|
300907 - A 10
años de su muerte
Se valió de la historieta y la publicidad para crear un estilo
chic y net. Fue el primer artista vivo al que el MoMA de Nueva
York le dedicó una retrospectiva. Algunas de sus piezas cotizan
en siete cifras. Ayer se cumplieron diez años de la muerte de
Roy Lichtenstein. Rafael Cippolini, Hugo Petruschansky y Edgardo
Giménez opinan sobre su lugar en el arte contemporáneo.
En principio, puede ser la imagen viril (y domesticada) que todo
bello comandante del frente del bien quisiera reflejar ante el
espejo mientras se acomoda una condecoración. La alegría de un
niñito al observar cómo despega un avión de trompa redondeada.
O,¡ahhh!, el sueño impecable que se representa en las
publicidades de antigrasas, por supuesto recreado en clave...
exquisita. ¡Todo es tan sencillo! Una fiesta lisa y llanamente
amable, en home, sweet home, allí donde podemos ser puros,
íntegros y pícaros a la vez.
Cuando uno se queda en lo superficial de esa obra, nota contento
que si el perro está furioso hace “Grrrrrrrrrrrrr”, que el Alka-Seltzer
bulle como corresponde dentro del vaso y que la caña salta por
la sorpresa cuando: “¡Mira, Mickey, he pescado uno grande!”.
Incluso si aparece alguna duda respecto de por qué esa chica se
está hundiendo, se puede leer en el globito: “No me importa,
prefiero ahogarme antes que pedirle ayuda a Brad”.
Caramba, se puede pensar desde ese mundo feliz, ¿quién
necesitaba Battrata o los bombardeos de Whaam? Queremos tanto a
Roy Lichtenstein, benigno, condescendiente, plano, chato. Ese
socarrón sin rastros de malicia...
No fue sólo por esto que su obra se convirtió en ícono del
Pop
Art más fino y estilizado a escala global; que lo
seleccionaron para integrar la American Academy of Arts and
Sciences de Nueva York en 1979 y le otorgaron varios doctorados;
que en 1987 se convirtió en el primer artista vivo al que el
Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una retrospectiva.
Lichtenstein se estableció como figura ineludible del arte del
siglo XX por eso y mucho más.
De historieta. Lichtenstein nació en la calle 86 Oeste del Upper
West Side. Su padre trabajaba en negocios inmobiliarios y la
familia tenía una buena posición económica. En esa casa,
escuchaba a Flash Gordon y Mandrake el mago por radio, construía
maquetas de aviones y dibujaba. Durante la secundaria, se
convirtió en fanático del jazz y organizó una banda en la que
tocaba clarinete, flauta y piano. Dibujaba por entonces
inspirado en la ópera Porgy & Bess, de George Gershwin, y en los
jazzeros que escuchaba en clubes “infames” –dice su biografía
oficial– de los alrededores de la calle 52.
En el otoño de 1940, comenzó a estudiar en la Universidad de
Ohio, en Columbus. En el 43, casi cuatro años después del
comienzo de la Segunda Guerra, fue reclutado y trasladado a
Europa. Ya se ha contado, pero es simpático y sintomático:
cuando terminó la guerra, Lichtenstein llegó hasta la puerta del
departamento de Picasso en París y quedó estupefacto: no
encontró ninguna razón para que a Picasso le interesara
conocerlo, y se fue, explicaría después. En el ‘94, durante su
retrospectiva en el Guggenheim, seguía escondiéndose o jugando a
hacerlo. Le pidieron que posara junto a los cuadros, pero los
miraba de reojo y comentaba: “Intenté hacer un tipo de arte tan
despreciable que nadie se atreviera a colgarlo”.
Entre los 50 y 60, Lichtenstein había trabajado como dibujante,
diseñador de vidrieras y docente universitario. En 1949, había
obtenido el título de doctor en Bellas Artes. En el ‘51, realizó
su primera exposición individual en Carlebach Gallery de Nueva
York. Ya había creado obreros, pilotos, buzos y hasta piezas
símil surrealistas. Sus pinturas y gráficos de fines de esa
década eran también ya una parodia del arte norteamericano.
Fue en los 60 cuando presentó su obra característica, construida
a partir del cómic y el cliché, un despliegue visual emblemático
de la sociedad industrial y los géneros de sus vetustas bellas
artes europeas y locales. Había conocido al galerista Leo
Castelli. Las ventas se dispararían.
Por entonces, a cierta crítica no le bastaba que ante sus
cuadritos de cartoons nadie pudiera seguir de largo. Brian
O’Doherty escribió en The New York Times que Lichtenstein se
dedicaba a fabricar a toda prisa “una oreja de cerdo con una
oreja de cerdo”. La revista Life preguntaba: “¿Estamos ante el
peor artista de América?”; “Pueril”, “impostor”, “duplicador”
fueron sólo algunos de los epítetos que le endilgaron.
“Es indudable que entre mi obra, mi manera de pintar y la
publicidad hay una relación muy directa. A veces se me reprocha
que con mi estilo contribuyo a hacer más aceptable esa
publicidad y el incremento del consumismo. Pero existe una
enorme ironía en mi trabajo; intento, por lo menos, asumir una
postura crítica ante lo que represento”, tuvo que declarar
Lichtenstein aun en 1983, durante su retrospectiva en la
Fundación Juan March. “El dibujo es una manera de describir mis
pensamientos de la forma más rápida. Los cómics parecen tener
todo lo que necesito para hacer dibujos modernos”, agregó en el
MoMA, cuatro años después.
Dice Lisa Philips, directora del New Museum of Contemporary Art,
que la obra de Lichtenstein “parece decir: ‘Lo que ves es lo que
hay’, pero en realidad está colmada de una tremenda sutileza y
de un perspicaz pensamiento conceptual”. La curadora de Roy
Lichtenstein. Dibujos. Vida animada –la muestra de 80 dibujos y
collages que realizó entre fines de los 50 y los 90 y que Malba
expuso a mediados del año pasado– explicó que Lichtenstein
“deliberadamente se lanzó a explorar lo ‘estúpido’ y lo ‘no
artístico’, en contraste con la tradición de vanguardia
predominante y con la ética modernista, optando por la ‘copia’
(en tanto que opuesta a la invención) como un propósito
decididamente no artístico. Este abordaje estaba, desde luego,
más conectado con el uso que ya había hecho Duchamp del
readymade y de las técnicas mecánicas”. Lichtenstein entendió al
dibujo, agregó Philips, como “un lenguaje abstracto conformado
por signos y transformó el lenguaje de la formación de imagen en
el tema de su arte a la par de sus fuentes populares”.
Deben recordarse también las obras de Cézanne, Monet, Matisse o
Mondrian que Lichtenstein reinventó a partir del 62 con su
estética racional, chic y net, trabajando mediante un diseño
pensado y repensado, dibujado, fotografiado, proyectado sobre
cartón, calcado, pintado, pegado con cintas negras, recortado,
ampliado, sutilmente marcado con los puntos Ben Day, hecho,
rehecho y vuelto a empezar. Sus representaciones de las
pirámides de Giza o del Partenón en la Acrópolis de Atenas, sus
esculturas. Pero, especialmente, vale señalar los brochazos
impasibles en que, a partir del 65, convirtió a las pinceladas.
Porque allí muestra cómo destiló el gesto romántico y heroico
del expresionismo abstracto (al que se acercó fugazmente) para
crear simpáticas provocaciones desdramatizadas, distantes,
heladas, es decir, con el matiz típico de las técnicas de
reproducción en serie, el manto impersonal y pocas veces tan
ilusorio de la era industrial.
Más que ironía. El curso se titulaba “Dibujar mirando”. El
profesor, Hoyt L. Sherman, ingeniero, pedía a los alumnos que se
sentaran en la oscuridad total e iluminaba con un fogonazo de
segundos el objeto que tenían que recrear. Era 1942 y hacía dos
años que Lichtenstein estudiaba arte, mientras horneaba
animalitos de cerámica y creaba retratos y naturalezas muertas
en la línea de Picasso y Braque. Las teorías de Sherman sobre la
unidad visual fueron fundamentales para su trabajo. En la
Fundación March, Lichtenstein también debió aclarar: “Mi arte no
es un mero ejercicio o un juego literario. Cuando decido pintar
un cuadro, quiero que el resultado sea algo artísticamente
organizado. Es decir, trabajo seriamente, calculando, por
ejemplo, la proporción adecuada de los colores. Me importa, aún
más que la ironía, que la obra sea un todo organizado”.
Otra escena sirve para definir su estilo un poco más. De vuelta
en los Estados Unidos después de la guerra, retomó las clases
con Allan Kaprow. El maestro le explicó que el color no se podía
enseñar a través de Cézanne. “Sólo puedes aprenderlo a partir de
cosas así”, sentenció, y señaló un chicle.
El artista también señaló en el ‘83: “La ironía es quizás hoy
fruto de la crisis de valores y creencias, incluyendo la pérdida
de la fe en el arte, en las instituciones, en la autoridad,
etc., que lleva a interpretar todo con humor y distanciamiento”.
Más allá de ella, Lichtenstein fue capaz de colocar a la
historieta en el templo de las bellas artes y a las bellas artes
en un espacio de creatividad maravillosamente singular, que
además fue característica de una época.
Murió el 29 de septiembre de 1997, de neumonía.
|