| Al enfrentar el
envejecimiento de la población como un problema social o
asistencial, estamos cediendo ante los criterios burocráticos y
renunciando a nuestros conocimientos sobre la sociedad y al concepto
fundamental de la unidad cultural como estructura y sistema.
Para América Latina, como para el resto del mundo, el
industrialismo y la globalización del comercio han mejorado los
niveles de vida y consecuentemente la prolongación de esta. A pesar
de los dramas que subsisten en los sectores marginales de nuestra
sociedad (pobladores urbanos sin trabajo, campesinos sin tierra,
cesantía juvenil, etc.), hay un enriquecimiento general y un
conjunto de instituciones asistenciales que llenarían de admiración
a nuestros padres. Es de esperar que la sociedad continúe su
desarrollo y que los servicios y técnicas de salud prosigan su
mejoría.
Pero las sociedades han tenido que pagar un alto precio por estos
logros. Para aumentar la producción y la riqueza ha sido necesario
aceptar los criterios de una extrema división del trabajo,
banalizando los antiguos oficios, una burocratización de las
relaciones y el abandono de la primacía de la residencia del
individuo por la impuesta por la actividad laboral.
Las migraciones internas e internacionales en búsqueda de
mejores condiciones de vida, acabaron poco a poco con la familia
extensa y las comunidades aldeanas y urbanas. La antigua estructura
social se fue esfumando lentamente, convirtiéndonos en agregados
humanos sin relaciones primarias. Los vínculos de parentesco se
perdieron y las formas de estratificación social pasaron de
hereditarias a méritos adquiridos en dura competencia.
Nuestro mundo tradicional desapareció y sólo subsiste su romántico
recuerdo o su simulación.
Al desaparecer de nuestro horizonte las antiguas referencias
sociales que ordenaban las obligaciones y los derechos fundamentales
en la afectividad, fueron los criterios burocráticos expresados en
numerales estadísticos, la guía para ordenar este mundo cambiante
de individuos ubicuos e inclasificables por los antiguos criterios.
Dejamos de ser personas lugareñas, vecinos de barrio, con
amplias relaciones parenterales, fidelidades y amistades y nos
convertimos en anónimos trabajadores, que se identifican por su
labor o su rendimiento económico. Son las condiciones del trabajo
las que nos prestan una identidad, es en el entorno de nuestras
actividades donde se pone en evidencia nuestra individualidad y
nuestra relación con la sociedad.
Como sabemos que nuestra suerte depende exclusivamente de la
relación laboral y económica con la sociedad, las relaciones
asistenciales que deben protegernos cuando no trabajamos, tienen una
importancia desmedida. Son el reemplazo de nuestras familias. Y
aquellos que no están protegidos o son marginales al sistema,
quedan en el olvido o pasan a ser un 'problema social'.
Ciertos individuos conflictivos son entregados a los antiguos
remanentes de las instituciones periclitadas, sombras de las viejas
estructuras como son la comunidad, la religión y el parentesco, que
tratan de revivir sentimientos de fidelidad o de solidaridad casi
olvidados.
En la medida que la lucha contra la pobreza tenga éxito, se
creen nuevas relaciones de trabajo y se cambien los conceptos de uso
del tiempo de acuerdo a las nuevas tecnologías, se espera que los
sistemas de salud y de asistencia lleguen a cubrir la totalidad de
la población. Pero aún así, nuestro problema no se resuelve.
La división de la población en grupos etarios, con objeto de
medir y preveer la amplitud de los conflictos consecuencia de la
evolución demográfica, ha derivado en la creación de un criterio
que trata los grupos de edad como una condición segmentaria. Por
comodidad económica los grupos etarios se transformaron en clases
sociales. La mitología comercial en parte importante de su
propaganda, manipula la masa consumidora, presentando las
generaciones como grupos antagónicos, confundiendo los elementos
del cambio social y de la adopción tecnológica con los conflictos
propios de la pubertad. Son los mayores, aquéllos que poseen el
poder económico y tecnológico, los creadores de la modernidad y
los deformadores de la realidad.
La figura de jóvenes rebeldes enfrentados a la anterior generación,
es una imagen publicitaria, que induce a la juventud al consumo de
los símbolos de su rebeldía, enriqueciendo a personas mayores...
(vestimenta especial, implementos, uso del tiempo, etc.). Estos
falsos enfrentamientos: jóvenes/adultos, adultos/viejos,
mujeres/hombres, son sólo posibles por el debilitamiento de las
relaciones primarias.
Ante la fragmentación de la familia y de las comunidades
primarias que anteriormente eran parenterales, la continuidad del
grupo humano mínimo quedó rota y pasamos a constituir agregados
sociales. Surgen los individuos solitarios e incomunicados rodeados
de una muchedumbre, con un comportamiento similar al ocupante de un
inmenso ascensor. No importa si son protegidos por los más ideales
sistemas de salud y asistencia. Están solos.
Los primatólogos nos caracterizan al describirnos y
diferenciarnos de otros primates, como una especie de grupos mínimos
posibles de entre cuarenta a sesenta individuos, de ambos sexos y
variadas edades, con fuerte territorialidad, formando parejas de
reproducción y cuyas hembras tienen una larga relación con sus crías,
que son totalmente dependientes de los adultos y de las relaciones
duraderas entre estos, (S. L. Waschburn y Y. Devore, 1961). El
lenguaje, el compartir los alimentos, el juego y la transmisión de
experiencias, da base a las formas culturales de adaptación al
medio. La fuerza de nuestra especie se encuentra en el pequeño
grupo, solidario, con firmes vínculos afectivos.
Estamos muy lejos de esos orígenes. Nuestra sociedad es formada
por multitudes, con vínculos secundarios y terciarios. El único
lugar que conserva un ambiente afectivo, es la familia conyugal y en
ocasiones el pequeño circulo temporal de amistades laborales. El
industrialismo y el crecimiento urbano redujeron los espacios
habitacionales y liquidaron la familia extensa. Se creó la separación
de los grupos de edad, consecuencia del sistema laboral, y se
burocratizó esta antinatural segmentación.
La sociedad, definida como carencia de relaciones primarias, es
algo inhumano, sin importar la edad del individuo. En soledad no es
posible el desarrollo de la cría humana, en soledad no puede un
adolescente o un joven aprender a ser social, en soledad no es útil
la madurez, la sabiduría o la riqueza, en soledad la vejez es
aterradora. El peligro de nuestra sociedad, es que día a día
hacemos más autónomo al individuo y facilitamos todas las formas
indirectas de relación. La tecnología nos ha permitido suprimir al
otro. Nuestra sociedad es una red de relaciones terciarias, cuyo
modelo es la burocracia y cuya función es el dinero.
El adulto mayor, eufemismo para disimular la realidad de la vejez
que es considerada como un estigma, pasa a ser un conjunto segregado
económicamente y socialmente, definido por la jubilación y la
supuesta improductividad. Es tratado como un estamento costoso e inútil,
de cuyos miembros se espera que hayan tenido la prudencia de ahorrar
y no constituyan un gasto al sistema productivo o por lo menos que
este sea el mínimo. Es visto como uno de los peligros mayores de la
sociedad contemporánea por el aumento desmedido en la pirámide de
edad, disimulando u olvidando que estos ahorros constituyen una
fuente de capitalización muy interesante de administrar.
Debo ser muy viejo. Alcancé a conocer un mundo en donde los
ancianos eran queridos y respetados, donde estos estaban orgullosos
de un pasado que justificaba su decadencia. Veíamos en ellos un
modelo de vida y el fin que nos esperaba, temíamos su muerte porque
nos dejaban solos frente a nuestro destino. Conocíamos a nuestros
vecinos, había niños, mujeres, hombres pobres y ricos, ignorantes
y sabios, todos revueltos. Aún no nos habíamos entregado a la
clasificación impuesta para el consumo masivo.
No tiene sentido, desde mi punto de vista personal, hablar de
mujeres, de niños, de jóvenes o de ancianos. El problema reside en
el conjunto social y en la tendencia a atomizarlo. La admirable
tecnología moderna permite que el individuo pueda interactuar, sin
necesidad de establecer vínculos. El monetarismo imperante, permite
reducir los intercambios de personas, de bienes, de servicios a
operaciones económicas, expresadas en dinero y sin las
consecuencias afectivas que implicaban en las sociedades
tradicionales. El precio que pagamos es la pobreza de nuestras
relaciones.
Hemos perdido el simbolismo de los intercambios; el regalo ya no
significa compromiso, el pan compartido ya no es amistad, el
matrimonio alianza de linajes y la amistad, cuando existe, no es
solidaridad sin fin. Somos fichas estadísticas, individualidades
numeradas, sin vínculos, pero con ingresos, egresos, créditos. No
importan oficios ni habilidades interesando sólo nuestra
rentabilidad.
Es de este cuadro descarnado del que debemos escapar. No culpemos
a la tecnología ni al dinero, pero si a nuestro miedo de vivir.
Tememos al vecino, a los jóvenes, a los niños y por sobre todo,
tememos la vejez y la muerte. Buscamos desesperadamente la
seguridad. No queremos aceptar que en una sociedad multitudinaria
suceden todo tipo de experiencias y que vivir ha sido siempre un
riesgo, que nuestra técnica no nos protege de la enfermedad ni del
curso de los años y que la muerte está implícita en la vida.
Nuestros esfuerzos deben estar dirigidos a reintegrar a las
personas a su natural sociedad. Los ancianos deben volver al seno de
la familia o a la compañía de los adultos, de los jóvenes y de
los niños. Es en la diversidad de los contactos, en la relación
entre generaciones que se forjan las individualidades, se prolongan
los tradiciones, se construyen las identidades, reinterpretando y
enriqueciendo la realidad presente.
El centro del conflicto del envejecimiento y la soledad de la 'tercera
edad' no es el número creciente de ancianos o lo insuficiente
de los servicios asistenciales, que siempre serán escasos, sino la
orientación de los individuos hacia la vida. Al negarse a aceptar
la realidad de la sociedad humana, el niño se convierte en amenaza,
el joven en peligro, el viejo en el espejo del futuro, y los
difuntos en fantasmas olvidados del término de la vida.
El ciclo vital es concebido de manera lineal y utilitaria, que
podemos resumir en tres grandes períodos: aprendizaje, reproducción
y trabajo, jubilación y muerte. Esta fragmentación del continuo de
la vida es artificial y niega la riqueza de la existencia, su
utilidad es descriptiva y no tiene relación con la vida misma.
La gama de cambios en la sociedad moderna es inmensa; la técnica
ha borrado las diferencias entre los sexos y las edades. Las
comunicaciones acaban con los imperativos del lugar y las
limitaciones del horario laboral. Las fronteras enemigas y las
divergencias religiosas e ideológicas se van desdibujando. Los
nuevos vecindarios o conjuntos comunitarios, son más heterogéneos.
Va ganando la diversidad sobre la homogeneidad.
Es la aceptación de la variabilidad individual, en su lucha
contra el temor al extraño, a lo diferente, a lo culturalmente foráneo,
la gran alternativa que se nos ofrece como humanidad. Es el
ancestral camino señalado por las grandes religiones, los
humanistas, los filósofos y últimamente por los biólogos y los etólogos,
que nos consideran como miembros de una sola especie infinitamente
diversa.
Si debemos perder el temor al extraño, como condición para un
mejor futuro, es absurdo que continuemos segmentando nuestra
sociedad en base al temor: hombres, mujeres, niños, ancianos,
obreros, gerentes, gamberros, y jóvenes, etc. como si fueran clases
sociales o grupos autónomos simultáneamente a la masificación de
las comunicaciones y a la disolución de los límites grupales.
Cierto es que hay violencia intrafamiliar, abuso sexual, explotación
del trabajador, niños terribles, jóvenes peligrosos, asesinos y
ladrones. Pero es mucho más peligroso el miedo y el aislamiento.
Tengo la seguridad que los lectores conocen buenas personas,
ancianos bondadosos e hijos generosos en mayor número que los
criminales que surgen en las películas y en las noticias de la
prensa. Revitalicemos los sistemas de parentesco, fortifiquemos la
familia, no como institución moralizante y represiva, sino como
refugio de los afectos defendidos por las fidelidades olvidadas,
dejemos las criticas al lado y reemplacémoslas por las
solidaridades. Ampliemos el círculo de nuestras amistades,
recreemos las hermandades de sangre, cultivemos las asociaciones.
Los antiguos sabían que la fidelidad se expresaba en el apoyo
incondicional; era una obligación de sangre. Los ancianos, el más
viejo en el linaje, estaba destinado a ser el más entrañable de
los antepasados, se rendía culto en vida por su proximidad al fin.
A su muerte, la comida fúnebre era el culto a la vida. Se lloraba
al muerto y se festejaba al niño. Hombres y mujeres eran sacerdotes
de sus padres.
Los estudios antropológicos están llenos de ejemplos y de
modelos de conductas sociales. En todos, la cultura ordena la
continuidad de las generaciones. La experiencia y la historia de la
familia, las vicisitudes del pequeño grupo son las bases de las
identidades de los jóvenes. La construcción de la individualidad
juvenil se hace posible ante el contraste con los mayores. El pasado
es el futuro.
Uno de nuestros grandes maestros Marcel Mauss, nos hablaba de la 'institución
total' que era expresada en el 'regalo', la obligación
de recibirlo, simbolizando el compromiso que exigía ser
correspondido. Con este esquema nos explicaba el origen y el
significado del intercambio de bienes. No es de extrañar que las
relaciones internacionales dependan del comercio. Las mercancías
deben ir y volver en equivalentes. Y más aún, el comercio obliga a
las partes a un conocimiento mutuo, a acuerdos que muchas veces
conllevan la paz no sólo entre grupos, sino también entre
naciones. En el mundillo familiar los regalos son la materialización
de los afectos, la expresión de los compromisos que siguen la ley
fundamental de todo lo social: se debe dar para poder recibir.
Ningún grupo humano puede vivir en el aislamiento. Por esta razón,
la endogamia es inconveniente, ya que tiende a la disminución del número
de individuos y sus posibilidades reproductivas. Los individuos
deben buscar su pareja fuera del grupo. La universal prohibición
del incesto, más que a causas biológicas o morales, se debe al
riesgo de que el grupo se agote por falta de hombres o de mujeres fértiles.
El objeto del parentesco es obligar a la 'alianza' con los
otros, como garantía de prolongación posible.
Los más primitivos de nuestra especie, basaron su vida en la
colaboración. Una mujer embarazada, es probablemente una mala
cazadora, sin la colaboración de un hombre la criatura por nacer no
era viable. Compartir es posibilitar la vida. Emile Durkheim, nos
enseñó que es la división del trabajo; la colaboración
indispensable entre diversas actividades, es el soporte de la
estructura social. Sólo la diversidad de sexo, edad y habilidad
hacen posible nuestra vida.
Uno de los pasos más trascendentales que dio la humanidad fue la
creación de la Urbe, reuniendo en un mismo lugar familias y tribus
diversas. Estas inmensas concentraciones de población aparecen hace
unos cinco mil años. En los restos de las primeras siempre se ha
encontrado un lugar específico de refugio para los extranjeros, ya
que las ciudades no pueden vivir sin el comercio de productos exóticos.
Este fue el primer paso que el hombre dio para romper la endogamia y
la etnicidad del pequeño grupo, disminuyendo el temor ante el extraño
y facilitando su proximidad. La ciudad no puede vivir sin otras
ciudades, pero el pequeño grupo tampoco puede sobrevivir en el
aislamiento.
Tal vez algún día recuperemos el lugar social que nos
corresponde en el corazón de la juventud, restituyendo el orden
natural que implica el vivir en conjuntos que no marginen por
criterios de edad, de sexo, de oficio, de origen o de cualquier
otro, nosotros los viejos de ahora y los por venir. Testigos de
injustas exclusiones en el transcurso de nuestras vidas.
Si por una parte es necesario abrirse a la comunicación y a la
sociedad formada por los desconocidos que nos rodean, por otra, la
persona de edad debe negarse a abandonar su espacio laboral y
social. La jubilación es una trampa, que nos quita la mitad de
nuestros ingresos y nos niega un lugar en la sociedad del trabajo,
se pierde la respetabilidad cuando esta está asociada a la
rentabilidad, se pierde a los compañeros del trabajo y la
posibilidad de reconstruir una nueva red de relaciones. La pérdida
del prestigio cierra la posibilidad de comunicar e influir, abriendo
el camino al aislamiento.
Esto es así para las personas que se encuentran fuera del círculo
de los símbolos de prestigio expresadas en el consumo. Estemos
conscientes de estos fenómenos y neguémonos a sufrir sus
consecuencias. Siempre se puede reiniciar una nueva vida, en la
etapa que sea, como jóvenes, como adultos o como ancianos. Lo más
probable es que perdamos nuestro trabajo al llegar a determinada
edad, o que algún cambio en la economía nos deje en la cuneta.
Estamos obligados a inventar un nuevo oficio o sacar a relucir una
habilidad olvidada, comenzar otra aventura vital. VOLVER A LA
ESCUELA, creando esa escuela, inexistente a nuestra propia medida,
diferente a la anterior, con intereses apropiados a cada cual,
centrada en la diversidad de ámbitos que se desarrollan en el curso
de la vida, creando las esperanzas perdidas y recuperadas en el
esfuerzo de volver a empezar.
La gran lucha de la humanidad es la de recuperar la alegría de
vivir como jóvenes o viejos. No es problema de la tercera edad, es
el problema de nuestra especie. Cuarenta mil años, es demasiado
poco para sentirnos ancianos tristes. Los hombres en su evolución
hacia la espiritualidad, saben que esta se encuentra en la
felicidad.
Bibliografía
Comfort, Alex. La Edad Dorada Ediciones Grijalbo S.
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Lehr, Ursula. Psicología de la Senectud Editorial
Herder, Barcelona 1980
Romieux, Michel. "La Antropología y la Gerontología
Social" Revista Chilena de Antropología N 7, 1988, (págs.
49-59), Fac. de Ciencias Sociales. Universidad de Chile. Santiago.
Washburn, S. L. y Devore, Irven. "La vida social de
los Babuinos" en Biología y Cultura (págs. 137-145),
Ediciones Herman Blume, Barcelona 1975.
(*) Michel
Romieux Olarte
Licenciado
en Antropología. Profesor Titular Facultad de Ciencias Sociales,
Universidad de Chile
Fuente: Ciencias
Sociales. Universidad de Chile
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