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Octubre en
Frankfurt es el mes de la Feria del Libro, que como se trata de la mayor
feria mundial en su género, es lógico que funcione como estímulo para que
la actividad en torno de la cultura se vuelva central en la ciudad. En
este sentido, también en el campo de las artes visuales se registran esos
ecos: una de las muestras más interesantes que se inauguró para la Feria
(y sigue hasta el 27 de noviembre) es
Rodin-Beuys,
en la Schirn Kunsthalle, donde se presentan y relacionan los dibujos y las
esculturas de ambos artistas.
Rodin y Beuys, cada uno a su modo, constituyen fuertes influencias para el
arte del siglo XX, uno en la primera mitad, el otro en la segunda. Podría
decirse, como después se explicita, que uno abrió el siglo y el otro lo
cerró (simbólicamente).
La curadora de la exhibición es la norteamericana Pamela Kort, una
historiadora del arte que vive en Berlín y que curó el anteaño pasado la
muestra Paul Klee: 1933 en el mismo espacio –donde se exhibía obra
antinazi hasta entonces inédita de Klee–, comentada oportunamente en estas
páginas por quien firma estas líneas.
Si bien la muestra se propone como la primera en que se confrontan juntas
ambas obras, debe señalarse la presencia de obras de ambos artistas en la
Bienal de Venecia de 2001, con una intención similar. Aquella muestra
veneciana, la primera Bienale del siglo XXI, intentaba establecer una
suerte de paradigma artístico del siglo XX articulando una obra de Rodin
(“El caminante”), como apertura artística del novecientos, con otra de
Beuys (“El fin del siglo XX”), que colocaba, desde su título, como cierre
(real) de la Bienal y clausura (simbólica) del siglo. La afirmación
implícita del curador de aquella Bienal –el recientemente fallecido Harald
Szeemann– era que Auguste Rodin funciona como modelo para la modernidad,
porque fue uno de los primeros escultores que supo marcar la autonomía del
arte, esto es, la separación entre lenguaje artístico y representación.
Por otra parte, la poética y compleja concepción artística de Joseph Beuys,
sumadas a la ambigüedad y la fragmentación de su obra, funcionaban como
cierre de un ciclo y un siglo.
La muestra de la Schirn Kunsthalle de Frankfurt exhibe 130 obras sobre
papel y 35 obras maestras de la escultura que ayudan a comprender la
importancia capital que la obra de Rodin (1840-1917) tuvo para Beuys
(1921-1986).
La exposición supone una lectura alemana de la obra de Rodin (esto es: la
influencia sobre Beuys), a través de otro gran artista alemán que oficia
de puente entre ambos: Whilhelm Lehmbruck (1881-1919), quien además de
haber influido decisivamente sobre Beuys –como este mismo lo destacó en
una conferencia poco antes de su muerte–, realizó buena parte de su
trabajo tomando a Rodin como fuente de inspiración.
Entre fines de la década del ’40 y mediados de la del ’60, Joseph Beuys
realizó centenares de dibujos y acuarelas sobre papel en un estilo que
evoca la técnica y el lenguaje formal de los dibujos y las acuarelas que
Rodin realizó entre 1895 y 1910. Los dibujos y acuarelas de Rodin, muy
libres y experimentales, exploran el cuerpo femenino con un erotismo que
aún resulta inquietante. Unas veces como bocetos de futuras esculturas y
otras con plena autonomía de la escultura, las obras gráficas del artista
francés siempre evocan la sensualidad de sus modelos, al mismo tiempo que
analizan la dinámica del movimiento.
En el caso de Beuys, sus dibujos y acuarelas, de una etérea carga poética,
tienen una gran similitud con los de Rodin, y el medio siglo que los
separa no es un abismo, a pesar de la marca que las vanguardias dejaron en
Beuys y que éste incluye, en sus derivaciones y estribaciones, en el modo
de volver abstracta cierta forma, o en un uso particular del collage.
En la exposición se rescata la atracción de Beuys por el dibujo: “Para mí,
dibujar es especialmente importante, porque en mis dibujos anteriores,
incluso remontándome a 1947, encuentro que todo está en principio
prefigurado”. Podría decirse que esta confesión del artista alemán
funcionó como señal para la curadora de la muestra.
Aunque nunca dejó de dibujar, Beuys dio un giro a mediados de los ’60 y a
su producción dibujística comenzó a llamarla Partituras y a volcarla sobre
pizarrones y anotadores.
Beuys se interesó por Rodin luego de leer el texto monográfico que Rainer
Maria Rilke había escrito en 1903 sobre la obra del escultor francés. Y
esta monografía forma parte de la lectura germana de Rodin, quien fue muy
reconocido en la Europa de lengua alemana.
Por otra parte, la devoción de Beuys por Lehmbruck está explicitada en la
transcripción de una conferencia en la que el primero reconoce que la obra
del segundo lo decidió a dedicarse a la escultura, especialmente el
magnetismo que le produjo un torso que Lehmbruck esculpió en 1918, Daphne.
“Debo a Lehmbruck –decía Beuys– el haberme hecho escultor: su obra en
relación con el cuerpo excede incluso a Rodin.”
Uno de los puntos salientes de la producción de Rodin en cuanto al
lenguaje escultórico fue la fragmentación del cuerpo, a fines del siglo
diecinueve y especialmente en relación con el tratamiento del torso como
forma autónoma. En este punto, vale rescatar un testimonio del pintor
argentino Eduardo Schiaffino, que en 1906 viajó a Europa comisionado por
el Estado para comprar obras para el Museo Nacional de Bellas Artes y para
espacios públicos. Luego de visitar el inmenso lugar de trabajo de Rodin,
Schiaffino escribió: “Ganamos el gran taller entre numerosos torsos
mutilados de estatuas griegas y romanas, que Rodin recibe directamente de
las excavaciones: ‘¡Mirad qué hermoso vientre!; dice el maestro con los
ojos cerrados. El maestro sigue con visible interés esta minuciosa visita
y parece confirmar en los reiterados choques de emoción estética que
recibimos, la seguridad de su instinto creador de belleza. Con pausada
frase, apenas perceptible, comenta su obra. Delante de El pensador nos
dice: ‘He querido hacer junto con el hombre de pensamiento, el hombre
fuerte listo para la acción’”.
Precisamente, la fragmentación del cuerpo y la autonomía del torso como
género escultórico permitieron a Rodin establecer un puente para unir la
brecha entre el arte de la Antigüedad (los “torsos mutilados de estatuas
griegas y romanas” que describe Schiaffino) con la propia obra del gran
escultor francés.
Y Beuys expresa en sus dibujos la fascinación por los torsos de Lehmbruck
y Rodin, como resulta evidente en esta exposición.
Del mismo modo, también se ve con claridad la importancia del movimiento,
tanto en Beuys como en Rodin. En este sentido, el escultor francés
escribió: “Primero debemos darnos cuenta de que el movimiento es la
transición de una posición a otra. [...] Cada pintor o escultor que
imparte movimiento a sus figuras es el creador de tal metamorfosis”.
Así también Beuys concibió la escultura como un proceso de desarrollo
abierto y en movimiento. Pero critica, casi como un filólogo, la palabra
“escultura”, porque la consideraba limitante. Prefería hablar de
“plástica”, porque este concepto supone “modelar” ideas en objetos, lo
cual le resultaba más cercano a la sensibilidad contemporánea y a su
teoría de la “Plástica social” y a su extensión del concepto de “artista”.
Tan importante para él resultaba el paradigma de la plástica que la propia
actividad de pensar se constituye, según él, como un proceso escultórico y
plástico.
Si bien los dibujos de ambos artistas resultan notoriamente emparentados,
no puede decirse lo mismo de las obras en tres dimensiones. Las
extraordinarias y modernas esculturas de Rodin, frente a las extrañas
instalaciones y objetos de Beuys, son producto de mundos muy distintos. En
este caso, la relación se vuelve más compleja y caprichosa, porque sendos
lenguajes formales están separados por un abismo. Sí puede rescatarse como
factor común la importancia que ambos artistas les dieron al tiempo y al
espacio en sus obras, como horizonte incluido en la concepción de sus
trabajos
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