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Una aproximación al concepto
de Poder en la Educación
Héctor B. Ocampo Villegas

Pedagogía
Epistemología
Educación


Dentro del proceso social de todos los grupos humanos existe una dimensión de trascendental importancia, la educación. Esta dimensión puede ser vista como un quehacer necesario para buscar que las siguientes generaciones continúen los proyectos iniciados por sus antecesores, como un esfuerzo para garantizar que el grupo humano que educa tenga un mejor futuro, como simple estrategia para mantener ocupados a los jóvenes, o como la reacción "neguentrópica" a los procesos naturales de desintegración y caos, que garantiza la supervivencia de las instituciones sociales y la cultura.

De todos modos tenemos una situación particular, el "acto educativo" en el cual se debaten múltiples elementos alrededor de dos actuantes principales, el educador y el educando. El hecho de que dicha relación sea sustancialmente lo que se denomina educación, puede ser certificado por la historia que por otra parte reconoce conforme a una teoría (que es una reflexión elemental), que, dados los dos términos, se manifiestan dos posibles relaciones, del segundo al primero y/o viceversa, o bien una recíproca interrelación. Ni siquiera lógicamente serían posibles otras modalidades (Flores, 1995).

Si abordamos el caso del educando, encontramos en un primer momento una situación claramente dependiente ya que éste es tomado como un objeto sobre el cual se ejerce la función. Podríamos aquí argumentar además aspectos como la idea general de que el educador es un "trabajador de la cultura" (Aristizábal, 1987), que por fuerza deberá ser un "hombre maduro, adulto, experto y competente (flores, 1995), que debe garantizar la transmisión o comunicación dirigida al educando, tradicionalmente concebido como "escuchante" (Acusmático). A propósito argumenta Flores (1995), que:

"Si en la prevalencia del educador sobre el educando se hace evidente por su carácter imponente el riesgo de autoritarismo y conformismo y la afirmación de un poder que se traduce fácilmente en prepotencia o aún en violencia (espiritual y no solo físico-biológico), en el privilegio de la libertad personal de cada uno el riesgo de excesos individualistas y, por ende, anárquicos-solipsistas e irracionales, no solamente se hace posible en nombre de la actitud espontaneista que asume, sino que de hecho se traduce en el comportamiento socio-económico-político como la historia y las teorizaciones que tiempos mas cercanos a nosotros ratifican ampliamente".

La interacción unidireccional del educador al educando podemos catalogarla como la tradicional, como la situación que se dio de manera natural como base de la institucionalización de la transmisión del conocimiento, sin embargo esta afirmación tiene algunos inconvenientes, ya que desde muy antiguo encontramos casos de situaciones educativas en las cuales no está presente este revestimiento de poder centrado en el educador, sino una interacción mediada por un objetivo común.

En este sentido es entonces posible reconocer que existe además de la vía educador-educando, la vía contraria, la posibilidad de identificar que el educando es quien da sentido a la relación pedagógica, y no necesariamente debe jugar un papel pasivo.

En relación con este hecho, y a manera de reacción encontramos la evidencia de la auto educación, de la educación centrada en la persona. Son relevantes los casos históricos de personas que fueron educados de manera particular para conseguir un objetivo o al menos en el marco de un esfuerzo de adecuación de la situación a la persona y no de la persona al educador.

Esta vía de retorno nos abre la perspectiva para considerar la relación pedagógica desde la "recíproca interrelación". Aquí la "actuación social del maestro y del estudiante" comparten un objetivo común, la responsabilidad de la "adquisición y construcción de conocimiento mediante la actividad" resulta mutua.

Si entendemos la escuela como la responsable de la transmisión de los elementos de la cultura a las nuevas generaciones, encontramos que allí necesariamente se da una reproducción en menor escala de las situaciones sociales. La práctica pedagógica, como sostiene Aristizábal (1987), "es también una expresión de los criterios sociales que mantienen las formas de poder y autoridad", el cambio en las relaciones sociales de poder, la tendencia a la democratización, el incremento en la participación ciudadana deberá reflejarse en las diferentes facetas de la vida escolar.

Se evidencia entonces una diferencia entre las relaciones pedagógicas verticales y autoritarias, mediadas por un poder diferente al que el saber legítimante da, y las relaciones educativas democráticas, mediadas por el objetivo mutuo entre educador y educando, no ya de reproducir los esquemas sociales, sino de construir saber y labrar las posibilidades para la construcción de un futuro mejor.

Sin embargo la escuela tradicional colombiana y dentro de ella, de manera especialmente notoria la evaluación del conocimiento, han venido marcados por las relaciones de poder vertical y el revestimiento de autoridad ejercida de manera frecuentemente despótica por parte del educador.

Por esta razón, la presencia por ejemplo del castigo como manifestación de poder en la escuela colombiana sigue siendo un común denominador, lamentablemente presentado a manera de retaliación por el no cumplimiento de los objetivos y normas de la institución, del maestro o del padre de familia.

Resultan muy ilustrativos los resultados que Toro y De Rosa (1984), encuentran frente al fenómeno de la repitencia, pues aunque las respuestas de las madres de familia pueden estar afectadas por factores como la deseabilidad social, el 8% admiten castigar físicamente a los niños que fracasan, y el 17% reconocen que al niño "se le deja sin estudio", lo cual sin lugar a dudas es otra forma de castigo. Otro tanto encontramos en las actitudes de los educadores.

Hasta el momento hemos dado por hecho que el castigo es simplemente la manifestación de un poder, con una cierta dosis de arbitrariedad o injusticia que no se han definido.

Podemos entender el concepto de castigo desde la perspectiva técnica, en el campo del análisis de la conducta. Honing (1983), encuentra que desde una perspectiva subjetiva, se ha definido el castigo como el "postefecto molesto" o estado desagradable que sigue a una conducta. Según éste autor, "el cambio de la frecuencia de respuesta que se produce de manera subsecuente a un estímulo define las propiedades reforzantes o punitivas de este estímulo".

Aunque no podríamos limitarnos en este artículo a definir el castigo en términos de su efectividad para reducir una respuesta, podemos delimitar el concepto entendiéndolo como "el empleo de diversos medios educativos con la finalidad de provocar estímulos aversivos". Esto puede ocurrir en forma directa, ya sea físicamente (golpes) o verbalmente (represión, insultos, el famoso "sermón"), pero también en forma indirecta, privando de privilegios (prohibiciones de ver televisión, confinamiento en la habitación, privación del postre,). La puesta en ridículo puede aplicarse, asimismo, como castigo; no obstante los niños la perciben, a partir de cierta edad, como dolorosa e intimidatoria (Valtin y Walper, 1996).

En este sentido, aunque resulta infrecuente en la actualidad la presencia del castigo físico en la escuela, siguen existiendo a manera de estrategias pedagógicas los castigos "indirectos" en los cuales la presión social juega un importante papel, y el manejo de grupo por parte del docente frecuentemente basado en el poder que su posición genera, se utiliza para incentivar y desestimular comportamientos.

Estas estrategias hacen parte de la entidad que denominamos "Currículo oculto" entendido como "el proceso de transmisión de valores, normas y creencias que subyacen en la interacción maestro-alumno" (Carrizosa y Romero, 1992).

Encontramos entonces necesario efectuar modificaciones que conduzcan o posibiliten una relación educativa mas armoniosa, menos violenta, ya que las relaciones de convivencia y de comunicación que se establecen en la escuela entre directivos, profesores, alumnos y padres, son, en la mayoría de los casos de carácter autoritario, rutinario, antidemocrático, memorístico y poco creativo. Por lo cual es necesario comenzar a cambiarlos por otras que "ofrezcan espacios de igualdad, participación y desarrollo integral para todos" (Carrizosa y Romero, 1992).

En este sentido la Ley general de educación de Colombia, abre vías y posibilidades de democratización de la relación escolar, generando posibilidades de participación de los diferentes estamentos en la toma de decisiones, formulando lineamientos sobre maneras de evaluación que consideren los diferentes aspectos de la persona y su relación con el conocimiento, y propiciando la creación de ambientes de participación en los cuales sea el interés mutuo (del educador y el educando) por "lograr" un aprendizaje el que de sentido al quehacer escolar.

Sin embargo no basta un soporte legal para generar un cambio educativo, es preciso generar cambios de actitud en los educadores, tarea difícil y a largo plazo. No obstante existen algunos estudios que soportan lo que podríamos denominar cambios de actitud posibles o alternativas a la relación pedagógica.

Skinner y Belmont (1993), adelantaron un estudio sobre la motivación en el salón de clase en el cual trataron de ver los efectos de las conductas del educador sobre el compromiso estudiantil. Parten del presupuesto de que los estudiantes comprometidos demuestran conductas participativas en el proceso del aprendizaje, tienen un "tono emocional positivo", no se ponen en el plan de sujetos pasivos sino que su actitud se caracteriza por el entusiasmo, el optimismo, la curiosidad y el interés.

Algunas conductas del educador que según este estudio deberían promoverse en el salón de clase son: 1) comunicar con claridad a los alumnos las expectativas que se tiene, con el fin de generar un ambiente óptimo de aprendizaje, 2) promover la autonomía, brindar apoyo a las manifestaciones autónomas de búsqueda de conocimiento, y 3) comprometerse con los alumnos, establecer relaciones mas cercanas y cálidas con los estudiantes.

Cabe preguntarse si no son estas las características de las relaciones pedagógicas que se dieron entre los pitagóricos o los socráticos, y las que se ha buscado generar en experiencias como Summer Hill o la Escuela Nueva.

 

REFERENCIAS
  • Aristizábal A. (1987). Tesis sobre el currículo y las relaciones pedagógicas. Educación y Cultura #11.
  • Carrizosa P. Romero M. (1992). Somos justos en la escuela? El educador frente al cambio #22.
  • Flores, G. (1995). Aportes para una pedagogía de la persona. Washington, OEA.
  • Honing, W. Staddon, J. (1983). Manual de conducta operante. Ed. Trillas. México.
  • Skinner E, Belmont M. (1993). Motivation in the classroom: Reciprocal effects of teacher behavior and engagement across the school year. Journal of educational psychology. Vol.85 #4.
  • Toro, J. De Rosa, I. (1984). Papito, yo por qué tengo que repetir el año? Los patrones de atribución en la repitencia. Educación Hoy. #79.
  • Valtin, R. Walper, S. (1996). Lo que los niños piensan sobre los Castigos. Educación Vol. 54.

Fuente: Nueva Alejandría
http://www.nalejandria.com


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