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Fuente:
http://www.fomento.edu
1. Convivencia y disciplina: las clases
Es tal la trascendencia educativa de las clases que cualquier
centro docente que se precie de calidad cuida con especial esmero
que se desarrollen en las mejores condiciones de orden y eficacia,
pues una clase no sólo es un lugar donde se imparten enseñanzas y
se llevan a cabo determinados aprendizajes, sino también, y muy
principalmente, es el momento oportuno de promover y desarrollar los
valores humanos en los escolares. Nada de lo que sucede en las
clases debe escapar al interés y atención de los directivos del
centro. Antes al contrario: los objetivos de aprendizaje, las mismas
actividades de los alumnos y todo el entramado de relaciones
interpersonales que allí se dan, en cuanto que es ámbito de
convivencia de profesores y alumnos, constituyen una parte
sustancial del proyecto educativo.
La calidad de una institución docente depende en gran medida de
cómo se dirijan y enfoquen las clases, de las condiciones de orden
y trabajo que se dan en ellas y, sobre todo, de la capacidad de los
profesores para estimular el esfuerzo de los estudiantes. Cabe,
entonces, formularse varias preguntas: ¿cómo lograr este ambiente
armónico de trabajo?, ¿cómo conseguir que los alumnos se integren
en la clase?, ¿cómo promover la disciplina?, ¿en qué medida se
puede gobernar una clase sin recurrir a los castigos?, ¿cómo
actuar ante conductas irregulares?
En esta Nota Técnica se parte de considerar la disciplina
escolar como el dominio de sí mismo para ajustar la conducta a
las exigencias del trabajo y de la convivencia propias de la vida
escolar, no como un sistema de castigos o sanciones que se
aplica a los alumnos que alteran el desarrollo normal de las
actividades escolares con una conducta negativa. La disciplina es un
hábito interno que facilita a cada persona el cumplimiento de sus
obligaciones y su contribución al bien común. Así entendida, la
disciplina es autodominio, capacidad de actualizar la
libertad personal; esto es, la posibilidad de actuar libremente
superando los condicionamientos internos o externos que se presentan
en la vida ordinaria, y de servir a los demás.
Necesidad de unas normas básicas de convivencia
Podría pensarse que un buen clima en la clase o la actuación
positiva continuada de los profesores pueden hacer innecesarias las
reglas de disciplina, pero sería no caer en la cuenta de que esas
reglas de actuación son los puntos de apoyo que hacen
posible ese buen clima escolar. En efecto, el respeto a las personas
y a las propiedades, la ayuda desinteresada a los compañeros, el
orden y las buenas maneras exigen que todos los que conviven en
un curso acepten unas normas básicas de convivencia y se esfuercen
día a día por vivirlas. El buen clima de un colegio no
se improvisa, es cuestión de coherencia, de tiempo y de constancia.
Son imprescindibles, por tanto, unas normas que sirvan de punto
de referencia y ayuden a lograr un ambiente sereno de trabajo,
orden y colaboración; un marco generalmente aceptado, que
precisa los límites que la libertad de los demás impone a la
propia libertad. Para que esas normas sean eficaces, es necesario:
a) que sean pocas y coherentes con el Proyecto
Educativo;
b) que estén formuladas y justificadas con claridad y
sencillez;
c) que sean conocidas y aceptadas por todos: padres,
profesores y alumnos;
d) que se exija su cumplimiento.
Sin embargo, las normas, por sí mismas, no son suficientes. No
se logra la disciplina escolar mediante una casuística exhaustiva a
modo de pequeño código penal escolar y con la aplicación rigurosa
de las sanciones establecidas. La normativa de la convivencia no será
nunca un "arma arrojadiza" en manos del profesor para
mantener artificialmente un ambiente de orden aparente. La
convivencia armónica y solidaria entre todos los que forman el
colegio, es la consecuencia de un proceso de formación personal
que lleva a descubrir la necesidad y el valor de esas normas
elementales de convivencia; que ayuda a hacerlas propias y a aplicarlas
a cada circunstancia, con naturalidad y sin especial esfuerzo,
porque se han traducido en hábitos de autodominio que se
manifiestan en todos los ambientes donde se desarrolla la vida
personal.
La disciplina, instrumento educativo
En un colegio no existen problemas de disciplina: hay algunos
alumnos con problemas, a cuya formación es preciso atender de
manera particular. Para un educador, la solución no es excluir a
los que molestan, sino atender a cada alumno o alumna con problemas
de comportamiento, según sus personales necesidades.
Precisamente porque se trata de personas en formación, que no
han alcanzado la madurez personal, es necesario establecer un
sistema de estímulos (reconocimientos y correcciones) para favorecer
el desarrollo de la responsabilidad de los alumnos. Por tanto, más
que sancionar —recompensar o penar—, las normas de convivencia
pretenden estimular las disposiciones positivas de los
escolares y corregir las tendencias que no favorezcan la
convivencia ordenada, llena de naturalidad, y solidaria entre todos.
Estímulo y corrección que exigen una actuación continuada por
parte de los profesores: los alumnos no cambian de un día para
otro. En educación es absolutamente necesario contar con el
tiempo y no olvidar que más que corregir el desorden que ha
provocado una conducta, importa la formación de quien ha
protagonizado el incidente y la de sus compañeros. En un sistema
educativo fundamentado en la libertad y en la confianza, no debemos
empequeñecer la figura del educador reduciéndola a la de un simple
guardián del orden.
El profesor ha de aprovechar las incidencias cotidianas
para formar a los alumnos: para corregir las conductas negativas y
para reforzar los hábitos positivos. Si no se atendiese también a
las actuaciones positivas, algunos alumnos podrían atraer la atención
del profesor mediante conductas negativas. Si se habla sólo de
correcciones, inevitablemente el colegio se convierte en
correccional. El profesor ha de valorar a cada alumno: cuando le
respeta y le trata como persona, de ordinario conseguirá que
reaccione como persona, positivamente.
2. La autoridad del profesor
No hay duda de que el éxito del profesor en el gobierno de la
clase se asienta en dos importantes columnas: la autoridad y la
destreza que se apoyan mutuamente. Es difícil concebir un profesor
prestigioso que no sepa conducir con acierto a los alumnos o que,
por el contrario, teniendo dificultades en el gobierno del grupo, su
autoridad no sufra un grave deterioro.
La principal fuente de recursos del profesor, la más provechosa,
está en él mismo, en su propia personalidad. Bajo este prisma, el
profesor tiene autoridad como consecuencia natural de su madurez
intelectual y humana, de la ascendencia moral que le proporciona su
conducta ejemplar y del liderazgo que ejerce sobre los alumnos. La
autoridad es más una conquista que el profesor debe realizar
por su capacidad, dedicación, coherencia y madurez mostradas en su
trato diario con los alumnos, que una concesión contractual
obtenida en virtud de una titulación académica. "El profesor
que quiera ser un buen educador necesita la autoridad entendida como
servicio a la mejora de los alumnos y basada en el prestigio" .
¿Cómo puede un profesor conseguir este prestigio?, Señalemos
algunas condiciones: competencia profesional, interés sincero por
los alumnos, coherencia de vida y destreza en el dominio del grupo.
2. 1. Competencia profesional
La experiencia nos dice que los profesores bien preparados suelen
ser aceptados –y muchas veces admirados– por los alumnos. Los
problemas de orden y disciplina van asociados, con cierta frecuencia
a los profesores que no se muestran a la debida altura profesional.
¿Cómo ha de ser esta preparación? En primer lugar, el profesor
ha de conocer bien su materia y esforzarse por ampliar y actualizar
sus conocimientos: debe saber. Pero no basta con saber, el profesor
necesita también dominar los recursos didácticos para transmitir
de un modo claro sus enseñanzas: debe explicar bien y hacerse
entender por los alumnos. Necesita, por último, preparar
cuidadosamente sus clases con el fin de presentar su asignatura en
función de objetivos valiosos y de actividades interesantes, con técnicas
adecuadas, capaces de atraer la atención de los estudiantes y de
estimular su interés hacia trabajos útiles para su aprendizaje y
formación. Las improvisaciones suelen ser muy negativas e impropias
de una tarea de tanta responsabilidad.
Una de las claves de la competencia profesional es la programación
de las actividades de enseñanza y aprendizaje. Antes de comenzar
una clase, el profesor ha de tener previsto lo que va a enseñar y
qué han de hacer los alumnos para aprender, y distribuir el trabajo
de acuerdo con las posibilidades reales de cada uno de ellos, sin
pedirles más de lo que pueden hacer, ni tampoco menos. Esto supone
un conocimiento preciso de sus aptitudes y condiciones personales ya
que "la consideración personal de cada estudiante obliga a que
el profesor atempere sus exigencias a las posibilidades de cada
muchacho". Cuando en un aula reina el desorden, habrá que
preguntarse si los alumnos saben qué han de hacer y cómo lo han de
hacer. El aburrimiento suele ser el origen de malos comportamientos
.
Junto a la buena preparación y ejecución del programa, es
importante que el profesor esté atento al desarrollo de las
actividades de todos los escolares para observar individualmente la
calidad de los trabajos y responder a las dudas que surjan sobre la
marcha, mostrando una actitud de ayuda y estímulo a cada alumno,
pues todos tienen derecho a la máxima atención de su maestro.
"La actividad de los profesores es subsidiaria de la de los
alumnos y tiene sentido únicamente en la medida que estimula y
orienta el esfuerzo educativo de cada estudiante. Esta concepción
del trabajo escolar presenta una particular exigencia al profesor,
ya que estimular y orientar un trabajo es más difícil que
realizarlo y, por otro lado, impone la sustitución de la rutina
diaria por un quehacer imaginativo y creador".
Además, el orden y buen gobierno de la clase exigen una
exquisita puntualidad en su comienzo y final; que todo y todos estén
en su sitio –los libros y cuadernos preparados, las mesas y bolsas
ordenadas y los alumnos bien sentados, etc.– y unas reglas de
convivencia que normalicen la participación de los alumnos: cómo y
cuándo pueden levantarse, cómo y cuándo pueden tomar la palabra,
cómo y cuándo deben estar en silencio, trabajando o estudiando, cuándo
y cómo pueden consultar con el compañero o compañeros de equipo,
etc.
2. 2. Interés sincero por los alumnos
La primera y principal norma de conducta del profesor es tratar
con estima y respeto a los alumnos. Para estar en condiciones de
educar, el profesor ha de establecer unas relaciones cordiales y
afectuosas con sus discípulos, de lo contrario su buena preparación
puede resultar ineficaz: ha de querer a sus alumnos, ha de
entregarse.
El profesor necesita crear un ambiente estimulante de comprensión
y colaboración, que dependerá en gran medida de su actitud
amistosa, paciente y comprensiva con todos los alumnos, sin distinción.
La acepción de personas y los tratos de favor deterioran el
ambiente y las relaciones interpersonales.
Los alumnos agradecen, sobre cualquier otra virtud, la comprensión
de su profesor, porque necesitan atención y cariño, necesitan ser
y sentirse queridos. El amor es el primer ingrediente de la vocación
de educador, ya que para educar se requieren las mismas
disposiciones que el beato Josemaría Escrivá señala como precisas
para amar: "mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto,
mucha afabilidad". Donde no hay amor aparece la intolerancia y
la falta de flexibilidad.
En suma, en este ambiente de cordialidad que debe envolver las
relaciones entre profesor y alumnos no tienen cabida las palabras y
gestos que signifiquen menosprecio. En ningún caso es admisible que
el maestro ridiculice a sus discípulos ante sus compañeros, ni
revele sus intimidades, ni se impaciente con sus equivocaciones, ni
amenace, ni conceda privilegios, ni adule, ni se deje adular
gratuitamente, ni actúe como si sus alumnos nunca tuvieran razón
ni derecho a presentar sus justificaciones, ni que utilice el
castigo como recurso para estimular los aprendizajes y reconducir
las clases, o como medio de desahogo personal.
Sin embargo, sería una grave omisión no corregir –con el cariño
y respeto debidos– a los alumnos cuando yerran, y no aprovechar
las ocasiones que ofrece la convivencia escolar para ayudarles a
mejorar y a superar sus defectos, animándoles a rectificar. Querer
de verdad a los alumnos implica aceptarlos tal y como son,
"tirando" de ellos con fortaleza, paciencia y cariño.
2. 3. Coherencia de vida
El prestigio y la estima de los alumnos quedan más reforzados si
el profesor actúa de forma coherente con los principios educativos
del colegio y con el plan de formación que se ha previsto para los
alumnos. Uno de los daños más graves que se puede producir a los
escolares y que más les puede desconcertar, es la falta de unidad
de vida en el profesor: que haya distinción entre lo que dice y lo
que hace, entre lo que anima a vivir a sus alumnos y lo que él
mismo vive, entre los ideales del colegio y los que él asume y
practica en su vida diaria. El profesor educa sobre todo con el
testimonio de su vida personal más que con la palabra misma. Es
preciso actuar con responsabilidad y ser consecuente con los
principios educativos del Centro, tanto a la hora de vivirlos,
dentro y fuera del recinto escolar, como a la hora de exigir que se
vivan.
Cuando pasan por el aula personas con estilos docentes diversos,
hay que tener cuidado en no ofrecer una visión distorsionada de los
valores que se cultivan en el colegio. Todos los profesores han de
fomentar el orden, la laboriosidad, la reciedumbre, etc.; por lo
tanto, si un profesor descuidase la promoción de estos valores,
actuaría en desacuerdo con el resto del equipo educador dañando la
unidad de criterio y de acción, e impediría que la educación que
se pretende para ese grupo de alumnos fuese íntegra.
Detalles concretos en los que se materializa esta coherencia son:
la ilusión por formarse y aprender, tanto en lo concerniente a su
trabajo profesional, como a su formación cultural, humana y
espiritual, aprovechando los medios que el propio colegio pone a su
disposición; el esfuerzo por cooperar con los demás profesores en
las actividades generales programadas; el interés por aportar
iniciativas para la mejora del colegio, etc.
2. 4. Destreza en el dominio del grupo
El dominio al que nos vamos a referir aquí es el que resulta de
conducir con acierto a los alumnos a la consecución de sus
objetivos, en un ambiente de trabajo sereno y ordenado.
Es evidente que la destreza u oficio de conducir a los alumnos se
adquiere con la práctica y la experiencia, y por esa misma razón,
es un arte siempre perfeccionable; sin embargo, es necesario que el
profesor, al situarse ante los escolares, tenga en cuenta algunas
consideraciones elementales sobre el trato con los alumnos.
a) Integración efectiva de los alumnos en el grupo
En el sistema educativo de la Obra Bien Hecha, se define la
integración en el grupo como "el proceso mediante el cual un
sujeto se hace consciente de que forma parte de un grupo, lo acepta
como tal y se ve a sí mismo como un elemento de la comunidad
grupal".
No hay duda de que la integración de los alumnos en la clase es
un objetivo importante al que hay que prestar mucha atención no
escatimando esfuerzo alguno por conseguirlo, pues de esta forma los
escolares acceden al bien común enriqueciéndose con el intercambio
de los bienes particulares. Entendemos que la forma más eficaz y práctica
de integrar a los alumnos es procurar que participen activamente en
la vida de la clase en cualquiera de sus manifestaciones.
La participación proporciona a los escolares la oportunidad de
formarse mejor, de aprender más y de ejercitar las virtudes
sociales y cívicas de cooperación y servicio a los demás. En el
orden práctico, a través de la participación, los profesores y
alumnos pueden estar empeñados, y sentirse a la vez comprometidos,
en el gran objetivo común de conseguir una educación de calidad.
En la clase ha de darse un ambiente sereno para que los alumnos
participen en la toma de decisiones que afectan a su trabajo y
formación y, por consiguiente, en la organización de las
actividades. Los alumnos pueden y deben, con sentido de
responsabilidad personal, participar en la buena marcha de la clase
sugiriendo iniciativas, manifestando sus opiniones, aportando
soluciones a los problemas que se plantean, encargándose de sacar
adelante alguna actividad, etc. y, sobre todo, responsabilizándose
de algún encargo: orden de mesas y armarios, horario, actividades
extraescolares, luces, ventanas, deportes, audiovisuales,
biblioteca, etc. El profesor dispone así de tantos colaboradores en
el gobierno de la clase como alumnos disfruten de encargo. Es un
medio de formación muy interesante, válido para cualquier edad,
que no se debería desaprovechar, porque los alumnos, mayores o
pequeños, siempre son capaces de hacer algo por los demás.
Un encargo especial que cobra gran relevancia en la participación
e integración de los alumnos en la clase es el Consejo de Curso, órgano
colegiado formado por alumnos elegidos democráticamente –uno de
ellos es el delegado o secretario– y el Profesor Encargado del
Curso. Como su cometido habitual se refiere al gobierno de la clase
y se extiende al ámbito de las tareas escolares y al de los
comportamientos y relaciones con los alumnos, el profesor que sabe
aprovecharlo puede obtener de él una gran ayuda, tanto a la hora de
recibir sus iniciativas y sugerencias, como para corregir los
propios fallos. El Consejo de Curso es, en efecto, un buen punto de
apoyo para conseguir los objetivos docentes y formativos de su
asignatura, y para lograr la aceptación y cumplimiento de las
normas de convivencia.
Un medio de participación que facilita la integración de los
alumnos son las clases activas, pues en ellas los escolares son los
verdaderos protagonistas de su aprendizaje. Las clases planteadas
con metodología participativa tienen la virtud de ser más eficaces
que las que se apoyan en el protagonismo del profesor. Cuando una
clase se organiza de modo que los alumnos toman parte en la elección
de los trabajos, en la exposición y experimentación de los fenómenos
y en la búsqueda de respuestas a las cuestiones planteadas, o se da
oportunidad al coloquio, a los debates abiertos y a los trabajos en
equipo, se está en camino de conseguir una verdadera y profunda
integración.
b) Consecución de un ambiente de trabajo ordenado y alegre
Es evidente el interés que tienen el que la clase se desarrolle
en medio de un ambiente cordial, sereno, relajado y alegre, de modo
que tanto los estudiantes como el profesor trabajen a gusto. No cabe
duda de que éste es un ideal al que aspira todo profesor y,
posiblemente, es lo que más le preocupa en muchos momentos. ¿Qué
hacer para conseguirlo?
Los alumnos, por lo general, participan de la misma idea y
agradecen que su profesor sepa establecer orden en la clase y que,
actuando con serenidad y equilibrio, sepa resolver las situaciones
difíciles que la convivencia escolar ofrece en ocasiones. Por el
contrario, se sienten inseguros y defraudados con el profesor que
pierde con facilidad el control y el dominio que se le debe suponer
por su edad y experiencia.
No cabe ninguna duda de que los problemas escolares –graves o
leves– se resuelven casi siempre bien cuando se enfocan con
serenidad y moderación, no así cuando se actúa con precipitación
y nerviosismo. La experiencia demuestra, por otra parte, que ciertas
tensiones y roces que se producen algunas veces en clase son
producto del cansancio, y se diluyen fácilmente sin tener que
recurrir a medidas extraordinarias, pues bastan unas gotas de
optimismo y buen humor, suministradas oportunamente, para
restablecer la calma y devolver la alegría al ambiente. Si se actúa
con prudencia y serenidad, los problemas de la clase no llegan nunca
a ser graves.
c) Reconducción de los comportamientos anómalos
Pese al esfuerzo por conseguir que las clases se desarrollen en
un ambiente distendido y acorde con los planes educativos del
Centro, existen comportamientos que por su gravedad y los trastornos
que provocan en los demás, pueden perjudicar el normal desarrollo
de la clase y el buen ambiente entre los alumnos. En consecuencia,
el profesor ha de combatir y eliminar estas conductas irregulares, y
actuar con criterio, habilidad y firmeza para controlar la situación.
¿Cómo se debe actuar para restablecer el orden y fortalecer los hábitos
sociales de convivencia entre todos los alumnos?
En estas ocasiones, en las que muchas veces se pone a prueba la
calidad humana y profesional –oficio– del profesor, importa
mucho actuar con acierto. Los errores en materia disciplinaria, por
exceso o por defecto, afectan gravemente a la integridad de la clase
y a la propia autoridad.
El mal comportamiento es con frecuencia consecuencia de condiciones
desfavorables del mismo ambiente escolar que están actuando
sobre los alumnos -locales y mobiliario no apropiados, falta de
unidad de criterio de sus profesores, etc.-, sobre los que debe
centrarse la atención, para eliminarlos o atenuarlos, antes de
recurrir a sanciones o medidas drásticas .
La falta de conformidad con las normas previstas en el colegio se
puede atribuir también, en un buen número de casos, a la inmadurez
de los alumnos. Únicamente el tiempo, la experiencia, el
ambiente educativo y la asimilación progresiva de las normas por el
hábito, la comprensión y la reflexión, podrán lograr el control
interno que facilite una conducta consciente y ordenada.
La indisciplina individual esporádica resulta casi
siempre de indisposiciones momentáneas de los alumnos o de
circunstancias especiales que se manifiestan por actos de irritación,
haraganería, agresividad, conversaciones perturbadoras, gritos y riñas,
etc. En tales casos lo recomendable es no interrumpir la clase. De
ordinario bastará, para solucionar el problema, una mirada más
severa y directa, una pausa más significativa, un tono de voz más
alto, el caminar sereno hacia el alumno indisciplinado sin
interrumpir la explicación, etc.
En los casos más graves o de reincidencia, una breve
advertencia del profesor, hecha serenamente, suele ser suficiente.
Cuando la situación, por las circunstancias que la revisten, exige
una represión formal, conviene no adoptar decisiones precipitadas.
Más bien interesa manifestar la sorpresa y el descontento por el
suceso y pedir al alumno o alumnos implicados una explicación
personal al final de la clase. Hay que evitar convertir cada
incidente en una tragedia para, casi siempre, diversión de toda la
clase.
Por otra parte, la indisciplina habitual de un alumno es
casi siempre indicio de anomalías orgánicas o de un desequilibrio
del alumno de mal comportamiento, de etiología psicológica,
intelectual, familiar o social. En estos casos, han de analizarse
detenidamente las causas para poner los remedios específicos
–que, en ocasiones, harán necesaria la intervención de un
especialista–, intentando hacer compatible, en cada caso, la
responsabilidad del colegio ante el alumno problemático y su
familia, con la que tiene con el resto de los alumnos y familias de
su clase.
Distinto es cuando nos referimos a la indisciplina colectiva.
Es el caso de las clases en las que la mayoría de los alumnos se
comporta con irresponsabilidad, poca consideración hacia las normas
de convivencia del Centro y falta de respeto al profesor. La
indisciplina colectiva tiene su raíz en diversas condiciones
ambientales que están actuando en proporción variable sobre la
realidad escolar. Estas condiciones deben ser analizadas con
objetividad e identificadas para someterlas a un tratamiento
adecuado: ¿Son funcionales las instalaciones?, ¿están
congestionadas las clases por exceso de alumnos?, ¿es racional el
horario?, ¿están concretadas y son conocidas las normas de
convivencia?, ¿son monótonas las actividades escolares?... Dentro
de este conjunto de circunstancias se explica bien que los alumnos
no mantengan una actitud de orden y trabajo. La solución será
afrontar el problema de modo realista, en sus verdaderas causas,
eliminándolas o, por lo menos, atenuándolas en todo lo posible.
Para reencauzar a un grupo de alumnos en esta situación,
conviene orientarlos para que muestren una actitud positiva hacia el
estudio, encomendarles encargos concretos que desarrollen su
responsabilidad y enriquecer y ampliar el programa de actividades
escolares. Es muy útil, también solicitar su colaboración e
incentivar sus iniciativas y sugerencias que resulten beneficiosas
para la marcha de la clase.
En la vida ordinaria de los colegios hay momentos en que la
disciplina colectiva es más difícil de vivir: los cambios de
clase, la tarde de los viernes, las sustituciones de otros
profesores, época de exámenes, etc. En esos momentos, la paciencia
y la comprensión han de multiplicarse sin dejar por ello de ser
exigentes con los alumnos. En líneas generales, una preparación
especial con actividades más atrayentes puede paliar en gran medida
el inevitable desorden producido por estas situaciones especiales.
La conducta del profesor frente al mal comportamiento de sus
alumnos debe ser semejante a la del médico frente a sus pacientes.
En vez de lanzar reprimendas y aplicar castigos, empleará
tratamientos positivos para motivar y encauzar las energías de los
alumnos, ayudándoles a madurar o a superar su desequilibrio, con
frecuencia pasajero, y a controlar su conducta en pro de una mejor
adaptación al ambiente escolar y social.
Y si, en última instancia, hubiera que acudir a los castigos
deben tenerse presentes algunas consideraciones:
a) Han de tener como fin la formación del alumno y de
sus compañeros, ayudarles a reaccionar. Nunca han de ser
—siquiera en apariencia— una represalia.
b) Han de ser proporcionadas a la gravedad de la falta
y guardar relación con su naturaleza.
c) Nunca se debe corregir cuando la irritación del momento
suprime la serenidad de juicio: es mejor dejarlo para más
tarde.
d) Son más eficaces las correcciones en privado que
las que se hacen en público. Únicamente conviene corregir en público
cuando, por las circunstancias de la actuación negativa, sea
necesario para la ejemplaridad del curso.
e) Los estímulos positivos son más eficaces que los
negativos. Una felicitación cuando se realiza algo bien, una
palmada de ánimo cuando se desfallece, una muestra de confianza
en sus posibilidades o una recomendación seria cuando no se
rectifica, producen un efecto mucho más positivo en el
estudiante que el castigo mejor elegido.
f) Los castigos han de ser suministrados con prudencia. No
conviene crear un sensación de represalia y persecución en las
alumnos. Es preferible hacerse pesado corrigiendo los fallos en
privado que odioso castigando a la primera oportunidad.
g) Un castigo sólo es útil cuando sirve para mejorar a la
persona que lo recibe, que es tanto como ponerle en situación
de no volver a faltar. Por eso, antes de imponer una sanción es
conveniente el diálogo y la reflexión entre quien obró mal y
quien ha de imponerla para evitar que se deba más a un desahogo
personal que a un deseo real de corregir un defecto.
h) Al sancionar importa mucho no adoptar la posición de
juez, ni dar la impresión de estar ofendido y deseoso de
venganza. El profesor es una persona que tiene la obligación de
velar por el cumplimiento de unas normas básicas que
posibiliten el trabajo y hagan más grata y armónica la
convivencia, pero también de ayudar a los alumnos a que
combatan sus malos hábitos. Por eso, aun en el caso de que el
alumno no recibiese de buen grado la corrección, la persona que
la aplica ha de manifestar claramente su confianza en el escolar
y en su capacidad para rectificar la conducta como paso previo
para provocar su reflexión interna.
i) Los propios compañeros pueden constituir en ocasiones una
eficaz ayuda para rectificar la conducta de ciertos alumnos. En
faltas graves, la opinión de los estudiantes es todavía más
necesaria para encontrar la corrección más oportuna.
j) Las expulsiones de clase son, por lo general, medidas poco
afortunadas si no fueren precedidas de un análisis detenido de
las circunstancias que las promueven y de sus consecuencias
educativas. Muchas veces las expulsiones son producto de actos
vehementes del profesor que evidencian una gran falta de
recursos pedagógicos para sacar adelante la clase. Dirigir a un
grupo de alumnos no significa quedarse con los más pacíficos
para eliminar los problemas de conducta, sino tratar a todos según
sus características personales y apostar por el pleno
desarrollo de las aptitudes de cada escolar.
k) Las sanciones importantes, debidas a faltas graves,
competen a la dirección del centro. El profesor puede llamar la
atención, privar de alguna actividad al alumno, hacerle
permanecer un tiempo adicional en clase terminando un trabajo,
exigir trabajos complementarios a los temas de clase, etc., pero
no tomar medidas que sobrepasen su zona de autonomía.
La disciplina escolar es, por tanto, un instrumento educativo.
Por eso, antes de adoptar una medida ante una conducta inadecuada,
es necesario conocer las correcciones que ese alumno ha recibido con
anterioridad y cómo reaccionó ante ellas; las circunstancias del
alumno, el momento en que se encuentra y los motivos de su
comportamiento anómalo; y tener en cuenta la repercusión que ha
tenido entre sus compañeros. Más que la sanción, interesa que
el autor del incidente no vuelva a realizar una acción semejante.
Se han de poner los medios para que el alumno decida rectificar
su conducta. En primer lugar, interesa hacerle valorar con
objetividad lo que ha pasado; en una palabra, provocar su reflexión.
Para que una corrección sea realmente educativa es imprescindible
que el alumno valore su actuación y las consecuencias, y concluya
que su actuación no fue acertada, de modo que lamente sinceramente
haber actuado de ese modo.
Por esta razón, siempre que sea posible se han de imponer
correcciones que neutralicen los efectos de la actuación negativa
con otra actuación de sentido contrario; ayudando así al alumno no
sólo a pedir perdón por su actuación desafortunada, sino a
reparar en lo posible el daño causado: limpiar lo que se ha
manchado; arreglar o colaborar en la reparación de lo que se
estropeó, y abonar su coste; pedir perdón públicamente al
ofendido, si fue pública la ofensa; recuperar el tiempo de trabajo
perdido, etc.
Interesa conocer bien los motivos de la falta, ya que la
reacción del profesor y la sanción que imponga deben ser distintas
cuando se trate de una equivocación del alumno —en este caso,
habrá que explicarle por qué no debe actuar de esa manera—;
cuando sea consecuencia de un carácter inquieto o del
apasionamiento de un momento; cuando sea un reflejo de problemas
familiares; o cuando se deba a malicia o cálculo. Además, es
preciso ser prudentes, para no fomentar actitudes de rechazo, ni
predisponer negativamente a los alumnos frente a los medios de
formación del colegio, o frente al trabajo escolar. Por ejemplo, no
tendría ningún sentido utilizar las calificaciones escolares para
sancionar.
También están desaconsejados (la legislación vigente
los prohibe) los castigos físicos o corporales y todos aquellos
que supongan una humillación para el alumno por el tono, por
los malos modos empleados, o por la actitud despectiva o distante
del profesor. El castigo brusco o airado provoca la aversión del
alumno, y al reprimir una conducta sin corregirla se está
fomentando que los alumnos continúen actuando mal a escondidas.
La medida más extrema que puede aplicarse a un alumno es darle
de baja del colegio. Informar a unos padres de que uno de sus hijos
debe causar baja en colegio es un medio completamente excepcional
que sólo se justifica ante el convencimiento de que esta medida
va a beneficiar al alumno ya que de que en otro centro, de características
diversas a las del colegio, será más fácil su adaptación o podrán
atender mejor a ese alumno y ayudarle con más eficacia; o bien por
que perjudica seriamente la formación de sus compañeros con
conductas negativas reiteradas que no ha sido posible corregir por
otros medios. Por tanto, siempre ha de estar acompañada por un
diagnóstico y una orientación a los padres sobre el tipo de
centro que necesita su hijo.
De ordinario, no se dará de baja a un alumno por un acto
aislado, aunque sea muy grave —precisamente cuando los hechos son
muy graves se impone una particular serenidad de juicio en el
profesor y los directivos—.
Por la gravedad de esta medida :
a) sólo puede ser decidida por la Dirección del centro
educativo;
b) sólo se justifica cuando no se disponen de los medios
adecuados para proporcionar al alumno la ayuda que necesita o la
permanencia del alumno en el colegio perjudique seriamente la
formación de sus compañeros;
c) los padres han de estar advertidos con tiempo
suficiente de la situación de su hija o hijo, así como de
los medios que se están poniendo para intentar modificar su
actitud;
d) se ha de recomendar a los padres el tipo de centro
adecuado a la situación de su hijo.
Interesa seguir habitualmente una línea de actuación
prevista de antemano, con pasos determinados, que ayude a evitar
la arbitrariedad. La sanción, como todo el proceso educativo,
ha de ser intencional. De ordinario, pueden servir los siguientes
criterios:
a) Las faltas leves de un alumno no reincidente las corrige
el profesor, con una simple advertencia.
b) Conviene corregir las faltas de mayor importancia o la
reincidencia en las leves mediante una conversación más
prolongada, en privado. Puede hacerlo un profesor, pero
es mejor que se encargue el preceptor o el profesor encargado de
curso. Interesa informar a los padres.
c) En el caso de que persista un comportamiento desordenado,
intervendrá el jefe de ciclo. Es necesario informar a los
padres y en cada caso convendrá valorar si lo hace el
preceptor, o el propio jefe de ciclo.
d) Siempre se debe informar al preceptor y al Comité
Directivo, que intervendrá cuando las circunstancias del
caso lo aconsejen, con criterio restrictivo: en lo posible ha de
resolver estas situaciones el jefe de ciclo. No obstante, en
determinadas ocasiones puede ser muy positivo que un directivo
hable con el alumno, para mantener una conversación sosegada,
que le ayude a reaccionar.
e) Antes de sancionar una falta grave, es necesario escuchar
al interesado tan ampliamente como desee. A veces es
positivo indicarle que escriba su versión de los hechos,
justifique su actitud y sugiera la sanción que considere
adecuada. En estos casos, conviene oír también al consejo de
curso.
Ha resultado buena experiencia, en algunos centros educativos,
procurar la participación activa de los alumnos en la solución de
los problemas de disciplina, sobre todo cuando el incidente ha
trascendido a toda la clase. En la mayoría de estos casos, es
aconsejable que el consejo de curso proponga la corrección que
considere oportuna. De ordinario, suelen ser muy severos y dan ocasión
de moderar la corrección que sugieren.
Es muy eficaz que los alumnos participen en la elaboración de
unas normas de la clase redactadas a partir de las establecidas para
todo el colegio y hacer que el consejo de curso las recuerde periódicamente
a sus compañeros.
3. Conclusión
Con todo lo expuesto en estas páginas no se pretende centrar
exclusivamente en los profesores la responsabilidad del
comportamiento de los alumnos en el aula, pero tampoco hemos de
perder de vista que cuando los profesores actúan con competencia
profesional, unidad y coherencia, corrigiendo cada caso y sintiéndose
verdaderamente responsables de lo que ocurre a su alrededor, los
malos comportamientos quedan limitados a unos pocos alumnos con
desequilibrios de origen extraescolar. Alcanzar esta meta precisa de
una autoevaluación frecuente (personal y en equipo educador) de las
cuestiones aquí indicadas, que suponga objetivos y planes de acción
educativa concretos en los aspectos que, en cada momento, requieran
especial atención en la vida de cada institución escolar.
Fuente:
http://www.fomento.edu |