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Esta contribución pretende
reflexionar sobre dos de las varias críticas que se vienen oyendo y
leyendo en relación con la actividad investigadora universitaria.
Por un lado, la de la ineficiencia del sistema actual de valoración
indiscriminada de la publicación y por otro lado, la de la tensión,
nunca superada definitivamente, entre investigación y docencia
1. Introducción
Puede sonar el título de esta contribución como el de la
innecesaria reivindicación del sol. Pero es que no son pocas las
voces que cuestionan el valor de la investigación universitaria,
unas veces desde el desconocimiento atrevido y otras, desde la
interpretación economicista de sus resultados. A los que se
aprovechan de su ignorancia para opinar, nada hay que rebatir. A los
segundos, corresponde darles su parte de razón, en lo que la
tienen, y quitársela en lo que no, y mostrarles con insistencia el
otro valor, activo intangible, de la investigación universitaria
Últimamente, además, el asunto se ha contextualizado en un
debate más amplio, que es el de la misma credibilidad y aún
viabilidad del sistema universitario. Sirva de muestra la conclusión
de la reciente comunicación de la Comisión, The
role of the universities in the Europe of knowledge:
"Después de permanecer como un universo relativamente aislado
por un muy largo periodo de tiempo, en relación a la sociedad y al
resto del mundo, con la financiación garantizada y el status
protegido por su autonomía, las universidades europeas han
atravesado la segunda mitad del siglo XX sin cuestionarse realmente
el papel o la naturaleza de la que debería ser su contribución a
la sociedad. Los cambios [...] sugieren la cuestión fundamental de
si las universidades europeas, tal y como están organizadas, pueden
esperar conservar en el futuro su lugar en la sociedad y en el
mundo" (COM, 2003)
La duda social no afecta sólo al sistema europeo. Son asimismo
abundantes las referencias a la obsolescencia del sistema
norteamericano. Como ejemplo, una declaración demoledora:
"Puede ser que el concepto de universidad excelente no sea
viable a largo plazo" (Duderstadt)
No es éste lugar apropiado para reflexionar sobre las causas y
consecuencias de este estado de sospecha ni tampoco, por tanto, de
revisar o proponer medidas de tipo alguno. Esta contribución
pretende sólo salir modesta y constructivamente al paso de dos de
las varias críticas que se han venido vertiendo repetidamente sobre
el quehacer, sentido y significación de la actividad investigadora
de la Universidad. Me refiero al cuestionado valor de la información
publicada o divulgada y a la aún no superada, incomprensiblemente,
controversia entre investigación y docencia. Dejo para otra ocasión
un tercer aspecto, sobre la transferencia de tecnología, el valor
para la innovación empresarial y, en general, las relaciones con el
mundo productivo, que no es asunto menor, como lo prueba el hecho de
que abunden sobre él estudios, informes, declaraciones y artículos
de opinión, ninguno de ellos particularmente alentador.
2. El cuestionado valor de lo publicado
Para abrir la sección, traigo una declaración de Peter Denning
(George Mason University, ex-presidente de ACM): "El
problema es que una buena parte de la investigación académica es
mediocre o no tiene consecuencia. Cada año se publican alrededor de
dos millones de artículos sobre ciencia e ingeniería; la inmensa
mayoría se leen sólo por unos cientos de lectores; en muchas áreas,
más de la mitad de los artículos no son nunca citados por otro
autor"
De ser cierto ésta afirmación, que lo es seguramente, no
necesitan otro argumento los detractores de un sistema al que se
acusa de haber sido diseñado para premiar la publicación al peso y
que escasamente considera la calidad o la relevancia
La carrera por la publicación, de la que dependen algunos
incentivos, la propia promoción y el mismo reconocimiento de los
pares, parece haber tenido como consecuencia la proliferación de
textos irrelevantes o prescindibles; lo que no tendría mayor
importancia si no fuera porque esta circunstancia indirectamente
afecta a la propia credibilidad del sistema y provee de argumentos a
los que cómodamente prefieren desacreditar la publicación y
reivindicar la importancia de su propia actividad (o ausencia de
ella)
Sin embargo, el más grave peligro no se encuentra en el bajo
porcentaje resultante de contribuciones científicas o tecnológicas
relevantes (esto sucede también entre las obras de la literatura
universal contemporánea) sino en la orientación misma de la
actividad investigadora, que puede propender a considerar problemas
y experimentos más por su potencial como artículo que por su valor
intelectual o tecnológico. Nos podemos pasar así los días
laborables y los festivos resolviendo problemas menudos, uno detrás
de otro, en busca de la generación de nuevos resultados (por
supuesto también menudos) no publicados, en vez de abordar la
actividad investigadora como lo que debe ser: una actitud generosa y
ambiciosa de procurar descubrir, explicar y posiblemente aplicar o
facilitar que otros apliquen. Las publicaciones vendrán durante y
luego, como una consecuencia y no como un objetivo
Desde una perspectiva complementaria, debería hacernos
reflexionar también el dato que recuerda el informe de la Comisión
Europea (2003) citando: Menos del 5%
de las empresas innovadoras consideran como una fuente importante de
información la procedente de universidades e institutos de
investigación. Se acaba así por comprender (no por
compartir), con impotencia, la desconfianza de los financiadores en
el valor o rentabilidad de lo que financian y, en consecuencia, su
resistencia, pocas veces hecha pública, a incrementar, como es
debido, los fondos destinados a investigación
Y, sin embargo, habiendo dado la razón, en lo escrito hasta
ahora, a los que la tienen en lo que la tienen, corresponde negársela
ahora en lo que no la tienen: A pesar de su ineficiencia, el sistema
de difusión de nuevos conocimientos a través de revistas con
revisión por pares no tienen alternativa conocida. Entre los
millones de artículos que se publican todos los años, hay unos
cientos o miles que contribuyen efectivamente al progreso real del
conocimiento y otros cientos o miles que lo harán en la siguiente
generación por reacción, mutación o estimulación. Y aún los que
nunca tendrán ninguna trascendencia, ni directa ni indirecta,
pueden benévolamente interpretarse como el síntoma de que alguien
está considerando un determinado problema, con más o menos
fortuna, y haciendo el esfuerzo de organizar sus resultados para
general conocimiento
Si la preocupación por publicar no deviene en paranoia
compulsiva no será más que la preocupación, que tanto admiramos
en otros profesionales, por el trabajo bien terminado. O dicho de
otra forma, no hay conocimiento si no hay difusión. Y es
seguramente preferible difundir de más que de menos; lo que en
absoluto contradice la obligación universitaria, repito, de
procurar dar a la investigación realizada y a su publicación el máximo
valor tangible.
3. Educación a través de la investigación
Es improbable que alguien manifieste a estas alturas sus dudas
acerca de la compatibilidad de investigación y docencia. Sin
embargo, el filósofo José Antonio Marina, en El Mundo de 10 de
noviembre de 2002, escribe a propósito de la figura docente
universitaria: "Me atrevería a decir
que [investigar] puede ser un gran obstáculo, porque quien
investiga un tema pierde con facilidad el sentido de la perspectiva".
Trae además una cita de Ortega a colación: "Ha
sido desastrosa la tendencia que ha llevado el predominio de la
investigación en la Universidad". Y efectivamente,
Ortega escribió eso en el capítulo III de Misión de la
Universidad. Aunque en el V escribió en cambio: "Si
la cultura y las profesiones quedaran aisladas en la Universidad,
sin contacto con la incesante fermentación de la ciencia, de la
investigación, se anquilosarían muy pronto en sarmentoso
escolasticismo. [...]. Ellas [las ciencias] han de constituir el
humus donde la enseñanza superior tenga hincadas sus raíces
voraces".
Es posible conceder alguna excepción al error del señor Marina.
Pero sólo alguna excepción, porque globalmente no se puede afirmar
que exista una paradoja buena investigación-mala docencia [5].
Argumentos tales como que tener la mente en un problema científico
o técnico dado no permite dedicar la energía mental necesaria a
comunicar adecuadamente los conocimientos básicos o que el proceso
de transferir conocimientos a los estudiantes requiere aptitudes y
habilidades que no se entrenan investigando, no resisten, como
principios, el más mínimo análisis riguroso.
Es cierto que las competencias docentes dependen de actitudes y
aptitudes (facilidad de comunicación, orden intelectual, etc.) que
no se pueden suponer garantizadas en los investigadores por serlo,
no importa su creatividad, inteligencia o voluntad. Por tanto, no se
puede, en efecto, establecer una implicación directa entre ser un
buen investigador y ser un buen docente. Pero es falaz afirmar,
desde el otro extremo, que investigar impide automáticamente la
adecuada transferencia de conocimiento a los estudiantes, que es el
punto de la supuesta paradoja. Al contrario, si se admite que la
investigación universitaria es una actitud abierta de inquirir,
descubrir y explicar, el entrenamiento diario del investigador,
buscando soluciones e intentando ir más lejos en cualquier corpus
de conocimiento, preguntándose permanentemente y no dando ningún
problema por irresoluble, debería reconocerse fácilmente como el
mejor entrenamiento personal para transmitir el espíritu creativo o
de innovación que debe demandarse de todo aprendizaje universitario
En resumen, bien que al contrario que una paradoja, lo que parece
más fácil de explicar es la existencia de una sinergia buena
investigación-buena enseñanza/aprendizaje: la única forma posible
de transferir una actitud creativa a los estudiantes es teniéndola
personalmente; y ésta, al menos en una buena parte, se ejercita a
través de la investigación, en la medida de que investigar entrena
la curiosidad, el gusto por saber, las habilidades de razonamiento y
otras habilidades docentes
De hecho, algunos de los males que aquejan a la universidad
europea se podrían explicar, en parte, por la pérdida de su carácter
humboldtiano mientras crecía para acomodar, afortunadamente, a la
creciente demanda de educación superior, es decir, por la pérdida
paulatina de la máxima "educación a través de la investigación",
que un día fue el principio del modelo de referencia de las
universidades europeas y americanas de excelencia
Es cierto que no todos los centros universitarios tienen que ser
iguales. De los aproximadamente 4000 centros de educación superior
americanos, apenas poco más de 100 se pueden calificar de "research
universities". La ventaja de su sistema es su permeabilidad.
Cada estudiante del sistema californiano (The Economist, 1997),
accede al centro más acorde con sus aptitudes y expectativas, pero
el sistema ofrece permanentemente la posibilidad de cambiar. En esta
beneficiosa diversidad de orientaciones, niveles y exigencias, nadie
polemiza, no obstante, acerca de cuáles son los centros que ofrecen
el aprendizaje más competitivo: los que además ofrecen la más
competitiva investigación. Por si quedan dudas
4. Conclusión
Más allá del cuestionado valor de las publicaciones
universitarias y de alguna minoritaria y extravagante tendencia a
contraponer investigación a educación de calidad, lo cierto es que
si algún reto han de asumir las universidades en este comienzo de
siglo es el de extender la cultura de la innovación (esa misma que
críticamente demandamos de la empresa que nos critica). Un modelo
universitario basado en el sentido de la innovación significa no sólo
procurar que los estudiantes prueben que saben resolver un problema
dado, bien formulado, con métodos y fórmulas conocidos, sino que
son capaces de idear aproximaciones y soluciones nuevas y, aún más,
que son capaces de formular problemas relevantes e identificar todas
sus facetas. Y esto sólo se puede hacer bien cuando uno mismo lo
ejerce; o lo ejercita, por ejemplo, a través de la investigación
de problemas de interés, guiado por el problema mismo y no por las
posibilidades de componer, en unas semanas, un artículo para una
revista indexada en el JCR. Esta será la obligatoria consecuencia,
no la motivación
Bibliografía:
COM (2003) The role of the universities
in the Europe of knowledge, Communication from the Commission,
58 final, Bruselas.
Duderstadt, J. J. Some observations
concerning the future of the public research university,
http://www.nsf.gov
Denning, P. Business Designs for the New
University, Educom Review, vol. 31, no. 6, http://www.educause.com
EUROSTAT (1998) Statistics on innovation
in Europe, Data 1996-97, EUROSTAT, Bruselas
Casar, J. R. (2000) Encouraging student’s attitude of
innovation in research universities, Eur. J.
Eng. Ed., vol. 25, no. 2, pp. 115-121.
The Economist, (1997) The knowledge factory, October.
(*)
José
Ramón Casar Corredera
Catedrático de la Universidad
Politécnica de Madrid
Fuente: Madrimas
http://www.madrimasd.org |