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Ahora, con el nuevo siglo, aparecen en América latina
gobiernos que (otra vez) proponen proyectos de –al menos– justicia
distributiva. La derecha se ve muy segura, incluso irónica. Si uno lee a
algunos de sus analistas –y es algo imprescindible, aunque no siempre
agradable– verá que nada parece preocuparles mucho. La sonrisa del señor
Oppenheimer sea acaso el termómetro de la situación. También podría
ser un proyecto de poder para las izquierdas del continente: el
proyecto, digo, de borrarle la sonrisa
Oppenheimer. Cada etapa de la historia encuentra las consignas
políticas que la definen. “Todo el poder a los Soviets”, por ejemplo.
“Crear uno, dos, muchos Vietnam”. “Patria sí, colonia no”. “Luche y
vuelve”. Hoy, aquí, podría razonablemente ser: “Luche y
Oppenheimer se pone agrio”.
Como fuere, la sonrisa de Oppenheimer (de la que David Viñas se ha
encargado debidamente) expresa una certeza del poder neoliberal. Esa
certeza dice: “Ninguno de estos gobiernos latinoamericanos, que creen
estar inaugurando una nueva era, nos quitará una noche de sueño ni un
día de gloria”. La certeza (que es un elaborado cuadro ideológico de
situación) tiene fundamentos serios. Tratemos de exponerla con claridad,
negro sobre blanco. Escuchemos qué dicen.
Monólogo de situación del neoliberalismo en América latina:
1) Brasil:
Lula ha demostrado ser manso. Es un obrero y con haber llegado a
presidente se siente demasiado satisfecho como para desear más. El deseo
tiene, en política, un límite. Lula lo ha descubierto no bien juró su
cargo: sólo eso quiere, la presidencia. Ahora, por consiguiente, no
quiere cambiar nada grave. Sólo quiere durar. Y sabe que para durar no
tiene –según queda dicho– que cambiar nada.
2) Venezuela:
Chávez
es un fanfarrón enamorado de su retórica. Pero la retórica no nos
lastima. Si quiere hablar, que hable. Aunque los índices de pobreza
siguen bien altos. Difícil que pueda movilizar con extremo prejuicio
(para nosotros, claro) a sus campesinos, que lo quieren porque luce como
ellos, pero sólo eso. Nos vende petróleo. Hace muy buenos negocios con
nosotros. Se permite el populismo. Y a nosotros nos disgusta el
populismo. Nos disgusta mucho. Tanto como a la izquierda teórica y
culta, académica. Pero ellos ven en el populismo un freno a la lucha de
clases. Una conciliación de clases en beneficio de la burguesía. Ven
líderes que prometen y manipulan masas para nada, para que todo quede
igual; eso que llaman bonapartismo o gatopardismo, en fin, algo así.
Nosotros no: no nos preocupan las clases porque las hemos desarticulado
o reducido a la inexistencia o a esa forma de la inexistencia que es la
esclavitud. Nos preocupa el populismo. O sea, el control de la economía,
la demagogia, la concentración de poder en el líder carismático (hemos
leído, saben, a Weber), la redistribución del ingreso, las
nacionalizaciones, el intervencionismo estatal y ¡el proteccionismo, esa
negación maldita de la sociedad abierta! Estas pestes del populismo no
nos gustan nada y les daremos batalla donde sea necesario
3) Argentina:
los peronistas no son un misterio para nosotros. Lo son para todo el
mundo. Para nosotros, no. Es fácil: todos se quejan de la
incomprensibilidad del peronismo, nosotros no. La asumimos: son
incomprensibles. Hay que negociar con la faceta, con el matiz o con
pongamos– la modalidad hegemónica que el peronismo exhibe en cada
coyuntura. El peligro es su tendencia al populismo, heredada de su padre
fundador. Ese populismo de los orígenes siempre puede retornar, pero
siempre puede desaparecer. Con Menem, gran demócrata, gran baluarte de
la economía de mercado, desapareció. Pareciera retornar con
Kirchner, hombre imprevisible, como buen peronista. Pero se afianza
su tendencia al gradualismo. Ese gradualismo se expresa en su renuencia
a tocar los engranajes que podrían perjudicar la actual distribución del
ingreso, con la que nosotros estamos de acuerdo. No nos preocupa
Kirchner. No creemos que toque esos engranajes. Para decirlo todo:
mientras Kirchner (como hasta ahora) no grave las rentas financieras, no
reimplante el impuesto a la herencia que eliminó nuestro siempre
recordado héroe José Alfredo Martínez de Hoz (a quien llevamos en
nuestro corazón y hemos conseguido, hasta hoy, que no sea importunado),
mientras no grave las transferencias de capital, no modifique el IVA
para los consumos populares, no suba el mínimo no imponible y controle
la inflación pese a saber que es la ausencia del proyecto distributivo
su causa (ya verá cómo lo logra), mientras crea que el populismo
distribucionista le dará un arma, una consigna de unidad a la oposición
y esto le preocupe tan extremadamente como hasta hoy, mientras todo esto
siga así, Kirchner es nuestro amigo; pero, atención: es peronista y
puede cambiar
4) Bolivia: Ya lo
dijo nuestro aliado por izquierda: el señor James Petras. Dijo (con
sólidas citas de Marx, claro) que no alcanza con ser indígena para ser
revolucionario. Si Petras lo dice, nosotros de acuerdo.
Evo
no pasará de ser un pulóver de colores festivos. Confiamos en que su
populismo se reduzca a eso
5) Uruguay: un
país de gente educada; nos preocupa el señor Mujica, su desaliño, su
lenguaje claramente populista y hasta, diríamos, guarango. Pero Tabaré
es un caballero. Siempre los hemos visto más cercanos a Suiza que a
América latina. Es nuestra visión, sí. Hasta los neoliberales podemos
equivocarnos. Pero..
6) Chile: este
país, como dicen los republicanos argentinos, es el ejemplo en que la
Argentina debiera mirarse. Prolijo, austero, republicano. Los
adversarios se saludan. Si gana uno el perdedor lo pondera. Lo va a ver.
Toman juntos un café y hablan de la gobernabilidad.
Michelle es una demócrata. Además, ahí, en las entrañas recónditas
de ese país, nuestro glorioso amigo Pinochet clavó para siempre la lanza
del miedo. Y, también, les dejó una economía sana. Los chilenos la
seguirán desarrollando. Es un pueblo adulto. Siempre recordamos sus
cacerolas. Siempre recordamos cómo ahuyentaron al marxista Allende.
Este “monólogo” expresa los principales elementos del proyecto de poder
neoliberal. Si se lo lee correctamente se observará que ese poder radica
en las limitaciones de quienes debieran ser sus adversarios. El
neoliberalismo está sereno y sonríe porque cree que nadie lo enfrentará
con rigor. De aquí que la prosa de Alvaro Vargas Llosa (no Mario, que es
patético y le juega en contra a su causa cuando dice disparates tales
como ese racismo al revés que inventó) y
Andrés Oppenheimer sea descarnadamente irónica y soberbia. Le
temen, sin embargo, al populismo. Esta cuestión es interesante. ¿Por qué
la izquierda y la derecha coinciden en escupir sobre el populismo? La
izquierda no desconoce que el viejo Marx –en su formidable carta a Vera
Zassoulitch de febrero de 1881– avaló a la comuna rural rusa y dijo que
El Capital no exponía una “fatalidad histórica”, no se proponía hacer
una “filosofía de la historia” aplicable a todo acontecimiento sino que
se limitaba a “los países de la Europa Occidental”: salvo Mariátegui,
todos los marxistas estudiaron la historia de América latina en base al
desarrollo hegeliano que propone el Manifiesto comunista. Pero eso que
los identifica con el neoliberalismo es el horror por la palabra
“pueblo”. Escondería, escamoteándola, la lucha de clases en beneficio de
la unidad del pueblo-nación. No es casual que el campeón del
antipopulismo en la Argentina –Sebreli– milite en las filas de López
Murphy. (Atención: mi propuesta teórica no es tan sencilla como “la
opción por el populismo”, creo que es más compleja. No puedo exponerla
aquí y llevo años exponiéndola. Sólo trato de establecer esta simetría
entre la izquierda –supuestamente– marxista y el neoliberalismo. Habría
que decir, de todos modos, que aquí, en la Argentina, los únicos que le
agriaron el humor a la oligarquía fueron el populista primer Perón y
–sobre todo– los jóvenes nacional populares de los ’70 a quienes,
equivocados o no, veneramos.)
¿Qué resta, en fin, para los nuevos gobiernos que han surgido en América
latina? ¿Qué deberán hacer para evitar el rol de fichas del tablero
neoliberal? ¿Cómo se borra la sonrisa de Oppenheimer? No es tan difícil:
se trataría de analizar cada uno de los puntos del monólogo neoliberal”
y hacer algo diferente. No digo exactamente lo contrario. Diferente.
Ojalá
Michelle Bachelet –que ha asumido y es mujer y es brillante–
recuerde más a Salvador Allende, a los sacrificados del Estado Nacional,
recuerde que fue Allende, en un lejano 21 de diciembre de 1970, el que
nacionalizó el cobre de Chile, ojalá recuerde más a Neruda, a los Parra
y hasta –¡cómo no!– a Bernardo de O’Higgins que a los operadores
socarrones del imperio comunicacional-belicista. O sea, a Bush, que es
quien verdaderamente sonríe detrás de la sonrisa de Oppenheimer.
Fuente Página 12
José Pablo Feinmann nació en Buenos Aires
en 1943. Es licenciado en Filosofía y fue profesor universitario en la
Universidad de Buenos Aires durante los primeros años de la década del
70.
Entre sus libros, considera Filosofía y Nación (1982) como su
mejor ensayo, y La astucia de la razón (1990) como su mejor
novela. Publicó además El peronismo y la primacía de la política
(1974), Últimos días de la víctima (1979), Ni el tiro del
final (1982), Estudios sobre el peronismo (1983), El mito
del eterno fracaso (1985); El ejército de ceniza (1986),
La creación de lo posible (1986), López Rega, la cara oscura de
Perón (1987), Escritos para el cine (1988), El cadáver
imposible (1992) y Los crímenes de Van Gogh (1994)–"una
novela bizarra, extravagante y rara"–dice Feinmann.
Sus libros han sido traducidos al francés, italiano y la alemán, y
sus guiones han sido filmados por Adolfo Aristarain (Últimos días de
la víctima), Juan Carlos Desanzo (En retirada), Marcos
Zurinaga (Tango Bar), Héctor Olivera (Play murder for me)
y Eduardo De Gregorio (Cuerpos perdidos). Su último guión fue el
de la película "Eva Perón", estrenada en 1997. Prepara actualmente una
novela, El Ciervo Dorado, y es asiduo colaborador del diario
Página/12 de Buenos Aires. |