La
invasión y ocupación
neocolonial de Irak ha puesto sobre la mesa muchas
hipótesis académicas sobre el nuevo papel de las relaciones
internacionales, del derecho internacional público, y ha generado un
importante debate sobre el papel de los
Estados Unidos como potencia
hegemónica incuestionable, la subordinación o no de Europa a los designios
del nuevo emperador y si tiene sentido o no el reformar el sistema
multinacional amparado por la
ONU tras el penoso papel jugado por esta
organización en los meses anteriores a la guerra contra Iraq y su
posterior sanción de la política de hecho consumados pasando.
Los libros y los artículos sobre estos extremos han proliferado desde que
el 11 de septiembre de 2001 fuesen atacadas las Torres Gemelas de Nueva
York. En todos, al calor de la "guerra mundial contra el terrorismo", se
analiza el giro de la política internacional hacia un unilateralismo
militar, el ritmo vertiginoso en el que se han sentado nuevas estrategias,
nuevas políticas de alianzas y han aparecido nuevos enemigos. Desde
Augusto Zamora a Michael Ignatief, desde Pierre Hessner a Walter Mead,
desde Gilles Kepel a Emmanuel Tood, desde Emmanuel Wallestein a Robert
Cooper, Norman Mailer, Andrew Bacevich, o el mismísimo Noam Chomsky, por
sólo citar los que más se han prodigado en el apartado de Relaciones
Internacionales en los medios de comunicación, han considerado que hemos
entrado en una nueva era, caracterizada por "la fuerza como instrumento
favorito de la política de los EEUU", que los EEUU son "el imperio romano
del siglo XXI", que "estamos asistiendo al diseño de un nuevo imperio" o
que los EEUU tienen la potestad de poner en marcha "guerras humanitarias
dado que su imperialismo es moral". Con la finalización del 2003 se han
vuelto a escuchar este tipo de opiniones, especialmente a la hora de
analizar lo que ha supuesto la invasión y ocupación ilegal de Iraq.
Pero mi modesta opinión es que ello no es del todo cierto, sino que sigue
la misma constante que ha venido impulsando la política exterior de los
Estados Unidos desde el fin de la II Guerra Mundial y que se ha basado en
la ayuda exterior, la fuerza militar y la presión diplomática. Estos tres
ejes conceptuales han sido la tónica desde que en 1947 se puso en marcha
el Plan Marshall para "ayudar" a la reconstrucción de Europa después de la
devastadora guerra y como principal escenario de la confrontación
Este-Oeste. Y se han mantenido inalterables a lo largo del tiempo,
siguiendo fielmente la doctrina académica del "realismo político" (Hans
Morgenthau) que considera que la política de EEUU, en su lucha "constante
y perpetua" por el poder mundial, tiene que desarrollarse en tres formas:
"la política de statu quo, la política de prestigio y la política
imperialista" (1). Una estrategia que ha sido siempre la misma,
desarrollada con mayor o menor intensidad en función del tono del
enfrentamiento con la desaparecida Unión Soviética.
Sin entrar en consideraciones académicas, sí cabe mencionar que estos tres
ejes de la política exterior estadounidense se han venido poniendo en
práctica de forma individual y/o en conjunto siempre que los EEUU lo han
estimado necesario, con independencia del inquilino de la Casa Blanca, y
con el objetivo explícito de afirmar sus "intereses nacionales vitales" en
todo el planeta. Así, en la década de los 40/50 Europa fue el principal
escenario -como consecuencia de la II Guerra Mundial, lo que se conoce
como "política de equilibrio del terror", consistente en llevar a la URSS
a una situación de riesgo de guerra y que años más tarde fue sustituida
por el concepto de "guerra fría", lo que por seguir con el academicismo de
Morgenthau sería la política de statu quo-; en la década siguiente (50-60)
la atención de EEUU estuvo centrada en Asia (Revolución china y guerra de
Corea) siguiendo la "Doctrina Kennan", puesta en marcha para evitar la
expansión del comunismo; en los años 60-70 se volvió al tradicional "patio
trasero" latinoamericano (Alianza para el Progreso para hacer frente a las
enseñanzas de la Revolución Cubana, con intervención militar directa en la
República Dominicana) aunque se mantuvo la atención en el flanco este de
Asia (Vietnam) en cumplimiento estricto de la "Doctrina Kennan". Los 70-80
tuvieron Oriente Medio como zona de intervención motivada por la crisis
del petróleo y necesidad de estabilidad para garantizar el acceso a las
ingentes reservas petrolíferas de la zona ("Doctrina Carter", aunque
impulsada al final de su mandato -1981- es la respuesta a la crisis de los
rehenes en Irán y la reacción a la crisis del petróleo: en ella se declara
que las reservas de petróleo del Golfo Pérsico son de vital interés para
los EEUU y, a partir de ese momento, se justifica la intervención militar
estadounidense para impedir cualquier intento de dominio exterior de la
región"); los 80-90 vieron cómo todos los países de Centroamérica sufrían
una guerra de baja intensidad generalizada contra los procesos
emancipadores que se habían iniciado en Nicaragua, El Salvador y Guatemala
("Doctrina Reagan": el "músculo militar americano" debía golpear en
cualquier lugar -invasión de Granada en 1983, ataque a Libia en 1986- o
apoyar de forma directa a los antimarxistas, o sea, la puesta en acción de
la "política de prestigio", para detener el expansionismo soviético:
Angola, Etiopía, Mozambique, Nicaragua, etc.) y, en la década con la que
finalizaba el siglo XX, los centros de atención se diversificaron en tres
zonas: Oriente Medio, Europa del Este y el triángulo estratégico
latinoamericano: Venezuela, Colombia y Ecuador ("Doctrina Clinton" y la
diversificación de las "amenazas a la seguridad nacional de los EEUU").
Rusia y China
Al centrar su atención en tres áreas geográficas distintas y distantes los
EEUU ponían de manifiesto que estaba en marcha el nuevo plan estratégico
diseñado por el Departamento de Estado de EEUU en 1993 (Bottom up review,
"Revisión de arriba abajo" en castellano, o lo que es lo mismo, revisión
de los planes estratégicos en vigor hasta entonces una vez desaparecido el
comunismo) en función del cual, y bajo cuya aplicación, durante la
presidencia de Clinton el imperialismo alcanzó su cenit: expansión
económica y superioridad incuestionable en tecnología de la información en
todo el mundo. Dicho plan estratégico, que supone el inicio formal de "la
política imperialista" a la que se refería Morgenthau, se elaboró al hilo
de los acontecimientos que supusieron el fin de los estados del
"socialismo real" en la Europa del Este, el derrumbe de la URSS y las
enseñanzas extraídas de la guerra de agresión contra Iraq en 1991. Con la
primera guerra contra este país árabe se ponía de manifiesto la
determinación estadounidense de desencadenar una guerra convencional y
altamente destructiva contra una potencia emergente del denominado Tercer
Mundo (e hipotético peligro para Israel puesto que Iraq era la principal
amenaza externa del estado sionista a medio plazo) para defender unos
"intereses estratégicos" supuestamente amenazados: los energéticos. Al
mismo tiempo, desaparecía del lenguaje habitual imperialista la noción de
"gran enemigo", como durante décadas se tildó al comunismo y a la Unión
Soviética, y se sustituía esa noción por la de "grave amenaza para la
seguridad nacional".
Esa amenaza, en singular o en plural según convenga a los intereses del
momento, ya no surgía de un país o de una zona delimitada sino de varios
focos diferentes y los EEUU readecuaron su estrategia para intervenir
militarmente donde estimasen oportuno con el objetivo estratégico de
convertirse en el único factor de política internacional amparándose en su
incuestionable poder militar. De esta forma, los EEUU se arrogaban la
potestad de intervenir en aquellos países donde considerasen que había una
"proliferación de armas de destrucción masiva" (recurrente excusa aducida
cada vez que se bombardeaba Iraq en los años 1993-2002 y excusa formal
para invadir el país árabe en 2003) y donde hubiese "peligros regionales"
derivados de una amenaza de "agresión a gran escala" de grandes potencias
regionales "con intereses antitéticos a los nuestros" (velada alusión a
Rusia por sus intentos de recomponer viejas alianzas con repúblicas de lo
que fue la ex URSS, o sea, la Confederación de Estados Independientes). Se
incluía también en el apartado de amenazas susceptibles de intervención
militar estadounidense la reversión de "la democracia y las reformas
económicas" en Rusia y en el resto de países de la Europa del Este, esos
en los que ahora se apoyan los EEUU -"la nueva Europa" para subvertir o
dificultar los intentos de unificación política de la Unión Europea. Los
EEUU no han ocultado nunca su preocupación por Rusia, en el sentido de
evitar que recupere protagonismo en la escena política internacional, y de
ahí que hayan elaborado un importante programa económico y militar para
desplazar a Rusia del Cáucaso, la cuenca del Caspio y Asia central. Esta
ha sido la meta de la política exterior estadounidense desde el mismo
momento de la desaparición de la URSS; de hecho ya en 1997 se inició el
"cerco militar" a Rusia con la expansión de la OTAN hasta sus mismas
fronteras para dificultar la recuperación del complejo militar de Rusia y
el económico con la construcción del oleoducto transbalcánico AMBO por las
compañías estadounidenses, que atraviesa Bulgaria desde el mar Negro, a
través de Macedonia y Albania hasta el Adriático, mucho antes de la guerra
contra Yugoslavia. Caspar Weinberger, antiguo secretario de Defensa
durante la presidencia de Reagan, se encargaba de alertar sobre el peligro
ruso en un artículo periodístico al afirmar que "si Moscú consigue dominar
los recursos energéticos de la región del mar Caspio obtendrá una victoria
estratégica que podría significar mucho más que el éxito occidental" (2)
que supondría la ampliación de la OTAN y la entonces incipiente extensión
de las zonas de intervención militar.
La doctrina estratégica de la Administración Clinton contenía también un
difuso "apoyo estatal al terrorismo" y una clara intención de intervenir
militarmente en aquellos lugares donde "la subversión" pusiese en peligro
a los gobiernos amigos, lo que justifica el apoyo al Plan Colombia, por
ejemplo. Sin embargo, lo más novedoso de este nuevo plan estratégico (3)
de intervención imperialista es la referencia a los conflictos étnicos
(razón "humanitaria" aducida para la guerra contra Yugoslavia en 1999,
aunque la económica ya estaba en marcha desde mucho tiempo antes, como he
reseñado más arriba) y religiosos (en la interpretación de "musulmanes
contra cristianos"). Este actualizado discurso de la amenaza ha otorgado
carta de naturaleza a una nueva forma de agresión imperialista bajo la
cobertura de "intervención humanitaria" -ahora se está volviendo al
discurso al demostrarse la falacia de las "armas de destrucción masiva" en
Iraq y se avala el derrocamiento de un gobierno desde el exterior,
actuación expresamente prohibida por el derecho internacional (sentencia
del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya "Accciones militares y
paramilitares en y contra Nicaragua, Nicaragua contra EEUU", 27 de julio
de 1986), y las "amenazas económicas a nuestra seguridad nacional [de los
EEUU] que pudieran derivarse en la imposibilidad de construir una economía
fuerte, competitiva y en crecimiento" (4).
Este nuevo plan estratégico sufrió "reacondicionamientos" en 1997 -como se
ha dicho antes con el caso de Rusia- puesto que a la teoría del
mantenimiento y despliegue de una fuerza militar suficiente para llevar a
cabo simultáneamente, y ganar, dos grandes conflictos regionales (con la
mirada puesta en Oriente Medio y la parte norte de Asia, algo que se
repite todavía hoy con las amenazas contra Corea del Norte) se añadía la
preocupación por el auge económico, político y militar de China y de ahí
el intento estadounidense de obstruir el acceso hacia China de gas y
petróleo procedentes de Asia Central, puesto que en China está creciendo
muy rápidamente la necesidad de fuentes de energía y las reservas
energéticas dentro de sus fronteras son muy escasas (las mayores están en
el Tíbet). Hace pocos años se ha descubierto en el Mar del Sur de China un
gran potencial de reservas de gas y petróleo y eso ha provocado algunos
conflictos que han desembocado en episodios como el del avión espía
estadounidense, obligado a aterrizar en un aeropuerto chino en el año 2001
tras un incidente con un caza del Ejército chino.
La burbuja europea
Mientras tanto, Europa vivía dentro de una burbuja. La desaparición de la
URSS, el desplome de los países del "socialismo real" y la reincorporación
de todos ellos a la órbita europea occidental generaron una importante
euforia en el viejo continente, llegándose a creer que se podía convertir
en el contrapoder de los EEUU o, si esta afirmación parece muy aventurada,
que podía ser el factor que moderase las ansias hegemónicas y
unilateralistas de los EEUU. Pero veamos la secuencia de hechos. En 1986
(con la URSS aún existiendo) se había firmado el Acta Única Europea para
la libre circulación de mercancías, capitales, servicios y personas con la
pretensión de que entrase en vigor en 1993; era el paso previo a la
creación del euro, la moneda única europea. En 1993 (ya desaparecida la
URSS) se adopta el Tratado de Maastricht con el objetivo de que entrase en
vigor a finales de los noventa como moneda de transacciones financieras
(1999) y con fecha física de circulación, o sea, en los bolsillos de los
ciudadanos en el 2002. Se producía, en paralelo, el proceso de expansión
económica y financiera hacia la Europa del Este -se le llegó a considerar
el "patrio trasero europeo"- y hacia América Latina -en plena venta de la
riqueza estatal y privatizaciones, que volvían a convertir a esa zona del
mundo en el nuevo "El Dorado" para los conquistadores europeos,
especialmente españoles- y se proyectaba su modelo económico, social y
medioambiental con la etiqueta de "alternativa" a las brusquedades de las
políticas de ajuste y al proceso de globalización. Estaba en marcha la
construcción de una la gran Europa, casi con pretensiones de
superpotencia, que aspiraba a serlo en los aspectos políticos y militares
respaldada por el euro.
Pero todo el entramado salta por los aires con la guerra contra Yugoslavia
(el 24 de marzo de 1999, en lo que supuso la primera violación del derecho
internacional y de la Carta de Principios de la ONU). Si ya antes (1995)
Europa había puesto de manifiesto una debilidad política considerable en
el conflicto de Bosnia, con la guerra contra Yugoslavia dejaba patente que
ni siquiera podía ejercer una función protagonista en un aspecto regional.
Al hacer saltar por los aires el acuerdo de Rambouillet -con la
confirmación de que la OTAN no es más que un instrumento al servicio de
los intereses geopolíticos de la potencia hegemónica- los EEUU demostraban
a sus aliados europeos quién detenta la hegemonía en el mundo y los
aleccionaba a cerca de su incapacidad, pese a los intentos de unificación
antes mencionados, para ser sujetos activos de las relaciones
internacionales, demostraba que su margen de autonomía es muy escaso y
sólo pueden reforzarlo mediante alianzas de subordinación a la gran
potencia imperial. Por lo tanto, a partir de ese momento tenían que asumir
cada vez más un carácter subsidiario en los proyectos políticos,
económicos y militares del imperio. Y, a partir de ese momento, hay que
observar la progresiva pérdida de autonomía y/o independencia en
conflictos como el de Colombia o Palestina, por mencionar sólo los más
sangrantes (literalmente hablando). Incluso se puede hablar también de
Iraq, aunque con alguna matización.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional o la "Doctrina Bush"
Todos los presidentes de los EEUU han pasado a la historia por sus
aventuras militares, no por su proyección interna. Bush, pese a su
fraudulenta elección, no iba a ser menos. Así, la nueva "Estrategia para
la Seguridad Nacional" (septiembre de 2002) afirma con rotundidad que ese
país "jamás" permitirá que se desafíe su hegemonía militar de la forma en
que ocurrió durante la llamada "guerra fría". O sea, tanto en el aspecto
militar como en el político (y es algo más que un aviso a navegantes,
asiáticos o europeos). Con la excusa de la "guerra contra el terrorismo"
se aleja de la técnica de la contención y la disuasión, desecha todos los
tratados de no proliferación de armas nucleares y, con un lenguaje
orwelliano, se pronuncia por la "contraproliferación", es decir, el
ejercicio de una política activa de desmantelamiento de los arsenales
nucleares de los países considerados "gamberros" (ya antes la "Doctrina
Clinton" había acuñado el término de "Estados parias" para referirse casi
a los mismos países que ahora forman el "eje del mal"). Y es aquí donde
hay que encontrar la principal novedad en la "Doctrina Bush" respecto a
sus antecesores.
Con el argumento falaz y banal de que no hay forma en el mundo actual de
que se pueda disuadir a quienes odian a los EEUU y a todo lo que
representa, la nueva doctrina afirma que si bien los EEUU tratarán
constantemente de obtener el apoyo de la comunidad internacional, no
dudarán en actuar solos en el ejercicio de su derecho a la defensa propia,
"en acciones preventivas contra los terroristas". La "Doctrina Bush" es
bien clara al respecto: "Si bien los Estados Unidos tratarán de obtener
apoyo de la comunidad internacional, no dudaremos en actuar solos, en caso
necesario, para ejercer nuestro legítimo derecho a la defensa" (5). Esta
es la versión académico-militar del nuevo principal sucesor de Morgenthau,
Michael Ignatieff -que, junto a Robert Kagan, es el máximo adalid de la
nueva teoría que considera "irrelevante muchas veces, pero todavía es un
foro útil en cuanto suministrador de legitimidad política" el papel de los
organismos multinacionales como la ONU, la Organización Mundial de
Comercio, la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea- y otros
(6). Es decir, los fines imperiales se muestran en la actitud que los EEUU
han de tener en el nuevo orden mundial, el "internacionalismo
inconfundiblemente norteamericano que refleje la unión de nuestros valores
y nuestros intereses nacionales" que dice la "Doctrina Bush": volver
cruciales aquellas instituciones multinacionales que se adecuan a sus
propósitos, como la Organización Mundial de Comercio o el Banco Mundial, e
ignora o sabotea las que no lo hacen, como el Protocolo de Kyoto sobre el
cambio climático o el Tribunal Penal Internacional.
Pero todo ello no es más que la excusa para la intervención militar en el
corto y medio plazo mientras que refuerza su gran objetivo: prevenir
cualquier desafío militar de los únicos países que le preocupan, que no
son otros que China y, en menor medida, Rusia. La mención que en la
"Doctrina Bush" se hace de estos países, a quienes se considera
permanentemente bajo sospecha, es muy esclarecedora de hacia dónde irá en
el futuro la estrategia político-militar de los EEUU y deja claro que si
con la "guerra preventiva" los EEUU ponen en marcha las capacidades
operativas militares convencionales, con el rechazo a la ratificación de
tratados de contención de misiles balísticos intercontinentales refuerza
el componente nuclear en sus vertientes ofensiva ("guerra de las
galaxias") y defensiva ("escudo antimisiles") para así intentar hacer
cierto el aserto de que "es hora de reafirmar la función esencial del
poderío militar norteamericano".
Tanto Rusia como China se han dado cuenta de por dónde van los tiros,
nunca mejor dicho. El temor de la antigua superpotencia a ser
definitivamente superada por los EEUU en armas nucleares no es infundado.
Sus sistemas de alerta temprana se encuentran en otros países, ahora
independientes y que antes formaban parte de la URSS, y en los círculos
políticos, militares y académicos rusos ya se empieza a hablar de que el
Stalingrado de Rusia se encuentra en la militarización del espacio, puesto
que tras los recortes impuestos a los planes espaciales rusos, los EEUU se
encuentran ahora en posición de lanzar un primer ataque devastador sobre
las fuerzas estratégicas rusas y neutralizar al máximo las denominadas
"fuerzas de disuasión de segundo golpe" con el escudo antimisiles. Por lo
que a China respecta, la amenaza es mayor puesto que sus misiles
intercontinentales son de reacción lenta. De ahí que haya iniciado un
rápido proceso de crecimiento presupuestario para modernizar su ejército
(desplegando sistemas de lanzamiento móviles e incrementando su flota de
submarinos lanzamisiles estratégicos) y esté enviando "señales" a los EEUU
de que no se va a dejar amedrentar: así es como hay que interpretar tanto
el envío de su primer astronauta al espacio, en una operación cosmética
puesto que apenas estuvo 13 horas en órbita, como el papel que está
jugando en la crisis con Corea del Norte.
Ya dijo Tucídides que en política hay que distinguir entre el logos o
discurso y el erga o realidad que se esconde tras él. La Estrategia de
Seguridad Nacional o "Doctrina Bush" es una obra maestra del lenguaje
orwelliano y al leer "cooperar" hay que interpretar "liderar", "promover
la paz" es equivalente a "guerra como único camino", "extender los
beneficios de la libertad" es lo mismo que "defensa de nuestros intereses
dentro y fuera del país", "Europa es un aliado en posición de igualdad"
hay que interpretarlo como "subordinación".
En este sentido, el moderado entusiasmo que algunos han mostrado con las
propuestas presentadas en la parte final de la presidencia italiana de la
Unión Europea (composición de la Comisión, reparto interno de votos,
política exterior común, Constitución), en lo que podría suponer un
intento de restablecer la autonomía en relaciones internacionales de
Europa o en la constitución de la "Europa-potencia", en palabras de los
más entusiastas, es absolutamente irreal. La guerra contra Iraq ha puesto
de manifiesto, otra vez, como antes con la guerra contra Yugoslavia, que
Europa ha perdido definitivamente ese papel autónomo en política exterior.
Si bien es cierto que la UE cuenta hoy con un claro poder económico, el
hecho es que no es capaz de lograr que ese poder se convierta en poder
político. Y una forma de lograrlo sería que los bancos centrales de los
países considerados "socios preferenciales" de la UE convirtiesen sus
reservas a euros, en vez de dólares. Ni siquiera es capaz de dotarse de
una política exterior o de seguridad propias, sino que se subordina a la
OTAN, y acepta claramente la doctrina de los ataques preventivos, por lo
que es ya una organización militar ofensiva y con capacidad de actuar más
allá de las fronteras europeas. La subordinación europea a los EEUU va a
mantenerse al menos durante diez años puesto que, en contra de las
apariencias, el proceso de ampliación a 25 países (casi todos los de la
Europa del Este, abiertamente proestadounidenses) va a debilitar el
proceso de construcción de "Europa-potencia", que dirían algunos, en vez
de fortalecerlo. Con esta ampliación los EEUU han introducido un gran
caballo de Troya en el seno europeo que le permitirá incrementar su
poderío hegemónico a medio plazo. Iraq ha sido la primera pieza perdida
definitivamente por Europa, Irán va camino de convertirse en la segunda.
La conclusión que se saca de la guerra de invasión contra Iraq es que
Europa no tiene política exterior propia, cada vez que una crisis de
guerra aparece se manifiesta una actitud sumisa (con alguna excepción) que
hace cierta la aseveración de que una política exterior sólo está al
alcance de aquellos países que cuentan con los medios o los recursos
suficientes para hacerse oír fuera de sus fronteras. En el estudio de las
Relaciones Internacionales se establece que éste es el caso no sólo de la
superpotencia, sino también de las consideradas "potencias medias" que
podrían ejercer una importante función protagonista, aunque nunca
hegemónica, en un aspecto regional. Desde la guerra contra Yugoslavia
Europa ha demostrado que ni tan siquiera es posible una actitud semejante
en su propio terreno y el resultado es el de una Europa raptada, si hablar
de colonizada parece muy fuerte. Como en el cuadro de Tiziano, la
violencia del rapto y la postura forzada de Europa que ha quedado
reflejada en la política internacional se ve dramatizada con la tormenta
que se avecina tras las montañas
NOTAS
(1) Morgentahu, Hans: "In defense of the National Interest", American
Political Science Review, vol. 66, Nueva York 1952.
(2) Winberger, Caspar/Schweizer, Peter: "Russia's Oil Grab", The York
Times, 9-mayo-1997.
(3) Citado por Cordesman, A.H: "U.S. Forces in the Middle East. Resources
and Capabilities", Westview Press, 1997.
(4) Cordesman: ibid.
(5 )www.usinfo.estate.go.
(6) Ignatieef, Michael: "Imperio estadounidense (acostúmbrense a él)", New
York Times Magazine, 5 de enero de 2003