Política y economía americanas
EE.UU. y su
antidemocracia electoral
Heinz Dieterich Steffan

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¿Cómo se elige al presidente en el país más "democrático" del mundo? - La clase política en USA - La Gran Farsa - USA Al día

A propósito de las elecciones del 2000
La democracia estadounidense acaba de aportar una original innovación a la democracia occidental: invistió como presidente electo al candidato que más votos ciudadanos reunió en su contra. Tal travestía política fue posible, gracias a la combinación de cuatro elementos: 1. Un sistema electoral profundamente antidemocrático. 2. Un descarado fraude electoral en el Estado de La Florida. 3. La legalización del fraude por la Corte Suprema de Justicia en Washington, D.C. 4. La complicidad de los intelectuales del sistema en el encubrimiento del ilícito.

El régimen electoral estadounidense ha sido antidemocrático desde su nacimiento, debido a la necesidad de cumplir con dos funciones básicas: a) Permitir el robo de tierras y el etnocidio, cometidos contra los pueblos indígenas. b) Garantizar la dominación de la nueva elite blanca en las trece colonias, arrancadas al colonialismo inglés por, esencialmente, el poder francés. El sistema electoral como instrumento de dominación de la elite blanca refleja el "ADN" racista y excluyente de esa nueva clase dominante.

Viviendo de la explotación de sus esclavos, de las ventas fraudulentas de las tierras indígenas y con mentes permeadas por el racismo, los "padres fundadores" de la República, como George Washington y Thomas Jefferson, no pudieron diseñar un sistema electoral democrático porque hubiera sido incompatible con las estructuras de explotación y opresión de su flamante República.

Por eso excluyeron en la primera Constitución del nuevo Estado el derecho humano de los indígenas a participar electoralmente en los asuntos públicos (Artículo I), y definieron el valor electoral (y fiscal) de un "negro" como correspondiente a las tres quintas partes del valor electoral de un blanco. La razón de este arreglo, conocido como el Three-Fifths Compromise, es obvia: en un sistema electoral de democracia directa, las burguesías del norte hubieran dominado al nuevo Estado porque contaban con una población de hombres blancos superior a la de los esclavistas del sur. La repartición equitativa del poder político entre ambas fracciones de la nueva elite exigía la fórmula descrita. Su mecanismo de implementación fue el Colegio electoral.

El Colegio electoral, como cuerpo de notables, tenía y tiene la función de impedir toda incidencia real de las mayorías sobre los destinos de la República: es uno de los mecanismos oligárquicos principales para garantizar que las masas ðconsideradas por la clase política estadounidense como no aptas para el ejercicio del poder- no estorben a los dueños del país. La cantidad de electores que tiene cada estado en el Colegio se determina, por una parte, en proporción a su base demográfica para la Cámara de Representantes (diputados del parlamento); este número se complementa con dos electores adicionales para el Senado. El resultado actual de este procedimiento es que un voto electoral de Nueva York representa a 550 mil personas, mientras que ese mismo voto de South Dakota sólo representa a 232 mil votos. Expresado de otra forma: Al Gore recibió los votos de 54 electores por ganar las elecciones en California, mientras que George Bush ganó 73 votos al capturar doce estados pequeños que tienen la misma población que California. Esta es la praxis que vive el más importante principio de la democracia formal ðone person, one vote, un ciudadano, un voto- en Estados Unidos.

Tal estructura antidemocrática del sistema electoral implica, al mismo tiempo, un fuerte elemento de discriminación racista, debido a que los estados que cuentan con escasa población disponen de una población desproporcionalmente blanca; es decir, hay una ponderación del voto en detrimento de las minorías "negras", hispanas e indígenas, entre otras. Esa ponderación discriminatoria se reforzó en La Florida deliberadamente, donde los sistemas más falibles de conteo de votos -sistemas mecánicos para ponchar boletas- se concentran en los distritos de elección de los pobres "negros" e hispanos, mientras que en los suburbios afluentes de los blancos predominaban los sistemas de lectura óptica (scanner) y de computación.

El Colegio electoral, junto con el sistema de votación no-proporcional en la mayoría de los Estados de la Unión Americana; el control absoluto de las dos partidocracias dominantes (republicana y demócrata) sobre las elecciones primarias partidistas y las reglas y estructuras oligárquicas que rigen a éstas; la repartición del supremo poder judicial entre los republicanos y demócratas, así como los mecanismos plutocráticos-manipulativos de la fabricación del consenso, convierten a este sistema electoral en oligárquico, en el cual sólo los candidatos de las elites pueden triunfar

EE.UU. y su antidemocracia electoral

G
eorge W. Bush es el cuarto presidente en la historia de Estados Unidos, impuesto por las oligarquías nacionales contra la voluntad popular. Pese a que perdió el sufragio democrático por 539,947 votos frente a su rival Al Gore, las manos visibles de la oligarquía lo impusieron como nuevo dueño de la Casa Blanca. Ahí continua la tradición de B. Harrison, R.B. Hayes y del infame "arquitecto" de la doctrina Monroe, John Quincy Adams.

El "destino manifiesto" del exitoso robo electoral de Bush tiene cuatro explicaciones: 1. el sistema electoral antidemocrático del país; 2. el fraude electoral en La Florida, ejecutado por los poderes ejecutivo, legislativo y, parcialmente, jurídico del estado; 3. la corrupción en la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y, 4. la usual complicidad de los intelectuales del sistema con la razón del Estado.

El ilícito electoral en la Florida está vinculado, esencialmente, a tres sujetos políticos: Jeb Bush, el gobernador del estado; su operadora política Katherine Harris y la mafia cubano-estadounidense que constituye el bloque de poder con los más altos niveles de organización y los más bajos niveles de ética, en la península. Los contrapesos que pudieron movilizar los demócratas para parar a esta fuerza, se vieron raquíticos: la minoría de los legisladores demócratas en el parlamento local y la mayoría de jueces en la Corte Suprema del Estado, nombrados por gobernadores del Partido Demócrata, no pudieron parar a la aplanadora republicana.

Katherine Harris y su jefe político habían logrado exorcizar con éxito toda noción de división de poderes o de conflicto de intereses, de la campaña electoral: Harris fue, al mismo tiempo, co-coordinadora de la campaña electoral de Bush y, como secretaria de Estado, la máxima autoridad electoral de La Florida. Es decir, se fusionaron las funciones partidistas y políticas de Harris abiertamente en una sola. Durante los 36 días del conflicto electoral, todas las decisiones respectivas de Harris favorecieron, sin excepción, a Bush. Entre otras hazañas, Harris contrató de un solo consultorio legal a 29 abogados con once ayudantes. El precio por hora, de cada abogado, fue de 175 dólares. Las facturas presentadas hasta mediados de diciembre alcanzaron 700 mil dólares y fueron liquidadas con dinero del erario público.

Cuando el último baluarte de los demócratas, la Corte Suprema del Estado de la Florida, se opuso mayoritariamente al robo electoral, fallando a favor de un recuento de votos, los republicanos actuaron en cuatro frentes: a) amenazaron con usar el parlamento estatal de la Florida a favor de Bush; b) movilizaron a sus grupos de presión y choque callejeros; c) organizaron una campaña publicitaria nacional contra Gore y d) garantizaron que la máxima instancia jurídica en Washington, la Corte Suprema, les diera el triunfo.

De hecho, el fallo de la Corte Suprema estaba prácticamente seguro, dado que cinco de los nueve jueces habían sido nombrados por los republicanos. Además, dos de los cinco tenían motivos especiales para avalar el fraude de La Florida: uno de ellos tiene dos hijos que se ganan la vida -y algo más- en empresas de abogados que trabajan para Bush y, la esposa de otro colabora en la Fundación Heritage (HF), escogiendo candidatos conservadores para el nuevo gobierno de Bush.

La decisión de los cinco mandarines en favor del fraude -que terminó con toda aspiración de resolver el conflicto por la vía democrática- carece, como notaron los cuatro jueces democráticos en su opinión de disenso, de todo principio y lógica legal. Efectivamente. Pero, entre derechos oligárquicos iguales decide la fuerza y, en este caso, la tenían los republicanos.

La manifiesta corrupción de la Corte Suprema dejó al desnudo la esencia plutocrática de la democracia estadounidense: como en el feudalismo, los cargos públicos son botín del poder económico. Es la mejor democracia que se puede comprar con dinero ð the best democracy, money can buy. Esta es la verdad que los intelectuales del sistema tratan de ocultar en una febril operación mundial propagandística. Solo que en esta ocasión, la verdad era tan evidente que sus intentos de justificación terminaron, por lo general, en el ridículo; más o menos por el estilo de Al Gore, cuando, al final, ayudó a encubrir el fraude, diciendo: Esto es América y aquí, el país es más importante que el partido.

La respuesta del pueblo estadounidense a este circo es que el cincuenta por ciento de la población ni se molesta en ir a las urnas. Pudiendo elegir entre cuatro millonarios blancos Bush-Cheney y Gore-Liebermann- que son, sin excepción, hijos de la fortuna del petróleo, del armamentismo y del capital financiero y que, durante la guerra de Vietnam estuvieron a salvo de los frentes, adonde su clase social mandó a matar y morir a los de abajo, la mitad de los ciudadanos no votó. De tal manera, que el nuevo presidente Bush, además de ser producto de un fraude electoral, apenas representa el 25 por ciento del electorado de la nación. Pero: Esto es América y aquí, la oligarquía es más importante que la democracia


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