Publicaciones
La Educación para el Adulto Mayor y su Relación con la Sociedad
Michel Romieux Olarte (*)

Pedagogía
Epistemología
Educación


Al enfrentar el envejecimiento de la población como un problema social o asistencial, estamos cediendo ante los criterios burocráticos y renunciando a nuestros conocimientos sobre la sociedad y al concepto fundamental de la unidad cultural como estructura y sistema.

Para América Latina, como para el resto del mundo, el industrialismo y la globalización del comercio han mejorado los niveles de vida y consecuentemente la prolongación de esta. A pesar de los dramas que subsisten en los sectores marginales de nuestra sociedad (pobladores urbanos sin trabajo, campesinos sin tierra, cesantía juvenil, etc.), hay un enriquecimiento general y un conjunto de instituciones asistenciales que llenarían de admiración a nuestros padres. Es de esperar que la sociedad continúe su desarrollo y que los servicios y técnicas de salud prosigan su mejoría.

Pero las sociedades han tenido que pagar un alto precio por estos logros. Para aumentar la producción y la riqueza ha sido necesario aceptar los criterios de una extrema división del trabajo, banalizando los antiguos oficios, una burocratización de las relaciones y el abandono de la primacía de la residencia del individuo por la impuesta por la actividad laboral.

Las migraciones internas e internacionales en búsqueda de mejores condiciones de vida, acabaron poco a poco con la familia extensa y las comunidades aldeanas y urbanas. La antigua estructura social se fue esfumando lentamente, convirtiéndonos en agregados humanos sin relaciones primarias. Los vínculos de parentesco se perdieron y las formas de estratificación social pasaron de hereditarias a méritos adquiridos en dura competencia.

Nuestro mundo tradicional desapareció y sólo subsiste su romántico recuerdo o su simulación.

Al desaparecer de nuestro horizonte las antiguas referencias sociales que ordenaban las obligaciones y los derechos fundamentales en la afectividad, fueron los criterios burocráticos expresados en numerales estadísticos, la guía para ordenar este mundo cambiante de individuos ubicuos e inclasificables por los antiguos criterios.

Dejamos de ser personas lugareñas, vecinos de barrio, con amplias relaciones parenterales, fidelidades y amistades y nos convertimos en anónimos trabajadores, que se identifican por su labor o su rendimiento económico. Son las condiciones del trabajo las que nos prestan una identidad, es en el entorno de nuestras actividades donde se pone en evidencia nuestra individualidad y nuestra relación con la sociedad.

Como sabemos que nuestra suerte depende exclusivamente de la relación laboral y económica con la sociedad, las relaciones asistenciales que deben protegernos cuando no trabajamos, tienen una importancia desmedida. Son el reemplazo de nuestras familias. Y aquellos que no están protegidos o son marginales al sistema, quedan en el olvido o pasan a ser un 'problema social'. Ciertos individuos conflictivos son entregados a los antiguos remanentes de las instituciones periclitadas, sombras de las viejas estructuras como son la comunidad, la religión y el parentesco, que tratan de revivir sentimientos de fidelidad o de solidaridad casi olvidados.

En la medida que la lucha contra la pobreza tenga éxito, se creen nuevas relaciones de trabajo y se cambien los conceptos de uso del tiempo de acuerdo a las nuevas tecnologías, se espera que los sistemas de salud y de asistencia lleguen a cubrir la totalidad de la población. Pero aún así, nuestro problema no se resuelve.

La división de la población en grupos etarios, con objeto de medir y preveer la amplitud de los conflictos consecuencia de la evolución demográfica, ha derivado en la creación de un criterio que trata los grupos de edad como una condición segmentaria. Por comodidad económica los grupos etarios se transformaron en clases sociales. La mitología comercial en parte importante de su propaganda, manipula la masa consumidora, presentando las generaciones como grupos antagónicos, confundiendo los elementos del cambio social y de la adopción tecnológica con los conflictos propios de la pubertad. Son los mayores, aquéllos que poseen el poder económico y tecnológico, los creadores de la modernidad y los deformadores de la realidad.

La figura de jóvenes rebeldes enfrentados a la anterior generación, es una imagen publicitaria, que induce a la juventud al consumo de los símbolos de su rebeldía, enriqueciendo a personas mayores... (vestimenta especial, implementos, uso del tiempo, etc.). Estos falsos enfrentamientos: jóvenes/adultos, adultos/viejos, mujeres/hombres, son sólo posibles por el debilitamiento de las relaciones primarias.

Ante la fragmentación de la familia y de las comunidades primarias que anteriormente eran parenterales, la continuidad del grupo humano mínimo quedó rota y pasamos a constituir agregados sociales. Surgen los individuos solitarios e incomunicados rodeados de una muchedumbre, con un comportamiento similar al ocupante de un inmenso ascensor. No importa si son protegidos por los más ideales sistemas de salud y asistencia. Están solos.

Los primatólogos nos caracterizan al describirnos y diferenciarnos de otros primates, como una especie de grupos mínimos posibles de entre cuarenta a sesenta individuos, de ambos sexos y variadas edades, con fuerte territorialidad, formando parejas de reproducción y cuyas hembras tienen una larga relación con sus crías, que son totalmente dependientes de los adultos y de las relaciones duraderas entre estos, (S. L. Waschburn y Y. Devore, 1961). El lenguaje, el compartir los alimentos, el juego y la transmisión de experiencias, da base a las formas culturales de adaptación al medio. La fuerza de nuestra especie se encuentra en el pequeño grupo, solidario, con firmes vínculos afectivos.

Estamos muy lejos de esos orígenes. Nuestra sociedad es formada por multitudes, con vínculos secundarios y terciarios. El único lugar que conserva un ambiente afectivo, es la familia conyugal y en ocasiones el pequeño circulo temporal de amistades laborales. El industrialismo y el crecimiento urbano redujeron los espacios habitacionales y liquidaron la familia extensa. Se creó la separación de los grupos de edad, consecuencia del sistema laboral, y se burocratizó esta antinatural segmentación.

La sociedad, definida como carencia de relaciones primarias, es algo inhumano, sin importar la edad del individuo. En soledad no es posible el desarrollo de la cría humana, en soledad no puede un adolescente o un joven aprender a ser social, en soledad no es útil la madurez, la sabiduría o la riqueza, en soledad la vejez es aterradora. El peligro de nuestra sociedad, es que día a día hacemos más autónomo al individuo y facilitamos todas las formas indirectas de relación. La tecnología nos ha permitido suprimir al otro. Nuestra sociedad es una red de relaciones terciarias, cuyo modelo es la burocracia y cuya función es el dinero.

El adulto mayor, eufemismo para disimular la realidad de la vejez que es considerada como un estigma, pasa a ser un conjunto segregado económicamente y socialmente, definido por la jubilación y la supuesta improductividad. Es tratado como un estamento costoso e inútil, de cuyos miembros se espera que hayan tenido la prudencia de ahorrar y no constituyan un gasto al sistema productivo o por lo menos que este sea el mínimo. Es visto como uno de los peligros mayores de la sociedad contemporánea por el aumento desmedido en la pirámide de edad, disimulando u olvidando que estos ahorros constituyen una fuente de capitalización muy interesante de administrar.

Debo ser muy viejo. Alcancé a conocer un mundo en donde los ancianos eran queridos y respetados, donde estos estaban orgullosos de un pasado que justificaba su decadencia. Veíamos en ellos un modelo de vida y el fin que nos esperaba, temíamos su muerte porque nos dejaban solos frente a nuestro destino. Conocíamos a nuestros vecinos, había niños, mujeres, hombres pobres y ricos, ignorantes y sabios, todos revueltos. Aún no nos habíamos entregado a la clasificación impuesta para el consumo masivo.

No tiene sentido, desde mi punto de vista personal, hablar de mujeres, de niños, de jóvenes o de ancianos. El problema reside en el conjunto social y en la tendencia a atomizarlo. La admirable tecnología moderna permite que el individuo pueda interactuar, sin necesidad de establecer vínculos. El monetarismo imperante, permite reducir los intercambios de personas, de bienes, de servicios a operaciones económicas, expresadas en dinero y sin las consecuencias afectivas que implicaban en las sociedades tradicionales. El precio que pagamos es la pobreza de nuestras relaciones.

Hemos perdido el simbolismo de los intercambios; el regalo ya no significa compromiso, el pan compartido ya no es amistad, el matrimonio alianza de linajes y la amistad, cuando existe, no es solidaridad sin fin. Somos fichas estadísticas, individualidades numeradas, sin vínculos, pero con ingresos, egresos, créditos. No importan oficios ni habilidades interesando sólo nuestra rentabilidad.

Es de este cuadro descarnado del que debemos escapar. No culpemos a la tecnología ni al dinero, pero si a nuestro miedo de vivir. Tememos al vecino, a los jóvenes, a los niños y por sobre todo, tememos la vejez y la muerte. Buscamos desesperadamente la seguridad. No queremos aceptar que en una sociedad multitudinaria suceden todo tipo de experiencias y que vivir ha sido siempre un riesgo, que nuestra técnica no nos protege de la enfermedad ni del curso de los años y que la muerte está implícita en la vida.

Nuestros esfuerzos deben estar dirigidos a reintegrar a las personas a su natural sociedad. Los ancianos deben volver al seno de la familia o a la compañía de los adultos, de los jóvenes y de los niños. Es en la diversidad de los contactos, en la relación entre generaciones que se forjan las individualidades, se prolongan los tradiciones, se construyen las identidades, reinterpretando y enriqueciendo la realidad presente.

El centro del conflicto del envejecimiento y la soledad de la 'tercera edad' no es el número creciente de ancianos o lo insuficiente de los servicios asistenciales, que siempre serán escasos, sino la orientación de los individuos hacia la vida. Al negarse a aceptar la realidad de la sociedad humana, el niño se convierte en amenaza, el joven en peligro, el viejo en el espejo del futuro, y los difuntos en fantasmas olvidados del término de la vida.

El ciclo vital es concebido de manera lineal y utilitaria, que podemos resumir en tres grandes períodos: aprendizaje, reproducción y trabajo, jubilación y muerte. Esta fragmentación del continuo de la vida es artificial y niega la riqueza de la existencia, su utilidad es descriptiva y no tiene relación con la vida misma.

La gama de cambios en la sociedad moderna es inmensa; la técnica ha borrado las diferencias entre los sexos y las edades. Las comunicaciones acaban con los imperativos del lugar y las limitaciones del horario laboral. Las fronteras enemigas y las divergencias religiosas e ideológicas se van desdibujando. Los nuevos vecindarios o conjuntos comunitarios, son más heterogéneos. Va ganando la diversidad sobre la homogeneidad.

Es la aceptación de la variabilidad individual, en su lucha contra el temor al extraño, a lo diferente, a lo culturalmente foráneo, la gran alternativa que se nos ofrece como humanidad. Es el ancestral camino señalado por las grandes religiones, los humanistas, los filósofos y últimamente por los biólogos y los etólogos, que nos consideran como miembros de una sola especie infinitamente diversa.

Si debemos perder el temor al extraño, como condición para un mejor futuro, es absurdo que continuemos segmentando nuestra sociedad en base al temor: hombres, mujeres, niños, ancianos, obreros, gerentes, gamberros, y jóvenes, etc. como si fueran clases sociales o grupos autónomos simultáneamente a la masificación de las comunicaciones y a la disolución de los límites grupales. Cierto es que hay violencia intrafamiliar, abuso sexual, explotación del trabajador, niños terribles, jóvenes peligrosos, asesinos y ladrones. Pero es mucho más peligroso el miedo y el aislamiento.

Tengo la seguridad que los lectores conocen buenas personas, ancianos bondadosos e hijos generosos en mayor número que los criminales que surgen en las películas y en las noticias de la prensa. Revitalicemos los sistemas de parentesco, fortifiquemos la familia, no como institución moralizante y represiva, sino como refugio de los afectos defendidos por las fidelidades olvidadas, dejemos las criticas al lado y reemplacémoslas por las solidaridades. Ampliemos el círculo de nuestras amistades, recreemos las hermandades de sangre, cultivemos las asociaciones.

Los antiguos sabían que la fidelidad se expresaba en el apoyo incondicional; era una obligación de sangre. Los ancianos, el más viejo en el linaje, estaba destinado a ser el más entrañable de los antepasados, se rendía culto en vida por su proximidad al fin. A su muerte, la comida fúnebre era el culto a la vida. Se lloraba al muerto y se festejaba al niño. Hombres y mujeres eran sacerdotes de sus padres.

Los estudios antropológicos están llenos de ejemplos y de modelos de conductas sociales. En todos, la cultura ordena la continuidad de las generaciones. La experiencia y la historia de la familia, las vicisitudes del pequeño grupo son las bases de las identidades de los jóvenes. La construcción de la individualidad juvenil se hace posible ante el contraste con los mayores. El pasado es el futuro.

Uno de nuestros grandes maestros Marcel Mauss, nos hablaba de la 'institución total' que era expresada en el 'regalo', la obligación de recibirlo, simbolizando el compromiso que exigía ser correspondido. Con este esquema nos explicaba el origen y el significado del intercambio de bienes. No es de extrañar que las relaciones internacionales dependan del comercio. Las mercancías deben ir y volver en equivalentes. Y más aún, el comercio obliga a las partes a un conocimiento mutuo, a acuerdos que muchas veces conllevan la paz no sólo entre grupos, sino también entre naciones. En el mundillo familiar los regalos son la materialización de los afectos, la expresión de los compromisos que siguen la ley fundamental de todo lo social: se debe dar para poder recibir.

Ningún grupo humano puede vivir en el aislamiento. Por esta razón, la endogamia es inconveniente, ya que tiende a la disminución del número de individuos y sus posibilidades reproductivas. Los individuos deben buscar su pareja fuera del grupo. La universal prohibición del incesto, más que a causas biológicas o morales, se debe al riesgo de que el grupo se agote por falta de hombres o de mujeres fértiles.

El objeto del parentesco es obligar a la 'alianza' con los otros, como garantía de prolongación posible.

Los más primitivos de nuestra especie, basaron su vida en la colaboración. Una mujer embarazada, es probablemente una mala cazadora, sin la colaboración de un hombre la criatura por nacer no era viable. Compartir es posibilitar la vida. Emile Durkheim, nos enseñó que es la división del trabajo; la colaboración indispensable entre diversas actividades, es el soporte de la estructura social. Sólo la diversidad de sexo, edad y habilidad hacen posible nuestra vida.

Uno de los pasos más trascendentales que dio la humanidad fue la creación de la Urbe, reuniendo en un mismo lugar familias y tribus diversas. Estas inmensas concentraciones de población aparecen hace unos cinco mil años. En los restos de las primeras siempre se ha encontrado un lugar específico de refugio para los extranjeros, ya que las ciudades no pueden vivir sin el comercio de productos exóticos. Este fue el primer paso que el hombre dio para romper la endogamia y la etnicidad del pequeño grupo, disminuyendo el temor ante el extraño y facilitando su proximidad. La ciudad no puede vivir sin otras ciudades, pero el pequeño grupo tampoco puede sobrevivir en el aislamiento.

Tal vez algún día recuperemos el lugar social que nos corresponde en el corazón de la juventud, restituyendo el orden natural que implica el vivir en conjuntos que no marginen por criterios de edad, de sexo, de oficio, de origen o de cualquier otro, nosotros los viejos de ahora y los por venir. Testigos de injustas exclusiones en el transcurso de nuestras vidas.

Si por una parte es necesario abrirse a la comunicación y a la sociedad formada por los desconocidos que nos rodean, por otra, la persona de edad debe negarse a abandonar su espacio laboral y social. La jubilación es una trampa, que nos quita la mitad de nuestros ingresos y nos niega un lugar en la sociedad del trabajo, se pierde la respetabilidad cuando esta está asociada a la rentabilidad, se pierde a los compañeros del trabajo y la posibilidad de reconstruir una nueva red de relaciones. La pérdida del prestigio cierra la posibilidad de comunicar e influir, abriendo el camino al aislamiento.

Esto es así para las personas que se encuentran fuera del círculo de los símbolos de prestigio expresadas en el consumo. Estemos conscientes de estos fenómenos y neguémonos a sufrir sus consecuencias. Siempre se puede reiniciar una nueva vida, en la etapa que sea, como jóvenes, como adultos o como ancianos. Lo más probable es que perdamos nuestro trabajo al llegar a determinada edad, o que algún cambio en la economía nos deje en la cuneta. Estamos obligados a inventar un nuevo oficio o sacar a relucir una habilidad olvidada, comenzar otra aventura vital. VOLVER A LA ESCUELA, creando esa escuela, inexistente a nuestra propia medida, diferente a la anterior, con intereses apropiados a cada cual, centrada en la diversidad de ámbitos que se desarrollan en el curso de la vida, creando las esperanzas perdidas y recuperadas en el esfuerzo de volver a empezar.

La gran lucha de la humanidad es la de recuperar la alegría de vivir como jóvenes o viejos. No es problema de la tercera edad, es el problema de nuestra especie. Cuarenta mil años, es demasiado poco para sentirnos ancianos tristes. Los hombres en su evolución hacia la espiritualidad, saben que esta se encuentra en la felicidad.

Bibliografía

Comfort, Alex. La Edad Dorada Ediciones Grijalbo S. A. Buenos Aires 1991

Lehr, Ursula. Psicología de la Senectud Editorial Herder, Barcelona 1980

Romieux, Michel. "La Antropología y la Gerontología Social" Revista Chilena de Antropología N 7, 1988, (págs. 49-59), Fac. de Ciencias Sociales. Universidad de Chile. Santiago.

Washburn, S. L. y Devore, Irven. "La vida social de los Babuinos" en Biología y Cultura (págs. 137-145), Ediciones Herman Blume, Barcelona 1975.

 (*) Michel Romieux Olarte
Licenciado en Antropología. Profesor Titular Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile

Fuente: Ciencias Sociales. Universidad de Chile
http://rehue.csociales.uchile.cl


Principal-|-Consulta a Avizora-|-Titulares-| Clima-|-Sugiera su Sitio
Temas Que Queman | Periodísticos Selectos | Libros Gratis | Publicaciones | Glosario   
Desarrollo Web | Libro de Visitas |-Chat-|- Horóscopo


AVIZORA
Tel: +54 (3492) 434313 /+54 (3492) 452494 / +54 (3492) 421382 /
+54 (3492) 15 612463 ARGENTINA
webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m. Avizora.com