, como la mayoría de los universitarios, estudiantes y profesores, asumen sus responsabilidades --cuando las asumen-- en el salón de clase: como una carga, como una pesadez. Sin embargo, el adjetivo "bello" (kalós) le otorga al concepto de "lo difícil" su justo sentido. Pues para que algo difícil sea bello, debe responder al disfrute de un reto, de un desafío, de un empeño. Lo difícil es bello en la medida en que responde al interés y al entusiasmo de un descubrimiento que surge como fruto de mi propio esfuerzo o de un esfuerzo en común. Es la dimensión creadora de la inteligencia humana la que sale a relucir con lo difícil así entendido: lo mejor y más noble en cada uno de nosotros, y no lo peor y más bajo. A tono con esto, se supone entonces que la universidad configure un espacio de intelectualidad en el que lo difícil aparezca reconocido como una virtud, y no como el criterio apesadumbrado de uno u otro parámetro educativo. Se habla mucho hoy en día de "excelencia educativa". Pero sabemos que, con la excepción de alguno que otro caso aislado, no existe la sensibilidad que permita entender el desafío de lo difícil como el ingrediente indispensable para lograr la única educación posible que es la de la fuerza de carácter. Son muchas las razones que explican esta situación. Me limitaré a mencionar algunas: un número cada vez mayor de estudiantes se ven en la necesidad de trabajar y estudiar; de igual modo son cada vez más los profesores que necesitan compensar sus salarios con trabajos fuera de la universidad, con lo cual es prácticamente inexistente el sentido de una comunidad académica; el abismo entre el aparato burocrático-administrativo y la vida académica no hace más que ensancharse, hasta el punto de que ya no es necesario gozar de prestigio académico alguno para ocupar un puesto de bajo o alta responsabilidad administrativa; la clase política, y sus acólitos oportunistas dentro de la propia universidad, siguen viendo a ésta como una expansión de sus intereses de poder, burlando constantemente la autonomía que ellos mismos dicen respetar; el fracaso de las políticas de modernización, que a raíz de la ley del '66 se ponen en vigor, parece no haber hecho mella en el reclamo de las recientes administraciones universitarias, pues se insiste en las mismas recetas: la subordinación automática de la educación a las demandas del mercado laboral, de una parte, y, de otra, el empeño en identificar el gobierno de la universidad con los últimos modelos de gerencia empresarial, sin el más mínimo espíritu crítico o reflexivo, como si la educación no fuera más que un "proceso productivo de calidad total" o de "re-ingeniería" que hay que saber "mercadear", y los estudiantes unos "clientes" cuyas demandas de consumo hay que identificar y aprender a satisfacer. Del mismo modo que el urbanismo en Puerto Rico ha terminado siendo un arrabal del consumo -- cuna y sustento de nuestra célebre "criminalidad"--, así también se pretende ahora hacer de la vida académica una sucursal del mercado, como si no hubiere, o al menos fuese impensable, otro criterio de organización social y educativa que no fuese la ley de la oferta y de la demanda. En definitiva, estamos ante la total falta de un concepto claro y preciso de universidad, que responda no sólo a la "realidad del país" sino a la indispensable articulación de las artes, las ciencias y las tecnologías. De esta manera, a la pregunta "¿es la universidad un anacronismo?" hay que contestar otra vez que sí, pero esta vez en relación con su propia razón de ser. Es decir: la universidad, ni responde ni puede responder de modo inmediato a las transformaciones vertiginosas de la civilización contemporánea; ni tampoco está ella respondiendo a lo que históricamente ha sido el mandato de su inteligencia. Conviene entonces precisar lo que significa "anacronismo" para vislumbrar posibles alternativas a la realidad actual de nuestra universidad. Algo anacrónico es algo que está "fuera de tiempo", en el doble sentido de esta expresión, esto es: fuera del tiempo histórico en que se manifiesta, y fuera del ritmo con que se reconoce su vigencia. Desde esta perspectiva, la universidad es un anacronismo porque nuestra época histórica ha descalificado el prestigio intelectual para substituirlo por el prestigio económico. Del mismo modo, ya no es necesario ser un hombre o una mujer de palabra, cultivado o cultivada en la mejor tradición ilustrada, para ejercer alguna forma de poder en la sociedad. Es más, mientras menos cultivada sea su inteligencia, y más exasperada sea su ambición, más posibilidades tendrá usted de alcanzar las metas de éxito económico. Lo indispensable es que sea usted listo, que se sepa rodear de las personas influyentes, y de que aprenda a desenvolverse con soltura para hacerse útil y visible ante los mecanismos de control social. Se escriben anualmente cientos de libros, sobre todo en mercado cultural anglo-norte-americano, con los que puede usted instruirse, es decir, domesticarse, para salir adelante en una sociedad cada vez más "competitiva". Si esto es así, ¿para qué molestarse en leer a Dostoievski o a Kafka, si lo único que necesita es crearse una imagen de usted mismo que está a tono con la imagen que los otros esperan de usted? (Dicho sea de paso, se ha perdido por completo de vista que la lectura de los mal llamados "clásicos" no es otra cosa que un viaje exploratorio y una aventura inolvidable por los infinitos recovecos de la psique humana; y que, por lo tanto, no hay técnica pedagógica que pueda sustituir la experiencia de leer libremente lo que sólo un pensamiento educado está en condiciones de apreciar. ¿Pero qué es un pensamiento educado sino aquel que se ha liberado por sí mismo de aquello que impide el despliegue de su singularidad?) En otras palabras: la educación universitaria ya no le garantiza a nadie una salida "exitosa" en el único mundo que cuenta hoy en día: el mundo del negocio. Esta última palabra es muy oportuna. Pues "negocio" significa, justamente, la negación del ocio. Y ocio (otium) significa el tiempo libre para disponer libremente de uno mismo. Se supone que el ocio, bien entendido, fuera la culminación del desarrollo tecnológico. Peor, como suele suceder en los asuntos humanos, no sólo eso no se ha cumplido, sino que las tecnologías han sido hasta tal punto secuestradas por la incultura cibernética que ya no se sabe, ni se tiene interés en saber, lo que es el "tiempo libre". A lo máximo, se asocia éste, a nivel masivo, con los grandes centros de entretenimiento como Disney, o, a nivel privado, con los juegos cada vez más sofisticados de video. Es decir: el tiempo ha dejado de ser una experiencia de la sensibilidad para convertirse en un recuento de nuestras pasiones más triviales. De lo que se trata es de, en todo momento, divertirse uno hasta la muerte. ¿Para qué entonces la ecuación universitaria? Creo que, con todo, la misma cumple todavía la función social de adquirir una respetabilidad. De hecho, no es casual la actual proliferación de títulos universitarios. Además, el desarraigo campesino de nuestro país da pie a que la carrera universitaria se valore todavía como la meta de nuestro urbanismo: que el nene vaya a la universidad, aunque no aprenda ni estudie, pero que por lo menos termine su bachillerato. Además, el financiamiento masivo de la población estudiantil, a propósito de la enorme dependencia de nuestro país de los fondos federales y de las disposiciones del Congreso de los EE.UU., mantiene viva la ilusión de nuestros simulacro (Puerto Rico es --lo sabemos o, al menos, lo sospechamos quienes no nos resignamos a creer lo que nos cuentan-- un país de embuste; un embuste que está a punto de estallar en las narices de nosotros mismos que con tanto afán luchamos por seguir creyendo en los embusteros.) Pero, por encima de todo esto, la ecuación universitaria es aún indispensable para engalanar el profesionalismo de nuestra sociedad. Es más, si uno atiende con suspicacia el discurso oficial acerca de lo que es o debe ser la universidad, uno se da cuenta que, al mismo tiempo que se ignora profundamente el sentido histórico de la educación universitaria, se insiste en que dicha ecuación tiene que someterse también a las expectativas económicas del negocio. Y dado que todo es un negocio (en inglés también, "business" viene, precisamente, de "bussy", del estar ocupado), al educar no estamos haciendo otra cosa que negociando. Ahora bien, a parte de esta visión y oficialista de la universidad, cabe preguntarse si en el seno mismo de la comunidad universitaria puede uno encontrarse con otra manera de hacer vida universitaria en medio de todas estas limitaciones. A este respecto, hay que recordar que el mundo universitario, no solamente es todavía muy diverso y heterogéneo, sino que también sobresale por la manera abierta en que se ventilan las discrepancias. Hay, pues, muchas maneras de percibir lo que es y de entender lo que se puede esperar de la universidad. Sin embargo, podríamos arriesgarnos a distinguir tres actitudes generales. Una, la de aquellos y aquellas que, reconociendo el anacronismo universitario, entienden que ya no hay nada que hacer dentro de la universidad como institución. Para estos, el fin de la modernidad es también el fin del sentido histórico de la institución universitaria. Desde esta visión, habría que buscar alternativas fuera de la universidad, y crear otros espacios de intelectualidad que generen y estimulen el pensamiento y la acción social. Es decir: de la universidad no se puede espera nada que no sea un incremento en la burocratización de los saberes, y un replanteamiento puramente tecnocrático, dirigidos casi exclusivamente por los criterios abstractos y economicistas de eficacia en los recursos y eficiencia en los resultados. En segundo lugar, están aquellos que creen en la posibilidad de recuperar el sentido histórico de la universidad, sobre todo a través de la renovación curricular, y de la reformulación de sus objetivos pedagógicos de cara a la nueva composición del estudiantado. Y, por último, no faltan los que no se han enterado de nada de lo que ha pasado en los últimos treinta años (o, si se han enterado, no alcanzan a entender sus profundas implicaciones), y siguen atrincherados en una concepción puramente historiográfica, y profundamente egocéntrica, del conocimiento como celosos guardianes de una supuesta misión sagrada del intelecto: pereat mundus, fiat philosophia, fiat philosophia, fiam! (perezca el mundo, hágase la filosofía, hágame yo!). Entiendo que estas actitudes pueden estar más o menos justificadas o, en su caso, podrían muy bien responder a una clara explicación. Sin embargo, entiendo también que reconocer el anacronismo de la universidad debe ser el comienzo de una reflexión dirigida a desarrollar una concepción política en la que salgan a relucir planteamientos como los que siguen: que no todo el mundo tiene que hacerse de una educación universitaria; que el Estado o la sociedad deben proveer otros formas de educación superior que tomen el relevo de la universidad, pues la educación universitaria no puede basarse en una educación remedial o correctiva de deficiencias educativas; que hacerse de una educación universitaria supone atender al sentido histórico de lo que es el esfuerzo y la creación intelectual de nuestro pueblo; que, o se reconoce real y efectivamente la autonomía universitaria, o se resigna nuestra cultura a perpetuar el patético simulacro de una educación que, para el colmo de los sin sentidos, carece de sentido alguno de dirección; que, o se democratiza la organización del poder universitario de acuerdo con las exigencias actuales de un sector importante de la comunidad universitaria, o se perpetúa el anacronismo de una universidad autocrática en manos de los más ineptos, y de aquellos que cuando oyen hablar de "inteligencia" se sacuden la cabeza como los burros, y exclaman: "¡Ah, sí, ya, pues claro!" como si supieran de qué se trata el llamado de la inteligencia. Después de todo, la política de la universidad debe servir para llevar a cabo un rescate de la política, de tal manera que sea la gente de nuestro pueblo, y no la masa conformada por los "medios de formación", por el fetiche audiovisual, o por el mimetismo colonial de los partidos políticos, la que inicie la ardua, pero urgente tarea de repensar nuestras formas de convivencia y de poner freno a nuestros impulsos de autodestrucción. Por mi parte, me consta que dicha tarea del pensamiento se está haciendo en nuestro país, y en los lugares más insospechados de nuestro planeta. Pero silenciosamente, sin grandes pretensiones ni ruidosas esperanzas, de un mundo casi imperceptible, a sabiendas de que, como decía Nietzsche, los grandes pensamientos andan por el mundo con pasos de paloma. Este escrito es la versión revisada de una conferencia leída en la apertura de la convención anual de la Asociación Caribeña de Programas TRIO en mayo de 1995. El autor quiere agradecer la oportunidad que se le ofreciera para compartir y exponer sus ideas ante la matrícula de dicha Asociación. |
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