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I. Introducción
Estamos viviendo de lleno en la era de las
libertades. La conciencia general de la dignidad humana y de sus
derechos inalienables ha alcanzado cotas de indudable progreso. A
esto ha contribuido el progreso técnico y científico, que lleva a
pensar a algunos que el hombre puede llegar a dominarlo todo, también
la vida y la muerte.
Es cierto que el bienestar y la mejor calidad de
vida son fines propios del obrar del hombre, pero no son los únicos
ni los primeros. La dignidad del hombre establece unos límites éticos,
algunos de los cuales están proclamados en la Carta Magna,
cuyo 50 aniversario hemos celebrado recientemente. Es una
experiencia común que no se debe hacer todo lo que se puede hacer,
y esto no es represión, sino dignidad personal y respeto a la
dignidad de los demás.
A lo largo de las ultimas décadas
–especialmente a partir de los 60, con la revolución sexual– la
preocupación por los problemas sexuales ha ido creciendo. Multitud
de programas, que pretenden ser preventivos, han ido proliferando,
sin que sus resultados hayan llegado a ser tenidos por
satisfactorios.1 En países muy diversos, no es
infrecuente que muchos padres estén descontentos de la educación
sexual que se imparte en las escuelas. A menudo los programas
oficiales se limitan a explicaciones fisiológicas, sin atender a la
formación completa de la persona, cuando no fomentan actitudes
irresponsables entre la juventud.
Los medios de comunicación presentan "como
algo natural, como ideal, como deseable,
infinidad de aberraciones que ocasionan indudablemente verdaderos
destrozos en la intimidad y en la conciencia de todos, y que atacan
directa e indirectamente su dignidad como personas al convertir lo
vulgar en normal, lo malo en bueno, lo feo en bello, lo ridículo en
sublime, lo superficial en profundo". 2
Lo que hemos podido comprobar en estos años es
que una sexualidad libre ha llevado a una sexualidad peligrosa.
Y su solución no puede ser una sexualidad "segura"
(haz lo que te apetezca intentando no cargar con las consecuencias),
sino una sexualidad verdaderamente responsable, acorde con la
realidad íntima del hombre y la mujer.
La cultura postmoderna en la que estamos
instalados se manifiesta en una serie de características que
enmarcan la concepción de la sexualidad que está presente en las
manifestaciones culturales que rodean el ambiente educativo de
nuestros hijos. Podríamos sintetizar las claves de esta situación
cultural en unos cuantos eslóganes:
Todo es relativo
El concepto de legitimidad, e incluso el concepto
de bien y de mal, son muy relativos para bastante gente, de modo que
–ante la dificultad de discernir qué actitudes y valores merecen
ser admitidos como mejores– se afirma que todo es válido siempre
que lo sea para alguien, o quede restringido al ámbito de su
intimidad, y ese alguien no moleste, pues se ha fijado como criterio
de tolerancia no emitir juicio alguno –al menos en presencia del
interesado– sobre lo que cada cual admite como válido o no.
¿Es lícito –acorde a la dignidad humana–
usar los preservativos? ¿Es adecuado reprimir los impulsos sexuales
de los adolescentes? ¿La homosexualidad es una forma más de
expresar la propia sexualidad? Ante estas y otras cuestiones se
responde con demasiada frecuencia que todo depende de lo que le
parezca a cada uno, que es una formulación casera del gran
principio del relativismo: nadie tiene derecho a imponer a los demás
su propio concepto de moral.
Este primer postulado relativista parece una
apasionada y loable invocación a la libertad individual, pero si se
analiza con un poco de calma, es fácil descubrir que esconde serias
contradicciones. De entrada, el relativismo deja momentáneamente de
ser relativo para imponernos a todos su postulado
indiscutible (que nadie puede imponer nada a nadie). El relativismo
no manifiesta dudas en sus convicciones sobre cómo debe ser la
sociedad, sino que se mantiene muy firme en su propósito de imponer
a todos su concepción sobre ella. Nunca explican por qué si dicen
que todos los valores son relativos, los suyos propios deben
obligarnos a todos.
En medio del gran relativismo ambiental, compensa
que nos esforcemos por dar a nuestros hijos las convicciones que
sustentan el respeto a la dignidad de la persona. Toda sociedad
necesita de valores firmes, de convencimientos no hipotéticos. Esta
necesidad resultaba evidente para los fundadores del estado de
derecho: la abolición de la tortura y la esclavitud no fue el
resultado de una hipótesis, ni los derechos humanos fueron
una propuesta, sino una proclamación. La aparente
terquedad con que se alzan determinados valores humanos
innegociables responde a una profunda sabiduría.
Lo mejor es lo último, ...
o lo que hacen todos (en la TV)
El progreso técnico ha facilitado la difusión
de la creencia de que lo último siempre es mejor que lo anterior, y
que todo cambia y evoluciona. Los medios de comunicación se
encargan de universalizar lo último, lo raro, lo curioso. Marcan la
pauta de lo que debe creerse o no, según tal o cual actor de moda, top
model, y demás protagonistas del mundo del espectáculo, en
general, con las excepciones necesarias.
El no quedar anticuado, out, es otro de
los pilares de la nueva moral televisiva: se puede ser de todo,
menos raro. Ser como todos es el medio para buscar la
aceptación social o para superar la inseguridad.
También en lo concerniente a la moral y dignidad
humana lo que aparece en los medios es lo que marca la pauta
dominante para estar a la última. Si no se siguen esas conductas no
puedes parecerte a ellos y por otra parte si ellos lo hacen y parece
que les va tan bien ¿por qué nosotros, o nuestros hijos, vamos a
ser menos? ¿Por qué vamos a ser menos modernos y atrevidos?
Las consecuencias de estas ideas en el ambiente
"cultural" del amor suscitan preguntas como estas: ¿No
sucederá, como en tantas otras cosas, que ahora ya no es como se
creía antes? ¿El matrimonio es una forma más de vivir en pareja?
¿Por qué los homosexuales no deben adoptar niños? ¿Es el SIDA un
castigo? ¿Se debe legalizar la prostitución?
La pseudotolerancia: ni me
importa ni me importas
La tolerancia, entendida como respeto y
consideración hacia la diferencia, como una disposición a
admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la
propia, como compresión y flexibilidad, o como una actitud
de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un
valor de enorme importancia. Estimular en este sentido la tolerancia
puede contribuir a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas
violencias. Pero no es éste el uso común que se está dando a este
término.
¿Qué actitud tomar ante la noticia de que
fulanito/a de tal o cual se ha ido a vivir con menganito-a?
¿Dónde mirar cuando D. Zutano presenta a su compañera luciendo
las gracias que la naturaleza le ha dado? ¿Acudo o no al tercer
matrimonio de juzgado de este/a compañero/a de trabajo? ¿No es
cierto que hay que ser tolerante y comprensivo con todos?
Comprensivo hay que ser siempre, pero la
comprensión no lo arregla todo. No hay que olvidar, además, que la
moral no está pensada sólo para los buenos tiempos, sino que, de
hecho, cuando mas falta hace es en los malos. Los malos tiempos no
justifican las malas acciones ni la mala vida. Hay que ser
comprensivo, por tanto, pero sin olvidar que la buena convivencia
social –y por tanto, la tolerancia– implica una seria
exigencia moral personal.
II. Persona, educación, sexualidad: la educación
sexual
En la educación nunca podemos perder de vista la
unidad integral y total de la persona. La persona es una y las
divisiones que presentamos –cuerpo y alma; conjunto biológico,
afectivo e intelectual; inteligencia y voluntad, ...– no son más
que diferentes aspectos desde los que podemos acercarnos a lo único
real, que es el conjunto armónico –la persona– para
afrontar el estudio de una realidad tan compleja. Constatamos
a diario esta realidad: un dolor de muelas es suficiente para no
entender con claridad lo que se está diciendo en una reunión, o
para quitarnos los deseos de escuchar nuestra música preferida.
Cuando uno está bajo los efectos de un intenso dolor de muelas no
está para nadie, excepto para el odontólogo, y lo antes posible.
De igual forma, cuando nos enfadamos y la pasión
nos domina, no estamos precisamente en las mejores condiciones para
tomar decisiones importantes. Tampoco para educar a nuestros hijos.
Nuestra vida afectiva influye en nuestros juicios: basta ver los
comportamientos de personas normales en los estadios de fútbol.
También podemos considerar el efecto contrario: en más de una
ocasión nosotros mismos habremos comprobado cómo la necesidad de
terminar un trabajo o de hacer reír a uno de nuestros hijos que
celebra su cumpleaños, nos hace olvidar el cansancio y las
contrariedades del día.
La unidad de la persona se ha de tener
presente al hablar de la educación para el amor de nuestros hijos,
ya que es la persona quien ama, con su unidad y totalidad. Se ama
con el cuerpo, con los afectos, con la inteligencia, con la voluntad
y con la conducta diaria. Y todas esas dimensiones personales han de
ser tenidas en cuenta.
"Una sólida formación no tiene por qué
limitarse a la sola información, nutriendo la inteligencia, sino
que se debe prestar especial atención a la educación de la
voluntad, de los sentimientos, de las emociones y pasiones, así
como también abarcar la educación del corazón.3 En
efecto, para tender a la madurez en la en la vida afectivo-sexual,
es necesario el dominio de sí, el cual presupone virtudes tales
como el pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno, la humildad,
la apertura al prójimo; es decir, tanto la actuación de la
voluntad como la del corazón".
En la actualidad no son pocos los que viven y
explican el amor como si la persona fuera sólo cuerpo. Desde ese
presupuesto, la educación para el amor se reduce al conocimiento
del funcionamiento del cuerpo y las reacciones que en él se
producen ante los diferentes estímulos a los que se le puede
someter. En el mundo editorial algunas revistas se dedican con
incansable afán, semana tras semana, a ilustrar esta reducción
flagrante del amor: sexo, caricias, orgasmos,... cierran el universo
de sus vidas, a pesar de que la mayor creatividad en las variaciones
sobre el mismo tema no consigan eliminar de sus vidas la tristeza y
la permanente insatisfacción –salpicada de placer–.
Tampoco escasean los que, superando la expresión
corporal del amor –a veces ocultándola–, se instalan románticamente
en el sentimiento y desde allí juzgan todos los acontecimientos de
las personas. Son los que pretenden hacernos llorar con sus
historias llenas de pena y desengaños, o arrebatarnos con sus
explosiones de afecto, o hacernos creer que son seres incorpóreos.
Entender y conocer la compleja realidad humana,
sin caer en reduccionismos que rebajan su grandeza, no basta. Qué fácil
resultaría todo si al saber lo que tengo que hacer pudiera –como
por arte de magia– tener la fuerza suficiente para vivir de ese
modo. Saber la verdad no es garantía de vivirla. Por eso, la
educación sexual debe atender al fortalecimiento de la voluntad,
para que nuestros hijos puedan crecer en libertad. Pensemos por
ejemplo en el valor del autodominio: el que no es dueño de sí
mismo, difícilmente va ser capaz de entregarse a otro. Y en eso
consiste básicamente el amor.
No debemos olvidar que la formación
afectivo-sexual o educación para el amor, encuentra su verdadero
sentido cuando se ofrece personalmente, pues sólo con este proceder
se tendrá en cuenta el desarrollo psico-físico de cada uno, su
madurez afectiva, intelectual, corporal y moral. Además, la educación
sexual personalizada permitirá la gradualidad y la adecuación a
las necesidades de cada uno. En efecto, la sensibilidad, la madurez
orgánica, afectiva, intelectual, se va configurando con un ritmo
diferente en cada uno de los hijos y hace necesario atender a cada
cual según su particular modo de ser y sus necesidades: a los que
son diferentes no se les puede educar igual.
A estas alturas, podemos definir la Educación
Sexual como el conocimiento adecuado de la naturaleza e
importancia de la sexualidad en la vida humana y el desarrollo armónico
de la persona hacia su madurez , con vistas a la plenitud de la vida
social, ética, moral y espiritual. Esta misma definición
refleja el objetivo propio de esta dimensión de la educación
completa de la persona.
La sexualidad es vivida de modo propiamente
humano cuando, además de conocida y asumida, se integra en un proyecto
global de vida, digno de una persona humana. Por los estrechos vínculos
que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores
morales, este aspecto de la educación debe llevar a los hijos y
alumnos a conocer y estimar las normas morales, como garantía
necesaria para un crecimiento personal armónico y responsable en la
sexualidad humana.
Así entendida, la educación sexual tiende a
crear una conciencia recta de los fenómenos sexuales, que han de
vincularse a la madurez de la vida humana, a la idea del amor
verdadero, a la idea de la familia, a la idea de la procreación,
todo ello dentro del plan ordenado por el fin último y trascendente
del hombre, con una orientación positiva. "Una mala información
de la sexualidad ataca directamente otros valores como son el
matrimonio y la familia, desvirtuándolos. El matrimonio y la
familia son dos realidades que todos deberíamos conocer a fondo y
no de manera tan superficial como algunos pretenden. Son, el uno y
la otra, realidades, respuestas; no son preguntas".4
Hace no todavía muchos años, la educación
sexual tanto en la familia como en el centro educativo, era
considerada como tema tabú; ahora, en muchos casos, dicha educación
ha caído en el extremo contrario —e igualmente errado—: se ha
visto masificada, desligada de la educación integral, reducida a
una simple instrucción y desvinculado de la formación ético-moral.
Podríamos afirmar que de la sexofobia se ha pasado a la sexocracia.
Todos somos conscientes de que una educación sexual descarnada,
desposeída de valores humanos, puede provocar —al menos— los
mismos desórdenes psicológicos que la carencia o el falseamiento
prolongado de dicha educación.
III. Una responsabilidad de los padres
Como la educación sexual es una aspecto de la
orientación ética de la persona, de su educación moral, la
responsabilidad principal corresponde a los padres: la familia
es el lugar propio para la educación sexual de los hijos. Esto
supone que han de prepararse, si no lo están, para poder orientar a
sus hijos. El centro escolar tiene una tarea subsidiaria: alienta,
ayuda y coopera con los padres, situándose en el mismo espíritu
que les anima.
"Las necesidades básicas del hombre,
seguridad, dignidad y comunicación, empiezan a ser satisfechas en
la familia. Y debo decir que no pienso en una familia idílica, en
la cual no se ponga de manifiesto más que la comprensión, el cariño,
la cooperación y la ayuda. Pienso en la familia real, donde se dan
todas estas manifestaciones que acaban de ser mencionadas pero donde
también hay rivalidades, conflictos, riñas. Más todas estas
manifestaciones –tanto las positivas como las negativas– se
desarrollan en un ambiente predominantemente cooperativo, en el que
el ser humano va adquiriendo los elementos básicos para formarse su
propio criterio frente a la vida y va desarrollando igualmente los hábitos
fundamentales de su voluntad para obrar de acuerdo con sus
decisiones. En definitiva, va aprendiendo a vivir." 5Y
una parte importante de esta preparación es una educación que enseñe
a vivir el sexo en toda su dignidad, como base de una preparación
para la vida familiar.
La amistad —sustentada por el cariño
manifestado con las obras, el respeto confiado y el trato justo y
sincero— entre padres e hijos, el ambiente de amable
cordialidad que se vive en el hogar, la unidad familiar,
las virtudes que los hijos advierten en sus padres, los consejos y
conversaciones oportunas, etc., son aspectos de fundamental
importancia para que los hijos interioricen la educación sexual en
el seno familiar. Este clima de diálogo confiado favorecerá
que los hijos acudan a sus padres en busca de explicaciones o
aclaraciones, cuando se les presenten dudas o inquietudes sobre este
tema, o sobre cualquier otro tema importante para sus vidas. No es
un camino acertado, en este ni en ningún aspecto de la educación
de los hijos, la imposición autoritaria y violenta, contraria a su
dignidad personal.
La constante y amable invitación del ejemplo
–se aprende a querer también viendo querer– y el tiempo
compartido con ellos interesándose sinceramente por sus
inquietudes son caminos muy adecuados. De este modo, los padres
tendrán la oportunidad de formar correctamente a los hijos en la
dimensión sexual de sus vidas y se pondrán medios eficaces para
prevenir el riesgo de que adquieran una visión errónea o
incompleta de la sexualidad, producto por lo general de la información
sesgada que pueden recibir a través de su entorno.
Los padres, además de informar a los hijos sobre
estos temas, han de promover la adquisición de virtudes que
les permitan no sólo conocer con exactitud y argumentos
—procurando que se formen un criterio propio— lo
referente la sexualidad humana, sino también vivir y actuar con
arreglo a su dignidad personal. La mejor educación sexual es la
que dan los padres formando la conciencia de los hijos, para que se
respeten a sí mismos, respeten a los demás y se hagan respetar por
ellos, para que se esfuercen con alegría por ideales nobles.
El centro educativo puede y debe colaborar
con los padres en esta tarea a través de los medios pedagógicos
que tiene a su disposición: desarrollar de modo positivo, delicado
y oportuno, a través de la enseñanza escolar, los temas relativos
a la sexualidad; proporcionar ocasiones en la vida del centro que
promuevan el desarrollo de hábitos y actitudes que complementen la
maduración afectiva de cada alumno y alumna; y asesorar a los
padres de los alumnos en lo que necesiten —argumentos, modos de
decir, orientaciones, etc.— para que lleven a cabo una educación
sexual adecuada con cada uno de sus hijos e hijas.
Al exponer, ante el grupo de clase los temas
relativos a la sexualidad que se incluyen en el plan de estudios
escolar, los profesores han de ser especialmente prudentes. No se
trata de huir o esquivar el tema —no se debe—, sino de tener en
cuenta la situación concreta del grupo al que se atiende, sin
perder de vista que supondría un grave error sustituir la educación
para el amor personalizada por una educación sexual reducida a
sesiones en grupo.
El Consejo Pontificio para la Familia,6
en su Declaración Sexualidad humana: verdad y significado
(8.XII.1995), propone cuatro principios generales en los que debe
apoyarse la educación sexual:
1. Todo niño es una persona única e
irrepetible y debe recibir, por tanto, una formación
individualizada. Puesto que los padres comprenden, conocen y
aman a cada uno de sus hijos en su irrepetibilidad, cuentan con
la mejor posición para decidir el momento oportuno de dar las
distintas informaciones, según el crecimiento físico y
espiritual de cada hijo.
2. La dimensión moral debe formar parte
siempre de las explicaciones.
3. La educación en la castidad y las
oportunas informaciones sobre la sexualidad deben ser ofrecidas
en el más amplio contexto de la educación del amor.
4. Los padres deben dar la información
sexual con extrema delicadeza, pero de forma clara y en el
tiempo oportuno. Para valorar lo que se debe decir a cada uno es
muy importante que los padres pidan, ante todo, luces al Señor
en la oración y hablen entre sí, para que sus palabras no sean
demasiado explícitas ni demasiado vagas.
IV. Algunos principios educativos
A la hora de enseñar a amar hemos de tener en
cuenta unos principios generales y otros particulares. Los primeros
son comunes a otros muchos aspectos de la educación, pero tienen
una incidencia grande en el tema que nos ocupa, porque querámoslo o
no siempre estamos influyendo en la educación de nuestros hijos,
con acciones directas o con otras que nos pasan inadvertidas.
a. Gradualidad
La naturaleza lo impone desde el nacimiento: la
alimentación, el sueño, el crecimiento, el peso, las primeras
palabras, los movimientos... todo se va adquiriendo gradualmente.
Desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Por más que nos empeñemos,
algunos conocimientos no los podemos enseñar sin que antes se hayan
aprendido otros. Algunos hábitos se tornan imposibles sin la
preparación previa. Este fenómeno no es exclusivo de la educación:
en la construcción, en la empresa, en cualquier organización y
tarea humanas, es necesario seguir una secuencia y esperar a que la
flor preceda al fruto y éste madure, para ser cogido en sazón.
La educación sexual, como todo en educación, ha
de ser gradual, es decir, adaptada a la madurez física y psicológica
del niño o joven, a su edad, capacidad de asimilación, sexo y
ambiente en que se desenvuelve.
b. Veracidad
Es fundamental que la
información sexual se realice con veracidad, naturalidad, precisión
y delicadeza, sin reducirla a la exposición de los mecanismos biológicos,
de tal forma que al mismo tiempo que se orienten sus curiosidades y
tendencias, se les enseñe y ayude a asimilar la información
recibida y a orientar su comportamiento.
Es cierto que no es fácil. Bien porque no esperábamos
la pregunta, bien porque no se nos ocurre cómo responder
adecuadamente, bien porque nunca encontramos el momento oportuno, no
resulta fácil contestar a ciertas cuestiones que nos plantean los
hijos.
También es cierto que en alguna ocasión lo más
prudente será decir: Ahora no puedo explicártelo; búscame después
y hablaremos de esto. El problema consiste en que cuando, después,
nos busca hay que cumplir lo que se le ha dicho. Y si se les ha
olvidado, porque los niños intuyen como nadie que han tocado un
tema resbaladizo, hemos de ir en su búsqueda y mantener la
conversación prometida.
Decir la verdad obliga en ocasiones, casi
siempre, a leer algo más, a profundizar en los temas que nos
plantean, a preguntar a otros; si no queremos dar una torera larga
cambiada. No es de sentido común tener miedo a enfrentarse con una
realidad maravillosa, que Dios ha querido en la persona y la
compromete totalmente.
c. Planificar
Se trata de algo tan sencillo como de pensar
antes que hacer, para poder hacer bien. En la educación de nuestros
hijos, también. ¿Qué queremos para nuestros hijos? ¿cómo nos
gustaría que fuesen? ¿Qué valores queremos transmitirles? ¿Qué
significa hoy, este mes, que queremos que sea feliz? Con otras
palabras, cuáles son nuestros objetivos, los medios que ponemos
para conseguirlos, el tiempo que dedicamos a esa tarea, el modo en
que vamos a valorar los progresos, el momento en que nos vamos a
replantear si estamos en el camino adecuado, etc.
"Convendría señalar la acción preventiva
como punto muy importante de la educación de la sexualidad, para
evitar oportunamente las posibles desviaciones sexuales y favorecer
el desarrollo armónico de la personalidad, ya que casi siempre el
tratamiento para corregirlas exige enormes esfuerzos y, en muchos
casos, desgraciadamente, el daño ocasionado es irreparable".7
Para llevar las riendas de la educación de los
hijos, sin esperar a ver si me salen buenos, no se sabe muy
bien por qué, hemos de tener una planificación, aunque sea mínima.
d. Evaluar
Es el paso siguiente: si he planificado, de
cuando en cuando es bueno preguntarse ¿estoy consiguiendo lo que me
propuse? Es suficiente una conversación marido-mujer, serena,
pasando revista a cada hijo. También es muy interesante comentar
nuestras apreciaciones con su profesor, y escucharle.
Estas conversaciones sirven –además– para
ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales de la educación y
son ocasiones para introducir en la familia otros elementos
diferentes al trabajo, que sin darnos cuenta nos podría alejar de
la realidad que más queremos y más nos necesita: nuestra familia.
Algunos problemas de comunicación en el matrimonio se pueden evitar
con la sencilla fórmula de hablar con más asiduidad de lo que lo
hacemos habitualmente. Fruto de estas conversaciones, concretaremos
la necesidad estudiar algún tema con más profundidad, de preguntar
a quien tiene nuestra confianza, de comprar algún libro que nos
pueda ser útil, etc.
e. Sentido positivo, teniendo en cuenta las
circunstancias sociales de la actualidad.
Ser positivo no es ser ingenuo, o no querer
considerar la dificultad de las cosas. Ser positivo es estar
convencido de que nuestros hijos siempre tienen más de bueno que
defectos, es confiar en que son capaces de lo mejor. Es darse cuenta
de que lo que motiva e ilusiona es conseguir lo grande, no
encasquillarse en la renuncia, sin darse cuenta de qué se quiere
conseguir con la renuncia, es descubrir el bien y aprender a
saborearlo. Por eso, una adecuada educación para el amor estará
siempre más orientada hacia los valores y hacia el amor, que a
denunciar riesgos y peligros.
Ser positivo no es pensar que lo valioso se
consigue sin esfuerzo, sino saber que todo ese esfuerzo vale la
pena: se trata de que aprendan a amar, y amar es la actividad más
maravillosa y excelsa que podemos hacer los hombres. No debe extrañarnos,
pues, que nos exija esfuerzo.
V. Orientaciones prácticas
Los seis primeros años
Todo proceso educativo comienza en el momento
mismo de nacer, e incluso antes, al preparar ese momento: la
adquisición de los primeros hábitos de alimentación, sueño e
higiene, son claves para el desarrollo armónico del niño.
En este tiempo en el que va adquiriendo
progresivamente conciencia de sí mismo y sus diferencias con las
cosas que le rodean primero, y con los demás, después, surgen las
primeras cuestiones relacionadas con el amor y la sexualidad:
- diferencias entre niños y niñas;
- preguntas directas su propia anatomía, la barriga de mamá
embarazada, cómo se ha metido el bebé, etc.
En estos años se va configurando la identidad
masculina o femenina, y conviene tener en cuenta cómo se viste a él
o a ella, para que responda al estándar masculino o femenino.
Contribuye también a esa identidad la elección de juegos y
juguetes, si tienen en cuenta los cánones sociales imperantes.
Algunas desviaciones de la expresión de la sexualidad tienen su
origen en una confusión de roles en estas edades.
Como orientación general se ha de cuidar que la
higiene personal pueda realizarse autónomamente lo antes posible,
porque favorece el proceso madurativo, tanto en lo relativo al
control de esfínteres, como en el baño. De esta forma, sin
rarezas, se va preservando ese ámbito personal en el que se
desarrolla y fortalece la virtud del pudor que facilitará después
la entrega plena a la persona amada, en el momento oportuno.
En estas primeras edades se ha de iniciar el
control de "los caprichos". El caprichoso es un egoísta
que no sabe amar y no es capaz de superar la más pequeña de las
frustraciones, y por tanto no madura, no crece al ritmo de sus
posibilidades.
En una buena educación para el amor es
importante ir adquiriendo autodominio, porque sólo quien se posee a
sí mismo está en disposición de poderse entregar al otro,
haciendo feliz a quien ama. Señala la OMS que el grado de salud de
las personas se mide por el grado de autoposesión: la autoposesión
de cuerpo y mente por parte del sujeto es síntoma de salud,
mientras que la imposibilidad de autocontrolarse lo es de
enfermedad.
Es un error frecuente pensar que como es pequeño
no debe privarse de nada. Al contrario, el entrenamiento en esas
pequeñas cosas será la base para la adquisición de nuevos hábitos
y virtudes fundamentales para ser felices.
En resumen, la actitud que los padres deben
mantener con los hijos en esta edad debe ser la de contestar todas
las preguntas con naturalidad, sin extrañarse de nada, en una
conversación personal, aportando los datos necesarios, en un
contexto de amor querido por Dios.
De seis a doce años
Al ser esta una fase de tranquilidad evolutiva,
de mayor equilibrio psicológico, la curiosidad intelectual queda
satisfecha por la comprensión. Es el momento más adecuado para
preparar bien a los hijos y afrontar con las mejores garantías la
aventura de la adolescencia.
En esta etapa se forma la conciencia de sí mismo
diferenciada y se configura la personalidad típicamente masculina o
femenina. El niño adopta papeles de identificación con uno de los
padres, el de su propio sexo. Los intereses se van centrando más en
el mundo de sus compañeros que en el de los adultos.
Suelen interesarse por el papel del padre y de la
madre en la procreación —¿cómo entran en el vientre de la
madre?—. Es necesario contestar, con disponibilidad, las preguntas
de forma natural y normal, como a las demás preguntas que plantean
los niños, sin adoptar una actitud de disgusto. Con un lenguaje
correcto, sencillo, sin metáforas, de modo que pueda comprender la
explicación, en un clima de seguridad. Los padres silenciosos
en este aspecto de la educación, lo presentan ante sus hijos como
algo misterioso o vergonzoso.
Los contenidos de enseñanza/aprendizaje de
Educación Primaria incorporan los de información sexual,
especialmente en las áreas de Conocimiento del Medio Natural y
Social, y Religión. Conviene que estas enseñanzas sean conocidas
por los padres con antelación, para aprovechar la ocasión que les
brindan los programas escolares para incidir en este aspecto en las
conversaciones con sus hijos.
1 Entre los siete y los ocho años
A esta edad los niños pueden empezar a mentir y
a tener una conciencia clara de lo que es bueno, de lo que es malo y
de lo que es pecado.8 Se ha de realizar el esfuerzo didáctico
necesario para que el niño comprenda que Dios ha dado al hombre y a
la mujer el sexo para un uso noble y maravilloso del amor entre
marido y mujer, para poder tener hijos. Es un momento adecuado para
enseñar a los hijos a ser agradecidos con Dios por todas las cosas
maravillosas que nos ha dado.
Es bastante frecuente que en esta edad los hijos
pregunten cuál es el papel del padre en la procreación, ante lo
cual podemos utilizar estos u otros argumentos parecidos:
- Dios ha dado al hombre la capacidad de
producir dentro de su cuerpo una especie de semilla que el
hombre deposita dentro del cuerpo de la mujer para que ahí
empiece a formarse y a crecer un hijo. Cuando este hijo crece lo
suficiente dentro de la madre, entonces puede venir al mundo y
nacer.
- Para que los padres colaboren con Dios en
el nacimiento de los hijos, Él estableció que los cuerpos de
los padres se unan, para que en esa unión el padre pueda
depositar en la madre, la semilla que permitirá que un hijo
comience a crecer dentro del vientre de la madre y después de
nueve meses, con la ayuda del médico, ese hijo pueda nacer.
l Entre los ocho y los nueve años
A esta edad, suelen preguntar los hijos ¿Por dónde
o cómo pasa la semilla del padre al vientre de la madre? Conviene
contestar con toda naturalidad y con los nombres exactos de las
partes del cuerpo.
- Se puede usar un ejemplo para que sea didáctico:
así como una inyección introduce en el cuerpo un líquido, de
modo similar la semilla del padre, a través del pene se
introduce en el interior del cuerpo de la madre, por el mismo
orificio donde nacerá el futuro hijo, que se llama vagina . En
ese momento Dios pone el alma en el nuevo hijo y de esta manera
le da la vida.
Es importante recalcar a los hijos que esto sólo
se debe hacer cuando dos personas están casados y que si alguien lo
hace sin estar casado ofende gravemente a Dios.
Las niñas suelen preguntar "¿Por qué está
mal que una mamá sin esposo tenga un hijo?" Ante esto, con
mucha naturalidad, la madre puede argumentarle que no es lo
establecido por Dios que dos personas no se casen y tengan hijos sin
ser esposos y que lo normal es que el esposo ayude a la mamá a
cuidar, educar y mantener al hijo que nació.
l Entre los nueve y los diez años
Con frecuencia algún amigo o compañero en la
escuela ya ha comentado a los hijos algunas ideas negativas sobre el
sexo: chistes, algún anuncio o película, de lo que es la
masturbación, etc.
Por otro lado, por lo general a esta edad no
saben hacer una distinción clara entre los conceptos de pureza,
castidad, virginidad, pudor, etc.; pero sí son capaces de
comprender cuáles son los actos impuros y la razón porque dichos
actos son moralmente malos.
Es ahora el mejor momento para hablarles a los
hijos, en forma siempre positiva, del valor sublime de la limpieza
de corazón, de la castidad y de la virginidad. Algunos argumentos
que podrán ayudar se sugieren a continuación, sabiendo que estos
deben ser abordados en el momento más oportuno cuando ellos hagan
alguna pregunta o provocando el tema en alguna conversación
personal, si es necesario:
- Resaltar el hecho que las personas castas
adquieren muchas virtudes valiosas: lealtad, honradez,
sinceridad consigo mismo y con los demás, etc.
- Aprovechar el argumento de lo admirable que
es que una persona, por amor a Dios, renuncie al uso del sexo y
viva el celibato: como laico, en el sacerdocio o vida religiosa.
Los niños se olvidan a veces de las respuestas
que se dieron a sus preguntas. Por eso cuando las vuelven a hacer
conviene recordarles lo que se les dijo antes y, luego, ampliarlo
con la nueva respuesta.
l En la pubertad
Al final de Primaria, en la preadolescencia,
interesa informarles —adelantándose— de los cambios que van a
sufrir y, de este modo, preparar la pubertad: ganar en amistad y en
trato confiado con los hijos, fortalecer su voluntad, afianzar su fe
religiosa.
Es un buen momento para mantener conversaciones
sobre temas actuales que presentan los medios de comunicación
(aborto, relaciones prematrimoniales, etc.), extremando el sentido
positivo.
Todos los expertos recomiendan dar esta información
antes de que ocurran estos cambios. Porque de un lado se evitará
que los hijos se sorprendan o se asusten de lo que les pasa y, por
otro, al no estar despierto todavía el instinto sexual no les
producirá ninguna turbación, ni influirá en un desorden de las
pasiones.
Si de pequeños es indiferente que la información
la dé el padre o la madre, ahora es conveniente que el padre hable
con los hijos y la madre con las hijas. A veces puede ocurrir que ni
uno ni otra encuentre el momento oportuno para ello. Quizá
preocupados por lo que tienen que decir, van dando largas al asunto
y, cuando se deciden a hacerlo, los hijos ya lo saben todo y puede
que lo hayan aprendido de unas fuentes poco idóneas. Para evitar
esta situación algunos padres fijan una fecha: cuando la hija
cumpla once años, cuando el hijo cumpla los doce. Y ese día se
hace, pase lo que pase.
¿Por qué ese año de diferencia en la información?
Porque el despertar de la sexualidad es distinto en el hombre que en
la mujer. Suele ocurrir en las hijas a los doce años, y a los
catorce, más o menos, en los hijos.
La pubertad es un período de grandes
alteraciones psicosomáticas. Además de la capacidad de procrear,
de completarse los caracteres sexuales secundarios, etc., ocurren
profundos cambios interiores: cambios de humor que van desde la
euforia a la depresión, deseo de estar solos y de no hablar con
nadie, una emotividad –irritaciones y lágrimas– a flor de piel,
manifestada principalmente en la casa.
La pubertad es el paso de niño a adulto, el paso
a ser hombre y a ser mujer. Los cambios en el cuerpo del muchacho
son: crecimiento (el clásico estirón), aumento del apetito,
aparición del vello en cara, axilas, pubis; cambio de voz. Y, sobre
todo, el desarrollo y primera actividad de los órganos genitales.
EI muchacho experimenta la primera eyaculación, generalmente
durante el sueño, de forma natural, con una sensación de placer.
Debe saber el muchacho que eso le va a ocurrir y
que es normal que así suceda. Que eso se repetirá de vez en
cuando. Se manchan la ropa y las sábanas. Pero los padres lo saben
y no tiene nada de particular; se cambia la ropa y ya está.
También las muchachas experimentan
transformaciones corporales importantes. Toda su naturaleza se
prepara para ser un día madres. Se redondean las formas, se
ensanchan las caderas y se desarrollan los senos. El vello también
aparece en las axilas y pubis. Con todo ello, el principal
acontecimiento es la primera menstruación o aparición de regla.
Conviene que la hija esté advertida y preparada para este hecho.
Porque si no, en algunos casos, puede producirse un choque psíquico
que dificulte la madurez afectiva normal de esa persona.
Un día sentirá malestar y algunos dolores en la
región genital, se dará cuenta de que ha sangrado por la vagina y
que ha manchado sus prendas interiores. Deberá saber que eso es
normal, que no está enferma, simplemente que ha llegado a la
madurez sexual, que empieza a ser mujer y que su naturaleza se
prepara para que un día, si Dios quiere, pueda ser madre. Sabrá
también que, desde ese momento, cada mes se repetirá el mismo fenómeno.
Su madre le dirá también las reglas de higiene que debe cuidar.
Coincidiendo con la menstruación se suele experimentar un cansancio
físico, a veces dolores y también una inquietud, melancolía e
irritabilidad exacerbada.
Los muchachos y muchachas descubren el otro sexo
y la mutua atracción. Deben saber que es normal, pero deben también
saber encauzar esos impulsos y tendencias.
La educación de la afectividad, ya iniciada
anteriormente, cobra aquí un carácter importante, porque de una
buena educación afectiva depende la perfecta adaptación social de
los adolescentes.
Los padres que, en etapas anteriores, han sabido
conversar con sus hijos de todos los temas que surgían a lo largo
de los días, podrán, sin dificultad, continuar esos diálogos en
torno a los nuevos intereses de sus hijos. Una advertencia: se debe
tomar en serio todo lo que dicen y con seriedad (no reñida con la
cordialidad), examinar los pros y los contras de lo que plantean, dándoles
elementos de juicio y ampliándoles horizontes para que ellos mismos
tomen sus propias decisiones.
Pero los padres que antes no han hablado con sus
hijos posiblemente ahora no consigan franquear la barrera de su
intimidad, porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los
adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie en su
intimidad. Solamente, y no con facilidad, hablarán de sus cosas con
los padres que ganaron desde siempre su confianza, porque se
mostraron en toda ocasión abiertos al diálogo y a la comprensión.
En la adolescencia
Surge la capacidad generativa y aumenta el interés
por el otro sexo. Es la época de los enamoramientos. Además
de enamorarse, en el sentido amplio de la palabra, busca la amistad;
es decir, busca alguien que sepa comprender sus problemas,
incertidumbres, ilusiones, entusiasmos y desánimos, que —aún
siendo suyos— no comprende. Muestra un mayor interés por lo
social.
Necesitan ser orientados 9 sobre sus
impulsos y tendencias, sobre las finalidades de su despertar sexual,
sobre las relaciones con el otro sexo, etc., para ello interesa
esforzarse por sintonizar con ellos, ayudándoles a hablar en un
clima de respeto y confianza para hacer posible un diálogo auténtico
con vistas a la mejora personal.
Necesita cariño y hay que dárselo, aunque su
recién descubierta intimidad le lleva a detestar las
manifestaciones externas, lo que busca es acogimiento, comprensión,
valoración de lo suyo.
l Entre los trece y los catorce años
a) Sugerencias de algunos argumentos que se
pueden utilizar con los hijos varones.
Vas creciendo y pronto serás un hombre. Irás
interesándote por las cosas de los mayores y te aburrirán los
juegos de ahora. Pronto en las partes de tu cuerpo que distinguen al
hombre de la mujer vas a experimentar cambios, también en otras
partes del cuerpo. Te aparecerán vellos, la voz cambiara, etc. Y
esa fuerza de la que hemos hablado aparecerá en ti y vendrá acompañada
de algunas sensaciones. No te extrañarás: es que se inicia la
madurez sexual. Esos cambios señalan la aparición de tu fuerza
viril, que irá madurando para que puedas ser padre.
Todo en el hombre necesita un tiempo para
completarse. Tu fuerza generadora tardará años en llegar a su
plenitud. No conviene que uses de ella prematuramente, porque
perjudicarías tu organismo: sería ir contra los planes de Dios,
que hizo así tu naturaleza.
Tendrás, de vez en cuando, unas reacciones que
se manifestarán con una explosión de semen. Se producirán, de
ordinario, durante el sueño y proporcionan placer físico. Evita
provocar voluntariamente estas reacciones. El buscar directamente
esas sensaciones es cometer actos impuros, muy desagradables a Dios
que perjudican al cuerpo y al espíritu.
Dios ha querido y mandado que el uso de la
generación esté reservado al matrimonio, porque esa unión estable
de un hombre y una mujer es el ambiente adecuado para la crianza y
la educación de los niños. Por eso está reservado para el
matrimonio cualquier uso de los órganos generadores que tienen como
fin el que nuevos hombres y mujeres contribuyan al progreso del
mundo y después gocen de la felicidad de Dios en el cielo.
Para evitar toda experimentación voluntaria
fuera del matrimonio y al margen de la ley de Dios, el hombre está
dotado de la fuerza de la voluntad. Si te das cuenta que una
lectura, una revista, un espectáculo o una imaginación te impulsa
a esa experimentación, debes usar la voluntad para dejar de leer,
de mirar o para llevar la imaginación hacia otro tema.
Este ejercicio de la voluntad te da dominio sobre
los instintos y favorece la formación de una fuerte personalidad.
Mantendrás el cuerpo totalmente vigoroso y limpio, y el corazón
puro para entregarlo a la mujer que elijas, cuando seas mayor, para
madre de tus hijos, o para entregárselo sólo a Dios, si Dios te
quiere sólo para Él.
Cuando sientas esas reacciones habla con tus
padres o con el sacerdote. Él te dará los consejos necesarios que
te ayudarán a vivir la pureza, te prepararás estupendamente para
tu vida de adulto, llegando a ser una persona formada y de carácter.
b) Sugerencias de los
argumentos que se pueden utilizar para dar la información sexual a
las hijas
Dentro de unos meses notarás que ya no te gustan
los juegos de niña y que, en cambio, sientes interés por las cosas
de los mayores. Has ido creciendo y desarrollándote física y
espiritualmente. Va a llegar el momento en que experimentarás una
serie de cambios en tu cuerpo y también en tus gustos y en tu
estado de ánimo. Todas las mujeres al llegar a tu edad pasan por
situaciones iguales.
Ya sabes que las mujeres tienen unos órganos que
las hacen diferentes a los hombres. Pronto, todos los meses, tendrás
una pérdida de sangre por esos órganos, una pequeña hemorragia
que durará cuatro o cinco días. Cuando sucede por primera vez es
la señal de que has dejado de ser niña.
Tu organismo va madurando lentamente para poder
realizar, en su día, la función de la maternidad, esa maravillosa
colaboración de la mujer a la obra creadora de Dios. Cuando te
ocurra por primera vez, me lo dices enseguida, para enseñarte a
vivir una normas de higiene.
Para que entiendas el porqué de la hemorragia,
te explicaré su sentido. En el cuerpo de la mujer, a la altura de
las caderas, en el vientre, hay unos órganos, a derecha e
izquierda, que son los ovarios. Allí un óvulo madura cada mes. Se
desprende del ovario y pasa a la matriz. Si allí fuera fecundado
por la célula masculina del padre, daría lugar a un nuevo ser
humano. Pero al no ser fecundado, el óvulo junto con las
secreciones y hemorragias que se han producido en el interior de los
órganos sexuales, sale al exterior produciéndose la menstruación,
que se va a repetir cada veintiocho días y es algo dolorosa.
En esos días de la menstruación te sentirás más
nerviosa, más sentimental, un tanto melancólica y bastante
irritable. Sabiéndolo es una buena ocasión para que aprendas a
dominarte y así ir formándote un carácter equilibrado, una
verdadera personalidad. Te darás cuenta que sabes dominarte, si
nadie nota, ni en casa ni fuera, que estás en esos días
especiales.
Aparte de la menstruación se irán formando los
senos y sentirás que te hace verdadera ilusión gustar a los
muchachos y llamar su atención. Es cosa muy natural, porque cuando
seas mayor querrás a un hombre y formarás una familia.
Dios ha puesto en el hombre y en la mujer esa
mutua atracción y es buena. Pero, al mismo tiempo, hay que saber
encauzarla, según los planes de Dios. Hay unos medios humanos y
otros sobrenaturales que te ayudarán a llevar a cabo ese control y
a ir teniendo una fuerte voluntad y personalidad.
La mejor manera de conseguir guardar el cuerpo y
el corazón para una sola persona –para tu futuro esposo o para
Dios, si te llama por entero para Él– es viviendo el pudor en el
trato con los chicos, en la forma de hablar y de vestir. Procura
tener una vida sobrenatural que te vaya orientando en cada momento
sobre lo que debes hacer para agradar a Dios y cumplir su voluntad.
Vive el natural pudor ante los muchachos, aunque en algún momento
pueda parecer que vas contra lo que hacen las otras; con tu forma de
ser te respetarán más y te harás querer mejor.
Al finalizar esta etapa será necesario darle a
conocer la sexualidad del otro, que es diferente según sea él o
ella, para que siempre exista la referencia a salir de sí mismo,
comprendiendo la personalidad y singularidad de los demás. Y también
dedicar el tiempo necesario, según vayan surgiendo las
oportunidades, a las desviaciones y alteraciones de la sexualidad,
ayudándoles a diferenciar las acciones de las personas que las
realizan, que son merecedoras de toda la compresión.
VI. Conclusión
La educación de la sexualidad y la afectividad,
la educación para el amor, de los niños y los jóvenes tiene carácter
de urgencia, debido a la enorme influencia que ejercen las ideologías
materialistas, que difunden una especie de culto al cuerpo
–presente en todas partes, también en los hogares, a través de
los medios de comunicación–, incitando a dar rienda suelta a los
instintos, falseando la íntima naturaleza del ser humano.
La educación de la sexualidad, como parte
integrante de una educación completa de la persona, está muy
relacionada con los valores morales que emanan de la dignidad
humana, con la capacidad de amar y de ser feliz, con la libertad.
Frente a esta acción negativa, es preciso
oponerse enérgicamente mediante la educación centrada en el
verdadero concepto de la sexualidad humana. Si la educación de la
sexualidad toca lo íntimo de la persona humana, debe ofrecerse de
modo delicado, oportuna y gradualmente, a cada uno, en un ámbito de
amor e intimidad como es la familia, buscando siempre la formación
integral de la persona.
- Joël Brée. Los niños, el consumo y el
marketing. Paidós, Barcelona (1995).
- Con la reforma del sistema educativo español (L.O.G.S.E.)
se incorpora como Tema Transversal de todas las etapas la
"Educación del consumidor".
- Conversaciones con Mons. Escrivá de
Balaguer, n. 97
- Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos
de Dios, n. 84.
- Juan Pablo II. Familiaris Consortio, n.
37.
- Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos
de Dios, n. 84.
- Penelope Leach. Los niños, primero. Todo lo
que deberíamos hacer (y no hacemos) por los niños de hoy.
Paidós. Barcelona (1995)
- Ricardo Yepes. Las claves del consumismo,
Ed. Palabra. Madrid (1989) p. 53
- Cfr. Antonio Vázquez. Educar en el uso del
dinero, Ed. Palabra. Madrid (1997)
(*) Fuente:
FOMENTO
DE CENTROS DE ENSEÑANZA
http://www.fomento.edu |