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Fuente
La Jornada
La Revolución es
lo que ha de venir bien a todos. Es como el Viejo Cóndor de los altos cerros
con su penacho blanco y que nos ha de cobijar a todos con sus poderosas
alas. Francisco Chipana
Ramos, 1945 (Silvia Rivera, cit.)
1 El movimiento insurreccional
de septiembre-octubre 2003 en Bolivia aparece, en sus formas, sus
protagonistas y sus contenidos, como un producto de las transformaciones
impuestas por la reestructuración neoliberal de fines del siglo XX en la
sociedad, en la economía y, sobre todo, en la vida, los territorios y las
relaciones de las clases subalternas. Es un movimiento nuevo, con actores
antes inexistentes, con una capacidad fresca para unir las demandas más
inmediatas a las propuestas nacionales más generales -gas, agua,
hidrocarburos, coca, república- y con métodos de organización y de
enfrentamiento de antigua estirpe, pero también nutridos por cuanto las
nuevas tecnologías han puesto a su alcance.
En la insurrección boliviana despuntó una combinación
inédita de rasgos antiguos y modernos y un uso nuevo de la violencia
popular. Más que explicar la insurrección del altiplano por comparación con
las revoluciones del pasado, hay que analizarla en relación con las
transformaciones de la sociedad y de las formas de dominación del capital
establecidas desde la última década del siglo XX.
Si esto es así, en la violenta y victoriosa insurrección
boliviana que culminó en octubre de 2003 estaríamos ante la primera
revolución del siglo XXI. Conviene tratar de descifrar sus contenidos, sus
motivaciones y sus presagios.
***
2 El 17 de octubre de 2003, aymaras, campesinos,
trabajadores y trabajadoras con empleo y sin empleo, vendedoras de los
mercados y de las calles, estudiantes indígenas, mineros, migrantes de los
cuatro rumbos -la indiada, pues, la indiada tan temida- con la violencia de
sus cuerpos y sus muertos tomaron La Paz y derribaron al Presidente de la
República de los Señores y los Ricos, don Gonzalo Sánchez de Lozada.
Ellos, pues, esos mismos, que estaban bloqueando caminos
desde inicios de septiembre y en huelga general desde el 8 de octubre. Con
la violencia de sus cuerpos, sí, porque a más de piedras, palos, hondas,
tres fusiles viejos y unos cachorros de dinamita, armas no tenían. Con la
violencia de sus muertos, sí, porque el ejército, que para romper bloqueos
había recomenzado a matar indios el 20 de septiembre en la localidad de
Warisata, altiplano paceño, el domingo 12 de octubre ya los había masacrado
en El Alto.
Esos, los mismos y las mismas que el lunes 13, mientras el
ejército allá abajo en La Paz seguía matando, habían llevado sus muertos a
los atrios de sus iglesias y a los patios de sus casas; y los habían velado;
y se habían contado y habían contado a quien quisiera oír las atrocidades
del ejército y la resistencia con las manos desnudas; y con la ira en los
ojos habían mostrado a los reporteros, como quien presenta una ofrenda, las
manos juntas llenas de casquillos vacíos recogidos por las calles de El
Alto; y habían hablado entre ellos en voz baja y se habían aconsejado toda
la noche. Y el martes 14, a la mañana, en cortejos por las calles
polvorientas habían llevado a sus muertos ante sus iglesias y habían
asistido en masa a las misas de cuerpo presente; y habían conversado en las
juntas vecinales de cada esquina con sus dirigentes; y ha-bían decidido,
entonces, que ahora sí baja-rían a La Paz y, así costara 500 muertos más,
esa cifra dijeron, esta vez tumbarían al odiado presidente asesino. Con la
violencia de sus muertos, dije, con la violencia de sus cuerpos.
***
3 Bajarían a La Paz, dije. La Paz está en una
hoyada, 400 metros más abajo que el altiplano, donde, al borde mismo de la
hondonada, se encuentra El Alto con casi 800 mil habitantes, sus casas de
autoconstrucción y los espléndidos nevados de la Cordillera Real en su
horizonte. Las laderas caen hacia la capital en forma abrupta, y por ese
lado están totalmente cubiertas por los antiguos barrios de los trabajadores
-Munaypata, Pura Pura, Villa Victoria- que también tienen su historia de
luchas y masacres: Villa Victoria fue bombardeada por aire en 1950.
Por sus avenidas, calles, callejuelas y senderos empezó a
bajar la torrentera aymara el día miércoles 15. A su paso, los vecinos de
las laderas los reciben con júbilo, les dan refrescos, agua, comida, y se
van sumando a ellos. El 16 llegarían los mineros de Huanuni, después de
sortear, amenazando y negociando, el bloqueo del ejército 100 kilómetros
atrás, en Patacamaya, donde al fin el destacamento militar había dejado
pasar sin atacarlos a los 60 camiones de mineros, hombres y mujeres (palliris),
que venían desde Oruro, la capital minera. Dejado pasar, dije, señal de duda
que todos percibieron.
Ya habían llegado para entonces por decenas de miles los
campesinos aymaras de la provincia Omasuyos y de otros rumbos del altiplano,
que desde hacía un mes mantenían el bloqueo carretero. También llegaban los
de su capital rebelde, Achacachi, varias veces masacrada a lo largo del
tiempo, donde se alza una estatua de Tupaj Katari, el jefe aymara que en
1781 puso cerco a La Paz y estuvo al borde de tomarla antes de ser derrotado
por los españoles. Venían también destacamentos de cocaleros de los Yungas y
de otras regiones templadas o calientes. Los estudiantes de la Universidad
Pública de El Alto (UPEA) se movían por todas partes, entre las fogatas de
llantas viejas y las barricadas hechas con los puentes peatonales tumbados
sobre las avenidas a fuerza de muchos brazos jalando sogas.
Esta vez, octubre de 2003, La Paz estaba bajo el cerco
indio, aymara, el cerco del cierre de caminos y la huelga general. No
permitían entrar alimentos ni mercancías ni gasolina. Exigían la renuncia
del presidente, la no venta del gas al exterior por los puertos chilenos; la
no erradicación de los cultivos de coca, sustento de los cocaleros, artículo
de consumo popular y planta sagrada de las antiguas civilizaciones; una
Asamblea Constituyente para refundar la República; y otras 80 demandas,
entre las más diversas, que cada sector y comunidad traía consigo. El
idioma, los gestos y hasta la bandera aymara, la wiphala, se habían
hecho receptáculos y portadores de las grandes demandas nacionales.
Desde 1781, el cerco indio de la ciudad es el fantasma que
alucina la imaginación de las clases dominantes: "La pesadilla del asedio
indio sigue incomodando el sueño del criollaje boliviano", escribía hace 20
años Silvia Rivera Cusicanqui. Ahora parecía hacerse realidad. Mientras
tanto desde el sur, allá donde el cauce de La Paz desciende hacia lugares
más templados, allá por donde están las casas de los ricos, cerraban el
cerco y venían avanzando los indios de los valles de más abajo, los
comuneros de Ovejuyos, que subían por los barrios bonitos sin tirar a su
paso una piedra ni romper un cristal ni cortar una flor. Nomás su-bían como
río en reversa para ir a tumbar al presidente.
***
4 Para romper el cerco, disipar la pesadilla, hacer
un escarmiento y permitir el ingreso a la ciudad de gasolina y abastos,
había entrado el ejército el día 12 a masacrar a El Alto, esa enorme ciudad
autoconstruida en dos décadas por los desplazados y las víctimas del
neoliberalismo: migrantes rurales del Altiplano, obreros mineros y fabriles
"relocalizados" de Oruro y Potosí, empleados de oficinas de La Paz,
comerciantes pobres y medianos, el 80 por ciento de todos los cuales en el
último censo (2001) se declararon a sí mismos "indígenas", aymaras y
quechuas, de comunidades diversas.
En 1950, cuando los aviones andaban bombardeando a los
pobladores de Villa Victoria, El Alto tenía 11 mil habitantes, colgados allá
arriba al borde de la hoyada. En el 2001, según el censo, tenía ya 650 mil,
en un país de 8 millones de habitantes. En estos años siguió creciendo. "Del
total de la población trabajadora de El Alto, el 69 por ciento lo hace en el
ámbito informal, de empleo precario y bajo relaciones laborales
semiempresariales o familiares. Pese a ello, poco más del 43 por ciento de
los alteños son obreros, operarios o empleados, lo que la convierte en la
ciudad con mayor porcentaje de obreros del país", anota Álvaro García
Linera. Esa población es muy joven: un 60 por ciento son menores de 25 años
y sólo un 10 por ciento tiene más de 50 años de edad. El 70 por ciento de
los hogares no tiene alcantarillado ni instalación sanitaria, los servicios
hospitalarios son precarios, los servicios educativos también. En El Alto se
encuentran los mayores índices de trabajo infantil y el promedio más alto de
personas ocupadas por hogar. Pero al mismo tiempo el 60 por ciento de los
hogares está por debajo de la línea de pobreza y la mitad de éstos últimos
en la indigencia.
"El Alto es una ciudad construida por sus vecinos en
cuanto al aporte de su mano de obra y capital económico para la construcción
de sus calles, avenidas, mercados, canchas de futbol, etcétera. Además, hay
una construcción social propia de la vida cotidiana fundamentada en amplias
relaciones de parentesco, compadrazgos dispersos en el espacio urbano,
amistades interbarriales de los jóvenes, relaciones más o menos comunes de
procedencia desde los ayllus y comunidades del altiplano, los valles y las
regiones subtropicales de los Andes", escribe el sociólogo aymara Pablo
Mamani. "Existen en las protestas sociales [...] formas de manifestación
aymara en el lenguaje de la vestimenta y sus significados: la pollera, los
sombreros y el lenguaje de los símbolos: yatiri, coca, pututus y wiphalas
que desde una posición de destierro social gestan actos y ritualidades
alternas a los elementos simbólicos del Estado".
Esta ciudad joven, moderna, desafiante, alzada por las
propias manos de sus vecinos, es la que surgió del capitalismo en su fase
neoliberal, con la apertura comercial y la reestructuración iniciadas en
1985 mediante el decreto 21060 -hoy objeto del odio popular-, bajo cuyos
efectos se desprotegió a las economías campesinas y artesanales, cayeron los
precios de sus productos, se cerraron minas y manufacturas, cayeron salarios
y empleo, se privatizaron los hidrocarburos y los servicios públicos, se
desencadenó una masiva emigración interna y externa, se desgarró el tejido
social popular urdido desde la revolución de 1952.
El capitalismo neoliberal creó así, sin proponérselo, la
masa popular, la dimensión territorial y las condiciones sociales de la
insurrección. Destruyó las antiguas institucionalidades negociadoras,
implantó brutalmente una nueva dominación. Pero a la coerción con que lo
hizo, no la acompañó el consentimiento de los dominados. El neoliberal es un
modo de dominación que busca desorganizar y atomizar, que no pretende
negociar nada con nadie, sino sólo tratar con individuos solitarios e
indefensos. Al final, resultó que no pudo. Esa masa nueva recomenzó a
organizarse en sus territorios nuevos con sus saberes antiguos, que no
estaban en las instituciones desmanteladas, sino en sus mentes y en sus
cuerpos. La nueva dominación no ha logrado llegar a establecer una
hegemonía, un consentimiento que acompañe y sea el mediador de la coerción,
como lo habían logrado medio siglo antes en Argentina el peronismo, en
México el PRI, en Bolivia la revolución de 1952 y el Movimiento Nacional
Revolucionario (MNR). Al mismo tiempo, las reglas propias de la nueva
dominación excluyen, por el momento, las dictaduras militares como vía
"legítima" de salida de los conflictos y de administración del Estado, y
esta novedad ha sido debidamente registrada por los dominados.
***
5 Contra esta dominación sin hegemonía -como
en otro contexto denomina el historiador Ranajit Guha a la larga dominación
colonial británica en la India-, contra esta dominación neoliberal en un
Estado de matriz colonial, que la casta oligárquica ha querido afirmar en
Bolivia a punta de tanque y bala a principios del siglo XXI, entró en
rebelión desde el año 2000 el pueblo boliviano en sucesivas "guerras",
revelador nombre bélico que el pueblo mismo ha dado a sus movimientos: la
guerra contra la privatización del agua en Cochabamba en 2000; la guerra en
defensa de los plantíos de coca en el Chapare contra el ejército y la
policía en enero de 2003 (13 cocaleros muertos, 60 heridos); la guerra
contra el impuesto a los salarios en La Paz en febrero de 2003 (más de 30
muertos); la guerra del gas en septiembre y octubre de 2003 (80 muertos),
hasta culminar con la toma indígena de La Paz y la caída del gobierno. Este
modo de dominación, además, ha venido a agudizar la fragilidad congénita de
un Estado racista de matriz colonial como el de Bolivia.
En este mando neoliberal modernizador que no logra afirmar
su hegemonía podría verse, tal vez, un eco lejano de lo sucedido con las
reformas borbónicas del siglo XVIII, guiadas por ideas iluministas de
racionalización y centralización del mando, a las cuales respondieron en la
región andina, en 1780 y 1781, las gigantescas rebeliones indígenas de Tupaj
Amaru y Tupaj Katari. En un sugerente estudio, Costumbres y reglas:
racionalización y conflictos sociales durante la era borbónica, el
historiador Sergio Serulnikov sostiene que las nuevas normas fueron
interpretadas diversamente en la región andina según los intereses de los
españoles y criollos o los de los indios. Éstos vieron también en ellas "un
instrumento de la resistencia andina contra arraigadas costumbres de
explotación y opresión política en los pueblos rurales", mientras los
gobernantes coloniales usaron los proyectos racionalizadores para el opuesto
fin de consolidar su mando.
"El punto clave, sin embargo", anota Serulnikov, "es que
la insurrección indígena más radical durante la época colonial fue el
resultado del entrelazamiento, no del choque, entre procesos
de movilización social desde abajo y de trasformación política desde arriba.
Vista desde esta contexto particular, la crisis de legitimidad colonial
puede haber sido menos el resultado de la imposición de un nuevo pacto
colonial que de las inesperadas formas en que ese nuevo proyecto
hegemónico contribuyó al colapso del viejo orden sin consolidar, en el
camino, una alternativa viable (subrayado mío, A.G.). Las políticas
borbónicas aumentaron la carga económica sobre las comunidades andinas al
mismo tiempo que dieron a éstas más poder para confrontar la autoridad
local".
¿Habrá sido esta última insurrección del altiplano, sin
cabezas visibles, sin partidos dirigentes, sin grandes centrales sindicales,
sin toma del poder, una violenta flor de un solo día; o, como en la
revolución de 1781 contra el Estado colonial, como en la revolución de 1952
contra el Estado oligárquico, estamos ante una precursora de respuestas
similares contra la presente dominación neoliberal en otras zonas de esta
región del mundo?
Aunque sólo fuera para responder a esta pregunta, hay que
prestarle atención y, sobre todo, no dejarla sola.
***
6 Para romper el cerco de La Paz había entrado el
ejército el día 12 de octubre a masacrar El Alto, dije. Es que no había otro
modo para ellos, pues El Alto, esa ciudad de migrantes desarraigados, en
esos días estaba asombrosamente organizada, con bloqueos de calles y
avenidas, juntas vecinales en cada manzana, vigilias voluntarias llamadas
por altavoces en las esquinas, barricadas con piedras y alambres y llantas,
radios independientes transmitiendo las 24 horas de cada día, guardias
populares para evitar saqueos a los negocios, asambleas en las calles, en
los locales sindicales y en las parroquias. Entre sus escasas pertenencias,
los migrantes habían traído consigo la herencia inmaterial del saber
organizativo.
"La organización comunitaria traída del altiplano y los
centros mineros anuló por completo al gobierno, que tuvo que llegar al uso
discrecional de la fuerza para romper los cercos de la protesta", escribiría
con cierta lucidez dos semanas más tarde, el 30 de octubre, el periódico
conservador La Razón.
Es hasta cierto punto cierto, pero no es todo. Pues ese
saber comunitario está materializado también en las formas organizativas que
desde hace décadas, con altibajos de auges y recesos, vinieron construyendo
sus portadores: la Central Obrera Boliviana (COB), debilitada pero viva,
encabezada por Jaime Solares; la Central Obrera Regional de El Alto (COR),
decisiva en este movimiento, encabezada por Roberto de la Cruz; la
Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB),
fuerte en el altiplano aymara, dirigida por el Mallku Felipe Quispe;
en la zona cocalera y otras regiones, el Movimiento al Socialismo (MAS),
encabezado por Evo Morales; en los valles centrales, los campesinos regantes
de Omar Fernández; en la ciudad de Cochabamba y su periferia, los
trabajadores fabriles y la Coordinadora del Agua, encabezada por Oscar
Olivera, que en el 2000 condujeron la guerra del agua.
Podría verse aquí un nuevo episodio de lo que Silvia
Rivera Cusicanqui describe como "el proceso difícil y contradictorio" de "la
síntesis entre la memoria larga (luchas anticoloniales, orden ético
prehispánico) y la memoria corta (poder revolucionario de los
sindicatos y milicias campesinas a partir de la revolución de 1952)".
Sin embargo, en la rebelión de El Alto fueron los vecinos
y sus juntas locales, y no esas organizaciones ni sus dirigentes, los que
articularon el entero movimiento. Es lo que registraron La Razón y
otros órganos de prensa escrita y radial en esos días. Por eso el ejército
se lanzó a ciegas contra todos, sin ir a buscar las inexistentes cabezas del
movimiento.
"Así, al amanecer del domingo 12", prosigue la crónica
retrospectiva de La Razón, "un enorme operativo militar inició en la
zona norte la matanza que al final de la tarde cobraría la vida de 28
personas. El convoy compuesto por carros cisternas y dirigido por tanques y
caimanes bien pertrechados avanzó por la Avenida 6 de Marzo hasta el cuartel
Ingavi, con ráfagas de metralla que se responden con cachorros de dinamita,
petardos y piedras, dejando a su paso muertos y heridos".
Con la violencia de sus cuerpos y sus muertos, dije: "Los
movimientos políticos y sindicales casi desaparecieron del conflicto", sigue
refiriendo la crónica. "Fueron los vecinos los que organizaron la
radicalización. La noche del miércoles 15 la furia popular movió nueve
vagones de tren, cada uno de diez toneladas, y los dejaron caer desde el
puente sobre la Avenida 6 de Marzo, cerrando el paso sobre esa ruta".
Basta. Ya no pasa ningún convoy, carajo.
Entonces los que empezaron a bajar fueron los vecinos, los
deudos y parientes y conocidos de los muertos, los heridos y los
perseguidos, la masa enfurecida creada por años de neoliberalismo, los
herederos de la organización comunitaria y de las luchas sindicales, los
aymaras y los quechuas, los indios y los cholos, los que viven por sus
manos, la indiada urbana, pues, la indiada urbana por la casta divina tan
temida. Mientras tanto, por la otra punta de la ciudad, cerraban el embudo
de La Paz los comuneros indios que subían desde el sur.
***
7 A esa altura, después de la matanza del 12 de
octubre en El Alto, en La Paz misma estaba ocurriendo un vuelco que sería
decisivo. Decenas primero, cientos y cientos después de profesionistas,
universitarios, artistas, escritores, periodistas, sectores de clase media,
habían empezado a hacer piquetes -así los llamaron- en las iglesias,
declarándose en huelga de hambre "en solidaridad con la ciudad de El Alto y
con las familias de los que han sido asesinados", decía su primer
comunicado, denunciando "la culpabilidad de la clase política" y exigiendo
la renuncia de "Sánchez de Lozada y su gobierno".
El grupo iniciador de la huelga de hambre temía un
enfrentamiento inminente entre la multitud, que ya ocupaba calles y plazas,
y el ejército. Al amanecer del día 17 la masa cercaba la plaza Murillo y
amenazaba al Palacio Quemado, mientras una primera línea de policías y una
segunda y tercera líneas de militares protegían la sede presidencial. Según
Ana María Campero, ex Defensora del Pueblo, figura política destacada y
promotora de los piquetes de huelguistas de hambre, entre el 16 y el
17 éstos se movilizaron con angustia para "convencer a unos y otros para que
no dieran lugar a un enfrentamiento que hubiera costado mucha sangre". Una
semana después, el 24 de octubre, Campero narraba en la revista Pulso
lo que, según lo vivió desde su ubicación en el conflicto, había sido esta
función "mediadora" de los huelguistas de hambre:
"Mientras los celulares se activaban para contactar a los
líderes sociales, Sacha Llorenti, Ricardo Calla y Roger Cortés fueron al
encuentro de los marchistas. La respuesta de éstos fue que no harían nada
que pudiera provocar enfrentamientos. Yo logré hacer contacto con el general
Juan Veliz, comandante general del Ejército, con quien mantuve una larga
charla que empezó con la invocación: 'Por favor, general, no disparen contra
el pueblo'. Juan Ramón Quintana hizo lo mismo con otros altos jefes
castrenses. De acuerdo a los informes, esa misma noche los militares le
dijeron a Sánchez de Lozada que se replegarían a sus cuarteles. Por la tarde
habían dejado pasar en Patacamaya a un contingente de mineros".
Hubo quien me dijo semanas después, desde la izquierda,
que había sido una mezcla de miedo e hipocresía lo que se encubría tras ese
vuelco de profesionistas, intelectuales y artistas. Miedo es seguro que
había en todas partes, le dije, en El Alto y en el barrio bonito de
Sopocachi. Pero las clases no actúan por hipocresía.
"Miedo teníamos aquí, en Villa Ingenio", me dijo el padre
Wilson Soria, uno de los curas de El Alto que en su Parroquia del Cristo
Redentor se la jugó con los suyos desafiando las balas para rescatar a los
heridos, y con los vecinos firmó después un manifiesto excepcional pidiendo,
por "respeto a la dignidad humana y la fraternidad en la pluralidad
cultural", nada menos que "la disolución progresiva del ejército". Es seguro
que el padre Soria no habría sido recibido por el general Juan Veliz, ni que
tampoco habría sido esa su aspiración ni su tarea.
"En La Paz, miedo teníamos todos", me dijo Jenny Cárdenas,
cantante sin par de la música boliviana, iniciadora también de los
piquetes. "Pero yo no entré a la huelga de hambre por miedo, sino porque
no quiero vivir en un país donde para gobernar tengan que seguir matando al
pueblo". No era miedo. Era el desplazamiento repentino de una clase hacia
otra, propio de los grandes movimientos de la sociedad. Era el 12 de enero
de 1994, cuando el Zócalo entero de la ciudad de México exigió el alto al
fuego y a la matanza militar de los zapatistas y las comunidades indígenas
insurrectas en Chiapas.
Este vuelco en La Paz, que se extendió el 15 y el 16 a
Cochabamba, Oruro, Potosí, Tarija, Sucre, Santa Cruz y otras ciudades de la
república, terminó de aislar al presidente, al ejército, a la embajada de
Estados Unidos y a los núcleos irreductibles del racismo oligárquico
reunidos en torno a ese terceto. Cuando el mando militar dio un paso al
costado, se quedaron solos el presidente y la embajada. Pese al apoyo
explícito del Departamento de Estado en Washington, la caída era inminente.
***
8 El jueves 16 de octubre todo el centro de La Paz,
las avenidas, las plazas, las calles aledañas, estaba ocupado por la
multitud venida de El Alto, del altiplano, de Oruro, de los Yungas, de los
valles del sur, de los barrios populares, de las universidades y escuelas,
de los mercados, de arriba de las montañas y de abajo de la tierra.
La Paz, ciudad tomada. Con la violencia de sus cuerpos y
sus muertos, dije, los insurrectos habían conquistado la ciudad. Se
aprestaban ahora, literalmente a cualquier costo, a tomar la residencia del
presidente y sus subordinados más cercanos, en especial Carlos Sánchez
Berzain, ministro de Defensa, el artífice de las masacres. Y a colgarlos,
decían. A éstos los protegía sólo un mando militar con fisuras, que ya había
tenido que ejecutar soldados indios que se negaban a disparar contra los
suyos, un mando que sabía que eso de los 500 muertos más, era verdad; y
después de esa matanza qué, si no la desbandada y la deshonra.
El 17 de octubre a la madrugada, dicen las crónicas, "los
militares tenían muchos reparos en continuar disparando contra la
población". El presidente recibió el informe de que los mandos habían
"flexibilizado" su posición y le pedían que se fuera. Por las calles se
esparcía el rumor de la renuncia. A las 13 horas, Sánchez de Lozada la
redactó. Tres horas después, junto con sus ministros más cercanos, escapó de
su residencia en helicóptero. Desde el aeropuerto de Santa Cruz de la
Sierra, todos volaron esa noche hacia Miami. Una vez que el avión hubo
despegado, desde el aeropuerto alguien envió por fax la carta de renuncia al
presidente de la Cámara de Diputados. En este final de opereta posmoderna el
presidente en fuga, como despedida, acusó todavía a las organizaciones
sociales de "desintegración nacional", "autoritarismo corporativista y
sindical" y "violencia fratricida".
Ahí se acabó. Los insurrectos habían ganado. El
vicepresidente Carlos Mesa, que el día 13 se había apartado del presidente,
se hacía cargo de la presidencia. En los días siguientes prometía el
referéndum sobre la venta del gas, la asamblea constituyente y otras
demandas del movimiento popular. Los campesinos se regresaban a sus
comunidades, los mineros se volvían a Huanuni: "A'i cuando haya que tumbar
otro presidente, nomás nos avisan y regresamos", dicen los vecinos de El
Alto que los mineros dijeron al partir.
El nuevo presidente no era de ellos. Pero tampoco era el
masacrador. No habían "tomado el poder". Habían dejado 81 muertos y 400
heridos. Pero habían conseguido lo que buscaban desde la rebelión de febrero
de 2003 en La Paz, que ya les había costado otros 33 muertos, varios de
ellos caídos por el fuego de francotiradores del ejército. Esta vez habían
tumbado al asesino. Habían ganado.
Una vez más la pregunta: ¿fue esta insurrección una
estación violenta de una breve semana, apagada después en el retorno a la
dominación cotidiana del Estado y sus rutinas de opresión, o fue una
anunciadora de algo que vendrá o que ya está en camino?
No sabría ahora responder. Pero sí he podido ver que el
sentimiento de haber ganado es perceptible, fuerte y duradero; y con ese
sentimiento extraño, inusual, que no calma la rabia porque poco han
conseguido mientras ven que la casta política vuelve a sus rejuegos, con ese
sentimiento los insurrectos de octubre prosiguen ahora su vida de trabajo y
deliberan en sus lugares, a ver cómo le hacemos, a ver por dónde, y no nos
descuidemos porque éstos nada van a querer cumplir, nomás promesas nos
ofrecen para que los votemos. ¿Y todos esos muertos, heridos y
descalabrados, nomás para que ellos ganen unas elecciones y unas curules y
todo siga igual? ¿Para eso pusimos nuestros cuerpos y nuestros muertos?
La violencia sigue incubando en Bolivia, la violencia de
los que ganaron pero no vencieron, de los que no quieren otra vez ser
burlados por los catrines, los "blanquitos", los q'aras, los eternos
señores de la dominación racista y oligárquica del capital; y también la
otra violencia, la de los señores, que en este inestable interregno se
recomponen y cocinan el desquite.
***
9 ¿Pero es ésta una revolución? ¿Cuál revolución,
si no destruyó el aparato estatal y su fuerza represiva, no tomó el poder un
partido revolucionario de los trabajadores, no tuvo jefes, no sacó
proclamas? ¿Cuál revolución, si nomás tumbó a un presidente y su camarilla
de asesinos? ¿Cuál revolución, si no se quedaron los insurrectos en La Paz,
si se volvieron a sus comunidades, a sus parcelas, a sus minas y talleres, a
sus barrios y sus hogares, a su vida cotidiana, pues?
Lo que en Bolivia acaba de suceder es antiguo como las
rebeliones y a la vez es nuevo, radicalmente nuevo. Todos los interrogantes
son entonces legítimos. Ensayemos respuestas.
Una revolución no es algo que pasa en el Estado, en sus
instituciones y entre sus políticos. Viene desde abajo y desde
afuera. Sucede cuando entran al primer plano de la escena, con la
violencia de sus cuerpos y la ira de sus almas, esos que siempre están,
precisamente, abajo y afuera: los postergados de siempre, los
dirigidos, aquéllos a quienes los dirigentes consideran sólo suma de
votantes, clientela electoral, masa de acarreo, carne de encuesta. Sucede
cuando ésos irrumpen, se dan un fin político, se organizan según sus propias
decisiones y saberes y, con lucidez, reflexión y violencia, hacen entrar su
mundo al mundo de los que mandan y logran, como en este caso, lo que se
habían propuesto. Lo que viene después, vendrá después.
Si la revolución sucediera sólo cuando
conquista el poder del Estado una nueva elite dirigente, ¿dónde quedarían
las revoluciones de 1848 en Europa, la revolución de 1857 en la India (que
los británicos llaman "motín"), la revolución de 1905 en Rusia, la
revolución alemana de 1919, la revolución española de 1936, la revolución
griega de 1944, la revolución húngara de 1956, la revolución guatemalteca,
la revolución salvadoreña, y tantas otras canonizadas en las historias de la
izquierda?
En julio de 1917, ante las incógnitas de un movimiento de
masas sin precedentes iniciado en las tierras rusas, Vladimir Ilich Lenin se
preguntaba: "¿Qué es lo que define a una revolución?". Esta era su
respuesta:
"Si tomamos como ejemplos las revoluciones del siglo XX,
tendremos que reconocer como burguesas, naturalmente, las revoluciones
portuguesa y turca. Pero ni la una ni la otra son revoluciones 'populares',
pues ni en la una ni en la otra actúa perceptiblemente, de un modo activo,
por propia iniciativa, con sus propias reivindicaciones económicas y
políticas, la masa del pueblo, la inmensa mayoría de éste. En cambio, la
revolución burguesa rusa de 1905 a 1907, aunque no registrase éxitos tan
'brillantes' como los que alcanzaron en ciertos momentos las revoluciones
portuguesa y turca, fue, sin duda, una revolución verdaderamente popular,
pues la masa del pueblo, la mayoría de éste, los estratos sociales de más
abajo, aplastados por la opresión y la explotación, se levantaron por propia
iniciativa y estamparon en todo el curso de la revolución el sello de sus
reivindicaciones, de sus intentos de construir a su modo una nueva
sociedad en lugar de la sociedad vieja que había de ser destruída".
Vladimir Ilich sabía que estaba ante hechos nuevos,
engendrados por la expansión del capital en las décadas precedentes y por la
violencia de sus guerras: las primeras revoluciones del siglo XX. No los
definía por sus direcciones, sus programas y sus resultados, sino por sus
protagonistas, sus dinámicas y sus hechos. Buscaba definir y nombrar lo que
era nuevo. A comienzos del siglo XXI, después de otra onda expansiva de la
dominación del capital en las décadas pasadas, estamos otra vez ante la
incógnita.
***
10 Cuesta darle a esta insurrección boliviana el
nombre de "revolución". Cuesta empezar de nuevo con ese viejo cuento, cuando
ya parecía que "había consenso" en que las revoluciones eran cosa del pasado
y ahora nomás elecciones habría, transiciones democráticas,
gobernabilidades, acuerdos y consensos. Cuesta tener que tratar otra vez con
lo intratable: la revolución, otra vez aquí, otra vez violenta, confusa,
sucia, mal vestida, mal comida, mal hablada, oliendo a pobre, otra vez
tirándonos encima con violencia sus cuerpos y sus muertos.
Mejor digamos que esto no fue una revolución, sino un gran
motín, una rebelión, una insurrección que cometió muchos yerros, que no
tenía partido dirigente, que era nomás por el gas y por los sembradíos de
coca, un movimiento popular, una asonada grande y poco más.
Quedémonos entonces con el balance del periódico La
Razón, lúcido vocero conservador, que el 30 de octubre escribía: "En un
confuso, desarticulado y sangriento conflicto de 41 días, el presidente
boliviano había renunciado, derrotado por una batalla que nunca lideró,
asfixiado por su entorno más cercano, aislado de la gente, pero seguro de
que no se equivocó en su segunda gestión de 437 días, iniciada el 2 de
agosto de 2002". Con cierto desencanto por este derrumbe sin honor y sin
gloria, el articulista agregaba: "Se impuso el conservadurismo presidencial,
alentado por la administración tecnocrática del Estado y la pasión por las
encuestas hechas en casa".
"Confuso, desarticulado y sangriento conflicto": cada uno
describe, con las palabras y los sentimientos que le son afines, lo que
desde su mirador ve y desde la conciencia de su ubicación social percibe. La
del articulista de La Razón no deja de ser una conciencia que se
siente desdichada ante los acontecimientos que sus percepciones registraron.
Yo sigo creyendo, en cambio, que estamos ante una
revolución, cuyo momento de victoria fue la toma de la ciudad de La Paz y la
caída y la fuga del gobierno de Sánchez de Lozada el 17 de octubre de 2003.
No sé qué vendrá después. Sé que la revolución está otra vez en estas
tierras latinoamericanas, aunque para las miradas conservadoras aparezca
como "un conflicto confuso, desarticulado y sangriento".
***
11Los indios, los cholos, los hombres y las mujeres
de las clases subalternas, con sus formas de organizarse y decidir, con sus
organizaciones de múltiples niveles o sin ellas, con los dirigentes que
tuvieron a la mano, con la violencia de sus cuerpos y sus muertos y con la
furia de sus almas, tomaron La Paz, paralizaron al ejército y tumbaron al
presidente y al gobierno de los asesinos. Cualquier cosa suceda después, que
todavía no sabemos, eso se llama revolución. Regatearle el nombre es
regatearles esta difícil victoria a sus protagonistas: los indios, los
cholos, las mujeres y los hombres de las clases subalternas de Bolivia.
Mejor tengámosles confianza.
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Escritos citados:
- Silvia Rivera Cusicanqui, Oprimidos pero no vencidos-
Luchas del campesinado aymara y qhechwa, 1900-1980, Ediciones Yachaywasi,
La Paz, 2003, 210 ps. (4a. edición en castellano).
- Sergio Serulnikov, "Costumbres y reglas: racionalización
y conflictos sociales durante la era borbónica (Provincia de Chayanta, siglo
XVIII)", en Forrest Hylton et al, Ya es otro tiempo el
presente-Cuatro momentos de insurgencia indígena, Muela del Diablo
Editores, La Paz, 2003, 279 ps., ps. 78-133.
- Alvaro García Linera, "El Alto insurrecto", en El
juguete rabioso, La Paz, año 3, nº 90, 12 octubre 2003.
- Pablo Mamani, "Levantamiento en El Alto: el rugir de la
multitud", en www.econoticiasbolivia.com.
- Ana María Campero, "Los piqueteros de la esperanza", en
Pulso, La Paz, octubre 24 a octubre 30, 2003, p. 6.
- Silvia Escobar de Pabón, "Ajuste y liberalización, cuna
de los movimientos sociales", en Pulso, La Paz, noviembre 14 a
noviembre 20, 2003, ps.8-9 |
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