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La Educación Para el Amor:
Una dignificación de la Sexualidad Humana
Juan José Javaloyes Soto (*)
mara@cece.es
J
osé Antonio Alcázar (*)
alcazar@cece.es

Pedagogía
Epistemología
Educación


I. Introducción

Estamos viviendo de lleno en la era de las libertades. La conciencia general de la dignidad humana y de sus derechos inalienables ha alcanzado cotas de indudable progreso. A esto ha contribuido el progreso técnico y científico, que lleva a pensar a algunos que el hombre puede llegar a dominarlo todo, también la vida y la muerte.

Es cierto que el bienestar y la mejor calidad de vida son fines propios del obrar del hombre, pero no son los únicos ni los primeros. La dignidad del hombre establece unos límites éticos, algunos de los cuales están proclamados en la Carta Magna, cuyo 50 aniversario hemos celebrado recientemente. Es una experiencia común que no se debe hacer todo lo que se puede hacer, y esto no es represión, sino dignidad personal y respeto a la dignidad de los demás.

A lo largo de las ultimas décadas –especialmente a partir de los 60, con la revolución sexual– la preocupación por los problemas sexuales ha ido creciendo. Multitud de programas, que pretenden ser preventivos, han ido proliferando, sin que sus resultados hayan llegado a ser tenidos por satisfactorios.1 En países muy diversos, no es infrecuente que muchos padres estén descontentos de la educación sexual que se imparte en las escuelas. A menudo los programas oficiales se limitan a explicaciones fisiológicas, sin atender a la formación completa de la persona, cuando no fomentan actitudes irresponsables entre la juventud.

Los medios de comunicación presentan "como algo natural, como ideal, como deseable, infinidad de aberraciones que ocasionan indudablemente verdaderos destrozos en la intimidad y en la conciencia de todos, y que atacan directa e indirectamente su dignidad como personas al convertir lo vulgar en normal, lo malo en bueno, lo feo en bello, lo ridículo en sublime, lo superficial en profundo". 2

Lo que hemos podido comprobar en estos años es que una sexualidad libre ha llevado a una sexualidad peligrosa. Y su solución no puede ser una sexualidad "segura" (haz lo que te apetezca intentando no cargar con las consecuencias), sino una sexualidad verdaderamente responsable, acorde con la realidad íntima del hombre y la mujer.

La cultura postmoderna en la que estamos instalados se manifiesta en una serie de características que enmarcan la concepción de la sexualidad que está presente en las manifestaciones culturales que rodean el ambiente educativo de nuestros hijos. Podríamos sintetizar las claves de esta situación cultural en unos cuantos eslóganes:

Todo es relativo

El concepto de legitimidad, e incluso el concepto de bien y de mal, son muy relativos para bastante gente, de modo que –ante la dificultad de discernir qué actitudes y valores merecen ser admitidos como mejores– se afirma que todo es válido siempre que lo sea para alguien, o quede restringido al ámbito de su intimidad, y ese alguien no moleste, pues se ha fijado como criterio de tolerancia no emitir juicio alguno –al menos en presencia del interesado– sobre lo que cada cual admite como válido o no.

¿Es lícito –acorde a la dignidad humana– usar los preservativos? ¿Es adecuado reprimir los impulsos sexuales de los adolescentes? ¿La homosexualidad es una forma más de expresar la propia sexualidad? Ante estas y otras cuestiones se responde con demasiada frecuencia que todo depende de lo que le parezca a cada uno, que es una formulación casera del gran principio del relativismo: nadie tiene derecho a imponer a los demás su propio concepto de moral.

Este primer postulado relativista parece una apasionada y loable invocación a la libertad individual, pero si se analiza con un poco de calma, es fácil descubrir que esconde serias contradicciones. De entrada, el relativismo deja momentáneamente de ser relativo para imponernos a todos su postulado indiscutible (que nadie puede imponer nada a nadie). El relativismo no manifiesta dudas en sus convicciones sobre cómo debe ser la sociedad, sino que se mantiene muy firme en su propósito de imponer a todos su concepción sobre ella. Nunca explican por qué si dicen que todos los valores son relativos, los suyos propios deben obligarnos a todos.

En medio del gran relativismo ambiental, compensa que nos esforcemos por dar a nuestros hijos las convicciones que sustentan el respeto a la dignidad de la persona. Toda sociedad necesita de valores firmes, de convencimientos no hipotéticos. Esta necesidad resultaba evidente para los fundadores del estado de derecho: la abolición de la tortura y la esclavitud no fue el resultado de una hipótesis, ni los derechos humanos fueron una propuesta, sino una proclamación. La aparente terquedad con que se alzan determinados valores humanos innegociables responde a una profunda sabiduría.

Lo mejor es lo último, ... o lo que hacen todos (en la TV)

El progreso técnico ha facilitado la difusión de la creencia de que lo último siempre es mejor que lo anterior, y que todo cambia y evoluciona. Los medios de comunicación se encargan de universalizar lo último, lo raro, lo curioso. Marcan la pauta de lo que debe creerse o no, según tal o cual actor de moda, top model, y demás protagonistas del mundo del espectáculo, en general, con las excepciones necesarias.

El no quedar anticuado, out, es otro de los pilares de la nueva moral televisiva: se puede ser de todo, menos raro. Ser como todos es el medio para buscar la aceptación social o para superar la inseguridad.

También en lo concerniente a la moral y dignidad humana lo que aparece en los medios es lo que marca la pauta dominante para estar a la última. Si no se siguen esas conductas no puedes parecerte a ellos y por otra parte si ellos lo hacen y parece que les va tan bien ¿por qué nosotros, o nuestros hijos, vamos a ser menos? ¿Por qué vamos a ser menos modernos y atrevidos?

Las consecuencias de estas ideas en el ambiente "cultural" del amor suscitan preguntas como estas: ¿No sucederá, como en tantas otras cosas, que ahora ya no es como se creía antes? ¿El matrimonio es una forma más de vivir en pareja? ¿Por qué los homosexuales no deben adoptar niños? ¿Es el SIDA un castigo? ¿Se debe legalizar la prostitución?

La pseudotolerancia: ni me importa ni me importas

La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, como compresión y flexibilidad, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia. Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Pero no es éste el uso común que se está dando a este término.

¿Qué actitud tomar ante la noticia de que fulanito/a de tal o cual se ha ido a vivir con menganito-a? ¿Dónde mirar cuando D. Zutano presenta a su compañera luciendo las gracias que la naturaleza le ha dado? ¿Acudo o no al tercer matrimonio de juzgado de este/a compañero/a de trabajo? ¿No es cierto que hay que ser tolerante y comprensivo con todos?

Comprensivo hay que ser siempre, pero la comprensión no lo arregla todo. No hay que olvidar, además, que la moral no está pensada sólo para los buenos tiempos, sino que, de hecho, cuando mas falta hace es en los malos. Los malos tiempos no justifican las malas acciones ni la mala vida. Hay que ser comprensivo, por tanto, pero sin olvidar que la buena convivencia social –y por tanto, la tolerancia– implica una seria exigencia moral personal.  

II. Persona, educación, sexualidad: la educación sexual

En la educación nunca podemos perder de vista la unidad integral y total de la persona. La persona es una y las divisiones que presentamos –cuerpo y alma; conjunto biológico, afectivo e intelectual; inteligencia y voluntad, ...– no son más que diferentes aspectos desde los que podemos acercarnos a lo único real, que es el conjunto armónico –la persona– para afrontar el estudio de una realidad tan compleja. Constatamos a diario esta realidad: un dolor de muelas es suficiente para no entender con claridad lo que se está diciendo en una reunión, o para quitarnos los deseos de escuchar nuestra música preferida. Cuando uno está bajo los efectos de un intenso dolor de muelas no está para nadie, excepto para el odontólogo, y lo antes posible.

De igual forma, cuando nos enfadamos y la pasión nos domina, no estamos precisamente en las mejores condiciones para tomar decisiones importantes. Tampoco para educar a nuestros hijos. Nuestra vida afectiva influye en nuestros juicios: basta ver los comportamientos de personas normales en los estadios de fútbol. También podemos considerar el efecto contrario: en más de una ocasión nosotros mismos habremos comprobado cómo la necesidad de terminar un trabajo o de hacer reír a uno de nuestros hijos que celebra su cumpleaños, nos hace olvidar el cansancio y las contrariedades del día.

La unidad de la persona se ha de tener presente al hablar de la educación para el amor de nuestros hijos, ya que es la persona quien ama, con su unidad y totalidad. Se ama con el cuerpo, con los afectos, con la inteligencia, con la voluntad y con la conducta diaria. Y todas esas dimensiones personales han de ser tenidas en cuenta.

"Una sólida formación no tiene por qué limitarse a la sola información, nutriendo la inteligencia, sino que se debe prestar especial atención a la educación de la voluntad, de los sentimientos, de las emociones y pasiones, así como también abarcar la educación del corazón.3 En efecto, para tender a la madurez en la en la vida afectivo-sexual, es necesario el dominio de sí, el cual presupone virtudes tales como el pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno, la humildad, la apertura al prójimo; es decir, tanto la actuación de la voluntad como la del corazón".

En la actualidad no son pocos los que viven y explican el amor como si la persona fuera sólo cuerpo. Desde ese presupuesto, la educación para el amor se reduce al conocimiento del funcionamiento del cuerpo y las reacciones que en él se producen ante los diferentes estímulos a los que se le puede someter. En el mundo editorial algunas revistas se dedican con incansable afán, semana tras semana, a ilustrar esta reducción flagrante del amor: sexo, caricias, orgasmos,... cierran el universo de sus vidas, a pesar de que la mayor creatividad en las variaciones sobre el mismo tema no consigan eliminar de sus vidas la tristeza y la permanente insatisfacción –salpicada de placer–.

Tampoco escasean los que, superando la expresión corporal del amor –a veces ocultándola–, se instalan románticamente en el sentimiento y desde allí juzgan todos los acontecimientos de las personas. Son los que pretenden hacernos llorar con sus historias llenas de pena y desengaños, o arrebatarnos con sus explosiones de afecto, o hacernos creer que son seres incorpóreos.

Entender y conocer la compleja realidad humana, sin caer en reduccionismos que rebajan su grandeza, no basta. Qué fácil resultaría todo si al saber lo que tengo que hacer pudiera –como por arte de magia– tener la fuerza suficiente para vivir de ese modo. Saber la verdad no es garantía de vivirla. Por eso, la educación sexual debe atender al fortalecimiento de la voluntad, para que nuestros hijos puedan crecer en libertad. Pensemos por ejemplo en el valor del autodominio: el que no es dueño de sí mismo, difícilmente va ser capaz de entregarse a otro. Y en eso consiste básicamente el amor.

No debemos olvidar que la formación afectivo-sexual o educación para el amor, encuentra su verdadero sentido cuando se ofrece personalmente, pues sólo con este proceder se tendrá en cuenta el desarrollo psico-físico de cada uno, su madurez afectiva, intelectual, corporal y moral. Además, la educación sexual personalizada permitirá la gradualidad y la adecuación a las necesidades de cada uno. En efecto, la sensibilidad, la madurez orgánica, afectiva, intelectual, se va configurando con un ritmo diferente en cada uno de los hijos y hace necesario atender a cada cual según su particular modo de ser y sus necesidades: a los que son diferentes no se les puede educar igual.

A estas alturas, podemos definir la Educación Sexual como el conocimiento adecuado de la naturaleza e importancia de la sexualidad en la vida humana y el desarrollo armónico de la persona hacia su madurez , con vistas a la plenitud de la vida social, ética, moral y espiritual. Esta misma definición refleja el objetivo propio de esta dimensión de la educación completa de la persona.

La sexualidad es vivida de modo propiamente humano cuando, además de conocida y asumida, se integra en un proyecto global de vida, digno de una persona humana. Por los estrechos vínculos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores morales, este aspecto de la educación debe llevar a los hijos y alumnos a conocer y estimar las normas morales, como garantía necesaria para un crecimiento personal armónico y responsable en la sexualidad humana.

Así entendida, la educación sexual tiende a crear una conciencia recta de los fenómenos sexuales, que han de vincularse a la madurez de la vida humana, a la idea del amor verdadero, a la idea de la familia, a la idea de la procreación, todo ello dentro del plan ordenado por el fin último y trascendente del hombre, con una orientación positiva. "Una mala información de la sexualidad ataca directamente otros valores como son el matrimonio y la familia, desvirtuándolos. El matrimonio y la familia son dos realidades que todos deberíamos conocer a fondo y no de manera tan superficial como algunos pretenden. Son, el uno y la otra, realidades, respuestas; no son preguntas".4

Hace no todavía muchos años, la educación sexual tanto en la familia como en el centro educativo, era considerada como tema tabú; ahora, en muchos casos, dicha educación ha caído en el extremo contrario —e igualmente errado—: se ha visto masificada, desligada de la educación integral, reducida a una simple instrucción y desvinculado de la formación ético-moral. Podríamos afirmar que de la sexofobia se ha pasado a la sexocracia. Todos somos conscientes de que una educación sexual descarnada, desposeída de valores humanos, puede provocar —al menos— los mismos desórdenes psicológicos que la carencia o el falseamiento prolongado de dicha educación.

III. Una responsabilidad de los padres

Como la educación sexual es una aspecto de la orientación ética de la persona, de su educación moral, la responsabilidad principal corresponde a los padres: la familia es el lugar propio para la educación sexual de los hijos. Esto supone que han de prepararse, si no lo están, para poder orientar a sus hijos. El centro escolar tiene una tarea subsidiaria: alienta, ayuda y coopera con los padres, situándose en el mismo espíritu que les anima.

"Las necesidades básicas del hombre, seguridad, dignidad y comunicación, empiezan a ser satisfechas en la familia. Y debo decir que no pienso en una familia idílica, en la cual no se ponga de manifiesto más que la comprensión, el cariño, la cooperación y la ayuda. Pienso en la familia real, donde se dan todas estas manifestaciones que acaban de ser mencionadas pero donde también hay rivalidades, conflictos, riñas. Más todas estas manifestaciones –tanto las positivas como las negativas– se desarrollan en un ambiente predominantemente cooperativo, en el que el ser humano va adquiriendo los elementos básicos para formarse su propio criterio frente a la vida y va desarrollando igualmente los hábitos fundamentales de su voluntad para obrar de acuerdo con sus decisiones. En definitiva, va aprendiendo a vivir." 5Y una parte importante de esta preparación es una educación que enseñe a vivir el sexo en toda su dignidad, como base de una preparación para la vida familiar.

La amistad —sustentada por el cariño manifestado con las obras, el respeto confiado y el trato justo y sincero— entre padres e hijos, el ambiente de amable cordialidad que se vive en el hogar, la unidad familiar, las virtudes que los hijos advierten en sus padres, los consejos y conversaciones oportunas, etc., son aspectos de fundamental importancia para que los hijos interioricen la educación sexual en el seno familiar. Este clima de diálogo confiado favorecerá que los hijos acudan a sus padres en busca de explicaciones o aclaraciones, cuando se les presenten dudas o inquietudes sobre este tema, o sobre cualquier otro tema importante para sus vidas. No es un camino acertado, en este ni en ningún aspecto de la educación de los hijos, la imposición autoritaria y violenta, contraria a su dignidad personal.

La constante y amable invitación del ejemplo –se aprende a querer también viendo querer– y el tiempo compartido con ellos interesándose sinceramente por sus inquietudes son caminos muy adecuados. De este modo, los padres tendrán la oportunidad de formar correctamente a los hijos en la dimensión sexual de sus vidas y se pondrán medios eficaces para prevenir el riesgo de que adquieran una visión errónea o incompleta de la sexualidad, producto por lo general de la información sesgada que pueden recibir a través de su entorno.

Los padres, además de informar a los hijos sobre estos temas, han de promover la adquisición de virtudes que les permitan no sólo conocer con exactitud y argumentos —procurando que se formen un criterio propio— lo referente la sexualidad humana, sino también vivir y actuar con arreglo a su dignidad personal. La mejor educación sexual es la que dan los padres formando la conciencia de los hijos, para que se respeten a sí mismos, respeten a los demás y se hagan respetar por ellos, para que se esfuercen con alegría por ideales nobles.

El centro educativo puede y debe colaborar con los padres en esta tarea a través de los medios pedagógicos que tiene a su disposición: desarrollar de modo positivo, delicado y oportuno, a través de la enseñanza escolar, los temas relativos a la sexualidad; proporcionar ocasiones en la vida del centro que promuevan el desarrollo de hábitos y actitudes que complementen la maduración afectiva de cada alumno y alumna; y asesorar a los padres de los alumnos en lo que necesiten —argumentos, modos de decir, orientaciones, etc.— para que lleven a cabo una educación sexual adecuada con cada uno de sus hijos e hijas.

Al exponer, ante el grupo de clase los temas relativos a la sexualidad que se incluyen en el plan de estudios escolar, los profesores han de ser especialmente prudentes. No se trata de huir o esquivar el tema —no se debe—, sino de tener en cuenta la situación concreta del grupo al que se atiende, sin perder de vista que supondría un grave error sustituir la educación para el amor personalizada por una educación sexual reducida a sesiones en grupo.

El Consejo Pontificio para la Familia,6 en su Declaración Sexualidad humana: verdad y significado (8.XII.1995), propone cuatro principios generales en los que debe apoyarse la educación sexual:

1. Todo niño es una persona única e irrepetible y debe recibir, por tanto, una formación individualizada. Puesto que los padres comprenden, conocen y aman a cada uno de sus hijos en su irrepetibilidad, cuentan con la mejor posición para decidir el momento oportuno de dar las distintas informaciones, según el crecimiento físico y espiritual de cada hijo.

2. La dimensión moral debe formar parte siempre de las explicaciones.

3. La educación en la castidad y las oportunas informaciones sobre la sexualidad deben ser ofrecidas en el más amplio contexto de la educación del amor.

4. Los padres deben dar la información sexual con extrema delicadeza, pero de forma clara y en el tiempo oportuno. Para valorar lo que se debe decir a cada uno es muy importante que los padres pidan, ante todo, luces al Señor en la oración y hablen entre sí, para que sus palabras no sean demasiado explícitas ni demasiado vagas.

IV. Algunos principios educativos

A la hora de enseñar a amar hemos de tener en cuenta unos principios generales y otros particulares. Los primeros son comunes a otros muchos aspectos de la educación, pero tienen una incidencia grande en el tema que nos ocupa, porque querámoslo o no siempre estamos influyendo en la educación de nuestros hijos, con acciones directas o con otras que nos pasan inadvertidas.

a. Gradualidad

La naturaleza lo impone desde el nacimiento: la alimentación, el sueño, el crecimiento, el peso, las primeras palabras, los movimientos... todo se va adquiriendo gradualmente. Desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Por más que nos empeñemos, algunos conocimientos no los podemos enseñar sin que antes se hayan aprendido otros. Algunos hábitos se tornan imposibles sin la preparación previa. Este fenómeno no es exclusivo de la educación: en la construcción, en la empresa, en cualquier organización y tarea humanas, es necesario seguir una secuencia y esperar a que la flor preceda al fruto y éste madure, para ser cogido en sazón.

La educación sexual, como todo en educación, ha de ser gradual, es decir, adaptada a la madurez física y psicológica del niño o joven, a su edad, capacidad de asimilación, sexo y ambiente en que se desenvuelve.

b. Veracidad

Es fundamental que la información sexual se realice con veracidad, naturalidad, precisión y delicadeza, sin reducirla a la exposición de los mecanismos biológicos, de tal forma que al mismo tiempo que se orienten sus curiosidades y tendencias, se les enseñe y ayude a asimilar la información recibida y a orientar su comportamiento.

Es cierto que no es fácil. Bien porque no esperábamos la pregunta, bien porque no se nos ocurre cómo responder adecuadamente, bien porque nunca encontramos el momento oportuno, no resulta fácil contestar a ciertas cuestiones que nos plantean los hijos.

También es cierto que en alguna ocasión lo más prudente será decir: Ahora no puedo explicártelo; búscame después y hablaremos de esto. El problema consiste en que cuando, después, nos busca hay que cumplir lo que se le ha dicho. Y si se les ha olvidado, porque los niños intuyen como nadie que han tocado un tema resbaladizo, hemos de ir en su búsqueda y mantener la conversación prometida.

Decir la verdad obliga en ocasiones, casi siempre, a leer algo más, a profundizar en los temas que nos plantean, a preguntar a otros; si no queremos dar una torera larga cambiada. No es de sentido común tener miedo a enfrentarse con una realidad maravillosa, que Dios ha querido en la persona y la compromete totalmente.

c. Planificar

Se trata de algo tan sencillo como de pensar antes que hacer, para poder hacer bien. En la educación de nuestros hijos, también. ¿Qué queremos para nuestros hijos? ¿cómo nos gustaría que fuesen? ¿Qué valores queremos transmitirles? ¿Qué significa hoy, este mes, que queremos que sea feliz? Con otras palabras, cuáles son nuestros objetivos, los medios que ponemos para conseguirlos, el tiempo que dedicamos a esa tarea, el modo en que vamos a valorar los progresos, el momento en que nos vamos a replantear si estamos en el camino adecuado, etc.

"Convendría señalar la acción preventiva como punto muy importante de la educación de la sexualidad, para evitar oportunamente las posibles desviaciones sexuales y favorecer el desarrollo armónico de la personalidad, ya que casi siempre el tratamiento para corregirlas exige enormes esfuerzos y, en muchos casos, desgraciadamente, el daño ocasionado es irreparable".7

Para llevar las riendas de la educación de los hijos, sin esperar a ver si me salen buenos, no se sabe muy bien por qué, hemos de tener una planificación, aunque sea mínima.

 

d. Evaluar

Es el paso siguiente: si he planificado, de cuando en cuando es bueno preguntarse ¿estoy consiguiendo lo que me propuse? Es suficiente una conversación marido-mujer, serena, pasando revista a cada hijo. También es muy interesante comentar nuestras apreciaciones con su profesor, y escucharle.

Estas conversaciones sirven –además– para ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales de la educación y son ocasiones para introducir en la familia otros elementos diferentes al trabajo, que sin darnos cuenta nos podría alejar de la realidad que más queremos y más nos necesita: nuestra familia. Algunos problemas de comunicación en el matrimonio se pueden evitar con la sencilla fórmula de hablar con más asiduidad de lo que lo hacemos habitualmente. Fruto de estas conversaciones, concretaremos la necesidad estudiar algún tema con más profundidad, de preguntar a quien tiene nuestra confianza, de comprar algún libro que nos pueda ser útil, etc.

e. Sentido positivo, teniendo en cuenta las circunstancias sociales de la actualidad.

Ser positivo no es ser ingenuo, o no querer considerar la dificultad de las cosas. Ser positivo es estar convencido de que nuestros hijos siempre tienen más de bueno que defectos, es confiar en que son capaces de lo mejor. Es darse cuenta de que lo que motiva e ilusiona es conseguir lo grande, no encasquillarse en la renuncia, sin darse cuenta de qué se quiere conseguir con la renuncia, es descubrir el bien y aprender a saborearlo. Por eso, una adecuada educación para el amor estará siempre más orientada hacia los valores y hacia el amor, que a denunciar riesgos y peligros.

Ser positivo no es pensar que lo valioso se consigue sin esfuerzo, sino saber que todo ese esfuerzo vale la pena: se trata de que aprendan a amar, y amar es la actividad más maravillosa y excelsa que podemos hacer los hombres. No debe extrañarnos, pues, que nos exija esfuerzo.

V. Orientaciones prácticas

Los seis primeros años

Todo proceso educativo comienza en el momento mismo de nacer, e incluso antes, al preparar ese momento: la adquisición de los primeros hábitos de alimentación, sueño e higiene, son claves para el desarrollo armónico del niño.

En este tiempo en el que va adquiriendo progresivamente conciencia de sí mismo y sus diferencias con las cosas que le rodean primero, y con los demás, después, surgen las primeras cuestiones relacionadas con el amor y la sexualidad:

  • diferencias entre niños y niñas;
  • preguntas directas su propia anatomía, la barriga de mamá embarazada, cómo se ha metido el bebé, etc.

En estos años se va configurando la identidad masculina o femenina, y conviene tener en cuenta cómo se viste a él o a ella, para que responda al estándar masculino o femenino. Contribuye también a esa identidad la elección de juegos y juguetes, si tienen en cuenta los cánones sociales imperantes. Algunas desviaciones de la expresión de la sexualidad tienen su origen en una confusión de roles en estas edades.

Como orientación general se ha de cuidar que la higiene personal pueda realizarse autónomamente lo antes posible, porque favorece el proceso madurativo, tanto en lo relativo al control de esfínteres, como en el baño. De esta forma, sin rarezas, se va preservando ese ámbito personal en el que se desarrolla y fortalece la virtud del pudor que facilitará después la entrega plena a la persona amada, en el momento oportuno.

En estas primeras edades se ha de iniciar el control de "los caprichos". El caprichoso es un egoísta que no sabe amar y no es capaz de superar la más pequeña de las frustraciones, y por tanto no madura, no crece al ritmo de sus posibilidades.

En una buena educación para el amor es importante ir adquiriendo autodominio, porque sólo quien se posee a sí mismo está en disposición de poderse entregar al otro, haciendo feliz a quien ama. Señala la OMS que el grado de salud de las personas se mide por el grado de autoposesión: la autoposesión de cuerpo y mente por parte del sujeto es síntoma de salud, mientras que la imposibilidad de autocontrolarse lo es de enfermedad.

Es un error frecuente pensar que como es pequeño no debe privarse de nada. Al contrario, el entrenamiento en esas pequeñas cosas será la base para la adquisición de nuevos hábitos y virtudes fundamentales para ser felices.

En resumen, la actitud que los padres deben mantener con los hijos en esta edad debe ser la de contestar todas las preguntas con naturalidad, sin extrañarse de nada, en una conversación personal, aportando los datos necesarios, en un contexto de amor querido por Dios.

De seis a doce años

Al ser esta una fase de tranquilidad evolutiva, de mayor equilibrio psicológico, la curiosidad intelectual queda satisfecha por la comprensión. Es el momento más adecuado para preparar bien a los hijos y afrontar con las mejores garantías la aventura de la adolescencia.

En esta etapa se forma la conciencia de sí mismo diferenciada y se configura la personalidad típicamente masculina o femenina. El niño adopta papeles de identificación con uno de los padres, el de su propio sexo. Los intereses se van centrando más en el mundo de sus compañeros que en el de los adultos.

Suelen interesarse por el papel del padre y de la madre en la procreación —¿cómo entran en el vientre de la madre?—. Es necesario contestar, con disponibilidad, las preguntas de forma natural y normal, como a las demás preguntas que plantean los niños, sin adoptar una actitud de disgusto. Con un lenguaje correcto, sencillo, sin metáforas, de modo que pueda comprender la explicación, en un clima de seguridad. Los padres silenciosos en este aspecto de la educación, lo presentan ante sus hijos como algo misterioso o vergonzoso.

Los contenidos de enseñanza/aprendizaje de Educación Primaria incorporan los de información sexual, especialmente en las áreas de Conocimiento del Medio Natural y Social, y Religión. Conviene que estas enseñanzas sean conocidas por los padres con antelación, para aprovechar la ocasión que les brindan los programas escolares para incidir en este aspecto en las conversaciones con sus hijos.

1 Entre los siete y los ocho años

A esta edad los niños pueden empezar a mentir y a tener una conciencia clara de lo que es bueno, de lo que es malo y de lo que es pecado.8 Se ha de realizar el esfuerzo didáctico necesario para que el niño comprenda que Dios ha dado al hombre y a la mujer el sexo para un uso noble y maravilloso del amor entre marido y mujer, para poder tener hijos. Es un momento adecuado para enseñar a los hijos a ser agradecidos con Dios por todas las cosas maravillosas que nos ha dado.

Es bastante frecuente que en esta edad los hijos pregunten cuál es el papel del padre en la procreación, ante lo cual podemos utilizar estos u otros argumentos parecidos:

- Dios ha dado al hombre la capacidad de producir dentro de su cuerpo una especie de semilla que el hombre deposita dentro del cuerpo de la mujer para que ahí empiece a formarse y a crecer un hijo. Cuando este hijo crece lo suficiente dentro de la madre, entonces puede venir al mundo y nacer.

- Para que los padres colaboren con Dios en el nacimiento de los hijos, Él estableció que los cuerpos de los padres se unan, para que en esa unión el padre pueda depositar en la madre, la semilla que permitirá que un hijo comience a crecer dentro del vientre de la madre y después de nueve meses, con la ayuda del médico, ese hijo pueda nacer.

l Entre los ocho y los nueve años

A esta edad, suelen preguntar los hijos ¿Por dónde o cómo pasa la semilla del padre al vientre de la madre? Conviene contestar con toda naturalidad y con los nombres exactos de las partes del cuerpo.

- Se puede usar un ejemplo para que sea didáctico: así como una inyección introduce en el cuerpo un líquido, de modo similar la semilla del padre, a través del pene se introduce en el interior del cuerpo de la madre, por el mismo orificio donde nacerá el futuro hijo, que se llama vagina . En ese momento Dios pone el alma en el nuevo hijo y de esta manera le da la vida.

Es importante recalcar a los hijos que esto sólo se debe hacer cuando dos personas están casados y que si alguien lo hace sin estar casado ofende gravemente a Dios.

Las niñas suelen preguntar "¿Por qué está mal que una mamá sin esposo tenga un hijo?" Ante esto, con mucha naturalidad, la madre puede argumentarle que no es lo establecido por Dios que dos personas no se casen y tengan hijos sin ser esposos y que lo normal es que el esposo ayude a la mamá a cuidar, educar y mantener al hijo que nació.

l Entre los nueve y los diez años

Con frecuencia algún amigo o compañero en la escuela ya ha comentado a los hijos algunas ideas negativas sobre el sexo: chistes, algún anuncio o película, de lo que es la masturbación, etc.

Por otro lado, por lo general a esta edad no saben hacer una distinción clara entre los conceptos de pureza, castidad, virginidad, pudor, etc.; pero sí son capaces de comprender cuáles son los actos impuros y la razón porque dichos actos son moralmente malos.

Es ahora el mejor momento para hablarles a los hijos, en forma siempre positiva, del valor sublime de la limpieza de corazón, de la castidad y de la virginidad. Algunos argumentos que podrán ayudar se sugieren a continuación, sabiendo que estos deben ser abordados en el momento más oportuno cuando ellos hagan alguna pregunta o provocando el tema en alguna conversación personal, si es necesario:

- Resaltar el hecho que las personas castas adquieren muchas virtudes valiosas: lealtad, honradez, sinceridad consigo mismo y con los demás, etc.

- Aprovechar el argumento de lo admirable que es que una persona, por amor a Dios, renuncie al uso del sexo y viva el celibato: como laico, en el sacerdocio o vida religiosa.

Los niños se olvidan a veces de las respuestas que se dieron a sus preguntas. Por eso cuando las vuelven a hacer conviene recordarles lo que se les dijo antes y, luego, ampliarlo con la nueva respuesta.

l En la pubertad

Al final de Primaria, en la preadolescencia, interesa informarles —adelantándose— de los cambios que van a sufrir y, de este modo, preparar la pubertad: ganar en amistad y en trato confiado con los hijos, fortalecer su voluntad, afianzar su fe religiosa.

Es un buen momento para mantener conversaciones sobre temas actuales que presentan los medios de comunicación (aborto, relaciones prematrimoniales, etc.), extremando el sentido positivo.

Todos los expertos recomiendan dar esta información antes de que ocurran estos cambios. Porque de un lado se evitará que los hijos se sorprendan o se asusten de lo que les pasa y, por otro, al no estar despierto todavía el instinto sexual no les producirá ninguna turbación, ni influirá en un desorden de las pasiones.

Si de pequeños es indiferente que la información la dé el padre o la madre, ahora es conveniente que el padre hable con los hijos y la madre con las hijas. A veces puede ocurrir que ni uno ni otra encuentre el momento oportuno para ello. Quizá preocupados por lo que tienen que decir, van dando largas al asunto y, cuando se deciden a hacerlo, los hijos ya lo saben todo y puede que lo hayan aprendido de unas fuentes poco idóneas. Para evitar esta situación algunos padres fijan una fecha: cuando la hija cumpla once años, cuando el hijo cumpla los doce. Y ese día se hace, pase lo que pase.

¿Por qué ese año de diferencia en la información? Porque el despertar de la sexualidad es distinto en el hombre que en la mujer. Suele ocurrir en las hijas a los doce años, y a los catorce, más o menos, en los hijos.

La pubertad es un período de grandes alteraciones psicosomáticas. Además de la capacidad de procrear, de completarse los caracteres sexuales secundarios, etc., ocurren profundos cambios interiores: cambios de humor que van desde la euforia a la depresión, deseo de estar solos y de no hablar con nadie, una emotividad –irritaciones y lágrimas– a flor de piel, manifestada principalmente en la casa.

La pubertad es el paso de niño a adulto, el paso a ser hombre y a ser mujer. Los cambios en el cuerpo del muchacho son: crecimiento (el clásico estirón), aumento del apetito, aparición del vello en cara, axilas, pubis; cambio de voz. Y, sobre todo, el desarrollo y primera actividad de los órganos genitales. EI muchacho experimenta la primera eyaculación, generalmente durante el sueño, de forma natural, con una sensación de placer.

Debe saber el muchacho que eso le va a ocurrir y que es normal que así suceda. Que eso se repetirá de vez en cuando. Se manchan la ropa y las sábanas. Pero los padres lo saben y no tiene nada de particular; se cambia la ropa y ya está.

También las muchachas experimentan transformaciones corporales importantes. Toda su naturaleza se prepara para ser un día madres. Se redondean las formas, se ensanchan las caderas y se desarrollan los senos. El vello también aparece en las axilas y pubis. Con todo ello, el principal acontecimiento es la primera menstruación o aparición de regla. Conviene que la hija esté advertida y preparada para este hecho. Porque si no, en algunos casos, puede producirse un choque psíquico que dificulte la madurez afectiva normal de esa persona.

Un día sentirá malestar y algunos dolores en la región genital, se dará cuenta de que ha sangrado por la vagina y que ha manchado sus prendas interiores. Deberá saber que eso es normal, que no está enferma, simplemente que ha llegado a la madurez sexual, que empieza a ser mujer y que su naturaleza se prepara para que un día, si Dios quiere, pueda ser madre. Sabrá también que, desde ese momento, cada mes se repetirá el mismo fenómeno. Su madre le dirá también las reglas de higiene que debe cuidar. Coincidiendo con la menstruación se suele experimentar un cansancio físico, a veces dolores y también una inquietud, melancolía e irritabilidad exacerbada.

Los muchachos y muchachas descubren el otro sexo y la mutua atracción. Deben saber que es normal, pero deben también saber encauzar esos impulsos y tendencias.

La educación de la afectividad, ya iniciada anteriormente, cobra aquí un carácter importante, porque de una buena educación afectiva depende la perfecta adaptación social de los adolescentes.

Los padres que, en etapas anteriores, han sabido conversar con sus hijos de todos los temas que surgían a lo largo de los días, podrán, sin dificultad, continuar esos diálogos en torno a los nuevos intereses de sus hijos. Una advertencia: se debe tomar en serio todo lo que dicen y con seriedad (no reñida con la cordialidad), examinar los pros y los contras de lo que plantean, dándoles elementos de juicio y ampliándoles horizontes para que ellos mismos tomen sus propias decisiones.

Pero los padres que antes no han hablado con sus hijos posiblemente ahora no consigan franquear la barrera de su intimidad, porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie en su intimidad. Solamente, y no con facilidad, hablarán de sus cosas con los padres que ganaron desde siempre su confianza, porque se mostraron en toda ocasión abiertos al diálogo y a la comprensión.

En la adolescencia

Surge la capacidad generativa y aumenta el interés por el otro sexo. Es la época de los enamoramientos. Además de enamorarse, en el sentido amplio de la palabra, busca la amistad; es decir, busca alguien que sepa comprender sus problemas, incertidumbres, ilusiones, entusiasmos y desánimos, que —aún siendo suyos— no comprende. Muestra un mayor interés por lo social.

Necesitan ser orientados 9 sobre sus impulsos y tendencias, sobre las finalidades de su despertar sexual, sobre las relaciones con el otro sexo, etc., para ello interesa esforzarse por sintonizar con ellos, ayudándoles a hablar en un clima de respeto y confianza para hacer posible un diálogo auténtico con vistas a la mejora personal.

Necesita cariño y hay que dárselo, aunque su recién descubierta intimidad le lleva a detestar las manifestaciones externas, lo que busca es acogimiento, comprensión, valoración de lo suyo.

l Entre los trece y los catorce años

a) Sugerencias de algunos argumentos que se pueden utilizar con los hijos varones.

Vas creciendo y pronto serás un hombre. Irás interesándote por las cosas de los mayores y te aburrirán los juegos de ahora. Pronto en las partes de tu cuerpo que distinguen al hombre de la mujer vas a experimentar cambios, también en otras partes del cuerpo. Te aparecerán vellos, la voz cambiara, etc. Y esa fuerza de la que hemos hablado aparecerá en ti y vendrá acompañada de algunas sensaciones. No te extrañarás: es que se inicia la madurez sexual. Esos cambios señalan la aparición de tu fuerza viril, que irá madurando para que puedas ser padre.

Todo en el hombre necesita un tiempo para completarse. Tu fuerza generadora tardará años en llegar a su plenitud. No conviene que uses de ella prematuramente, porque perjudicarías tu organismo: sería ir contra los planes de Dios, que hizo así tu naturaleza.

Tendrás, de vez en cuando, unas reacciones que se manifestarán con una explosión de semen. Se producirán, de ordinario, durante el sueño y proporcionan placer físico. Evita provocar voluntariamente estas reacciones. El buscar directamente esas sensaciones es cometer actos impuros, muy desagradables a Dios que perjudican al cuerpo y al espíritu.

Dios ha querido y mandado que el uso de la generación esté reservado al matrimonio, porque esa unión estable de un hombre y una mujer es el ambiente adecuado para la crianza y la educación de los niños. Por eso está reservado para el matrimonio cualquier uso de los órganos generadores que tienen como fin el que nuevos hombres y mujeres contribuyan al progreso del mundo y después gocen de la felicidad de Dios en el cielo.

Para evitar toda experimentación voluntaria fuera del matrimonio y al margen de la ley de Dios, el hombre está dotado de la fuerza de la voluntad. Si te das cuenta que una lectura, una revista, un espectáculo o una imaginación te impulsa a esa experimentación, debes usar la voluntad para dejar de leer, de mirar o para llevar la imaginación hacia otro tema.

Este ejercicio de la voluntad te da dominio sobre los instintos y favorece la formación de una fuerte personalidad. Mantendrás el cuerpo totalmente vigoroso y limpio, y el corazón puro para entregarlo a la mujer que elijas, cuando seas mayor, para madre de tus hijos, o para entregárselo sólo a Dios, si Dios te quiere sólo para Él.

Cuando sientas esas reacciones habla con tus padres o con el sacerdote. Él te dará los consejos necesarios que te ayudarán a vivir la pureza, te prepararás estupendamente para tu vida de adulto, llegando a ser una persona formada y de carácter.

b) Sugerencias de los argumentos que se pueden utilizar para dar la información sexual a las hijas

Dentro de unos meses notarás que ya no te gustan los juegos de niña y que, en cambio, sientes interés por las cosas de los mayores. Has ido creciendo y desarrollándote física y espiritualmente. Va a llegar el momento en que experimentarás una serie de cambios en tu cuerpo y también en tus gustos y en tu estado de ánimo. Todas las mujeres al llegar a tu edad pasan por situaciones iguales.

Ya sabes que las mujeres tienen unos órganos que las hacen diferentes a los hombres. Pronto, todos los meses, tendrás una pérdida de sangre por esos órganos, una pequeña hemorragia que durará cuatro o cinco días. Cuando sucede por primera vez es la señal de que has dejado de ser niña.

Tu organismo va madurando lentamente para poder realizar, en su día, la función de la maternidad, esa maravillosa colaboración de la mujer a la obra creadora de Dios. Cuando te ocurra por primera vez, me lo dices enseguida, para enseñarte a vivir una normas de higiene.

Para que entiendas el porqué de la hemorragia, te explicaré su sentido. En el cuerpo de la mujer, a la altura de las caderas, en el vientre, hay unos órganos, a derecha e izquierda, que son los ovarios. Allí un óvulo madura cada mes. Se desprende del ovario y pasa a la matriz. Si allí fuera fecundado por la célula masculina del padre, daría lugar a un nuevo ser humano. Pero al no ser fecundado, el óvulo junto con las secreciones y hemorragias que se han producido en el interior de los órganos sexuales, sale al exterior produciéndose la menstruación, que se va a repetir cada veintiocho días y es algo dolorosa.

En esos días de la menstruación te sentirás más nerviosa, más sentimental, un tanto melancólica y bastante irritable. Sabiéndolo es una buena ocasión para que aprendas a dominarte y así ir formándote un carácter equilibrado, una verdadera personalidad. Te darás cuenta que sabes dominarte, si nadie nota, ni en casa ni fuera, que estás en esos días especiales.

Aparte de la menstruación se irán formando los senos y sentirás que te hace verdadera ilusión gustar a los muchachos y llamar su atención. Es cosa muy natural, porque cuando seas mayor querrás a un hombre y formarás una familia.

Dios ha puesto en el hombre y en la mujer esa mutua atracción y es buena. Pero, al mismo tiempo, hay que saber encauzarla, según los planes de Dios. Hay unos medios humanos y otros sobrenaturales que te ayudarán a llevar a cabo ese control y a ir teniendo una fuerte voluntad y personalidad.

La mejor manera de conseguir guardar el cuerpo y el corazón para una sola persona –para tu futuro esposo o para Dios, si te llama por entero para Él– es viviendo el pudor en el trato con los chicos, en la forma de hablar y de vestir. Procura tener una vida sobrenatural que te vaya orientando en cada momento sobre lo que debes hacer para agradar a Dios y cumplir su voluntad. Vive el natural pudor ante los muchachos, aunque en algún momento pueda parecer que vas contra lo que hacen las otras; con tu forma de ser te respetarán más y te harás querer mejor.

Al finalizar esta etapa será necesario darle a conocer la sexualidad del otro, que es diferente según sea él o ella, para que siempre exista la referencia a salir de sí mismo, comprendiendo la personalidad y singularidad de los demás. Y también dedicar el tiempo necesario, según vayan surgiendo las oportunidades, a las desviaciones y alteraciones de la sexualidad, ayudándoles a diferenciar las acciones de las personas que las realizan, que son merecedoras de toda la compresión. 

VI. Conclusión

La educación de la sexualidad y la afectividad, la educación para el amor, de los niños y los jóvenes tiene carácter de urgencia, debido a la enorme influencia que ejercen las ideologías materialistas, que difunden una especie de culto al cuerpo –presente en todas partes, también en los hogares, a través de los medios de comunicación–, incitando a dar rienda suelta a los instintos, falseando la íntima naturaleza del ser humano.

La educación de la sexualidad, como parte integrante de una educación completa de la persona, está muy relacionada con los valores morales que emanan de la dignidad humana, con la capacidad de amar y de ser feliz, con la libertad.

Frente a esta acción negativa, es preciso oponerse enérgicamente mediante la educación centrada en el verdadero concepto de la sexualidad humana. Si la educación de la sexualidad toca lo íntimo de la persona humana, debe ofrecerse de modo delicado, oportuna y gradualmente, a cada uno, en un ámbito de amor e intimidad como es la familia, buscando siempre la formación integral de la persona.

 

  1. Joël Brée. Los niños, el consumo y el marketing. Paidós, Barcelona (1995).
  2. Con la reforma del sistema educativo español (L.O.G.S.E.) se incorpora como Tema Transversal de todas las etapas la "Educación del consumidor".
  3. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 97
  4. Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos de Dios, n. 84.
  5. Juan Pablo II. Familiaris Consortio, n. 37.
  6. Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Amigos de Dios, n. 84.
  7. Penelope Leach. Los niños, primero. Todo lo que deberíamos hacer (y no hacemos) por los niños de hoy. Paidós. Barcelona (1995)
  8. Ricardo Yepes. Las claves del consumismo, Ed. Palabra. Madrid (1989) p. 53
  9. Cfr. Antonio Vázquez. Educar en el uso del dinero, Ed. Palabra. Madrid (1997)

(*) Fuente: FOMENTO DE CENTROS DE ENSEÑANZA
http://www.fomento.edu 


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