Pintura y escultura
Alberto Giacometti, un escultor
Oscar González
ojgonzal@eafit.edu.co

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Alberto Giacometti Vida y obra - Acerca de A Rodín - El arte abstracto - El largo camino de la abstracción - Leonardo Da Vinci Vida y Obra

I
Toda escultura es una escritura; por eso mismo, Alberto Giacometti, lo que hace en sus esculturas es escribirse y escribirnos. La forma no es lo esencial, sino el teatro escritural de la forma, la que llama e invoca el vacío, el vacío como el principio de la forma. La técnica de la escultura de Giacometti es la forma y el vacío, como lo es para los orientales: vacío de todo y vaciado de la forma en la escultura, en su escritura. El escultor intenta escribir con la escultura, para inmovilizarse en el vacío de la forma. La forma es el vacío para él. La escultura de Giacometti habla del vacío y escribe la forma, pero una forma vaciada de sí misma; podríamos decir una forma sin forma, como de una escritura sin leyes escriturales. Él las inventa y las crea.
Hay extinción de la forma y extensión de lo escriturable por la escultura. Y en él, la escultura como es escritura es también, con la misma intención, teatro. Es la escultura de Giacometti una escultura teatral. Teatro de la escultura, porque siempre proviene de ella misma, como máscara. Es lo que es y no lo que no es. Nada es lo mismo después de que ya lo he percibido y lo conozco, y como me conoce ya no es lo mismo. He ahí el drama.

II

Giacometti no domina la técnica de la escultura moderna. Inventa entonces una nueva; porque el que no domina una técnica la inventa, como por decir: Brancusi, Lipchitz, Ramírez Villamizar o Vayda. Lo que queremos decir es que él no sabe lo que hace, sino lo que revela, lo que imanta de sí mismo y le da forma. El sentido no es lo que determina la búsqueda, lo que dice de la búsqueda es el no sentido, lo que se inicia en lo insólito y el azar, lo súbito. El objeto estructural de la escultura de Giacometti no es lo que se ordena, sino lo que se mueve en el caos. Lo que transforma es el caos, lo que inquieta y lo que revela.
De eso se trata; cuando un escultor inventa su tratado para hacerse escultor, cuando no necesita imitar a nadie, sino que se halla en sí mismo, obedeciendo a su principio y a su hilo imantado. El método de Giacometti es matemáticamente dicho, el de la destrucción y el del exterminio de lo imitable, de lo escultórico por lo escultórico. Nada de lo que halla es imitación de la realidad, sino una des/imitación, una destrucción del "objeto hallado" como se estableció en el surrealismo, para decidirse por el objeto invisible, como nos los dice Genet: "La soledad, como yo la entiendo, no significa condición miserable, sino más bien realeza secreta, incomunicabilidad profunda, pero conocimiento más o menos obscuro de una inatacable singularidad".

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III
Las medida, la densidad y el peso de una escultura de Giacometti es el vacío. Todo tiene que desear la nada, como decía Sartre: "Giacometti por igual niega la inercia de la materia y la inercia de su nada pura; el vacío es lo pleno, flujo desplegado; lo pleno en el vacío orientado. Lo real fulgura". La dimensión es la dimensión en sí misma y no en su extensión, como lo habíamos observado hasta ahora, hasta él. Ya no es ni siquiera de la escultura de Giacometti de la que hablamos sino de él, como el escultor que ha quedado inmerso, radiado y proyectado por su escultura. Toca la materia y la violenta, la materia lo toca y lo violenta a él y a su proyección: disyunción de lo real del escultor que toca su densidad, que ella no lo condena, como, por decir, a quien sin ser escultor hace escultura. Él exalta la condición de la escultura misma.
El escultor es el escultor; para Giacometti, los demás hacen esculturas. La condición del escultor es la irritación que le provoca lo inimitable que hay en la escultura y que constituye la formación de un tratado sobre ella, tratado de lo que está por hacerse y no de lo que está hecho. En él, lo que hallamos, lo que se ilumina, como para un "iluminador de libros", es que la masa no interesa, no es lo esencial, como sí podría haberlo sido para Rodin. Lo esencial, entonces, es como ella misma; es prueba de nuestra inconsistencia, de nuestra incoherencia y de nuestro morir. Giacometti ha inventado la escultura-dibujo, porque ellas poseen líneas y trazos. Y sus esculturas son trazos que, como lo indicaba Michel Leiris: "Fabrican el espacio". Ese es el escultor, el que no ornamenta y para el cual la escultura no es un accesorio que llena lo que está "vacío" o más bien vaciado.
En la relación de mi mirada, llena de una eclosión indecible y no mensurable de subjetividad y objetividad, de y con las esculturas de Giacometti, de lo que puedo proveerme es de la muerte, de la muerte de mi mirada ante estos objetos escultóricos, que es irrevocable, porque somos y estamos hechos para la muerte, pero en la que hay momentos de un vacío ideal-real, en el cual la muerte se libera de nosotros y es ella misma, sin necesidad de destruirnos. El lector de las esculturas de Giacometti sabe que es leído y destruido por ellas y es más: excavado. Lo que el escultor hace es excavar la mirada del observador. Y he ahí su poder. La escultura y la escritura femenina de Giacometti así lo prueban. Esta feminización del orden del mundo es el nuevo orden de la escultura, su sensibilidad y su percepción. La forma no es el volumen, sino la densidad.

NOTAS
1. Jean Genet, El objeto invisible. Escritos sobre arte, literatura y teatro, Ed. Thassalia, España, 1997, p. 44.
2. Jean Paul Sartre, Literatura y arte. Situations IV, Ed. Losada, Argentina, 1966, p. 268.

Oscar González  Es ensayista, poeta y conferenciante. Ha publicado La ciudad soñada (1999) y Pincel de hierba (2001). Es Asesor Literario de los Grupo de Teatro Matacandelas, Hora 25 y Oficina Central de los Sueños, además de Coordinador de la Ruta en Estudios Estéticos del Departamento de Humanidades de la Universidad EAFIT, Medellín (Colombia). Es cercano al "Campo de Actividades Surrealistas", París y pertenece al Comité Editorial de la revista Punto Seguido.
Contacto: ojgonzal@eafit.edu.co


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