Google

Avizora - Atajo Google


 

Avizora Atajo Publicaciones Noticias Biografías

Política y economía americanas / American Politics and economics
El NAFTA a diez años

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- NAFTA: los amos de la humanidad
- San Martín y la deuda externa
- Neoliberalismo y ALCA
- A
rgentina
-
Jacobo Arbenz

 

Google

Avizora - Atajo Google

 

020204 - Jeff Faux - El escenario internacional, y el continental en particular, aparece en los últimos años cruzado por iniciativas de integración económica y liberalización comercial en gran escala. A los 10 años del inicio del NAFTA (North American Free Trade Agreement), Saber Cómo reproduce aquí un balance crítico recientemente publicado en un importante medio de Estados Unidos.

Hace diez años, se les vendió a los pueblos de los Estados Unidos, México y Canadá el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio como un simple tratado que eliminaba las tarifas de las mercaderías que cruzaran las fronteras de los tres países. Pero el NAFTA es mucho más: es la constitución de una economía continental emergente que reconoce a un ciudadano -la corporación empresaria. Les brinda a las corporaciones protecciones extraordinarias de las políticas gubernamentales que podrían limitar sus futuros beneficios, y derechos extraordinarios para forzar la privatización de virtualmente todos los servicios civiles públicos. Las disputas las resuelven tribunales secretos de expertos, a muchos de los cuales se los emplea en forma privada como abogados y consultores de corporaciones. Al mismo tiempo, el NAFTA excluye la protección para los trabajadores, el medio ambiente y el público que son parte del contrato social establecido a lo largo de una prolongada lucha política en cada uno de los países.
Como observó Jorge Castañeda, el reciente secretario mexicano de relaciones exteriores, el NAFTA "fue un acuerdo entre magnates y potentados: un convenio para los ricos y poderosos... que efectivamente excluye a la gente común de las tres sociedades." De este modo el NAFTA fue un modelo para la dominación liberal de la economía global.

Los políticos apoyados por las empresas que forzaron el acuerdo en las tres legislaturas, prometieron que el NAFTA generaría una prosperidad que compensaría con mucho a la gente "común" por su carencia de protección social. Los inversores extranjeros convertirían a México en un tigre económico, transformando a sus pobres trabajadores en consumidores de clase media que podrían entonces comprar mercaderías canadienses y norteamericanas, creando así más puestos de trabajo en los países de altos salarios.
Pero en cuanto la tinta del Nafta se secó , las fábricas estadounidenses empezaron a transferir la producción a las fábricas maquiladoras a lo largo de la frontera, donde el gobierno mexicano se asegura una fuerza laboral dócil y virtualmente ninguna restricción ambiental. Los excedentes industriales de los Estados Unidos pronto se convirtieron en déficit para Méjico, y desde entonces, se han perdido por lo menos medio millón de puestos de trabajo, muchos de ellos en pueblos pequeños y zonas rurales donde no hay alternativas de empleo.

Entretanto, la tasa total del crecimiento de México ha sido la mitad de lo que necesita para generar los puestos de trabajo necesarios para su fuerza laboral en aumento. La estrategia de exportación del crecimiento inspirada en el NAFTA minó las industrias mexicanas que le vendían al mercado local, así como el viejo acuerdo, aplicado durante sesenta años, según el cual los obreros y los campesinos compartían los beneficios del crecimiento a cambio de su apoyo a una oligarquía privilegiada. El NAFTA les proporcionó a los oligarcas nuevos socios - las corporaciones multinacionales - permitiéndoles que abandonaran sus obligaciones para con sus compatriotas mexicanos. Los salarios promedio reales en la industria mexicana son en realidad más bajos de lo que fueron hace diez años. Dos millones y medio de agricultores con sus familias han sido expulsados de sus mercados locales y de sus tierras por agroindustrias norteamericanas y canadienses fuertemente subsidiadas. Para la mayoría de los mexicanos, la mitad de los cuales viven en la pobreza, la comida básica se ha encarecido todavía más: hoy, el salario mexicano mínimo compra menos de la mitad de las tortillas que compraba en 1994. Como consecuencia, cientos de miles de mexicanos siguen arriesgando sus vidas en cruzar la frontera para conseguir empleos mal pagos en los Estados Unidos.

Canadá, que desde 1989 ha tenido un acuerdo de comercio similar con los EEUU —y que hace muchos menos negocios con México— se vio menos directamente afectado. Pero el NAFTA fortaleció la habilidad de las corporaciones canadienses para amenazar a los trabajadores y a los gobiernos con mudarse al sur, ayudando a minar la fuerza laboral y estándares sociales tradicionalmente fuertes del país.
En los tres países el NAFTA ha empeorado la distribución del ingreso y de la riqueza. En tanto que la gente común pagaba los costos, los beneficios iban para los "ricos y poderosos" del continente. A los inversores corporativos de Estados Unidos y Canadá se les garantizó el acceso a la mano de obra mexicana barata así como a sus bienes públicos privatizados. Las élites mexicanas financiaban los acuerdos. En un ejemplo, los mexicanos con buenas vinculaciones le compraron al gobierno el segundo banco comercial en importancia por U$S 3,3 billones y se lo vendieron al Citigroup por U$S 12, 5 billones.

No obstante, a pesar de sus fallas, el NAFTA puso en marcha la integración económica de Canadá, México y los Estados Unidos, que ahora no se puede parar. Todos los días se gestan más conexiones intercontinentales en finanzas, mercadeo, producción y otras redes comerciales para un mercado norteamericano consolidado. Los camiones Ford se arman en México con motores de Ontario y transmisiones de Ohio y Michigan. Los inversores canadienses, mexicanos y norteamericanos han creado un laberinto de bienes corporativos interconectados. Después del receso temporario posterior al 9/11, el movimiento de gente a través de la frontera-obreros no especializados, profesionales educados, jubilados - continuó.
Los mercados en expansión requieren también de regulaciones en expansión. Lejos de la vista del público, los estatutos los fijan los tribunales, la comisiones de los tres gobiernos, los jueces administrativos del NAFTA. Los centros académicos sostenidos por las empresas hierven con nuevas propuestas, que van desde los programas para trabajadores invitados a la privatización del agua del Canadá y el petróleo de México, a las políticas de impuestos empresarios continentales. Tal como lo comentó recientemente un ex embajador de Canadá ante los Estados Unidos, “pasan pocos días sin que haya nuevas ideas para profundizar el NAFTA”.

Pero mientras las corporaciones y sus clientes políticos se organizan en forma continental, los progresistas no lo hacen. Una razón es que la oposición al NAFTA en los tres países estaba arraigada en gran parte en el nacionalismo político y económico. El impulso político que estuvo a punto de abortar el acuerdo en el parlamento norteamericano estaba alimentado por el espectro de que los empleos norteamericanos emigrarían a México. La oposición canadiense pintaba al NAFTA como una amenaza de americanizar la cultura canadiense. En México, la oposición estaba arraigada en la desconfianza histórica del pueblo ante el imperialismo yanqui.
Cuando se resolvió la lucha acerca del NAFTA, los grupos de oposición se volvieron a los temas locales o se movilizaron para luchar contra el neoliberalismo y defenderse de él en otros escenarios globales, tales como el Área de libre Comercio para las Américas y la nueva rueda de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio. Estas son batallas importantes, pero la capacidad de los activistas norteamericanos para influir en estas negociaciones es marginal. Por ejemplo si se descarrila en forma permanente al ALCA, no será por falta de protección social sino porque los intereses latinoamericanos y los estadounidenses no pueden hacer un trato..
No obstante, volviendo a nuestro país, los opositores norteamericanos al neoliberalismo - que pueden ser una fuerza en las políticas domésticas de los tres países - tienen más poder para desarrollar un modelo de integración económica socialmente sensible entre las economías ricas y pobres. Por cierto, dada la influencia de los Estados Unidos para fijar las reglas de la economía global, una oposición interna al modelo del NAFTA aquí, puede ser la contribución más importante que los progresistas de este continente puedan hacer para la construcción de un sistema de economía global más justo.

Un movimiento progresista continental se apoyaría en la infraestructura social existente en cada país - los trabajadores, los ambientalistas, los activistas de derechos humanos, las iglesias progresistas y los legisladores populistas - y en el hecho de que la mayoría de los ciudadanos comunes de los tres países quieren un sistema de mercado con protección social. Un paso de organización inicial sería conectar las exigencias existentes de que se revise el NAFTA. Por ejemplo, durante el año pasado los campesinos mexicanos hicieron manifestaciones en todo el país - y hasta llegaron a romper la puerta del Congreso nacional - para exigir que se cambiaran las cláusulas agrícolas del NAFTA. Si los pequeños agricultores, sindicatos, y ambientalistas norteamericanos y canadienses se les hubieran unido con sus propias demandas, el gobierno mexicano no habría podido aislar a los campesinos con el argumento de que cambiar el NAFTA es imposible políticamente. Un nuevo acuerdo continental podría incluir la ayuda financiera de los Estados Unidos, la del Canadá y la de México para construir la infraestructura social y económica que se necesita para crecer, tal como la comunidad europea ha redistribuido los fondos entre sus miembros más pobres para crear una economía más fuerte y más equilibrada.

Debería establecerse una protección continental laboral, ambiental y de derechos humanos, posible de cumplir para prevenir la erosión de los estándares de vida en Canadá y los Estados Unidos, y para asegurar que los trabajadores mexicanos compartan los beneficios de la creciente productividad. Las disposiciones del NAFTA que erosionan la capacidad del sector público en los tres países, de promover el bienestar de sus ciudadanos, deberían ser cuestionadas. Los legisladores progresistas de los tres países podrían empezar a trabajar en crear propuestas que abarcaran temas tales como la regulación de la actividad corporativa, la salud y seguridad pública y la inversión en educación, que podrían presentarse simultáneamente en las tres capitales. Una organización laboral unida a escala continental, confrontando a un único empleador podría tener un efecto electrizante.- y demostraría que los trabajadores de México , Canadá y los Estados Unidos tienen mucho más en común entre ellos que con los ejecutivos con que comparten formalmente su nacionalidad.

Crear una conciencia política continental no significa formar una nación. Pocos están preparados para eso - en especial la mayoría de los canadienses y mexicanos apabullados por las actuales obsesiones imperiales de la clase gobernante norteamericana. Pero a pesar de todas las dificultades evidentes, si los progresistas no quieren ver una sociedad continental edificada de acuerdo con el modelo reaccionario del NAFTA, tienen pocas opciones, salvo unir sus manos a través de las fronteras y trabajar juntos para construir una economía que le sea útil a la gente "común" del continente
. The Nation
 


 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com