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José Martí Vida y obra - Cuba Al día - Ernesto Che Guevara Vida y obra - Martí ante el Tratado Comercial entre México y los estados Unidos en 1883 - Textos sobre Política y economía americanas -

0103 - Fuente La Jornada

Martí y la revolución - Esencia del imperialismo - Cubano y mexicano - Nuestra América martiana - Martí en México - De Varela al Che
Guevara

 

Vindicación de Martí

Cubierto de bicentenarios, sesquicentenarios, centenarios y otras fechas emblemáticas, el año 2003 guarda especial importancia en la vida de los pueblos latinoamericanos:

* Doscientos años de la independencia de Haití, de la llegada del naturalista Alexander von Humboldt a "Nueva España" y del natalicio de José María Heredia, poeta y político independentista cubano-mexicano.

* Ciento noventa años de la difusión del documento Sentimientos de la Nación, de José María Morelos y Pavón.

* Ciento cincuenta años de las constituciones nacionales de Colombia y Argentina, y de la instauración en México del régimen clerical y ultraconservador de Antonio López de Santa Anna.

* Cien años de la creación de la República de Panamá, de la cesión del territorio de Guantánamo a Estados Unidos, del natalicio del luchador cubano Julio Antonio Mella (asesinado en México), del fin de la guerra de "los Mil Días" en Colombia (cien mil muertos) y de la publicación de Santa, novela de Federico Gamboa que desnuda la hipocresía de la clase media mexicana.

* Noventa años del asesinato del tribuno Belisario Domínguez por la dictadura de Victoriano Huerta; 75 años del asesinato del presidente Alvaro Obregón; de la fundación del Partido Socialista de Perú y de la incorporación del salvadoreño Farabundo Martí al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, conducido por Sandino; 50 años de la muerte trágica de Jorge Negrete, del frustrado ataque de Fidel Castro al cuartel Moncada y 30 años de los golpes militares de Uruguay y Chile que dieron lugar al terrorismo de Estado en los países del Cono Sur latinoamericano.

Significativamente, los aniversarios señalados guardan estrecha relación y se enlazan con los ideales y el sentido de las luchas de José Martí, nacido hace 150 años en La Habana, el 28 de enero de 1853.

Martí preguntó y se respondió: "¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte de gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? ¡A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir pueblos que no conocen!"

En vísperas de la creación del Area de Libre Comercio de las Américas (proyecto de anexión a Washington que Martí analizó y criticó en 1889), el dilema esencial de "la América nuestra" sigue siendo el mismo de entonces: ser los constructores de nuestro destino con autonomía conceptual (asimilando lo venido del exterior para avanzar hacia el fortalecimiento de lo original que nos distingue) o proseguir el rutinario acatamiento de los modelos de las potencias centrales y su secuela de marginación social, infraconsumo y los más odiosos mecanismos de explotación

Martí y la revolución - Ángel Guerra Cabrera *

La revolución cubana tiene su antecedente original en el pensamiento humanista y la lucha por la independencia de la isla del siglo xix, de los que José Martí es su exponente más alto. Martí se propuso frenar, con la independencia de Cuba y Puerto Rico, el expansionismo de Estados Unidos hacia América Latina, iniciado por el despojo a México de gran parte de su territorio. La revolución es la que habremos de hacer en la república, afirmó quien quería echar su suerte "con los pobres de la tierra". De allí que su programa concibiera la ruptura del yugo colonial español como paso previo a la fundación de una república antioligárquica de trabajadores, donde negros, blancos criollos, mulatos y españoles convivieran como hermanos. No hay razas, había escrito, al argumentar a favor de la "identidad universal" del ser humano. Su visión era la de una república que uniera su destino al de las demás naciones de nuestra América, llamadas a formar un frente común que impidiera las pretensiones imperialistas estadunidenses y sirviera de contrapeso para lograr el "equilibrio del mundo". Como sentenció una vez Raúl Roa acerca de la cosmovisión de Martí, éste "vio, previó y postvió". Por eso es tan rigurosa la afirmación hecha por Fidel Castro después del ataque al cuartel Moncada, al decir que Martí había sido su autor intelectual.

La revolución que estalla en el Moncada y llega al poder en 1959 con el triunfo del Ejército Rebelde en la guerra de liberación expresa la continuidad de la lucha del pueblo cubano por conseguir los objetivos concebidos por Martí, que fueron frustrados por la intervención estadunidense de 1898 y la posterior mediatización de la revolución democrática y antimperialista de los años 30. Sólo sacudiéndose de la dependencia semicolonial de Estados Unidos podía Cuba convertirse en una república verdaderamente democrática como la surgida en 1959, cuyo pueblo pudo entonces decidir libremente su futuro. Martí, a su vez, había bebido de las enseñanzas morales y libertarias de la generación de maestros e intelectuales surgida en Cuba en el primer cuarto del siglo xix en torno al pensamiento del presbítero Félix Varela. A él lo conceptuó como " el primero que nos enseñó a pensar". Varela y sus sucesores se nutrieron de la Ilustración y del ejemplo de la revolución norteamericana, pero inspirados en las ideas de Simón Bolívar y en la ética cristiana primigenia fueron más lejos al pronunciarse por una república donde todos fueran iguales de veras. Al revés de la burguesía cubana de entonces, que no se puso al frente de la lucha independentista por el temor a una revolución social de los esclavos de origen africano como la precursora ocurrida en Haití, estos hombres vieron muy claro que la independencia debía estar unida al fin de la esclavitud. Sin este precedente moral no se entendería la trascendental decisión de liberar a sus esclavos tomada por los padres de la nación cubana. A ellos no les fue difícil comprender que una guerra de independencia tardía y larga únicamente podía triunfar si emancipaba a la gran masa de negros y la incorporaba a la contienda junto al resto de la población humilde, en pie de igualdad con los combatientes de origen acomodado. Martí hizo suyas y desarrolló estas ideas en su programa latinoamericanista, antimperialista y ultrademocrático. Por ello fue inspirador y maestro de los más consecuentes socialistas marxistas de la isla en el siglo xx. Quien lea el alegato de Fidel Castro en el juicio por el asalto al cuartel Moncada se dará cuenta que las inmensas aspiraciones de justicia social y autodeterminación en él contenidas enlazan armónicamente con el ideal socialista y, a la vez, hunden su raíz en la historia de Cuba y en el pensamiento de Martí. Ello explica que las ideas martianas nutrieran más tarde la edificación del socialismo en la isla sobre bases profundamente inclusivas, humanistas y democráticas, contrarias a exponer a la sociedad al libre juego de la oferta y la demanda, a aceptar fórmulas excluyentes de los más desprotegidos y favorables al ejercicio de un internacionalismo auténtico.

* Periodista.

Esencia del imperalismo - Salvador Morales Pérez *

Pocos se atreven a negar que José Martí es el iniciador del antimperialismo moderno en el ámbito latinoamericano. En Estados Unidos observó el crecimiento de la pretensión hegemonista en el escenario de grandes acontecimientos y definiciones. La renovación industrial y la producción en serie, aunadas a la transformación en los medios de comunicación y sistemas de organización laboral más productivistas, llevaron en su cauda un notable crecimiento económico, las crisis económicas y sus secuelas sociales.

La superproducción de mercancías y avidez de mercados fueron apreciadas por Martí. Dedicó atención a la decadencia de la clase política -en contubernio con los empresarios y banqueros- hundida en la corrupción desde el gobierno de Ulises Grant. La podrida maquinaria electoral le hacía dudar del porvenir democrático de Estados Unidos. Demócratas y republicanos corrompían por igual a las instituciones liberales. No dejó de admirar la diligencia, laboriosidad e inventiva del pueblo que se iba redefiniendo en Norteamérica. Dio a conocer a sus lectores de Hispanoamérica los grandes valores literarios como Thoreau y Whitman.

Sin embargo, no dejó ofuscar su juicio y hundió su análisis hasta las mismas entrañas del convulso sistema. En ellas apreció los cambios que venían produciéndose en lo que respecta a la conexión entre los males internos y un empeño en desaguarlos hacia fuera con una política expansionista de nuevas características. La penetración pacífica fue el expediente usado desde el primer lustro de los 80. Penetración de carácter mercantil y de suave protectorado. Querían la exclusividad sobre todo el continente.

El plan comenzó a tomar forma a partir de la reunión en Washington de representaciones de las repúblicas de América. La idea era de James Blaine, secretario de Estado, empeñado en institucionalizar una integración con Estados Unidos como centro director del discutido panamericanismo monroísta, patrocinador de una política acometedora y antieuropea.

El año 1889 fue para Martí pletórico de presagios, preocupaciones y amarguras, de definiciones, perspectivas y tenaz puja. The Evening Post dio a conocer la viril respuesta de Martí a los alegatos vejatorios por la cuestión anexionista. Dijo que no era la ocasión "discutir el asunto de la anexión de Cuba", pero rechazó las subestimaciones a la capacidad de los cubanos, los insultos a sus virtudes y el desprecio a su carácter, dejó bien clara la actitud de la mayoría de los cubanos: "no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos".

Siguió de cerca y vigilante las sesiones de la Conferencia Internacional Americana auspiciada por Blaine. En aquellos instantes la coyuntura histórica parecía beneficiar los sueños imperialistas bajo la cubierta del "panamericanismo".

A través de la firme y examinadora oposición y su batallar contra el anexionismo llegó el descubrimiento de la fase imperialista que comenzaba a caracterizar el desarrollo capitalista norteamericano. Sus concepciones antianexionistas se integran teórica y prácticamente en un nivel cualitativo nuevo, antimperialista. Hay todo un proceso de pensamiento político latinoamericano que fue creando la ideología antimperialista y al mismo tiempo le va dando organicidad, tanto al estudio teórico como a la práctica derivada del mismo.

Gradualmente esa percepción creciente condujo a los sectores sociales sinceramente patrióticos del antimperialismo ingenuo y espontáneo al antimperialismo rigurosamente explicado, y a la estrategia y tácticas contra la nueva dependencia. Entre uno y otro extremo media toda una sucesión de experiencias teóricas, pero sobre todo una cadena de acontecimientos trágicos para los pueblos de la América que decimos nuestra.

La caracterización martiana del fenómeno imperialista en su estado fetal tiene un carácter empírico. En la descripción del fenómeno llega al tope de lo observable con dicho método; se ha dicho que como Martí no poseía una concepción teórica materialista integral, no podía alcanzar la esencia de tal fenómeno. Pero había razones de tipo histórico que también lo impedían, puesto que el imperialismo aún no se había manifestado en toda su complejidad.

El mérito de explicar el imperialismo en su esencia, hoy día capciosa e inútilmente cuestionado, como fase o etapa superior del capitalismo, correspondió a Lenin durante la segunda década del siglo xx.

Muchos cubanos ansiaban la independencia, otros muchos rechazaban la anexión, no pocos estaban opuestos a la expansión imperialista. Con ellos contaba Martí: trabajadores, artesanos, profesionales y un sector de la burguesía criolla patriota radicada en Estados Unidos. Sobre esta base social, amplia, políticamente radical, emprendió la desigual lucha.

Había un plan "inicuo -pensaba Martí- de forzar a la isla, de precipitarla a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella". Fue una coyuntura difícil para llevar a cabo tareas revolucionarias, pero la situación cambió en 1891, año en que dio a conocer uno de su más memorables ensayos: Nuestra América, que es, con la Carta de Jamaica de Bolívar, uno de los documentos más valiosos del pensamiento político latinoamericano, donde efectúa un recuento crítico del pasado americano más reciente, la artificialidad institucional de las repúblicas creadas en afán de imitar, la ausencia de conocimiento de la constitución real de los países de nuestra América, la necesidad de buscar soluciones propias y el necesario reacomodo estratégico de las fuerzas patrióticas para una lucha que impida la expansión de nuevos vínculos de dependencia en el instante que Estados Unidos se propone extenderse por estas débiles naciones.

* Historiador.

Cubano y mexicano - Horacio Labastida *

La vida de Martí es una poesía sin fin. A los 15 años (1868) publicó sus primeros poemas, en la profunda atmósfera de la trascendental proclama de independencia que pronunció en Yara Carlos Manuel Céspedes, al convocar a la lucha por la independencia de la corona española, acompañado, entre otros, por Ignacio Agramonte, Tomás Estrada Palma, Calixto y Vicente García, Antonio José Maceo y los dominicanos Luis Marcano y Máximo Gómez, de los cuales Antonio Maceo y Gómez sumarían su genio político y militar a José Martí, durante el esfuerzo liberador que impulsó hacia 1895.

Dos décadas antes, Martí llegó y vivió en México durante dos años (1875-77), cargado ya de las experiencias optimistas y amargas del perseguido por las autoridades españolas. Su franca adhesión al movimiento independentista lo llevó a prisión en La Habana, condenado a trabajos forzados antes de su deportación a España (1871), que le abrió la puerta a la licenciatura en Derecho por la Universidad de Zaragoza; estuvo brevemente en Francia y salió hacia la ciudad de México, acogido de inmediato por Manuel Antonio Mercado (1839-1909), quien bien conocía a su padre Mariano Martí.

Con la ayuda de Mercado y de su indudable talento escribió en periódicos y revistas locales, convivió intensamente con la cultura del país y se grabó para siempre dos enseñanzas definitivas: el valor supremo de la soberanía nacional absoluta, y no relativa, subrayado por Morelos en los Sentimientos de la Nación (1813) y la lección que le ofreció el eminente Benito Juárez de 1867: el respeto al derecho ajeno es la paz.

La guerra yanqui con México (1846-48) estaba presente en la conciencia de América Latina. Jamás olvidó Martí estas mayúsculas enseñanzas de justicia social, y por esto se marchó del país a Guatemala (enero de 1872) en los momentos de triunfo del militarismo de Porfirio Díaz contra el liberalismo civil de Sebastián Lerdo de Tejada, jefe del Poder Ejecutivo en la época.

La segunda y brevísima estancia de Martí en México fue guiada por el amor. En diciembre de 1877 regresó a casa de Mercado, casó con su novia Carmen Zayas y regreso al país centroamericano, vivió en Honduras y retornó, amnistiado, a Cuba en 1878, sin poder ejercer la abogacía ni la docencia por órdenes de los colonialistas. Pero su conciencia revolucionaria lo llevaría pronto a una segunda expulsión, se instaló en Nueva York y empeñó su inteligencia y voluntad en la preparación de un tercer levantamiento contra una España cada vez más debilitada y sujeta al creciente y avasallador dominio económico azucarero norteamericano. La prosperidad del monocultivo del dulce originó el surgimiento de la burguesía latifundista que peleó contra España en la Guerra Grande, desatada por Céspedes en Yara (1868) y concluida sin éxito en el Zanjón (febrero de 1878), antecedente de la Guerra Chica (1878-80) animada también sin éxito por Antonio Maceo y Máximo Gómez, a pesar de las expediciones de apoyo promovidas por Carlos Agüero, Ramón Bonachea.

El Plan Gómez (1886) fue estéril y transcurrirían aún nueve años para que el movimiento libertador adquiriera vigorosas e innovadoras significaciones revolucionarias. Una poderosa rebelión tomó cuerpo cuando Martí y Gómez desembarcaron en la costa cubana (abril de 1895) y se reunieron con Antonio Maceo, instituyendo la República en Armas, en los términos de la Constitución aprobada en Camagüey por la asamblea celebrada en el mismo año. Martí era jefe civil de la insurrección y Gómez el jefe militar al poner en jaque, la naciente república, al ejército español comandado por Martínez Campos. Antes, Martí se desempeñó como delegado del Partido Revolucionario Cubano para conseguir auxilios materiales y políticos mostrando virtudes diplomáticas que en todo momento ensalzaron sus compañeros, y con este cargo regresó a México (1894), habló con el presidente Porfirio Díaz ya en manos de los inversionistas transnacionales, y logró la simpatía no del dictador y si del compañero Juárez que abatió a los imperiales, el 2 de abril (Puebla, 1867). Quizá esto explique las palabras halagadoras que dedicó a Díaz durante su tercera estancia en México luego de la visita que hizo, en Costa Rica (1893), al presidente José Joaquín Rodríguez. Lo urgente era obtener ayuda para la independencia cubana.

"Una verdadera revolución", escribió antes de morir en cartas a Federico Henríquez Carvajal y Manuel Antonio Mercado, "debe ocuparse tanto de afirmar la soberanía de la nación frente al imperialismo cuanto de liberar a las clases explotadas de sus explotadores". Del mismo modo enseñaba que "Cuba debe ser libre de España y de Estados Unidos"; exigía la necesidad de que Cuba redimiera a negros, indios, campesinos y obreros, porque la independencia es también emancipadora de los oprimidos.

Con razón Carlos Rafael Rodríguez recordó en conferencia ofrecida en la Universidad de La Habana (27 de enero de 1972) que Martí acentuó una frase de plena actualidad: "O América sale con su indio (y primero dijo México sale con su indio) o no sale", simbolizando así que la revolución es al mismo tiempo redentora de naciones y de pueblos. Esto es lo que más une a Martí con José María Morelos y Pavón, que con Simón Bolívar.

* Politólogo. Fue embajador de México en Nicaragua.

Nuestra América martiana - Horacio Cerutti Guldberg *

La recepción de la vida y obra de Martí ha dado lugar a una inmensa producción bibliográfica casi inabarcable (confrontar, por ejemplo, los innumerables datos y matices que hasta 1989 brinda Ottmar Ette en José Martí. Apóstol, poeta, revolucionario: una historia de su recepción. México, UNAM, 1995, 507 pp., sin obviar, por supuesto, su propia interpretación).

Los usos de Martí han dado para casi todo y la batalla interpretativa está abierta y vigente. Sin embargo, conforme avancen las investigaciones mucho se podrá decir todavía sobre esta verdadera cantera del pensamiento nuestro americano.

Pero, aunque sea difícil hablar sobre, se está obligado a hablar desde; a partir de lo que su magisterio público dejó abierto, afirmado o apenas insinuado. Y es que trayectorias como la del cubano de nuestra América son imprescindibles veneros para los desafíos sin cuento que afronta la humanidad.

Hablar desde o a partir de Martí implica una profunda responsabilidad cívica y un compromiso ético ineludible. Exige coherencia, meterle el cuerpo a lo que se afirma. Este esfuerzo no constituye el ligero ejercicio ucrónico -quizá poco feliz, aunque sugerente- de intentar exponer qué haría o diría si fuera un contemporáneo.

Seguramente estaría en desacuerdo con las arbitrariedades en las relaciones internacionales, abogaría por la paz basada en la justicia y no tendría dudas en cuanto a qué posición adoptar frente a un encadenamiento de conflictos que parecen adelantar un indeseable apocalipsis.

Dos de sus mensajes torales, a no dudarlo, siguen constituyendo tareas pendientes irrecusables en la hora actual: nuestra América y pensar es servir.

Lo utópico operante en la historia moviliza, con su tensión entre realidad insoportable e ideal deseable a los mejores exponentes de fuerzas transformadoras. Era a lo que aludía José Vasconcelos -personalizándolo en términos que entusiasmaban a José Carlos Mariátegui- cuando señalaba que el utopista es pesimista de la realidad y, al unísono, optimista del ideal. Esta tensión realidad/ideal es constitutiva de la expresión martiana "nuestra América". Porque la América de la que habla es ya, pero todavía no del todo nuestra. Vale decir, de los sectores mayoritarios de la población de este continente cultural e histórico. Indica la realidad dada de esta América y, al mismo tiempo, alude a un proyecto de unidad deseable en la diversidad o, mejor, haciendo de la diversidad la gran riqueza y fuerza movilizadora, generadora de novedades sorprendentes. Capaz, en el límite, de hacer posible lo imposible. ¿Será necesario subrayar que esa labor está pendiente, que el ALCA no es su consumación -si no, por el contrario, su aborto prematuro- , que no se hará realidad tangible sin la voluntad colectiva en marcha y con toda la fuerza de una imaginación desbordada?

Como latigazo estalla en el rostro de los sectores intelectuales de la sociedad su consigna: pensar es servir. Nada más alejado del aristocratismo oligárquico, del elitismo pedante, de la soberbia ninguneadora, del especialismo reductor que la humildad de este brillante intelectual. Se sabía productivo, creativo, aportativo y, sin embargo, partía de la convicción de que no era nadie sin aquellos para los cuales, con los cuales y desde los cuales se engendraba y tomaba sentido su pensar, su poética. Por eso su ingenio estaba, debía estar, a su servicio. Justamente por pleno reconocimiento al conflicto social que atravesaba y atraviesa a la sociedad. Reconocer este conflicto, integrarlo como desafío máximo a la propia reflexión y práctica es condición previa de cualquier otro aporte que se pueda pretender. Porque el aporte consiste, definitivamente y sin dilación, en buscar la resolución con justicia distributiva de ese conflicto. La pérdida de este referente, conduce sólo al extravío de todas las largas marchas por las instituciones habidas y por haber. Por lo demás, no habrá paz ni nada que se le parezca, por más seguridades intolerantes que se impongan, sin la resolución adecuada de esa conflictiva lacerante. Advertir esto es mérito indudable de Martí.

Pensar con afán de servicio para la unidad y el proyecto compartible de una nuestra América auténtica, autónoma, justa y libre, constituye parte del legado inconcluso. Todo lo que divide no ayuda a la causa de esta América y el racismo sigue jugando, en ese sentido, un papel como en los mejores tiempos del colonialismo. El ensayista cubano Enrique Ubieta lo ha señalado con perspicacia y a propósito del apoyo decidido de Martí a la República de Haití. Después de recordar las indignadas palabras del prócer en apoyo de Legitime y la república de negros (La Nación, Buenos Aires, 30 de octubre de 1889), recoge la médula en palabras para meditar:

"La tesis martiana, que es también consigna de una América otra, nuestra, opuesta a la imperialista, una América de alma mestiza, recordaba que nuestra desventura histórica y nuestra necesaria unión no se fundaban en alguna identidad racial: los imperialistas son 'blancos' y todos los oprimidos -incluyendo a los del imperio- somos 'negros', seamos asiáticos, africanos o latinoamericanos, amarillos, negros, indios o blanco".

* Filósofo e historiador.

Martí en México - Alfonso Herrera Franyutti *

En el 150 aniversario del nacimiento de José Martí, a cerca de 125 años de su llegada a México, el prócer cubano no se agota; por el contrario, crece, se actualiza y entra con paso firme al nuevo siglo lleno de peligros, como una voz del presente, porque su pensamiento adquiere plena vigencia y traspasa las fronteras continentales.

Veintidós años contaba cuando, procedente de su exilio en España, arribó a nuestra patria para su primera estadía, 1875-1876. Llegaba al México republicano, liberal y juarista de Lerdo de Tejada, que le abrió los brazos y lo sentó al lado de Guillermo Prieto, Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez el Nigromante, Juan José Baz, Vicente Villada, Manuel Mercado, fogueados en las luchas contra la intervención francesa, y de hombres de la nueva generación como Justo Sierra y Juan de Dios Peza.

México sería para Martí fuente de vivencias que le dan nuevo sentido a su vida y alas a su poesía, el despertar de su conciencia a la realidad de la otra parte de América, diferente a la del Norte, con características y necesidades propias, donde nuevas realidades se unían a las inquietudes de su Cuba natal, permitiéndole la toma de conciencia de la problemática latinoamericana. Con la ayuda de Manuel Mercado ingresó en la Revista Universal, donde se vinculó con el periodismo, "labor y arma de lucha" que ya no abandonaría nunca. Se dio a conocer como poeta, pero abarcó las más diversas expresiones, que lo convirtieron en cronista de la vida nacional de su época; traduce a Víctor Hugo, es editorialista, cronista parlamentario, crítico teatral, crítico de arte, orador, polemista y autor teatral.

Aquí observó por primera vez el peligro que representaba Estados Unidos para México. Aquel amenazaba con invadir a su vecino y Martí escribe "que los mexicanos saben morir, no vendrá a enseñarlo al mundo una nueva invasión americana: los sabinos de Chapultepec tienen escrita en sus canas nuestra historia".

En México siente la necesidad del renacer de nuestros pueblos, del regreso orgulloso a nuestras raíces, de fomentar la identidad nacional, arraigada en la educación laica, el arte y literatura propias. Aquí encuentra al indio y ve la antigua grandeza de la raza aniquilada, sus ruinas prehispánicas que hablan de grandioso pasado y la obra de Juárez, "el indio egregio que echó un imperio al mar". Martí señala que hasta que no se haga andar al indio no andará América.

Aborda los temas obreros, las huelgas, e interviene en las polémicas sobre proteccionismo y libre cambio señalando que no es bueno encomiar y copiar determinada escuela económica, ni tratar de imponer su aplicación en México porque se aplicó con éxito en otra nación. Apunta: "A conflictos propios, soluciones propias". Pero México le dio también la comprensión, el cariño y la amistad fraterna de Manuel Mercado, quien sería el más fiel de sus amigos, amistad que ha venido a convertirse en un símbolo de la que une a cubanos y mexicanos.

Tras dos años de vida en México, Porfirio Díaz derrota a Lerdo de Tejada en la batalla de Tecoac y Martí emigra, pues "con un poco de Luz en la frente, no se puede vivir donde mandan los tiranos". Desde el camino de Veracruz escribe estas palabras que parecen pensadas para hoy: "Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo, que no nació de ti! Por el norte un vecino avieso se cuaja..."

Desde Guatemala. Estados Unidos o Venezuela, Martí escribe a Manuel Mercado sus cuitas y confesiones personales y muestra siempre su amor a México: "Si no fuera Cuba tan infortunada, querría más a México que a Cuba" y "como sale un suspiro a los labios de los desdichados así se me sale México del pensamiento y de la pluma".

En 1894 retorna a México. Venía en preparación de la "guerra necesaria" como delegado del Partido Revolucionario Cubano, y como en el pasado se le abren las puertas de la casa de Mercado. Vuelve a recorrer la ciudad y se reúne con la nueva intelectualidad mexicana. Viaja a Veracruz a reunirse con los cubanos del puerto. A su regreso se entrevista con Porfirio Díaz, ante quien se presenta como "un cubano prudente que ha probado sin alardes, y en horas críticas, su amor vigilante a México, que no ve en la independencia de Cuba la simple emancipación de la isla, sino la salvación, y nada menos de todos los pueblos hispanoamericanos y en especial los de la parte norte del continente..." Los cubanos, señala, van a batallar por el decoro y bienestar de sus compatriotas, y el equilibrio y seguridad de nuestra América.

El 19 de mayo de 1895, en tierra cubana, caía Martí de cara al Sol abatido por las balas españolas. Llevaba consigo una carta inconclusa dirigida a Manuel Mercado, considerada su testamento político: "Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (...) de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice y cuanto haré es para eso".

Esa carta toma nueva vigencia, en momentos en que Estados Unidos ya no es sólo una amenaza para nuestros pueblos de América, sino que se precipita insaciable sobre cualquier pueblo de la Tierra que no se someta a sus mandatos. A la muerte de Martí, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera escribiría: "no es de Cuba nada más, él es de América".

* Historiador e investigador de la etapa mexicana de José Martí, autor del libro Martí en México

De Varela al Che Guevara - José Steinsleger

En la sangre de todo cubano circulan los versos y las frases de José Martí. Pero si vive lejos de Cuba, igualmente le viene Martí, sin faltar los que evocan sus frases y versos para hablar de "la atmósfera" y no "...del subsuelo", como alguna vez el autor de "Nuestra América" corrigió a quien socrática, y sacarocráticamente, intentaba confundirlo con las cosas de Cuba.

Martí habló y escribió temblando con "estilo de hombre", diría el profeta Isaías. No es fácil hablar y escribir temblando. Honesta o falazmente, lo fácil es hablar y escribir con pantuflas y gorro de dormir.

      Gabriela Mistral: "... no olvidemos que este hombre fue sobre todo un poeta".

      Alfonso Reyes: "... gran parte de su vida y su vida misma, fueron sacrificados a su apostolado de libertad".

      Juan Ramón Jiménez: "... quijote antillano".

      Ventura García Calderón: "... santo a caballo".

      Félix Lisazo: "... místico del deber".

      Jorge Mañach: "... apóstol".

Entre los ditirambos, menudea el de "Libertador". ¿Habrá sido Martí, "por sobre todo" aquello: poeta, mártir, quijote, santo, místico, apóstol? ¿Y qué del joven de 23 años y no más, que ante el México juarista de 1876, escribió: "Cuando había muchas opresiones en la Tierra, el espíritu volaba más a las imágenes del cielo: hoy que las libertades vencen, las vírgenes católicas se van".

Cerremos un ojo ante la persistencia de quienes labran la imagen de un Martí como mero hombre de letras, y no el de las letras que sirvieron de herramientas al hombre que fue Martí.

Y lo dicho por no traer a cuento la época amarga en que, volcado a la organización del Partido Revolucionario (1892), le acusaban de "visionario", "loco", "demagogo" y "decapitador de opiniones ajenas", mientras que él, con pobreza aguerrida, salud averiada y homéricamente armado contra las utopías, formaba filas de obreros y patriotas en Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville y Ocala, Thomasville y Nueva York pues "... con esperar en lo hondo del alma no se fundan pueblos".

El Libertador de Cuba, quien "por sobre todo" quiso erigir una estatua de sí en la conciencia de los hombres, vivió "con el puñal al costado" para simplemente ser un "hombre bueno, primera condición para ser inteligente de veras". ¡Y vaya si lo fue!

      Con los oprimidos: "... el único modo de amar al esclavo es quebrarle las cadenas";

      con su padre: "... el menos penetrante de todos, quien más justicia ha hecho sobre mi corazón";

      con su amada: "... y pensar que sacrifiqué a la pobrecita, a María, por Carmen, que ha subido las escaleras del consulado español a pedir protección por mí".

En el recuerdo del hijo:

      "¡Hete aquí, hueso pálido,

      vivo y durable!

      ¡Hijo soy de mi hijo!

      ¡El me rehace!"

En medio de los preparativos de la guerra, Martí encontró tiempo para los niños, diciéndoles:

"Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía... Un hombre que oculta lo que piensa, no es un hombre honrado". Y añadir, como temiendo no ser entendido: "Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. Esos hombres son sagrados... en este mundo no hay más que una raza inferior: la de los que consultan, antes que nada, su propio interés, bien sea el de su vanidad, el de su soberbia o el de su peculio" (La edad de oro).

Raza inferior que "... a la miopía llama prudencia y a la cobardía sensatez" y que hoy, anclada en el pasado, nos dicen que el padre Félix Varela iluminó las ideas de Martí, omitiendo que si esto fue así, ambos iluminaron la del Che y Fidel.

¿Qué si Martí fue demócrata y republicano? ¡Y de los mejores! Pues "... el socialismo ¿advirtió? no es solamente la cuestión obrera o del cuarto Estado: es sobre todo, en su forma de hoy, la cuestión de la torre de Babel, construida a espaldas de Dios, no para subir de la Tierra al cielo, sino para bajar del cielo a la Tierra".

Cuántas letras para menoscabar a quien buscó aliviar el yugo de los hombres. Cuántas pajaritas para adornar a este hombre esencialmente desinteresado y reacio a todo ornamento, que concibió la libertad como la justificación misma de la cultura

Rosa Luxemburgo Vida y obra - Relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

 

 

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