Pintura y escultura
Cosa y Parte: Las esculturas
Evaristo Bellotti

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Hay modos de pensar autorizados y otros no. Algunos nos vemos obligados fatalmente a transitar por donde no. Juan Vicente Aliaga en un informe titulado “De los diversos usos del camaleón” (1), afirma que “el arte, por ahora, no parece tener las horas contadas”.


LAS HORAS INCONTABLES DEL ARTE

No parece fuera de lugar preguntar a quienes o a qué debemos la vida del arte: si a, uno, el arte es inmortal; dos, algunos individuos siguen dispuestos a hacerlo, contra las circunstancias; o tres, mientras existan especialistas como Aliaga el arte será noticia. Tal vez la deba a los tres, aunque no creo que Aliaga piense que por igual: hoy todas las actividades humanas reclaman ser noticia. Y este ser noticia, sin que nadie se lo proponga de antemano, exige, cuando ya ha tomado conciencia de que existe, que sea incesante. Así el arte ya es una sucesión sin freno de noticias. Del arte que progresa de esta manera puede decirse que aspira a “todo lo que puede ser”. Y, en efecto, lo consigue, no cesa: el arte funciona. Y, así, mientras funcione, no podrá concebir su acabamiento. ¿Cómo va a pensar Aliaga que se termina lo suyo? Menos riesgo y más baldío aún es especular desde posiciones fuertes sobre el final del arte, como si los viejos del lugar no supiéramos que un final da para siete vidas... o más, sobre todo en las universidades. De la percepción del paso de los días contados del arte sólo participan los que lo hacen. Y del venerable problema de su muerte sólo salen soluciones que contradicen su muerte, mueren como soluciones y fertilizan las siguientes soluciones. Mientras tanto, intentemos evitar que la mala fortuna crítica arrase al menor número de artistas posible. Aunque no siempre se pueda. Por ejemplo, la tridimensionalidad

LA TRIDIMENSIONALIDAD

Zeus y Ganímedes. Estatua de terracota de Olímpia

La tridimensionalidad, ésta que Aliaga ve a los artistas llevando de un sitio a otro, depende, como las otras dimensiones, del espacio. Hace tiempo que la ciencia ha advertido que hay multitud de dimensiones que escapan a la percepción corriente. Estas, de momento, no conciernen a la escultura; aunque quién duda de la fascinación que ejerce esta apertura que permite decir: “no se ven todas las dimensiones que hay”. Lo invisible siempre promete un más allá. Pero aquí, de momento, hay dos dimensiones que considerar: la bidimensional, que es la propia del plano, la que coincide con la superficie del plano, de la que se puede decir que “no hay más que lo que se ve”. En este plano bidimensional el ojo podrá afirmarse subjetivamente diciendo que ve nada o todo ello. En la tridimensional el eco de la sastrería vuelve una y otra vez con el alto, el ancho y el fondo en la mitad del espacio. Ninguna cosa vegetal o animal ha logrado colocarse tan en la mitad del espacio como el hombre, hasta el punto que hoy es el día en que no sabemos quien fue antes. Pero deambulamos por dos formas de tridimensionalidad: una simulada, la otra real. La simulada es perspectiva y con la perspectiva en la superficie “se ve más de lo que hay”. La real no es ni más ni menos que la escala 1:1. Las dimensiones en el espacio tridimensional real se viven rodeadas de fondo por todas partes. En este espacio tridimensional “se ve en lo que hay (está)”.

La irrupción del cine introduce la secuencia espacio temporal que es el modo de producirse de la misma perspectiva en movimiento. El espacio, con el movimiento, se hace de tiempo y realiza la aspiración implícita en la perspectiva estática de simular un espacio idéntico a la realidad. En el cine se cumple plenamente la necesidad de veracidad que la perspectiva se propuso cubrir. Ahora bien, en el cine la simulación del espacio tridimensional sobre un plano (la pantalla) coincide con la duración. En el cine la duración es al tiempo lo que la técnica perspectiva es al espacio: simulacro. La duración simula el paso del tiempo en el espacio exterior extenso atravesado tridimensionalmente por el ojo de la cámara en movimiento. Así, con la proyección de imágenes en movimiento el cine retrocede reinventando una perspectiva en la que la tridimensionalidad (lo que se supone erróneamente que es específico de la escultura), se reintroduce en la secuencia espacio temporal enmarcada en la duración

La tridimensionalidad que Aliaga identifica con la escultura y que supone resuelta en la pantalla, implica una concepción paradójicamente “pictoricista” de la escultura ligada al Renacimiento y la estatuaria. Hay tanto perspectivismo en la escultura idealista, naturalista o expresionista como en la pintura que dependía de la perspectiva. La escultura en tres dimensiones a la que alude Aliaga no es la que aborda el específico estar en el espacio (señalarlo, invadirlo, vaciarlo, enmarcarlo), sino a la capacidad como imagen, generalmente del hombre, que subraya la concepción del espacio como extensión dada al hombre para ser dominada.

Ecce homo. Alonso Berruguete

Pasear, antes del cine, tanto en la naturaleza, generalmente con ruinas, como en la ciudad era un ejercicio de percepción perspectivista en tres dimensiones. Esta relación tan sabia y tan creativa con el exterior del paseante para ver tuvo sobre la escultura, no obstante, efectos muy negativos. La percepción contemporánea de que era más inventivo el paseo que la escultura-estatua en el paisaje, a la vista de lo que llegó a ser la escultura tridimensional coincide con alguna problemática específica de los nuevos medios, y hace notar que la pintura, en principio más deudora de la perspectiva, estática, plana y enmarcada evitó mejor los estragos del perspectivismo y la veracidad. La escultura, en cambio, equivalió a figura. El fracaso de la holografía, por ejemplo, nos informa de que no hay demanda de verismo ni de figuración en tres dimensiones; que hay una conciencia difusa de que es la plasticidad y no la imagen lo que sostiene la práctica del arte como una actividad diferente de las útiles. Antes, el fracaso de la brillante propuesta que hizo Rodin de distribuir en fila sobre el suelo las figuras de los “Burgueses de Calais”, preludió el fracaso de la escultura más o menos hiperrealista que reproduce seres humanos distraídos sobre el suelo corriente extenso y democratizado de la ciudad. Si hay casi unánime acuerdo en rechazar esta opción, se debe a que la tridimensionalidad cumplida en imagen sobre un soporte extenso (la plaza o el vestíbulo) ahoga lo que le quede de cosa a la imagen de bronce, es decir, lo que le quede de escultura a la escultura. Un problema semejante viene a la fotografía pictoricista que, aprovechando las posibilidades del gran formato, reproduce escenas cargadas de significaciones a veces enigmáticas, otras ocultas por medio de nuevos “tableaux vivants” fotografiados. Aquí, la plasticidad de la imagen no ahoga a la cosa gracias a la resistencia pasiva que opone la perspectiva en el plano bidimensional de la fotografía. Y sí puede decirse sin riesgo de matar la fotografía-obra que “se diría que están vivos”, que retienen las tres dimensiones en el plano. De estos simulacros de la tridimensionalidad, en efecto, puede decirse: “se ve más de lo que hay”. Lo que no puede decirse es que la escultura se salve con la tridimensionalidad llevada a los planos. La “tridimensionalidad de la escultura” así no se salva, al contrario se abole en “los signos, el espacio y el tiempo fotográfico”. Si la tridimensionalidad ya socavaba a la escultura erosionando su condición de cosa, la propuesta de Aliaga: “acogerla en el espacio y en el tiempo fotográfico”, identificando escultura y tridimensionalidad equivale a anular la escultura. Y así la escultura no corre mejor suerte que el cuerpo, el cuerpo que tenemos.

El cuerpo: en el espacio en el que la tridimensionalidad que he llamado real nos da para ver cosas, cosas reales, las cosas no son artísticas. No están inmersas en un fondo de perspectiva, no están colocadas siguiendo un orden dado y están ajenas a las dimensiones (al afuera) y a las escalas. La escala de las cosas es 1:1, una “no escala”. Hay un tener que tiene el cuerpo que tenemos que hace de la soberanía norma, una naturaleza ajena a cualquier forma de orden, dimensión o escala que venga de afuera a nombrarla en su mismidad vacía. Aquí la escultura “ve en lo que hay”. La escultura trata de lo que está como cosa y parte, sin perspectiva y ajena a cualquier forma de uso que preceda a su condición de cosa.


Figurine dans une boîte entre deux maisons, 1950
Alberto Giacometti

EL USO CAMALEÓNICO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

La aparición de las nuevas tecnologías ofrece nuevas posibilidades de hacer arte a los artistas porque los artistas siempre han de buscar el modo de hacerlo, a pesar de las circunstancias. Pero confundir lo que los artistas hacen posible tomando unos medios que no fueron diseñados para el arte, con una progresión del arte es un grave error crítico.

No hay una realidad externa al camaleón porque entonces tendría que haber otra realidad simétrica en su interior que no hay. El camaleón ultraindividualista que Aliaga imagina, imita el aspecto y los modos de la realidad externa, para desubicarse, según Aliaga, y no ser visto en esa realidad externa. Lo cual supone necesariamente que hay otro dentro, en una realidad interna, auténtico, que es pardo y no verde como el entorno de hojas verdes en el que está. El ultraindividualista necesita mantener las dos realidades separadas para que el auténtico prime, para comer y no ser comido; y la realidad interna crezca, se envanezca, y la externa se encoja. Así progresa el camaleón ultraindividualista. Mientras tanto, la realidad indivisa impone una realidad totalitaria: el “despliegue de índices”
(2) que progresa sin freno. La huída a los nuevos medios de tantos artistas significa para Aliaga que felizmente progresan junto a la tecnología en la realidad donde realizan sus realidades internas, pero ni de lejos estos artistas toman conciencia de la transformación de la realidad que encabeza la tecnología capitalista. Así consigue el astuto camaleón saber cada vez menos de la realidad de las verdades con las que juega a la extinción. El camaleón verde que se cree pardo es comido por el verde que ya no sabe volverse pardo. Uno muere de la muerte que le inflinge el otro que muere intoxicado de consumir carne de la propia especie.

Los usos a los que Aliaga induce a que se entreguen los camaleones matan a los camaleones. La confusión no inocente que fomenta Aliaga viene de superponer sin más la progresión tecnológica, eso que se produce mediante índices, a los usos que muchos artistas se han propuesto dar a los nuevos medios “gráficos”. Aquí lo único que ha avanzado es la ideología que efectúa e impone la tecnología, que en principio es completamente ajena a experiencia alguna, y solamente entra en relación, coincide o comprende al arte cuando los artistas buscan el modo de hacerlo. El deslizamiento de tantos artistas desde los medios tradicionales a los tecnológicos no es una respuesta debida a una lógica de la evolución, ni mucho menos al destino de nuestro tiempo. Así no es cuestionable, y no lo es porque pertenece a la soberanía de cada uno de los artistas.

Displaced / Replaced Mass. No.1, NEVADA, SILVER SPRINGS, 1969

La distinción entre un mero alineamiento junto a los nuevos medios, asumiendo sin más el principio ciego del crecimiento capitalista entendido como una necesidad humana, y una toma de esos mismos medios a conciencia debe hacerse de inmediato. Lo que se juega el arte desde siempre es la medida en que es diferente o idéntico al Poder, que lo es en tanto domina el tiempo. Las obras de arte no son de su tiempo. El arte ha de empezar siempre de nuevo por lo que sea excepto por lo que debe ser. A la emergencia de las nuevas tecnologías acompañan nuevos poderes y viceversa. Si el arte funcionara, y funcionando progresara, “el despliegue de los índices” habría resuelto el desajuste entre las necesidades ciegas del crecimiento y la producción independiente del arte. Entonces sí, los nuevos medios, con la fotografía, la cinematografía, la videografía, la infografía, serían los intérpretes, los portavoces o la vanguardia de ese crecimiento. Pero el arte se hace con la materia que segrega el desajuste entre la necesidad ciega de crecimiento y su posibilidad, tanto en los viejos como en los nuevos medios.

La atracción acrítica por los nuevos medios y el sabor a venganza cumplida que destila la “desbandada de los artistas”, tal como lo expresa Aliaga, coincide con la fascinación que produce todo aquello de lo que puede decirse con fundamento que es más real. Más real parece todo aquello que es de su tiempo. Así, un clima bien compuesto de irrealidad en una obra de arte no la hace más “irrealista” para bien, que es lo que generalmente les pasa a las obras insignificantes, sino más real. Y al contrario, una obra muy realista puede ser insignificante precisamente porque de ser tan realista no es real. Lo real entonces no parece muy fácil de localizar porque se diría que está donde está y donde no está también. Los nuevos medios están obligados, tanto como los antiguos, a dar lo más posible de este real aunque no sepa el artista fijar este real de una vez para siempre en su punto. Tal vez por eso no cese de haber artistas y el arte nos traiga de cabeza.

Lo que convendría saber pronto, y en esto Aliaga ayuda poco, es que el “despliegue de los índices” no trae ni una pizca más de real al arte que otra novedad cualquiera del pasado o del futuro. Y queda onerosamente, una vez más, sobre las espaldas de los artistas procurarlo. Ahora, con los índices, también deben procurar más de lo real. Descubrir que, también en los nuevos medios, por lo real no pasa el tiempo, es la iniciación a la que están obligados todos los que en desbandada arriben a esta realidad que, empezando por el “tiempo real”, que es el más irreal por irrelevante (como el peor arte) y acabando en la “comunicabilidad” que garantiza el aislamiento más perfecto, el tiempo no va a ahorrar a los artistas nada del esfuerzo deseante que requiere hacer obras de arte. Y que este mismo tiempo volverá, eso sí, más velozmente que nunca en la irrelevancia de tanto arte advenedizo en los nuevos medios, a indicar sin compasión la pobreza efectiva de los motivos que alientan, la desbandada primero, y luego lo verdaderamente importante: a saber, que esa desbandada, en general, sigue a un movimiento ideológico que está al servicio de un Proyecto totalitario que por activa y por pasiva nos está diciendo, con el “arte vivo /arte muerto /arte vivo / arte muerto /arte vivo /arte muerto”, ... que solamente hay sitio para el Proyecto

(1).- J.V. Aliaga. “De los diversos usos del camaleón”. Revista de Occidente, nº 261.
(2).- “(Los artistas) han descubierto que el arte funciona también mediante el despliegue de índices, a saber, la fotografía, la cinematografía, la videografía, la infografía. Un mundo de contigüidades entremezcladas asoma por la ventana hecha añicos del arte”. Ibidem, pág. 9

 

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