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Pocas veces la filosofía universitaria argentina se vio conmovida tan
radicalmente como en los sucesos de la reforma universitaria. Hugo
Biagini recrea el suelo larvario sobre el que emerge este
acontecimiento. El arielismo y el americanismo antimperialista como
sensibilidades que atraviesan las fronteras y contagian el naciente
optimismo a escala continental.
La hora americana era anunciada por un puñado de apellidos, entre los
que sobresale Deodoro Roca, de los que es difícil sustraerse a la hora
de rememorar este autoexamen que la universidad se hizo a sí misma desde
sus propias capas internas, en este caso estudiantiles.
Lecturas posteriores de estos sucesos han descuidado un aspecto medular:
la autonomía universitaria proclamada en la reforma, resultaba
inescindible de su vinculación con los movimientos populares del
momento. Varias décadas mas tarde, la autonomía académica fue entendida
como un repliegue de la universidad sobre sí misma, impermeabilizándose
frente a las prácticas sociales.
Si
en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo,
proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la
única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico
de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención
espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues
sabemos que nuestras verdades lo son –y dolorosas– de todo el
continente.
Manifiesto liminar de la
Reforma Universitaria
El humus universitario.
Los movimientos
estudiantiles han ejercido a menudo un papel relevante en el desarrollo
de la conciencia continental y universal, por haberse adelantado a
muchos grandes asuntos como el de la unidad y la solidaridad
latinoamericanas, una cuestión ya presente en las reuniones
internacionales de estudiantes que tuvieron cabida en nuestro hemisferio
antes de la guerra del ‘14, bajo el empinado credo arielista de la
juventud como un factor decisivo para el cambio histórico. Durante el
primer encuentro, realizado en Montevideo hacia 1908, se proclamó que
había llegado la hora de la emancipación, del resurgimiento político y
cultural, bajo el ideal común de la unión americana; luego, en la ciudad
de Buenos Aires para el Centenario de la emancipación, se aseveró que la
juventud debía provocar una significativa reacción moral en el Nuevo
Mundo. El último de tales congresos internacionales celebrados en el
Cono Sur se llevó a cabo hacia 1912 en Lima, donde se proclamó el
continente como el vínculo natural y a las distintas nacionalidades como
meros accidentes de la historia. Un giro muy marcado se verifica en otro
precoz evento: el Congreso de Estudiantes de la Gran Colombia, celebrado
en Bogotá hacia 1910, donde se emite un documento de grueso calibre
antiimperialista: además de afirmarse allí que la alianza de las
repúblicas convocantes –Colombia, Venezuela, Ecuador– se extenderá a los
otros puntos de Sudamérica, se niega la afinidad con los americanos del
norte, denunciándose el monroísmo acomodaticio y la agresión de las
águilas septentrionales.
Hacia las postrimerías
de la Primera Guerra Mundial, todo ello se vería reforzado, por otros
influjos y predicamentos como el que ejerció francamente el Premio Nobel
de Literatura Romain Rolland –de mucho ascendiente epocal y con vínculos
directos con nuestras organizaciones estudiantiles– mediante su
promoción del diálogo intercultural y su postura sobre la conflictividad
intergeneracional, su adhesión a la Revolución Rusa o su visión de los
jóvenes como un revulsivo insurgente contra las injusticias y el
malestar social.
Por otro lado, con la
generación de 1900, se reanudan los planteamientos indoamericanistas y
se buscan modelos culturales que surjan del propio medio circundante,
tomándose a lo concreto como punto de partida de lo universal. En ese
aspecto, si bien hubo casos paradigmáticos como el Ateneo de la Juventud
en México, los planteos no sólo exhibieron una faceta intelectual sino
que también adoptaron ribetes institucionales específicos, por ejemplo,
a través de gestiones presidenciales como la llevada a cabo en la
Argentina por Hipólito Yrigoyen, el cual, desde una mirada krausista, se
inclina hacia una política exterior de neutralidad y autodeterminación,
de confianza en nuestro común destino latinoamericano. Si a tales
antecedentes les añadimos algunos factores de relevante magnitud interna
y exterior –Revolución Mexicana, I Guerra Mundial, Revolución Rusa,
democratización gubernativa en el Plata, corrientes vitalistas e
idealistas–, puede inferirse que se había generado el clima para el
célebre estallido con el cual irrumpe la Reforma Universitaria en
Córdoba hacia 1918, cuya proyección dio lugar a que la misma reforma
fuese visualizada como la segunda aventura común de los países
latinoamericanos, tras los cien años de mutua soledad que siguieron al
ciclo de su independencia política.
Cuando hace eclosión el
movimiento reformista en Córdoba, aparece allí el libro Reflexiones
sobre el ideal político de América, publicado por uno de los
principales referentes teóricos de ese movimiento: Saúl Taborda, en cuyo
texto puede explicitarse el célebre postulado del manifiesto liminar de
1918 sobre el advenimiento de una hora americana. En dicha obra, Taborda
avanza sobre las reiteradas expresiones metafóricas del Nuevo Continente
como tierra promisoria, sol de primavera o Atlántida encantada. A la voz
persistente de “América, ¡la hora!”, el pensador cordobés estimaba que
había llegado el momento de romper el yugo factoril con Europa y acceder
a una verdadera libertad ætras un siglo de pseudoindependencia: “El
régimen social consagrado por Europa ha carecido de eficacia para hacer
efectiva la paz y con la paz el bienestar del mundo [...] Una nueva
estructura se levantará sobre el orden de cosas abatido. ¡América, hazte
ojo! ¡América, hazte canto! [...] un momento histórico hay que decide el
derrotero en el oscuro laberinto de las encrucijadas; una hora sin
retorno pone sus vibraciones en el reloj del tiempo, señalando el camino
de la acción”. Según Taborda, estaban dadas las condiciones para
sobrepasar la mera democracia electoralista, al servicio de una clase
parasitaria y de un sistema en el cual los partidos poseen un mínimo de
soberanía y un máximo de autoridad. Una genuina democracia americana
debía basarse en el imperio de la opinión pública y social, en un estado
cooperativo donde se entone el himno de la solidaridad, desaparezca el
analfabetismo, se cuestionen los medios de servidumbre y la tierra no
resulte objeto de apropiación privada. Para viabilizar tales objetivos
tenía que socializarse la industria, la banca y el transporte mediante
un dictamen inapelable que expropia en beneficio de los pueblos. Toda
una plataforma maximalista que dista de poseer la tónica
pequeño-burguesa que se le asignó prejuiciosamente a los primeros
reformistas argentinos.
La épica estudiantil
llegaría a una de sus máximas expresiones cuando, en el México de 1921,
con una alta representatividad, la juventud universitaria anuncia que
luchará contra el nacionalismo y el militarismo, por una nueva
humanidad, por asociaciones federativas regionales y por la integración
en una comunidad universal –ideario que procuró plasmarse en una
Federación Internacional y extenderse por el resto del mundo. Unos tres
años después, el dirigente peruano Haya de la Torre, al hacerle entrega
a los universitarios mexicanos la “Bandera de la nueva generación
hispanoamericana”, se sentía en condiciones de aducir que el ensueño
bolivariano, de fusionar a nuestros pueblos, se ha reencarnado en el
credo y el accionar de las juventudes.
Concomitantemente,
vendría esa formidable prédica sustentada por la Unión Latinoamericana,
impulsada en sus inicios por José Ingenieros, el cual anunciaba que la
revolución universitaria –en tanto reorientación científica de los
estudios, cogobierno y demandas populares– se proyectaba más allá de los
histriones del patriotismo por toda la América Latina y que la juventud
que no se encuadraba con las izquierdas constituía una mera vejez sin
canas. Dicha entidad –avalada por miles de estudiantes y automarginada
de los diferentes gobiernos para preservar su libertad de opinión ante
las impopulares potencias extranjeras– reivindica una Reforma
Universitaria integral, pretende suprimir la Unión Panamericana y
repudia la penetración capitalista, para propiciar una unificación
jurídica, política, económica e intelectual que permitiera salvaguardar
la soberanía de nuestro continente austral y obtener la nacionalización
de las fuentes de riqueza, la repartición de la tierra y la
socialización de la industria.
En el congreso
internacional de Costa Rica (1933), con la renovada presencia de la
España republicana, el estudiantado se adelanta a propiciar la
aspiración, aún incumplimentada, de la ciudadanía iberoamericana, unos
60 años antes de la creación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones,
cuyos logros reales todavía son objeto de dudosa expectativa. Entre
tanto, México vuelve a ser sede de grandes asambleas supranacionales: el
Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes (1931), donde se promueve
la ciudadanía universitaria para todos los claustros, un acuerdo para
que los alumnos expulsados de su país por razones políticas pudieran
continuar sus estudios en otras naciones junto a la creación de la Casa
del Estudiante Iberoamericano; el Primer Congreso de Estudiantes
Antiimperialistas de la América (1936), que postula la formación de un
Frente Popular, la Gran Central única de Trabajadores y una Agencia
Interamericana de Información. Por otra parte, no cuesta advertir el
antagonismo y la prolongada incompatibilidad axiológica entre
militarismo y movimiento estudiantil que, desde sus inicios ha
desarrollado una fuerte campaña contra el espíritu guerrero y
chovinista. La nueva generación reformista se enfrentó aquí con toda una
plataforma patriotera a la cual le opuso la consigna de vivir y no de
morir gloriosamente. Además de la preservación del demos y el
autonomismo universitarios, esa cruzada juvenil bregó por la Segunda
Independencia, por la emancipación intelectual, social y nacional,
responsabilizando primordialmente al imperialismo y a la cultura
utilitaria de Occidente por el atraso de nuestros pueblos. En
complicidad con los bárbaros del Norte, los sectores gobernantes
aparecen en la mira como sus aliados incondicionales: las oligarquías
criollas, los grandes terratenientes y comerciantes, el clero y las
fuerzas armadas, los políticos engañosos que frenan la concientización
de las masas.
Como respuesta a la
xenofobia y al provincianismo se fue articulando una plataforma
operativa cuyas principales banderas implicaron diversos elementos
aglutinantes a partir del ideal americanista, con el cual se apuntaba a
fusionar nuestros estados en un conglomerado de naciones ante los
peligros comunes que amenazaban la integridad territorial. Junto con las
diferentes aproximaciones a los indígenas, obreros y campesinos, se
estrecharon los contactos con las juventudes del mundo y muy
especialmente la unión entre el estudiantado latinoamericano, tanto para
favorecer el intercambio académico e intelectual como para estimular la
protección mutua. Los espurios conflictos fronterizos entre Argentina,
Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y los países que conforman otras
regiones de nuestro continente no impidieron cultivar esa fraternidad
sino que además fueron valientemente repelidos y desenmascarados por los
mismos estudiantes en cuestión, quienes no sólo proponen soluciones para
sortear dichos enfrentamientos sino que también llegan a establecer
numerosos acuerdos y convenios en favor de dicho afán integrador.
En medio de esa empresa,
el movimiento estudiantil, reconoció como grandes paladines a Rafael
Altamira, Ingenieros, Vasconcelos, Unamuno Haya de la Torre, Varona, o
Alfredo Palacios quien, reflejando una convicción generalizada, enfatizó
que los cimientos para una confederación iberoamericana debían ser
colocados por la juventud libre de compromisos con el pasado y de
mezquinas rivalidades.
Junto a sus innovaciones
intrauniversitarias y de extramuros –que van desde la autonomía
académica a la unidad obrero-indígena-estudiantil y a la lucha contra el
imperialismo–, el movimiento reformista ha forjado en millares de
páginas sus acercamientos efectivos a la mancomunión latinoamericana y a
la unificación integral de nuestros pueblos, erigiéndose en uno de los
más importantes precedentes culturales con el que deben contar
emprendimientos regionales como los del Mercosur. Es que la Reforma
Universitaria en Latinoamérica constituye una de las tantas expresiones
que revierte la trillada versión sobre los ascendientes hegemónicos
desde el norte hacia el sur para entroncarse con otras vertientes
originales como el modernismo literario o las teorías de la liberación.
El “numen” de la Reforma.
A la resonancia
americana que poseyeron dos fenómenos históricos como la Revolución de
Mayo y la Reforma Universitaria, se suma el hecho de que ambas presentan
una línea enunciativa concomitante. Si Moreno refutaba en su
introducción al Contrato Social de Rousseau el pretendido soporte
celestial de la realeza y acudía a la voluntad colectiva, Deodoro Roca
–junto con otros miembros de la Federación estudiantil cordobesa–
denunciaba en el Manifiesto Liminar de la Reforma un régimen académico
anacrónico montado sobre el derecho divino del profesorado
universitario. Allí se reclamaba el poder de decisión para los
estudiantes, en tanto soberanos primordiales de una universidad
democrática. Dicha pieza no sólo se dirigía proféticamente a los hombres
libres de nuestro hemisferio sino que también anunciaba una inminencia
rupturista similar a la de Mayo. Según llegó a parangonar Enrique
González Tuñón, si Moreno fue el abogado de la revolución, Deodoro puede
ser considerado como el abogado de la Reforma y su adalid por
excelencia.
Una meta básica
consistía en predisponerse creativamente para el advenimiento del hombre
genuino y de la americanidad, lo cual representaba, con palabras de
Deodoro Roca, el más fuerte imperativo de su tiempo y circunstancia,
mientras que la Reforma –”levadura de procesos más vastos”, según la
calificara el propio Roca– puede asociarse íntimamente con el esfuerzo
por materializar un acariciado anhelo: nuestra independencia económica y
cultural, la afirmación nacional y la unidad continental. Las
vanguardias juveniles universitarias se asignan un rol determinante en
el logro de esos objetivos, a los cuales cabe añadir la implementación
de la conciencia social y hasta de una nueva civilización. El movimiento
reformista preconizó la confraternidad entre los pueblos, rechazando la
política caciqueril junto a las crecientes manifestaciones chovinistas y
jingoístas.
Se trata de una línea de
pensamiento vigorizada por los reformistas cordobeses de 1918. Deodoro
Roca cuestiona los extravíos evidenciados durante la Colonia y el siglo
XIX –cuando se transitaba por la tierra de América sin vivir en ella–,
mientras destaca la actitud de las nuevas generaciones que, sin cerrarse
a la cultura mundial, se preocupan por los propios problemas y sienten
como el mayor imperativo la urdimbre del hombre americano. Aquellos
líderes estudiantiles creyeron que se estaba asistiendo en América a un
ciclo estructuralmente distinto, de amplia democracia y con un cambio
total en los valores humanos, mientras aludieron a la decadencia de
Europa, sumida en el exhausto belicismo de los Estados nacionales. Se
propiciaba el nacionalismo continental para acabar con un estatuto
factoril y para producir una revolución ecuménica. Con la unificación de
Indoamérica el imperialismo debía sufrir un fuerte desequilibrio al no
tener pueblos para sojuzgar, con lo cual se preparaba el fin del sistema
capitalista.
En Deodoro Roca, la
inquietud americanista e integradora se manifestó desde sus primeros
escritos. Ya en su temprana tesis doctoral, Monroe-Drago-A, B, C.
Reflexiones sobre política continental, dicha temática quedó bien
nítidamente y en íntimo vínculo de oposición dialéctica con el
expansionismo colonialista estadounidense.
Repasemos sus
principales enunciaciones. En primer término, debe aclararse que cuando
Deodoro se refiere a Latinoamérica o a Sudamérica tiende a recurrir,
como resultó bastante frecuente en el siglo XIX, al nombre genérico de
América o americanos.
Más allá de esa
reapropiación conceptual y más allá de los descorazonadores vaivenes
históricos –especialmente provocados por las reacciones y gobiernos
antidemocráticos junto al conservadorismo y fascismo criollos–, Deodoro
no dejó de apostar ni de pugnar por el porvenir de nuestra América, a la
cual concebía como una unidad ideal y como un mundo auroral. Si bien no
podía soslayar el hecho de que constituimos un archipiélago desmembrado
e inconexo, alentaba la idea de una América Latina rediviva y de una
nueva nacionalidad supraterritorial, alejándose de tantas actitudes
chovinistas que apartaban a los argentinos del resto de los pueblos
latinoamericanos. Mientras sostenía la posibilidad de un desarrollo
endógeno y la instancia liberadora de una segunda independencia,
planteaba como asunto impostergable la construcción de una alianza
económica entre nuestros países, anticipándose con ello a la existencia
de un mercado común sudamericano.
Junto a sus
colaboraciones en diarios como Crítica de Buenos Aires y en
periódicos de su provincia como La Voz del Interior, El País y
Córdoba, diversas apoyaturas le sirvieron a Deodoro Roca para
refrendar sus postulaciones americanistas. En un principio, el
redentorismo juvenil, que lo llevó a atribuirle una función descollante
a su propia generación dentro de la universidad y a la vez de esta casa
para urdir el eslabonamiento de nuestros pueblos. Por lo demás, fue
creciendo en él la fe en la articulación de una nueva izquierda, que
reunía no sólo a personalidades intelectuales o políticas –Ingenieros,
De la Torre, Ponce– sino a combatientes de la talla de un Sandino,
quien, más allá de su coyuntural fracaso militar, representaba para
Deodoro un símbolo de futuro. Finalmente, se encontraban también las
distintas acciones y emprendimientos motorizados por el mismo Roca:
desde su defensa profesional de los trabajadores y la gente común, a su
dirección de la sección cordobesa de la Unión Latinoamericana y a su
creación de comités continentales por la paz y la libertad, a favor de
los presos y exiliados político-sociales, contra una serie de objetivos
de diverso alcance: las dictaduras y semidictaduras –tropicales o no–,
la carrera armamentista, la guerra del Chaco y su trasfondo rapiñero, el
racismo, el antisemitismo y el imperialismo, el cual, junto a las
contradicciones del sistema capitalista, representaría una de sus
mayores preocupaciones.
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Ya desde sus
comienzos académicos, con su apelación a la doctrina Drago,
Deodoro estaba pretendiendo rescatar el derecho de los estados a
mantener su soberanía, la seguridad y la paz, a asumir una
posición que revigorizara el espíritu continental de las
repúblicas hispanoamericanas. El planteo de Drago cuestionaba
las premisas y supuestos darwinianos a que apelaban los
tributarios del intervencionismo para justificar la conquista de
los inestables países sudamericanos y para introducir entre
ellos un supuesto orden civilizatorio, lo cual llevaría, según
la acotación deodórica, a justificar políticas tutelares
centradas en el mito de nuestra irremediable incapacidad
constitutiva. Deodoro no vacila en
calificar a la doctrina Monroe como racionalización perversa
que, al estilo del panamericanismo –esa oficina del Departamento
de Estado norteamericano–, ha operado en el continente al
servicio de Wall Street y de los intereses petroleros de las
grandes corporaciones monopólicas. |
Simultáneamente,
nuestro autor ha ido examinando el nuevo imperialismo encarnado en el
capitalismo anglosajón y el yanqui en particular, los cuales, imbuidos
de una misión mesiánica, han hecho estragos institucionales entre
nosotros y se han apoderado de nuestros recursos sin necesidad de
anexionarnos. Contrario sensu, Deodoro no deja de celebrar al
“admirable país mexicano” que, frente a la indiferencia mundial, se
manifestó por una ayuda franca y abierta al pueblo español cuando se
produjo el sofocante levantamiento nacionalista.
Un espacio alternativo,
de contestación y propuesta, ha sido encarnado por el célebre sótano en
la casa de Deodoro, donde se dio cita la intelligentsia combativa
de nuestro continente: desde Waldo Frank hasta Haya de la Torre,
Henríquez Ureña, Máximo Soto Hall, o Manuel Seoane, siendo también
visitado por un adolescente que daría mucho que hablar varias décadas
más tarde a propósito de la revolución mundial: Ernesto Guevara, cuando
aún residía en Córdoba. La atmósfera que se respiraba en ese rincón
privilegiado fue puesta bien de manifiesto por Luis Emilio Soto en un
artículo sobre el primer libro póstumo de Deodoro:
Durante más de veinte
años, aquella catacumba ha sido por excelencia la sede de una generación
de escritores y universitarios […] un rompeolas ideológico [que] no era
propicio para devaneos narcisistas sino para contemplar nuestros
conflictos con una mentalidad americana. Diríase que el ‘sótano de
Deodoro’ comunicaba con el resto del Nuevo Mundo a través de selectas
galerías. Los vestigios del último centro colonial y los reactivos
revolucionarios de la Reforma, convirtieron a la docta ciudad en un
sismógrafo que registra, mejor que ningún otro de los nuestros, las
inquietudes continentales. (Sur, 128, 1945, p. 87)
En buena medida, el
arielismo juvenilista –prácticamente indisoluble como otros nutrientes
de la Reforma Universitaria– vuelve a hacerse presente cuando en un día
de junio de 1942 desaparece ese máximo animador de la Reforma que fue
Deodoro Roca. En tal circunstancia, Arturo Capdevila asoció su partida
de este mundo con un llamado para seguir luchando por la misma causa en
el más allá:
¿Por
qué se fue? ¿Por qué partió?
Aquí
diré lo que avizoro.
Vinieron ángeles, dijéronle:
—
Vamos, Deodoro.
Una
revolución Ariel intenta,
y es
su bandera un meteoro
de
libertad y de esperanza.
Tampoco faltó quien no
ha vacilado en comparar a Deodoro Roca con un prototipo del
Renacimiento, por la fe que aquel llegó a tener en el hombre como
arquitecto de su propio destino. Por su parte, un verdadero maestro en
historia de las ideas, Arturo Roig, concluyó un estudio sobre Deodoro,
al cual privilegia entre “las voces más valientes y pujantes en la
denuncia de la presión social y del imperialismo”.
Sea como fuere, resultan
significativas las aportaciones de Deodoro Roca a un sentido de la
integración regional en América Latina distinta a la del llamado
realismo periférico, con sus estrategias para incorporarse
indiscriminadamente al sistema internacional, mantener la dominación y
aumentar las desigualdades. Por lo contrario, frente a la modernización
excluyente, se insinúa, en nuestro autor, una perspectiva donde las
políticas de integración deben suponer no sólo la unificación de los
mercados sino también el ensamblaje cultural y socio-político, con
democracia participativa, derechos humanos y justicia social.*
*Entre las
fuentes consultadas, véase: D. Roca: El difícil tiempo nuevo,
Buenos Aires, Lautaro, 1956, selección, prólogo y notas de Gregorio
Bermann; Ciencias, maestros y universidades, Buenos Aires, Perrot,
1959, selección y notas de Horacio Sanguinetti; El drama social de la
universidad, Córdoba, Editorial Universitaria, 1968, selección y
prólogo de Gregorio Bermann; Prohibido prohibir, Buenos Aires, La
Bastilla, 1972, prólogo, selección y notas de H. Sanguinetti; Deodoro
Roca, el hereje, Buenos Aires, Biblos, 1999, selección y estudio
preliminar de Néstor Kohan; La trayectoria de una flecha, Buenos
Aires, Librería Histórica, 2003, edición e introducción general de H.
Sanguinetti. S. Taborda, Reflexiones sobre el ideal político de
América, Córdoba, La Elzeveriana, 1918; A. A. Roig, "Deodoro Roca y
el ‘Manifiesto’ de la Reforma de 1918", en su libro La universidad
hacia la democracia, Mendoza, EDIUNC, 1998, pp. 147-176; H.
Sanguinetti "Deodoro Roca, o la temprana lucidez", en A. Ciria y H.
Sanguinetti, Los Reformistas, Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1968,
pp. 243-269. H. Biagini, La Reforma Universitaria: antecedentes y
consecuentes, Buenos Aires, Leviatán, 2000; Gabriel del Mazo, La
Reforma Universitaria, tomo 3, Lima, Universidad Nacional Mayor de
San Marcos, 1968.
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