Política y economía americanas
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Jorge Gómez Barata

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EE.UU. y su antidemocracia electoral - ¿Cómo se elige al presidente en el país más "democrático" del mundo? - USA Al día

La Presidencia - Ellas: Las primeras damas - La clase política estadounidense

1 - La Presidencia

George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, fue designado para el cargo en 1789 y se reeligió en 1792, inaugurando tres tradiciones en la política norteamericana: que el presidente sea una figura nacional, un hombre rico y busque la reelección.

Washington no era un político profesional, sino uno de los artífices de la independencia. Con antecedentes y grados militares ganados en las luchas contra indios y franceses en las que adquirió la pericia necesaria para comandar las fuerzas de la revolución, tuvo también la visión y las energías necesarias para contener tendencias que ninguna revolución, al llegar al poder puede evadir.

No fue el teórico, ni el ideólogo de la independencia, tampoco la pluma más brillante ni el tribuno más elocuente, sino el más recio y consecuente de una magnifica hornada de líderes que sólo las épocas de trascendentales cambios sociales logran reunir.

Al tener como vicepresidente a John Adams y nombrar a Alexander Hamilton como secretario del Tesoro y a Thomas Jefferson como secretario de Estado, Washington se aseguró de que la dirección del país que comenzaba a institucionalizarse, estuviera en las mismas manos de los que habían conducido la revolución, creando además un ambiente de unidad, ajeno a las facciones y al partidismo.

Luego de ocho años al frente de la administración, declinó las ofertas para una nueva postulación y al despedirse aconsejó a los futuros gobernantes no establecer compromisos ni alianzas con el extranjero que comprometieran los intereses de la Nación y en lo interno, evitar las pugnas partidistas.

El segundo presidente, John Adams ignoró los consejos de su predecesor y se enredó en el primer gran debate al interior de la naciente clase política norteamericana, polemizando con Alexander Hamilton y Thomas Jefferson por la cuestión del federalismo y creando con ello las bases para la futura división entre republicanos y demócratas.

Su más peculiar aporte fue haber logrado que el mayor de sus hijos, John Quincy Adams, en 1925 fuera electo como el sexto presidente, iniciando así una tendencia a la dinastía que afortunadamente no llegó a consumarse. Aunque hubo otros presidentes emparentados: Teodoro y Franklin Roosevelt, que eran primos, y William Harrison que fue abuelo de Benjamín Harrison, Hubo que esperar 175 años para que en el 2000, George Bush emulara a su padre.

El tercer presidente fue Tomas Jefferson, el más brillante de todos los intelectuales que han pasado por la presidencia norteamericana y el más contradictorio de los fundadores de esa Nación. Nunca renunció a su condición de propietarios de dotaciones de esclavos y su actitud, además de un baldón para la elite, es una de las causales del drama racial que todavía padecen los Estados Unidos.

No deja de ser paradójico que los ideólogos norteamericanos que, sin dejar de ser consecuentes con los intereses de la clase social a la que pertenecían, al menos en el ámbito programático y de las líneas de deseos, trascendieran esos límites, para enfocar la revolución de liberación nacional, desde la altura de los intereses de la condición humana, carecieran de la lucidez y la coherencia suficiente para resolver el problema de la esclavitud y el racismo.

La revolución se hizo en 1776 mas la esclavitud no fue abolida hasta 89 años después cuando, en 1865 fue adoptada la 13ª Enmienda de la Constitución. Para lo cual tuvo que ocurrir la devastadora guerra civil que desunió el país, costó casi un millón de muertos y enormes perdidas materiales.

No obstante, la segregación racial sobrevivió otros 99 años hasta 1964 cuando el presidente Johnson, sucesor y en parte heredero político de JFK, logró la aprobación de la ley sobre derechos civiles que Kennedy dejó en el tintero. En el camino, además de la inconsecuencia de los fundadores que hicieron una revolución “White’s Only”, las jornadas terribles de la Guerra Civil, la larga noche del KKK, la anécdota del gobernador de Arkansas que en 1957 ordenó a la Guardia Nacional impedir la entrada de niños negros a la escuelas, en respuesta a lo cual, Eisenhower envió tropas federales, el valor del joven negro James Meredith que en 1962, escoltado por agentes federales, ingresó al campus de la universidad de Mississippi, el magnifico movimiento encabezado por Martin Luther King, su marcha en Washington y su vibrante discurso: “Tengo un sueño” y su muerte absurda a manos de un pistolero.

El cuarto presidente y el último de los grandes jefes revolucionarios en ocupar tal cargo fue James Madison, autor de las primeras diez Enmiendas a la Constitución Norteamericana, conocidas como Declaración de Derechos. En 1791, junto con Jefferson y Monroe fundó el Partido Republicano, luego conocido como Demócrata Republicano. Fue el primer presidente en conducir una guerra extranjera cuando en 1812, el Congreso declaró la guerra a Gran Bretaña.

A pesar de las diferencias conque condujeron sus gestiones, estos estadistas delinearon las bases de la institucionalidad norteamericana basada en la división y el equilibrio de poderes y crearon las premisas para la continuidad del sistema. Ellos establecieron el principio de que el gobierno norteamericano es transitorio y perecedero, mientras el Estado es eterno, inmutable e intocable.

Respecto a la presidencia, todos trabajaron para dotarla de poderes inmensos y amplia capacidad de decisión. El presidente norteamericano es la cabeza visible de la elite política estadounidense que por su relevancia económica, deviene clase social dominante y desde esa posición asume la representación de todo el país.

A los largo de cuatro siglos, desde que en 1789 el Congreso Constituyente, constituido en instancia electoral, designó a George Washington hasta el año 2000 en que el Tribunal Supremo zanjó a favor de George Bush el conflicto surgido en el conteo de votos del estado de La Florida, el país ha sido llamado a elecciones en 54 ocasiones y ha sido gobernado por 43 presidentes.

La diferencia entre el número de elecciones y de presidentes se explica porque 19 individuos fueron reelectos, uno en cuatro ocasiones. Mientras cuatro mandatarios: William Harrison, Zachary Taylor, Warren Harding, y Franklin D. Roosevelt, fallecieron de muerte natural en el ejercicio del cargo e igual número: Abrahán Lincoln, William McKinley, James Garfield y John F. Kennedy, fueron asesinados, siendo sustituidos por sus respectivos vicepresidentes.

Del saldo forma parte Gerald Ford, sustituto de Richard Nixon. Nixon y Ford son casos singulares. El primero es el único que ha renunciado a la presidencia y el segundo desempeñó los cargos de vicepresidente y presidente sin haber sido electo para ninguno de ellos.

También se incluye la anécdota de Grover Cleveland, releecto en dos períodos no consecutivos y Franklin D. Roosevelt que ocupó la silla durante cuatro mandatos desde 1933 y 1945.

En los extremos de la duración de los mandatos presidencia se encuentran Franklin D. Roosevelt que se mantuvo durante doce años y William Harrison que apenas disfrutó un mes del alto puesto

2 - Ellas: Las primeras damas

El oficio de Primera Dama de los Estados Unidos se tornó importante a partir del 18 de agosto de 1920 cuando tardíamente entró en vigor la 19° Enmienda a la Constitución que concedió a la mujer el derecho al voto y se hizo estelar con el desarrollo de los medios de difusión masiva, especialmente de la televisión. Desde entonces, quiéranlo o no, ellas también forman parte del sistema político y de la maquinaria electoral.

LA PRIMERA

Opacada por las brumas del tiempo y por la imponente presencia de las contemporáneas, agraciadas, cultas y dispuestas, pocos recuerdan a Martha Dandridge Custis, la mujer de George Washington, que nunca fue llamada Primera Dama. Cuando se casaron, él no era famoso y ella era más rica, viuda y madre de dos hijos. Con Washington no tuvo ninguno.

UNA PRECURSORA

En 1995 algunos empleados de la Casa Blanca, revelaron que por la residencia deambulaban fantasmas. Entre los aparecidos incluían a Abigail Adams esposa de John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos, la primera pareja que gobernó desde Washington y habitó la residencia y quizás la primera norteamericana en integrarse a la lucha por la independencia. Cuando su marido redactaba la Declaración de Independencia, ella le escribió una carta que la inmortalizaría: “Espero -le decía- que en la nueva legislación que vais a hacer tomaréis en cuenta a la mujer, y seréis más comprensivos con ella que vuestros predecesores...En caso de que no prestéis particular atención a la mujer estamos decididas a fomentar una revolución, pues no nos sujetaremos a leyes que se hicieron sin nuestra voz ni nuestra representación”

No fue escuchada.

UNA NOTA AMARGA

Viuda a los 21 años, a los 22, en segundas nupcias, Martha Wayles Shelton, contrajo matrimonio con Thomas Jefferson que la convertiría en la tercera Primera Dama de los Estados Unidos, jerarquía que apenas pudo disfrutar porque falleció en 1882 durante el parto de su segunda hija. Viudo, desconsolado, todavía en edad de merecer y con dos niñas que cuidar, Jefferson se apoyó en una joven esclava negra, nombrada Sally Hemmings, según se afirma, hermana bastarda de su mujer a la que convirtió en su amante y en madre de varios hijos, también bastardos y a los que nunca concedió la libertad.

UN MAL MOMENTO

Dolley Payne Todd, en su tiempo notoria por su gracia y hermosura, esposa de James Madison, el primer presidente en declarar la guerra a un país europeo y en perderla, formó con su marido la única pareja obligada a huir de Washington cuando en 1812 fue tomado por tropas británicas que le prendieron fuego a la Casa Blanca, al Capitolio y a otras dependencias del gobierno.

UNA MUJER DE ARMAS TOMAR

Según cuentan la primera dama que más ha influido sobre su marido y sobre la política norteamericana fue Edith Bolling, segunda esposa de Woodrow Wilson que se convirtió en una destacada colaboradora de su marido al que asesoró y suplantó. Según se afirma ella tomó parte en las decisiones más importantes respeto a la I Guerra mundial y acompañó a su esposo a Europa para negociar el Tratado de Versalles. Los periódicos criticaron hasta el hartazgo al presidente por conceder semejante protagonismo a su mujer y se comenta que en venganza, el Congreso denegó la solicitud para ingresar en la Liga de Las Naciones.

Cuando Wilson sufrió un infarto que prácticamente lo dejó sin habla, obligó a mantener el secreto, incluso ni el vicepresidente era informado de la salud del Mandatario, en nombre del cual ordenó que se le enviaran a ella los asuntos que requerían atención del presidente. Según los secretarios del gabinete y el vicepresidente Marshall, en que en ese período, las decisiones eran tomadas por la Primera Dama. Fue llamada usurpadora. Su último acto oficial fue asistir a la toma de posesión de JFK

UNA TRAGEDIA

Jane Pierce la mujer de Franklin Pierce, tuvo un ataque de nervios cuando se enteró de que su marido aspiraba a la presidencia y le suplicó que no la llevara a Washington. No fue escuchada. En el tren rumbo a la capital murió el último de sus tres hijos. Pasó el resto de su vida de luto severo.

LA FIGURA MÁS ALTA

La reina entre las primeras damas norteamericanas es todavía Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin D. Roosevelt, Primera Dama durante cuatro períodos electorales. Fue ella quien dio a esa condición un verdadero realce, convirtiéndola en una categoría del sistema político norteamericano. Es también la que ostenta el record de haber tolerado la infidelidad de su marido a lo largo de ¡29 años!

COSAS DE LA VIDA

Edith Kermit Carow, vivió con Teodoro Roosevelt, de quien fue la segunda esposa una experiencia singular. En 1884 la primera esposa, Alice Lee de la que Roosevelt estaba profundamente enamorado y su madre murieron el mismo día de la misma enfermedad: tifus. Pasaron años antes de que el joven se repusiera de tan duro golpe hasta que en Londres, en 1886 se casó con ella.

UNA CURIOSIDAD

Nadie se explica de que modo Grace Coolidge se comunicaba con su esposo, Calvin Coolidge, considerado el más lacónico de los políticos norteamericanos de todos los tiempos. Para él decir “si o no” era un alarde retórico que el pueblo no soportaba. Ella misma contaba la anécdota de una joven que sentada a su lado lo retó: “Le haré decir tres palabras”. Al final de la velada el presidente le respondió: “gané

LAS UNICAS

Abigail Adams: esposa de John Adams y madre de John Quincy Adams Bárbara Bush: esposa de George Bush y madre de George W Bush.

DOS MUJERES PARA UN DESTINO

Thelma "Pat" Catherine Ryan, que en 1940, al contraer matrimonio con Richard Nixon, inició la senda que la llevaría de humilde maestra de mecanografía a Primera Dama y al escarnio público cuando su esposo, violo escandalosamente la ley y fue obligado a renunciar, quedando ella también cesante, mientras que Elizabeth Warren ascendió a primera figura femenina de la Nación sin pasar por el suplicio de una elección cuando su marido, Gerald Ford, ocupó los cargos de vicepresidente y de presidente sin ser nunca electo para ninguna de esas funciones.

DANDO MUESTRAS DE ABNEGACIÓN

Criticada por sus afanes de protagonismo, Nancy Davis, la mujer de Ronald Reagan, se abstuvo de toda actividad pública durante los diez años que duró la enfermedad de su marido al que se unió 50 años atrás cuando ambos eran actores. La Primera Dama número 40, la única actriz de Hollywood en desempeñar esa función, no niega sus arrebatos místicos, que no le han impedido librar una batalla personal contra las políticas de la actual administración en torno a las investigaciones sobre células madre. Aunque le gustó estar allí, confiesa haber llorado frecuentemente en la Casa Blanca”.

VIVIERON LAS ANGUSTIAS DE LAS GUERRAS

Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin D. Roosevelt, que condujo a los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial

Mary "Mamie" Geneva Doud, la esposa de Dwight Eisenhower, Comandante aliado durante la II Guerra Mundial.

Elizabeth Virginia Wallace con Harry Truman, al final de la II Guerra mundial y durante la Guerra de Corea...

Claudia Alta Taylor (Lady Bird), cuando su marido, Lyndon Johnson escaló la Guerra de Vietnam.

MALTRATADAS POR LA ADVERSIDAD

Cuatro mujeres, estando en la Casa Blanca, lloraron a sus maridos asesinados: Mary Ann Todd por Abrahán Lincoln, Lucrecia Garfield por James Garfield, Ida Saxton a William McKinley y Jacqueline Lee Bouvier a John F. Kennedy. Otras cuatro, por causas naturales enviudaron en el gobierno: Anna Tuthill Symmes a la muerte de William Harrison, Margaret Taylor que sobrevivió a su marido, el presidente Zachary Taylor, Florence Klong De Wolfe cuando Warren Harding falleció de un ataque cardíaco y Eleanor Roosevelt, enviudó de Franklin D. Roosevelt.

LA MÁS ATREVIDA

Hillary Rodham, la maltratada esposa de William Clinton, Llegó a la Casa Blanca en andas de la popularidad de su marido. No se resigno a ser su sombra y salió de allí convertida en la más popular de las primeras damas y la única suficientemente atrevida como para especular con su aspiración a la presidencia. Diplomada en Yale, debutó en la política al ser contratada para investigar a Richard Nixon y era ya profesora en la universidad de Arkansas cuando William Clinton la convirtió en la primera esposa de un presidente que era a la vez, una profesional exitosa.

Engañada por su marido, la América machista prevalecido sobre la mojigata y la premió por comportarse a la altura que se espera de la mujer del jefe. Hillary pagó con fidelidad al presidente la traición de marido.

Contrariamente a un juicio muy establecido, las primeras damas no son exclusivamente las esposas de los presidentes, pues aunque se les presume casados, hay excepciones. El presidente número 15° James Buchanan fue un solterón impenitente, nunca se casó y su primera dama fue Harriet Lane, una sobrina.

Otros se divorciaron y, sobre todo en los primeros tiempos, no era extraño que enviudaran. La historia no recoge siempre los detalles.

Andrew Jackson, gobernó con dos primeras damas, ninguna fue su mujer: Emily Donelson era sobrina y Sarah Yorke su nuera.

Martin Van Buren, el presidente número ocho, se hizo acompañar por Hannah Hoes, su esposa y luego por Angélica Van Buren, su nuera.

John Tyler, décimo presidente tuvo tres primeras damas: Leticia Christian, su primera esposa, en el interregno, la función fue desempeñada por Priscila Cooper, su nuera y al final, con toda legitimidad ocupó el puesto su segunda esposa, Julia Gardiner.

El 13° mandatario, Millard Fillmore se auxilió en las tareas domesticas y en los actos protocolares por Abigail Fillmore, su esposa y luego por Mary Abigail, su hija. La historia se repitió con el 17°, Andrew Jackson que utilizó a Eliza McCardle su esposa y a Martha Paterson, su hija.

Grover Cleveland, electo para dos mandatos no consecutivos tuvo a su hermana, Rose Cleveland cuando fue el presidente número 22 y a su mujer Frances Cleveland cuando fue el número 24.

Con el 23°, Benjamín Harrison cumplieron tan importante función, Caroline Lavinia, su esposa y luego Mary Harrison, hija de ambos y lo mismo ocurrido con el 27°, William Taft que tuvo a Helen Herron, la esposa y a Helen Taft Manning. El 28, Woodrow Wilson, estando en la Casa Blanca tuvo dos esposas, naturalmente, una después de la otra: Ellen Louise Wilson y Edith Bolling Wilson.

HISTORIAS PARA CREER

Se afirma que el término Primera Dama es una invención norteamericana, utilizada por primera vez en 1877 por la periodista Mary Clemmer, que lo aplicó a Lucy Webb, esposa del presidente Rutherford Hayes.

Hasta hoy, Sarah Childress, esposa de James Polk, 11° presidente, el mismo que condujo la guerra que privó a México de la mitad de su territorio, es considerada como la dama de más exquisitos modales, educada y refinada de las que habitaron la mansión presidencial.

Cuentan que cierto día, un apuesto joven tomo en sus brazos a una bella muchacha, para vadear un río y al llegar a la otra orilla le propuso matrimonio. Ella era Julia Boggs Dent y él Ulysses Grant, el 18° presidente de los Estados Unidos. Cincuenta años después todavía caminaban cogidos de la mano y ella se sonrojaba bajo su mirada.

Laura Bush conoció a su marido, George W Bush a los 31 años y se casó con él tres meses después de su primera conversación. Maestra y bibliotecaria su pasatiempo favorito es la lectura. Prefiere la tranquilidad del hogar al bullicio de la política y su prioridad son sus hijas. Evade hablar con su marido de asuntos relacionados con su trabajo, jamás critica sus decisiones y nunca lo aconseja. Se siente cómoda siendo considerada una mujer corriente y le gusta ser convencional. Nunca comenta en público los asuntos de su familia.

La historia de las primeras damas norteamericanas reserva un lugar para: Elizabeth Kortright, la de James Monroe, Louisa Adams que compartió su vida con John Quincy Adams, Ellen Lewis Herdon, habitó la Casa Blanca con Chester Arthur, Lou Henry Hoover con Herbert Hoover.

3 - La clase política estadounidense

La elite dominante estadounidense, por cierto tan minoritaria como la realeza británica, la casta de los Borbones o el Colegio Cardenalicio, es tan liberal por su comportamiento en materia económica, como dogmática en el ámbito ideológico, intolerante en lo cultural y excluyente en la esfera política. El capitalismo estadounidense que es capaz de desarrollar las fuerzas productivas más que todos los demás países juntos, ha sido incapaz de dotarse de un sostén espiritual propio.

Lo mejor de la sociedad estadounidense, que son sus libertades, no han soportado la prueba de una genuina disidencia. En Estados Unidos no prosperaron, en medida equivalente a su desarrollo socioeconómico, organizaciones alternativas, el movimiento sindical fue castrado, nunca hubo una prensa de izquierda, ni floreció el pensamiento socialdemócrata, incluso la difusión de la doctrina social de la Iglesia, no dio lugar a las organizaciones políticas y sindicales cristianas, características del occidente desarrollado. Los estadounidenses nunca conocieron un tercer partido ni un candidato independiente de relevancia real.

La respuesta de Estados Unidos al nacionalismo latinoamericano fue el intervencionismo, con el neocolonialismo pretendió anular la descolonización y su reacción ante el auge de las ideas socialistas posterior a la II Guerra Mundial, fue el Mcarthismo, la más agresiva expresión de intolerancia ideológica institucionalizada desde la Inquisición. Nunca el establishment estadounidense se planteó el enfrentamiento al comunismo como parte de una lucha de ideas, sino como un fenómeno policíaco.

El pragmatismo, que en su acepción más pedestre domina el pensamiento político del sector dirigente estadounidense, confunde las categorías y asume como patrón el éxito a cualquier precio. Una sociedad que en el plano científico aun discrepa con Darwin, es en el ámbito social ferozmente darvinista, allí el pobre es un perdedor. El tosco materialismo economicista se complementa por un clericalismo absurdamente primitivo e inconsecuente que, de una parte cuestiona la imparcialidad de Dios, lo hace cómplice de arbitrariedades e injusticias y de la otra, convierte en afirmación lo que debiera ser un ruego: ! Dios bendiga a los Estados Unidos ¡

El simplismo y la banalidad del discurso político, basado en consignas y frases ingeniosas, generalmente atribuidas al presidente de turno y elevadas al rango de doctrinas, no es un hecho casual, sino un fenómeno de profundas raíces históricas y que evolucionando constantemente se ha adaptado a las nuevas realidades, especialmente al control por la elite de los medios de difusión masiva.

Tal vez todo se explique porque los Estados Unidos son la única nación mundial en la que están representados todos las nacionalidades y etnias, unidas por valores mercantiles en lugar de por atributos nacionales o patrióticos y que, careciendo de elementos endógenos cohesionadores, acude constantemente a justificaciones exteriores, desplegando una agresividad que por permanente ha devenido segunda naturaleza.

Estados Unidos inventó la cultura de masas porque no podía reinventar a las masas, mientras más nutridas de aquella bazofia, más susceptibles de ser manipuladas. Una sociedad sorprendentemente dinámica e imaginativa en todas las esferas del saber y de la creación material, segrega una producción cultural dominada por la banalidad y lo trivial. El cine de Hollywood aporta el más antológico ejemplo. Aunque necesariamente esquematizados, tales realidades forman los ambientes ideológicos y los contextos reales en los cuales se realiza la competencia política estadounidense, basada en una liturgia hecha de ritos por medio de los cuales, la elite corteja y engaña a las mayorías, a la vez que se reproduce y reproduce su poder. De todos los actos litúrgicos los más importantes son: la credibilidad y las elecciones.

La base de la ideología y del sistema político estadounidense es la creencia en un destino manifiesto, según el cual, Estados Unidos está predestinado para liderar al mundo occidental, empeño para el cual, los padres fundadores crearon la más perfecta de las democracias. Semejante chatarra ideológica es complementada cuando se le hace creer al pueblo que es depositario del poder y que los políticos profesionales son sus representantes y servidores.

Asumida a escala social, semejante espiritualidad funciona como ente cohesionador en la medida en que se convierte en credo, que es realizado mediante el sistema electoral. .

El camino hacía la presidencia comienza cuando la maquinaria partidista identifica a los sujetos, siempre un gobernador, senador o vicepresidente, como elegible. Jamás nadie ajeno a ese cenáculo ha alcanzado la máxima jerarquía. La elite política estadounidense es una casta tan cerrada como la de los brahmanes de la India. En Estados Unidos nunca hubo un presidente proveniente de los círculos intelectuales, periodísticos e incluso tampoco del mundo de los negocios. Tres presidentes militares: Taylor, Grant y Eisenhower son las excepciones que confirman la regla.

Los presidenciables luego de ser entrenados mediante el desempeño de algunos cargos menores, y de haber hecho su pasantía por el Congreso o el ejecutivo, donde la selección natural descarta a los excesivamente mediocres o faltos de carisma, son tomados de la mano por la maquinaria partidistas que los conduce por los meandros de un colosal ejercicio de relaciones públicas que conducirá a un engaño masivo.

El primer filtro son los caucus electorales, asambleas partidistas de base en las que participan los activistas más relevantes de las localidades y que sirven a la maquinaria del partido de referencia respecto al punto de vista de las bases sobre algunos candidatos.

Los sobrevivientes están listos para participar en las elecciones primarias, penúltimo tramo en la carrera presidencial, mediante las cuales los partidos escogen a sus candidatos.

El seleccionado deberá todavía cumplir el ritual de presentarse ante la convención de su partido cuya única misión es santificar el resultado de las primarias y, con la fuerza de la maquinaria política partidista, desplegada a escala nacional y con todo el dinero recaudado, relanzar al candidato ungido que irá a las elecciones generales, evento en el que, mediante el voto, el pueblo expresa su preferencia por uno de los dos contendientes.

Contrariamente a una creencia generalizada, al votar, los ciudadanos estadounidenses no eligen directamente al presidente sino a los integrantes del llamado Colegio Electoral, 538 super electores que designarán al presidente.

En este instante pueden ocurrir tres fenómenos:

1. Que un candidato obtenga la mayoría del voto popular y logre también mayoría en el colegio electoral. En este caso, la elección se habrá consumado.

2. Que un candidato obtenga la mayoría de los votos del pueblo y no alcance la mayoría en el Colegio Electoral en cuyo caso prevalecerá la decisión del Colegio Electoral. Este fenómeno ha ocurrido con 17 candidatos.

3. Que en el Colegio Electoral haya empate, en cuyo caso la decisión se trasladará al Congreso que votará hasta lograr una decisión. En la tercera elección fueron necesarias 36 votaciones para decidir entre Jefferson y Aaron Burr.

En el 2000 se dio una cuarta situación cuando la elección fue impugnada, se ordenó el recuento de votos y el Tribunal Supremo anuló la decisión, haciendo prevalecer el punto de vista del Colegio Electoral que dio la presidencia a Bush.

La elección presidencial es un hecho político de tanta relevancia que concita la atención de la mayoría de los ciudadanos del planeta, excepto de los estadounidenses. Cerca de 70 millones de ellos ni siquiera se inscriben en los registros electorales y una parte de los inscriptos simplemente no votan, entre otras cosa, porque no les interesa quien gobierna sino como lo hace.

De lo que no se han percatado los estadounidenses es de lo mucho que se parece su democracia al totalitarismo


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