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La Agencia Central de Inteligencia (CIA, Central
Intelligence Agency)
241203 -
Manuel Medina-Anaya.
Cristóbal García Vera
No siempre los pueblos del mundo han estado custodiados por la
Central Intelligence Agency (CIA). De hecho, tampoco la todopoderosa Agencia de
espionaje nació con la Declaración de Independencia americana. La “Agencia
Central de Inteligencia” fue creada hace relativamente poco tiempo, en
1947.
Hasta las vísperas de la
II Guerra Mundial, los servicios de
inteligencia de los
Estados Unidos se caracterizaban por su inoperante
disgregación. Numerosas organizaciones estatales independientes ejercían,
simultáneamente y sin coordinación, cometidos similares en el área del
espionaje. Las funciones de investigación política, por ejemplo, las
ejecutaban a la vez el Departamento de Estado, el
FBI y los ministerios de
la Marina y de la Guerra. Esta desorganización constituía un serio
obstáculo para que los Estados Unidos dispusieran de un “aparato de
inteligencia” acorde con la época prebélica que se vivía. El papel de USA
en el mundo, hasta el segundo conflicto mundial, había sido más bien
modesto en comparación, por ejemplo, con los que desempeñaban Inglaterra y
Francia. Esa fue una de las razones por la que su servicio de Inteligencia
se había centrado hasta entonces en los “asuntos domésticos”, como la
represión del movimiento sindical y de aquellas corrientes ideológicas no
asimilables por el sistema
En política exterior, la elite dominante estadounidense se preocupaba,
fundamentalmente, de la fidelidad de lo que ellos han denominado siempre
su “patio trasero”, es decir, Latinoamérica. Decenas de intervenciones
militares de todo tipo se aseguraban de hacer cumplir la conocida máxima
del quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, que en 1823
declaró que “América debía ser para los americanos”… del Norte, claro. Más
de tres cuartos de siglo después otro presidente estadounidense,
Theodore
Roosevelt, basándose en su política del Big Stick (Gran Garrote)
sostendría que su país podía intervenir en cualquier nación
latinoamericana "culpable de actuar incorrectamente en su política
interior o exterior". De hecho él mismo así lo hizo en varias ocasiones,
recibiendo ironías de la historia-, el premio Nobel de la Paz en 1906. Sus
pulsiones bélicas eran de tal calibre que en cierta ocasión le escribió a
un amigo: “Confidencialmente, agradecería casi cualquier guerra, pues creo
que este país necesita una.”
Dos fueron los factores esenciales que llevaron al gobierno de los
Estados Unidos a crear una potente institución encargada de las tareas de
Inteligencia. En primer lugar, el fulminante ataque de los japoneses a
Pearl Harbor, en Diciembre de 1941. En la agresión nipona ocho buques de
guerra fueron hundidos, cerca de 200 aviones fueron destruidos y alrededor
de 3.000 hombres resultaron muertos o heridos. El ataque japonés a la
flota norteamericana en el Pacífico se realizó en unas condiciones
sorprendentes. Al menos tres de las oficinas dedicadas al espionaje
conocían los preparativos secretos de la operación. Pero la
descoordinación era tal que los militares no estaban al corriente de las
orientaciones del Departamento de Estado, y los diplomáticos, por su
parte, no tenían acceso a los materiales de inteligencia del Ejército y de
la Marina. Este acontecimiento convenció a los círculos gobernantes de que
debían unificar, urgentemente, todos sus organismos de Inteligencia.
Pero, según se desprende de la documentación de la época, hubo un
segundo factor de mayor relieve que hizo indispensable la creación de una
organización de Inteligencia centralizada y con una percepción “global” de
sus funciones. Las elites dominantes del país estimaban que “la potencia
más grande del mundo” requería unos servicios en consonancia con su futura
influencia internacional. Los Estados Unidos, se auguraba con acierto en
los círculos del poder, saldrían de su intervención en la segunda guerra
mundial como la gran potencia hegemónica del planeta. En cuanto a los
efectos destructivos de la guerra, resultarían indemnes, en tanto que los
daños del conflicto difícilmente podían alcanzar sus fronteras. Pero
además se encontraban en inmejorables condiciones para convertirse en el
gran país acreedor, artífice de la recuperación económica de los europeos.
George Kennan, el más influyente asesor del presidente Truman, según
revelan hoy los documentos confidenciales de la época, se expresó con
brutal sinceridad a este respecto:
“Los Estados Unidos posee el 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el
6% de su población... En tales condiciones, es imposible evitar que la
gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta
posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para
lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías.
Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas como los derechos
humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. Pronto
llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de
poder. Cuántas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor
nos irá..." (1)
Los Estados Unidos emergieron, pues, de la Segunda Guerra Mundial con
una influencia decisiva en todas las esferas de ámbito mundial, e
impusieron a nivel planetario un conjunto de instituciones con la
finalidad de garantizar que las cosas iban a funcionar según sus
intereses. Las instituciones claves en esta construcción fueron el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional. A éstas se añadió, en 1948, el Plan Marshall, mediante el
cual los EEUU prestaron a la Europa occidental una ayuda económica de
16.000 millones de dólares. La operación crediticia tenía una doble
finalidad: crear un macromercado para los productos norteamericanos en
Europa y, a su vez, controlar el peligroso escoramiento hacia la izquierda
que se experimentaba en el viejo continente.
Con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el propio Plan
Marshall se podían controlar los flujos económicos y chantajear a aquellos
países que no se sometieran al dictado de los intereses norteamericanos.
Pero con un Servicio de Inteligencia adecuado y el ejército se podían
comprar conciencias, eliminar disidentes y, en el último extremo, si el
“enemigo” era contumaz, acallarlo con el estruendo de las cañoneras. Para
lograrlo era preciso crear un sistema de inteligencia que no fuera tan
solo una mera base informativa para la toma de decisiones sobre política
exterior, como ocurría con los servicios tradicionales de espionaje. Había
que ir más lejos. Se requería un instrumento para “hacer” política
exterior. La revista norteamericana “Foreign Affaires” explicaba en
aquella época con lucidez que a los Estados Unidos no le bastaba su
potencial militar para ejercer una influencia mundial. A juicio de la
revista, necesitaba de “algo más”. G. Petty, un ideólogo estadounidense
del expansionismo, decía que su país requería de un servicio de
inteligencia excepcionalmente extenso “para asumir el liderazgo mundial en
todos los continentes y en todos los sistemas sociales, en todas las
razas, religiones, en cualesquiera condiciones sociales, económicas y
políticas.” La CIA se convirtió, en 1947, en ese instrumento. Su
dependencia directa del presidente de los Estados Unidos le concedería un
importante papel en la política exterior norteamericana
LA GUERRA FRÍA
Dean Acheson, viceministro de Asuntos Exteriores del gobierno
estadounidense, en 1944, todavía sin concluir la guerra, comentaba con el
presidente del Comité encargado de la planificación económica de la
posguerra que "…lo más importante son los mercados. Tenemos que procurar
que nuestros productos sean usados y que se vendan". Y terminaba añadiendo
"No podemos tener empleo para todos y prosperidad en los Estados Unidos
sin los mercados del exterior". Estaba claro que Acheson no solo se
refería a la exportación de de productos de consumo. En los años del
conflicto mundial los Estados Unidos habían consolidado una respetable
industria armamentista, que alimentó no sólo su propio esfuerzo bélico,
sino también el de todos los ejércitos aliados, incluido el de la Unión
Soviética. El final de la guerra no podía significar la conclusión de ese
ventajoso idilio entre producción e industria militar. El espíritu de la
época queda fielmente reflejado en la reflexión del escritor
norteamericano Richard Barnet:
"La economía de guerra facilita una posición cómoda a decenas de miles
de burócratas vestidos de uniforme o de paisano que van a la oficina cada
día a construir armas atómicas o a planificar la guerra atómica; a
millones de trabajadores cuyos puestos de trabajo dependen del sistema de
terrorismo nuclear; a científicos e ingenieros pagados para buscar la
"solución tecnológica" definitiva que proporcione una seguridad absoluta;
a contratistas que no quieren dejar pasar la ocasión de obtener beneficios
fáciles; a guerreros intelectuales que venden amenazas y bendicen guerras"
.
Para mantener el emporio industrial-armamentista era necesario que
existiera una justificación. El enemigo, -Alemania, Italia y Japón – había
sido absolutamente derrotado. Solo la creación de un nuevo enemigo, que
infundiera terror, que transmitiera la idea de que peligraba “la forma de
vida americana” (“the american way of life”), haría posible que el pueblo
de los Estados Unidos se enrolara en una nueva cruzada contra “las hordas
asiáticas”, como G. Kenan, el ya mencionado asesor del presidente Truman,
denominaba a todo lo que viniera del Este. La histeria se instaló en el
cerebro de cada estadounidense. El “Capitán América”, héroe de los comics
norteamericanos, pasó de luchar contra los nazis a perseguir peligrosos
comunistas emboscados bajo las alfombras del vecino. La persecución no se
limitó a los satanizados marxistas sino que se proyectó, igualmente, sobre
“sus amigos” y “compañeros de viaje”, con lo que el espectro de ciudadanos
bajo sospecha se hizo infinito. Había comenzado la Guerra Fría.
LA AMENAZA SOVIÉTICA
En realidad tal amenaza no existía. Al menos no en la forma en la que la
construyeron quienes diseñaron el espantajo fantasmagórico del “peligro
soviético”, con espías, micrófonos y conspiraciones en la sala de estar de
cada hogar americano. Ciertamente que el mundo no era ya el que había sido
antes de la guerra. Parecía haberse acabado la época en la que los
ingleses podían dormir tranquilamente la siesta abanicados por algún
súbdito de sus extensos dominios. En 1945 las poblaciones de las colonias
tuvieron la oportunidad de comprobar que Inglaterra y Francia no eran
imbatibles. No fueron pocos los habitantes de las colonias que engrosaron
los batallones franceses e ingleses durante las dos guerras mundiales. En
ambas ocasiones pudieron constatar las debilidades del supuestamente
invencible “gran padre blanco” frente a los ejércitos alemanes. Los
imperios coloniales europeos salieron seriamente maltrechos de la
conflagración mundial. Esas debilidades y otras fortalezas permitieron que
la llama anticolonialista prendiera por toda Asia y África.
Por otro lado, los países de la Europa oriental, hasta donde los
ejércitos soviéticos habían llegado en su lucha contra los alemanes,
inauguraron con mejor o peor fortuna, regímenes sociales que cuestionaban
el sistema capitalista. Simultáneamente, en la Europa occidental, los
partidos políticos de izquierdas obtenían arrolladores resultados en las
elecciones. El temor a la “marea roja” se apoderó de la burguesía
americana y europea.
El mundo de la posguerra era, ciertamente, un mundo convulso, pero sus
contradicciones estaban engendradas por el propio sistema económico y
político. La “amenaza rusa” fue una invención diseñada a propósito en los
laboratorios del expansionismo norteamericano. Hoy disponemos de pruebas
documentales que demuestran que ni siquiera sus propios autores creían en
su existencia. Solo personajes como James Forrestal, Secretario de Estado
para la Marina, que se suicidó en un hospital psiquiátrico porque veía
horrorizado llegar a los rusos a través de su ventana, daba verosimilitud
a una patraña de esa envergadura. Sencillamente, la URSS no podía
constituir una amenaza frente al poderío de los Estados Unidos. La Unión
Soviética, que había llevado el peso de la guerra contra Alemania, quedó
devastada por el conflicto. El ejercito hitleriano dejó tras de sí a
veinte millones de muertos sobre su inmenso territorio. Ningún otro país
sufrió unos daños tan enormes.
Los Estados Unidos, en cambio, perdieron solo 400.000 soldados en la
contienda. Dicho de otra manera, a cada norteamericano muerto le
correspondieron 50 muertos rusos. La desproporción era gigantesca. Todavía
en 1948, tres años después de haber concluido la guerra, el ministro de
Sanidad de la antigua Unión Soviética, E. Smirnov, podía contemplar
horrorizado como, por falta de vasos, en los hospitales de su país se daba
de beber a los enfermos en latas cochambrosas con los bordes retorcidos.
La guerra destruyó la tercera parte del patrimonio nacional soviético. De
acuerdo con la cotización monetaria de entonces, el valor de lo que fue
destruido ascendió a 485 mil millones de dólares, una cifra gigantesca si
intentáramos traducirla a su equivalencia actual. ¿Desconocían las altas
esferas políticas y militares estadounidenses ese panorama? Michael Sherry,
investigador norteamericano que ha tenido acceso a los expedientes de los
archivos de la época asegura que “según reconoció el Mando de las Fuerzas
Armadas la Unión Soviética no representaba un peligro inmediato. Su
economía y sus recursos materiales se encontraban agotados por la guerra…
Por tanto, en los primeros años deberá concentrarse en la reconstrucción
interna… Pero sus posibilidades, con independencia de lo que pensemos de
las intenciones rusas, no dan motivo suficiente para designar a la URSS
como enemigo potencial.” (2) En agosto de 1945, fecha en la que Hiroshima
y Nagasaki fueron arrasadas, los Estados Unidos disponían sólo de las dos
bombas atómicas que habían utilizado contra esas ciudades. Pero apenas
cuatro meses después, a finales de 1945, sus arsenales atómicos
almacenaban nada menos que 195 ingenios termonucleares. La URSS, que ya
por esa fecha había empezado a ser descrita por la iconografía
norteamericana como el “enemigo diabólico”, no poseía todavía ni una sola
bomba atómica.
Europa, por tanto, no estaba amenazada por ningún tipo de “agresión
soviética”. En realidad, lo que asustaba a los americanos y a las clases
dominantes europeas era la posibilidad de que se constituyeran alianzas
entre las fuerzas populares que habían luchado contra el fascismo.
Para los Estados Unidos no constituía ninguna novedad la práctica de
“construir” a sus enemigos. Desde su nacimiento, en 1776, había sido un
país cuyas fronteras se encontraban en constante despliegue. Esa pulsión
expansionista se convirtió en una constante de su política exterior. Las
clases dirigentes norteamericanas han tenido que justificar, ante su
propio pueblo, sus continuas intervenciones militares ultramarinas,
desencadenadas generalmente por causas inconfesables. Y aprendieron a
hacerlo con auténtica maestría. Con el paso del tiempo, los gobernantes
estadounidenses desarrollaron una gran pericia en el arte de colar por el
ojo de la cerradura de cada hogar americano, la imagen maléfica de un
enemigo que unificase la voluntad de la nación Cuando se hizo necesario
arrebatarle a México una parte importante de su territorio, los mexicanos
fueron previamente demonizados por los rotativos de la época. Mas tarde,
el fantasma del enemigo se encarnó en España, justo en el momento en el
que las ambiciones anexionistas sobre Cuba se hicieron incontenibles.
Coreanos, vietnamitas, cubanos, nicaragüenses y dominicanos, iraníes e
iraquíes, entre otros muchos, han llenado también de temor la mente,
siempre amenazada, del norteamericano medio. Aun en nuestros días, cuando
el “Imperio del Mal”, la URSS, ha desaparecido de la faz de la tierra, y
la potencia militar norteamericana parece no tener rival, el espectro de
nuevos enemigos – los árabes, el invisible Al Qaeda, el maléfico Ben Laden,
el Eje del Mal, el terrorismo internacional etc., etc. -, vuelven a
cernirse sobre la atribulada conciencia de los norteamericanos.
LOS NAZIS Y LA CIA
Hasta pocos años antes de la entrada de los EE.UU. en la II Guerra
Mundial, la actitud de los círculos empresariales norteamericanos hacia la
Alemania nazi fue algo más que benevolente. En muchos casos, los magnates
norteamericanos llegaron a apoyar económicamente al Partido
Nacional-Socialista de Adolf Hitler. Conocidos hombres de la industria, la
política y las finanzas norteamericanas manifestaron públicas simpatías
por los nazis en las antevísperas de la guerra. Personajes como Henry Ford,
dueño de la industria de automóviles Ford y autor del libro antisemita “El
judío internacional” (3); la familia Du Pont, propietaria de la legendaria
General Motors; el multimillonario Rockefeller; los hermanos John y Allan
Dulles (4), secretario del Departamento de Estado y jefe de la CIA
respectivamente; William Randolph Hearst, propietario de la mayor cadena
de periódicos norteamericana y editor de la conocida revista Selecciones
Reader´s Digest; Prescott Bush propietario petrolero y abuelo del actual
presidente norteamericano George W. Bush, apoyaron de formas diversas el
avance del fascismo alemán durante la década de los treinta. Sus simpatías
eran, al fin y al cabo, coherentes con sus intereses. Las clases poderosas
norteamericanas, que vivían en su propio país los efectos sociales de las
crisis económica de 1929, contemplaban al nazismo como una útil
herramienta contra la agitación y el avance del movimiento obrero en
Europa. Pero no era esta su única motivación. Muchos de estos prohombres
consideraban que a la postre se iba a producir una confrontación entre
Alemania y la Unión Soviética, y acariciaban la idea de que Hitler pudiera
acabar con la primera experiencia socialista mundial. Sin embargo, la
actitud de empatía hacia el fascismo no era exclusiva de los
norteamericanos. Muchos políticos europeos compartían con ellos idénticas
afinidades. El mismo Wiston Churchill, considerado por la historiográfica
conservadora como un abanderado de la democracia, le decía a Mussolini en
1927:
“Si yo fuera italiano estoy seguro que habría estado incondicionalmente
con usted desde el comienzo al fin de su triunfal combate contra los
bestiales apetitos y pasiones del leninismo”(5)
Las objeciones de los sectores conservadores de Europa y de los Estados
Unidos hacia Hitler y el fascismo no eran de orden ideológico. Su temor
nació cuando entendieron que el expansionismo territorial alemán era
irrefrenable.
La evidente sintonía ideológica de ciertos sectores de la
administración y de la industria norteamericana con los nazis, se reflejó
en el descuido de las instituciones encargadas de ejercer las tareas de
Inteligencia. Cuando en 1940 se produjo la fulminante derrota de Francia y
el incontenible avance alemán amenazó con saltar las fronteras
continentales, las afinidades germanófilas de los influyentes grupos de
poder norteamericanos se trocaron en pánico. Pero ya era demasiado tarde.
Iban a ser los motores de los cazas japoneses los que se encargarían de
poner en evidencia las debilidades del espionaje estadounidense La
intervención de los Estados Unidos en la guerra y el descalabro sufrido en
Pearl Harbor dieron un impulso a la reorganización de sus servicios de
inteligencia estratégica. Se comenzó creando dos instituciones que
desempeñarían esta labor durante el transcurso de la Segunda Guerra
Mundial. Una, fue el Buró de Información Militar (OWI), cuya
responsabilidad consistía en organizar la propaganda en el interior y
exterior de los Estados Unidos. La Agencia de Servicios Estratégicos (OSS),
en cambio, se encargaba del espionaje militar. En cualquier caso, pese a
la atención que se le prestó a esta nueva estructura de inteligencia, los
EEUU habían llegado con retraso. Los alemanes disponían de unos servicios
considerablemente más sólidos y centralizados, con una perspectiva de
“espionaje total” que los norteamericanos no habían pensado siquiera en
desarrollar. De hecho, en el curso de la guerra, la Inteligencia
norteamericana tuvo que apoyarse en muchas ocasiones en el experimentado
servicio de espionaje británico. Sea como fuere, el primer servicio
coordinado de inteligencia de los Estados Unidos utilizó como pilares
estas dos oficinas, y sobre ellas se constituiría, en 1947, la Central
Intelligence of América, la CIA.
Desde el comienzo de la guerra, las esferas gubernamentales
estadounidenses se prepararon para crear las condiciones favorables que
permitieran a su país desempeñar un papel preeminente en la posguerra.
Eran conscientes de la magnitud de la tarea y también de algunas de sus
insuficiencias. Estaba claro que los Estados Unidos saldrían del conflicto
mundial en óptimas condiciones desde el punto de vista económico y
militar. Pero no se podía decir lo mismo de su capacidad para articular
ese poderío a través de sus servicios de inteligencia. El reto consistía
en ser capaces de crear las instituciones adecuadas para ejercer una
influencia universal a todos los niveles. En palabras de un alto
funcionario de la época, lo que se necesitaba era una organización
“capacitada para resolver determinadas misiones políticas mediante
recursos tales que se encuentran en un punto entre los recursos normales
de política exterior y el empleo abierto de la fuerza armada”. ¿Qué
misiones políticas y recursos podrían hallarse entre la diplomacia y el
empleo de la fuerza armada? La propia historia de la CIA responde
sobradamente a este interrogante. Su más de medio siglo de existencia está
profusamente jalonado de asesinatos políticos, manipulación de medios de
comunicación, prácticas terroristas, golpes de estado, chantajes… En la
primera parte de la década de los cuarenta los Estados Unidos no disponían
ni de medios humanos ni de infraestructura para la realización de tan
ingente tarea. Paradójicamente sería uno de sus enemigos en la contienda
bélica quien cubriría esas insuficiencias.
Ha sido necesario que transcurrieran casi sesenta años para que
oficialmente llegáramos a saber que, en los últimos meses de la II Guerra
Mundial, altos funcionarios de la Administración norteamericana le
encargaron a la OSS la misión de localizar a los agentes nazis que
quedaban dispersos, tras las líneas enemigas, después de la retirada del
ejército alemán. La directriz de la misión consistió en enrolar a los
antiguos miembros de la GESTAPO y la SS en sus servicios de inteligencia
para su reutilización futura. La labor había que realizarla con una gran
premura, pues el destino de esos agentes, - frecuentemente simples
asesinos- , era el pelotón de fusilamiento si caían en manos de los
partisanos antifascistas de los países ocupados por el ejército germano.
En 1945, cuando se produce la rendición incondicional de Alemania, el jefe
de su servicio secreto, el general Reinhard Gehler, (6) fue “reclutado”
por los americanos. Trasladado más tarde a los Estados Unidos y sometido a
un rápido “reciclaje democratizador” en Fort Bragg se le encomendaron
tareas de organización de primer orden.
Entre las bambalinas de esa operación de enganche se encontraba Allan
Dulles, en aquel entonces jefe de la OSS en Berna. El que años después iba
a ser el primer jefe de la CIA, había mantenido estrechas relaciones con
dirigentes nazis desde mucho antes de la guerra. Pero el reclutamiento de
los nazis no resultaba una tarea fácil. Una vez acabado el conflicto
bélico, no existía la posibilidad de fabricar una “transición” que
permitiera a los antiguos cargos administrativos de los regímenes
fascistas continuar ejerciendo funciones de poder. La guerra había sido
excesivamente cruel y los crímenes cometidos demasiado repugnantes. Por
otra parte, el protagonismo de la liberación de Europa no sólo era
patrimonio de los ejércitos Aliados. En Italia, por ejemplo, los
guerrilleros partisanos, liderados por el Partido Comunista, habían
derrotado a seis divisiones alemanas y liberado todo el norte del país. En
Francia, los miembros de la Resistencia precedieron a las tropas aliadas
en la liberación de París. En Europa se respiraba un clima de acendrado
antifascismo. En esas circunstancias los pueblos no hubieran admitido
ningún tipo de transacción del estilo de las que se aplicarían treinta
años después en España y América Latina como salida de compromiso a sus
Dictaduras.
Los jefes de la OSS, William Donovan, James Angleton y Allan Dulles,
con la colaboración de la Santa Sede, organizaron la evacuación de cerca
de 10.000 nazis con destino a América Latina y los Estados Unidos. La
finalidad del proyecto "Paperclip", - que así se denominó la operación –
fue reclutar para la industria de guerra norteamericana, a los científicos
nazis, a los especialistas en aeronáutica, en guerra biológica y química,
en investigación nuclear y tratamiento del uranio. Durante medio siglo,
rodeados del más absoluto secreto, estos nazis trabajarían en Fort Bragg (EEUU),
en el complejo industrial militar, en la NASA y en la CIA. Pero no sólo
fueron nazis alemanes los que al amparo de la Displaced Person Act se
acogieron a una reglamentación privilegiada para entrar en los Estados
Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Miembros de los grupos
fascistas que colaboraron con los alemanes en Hungría, Bulgaria Ucrania,
Lituania y Rusia, y que se habían caracterizado por la extrema crueldad
con la que trataban a las poblaciones resistentes al invasor germano,
arribaron igualmente a las costas norteamericanas con la protección
oficial del gobierno de los EEUU. En gran medida estos serian los mimbres
sobre los que se urdiría la red de Inteligencia de los Estados Unidos en
una buena parte del planeta.
En Europa se encargó al general Gehlen y a agentes que habían
pertenecido o colaborado con los servicios de los países del Eje, la
organización de la red denominada “Stay-Behind” (“Permanecer detrás”). Las
funciones de esta red quedaron claramente definidas en esta directiva “top
secret” que el gobierno norteamericano desclasificó cincuenta años más
tarde:
“Todas las actividades conducidas o apoyadas por el Gobierno [de EE.UU.]
contra los Estados [países] o grupos hostiles, o los apoyos de Estados
[países] o grupos amigos, deben ser planificados y ejecutados de manera
que la responsabilidad de ningún Gobierno [actual y posteriores de los
EE.UU.] pueda aparecer a las personas ajenas y no autorizadas, y si ellas
son descubiertas, el Gobierno de los Estados Unidos pueda denegar de
manera fehaciente toda responsabilidad. Precisamente, tales operaciones
están involucradas en la actividad secreta y en relación con la
propaganda; la guerra económica, la acción preventiva directa, que incluye
el sabotaje, el anti-sabotaje, las medidas de destrucción y de
infiltración; la subversión de Estados [países] hostiles, donde se incluye
la asistencia a los movimientos de resistencia, a las guerrillas locales y
a los grupos de liberación en el exilio; el apoyo a los elementos
anticomunistas locales que se encuentren en los países amenazados del
mundo libre. Estas operaciones no toman en cuenta los conflictos armados
conducidos por las fuerzas armadas militares reconocidas, las del
espionaje y el contraespionaje, la cobertura y el engaño llevadas por las
operaciones militares”.
Con esta infraestructura humana el gobierno norteamericano intento
construir los requisitos “técnicos” imprescindibles para impedir cualquier
veleidad izquierdista en la Europa de la posguerra. Pero faltaba aún lo
más importante: la articulación de un frente ideológico que les permitiera
el control de las mentes y las voluntades…
LA GUERRA CULTURAL
Poco o nada hay en común entre un auténtico agente de la CIA y la
imagen que Hollywood nos ha transmitido de ellos a través de las pantallas
de cine o de TV. El perdonavidas duro y frío, pero con principios morales,
que el británico Ian Fleming describe en sus célebres novelas, no encaja
con los personajes que empezamos a conocer gracias a la documentación
secreta a la que hoy tienen acceso los investigadores. En realidad, esto
no es extraño. En el contexto de la Guerra Fría se convirtió en una
necesidad que los agentes secretos contaran con la simpatía del gran
público. Para lograrlo los voceros de la comunicación de masas se
esforzaron en dibujar un perfil que encajara con lo que el imaginario
colectivo podía aceptar como héroe contemporáneo: un hombre medianamente
joven, atractivo, defensor de los valores de la libertad y capaz de dar la
vida por sus semejantes. De acuerdo con ese estereotipo, su papel
consistía en enfrentarse con un enemigo brutal y desalmado que,
invariablemente, se proponía destruir el “mundo libre” y los valores de
Occidente.
La realidad ha sido, y es, bien distinta. Esos personajes épicos que
han inundado las salas de cine, la TV, la novela, los comics y, como
consecuencia, nuestra propia imaginación, nunca han existido.
Las actividades de la CIA se nos han mostrado como una confrontación en
la que los diferentes servicios de inteligencia se batían cruentamente en
una batalla entre el bien y el mal. De esta forma se creó una ficción nada
inocente que trataba de camuflar otras tareas menos confesables. Hoy, sin
embargo, ya se dispone de suficientes datos para afirmar que, en muchas
ocasiones, los creadores de esa realidad distorsionada formaban parte de
los mismos servicios de inteligencia que caricaturescamente pretendían
representar en los medios de comunicación.
Contrariamente a la imagen que se ha confeccionado de la CIA, la
función que le otorgaron sus patrocinadores originarios, no era
primordialmente estratégico-militar. Su objetivo consistió, desde el
principio, en ganar la batalla de las ideas. Si el Fondo Monetario
Internacional, el Plan Marshall y el Banco Mundial se convirtieron en los
instrumentos económicos que los Estados Unidos utilizaron a partir de 1945
como muro de contención contra el avance de los movimientos de izquierda;
la Agencia fue la herramienta que permitió vencer las resistencias
ideológicas que colisionaban con los propósitos norteamericanos de
hegemonía mundial Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no
escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico.
Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente
intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los
sectores más radicales del movimiento obrero. Se crearon decenas de
revistas de cultura y arte en las que, desde una perspectiva aparentemente
“neutral” y “libertaria”, se atacaba y desprestigiaba a los intelectuales
más comprometidos con su tiempo. Y cuando la trama de la corrupción no
resultaba suficiente para imponerse, se preparaban las condiciones para el
golpe de estado y el asesinato del enemigo.
UN FANTASMA RECORRE EUROPA
Después de la II Guerra Mundial, el descrédito de la derecha europea
alcanzó posiblemente los niveles más altos de su historia. Los efectos de
su abierta cooperación con el fascismo amenazaban incluso su existencia
como fuerza política en algunos países europeos. En Francia, por ejemplo,
no pocos representantes de los partidos conservadores estaban manchados
por su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain. En Italia,
la monarquía, los sectores financieros, los terratenientes y el mismo
Vaticano fueron quienes facilitaron el ascenso de Mussolini al poder;
manteniendo la connivencia con el dictador hasta un cuarto de hora antes
de su oportuna destitución. En Alemania, los Krupp, los Heinkel, los
Siemens y demás industriales germanos se habían comprometido políticamente
con Hitler; delegando en éste la tarea de acabar con la “marea roja” que
amenazaba con arrebatarles su poder económico. El panorama de la posguerra
no era tranquilizador ni siquiera para la propia burguesía inglesa que, a
diferencia de la continental, resistió el ataque del fascismo. El recuerdo
de la política económica conservadora de la preguerra, lesiva para los
intereses populares, provocó que los “torys” obtuvieran un estrepitoso
fracaso en las elecciones de 1945. Y eso había sucedido en un país en el
que el premier conservador Wiston Churchill gozaba de una enorme
popularidad como líder de la lucha británica contra la Alemania nazi.
En cambio, las izquierdas, y particularmente los comunistas europeos
disfrutaban de un prestigio bien ganado en la lucha guerrillera contra el
fascismo. Al fin y al cabo, para los pueblos de Europa, la Unión Soviética
había cargado con los capítulos más dolorosos y sangrientos de la guerra.
El sacrificio de 20 millones de soviéticos, muertos durante la contienda,
generó una gran corriente de simpatía hacia ese país. El pensamiento
revolucionario y progresista se convirtió en hegemónico entre una buena
parte de las multitudes recién liberadas del fascismo. También entre la
inmensa mayoría de la intelectualidad del viejo continente predominaba un
fuerte sentimiento anticapitalista. Brecht, Rolland, Bertrand Russell,
Ehremburg, Bernard Shaw, Barbusse, Jean Paul Sartre, Diego Rivera,
Siqueiros, Chaplin, Visconti, Picasso, Thomas Mann, Luckacs, Buñuel… eran
algunos de los intelectuales de la época cuyos nombres estaban asociados,
de una u otra manera, con la izquierda. Así pues, el mundo de las artes,
las letras, el cine y la filosofía se hallaba fuertemente impregnado por
los aires optimistas de renovación social.
En el ámbito laboral, la hegemonía de los sindicatos de izquierda era
evidente, y no sólo por razones de tradición histórica, sino también
gracias a la combatividad desplegada en los años de la inmediata
posguerra. Ante este auge izquierdista, incluso las corrientes sindicales
socialdemócratas y cristianas, próximas a los postulados
pronorteamericanos, tuvieron que radicalizar la apariencia de su discurso
para evitar que sus competidores socialistas y comunistas provocaran la
deserción de sus afiliados.
El panorama francamente adverso para los objetivos norteamericanos. Los
Estados Unidos entendieron que era necesario dar un cambio radical a un
contexto que hacía peligrar gravemente sus intereses. Sin el
restablecimiento de la hegemonía ideológica del pensamiento conservador,
su proyecto de control planetario tendría que enfrentarse con un difícil
porvenir. Las clases poderosas de los EEUU necesitaban un mundo seguro y
estable para el capitalismo, donde sus intereses económicos fueran
incontestados e incontestables.
Los recursos para lograr esta “seguridad” fueron diversos: la
intervención armada, (Grecia y Corea), la presión y el control económico
(Plan Marshall y las instituciones de Brettons Wood) y la guerra
ideológica. Hasta ahora muchos historiadores y comentaristas políticos
habían sostenido que la función de la CIA era esencialmente militar. Y, en
efecto, la Agencia desempeñó un importante papel en la preparación de
golpes de Estado, en labores de espionaje, en la contribución a la
logística militar, en la compra de dirigentes sociales, etc. Pero su tarea
fundamental consistió en la penetración cultural e ideológica.
Ya desde el mismo momento de su creación, la CIA intentó colarse en
todos los entornos productores de información. La compra de intelectuales
vacilantes, la creación de millonarias Fundaciones “filantrópicas”, la
apropiación ideológica de aquellos escenarios que transmitieran cualquier
forma de pensamiento, se convirtió en una de sus primeras misiones. Desde
1947, fue autorizada para subsidiar programas de “colleges”; para crear
entidades culturales; editoriales; magazines; o para organizar vistosos
“congresos” de escritores y científicos a los que, invariablemente, se le
prestaba una extraordinaria cobertura mediática.
También se encontraba entre los quehaceres de la Agencia suscribir
contratos con Universidades privadas, emisoras de radio, periódicos, etc.
Mediante esta vinculación financiera la Central conseguía ejercer una
influencia directa y poderosa en los ámbitos académicos y mediáticos. La
mayoría de las veces estas actividades se realizaban a través de
sociedades fantasmas interpuestas. Por la documentación, hasta hace poco
reservada, se sabe que la CIA consideró que las fundaciones de carácter
supuestamente altruista serían un vehículo idóneo para la articulación de
sus fines. Las fundaciones Farfield, Kaplan, Carnegie, Rockefeller y Ford
fueron las tapaderas culturales más notorias de la CIA. A través de ellas,
podía canalizar sus cuantiosos fondos sin que los destinatarios pudieran
sospechar que estaban siendo manipulados por los servicios de inteligencia
de los Estados Unidos.
La Fundación Ford se distinguió especialmente en el despliegue de la
ofensiva ideológica norteamericana en Europa. A finales de los años
cincuenta disponía de activos que superaban los tres mil millones de
dólares. Algunos comentaristas de la época reseñaban, no sin cierta
ironía, que “a veces parecía como si la Fundación Ford fuera una extensión
del gobierno en el área de la propaganda cultural internacional”. Esta
última observación cobró sentido cuando, en 1964, su presidente abandonó
el cargo para convertirse en el principal asesor de Allen Dulles, director
de la CIA.
Una investigación del Congreso de los
Estados Unidos pondría de
manifiesto en 1976 que cerca de la mitad de las 700 subvenciones
concedidas por las fundaciones fueron financiadas por la Agencia Central
de Inteligencia. Según un antiguo miembro de la Agencia, la infiltración
de ésta en las fundaciones hizo posible la financiación de una "variedad
aparentemente ilimitada de programas de acción clandestina que afectan a
grupos juveniles, sindicatos, universidades, editoriales y otras
instituciones privadas."(8)
Después de la II Guerra Mundial, en Europa se tenía una opinión
despectiva - y probablemente injusta - acerca del nivel cultural del
estadounidense medio. La caricatura del yanqui masticador de chicle,
ignorante y exclusivamente preocupado por la limpieza de su deslumbrante
furgoneta Oldsmobile, era indudablemente exagerada, pero muchos europeos
la compartían. Los círculos gubernamentales norteamericanos eran
conscientes de que esa deformación popular europea no iba a facilitar el
avance de su influencia en el viejo continente. Con objeto de hacer
cambiar esa percepción y así favorecer su propio trabajo ideológico, se
promovió el desembarco en Europa de compositores de la talla de Leonard
Berstein, Elliot Carter y Gian Carlo Menotti. Las grandes editoriales
americanas incrementaron la distribución de libros de autores como Pearll
Buck, James Burnham, Norman Cousin y, también, de Ernest Herminway o
William Faulkner. Se trataba del preámbulo a una invasión cultural menos
amable e, indudablemente, mucho más sospechosa.
Muy pronto, en 1947, se inició de manera explícita la promoción de
algunos escritores europeos, con pasado izquierdista, pero ya
desilusionados de su antigua militancia. Centenares de miles de ejemplares
de la obra de Arthur Koestler “El cero y el infinito”, encontraron un
lugar destacado en las librerías del viejo continente. “Vino y pan”, de
Ignacio Silote y “1984”, de George Orwell, fueron rápidamente elevadas a
la categoría de “best seller”. No se trataba de hechos casuales. Los
Servicios de Inteligencia norteamericanos pusieron especial énfasis en la
promoción de aquellas obras que contribuyeran a romper cualquier esperanza
de construir una sociedad diferente. Se trataba de desprestigiar los
peligrosos sueños de cambio que se alojaban en el cerebro de los “cabezas
de huevo”, término despectivo utilizado para referirse a los
intelectuales. El reclutamiento de antiguos escritores “de izquierda” era
particularmente apreciado por la CIA. Se les consideraba “cuñas del mismo
palo” y, con razón, calculaban que los estragos que causarían en las filas
del “enemigo” podían ser formidables.
En los años siguientes, una larga lista de intelectuales
anticomunistas, serían catapultados por la Agencia. Isaiah Berlin, Stephen
Spender, Daniel Bell, Dwight MacDonald, Robert Lowell,
Hannah Arendt, Mary
McCarthy, Raymond Arond, Anthony Crosland y Michael Josselson recibieron
el apoyo económico y publicitario de la CIA. Esta afirmación no es una
conjetura más o menos arriesgada. La investigadora británica Frances
Stonor Saunders, de la Universidad de Oxford - teniendo como principales
fuentes la documentación oficial y el acopio de entrevistas a algunos de
los muñidores de esas operaciones- desveló la naturaleza de la ofensiva
ideológica norteamericana a lo largo de cuatro décadas en su libro “La CIA
y la guerra cultural”. En esta obra, a la que algunos historiadores
califican como “maestra en la investigación histórica”, Stonor Saunders
pone al descubierto en qué consistieron los resortes de la trama.
Cuando el “New York Times” y otros periódicos airearon públicamente en
1966 el origen de la financiación de aquellos “congresos”, empresas
periodísticas y promociones editoriales, muchos de los intelectuales
“reclutados” pretendieron excusar su participación en las operaciones de
la CIA, alegando su ignorancia acerca de la identidad de quienes movían
los hilos de esas iniciativas. Resulta difícil entender, sin embargo, que
en una época en la que la escasez dominaba hasta en el último rincón de
Europa, los intelectuales favorecidos por las preferencias de la CIA no se
preguntaran nunca por el origen de la financiación de tanto “festín
cultural”. Todos los datos ayudan a pensar que la mayor parte de los
participantes en la ofensiva ideológica conservadora de la “guerra fría”
tenían plena conciencia de quién era el dueño del caballo por el que
apostaban. Escritores, filósofos o científicos sociales como
Hannah Arendt,
Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary McCarty, Sydney Hook, André Gide, Irving
Kristoll, Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov, Jacques Maritain,
T.S.Elliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler,
Raymond Arond, Salvador de
Madariaga y Karl Jaspers defendían los “valores de la libertad” de acuerdo
con los parámetros anticomunistas definidos por sus benefactores de la
CIA. Resulta revelador que ninguno de ellos cuestionara con su rúbrica las
intervenciones de los Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, la caza de
brujas emprendida por el Senado estadounidense contra intelectuales
norteamericanos, las matanzas masivas en la Indochina colonial y Argelia o
los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan, en el Sur de los Estados
Unidos.
Algunos, incluso, no dudaron en traspasar la frontera de la mera
complicidad y se convirtieron en simples delatores de sus colegas, como
fue el caso de
George Orwell.
Orwell , O EL GRAN HERMANO QUE TODO LO VE
George Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, nació en la India en 1903 -donde
su padre ejercía como funcionario colonial- en el seno de una
aristocrática familia británica venida a menos. Parte de su adolescencia
la pasó en el famoso y elitista Eton Collage, escuela en la que las clases
pudientes inglesas educan a sus vástagos. Al cumplir 20 años, su
admiración por el Imperio británico lo empujó a enrolarse en la Policía
Imperial, siendo destinado a Birmania. En 1927, después de constatar de
cerca la naturaleza de los cuerpos represivos británicos en las colonias,
regresó a Londres, donde trató de abrirse camino como escritor. Como
resultado de su experiencia birmana, en la que pudo presenciar la tortura
y el escarnio contra la población autóctona, su pensamiento político se
radicalizó hacia posiciones de izquierda.
Aunque su relación con la policía británica y sus experiencias en los
bajos fondos parisinos le proporcionaron abundantes materiales para la
creación literaria, sus primeras novelas no tuvieron ningún éxito En 1936,
Orwell viajó a España y se alistó en las filas del ejército republicano
para luchar contra la rebelión franquista. Esa experiencia bélica, que se
redujo a unos pocos meses, le sirvió para escribir “Homenaje a Cataluña”,
posiblemente su mejor obra. Su presencia en España estuvo jalonada por los
enfrentamientos entre militantes comunistas y republicanos, por un lado, y
anarquistas y miembros del POUM (9), por el otro. El dramatismo de ese
combate fraticida, que Orwell vivió del lado de los perdedores, lo
llevaría a definirse ideológicamente en un extraño cóctel que combinaba el
anarquismo con una original variante del trotskismo.
En 1945 escribió “Rebelión en la granja”. La obra consistía en una
amarga sátira de la Revolución rusa, protagonizada caricaturescamente por
los animales de una hacienda. La narración tuvo una pobre acogida en
Inglaterra donde Orwell solo logró vender 23.000 ejemplares. Sin embargo,
poco tiempo después, en 1946, la novela cruzó el Atlántico; y ,en los
Estados Unidos,
los servicios de inteligencia norteamericanos se encargaron de convertirla
en un auténtico best seller. La obra se vendió por centenares de miles,
aunque su calidad literaria fuera algo más que dudosa. No en vano, la CIA
disponía de la influencia necesaria en los medios de comunicación para
convertir lo mediocre en excelente. Los elogios fueron casi unánimes en la
prensa norteamericana. El periódico “New Yorker”, por ejemplo, cuyos
exigentes críticos literarios solían ser muy tacaños a la hora de emitir
un elogio, calificaba a “Rebelión en la granja” como un libro
“absolutamente magistral”, y sostenía que había que empezar a considerar a
Orwell como “un escritor de primera línea, comparable con Voltaire”. Como
no podía ser menos, la infraestructura de la CIA en Hollywood se hizo
cargo también de financiar la versión cinematográfica de “Rebelión en la
granja”. No se escatimaron dólares a la hora de invertir. Un ejército de
ochenta dibujantes asumió la tarea de construir las 750 escenas con los
300.000 dibujos a color que requería la producción del film en dibujos
animados. El guión fue asesorado por el Consejo de Estrategia Psicológica,
que procuró que el mensaje fuera nítido y favorable a los planes de la
CIA. La película contó con una enorme cobertura publicitaria y pudo verse
hasta en el último confín de Occidente.
En 1949, apenas unos meses antes de su muerte, Orwell publicó la novela
“1984”. Animado por el inesperado éxito de su anterior bestseller, el
escritor británico rescató el anticomunismo como tema central de su nuevo
libro. Orwell no fue en esta ocasión un dechado de originalidad. Su novela
resultó ser un auténtico plagio de la obra “Nosotros”, escrita por Evgeni
Zamiatin, un narrador ruso de principios del siglo XX, que huyó de su país
en 1917, en las vísperas de la Revolución. Tiene escasa importancia si el
tipo de sociedad descrito por Orwell en “1984” correspondía al estalinismo
o a la sociedad de consumo de los países capitalistas. El hecho cierto es
que el libro le vino de mil maravillas a la CIA y a la logística de su
ofensiva ideológica en Europa. Y eso Orwell no solo no lo ignoraba, sino
que lo utilizó como desahogo de su anticomunismo enfermizo. Isaac
Deustcher, un teórico trotskista de reconocido prestigio internacional,
describía, con esta significativa anécdota, el impacto que el libro había
provocado en la opinión pública norteamericana: "¿Ha leído usted ese
libro? Tiene que leerlo, señor. ¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que
lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques!”. “Con esas palabras, -
decía Deustcher- un miserable ciego, vendedor de periódicos, me recomendó
en Nueva York "1984", pocas semanas antes de la muerte de Orwell.” Pero el
escritor ingles no solo contribuyó, junto con otros intelectuales
“arrepentidos”, a crear un clima de insufrible pánico anticomunista en las
sociedades occidentales. George Orwell, que con “1984” había aterrado a
millones de personas con la posibilidad de que el futuro nos deparara una
sociedad escrupulosamente vigilada por un omnipresente “Gran Hermano” que
todo lo controlaba, se convirtió el mismo en un vil delator de los
intelectuales de izquierda residentes en su país. Durante años Orwell ha
sido considerado en el ámbito de algunos sectores progresistas como un
autor paradigmático de la defensa de los derechos de los individuos frente
al omnipresente poder del Estado. Paradójicamente, la realidad ha puesto
de manifiesto que tan solo fue un vulgar alcahuete de los servicios
policíacos británicos y norteamericanos. La recuperación del material
secreto de la época demuestra que Orwell denunció hasta 125 escritores y
artistas como “compañeros de viaje, testaferros del comunismo o
simpatizantes". Haciendo uso de las lecciones aprendidas en la policía
colonial del Imperio, Orwell se dedicó a anotar escrupulosamente los datos
e impresiones de aquellos intelectuales con los que mantenía relación. En
lo que el mismo denominaba como “su listita” no solo se incluían los
nombres de sus denunciados, sino también las observaciones venenosas que
le merecían. La mayoría de ellos ni siquiera eran comunistas, sino
intelectuales liberales o, simplemente, progresistas. En una libreta de
tapas azules, quien creara la imagen novelesca del superpoder totalitario,
iba anotando escrupulosamente sus impresiones acerca de aquéllos a quienes
luego denunciaría al Servicio Secreto británico y a la CIA. Del poeta
inglés Tom Driberg, por ejemplo, decía: “Se cree que es miembro
clandestino del P.C.”, “judío inglés”, “homosexual”. Del músico de color
Paul Robenson: “muy antiblanco”. A Kingsley Martin, director del conocido
semanario del laborismo de izquierda News Statesman lo definía como “un
liberal degenerado, muy deshonesto”. A Malcolm Nurse, uno de los padres de
la liberación africana, lo calificaba de “Negro, antiblanco”. Al
universalmente conocido John Steinbeck lo insertó en su cuaderno delator
por ser, según su opinión, un “escritor espurio y pseudoingenuo”. Ni
Charles Chaplin, ni el novelista JB Priestley, ni el entrañable Bernard
Shaw, ni el celebérrimo Orson Welles, ni el prestigioso historiador E.H.
Carr , se libraron del lápiz acusador de George Orwell. (10) Orwell fue
una creación de la CIA, independientemente de la opinión que se tenga
acerca de la calidad literaria de su obra. La Agencia no escatimó a la
hora de invertir fondos para promocionar su obra. Era conocedora del
efecto devastador que el mensaje de un supuesto representante de los
valores de la izquierda, podía tener sobre amplios sectores de la opinión.
Como otros intelectuales de aquella –y de esta- época, sucumbió a la
seducción del éxito fácil y la notoriedad rápida que posibilitaba la
transmisión de un mensaje construido por los diseñadores de la guerra
fría.
La tragedia para su memoria ha sido doble. Por una parte, la apertura
de unos archivos polvorientos del Foreign Office ha puesto al descubierto
su personalidad fraudulenta. La ausencia de escrúpulos del escritor
británico solo fue equiparable con la de los más despreciables
protagonistas de sus propias novelas. La historia, finalmente, le ha
pasado factura, colocándolo en el lugar donde le corresponde, aunque para
ello hayan tenido que transcurrir más de cincuenta años. Por otro lado, la
sociedad siniestra que Orwell describió se parece cada día más a la que,
paradójicamente, él contribuyó a reproducir y a nosotros nos está tocando
vivir. Toda la panoplia orweliana de “policías del pensamiento”, “semanas
del odio”, “nopersonas” y esa “neolengua” que se empequeñece en lugar de
agrandarse, haya su réplica en la estampa que nos está ofreciendo la
sociedad actual. ¿Qué más da que la uniformización del pensamiento corra a
cargo del “Gran Hermano” o de las siete multinacionales de la comunicación
que controlan y “depuran” la transmisión planetaria del pensamiento? ¿Hay
tanta diferencia entre las “Semanas de odio” que organizaba el Big Brother
y las que hoy organiza Bush, con la finalidad de preparar psicológicamente
a la población de los
Estados Unidos para una guerra de conquista? ¿Existe una
divergencia tan grande entre el “Ministerio de la Verdad” de “1984,” que
diariamente determinaba lo que debía pensar el ciudadano, y la aplastante
uniformidad de opiniones que cada mañana puede escucharse en todas las
emisoras radiofónicas del Estado Español? ¿En qué se diferencian los
delitos de opinión que cometían los “criminales del pensamiento”, y los
que hoy se atribuyen a los perseguidos redactores de Egunkaria?
Se equivocan quienes consideren que la guerra cultural de la CIA , la
batalla ideológica por el control del pensamiento, es solamente una
secuencia del pasado, un capítulo oscuro de la Guerra Fría. Nada más lejos
de la realidad. Mientras en nuestro planeta existan pueblos que dominan y
otros que son dominados; clases que detentan la propiedad de las riquezas
y otras que no tienen acceso a ella, la batalla de las ideas no concluirá.
El sueño de los estrategas norteamericanos de la posguerra se ha
cumplido. Hoy la hegemonía ideológica, política, económica y militar de
los
Estados Unidos en el mundo es indiscutible. Pero… ¿por cuánto tiempo?
Notas y Referencias.
1 George F. Kennan, asesor presidencial, (1948)
2 Michael Sherry. “Preparing for the Next War. American Plan for
Postwar Defense”, 1941-1945. Yale University Press, 1977 3- Henry Ford
publicó su libro “El Judío Internacional” en 1927. Se trata de una
violenta diatriba antisemita. Hitler profesaba una gran admiración por
Henry Ford, y en su oficina figuraba colgada una fotografía del magnate
del automovil. En 1923, se extendio el rumor de que Ford se iba a
presentar como candidato a la Presidencia de los EEUU. El futuro Führer
declaró en relación con ese propósito al Chicago Tribune: “quisiera poder
enviar a algunas de mis tropas de choque a Chicago y a otras grandes
ciudades estadounidenses para ayudar."
4.- Allen Dulles fue el artífice de la red de los EEUU en Europa. Su
nombre esta estrechamente vinculado a toda la historia de la CIA de la
llego a ser jefe en los años cincuenta y parte de los sesenta. Estaba muy
vinculado a las redes financieras internacionales que antes de la guerra
fomentaron la relacion con los nazis. Su hermano Jonh Foster ocuparía un
destacadísimo papel en la administración Eisenhower. Allen Dulles fue
despedido de la jefatura de la CIA por Kennedy en 1961, después del
estrepitoso desastre del intento de invadir Cuba en Bahía de Cochinos.
5 - “Soberanos e intervenidos” Joan E. Garcés.. Siglo XXI Editores
6.- Reinhard Gehlen era jefe de la red de espionaje alemán en Unión
Soviética (Fremde Heere Ost), o sea el más alto oficial del espionaje nazi
de Hitler.
El puesto que ocupo durante la invasión alemana de la Unión Soviética
le permitió recopilar una gran cantidad de información acerca de ese país.
Los métodos que utilizaba para arrancar la información a los prisioneros
de guerra fueron extremadamente bárbaros y sofisticadamente crueles. Los
malos tratos y asesinatos ejecutados bajo la jefatura de Gehlen costaron
la vida a miles de prisioneros de guerra soviéticos. La OSS americana
desconocía casi todo acerca de la Unión Soviética y los países del Este de
Europa. A parte de la utilidad operativa que poseía Gehlen para la CIA, el
acopio de material que había realizado durante la ocupación alemana de
territorio soviético le sirvió para ocupar un puesto clave en la CIA
durante una buena parte de la guerra fría En relación con Gehlen el
historiador Christopher Simpson dice: "A principios de marzo de 1945, el
general Gehlen y un pequeño grupo de sus oficiales más importantes,
registró en microfilm las inmensas cantidades de informaciones existentes
en la sección de inteligencia militar del Estado Mayor general del
ejército alemán. Empaquetaron las películas en tambores impermeables y los
enterraron secretamente en praderas remotas en los Alpes austriacos.
Seguidamente, el 22 de mayo de 1945, Gehlen y sus principales ayudantes se
rindieron a un equipo del Cuerpo de Contrainteligencia estadounidense
(CIC)." [Gehlen] pidió inmediatamente una entrevista con el oficial a
cargo..." y ofreció a los Estados Unidos "su equipo de inteligencia, su
dispositivo de espionaje, y sus valiosísimas películas, para su uso
futuro."
7.- “The Power Politician and Counter-revolutionay”, Churchill, A
Profile. Nueva York, 1973, p. 182
8) La CIA y la guerra cultural Frances Stonor Saunders Editorial
Debate, 2001
9 Partido Obrero de Unificación Marxista
10 La CIA y la guerra cultural Frances Stonor Saunders Editorial
Debate, 2001, pags 417-419
010209
- Wikipedia - La Agencia Central de
Inteligencia (CIA, Central Intelligence Agency) es, junto con la Agencia
de Seguridad Nacional, la agencia gubernamental de los Estados Unidos
encargada de la recopilación, análisis y uso de "inteligencia", mediante
el espionaje en el exterior, ya sean gobiernos, corporaciones o
individuos que pueda afectar la seguridad nacional del país. Su sede
central está ubicada en Langley, Virginia.
Antes de diciembre de 2004, la CIA ha sido literalmente la organización
de inteligencia central para el gobierno de los Estados Unidos. El Acta
de la Reforma de Inteligencia y Prevención del Terrorismo de 2004 creó
la oficina del Director de Inteligencia Nacional (DNI), que se hizo a
cargo de alguna parte del gobierno y la comunidad de inteligencia (CI)
en toda la función que anteriormente habían sido objetivo para la CIA.
El Directorio de Inteligencia Nacional gestiona los Estados Unidos a la
Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos así como al ciclo de
inteligencia.
Cuando se habla de la CIA, es fundamental entender que es una de las
mayores comunidades de inteligencia a gran escala de su principal serie
de responsabilidades. La comunidad de inteligencia tiene aún una
política interna, aunque un número cada vez mayor de interagencias
"centrales", así como la información de reparto de mecanismo de la
Intellipedia espera que mejore.
Fue creada el 18 de diciembre de 1947 por el Presidente de los Estados
Unidos, Harry S. Truman, sustituyendo a la Oficina de Servicios
Estratégicos Office of Strategic Services (OSS) de la Segunda Guerra
Mundial, usando muchos procedimientos y agentes de la Organización de
Servicios Especiales creada durante la guerra con misiones de espionaje
y apoyo a la resistencia tras las líneas alemanas. En 1949 se le otorgan
poderes para investigar sin necesidad de autorización judicial,
expedientes administrativos y fiscales.
La filosofía de la organización era dotar al Presidente de un segundo
punto de vista elaborado por civiles, frente al aportado por los
militares de la Agencia de Seguridad Nacional.
Por la gran cantidad de ex alumnos de Yale fue llamada en código
"Campus". Hugh R Wilson (B&S1906) en la OSS Dos de los tres creativos
pertenecían a Yale y uno a Harvard, manejando los datos solo los de
Yale. Incluso el sistema de almacenamiento de datos fue el mismo que el
de la Biblioteca de Yale.
Algunas de las personas de Yale empezaron a tener remilgos morales,
porque consideraban que un organismo de ese tipo era una afrenta para la
Democracia estadounidense en tiempos de paz.
La Office of Strategic Services (OSS)) y la Oficina de Inteligencia
Naval (ONI), una madre y la otra hermana de la CIA, establecen
relaciones con los dirigentes de la Mafia italiana, iniciando una labor
de reclutamiento en los bajos fondos de Nueva York y Chicago para que
sus miembros, entre los que se cuentan Lucky Luciano, Meyer Lansky, Joe
Adonis, Sam Giancana, Santo Trafficante y Frank Costello, ayuden a estas
agencias a contactar con los capos de la Mafia siciliana, exiliados por
culpa de Benito Mussolini.
El objetivo es doble:
por un lado evitar el sabotaje en los puertos de la Costa Este de
EE.UU.,
por otro, recabar información sobre Sicilia antes de comenzar la
invasión aliada y atajar el avance del pujante Partido Comunista
italiano.
Encarcelado en Nueva York, Luciano es indultado por los servicios
prestados durante la guerra y es deportado a Italia, donde comienza a
construir un imperio basado en la heroína; en un principio mediante la
diversión de suministros procedentes del mercado legal, y más tarde,
creando una serie de conexiones con traficantes libaneses y turcos para
que le proporcionen morfina base para sus laboratorios sicilianos.
Al tiempo, la OSS y la ONI colaboran estrechamente con el hampa china,
que domina la producción de grandes cantidades de opio, morfina y
heroína, ayudando a la creación del tercer punto en el comercio de la
heroína en la posguerra: el Triángulo Dorado, una región formada por las
zonas fronterizas de Tailandia, Birmania, Laos y la provincia china de
Yunan. La heroína que la OSS trafica crecía allá, y era refinada en
Shanghai.
Época de mayor auge
Durante la mayor parte de su existencia, la agencia estuvo abocada a la
Guerra Fría, en la cual sus mayores contrincantes fueron la KGB
soviética y la Stasi de Alemania Oriental. Llegando a contar con un gran
entramado de agentes, ser reconocida como la mejor pagadora y disponer
de grandes incineradoras capaces de quemar toneladas de papel al día con
información innecesaria.
Sin embargo, no todas sus acciones fueron de espionaje. La agencia
estuvo detrás de múltiples tareas de entrenamiento de insurgentes y
desestabilización de gobiernos contrarios a las políticas de la Casa
Blanca. Entre los fiascos se cuentan la invasión de Bahía de Cochinos,
los éxitos mayores no los sabemos, porque la operación más exitosa es
aquella que cumple sus objetivos sin que la agencia haya sido
identificada como la autora. Sin embargo, sí se afirma desde "La
Compañía", como la suelen llamar sus agentes, el haber aportado
información estratégica de gran utilidad durante la Guerra Fría como las
advertencias de que la Guerra de Vietnam no podía ser ganada sólo con la
potencia de fuego o, también, la cuantificación del potencial nuclear
real soviético.
Problemas de adaptación
Fachada del cuartel general de la CIA en (1991)Con la caída del muro de
Berlín y el fin de la Unión Soviética, la agencia perdió gran parte de
su razón de ser, el número de agentes se vio reducido drásticamente.
Durante la década de los noventa cometió varios errores graves, como la
utilización de mapas anticuados de Belgrado que llevaron al bombardeo de
la Embajada China considerándola un centro gubernamental.
Pese a seguir afirmando que el reclutamiento de agentes no es un tema
prioritario La Compañía abrió durante los años 90 una oficina de
colaboración con la industria cinematográfica, según cuenta David L.
Robb en su libro Operación Hollywood, para cambiar la negativa imagen
que se daba de la Agencia y la actuación de sus agentes y, al mismo
tiempo, conseguir más candidatos, a cambio la organización ofrecía sus
instalaciones para filmar, personal como extras del reparto, banderas y
sellos oficiales. De esta forma películas como Juego de patriotas con
Harrison Ford muestran localizaciones reales de la Agencia.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la agencia reenfocó sus
esfuerzos hacia la lucha contra el terrorismo internacional. En el 2004,
su supuesta connivencia al entregar "inteligencia" dudosa sobre armas de
destrucción masiva en Iraq para justificar una decisión política aún
está siendo juzgada, y su éxito en la lucha contra el terrorismo está en
entredicho.
A mediados de la década del 2000 sus propios agentes confirmaban, según
el New York Times, que les resultaba casi imposible aportar información
estratégica y eran consultados mayoritariamente para cuestiones tácticas
(como la resistencia de determinado puente o el estado de tal o cual
carretera); lo cual ponía en duda la propia razón de ser del organismo.
Cárceles ilegales
En el año 2006 organizaciones pro Derechos Humanos como Amnistía
Internacional acusaron a la CIA de utilizar aeropuertos europeos para
transportar presos a sus presidios y de tener múltiples cárceles
ilegales secretas por toda Europa donde tienen presas a diversas
personas que estarían siendo torturadas. En la misma línea esta
organización ha denunciado la tolerancia o colaboración táctica de
varios gobiernos como Hungría, España o Suecia.
Un informe del Parlamento Europeo confirmó en 2006 que la CIA ha sido
"directamente responsable del rapto, el traslado, el secuestro y la
detención de sospechosos de terrorismo" en Europa.
En ese mismo año, tras la revelación del presidente George Bush de que
existen efectivamente centros secretos de detención de la CIA para
sospechosos de terrorismo, los eurodiputados solicitaron que se aclarase
la posible implicación de gobiernos de la Unión Europea (UE) en la
detención y traslado de los prisioneros por parte de la CIA, así como si
existían prisiones de este tipo en territorio comunitario.
Finalmente, en 2007, Dick Marty, el senador suizo que investigaba desde
el Consejo de Europa las actividades ilegales de la CIA tras los
atentados del 11-S, emitió su segundo informe sobre el tema, en el que
se daba por probado que Polonia y Rumanía habían albergado centros
ilegales de detención de la agencia norteamericana de inteligencia entre
2003 y 2005, donde presuntos terroristas islámicos fueron sometidos a
técnicas de interrogatorio «equivalentes a torturas».
Numerosos periodistas y medios de todo el mundo han realizado
acusaciones sobre EEUU y, en concreto, sobre la CIA de violar las
Convenciones de Ginebra al recurrir a la tortura.