El papel discente en el
proceso activo del aprendizaje es de capital importancia hasta el punto
de que el trabajo escolar será provechoso en la medida de tal actividad,
por lo que no se concebirá aprendizaje que no sea, al menos en cierta
medida, autónomo. Aparecen así una serie de «planes» y sistemas, con la
llamada «Escuela nueva», que estudian la manera de facilitar al alumno
este enfrentamiento directo con las cosas y garantizarlo. Los contenidos
no se abordan únicamente por el docente, que los ordenaba y exponía en
forma de lección, sino que, amén de las funciones que se le reconocen de
adaptación, programación y control, cede responsabilidades y da lugar a
que el mismo que aprende se encuentre con ellos y se esfuerce en su
conquista. De la enseñanza por acomodación al «alumno medio» se pasa á
una enseñanza «a la medida» de cada uno, al considerar las aptitudes,
maduración, preparación, intereses y tiempo de aprendizaje de los
escolares. Si se puede seguir hablando de enseñanza dentro de esta
corriente es porque se pone por entero en función del aprendizaje,
ayudándolo y facilitándolo. Es natural que, así concebida, la D. tenga
como apoyo y sostén fundamental a la Psicología, y aparecen obras de
contenido más o menos indiferenciado, aunque en muchas ocasiones, tras
sus títulos (Psicología educacional, de G. Blair, R. iones, R. Simpson;
Psicología del aprendizaje y de la enseñanza, de M. J. Hillebrand;
Psicología de las materias de enseñanza primaria, de H. B. Reed, etc.),
esconden verdaderos tratados de D.
3. Corriente orientadora y tecnológica. Esta tercera corriente,
muy actual, se presenta como ecléctica y con pretensiones de superar a
las dos anteriores, sintetizándolas.
Dentro de ella tiene especial interés el estudio de la enseñanza
como una forma de comportamiento específico, cuyo análisis demuestra que
pueden establecerse ciertas regularidades que hacen posible una
doctrina. Claro está, que el comportamiento didáctico engloba los de
docente y discente, pero se fija esta nueva concepción en el docente ya
que a éste es al que hay que facilitar ciertas técnicas que le permitan
llevar adelante su quehacer; de ahí que esta nueva orientación de la D.
se preocupe esencialmente de la formación del profesorado. Vistas ahora
las dos primeras corrientes, el formalismo y el psicologismo, aparecen
como monopolares e incompletas, al menos en su teoría. 1. Fernández
Huerta comenta al respecto: «el magistrocentrismo puro no ha existido
más que en la mente de los teóricos de la 'Escuela nueva', que
necesitaban un ente conceptual al que combatir. Creado en `postulado' el
maestro como centro único de la actividad escolar, el ataque se
facilitaba con una hábil literatura sentimental. En realidad, la más
deficiente de las escuelas `viejas' tenía presente al sujeto que
aprende. Es cierto que la `presencia' del alumno era paradójicamente
simbólica. Estaba ante el profesor y éste diferenciaba `en cuantía' los
diversos tipos de alumnos... El paidocentrismo puro nació al son de
campanadas de propaganda... Se miraba entonces al escolar, al niño que
aprende. Y la mirada era tan aguda, que empezaba a ensalzarse al
individulismo del niño, a fomentar su espontaneidad, a impulsar el
desenvolvimiento de su animalidad. Se olvidaba que el niño es una
persona en lugar de un individuo en desarrollo. El docente se esfumaba
ante el desenvolvimiento peculiar de cada niño...»
Superadas estas dos corrientes extremas, al menos en su teoría, el
docente estudiará la manera de organizar la situación que haga posible
el aprendizaje discente. Sus funciones experimentan un cambio y se
complican al tratar de procurar dicha organización. Ya el docente no es
el que transmite verbalmente unos contenidos, tampoco el que deja hacer,
«como individuo inútil cuya única misión consiste en lograr el
desenvolvimiento natural y conveniente de los escolares», sino que
tendrá que planificar la situación didáctica, programar sus actividades,
transmitir, guiar el pensamiento y conducta discente hacia objetivos
previstos y taxonómicamente ordenados, evaluar los cambios obtenidos en
la información, actitudes, hábitos, valores, etc., de los alumnos que
tiene a su cargo y orientarlos una vez obtenida información acerca de
ellos con los medios científicos al uso.
Por supuesto que no todos los cometidos anteriores exigen la
presencia personal del docente; se ha llegado a cierta independización
docente en algunos momentos, aunque otros, los educativos por
excelencia, requieran la relación personal docente-discente. V. García
Hoz centra el objeto de la D. «en el trabajo que pone en relación al que
enseña con el que aprende», ya tenga lugar dentro del marco de la
institución escolar o fuera de ella. El trabajo escolar, al que se
refiere el profesor español, abarca tres tipos de actividades: 1) las
que preparan el acto didáctico; 2) las que lo consuman; 3) las que lo
evalúan. Las primeras son exclusivamente docentes, mientras que las
otras dos incumben tanto al docente como al discente.
Si definimos el acto didáctico como la relación interactiva de
docente y discente para la consecución de objetivos específicos, quedan
patentes las actividades pertenecientes a cada uno de los anteriores
grupos. Las que anteceden al acto didáctico tienen como misión
encauzarlo y asegurar su éxito, ya que éste depende en gran medida de su
concienzuda preparación: fijación de los objetivos, elección de las
formas de enseñanza (organización de los medios) más apropiadas para su
conquista, programación (acotación y buena disposición de los
contenidos, selección de actividades y material didáctico apropiado,
ordenación y asignación de tiempos), disposición adecuada de todo el
medio ambiente del alumno en situación de aprendizaje y preparación
inmediata.
Entrando ya en las actividades específicas del acto didáctico
propiamente dicho, que se proponen como objetivo general el logro de
cambios positivos en la conducta discente, advertimos que en la
actualidad el docente se ha desligado, o lo ha desligado la pujante
tecnología educativa, de algunas de dichas actividades que
tradicionalmente se le venían asignando. Y no es que por ello se haya
desvirtuado el acto didáctico en el sentido de haber perdido su carácter
interpersonal, sino que, conservándolo, aparecen en él nuevos matices.
Ha sido la función, clásica por otra parte en la docencia, de transmisor
del mensaje didáctico la que se ha cedido a otros medios creados por la
moderna tecnología, tales como máquinas de enseñar y medios
audiovisuales en general. Tal restricción, sin embargo, está compensada
por la asignación de otras funciones que completan y enriquecen el
quehacer de la enseñanza: aclaración, conducción de discusiones en
grupo, resolución de problemas de orientación personal, etc. Hasta la
lección cobra un nuevo sentido al proporcionar motivación, orientación y
ayuda al aprendizaje. Todo ello facilita más el diálogo al entablarse
una comunicación de doble dirección, del docente al discente y de éste a
aquél, y se realza el papel docente al poner a prueba sus dotes y
estimular su ejemplaridad.
Pese a todo, hay que admitir el paso de la subjetivación del
quehacer didáctico al dejar de ser el docente el elemento único e
imprescindible del sistema, como lo había sido hasta no hace mucho. Con
la entrada de la tecnología estamos asistiendo a la objetivación del
proceso didáctico al independizarlo de circunstancias cambiantes, aunque
sea el docente, volvemos a repetir, el que lo organice y controle. La
expresión última de este proceso de objetivación la tenemos en la
técnica del «multimedia package» como sistema docente completo en el que
se dan absolutamente coordinados todos los sistemas y medios que
conducen a los objetivos previstos. Por su parte, el discente, artífice
en gran medida de su propio aprendizaje, se comporta en el acto
didáctico recibiendo el mensaje, realizando actividades programadas de
antemano que garantizan un auténtico aprender, incitando al docente al
diálogo en una auténtica búsqueda de la verdad, y siguiendo al hombre
que se le ofrece como paradigma aunque sea él, en pleno ejercicio de su
libertad, el que en último término decida y se responsabilice de su
conducta.
El mensaje impone formas especiales al desarrollar el acto
didáctico hasta tal punto que la clasificación más conocida de las D. se
ha hecho con este criterio. McLuhan considera mucho más importante que
el mensaje los medios de transmitirlo, y así obtenemos una D.
tripartita: a) de la palabra, b) de la actividad, y c) de la imagen. El
alumnado debe tomarse en cuenta, sobre todo, cuando no puede seguir un
aprendizaje normal y hay que utilizar métodos especiales. Sin embargo,
es conveniente adoptar una clasificación que tome en consideración todos
los elementos que constituyen el acto didáctico. Los niveles clásicos de
enseñanza podrían servir de fundamento para hacerla: D. de la enseñanza
pre-escolar, básica, media, universitaria, etc.
Sigue al acto didáctico su evaluación, como medio de saber hasta
qué punto se han conseguido los objetivos fijados en un principio. Bien
entendido que la evaluació» que incumbe al docente como tal es la de los
cambios conseguidos en la conducta discente: nivel de información
alcanzado, hábitos adquiridos, actitudes creadas, valores e ideales
inculcados, aptitudes desarrolladas, etc. Este camino tecnológico en el
que ha entrado la D. ha abierto nuevas formas de formación del
profesorado, tal como la denominada Microteaching. El acto docente se
descompone en microunidades fáciles de analizar e imitar por los
candidatos a la docencia. Se parte de que antes. de enseñar deben
conocerse las habilidades que componen dicha tarea. Un inventario de
esos microelementos docentes, algunos de los cuales hemos enumerado
anteriormente, no se ha hecho todavía, aunque lo ha intentado D. W.
Allen.
En el Microteaching es muy importante el elemento feedback. Él
aspirante queda informado de los resultados obtenidos al ver y oír su
propia actuación en el magnetoscopio, haciéndose su propia crítica.
También permite el magnetoscopio observar la actuación de los demás
alumnos y la de profesionales muy preparados, permitiendo la comparación
y el poder pasar varias veces una misma actuación para analizarla en el
detalle. Otra gran ventaja del Microteaching es que se puede practicar
la docencia sin perturbar la marcha de la clase. Cuando los programas
son densos, no es aconsejable intercalar actuaciones de noveles que
pueden romper el ritmo normal de aprendizaje de un curso al poner a
prueba sus dotes, y con sus errores desorientar a un grupo numeroso de
alumnos.
V. t.: 1, 2; PEDAGOGÍA III.
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Pedagogía» 70 (1960) 110-124; íD, Sentido bipolar de lo didáctico,
«Rev. Española de Pedagogía» 69 (1960) 4-15; D. GONZÁLEZ, Didáctica
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Fuente Canal
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