III
Las medida, la densidad y el peso de una escultura de Giacometti es el
vacío. Todo tiene que desear la nada, como decía Sartre: "Giacometti por
igual niega la inercia de la materia y la inercia de su nada pura; el vacío
es lo pleno, flujo desplegado; lo pleno en el vacío orientado. Lo real
fulgura". La dimensión es la dimensión en sí misma y no en su extensión,
como lo habíamos observado hasta ahora, hasta él. Ya no es ni siquiera de la
escultura de Giacometti de la que hablamos sino de él, como el escultor que
ha quedado inmerso, radiado y proyectado por su escultura. Toca la materia y
la violenta, la materia lo toca y lo violenta a él y a su proyección:
disyunción de lo real del escultor que toca su densidad, que ella no lo
condena, como, por decir, a quien sin ser escultor hace escultura. Él exalta
la condición de la escultura misma.
El escultor es el escultor; para Giacometti, los demás hacen esculturas. La
condición del escultor es la irritación que le provoca lo inimitable que hay
en la escultura y que constituye la formación de un tratado sobre ella,
tratado de lo que está por hacerse y no de lo que está hecho. En él, lo que
hallamos, lo que se ilumina, como para un "iluminador de libros", es que la
masa no interesa, no es lo esencial, como sí podría haberlo sido para Rodin.
Lo esencial, entonces, es como ella misma; es prueba de nuestra
inconsistencia, de nuestra incoherencia y de nuestro morir. Giacometti ha
inventado la escultura-dibujo, porque ellas poseen líneas y trazos. Y sus
esculturas son trazos que, como lo indicaba Michel Leiris: "Fabrican el
espacio". Ese es el escultor, el que no ornamenta y para el cual la
escultura no es un accesorio que llena lo que está "vacío" o más bien
vaciado.
En la relación de mi mirada, llena de una eclosión indecible y no mensurable
de subjetividad y objetividad, de y con las esculturas de Giacometti, de lo
que puedo proveerme es de la muerte, de la muerte de mi mirada ante estos
objetos escultóricos, que es irrevocable, porque somos y estamos hechos para
la muerte, pero en la que hay momentos de un vacío ideal-real, en el cual la
muerte se libera de nosotros y es ella misma, sin necesidad de destruirnos.
El lector de las esculturas de Giacometti sabe que es leído y destruido por
ellas y es más: excavado. Lo que el escultor hace es excavar la mirada del
observador. Y he ahí su poder. La escultura y la escritura femenina de
Giacometti así lo prueban. Esta feminización del orden del mundo es el nuevo
orden de la escultura, su sensibilidad y su percepción. La forma no es el
volumen, sino la densidad.
NOTAS
1. Jean Genet, El objeto invisible. Escritos sobre arte, literatura y
teatro, Ed. Thassalia, España, 1997, p. 44.
2. Jean Paul Sartre, Literatura y arte. Situations IV, Ed. Losada,
Argentina, 1966, p. 268.
Oscar González Es ensayista, poeta y
conferenciante. Ha publicado La ciudad soñada (1999) y Pincel de hierba
(2001). Es Asesor Literario de los Grupo de Teatro Matacandelas, Hora 25 y
Oficina Central de los Sueños, además de Coordinador de la Ruta en Estudios
Estéticos del Departamento de Humanidades de la Universidad EAFIT, Medellín
(Colombia). Es cercano al "Campo de Actividades Surrealistas", París y
pertenece al Comité Editorial de la revista Punto Seguido.
Contacto:
ojgonzal@eafit.edu.co