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Napoleón, más que pertenecer a la
historia,
ha sido dominado durante mucho tiempo por
la mitología, ese mundo
ideal en que las
figuras históricas dejan de ser hombres
para convertirse en
héroes: más que personas son semidioses[1].
Hay sin embargo diversos elementos que componen el mito napoleónico, ya que
en el mismo convergieron la leyenda dorada sobre el Emperador, el culto
napoleónico y el bonapartismo, aspectos todos ellos que, aunque se mezclaron
durante la Europa de la Restauración, exigen un tratamiento diferenciado y
seguir su particular cronología, si es que queremos calibrar la proyección
real del personaje en la época que siguió a su derrota y durante la década
inmediatamente posterior a su muerte, ocurrida en mayo de 1821. Por ello nos
ocupamos del contenido de estos términos en el primer apartado de este
trabajo. No obstante, el objetivo del mismo se centra en un aspecto concreto
del mito napoleónico: el de la configuración del mito del héroe romántico en
torno a su persona, y en la trascendencia que esto tuvo en la revitalización
de la lucha de los liberales españoles y europeos contra la Santa Alianza.
1. Leyenda, mito, culto napoleónico y
bonapartismo
Conviene clarificar la variedad de
acepciones que pueden darse a estos términos[2],
coexistentes en el tiempo, para entender cómo cada uno de ellos convergió en
el mito del héroe romántico. La leyenda, el mito napoleónico y el culto a
Napoleón, aunque formaron parte de la acción política, constituyen tres
fenómenos singulares en sí mismos, mientras que el bonapartismo tiene un
carácter polisémico que puede referirse tanto a una doctrina, a un partido,
a un sistema de gobierno o, simplemente, a una corriente política que
perseguía la restauración de la dinastía imperial. La principal diferencia
entre los mismos es que Napoleón no creó su leyenda, aunque sí el culto
hacía sí mismo y el mito, y fue también el inventor del bonapartismo. Sin
embargo, lo que hubo en la Francia de la Restauración, fue sobre todo un
bonapartismo popular, lo que se ha llamado Los Napoleón del pueblo,
que no era en absoluto una tendencia política bien definida. Este
bonapartismo popular estaba ideológicamente orientado a la izquierda, se
basaba en la nostalgia, y apareció al día siguiente de la batalla de
Waterloo. Por entonces, el eclipse de la idea republicana hacía del Imperio
la única alternativa posible; veía en Napoleón el salvador y heredero de la
Revolución, al tiempo que borraba el recuerdo del autoritarismo y del
antiparlamentarismo. Sus difusores fueron el pueblo y sobre todo los
militares, los veteranos de la Grande Armée, confinados en sus hogares,
condenados a contar la epopeya vivida al lado del héroe. Del mismo modo, la
memoria espontánea de los humildes, transformaba el pasado a la luz del
triste presente, para añorar el Imperio y el episodio de los Cien Días.
Bonapartismo, para los vencidos, era sinónimo de patriotismo, tal como
señaló el escritor francés Stendhal, al enterarse de la derrota de Waterloo:
Es la primera vez en mi vida que siento el amor a la patria[3].
Sin embargo, este bonapartismo tampoco se identifica totalmente con la
leyenda napoleónica. Los mecanismos de la misma hay que seguirlos a partir
del episodio de los Cien Días, es decir, cuando Napoleón consiguió huir de
su prisión en la isla de Elba y llegar a las costas de Francia a primeros de
marzo de 1815, acompañado de unos pocos soldados, para entrar triunfalmente
en París la noche del 19 al 20 de marzo. Se redactó entonces una Carta
constitucional más liberal que la de Luis XVIII, cuya elaboración corrió a
cargo del antiguo oponente a Napoleón, el liberal Benjamin Constant. Como se
sabe, fue un episodio efímero -aunque de gran densidad política, como
veremos- que acabó en junio de 1815, en Waterloo. Los ingleses impusieron de
nuevo a Luis XVIII y Napoleón fue confinado en Santa Elena. En un primer
momento no fue la leyenda dorada la que apareció, sino la leyenda negra[4],
atizada por los ingleses, pero que tuvo gran éxito en Alemania y Rusia. No
fue espontánea, sino obra de algunos panfletistas que hicieron de Napoleón
una caricatura sistemática para mostrarlo como un individuo cargado de todas
las taras morales. Era una propaganda destinada a las mentalidades populares
para convertir al Emperador en un monstruo. Esta corriente de opinión fue
perdiendo audiencia mientras que la leyenda dorada se imponía. Ésta fue en
su primera fase algo muy improvisado, aunque tuvo un alcance internacional.
Surgió a partir de una tradición transmitida desde 1815. Las autoridades
francesas, siempre temerosas de un complot bonapartista, amplificaron
involuntariamente el fervor popular a Napoleón. No fue en absoluto producto
de una invención individual y chocaba, además, con toda la interpretación
racional de los comportamientos políticos, ya que, después de Waterloo, era
bastante improbable el regreso de Napoleón o la restauración de su heredero.
Pero ni las masas populares ni los conspiradores, hacían este análisis, sino
que creían que si el retorno de la isla de Elba había ocurrido, podría
repetirse. Porque efectivamente, ese episodio excitó la imaginación popular,
multiplicándose noticias de la aparición de falsos napoleones. La leyenda se
nutrió de los fieles al culto de Napoleón, que eran los campesinos, pero
también los artesanos y obreros, unidos a la fracción popular de los
sectores burgueses, y cuyas manifestaciones aparecían en exposiciones, venta
de grabados, retratos del emperador o su familia, expuestos tanto en
reuniones clandestinas como en actos colectivos. El dictador se metamorfoseó
poco a poco en rey del pueblo, al igual que un Mesías cuya llegada se
esperaba con impaciencia. Entre 1817 y 1821, la memoria popular confluyó con
las primeras obras biográficas napoleónicas para implantar la leyenda a
través de canciones, rumores, narraciones e imágenes.
La diferencia entre leyenda y mito
radica en que la primera es heteróclita, surge de un pasado idealizado y
supone una mayor simpatía hacia Napoleón. Por su parte, el mito napoleónico
aparece como algo más depurado y tiene su específica cronología y vertientes
diversas. Y sobre todo, tiene la característica de que fue creado por el
propio Napoleón, aunque la imagen idealizada del proscrito no fue
inicialmente una creación suya, sino que surgió tras los Cien Días,
acontecimiento que tuvo también la virtud de dar un contenido liberal al
bonapartismo. Napoleón fabricó el mito del joven héroe ya durante la
Revolución francesa, durante sus campañas de Italia; después, la maquinaria
de la propaganda imperial dio paso al mito de Napoleón como jefe
carismático, representante de Dios en la tierra, y, en tercer lugar, antes
de morir, en el Memorial de Santa Elena recogió y cristalizó el
tercer elemento del mito: el de Prometeo encadenado a su roca, es decir, el
mito del héroe romántico. En resumen, el mito napoleónico procede de una
acumulación de temas creados en gran parte por el propio Emperador, lo que
dio lugar a un mito en el sentido moderno del término, es decir, un sistema
de fabulación que se convirtió en un fenómeno colectivo, basado en la
imaginación y en la afectividad, más que en el razonamiento o la
inteligencia.
Leyenda, culto napoleónico, los
Napoleones del pueblo, el bonapartismo liberal y el mito de Napoleón,
incidieron políticamente en contra de los Borbones y eran reflejo del
presente, por lo que no deben confundirse con el bonapartismo, que tenía
claramente un componente esencial de doctrina política, la cual seguía
manteniendo el antiparlamentarismo, tal como aparece incluso en el
Memorial, donde Napoleón quiso fijar su ideal político para dejarlo como
herencia a su hijo. Había abdicado en él en 1815, cuando éste apenas tenía
cuatro años. No fue él sin embargo, -muerto en 1832- quien se benefició del
bonapartismo, sino el sobrino de Napoleón, Luis Napoleón Bonaparte, el cual
utilizó para su poder, durante el Segundo Imperio, todos los elementos que
confluyeron en la leyenda, el culto napoleónico y el mito.
2. La génesis del mito: Napoleón como
héroe romántico (1815-1823)
La construcción del mito romántico de
Napoleón, surgió ya antes de su muerte, y tuvo una importancia que no se
suele tener en cuenta para entender la oleada revolucionaria de los
movimientos liberales de 1820, fecha que puso en primer plano la realidad de
una revolución europea. La tesis que sostenemos es la de que Napoleón, tras
su reclusión en la isla de Elba, fue consciente de que se enfrentaba a una
realidad nueva: la del liberalismo emergente. Por ello se decidió a realizar
su gesta, a riesgo de sacrificar su vida, para poder asegurar el futuro de
su heredero. Su objetivo era el de asegurar en el mismo la continuidad de su
dinastía, pero antes era necesario alejarla de un pasado marcado por las
guerras y el despotismo imperial. Por ello se sometió durante el episodio de
los Cien Días a una Carta constitucional. Pero sus coetáneos vieron en la
acción de “vuelo del Águila” la señal del inicio de un nuevo proceso
revolucionario de alcance europeo[5].
No sólo cristalizó entonces la leyenda napoleónica, sino que el
acontecimiento fue fundamental en la efervescencia del bonapartismo popular
y liberal y en la alianza entre bonapartistas y carbonarios franceses y
europeos. Se inició así el último paso para la transformación del mito
napoleónico en el mito de Napoleón como héroe romántico, antes de que los
escritores se apoderaran del mismo, después de su muerte.
Las consignas subversivas se
extendieron, apelando al restablecimiento de la familia Bonaparte encabezada
por el hijo del emperador, aclamado como Napoleón II. Las conspiraciones de
liberales y bonapartistas se sucedían y entrecruzaban ya desde 1815, no sólo
en Francia, sino en Italia, Portugal y España, donde se estaba ensayando en
estos años la estrategia de los pronunciamientos liberales. Esta fórmula
subversiva antiabsolutista, original de liberalismo español, pudo muy bien
haber tenido la influencia del procedimiento utilizado por Napoleón para el
restablecimiento del Imperio de los 100 días. Al fin y al cabo, el prodigio
que supuso la hazaña de Napoleón[6]
estaba teñido -al igual que los pronunciamientos españoles de esa etapa- por
la concepción romántica del cambio histórico, basada en la idea de que la
virtud, la fuerza movilizadora del ejemplo, la acción heroica de unos
hombres, eran elementos necesarios para dar fuerza y estímulo a quienes les
siguieran.
Conviene situar en este contexto de
transformación del mito napoleónico en mito romántico, la publicación en
Inglaterra, en 1818, de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo,
cuya autora, Mary Wollstonecraft Shelley, era la esposa y musa de Percy B.
Shelley, uno de los poetas románticos más conocidos de su generación. El
paralelismo entre Frankenstein y el Napoleón de esa época es notorio, ya
que, durante los años que van de 1815 a 1823, abundaron las múltiples
verdades, muy contradictorias entre sí, sobre el Emperador, de igual manera
la percepción sobre el monstruo de Frankenstein en la novela es indirecta y
contradictoria, y resultado de la acumulación de distintas y contradictorias
verdades. Hasta la aparición de El Memorial en 1823, resultaba
difícil encontrar el hilo conductor de una vida política tan contrapuesta.
Como Frankenstein, Napoleón es interpretado de una manera por los liberales
y de otra por los conservadores. Como ha señalado Isabel Burdiel[7],
“para el conservadurismo político el monstruo (Frankenstein) era el producto
de la transgresión (de la manipulación artificial de las leyes de la
naturaleza y de la sociedad); concebidas como orgánicas e inmutables. Para
la tradición radical, por el contrario, era la tiranía y el respeto
irracional por el orden establecido el que producía monstruos (…) Mary
Shelley creó un monstruo que es un híbrido de formas y de contenidos
procedentes de dos tradiciones. La fealdad monstruosa y dañina de los
productos de la revolución tal y como los veía la tradición conservadora, y
el monstruo como producto de la injusticia y de los excesos del gobierno,
tal y como lo definían los liberales. El resultado de ese híbrido fue un
tercer ser que se diferenciaba de los dos anteriores en que, por primera
vez, pensaba y hablaba por sí mismo”. Como Frankenstein, Napoleón reunía en
él las dos tradiciones: la que venía del Antiguo Régimen y la
revolucionaria, y dio lugar en su persona a una nueva: la romántica.
Finalmente, el otro elemento que nos acerca más allá de la soledad y el
martirio -elementos ligados al romanticismo-, es la nueva estética que
rompía con la belleza neoclásica y encumbraba lo sublime y la fealdad como
un nuevo modelo ético, en un momento en que estética y ética apenas habían
comenzado a separarse. Se nos sitúa ante nuevos Prometeos que han dado a los
hombres las nuevas ideas para hacerlos libres, pero también para
enfrentarlos entre sí. Estamos ante dos hombres que son castigados por sus
progenitores: la ciencia y la revolución; dos personajes desubicados, solos,
incómodos, torturados y divinizados por sus virtudes, pero son precisamente
esa multitud cualidades humanas las que les alejan y marginan del mundo,
haciéndoles casi suprahumanos. Frankenstein era el espejo, el reflejo de
Napoleón, en un mundo burgués marcado por los fracasos de la Revolución
francesa y del Imperio. Frankenstein fue ideado por su creador como una
criatura dotada de las mejores virtudes humanas. También a Napoleón se le
atribuyeron cualidades casi sobrenaturales, como decía un folleto español de
la época[8],
del que reproducimos algunos extractos por parecernos paradigmáticos: (la
negrita es nuestra)
Nació de mujer y volvió a la
tierra: he aquí lo único en que Napoleón se asemejó a las criaturas, por
donde no puede quedarnos duda de que perteneció a la especie humana, y no
a otra superior que acá bajo no conocemos (…) Destinado por el
Omnipotente a cambiar la faz de la tierra y mudar el orden de las cosas humanas, fue provisto de los medios, necesarios para ello, y cumplió su
misión (…)
Como militar todo lo concibe, todo lo emprende, todo lo ejecuta. No hay
para él obstáculos, ni estaciones, ni circunstancias, ni climas, ni
terrenos, ni cualidades: siempre y en todas partes halla coyuntura para
hacer lo que el mundo y los demás hombres habían canonizado de imposible.
(p. 3)
El sorprende siempre la expectación
del mundo, porque acomete y ejecuta lo que ninguno imagina ni espera: sus
cálculos son de otra esfera que la ordinaria (…)
No hay en él acción pequeña, ni
mediana, ni parecida a las de los demás hombres: sus obras son parecidas
como su fisonomía a él mismo; llevan impreso el sello de la originalidad:
hasta sus extravíos y crímenes, si los tiene son peculiares: grande en
todo, es todo Bonaparte y no mas (p. 4)
En su elevación es superior a todos
los héroes; en su caída ninguno puede comparársele (…)
La historia de Napoleon será su escuela:
su gobierno el modelo: sus hazañas el estímulo, y su ejemplo una muda
pero energica reprension que despertará el adormecimiento hasta del
mas apático y afeminado. Napoleon les ha enseñado que han nacido para
sacrificarse enteramente por el mundo si han de merecer su
consideración y su respeto, y ser contados en el catálogo de los hombres.
(p. 5)
Los héroes todos han desaparecido
de la consideración de los hombres: al lado del nombre Bonaparte todos se
anonadan, ninguno puede inscribirse: su estatua ha de colocarse en el templo de la
inmortalidad exenta: las mas famosas de que hacen suntuosa conmemoración
los anales de la especie humana, le servirán de lejano y tosco pedestal
(...)
En orden a las cosas humanas se
asemeja a la Providencia: todo lo abarca, todo lo cobija, en todas partes
se halla (p. 7)
Regenerada la especie humana,
cambiada la faz de la tierra, y llegado este último punto, le cortó por sí
mismo los buelos el Todopoderoso, y envió fuego del cielo para que su
destruccion no fuera obra de otros hombres: asi se verificó, y ninguno
tendrá la loca temeridad de presumir siquiera que fué capaz de vencerle.
(p. 13) Grande y sin igual aun ántes de pertenecer al siglo que se
llamará suyo por excelencia: magnífico sobre toda magnificencia en su
elevacion; fué todavía mas grande en su abatimiento. (…) Su
destrucción (lo repetimos cien veces) fué obra de la Providencia; sus
faltas, si algunas tuvo, no están al alcance de los demas hombres.
El mundo le hizo la guerra porque
no le conoció: tambien se la hizo a su Salvador y Redentor. Desdicha,
condenacion parece de la humanidad la ingratitud contra sus bienhechores a
que tiene una tendencia tan imperiosa, y la resistencia a sus mejoras que
siempre ha hecho desde que hay memoria de lo pasado (…)
¡Oh espíritu sublimado! Hay quienes
se atreven a medirte! Acostumbrados a comparar las cosas por su propia
pequeñez, osan criticar las operaciones que a su parecer contribuyeron a
tu descenso. ¡Fátuos! Calificais el mérito de las acciones por sus
resultados. Condenad al Salvador porque se dejó crucificar; y a
vosotros mismos porque hacíendo la guerra con insensatez a quien os
preparaba un camino de gloria y de grandeza, os labrásteis una senda de espinas y
abrojos que no pocas veces habeis pisado y maldecido despues, acreditando
asi la volubilidad y estulticia de vuestros juicios. (p. 14) Vosotros,
habiéndole denigrado y hecho la guerra, invocásteis despues en
multiplicadas ocasiones su nombre y el de sus dinastías, cuando al fin os
convencisteis de que las dinastías viejas teniendo identificados sus
intereses con las viejas instituciones, no podían amalgamarse con otras; y
que la de Napoleón, hija de las nuevas, era la única que tenia interés,
convencimiento y gratitud para consolidarlas. ¡Contemplad ahora vuestra
obra, y avergonzaros! (....)
Tu sabes, alma verdaderamente
gloriosa, que el exceso de la virtud, que poseíste tan eminentemente,
ha sido el único y mayor crimen de que has tenido que arrepentirte (p.
15).
Acusánte tambien de que ejerciste
el despotismo. Pero era el despotismo liberal, el despotismo benéfico,
creador, vivificador, ordenador, saludable; era el despotismo enemigo
de la supersitición, el protector y salvaguardia de la libertad verdadera
y de la tolerancia civil y religiosa; el que destruía con mano fuerte lo
pernicioso a la sociedad (p. 16)
Allí, Océano, respetarás tú al que
no cabiendo en la Europa, ni mereciéndole ninguno de sus distritos, fué
por último a morir en tu anchuroso espacio: tú venerarás sus cenizas: tú
te mostrarás agradecido al único mortal que ha tentado extender sobre tí
las ideas liberales y la libertad, para que convirtiéndote en patria comun
arrancado de las garras de unos menguados traficantes, sirvieses de
tránsito libre y de vehículo de union entre todos los habitantes del globo
(p. 20)
Este folleto, fechado el 8 de agosto
de 1821, cuando ya se había conocido la muerte del Emperador, indica
claramente que en 1821 el mito romántico de Napoleón ya había calado en la
opinión pública europea. La prensa española, francesa e inglesa reflejaba
la idea de que se consideraba excesivo el castigo que se le había impuesto
al mismo y que el gobierno británico había usado al preso de Santa Elena
como medio de presión hacia el gobierno francés, bajo la amenaza de
liberarlo[9].
El juicio sobre el personaje, ya antes de su muerte, se mostraba bastante
favorable al mismo, aunque la mayoría de los escritos reflejaban que se
tenía en cuenta las diversas caras del régimen napoleónico. Por las mismas
fechas, los griegos, a través de sus contactos diplomáticos en Londres,
solicitaban permiso para ver a Napoleón y ofrecerle el liderazgo de su
lucha contra los turcos para convertirlo después en su monarca[10].
Por su parte, los militares españoles
tenían ya en Napoleón, un referente militar e incluso político, aunque los
más liberales no le perdonaban su despotismo para con los pueblos. En el
exilio, españoles y bonapartistas franceses e incluso ingleses (como el
general Sir Robert Wilson), conspiraban en Londres, Bruselas, Estados
Unidos e Iberoamérica, tanto en planes siempre fallidos para liberar al
Emperador de Santa Elena, como para preparar el restablecimiento en España
de su hermano José Bonaparte. Eso ocurría al tiempo que el navarro
Francisco Javier Mina, “el Mozo”, perdía su vida en 1817 en México,
tratando de ayudar a los independentistas americanos, no sin antes haber
rendido pleitesía, en Estados Unidos, a José Bonaparte como “rey de España
y de las Indias”[11].
En ese clima teñido por la “atmósfera”
romántica, triunfó en España la revolución liberal de 1820, desencadenada
por el pronunciamiento de Riego, que tuvo su prolongación en los
pronunciamientos que implantaron igualmente el liberalismo en Portugal,
Nápoles y el Piamonte. La esperada revolución europea era ya una realidad.
El liberalismo español se convirtió en un ideal de libertad para el
liberalismo europeo, en el que confluían fuerzas de muy distinto signo
(liberales, bonapartistas, republicanos).
La investigación que hemos hecho sobre
la publicística (prensa, folletos, aleluya, grabados) de la Barcelona del
Trienio Liberal[12],
nos muestra que, entre los círculos liberales, la figura de Napoleón
estaba redimensionándose hasta llegar a convertirse en esos años, al igual
que ocurría en Europa, en su mito romántico. Se llegaba incluso a afirmar
que el desarrollo constitucional español no se hubiera producido a no ser
por la difusión que Napoleón hizo de las ideas de la Revolución[13].
Aunque tampoco se eliminaban las críticas a las guerras de agresión, a la
opresión de los pueblos o a su voluntad de unirse con las clases
privilegiadas del Antiguo Régimen. Se tendía a destacar sin embargo los
aspectos positivos de la reforma napoleónica: su política anticlerical, la
igualdad del voto masculino o ante los impuestos, y se le calificaba de
hombre extraordinario, de la talla de un Cesar o Alejandro Magno. Lo
que se constata es que los liberales barceloneses, en poco menos de cinco
años, habían logrado la rehabilitación política de Napoleón, el personaje
más odiado y temido durante la guerra de 1808-1814.
Los periódicos se hacían eco a
principios del verano de 1821, de los rumores que corrían sobre la
libertad de Napoleón, basados, entre otras cosas, en que como individuo
de la orden Masónica, no puede estar en prisión más de seis años[14].
La prensa más liberal dio a lo largo de 1821 abundante información sobre
el Emperador, al tiempo que numerosos rumores se extendieron en Francia de
que Napoleón estaba en España[15].
Este rechazo a la aceptación de la muerte del Emperador, se anclaba en la
mitificación del pasado, pero era también reflejo del presente, ya que,
para los adeptos al Emperador, éste era una figura mesiánica e inmortal, y
con su presencia la guerra volvía a empezar, lo que explica que esta
creencia cobrase vigor en el contexto de la intervención francesa de 1823
en España.
Cuando se dio la noticia de la muerte
de Napoleón, ocurrida el 5 de mayo de 1821 y conocida en París el 6 de
julio, los diarios barceloneses se mostraban muy preocupados por las
muestras de alegría que pudieran darse entre la población, bajo el
argumento de que eso sería muy beneficioso para los facciosos realistas, y
emitían el mensaje que lo que había que hacer es no dar muestras de
indiferencia, sino de dolor.
En agosto de 1821, el Diario
Constitucional, Político y Mercantil de Barcelona, reproducía una
carta enviada desde París, en la que transmitía su convicción de que los
españoles sabrían perdonar, y respetarían la memoria de Bonaparte, para
conseguir que se concluyera felizmente la nueva revolución europea,
cuyo principio debe buscarse (…) en la batalla de Waterloo[16].
En las crónicas de los diarios se
recogían noticias de los periódicos extranjeros, se daban descripciones de
la enfermedad y muerte del Emperador, así como de la preocupación del
moribundo para que se detectase exactamente de qué iba a morir, a fin de
preservar a su hijo de un posible mal hereditario, un cáncer de estómago,
que había ya acabado con la vida de su padre[17].
Aparecía así, una vez más, que la gran esperanza de Napoleón era su hijo,
en quien cifraba su proyección personal, su única oportunidad: era el
llamado “rey de Roma”, custodiado junto con su madre en la corte
austriaca. En él depositaba su esperanza de que perpetuara las victorias
que él había conseguido durante el Imperio. Vemos en este hecho un ejemplo
clásico del romanticismo, es decir, una idealización de un pasado heroico
y brillante, al tiempo que se construía una utopía hacia un futuro cargado
de esperanzas, para evadirse de un presente melancólico y marcado por el
fracaso. O sea, que en las narraciones de los últimos días del Emperador
afloraron multitud de elementos románticos que dieron su fruto en la
construcción de este aspecto del mito.
En las publicaciones de Barcelona
aparecieron algunas imágenes para dar un contenido visual de la muerte de
Napoleón, las cuales reflejaban los pormenores de las descripciones del
cortejo funerario aparecidas en la prensa. De todas ellas, reproducimos
esta imagen[18]
que
muestra muchos más detalles de los que publicitaron las crónicas
periodísticas del momento, con el fin de enfatizar el carácter liberal o
revolucionario del Emperador. En el séquito mortuorio es visible la
bandera tricolor que recubre el ataúd, lo que nos hace vincular con la
figura de Napoleón con la Revolución, de la que había surgido. Otros
elementos, como la montaña coronada por árboles, podrían querer reforzar
su memoria unida a los cambios revolucionarios, ya que la montaña y el
árbol de la libertad, habían sido elementos emblemáticos del mundo
simbólico-festivo de la Revolución. Sin embargo, la distancia que separa
el féretro de la montaña arbolada, deja patente la lejanía temporal del
proceso revolucionario. Del mismo modo, se constata que la muerte del
Emperador genera un desánimo entre los bonapartistas, que ven como con la
desaparición de su líder se desvanecían sus planes de restitución
inmediata del poder napoleónico.
Durante los años 1822 y 1823, no hay
eco en los periódicos de celebraciones del aniversario de su muerte, lo
cual es lógico, pues las noticias se centraban en las conspiraciones de
liberales españoles y europeos para hacer frente a la invasión de los Cien
Mil Hijos de San Luís. La figura que se exaltaba era la de Napoleón II. El
bonapartismo liberal resurgió momentáneamente, pese a la muerte de su
líder, pues llegaban noticias desde Londres, del embarco de José Napoleón
en los Estados Unidos, rumbo al continente europeo, para reunirse con los
hermanos del Emperador, junto con otros altos dignatarios del régimen
imperial. El punto de reunión general era la costa de Francia donde
debe enarbolarse la bandera tricolor, proclamar al emperador
constitucional Napoleón II, y sostener los derechos de la nación usurpados bajo la influencia de las bayonetas estrangeras; valiéndose para llevar
a cabo tan noble empresa de las armas de los jóvenes, mezclados con los
valientes veteranos de Jemmape, Marengo, Austerlirz y Moscovva[19].
El Diario de la Ciudad de Barcelona daba la noticia el 16 de
diciembre de 1822[20]
de que el espíritu público de las provincias meridionales limítrofes de
la Francia, y señaladamente, el del antiguo Rosellón es bueno. La mayoría
de todas las clases, menos la de nobles y clérigos, está en
oposición a la marcha del gobierno. El proyecto de hacer la guerra a la
libertad de los españoles llena de indignación no solo a los liberales,
sino a todos los propietarios, comerciantes y generalmente a todas las
personas honradas en independientes (…). En cuanto al ejército, está
compuesto de quintos. Los que han servido a Napoleón, casi todos se han
ido a sus casas, pero los pocos que quedan, influyen bastante en el
espíritu de sus jóvenes compañeros, y estos adquieren un modo de pensar,
que no está en el sentido que quisieran los ultra. También se
informaba en otro periódico, el 25 de mayo de 1823, de las noticias que
daba la prensa inglesa de la movilización que se estaba produciendo en
Londres de los liberales europeos a favor de la causa de la península,
que es hoy la de todos los pueblos civilizados. Numerosas embarcaciones se
arman, y se disponen a darse a la vela para correr con pabellón español a hostilizar a los buques franceses. Entretanto el general Wilson, tan
conocido en Europa por su patriotismo y sus brillantes conocimientos
militares, está haciendo sus preparativos para embarcarse
con dirección a la Coruña a la cabeza de una división de 3.000 hombres que
ha organizado y equipado a expensas de una sociedad de liberales ingleses.
Esta legión extranjera cuenta en sus filas con gran número de ingleses e
irlandeses. El general napolitano Gillermo Pepé y todos los proscritos
italianos y franceses que estan en el día en Inglaterra marchan a
defender la libertad y la independencia de España[21].
Pese a la fuerza mostrada del
internacionalismo liberal europeo en la defensa del régimen liberal
español, éste fue derrocado por la fuerza de las armas. Como símbolo de la
derrota quedó el martirio de Riego, ejecutado en la plaza de la Cebada de
Madrid el 7 de noviembre de 1823. La imagen del mismo construida por el
litógrafo francés Engelmann, que reproducimos[22],
contenía todos los elementos típicos del héroe romántico, cuya referencia
inequívoca era la de Napoleón: el general español aparece con la mano en
la casaca, signo distintivo del gran estadista europeo; al ejército se le
divisa en el horizonte, reunido en un pequeño grupo al lado del fuego,
símbolo al tiempo del Ejército de la Isla, colectivo identificado
con el liderazgo de Riego, y expresión también de la unión de militares y
civiles en las sociedades secretas carbonarias; la mirada aparece perdida
y los cabellos alborotados por el viento, dos elementos característicos
del romanticismo pictórico. Finalmente el sable en la mano muestra la
fuerza y la lucha, con la Constitución de 1812 a sus pies, que nos
recuerda la primacía de lo civil sobre lo militar: el ejército debe
someterse al imperio de la ley, que debe defenderse con las armas en la
mano. Lo patético del martirio de Riego, su soledad ante la muerte, su
sufrimiento que le llevó hasta implorar que le perdonasen la vida-, acabó
de transformarlo en héroe romántico, en el mismo momento en que Napoleón
ya lo era. El mito romántico de Riego tuvo su vertiente literaria, y su
hermano Miguel del Riego[23]
lo compara a Cristo, como la víctima que muere por nuestra redención.
También el símil Napoleón-Cristo aparece creado por el propio Napoleón en
el Memorial de Santa Elena y en la obra de Balzac. La vinculación
de Riego con el Emperador a partir ya de mediados de 1822, potenció la
incidencia política que tuvo el liberalismo español en la Europa de los
años veinte, y dinamizó los movimientos revolucionarios de los liberales
hasta la revolución francesa de 1830
3. El Memorial de Santa Elena. La proyección
literaria y política del mito de Napoleón como héroe romántico (1823-1831)
El Memorial[24]
de Santa Elena es una de las varias obras de los Memorialistas de
Napoleón, es decir, de varios amigos del emperador que aceptaron compartir
el exilio con él y escribieron lo que él les dictó. Algunas de esas obras
se publicaron poco después de la muerte del Napoleón. Pero de todas ellas,
la que causó más impacto fue el Memorial del conde E. de Las Cases,
publicado en 1823. Fue traducido a todas las lenguas de Europa y el mayor
éxito de las librerías de la época. El relato de Las Cases empieza desde
la abdicación de Napoleón, o sea, antes de la llegada a Santa Elena y
termina a finales de 1816, cuando Las Cases fue expulsado de Santa Elena
por las autoridades inglesas, que le confiscaron sus notas,
devolviéndoselas en 1821. La obra no está estructurada en capítulos, sino
cronológicamente, día a día. Como Las Cases no había tenido un lugar
relevante durante el Imperio, esta ausencia de pasado político y militar
dio al Memorial una apariencia de objetividad.
El Memorial difundió la imagen
de un prisionero tranquilo y resignado a su suerte, maltratado por sus
carceleros. Pero la finalidad esencial era dar a conocer el carácter del
Emperador, lo cual significaba también salir al paso de todos los tópicos
de la leyenda negra. Las Cases presenta no a un semidiós, ni a un ogro ni
a un tirano, sino a un soberano autocrítico, racional y realista
proponiendo a la posteridad que resuma su obra en la frase ¡qué novela
ha sido mi vida! A partir de aquí, encarnó al héroe romántico que
hacía política movido por ideales, sueños y sentimientos, convertido en un
agente de la Providencia y recluido finalmente en el aislamiento del
destierro.
El Memorial no creó el mito del
héroe romántico, que -como hemos explicado- existía ya. Pero los años
1824-1831 son fundamentales para comprender cómo Napoleón, quien había
sido rechazado hasta entonces por los poetas y escritores de la primera
generación romántica, se impuso al romanticismo. Por su parte, la leyenda,
vehiculada hasta entonces sobre todo en el ámbito popular, se fundió
durante estos años en el mito del héroe, que dominó la literatura de la
época. Y no sólo la literatura, sino también la política, porque el
romanticismo como movimiento cultural se transformó también en movimiento
político. Eso en lo que se refiere a Francia, pues en los países ocupados
por el Imperio napoleónico, como fue el caso de España, ese fenómeno ya
había ocurrido desde 1808.
Aunque Napoleón dejó en el Memorial
de Santa Elena una doctrina más o menos coherente, sin embargo, durante
los años que siguieron a su publicación entre 1824 y 1830, no se manifestó
en absoluto un renacer del bonapartismo liberal. Hasta 1848 lo
característico fue el auge de la leyenda y el declive del bonapartismo en
todas sus vertientes. Porque para los bonapartistas -liberales o no- la
muerte de Napoleón significaba el abandono de toda esperanza política en
lo inmediato. El Memorial contribuyó sobre todo a desarrollar la
leyenda napoleónica, para la cual, poco importaba el contenido político de
la obra. Lo que contaba más era la evidencia del tercer aspecto del mito:
el del proscrito que muere poco a poco como el moderno Prometeo encadenado
a su roca. El mito de Prometeo, cruza toda la historia de occidente, hasta
nuestros días, pero era especialmente importante su recuerdo para que los
románticos identificaran a Napoleón con esta figura, porque Prometeo se
identifica con Dios por su poder y con los hombres por su debilidad y
sufrimiento. El martirio de Santa Elena borró de los románticos la imagen
del conquistador. Este sacrificio impuesto a Napoleón al final de su vida
hizo del destino imperial de Napoleón el héroe de una epopeya: héroe y
epopeya[25]
son dos características del imaginario romántico. El auge del mito
romántico, notable desde 1827, aseguró a largo plazo al bonapartismo un
potencial sentimental que sabrá utilizar el II Imperio. La pasión de la
gloria y el egocentrismo son dos características del héroe romántico que
Napoleón las tuvo en sumo grado. Fue un hombre realmente de su época,
situado en la encrucijada de dos siglos, entre la Ilustración y el
romanticismo, pero abocado a la acción y a lo sublime, lo que le da
ciertamente unos rasgos reales de héroe romántico. A los ojos de sus
contemporáneos la concordancia entre el régimen imperial, el principio de
siglo y una nueva era, hizo ver en el episodio napoleónico una epopeya,
aunque cada vez más intemporal a medida que iba dominando el mito
romántico.
La paradoja es lo que caracteriza la
acuñación del mito de Napoleón como héroe romántico: la dictadura
napoleónica aplastó la vida literaria durante el Imperio, y sin embargo,
el romanticismo, al dar un sentido a la epopeya napoleónica, al
revalorizar el papel de individuo en la historia y al fijarse como
programa la glorificación del héroe, respondió al ideal que Napoleón había
querido imponer a los escritores y artistas del Imperio. Los románticos
afianzaron el mito de Napoleón sobre el plano literario mientras la
canción y la imagen lo imponía en un plano más popular: hicieron de
Napoleón un héroe, un semidiós y este culto a Napoleón tenía al tiempo el
carácter de protesta contra la nueva sociedad burguesa moderna. Napoleón,
padre del neoclasicismo, se convirtió en estandarte de los románticos, y
el dictador coronado que fue, se convirtió en símbolo revolucionario.
Un ejemplo del mito literario forjado
por los románticos es la obra de Víctor Hugo, quien había escrito
anteriormente a 1827 tres obras contrarias a Napoleón y sin embargo, en
1827, con su Prefacio de Cromwell[26]
hace un manifiesto a favor del romanticismo y acuña a Napoleón como héroe
romántico: habla del papel de la Providencia, del Destino, de la
Fatalidad, de la Voluntad y de la Libertad, pero para centrarse en pintar
un Napoleón redimido por la Libertad. Víctor Hugo nunca se adhirió al
bonapartismo, pero se convirtió al culto de Napoleón y a la leyenda
dorada, lo que le permitió evolucionar del realismo al liberalismo. Víctor
Hugo fue quien dio, además, la dimensión épica a la imagen de Napoleón e
hizo de Napoleón un héroe a la manera de Hernani (o el honor
castellano), drama estrenado en 1830. Hugo había nacido con el siglo,
durante las guerras del Imperio, y descubrió que Francia con Napoleón
había sido la cabeza del mundo, por lo que ensalza su figura con una
mezcla de chauvinismo nacionalista y de mesianismo europeo. Víctor Hugo,
como Alfred de Musset, quien escribió Confesiones de un hijo del siglo
(1836), pertenecían a una generación sin valores, que se aburría en la
Francia gris de la Restauración. Heredaron un mundo en ruinas y quedaron
impactados por el recuerdo de las gestas napoleónicas. Necesitaban
emociones fuertes, y el Memorial de Santa Elena les proporcionó un
abundante material. Porque el romanticismo se entusiasmaba a la vez por
los grandes hombres y por lo patético de la soledad, pero estaba también
fascinado por la historia, y la de Napoleón le ofrecía la oportunidad de
volver a un pasado idealizado. Víctor Hugo no fue nunca bonapartista y
criticó el régimen de Luis Napoleón. Siempre habló del buen Napoleón y del
Napoleón malo, y sobre el primero siguió construyendo el mito en sus obras
de madurez, aunque nunca perdonó al buen Napoleón, el haber liquidado la
libertad el 18 brumario, pese a toda la veneración que le profesó.
Stendhal es también uno de uno de los
principales escritores liberales del romanticismo literario. Sus héroes en
sus novelas de Rojo y Negro y la Cartuja de Parma, son
fervientes admiradores de Napoleón. El héroe de Rojo y Negro vive ya en
una época, anterior a 1830 (la obra apareció en noviembre de 1830) en que
Napoleón ha muerto, pero sus lecturas son El Memorial y el
Contrato social de Rousseau. Está claro pues que la admiración de
Stendhal por Napoleón no le venía de sus ideas políticas, por deformadas
que estuviesen en el Memorial. La fascinación se debía a que
Napoleón se ofrecía como modelo de ascenso social en esta novela, donde
también aparece sin embargo la admiración por sus hazañas militares
heroicas, por el éxito, en suma. El contraste entre el Imperio y la
Monarquía asqueaba a Stendhal, quien sin embargo admiraba más al personaje
que al Imperio. Cuando escribe una vida de Napoleón[27],
lo hacen pensando que la vida de ese hombre era un himno a favor de la
grandeza de alma.
Un tercer ejemplo de los escritores
franceses responsables del mito es el de Balzac, el más interesante desde
el punto de vista sociológico: en La Comedia Humana (1830-1848) nos
pinta el Bonaparte de los aristócratas y de la burguesía, pero sobre todo,
a El Napoleón del pueblo. Fue Balzac quien acuñó la expresión.
Balzac comentó la voluntad inquebrantable del héroe: Napoleón lo podía
todo porque lo quería todo.
El retrato común que hacían los
escritores franceses era el de un genio omnipotente cuya acción fue
determinante. Los románticos europeos, como los italianos y polacos lo
convirtieron en un héroe defensor del renacimiento nacional. Por su parte,
los liberales españoles siguieron intentando aplicar durante toda la
década el modelo de Riego, como ejemplifica el general Torrijos, arquetipo
del conspirador romántico[28],
que luchó hasta dejar la vida en su intento insurreccional, y murió
ejecutado en las playas de Málaga en diciembre de 1831.
El mito romántico, si no fue operativo
políticamente desde el punto de vista del bonapartismo, si lo fue desde el
punto de vista del liberalismo y del nacionalismo, lo que ha contribuido
enormemente a desfigurar la imagen de Napoleón.
Los errores políticos de la
Restauración contribuyeron en gran medida a que la época napoleónica fuera
idealizada como una edad de oro, en la que los empleos administrativos no
dejaban de multiplicarse con las conquistas, época de altos salarios y en
la que las subsistencias no faltaron. La coyuntura económica depresiva de
los precios agrarios afectó a toda Europa desde 1817. La Restauración de
las Monarquías legítimas por la Santa Alianza, aglutinó en una misma
oposición[29]
las corrientes liberales, unidas al nacionalismo: se combatía no solo un
sistema opresivo sino un sistema europeo regido por la Europa de los
reyes, de quienes había sido Napoleón su principal víctima. Incluso, la
idea de dictadura, lejos ser reprobada, tomó un significado progresista,
manifestado por ejemplo en Bentham quien le propuso al general español
Espoz y Mina que estableciera una dictadura militar contra el Absolutismo
de Fernando VII. Respecto al despertar de los nacionalismos, es lógico que
en Francia resurgiera una patriotismo imperial, que había sido nacional,
pero no podía ocurrir lo mismo en Alemania o España, sometidas por
Napoleón. El caso italiano es más complejo, pues aunque la idea nacional
no pudo afirmarse durante el Imperio, los italianos idealizaron las
instituciones que habían tenido bajo el imperio. Lo importante era que la
experiencia napoleónica había hecho posible unificar las luchas, lo que se
puede verificar en las crisis revolucionarias que sacudieron primero la
Europa latina en 1820 y luego en 1830, y que tuvo también su expresión en
el movimiento de los “Decembristas rusos” en 1826.
El romanticismo como hecho político y
cultural, estuvo muy ligado al expansionismo napoleónico. El patriotismo
romántico se unió al fenómeno cultural y conspirativo de la estrategia
insurreccional de los liberales, que retomó los valores militares de la
época napoleónica, remodelados por la primacía de lo civil. El espíritu
romántico se apoderó de la figura de Napoleón-Prometeo, a quien aplicaron
la concepción de genio propia de la cultura de la época. Semejante
transfiguración incidió en el mundo ideológico de las naciones en lucha
contra el régimen de la Restauración. Y en todo ello fue fundamental,
claro está, el clima de la época, la sensibilidad romántica. Hubo un
romanticismo reaccionario y otro liberal, pero la mitificación de Napoleón
por los románticos dio un impulso al liberalismo y acuñó por mucho tiempo
la imagen de un Napoleón liberal y progresista, pese a que las
ambigüedades del personaje en todos los terrenos podían prestarse a todo
tipo de interpretaciones. Pero no fue sólo el mito. Napoleón estuvo
perfectamente al corriente de las necesidades de su época que él había
marcado a su vez con su obra y sus campañas militares. Tras su fracaso,
pudo modelar su mito en función de su siglo, y no al revés. Un mito, para
imponerse, tiene además que ser simple y el mito napoleónico podía acoger
los “yoes” más contradictorios: Napoleón podía ser el rey-sol o el ogro;
el héroe o el tirano. De ahí la fascinación que ejerció sobre sus
contemporáneos y sobre todo, sobre la generación que siguió a Napoleón. Su
figura se sitúa en la encrucijada de todas las grandes corrientes del
siglo XIX. Por eso, muchos han calificado el mito de Napoleón cristalizado
por los románticos como peligroso. Lo han calificado más concretamente
como un mito “contra-contra-revolucionario[30]”,
es decir como un mito construido por gentes que querían utilizarlo como un
arma para luchar contra la reacción, contra la Restauración borbónica. Si
lo califican de “contra-contra-revolucionario” es porque ven en él un mito
cuyas prolongaciones en el siglo XX son peligrosas, ya que vehicula el
militarismo, la ambición personal y la energía individual. Lo cual puede
ser cierto, aunque el individualismo de los románticos no tiene el porqué
tener una connotación negativa, sino que está ligado a la reevaluación del
yo, del estatuto del hombre en el mundo. No hay que hacer una lectura
reduccionista del mito del héroe romántico. Según Isaiah Berlin[31],
la esencia del movimiento romántico era la voluntad y una concepción del
hombre volcada a la acción, y el gran logro del romanticismo fue el de
transformar los valores del viejo mundo ilustrado, pero sin oponerse
frontalmente a éstos. Revalorizó el que los hombres son ante todo voluntad
y necesidad de libertad (lo que también preconizaban Kant y Fichte) por lo
que el motivo cuenta más que las consecuencias, ya que las consecuencias
no pueden ser controladas mientras que los motivos sí pueden serlo. El
fracaso podía ser más valorado que el éxito. Por eso, para convertirse en
mito, Napoleón tuvo que fracasar, sufrir el martirio y morir. El tema del
Napoleón del pueblo de Balzac, también ha tenido una lectura en clave
pre-fascista por la fascinación que ejerció el mito del imperio en las
capas más humildes de la sociedad. Pero todo esto es ambiguo y
reduccionista. Sí es cierto, sin embargo, que la razón por la que el
fascismo le debe algo al romanticismo se funda en esta cuestión a la que
rendían culto los románticos: la noción de voluntad imprevisible de un
hombre que avanza a grandes pasos de un modo que no puede predecirse ni
racionalizarse, o la destrucción nihilista de instituciones. Pero el
movimiento romántico, en su versión liberal, como fue la del mito
romántico napoleónico durante los años veinte del siglo XIX, era una
visión progresista, sólo comprensible en el contexto de la época.
El romanticismo, tanto en su versión
reaccionaria como liberal, funcionó en las sociedades que se levantaron
contra el dominio napoleónico. Y es natural, porque Napoleón fue como una
especie de chivo emisario de toda una época. Y como tal tuvo el destino de
ser más que un hombre, un militar o un gobernante: se convirtió en un
hecho cultural y en un símbolo. El caso de España es claro: el
romanticismo tuvo su expresión política antinapoleónica, y funcionó como
mito negativo, tanto en el campo absolutista como en el liberal. Pero los
liberales españoles, sobre todo los militares, que habían luchado contra
Napoleón, no pudieron sustraerse a su sugestión. Los románticos españoles,
como los italianos, también hicieron del emperador un emblema, una imagen
y una inspiración. Lucharon contra su presencia despótica durante la
guerra de 1808, pero enaltecieron su figura, tras su exilio y muerte en
Santa Elena. Porque un mito no es popular más que si este mito recuerda a
los hombres su condición de mortales.
[*] Este trabajo,
que ofrecemos a la memoria de Angel Martínez de Velasco, se inscribe en
el proyecto de investigación BHA2001-2509 del PNICDIT
[1]
G. MINART, Les opposants à Napoléon,
1800-1815, Toulouse, Privat, 2003; p.7.
Para ver el paso de la historia
mitológica al surgimiento de una historia científica, véase el trabajo
de N. PETITTEAU, Napoléon. De la mythologie à l´histoire,
Paris, Seuil, 1999;
[2]
La historiografía no suele distinguir
nítidamente el significado de estos términos, que aparecen
frecuentemente mezclados. Para el tema genérico del mito napoleónico,
la obra clásica es la de J. TULARD, Le Mythe de Napoléon,
Paris, Armand Colin, 1971; Para el culto a Napoleón, J. LUCAS-DUBRETON, Le culte de Napoléon, 1815-1848, Paris, Albin Michel, 1960; y
J. O. BOUDON, “Grand homme ou demi-dieu? La
mise en place d’une religion napoléonnienne”, Romantisme, n.
100 (1998-2), pp. 131-141. El especialista
del Bonapartismo es F. BLUCHE, Le Bonapartisme (Aux origines de la
droite autoritaire (1800-1850), Paris, Nouvelles Editions Latines,
1980; A. JOURDAN, en su L’Empire de Napoléon, Paris, Flammarion,
2000; pp. 151-152, hace la observación de que la obra de BLUCHE no
precisa mucho la definición del término bonapartismo, debido a su
carácter polisémico, pero esta autora lo separa claramente de los
otros términos: mito, culto y leyenda. Nosotros hemos añadido además
el de la corriente popular de los Napoleón del pueblo, cuyo estudioso,
B. MÉNAGER, Les Napoléon du peuple, Paris, Aubier,
Collection Historique,
1988; afirma que este fenómeno no se confunde con la leyenda, sino que
remite a un estudio de las mentalidades y requiere para su comprensión
un análisis socio-político.
[3]
J. LUCAS-DUBRETON, Le
culte de Napoléon… op. cit., p.67
[4]
J. TULARD,
L’Anti-Napoléon. La Légende noire de l’Empereur, Paris, Archives,
1965;
[5]
En España se publicó
en 1820 la obra de Frédéric LULLIN DE CHATEAUVIEUX, Manuscrito o
resumen de la vida política de Napoleón Buonaparte, escrito por él
mismo en la Isla de Santa Elena, traducido al español y adornado con
notas, 2ª edición corregido por L.C.C. y M., Madrid, Impreso por
Espinosa, 1820, 146 páginas. Se vendía en la librería del Brusi, de
Barcelona, en 1820. Es la traducción del famoso Manuscrit venu de
Sainte-Hélène d’une manière inconnue, publicado en francés en 1818 y
atribuido al propio Napoleón. Según A. GIL NOVALES, “Napoléon, anti-Napoléon
en Espagne, à partir de 1815” (en prensa), la segunda edición de esta
obra fue anunciada en la Miscelánea de Comercio, Política y
Literatura, Madrid, núm. 118, 26 de junio de 1820. Según el mismo
autor, se publicó también durante el Trienio Liberal español,
Máximas y pensamientos del prisionero de Santa Elena, (traducido
al español), Madrid, 1820, Barcelona, 1821 y México, 1822. Agradecemos
a A. Gil Novales que nos permitiera leer su manuscrito inédito, y a
Lluís Roura, coordinador del dossier sobre Napoléon et l’Espagne, del
que este artículo forma parte, y que aparecerá próximamente en la
revista Annales Historiques de la Révolution Française, el que
nos facilitara su lectura.
[6]
En la obra citada en
la nota anterior, Frédéric LULLIN DE CHATEAUVIEUX, Manuscrito o
resumen de la vida política de Napoleón Buonaparte, escrito por él
mismo en la Isla de Santa Elena, el propio Napoleón explica
esta hazaña, que nos revela el profundo alcance del episodio de los
Cien Días:
Esperaba hallar alguna
resistencia de parte de los realistas, pero me equivoqué: no me
opusieron alguna y entré en París sin verlos. Nunca empresa más
temeraria en apariencia costó menos trabajo en su ejecución, y fue porque estaba conforme con el voto de la
Nación, y porque todo se hace fácil cuando se sigue a la opinión (…)
La revolución terminó en veinte días sin haber costado una gota de
sangre (…) La Nación vuelta en sí recobró su vigor. Era libre, pues
acababa de hacer, colocándome en el trono, el acto más grande de
espontaneidad que pertenece a los pueblos. Yo no me encontraba en
aquella situación sino por su elección, pues no la hubiera conquistado
con mis seiscientos soldados (p. 140)
Jamás el todo de una nación se
ha expuesto a una situación más peligrosa, con tanto abandono e intrepidez, sin calcular el peligro y las
consecuencias (p. 141)
Quise sin embargo hacer una
parte de esta revolucion, como si hubiera dudado que nada valen cosas
a medias. Ofrecí a la Nación su libertad porque se quejaba de haberla
perdido bajo mi primer reinado, y esta libertad produjo su efecto
ordinario, pues dio a las palabras el valor de las acciones. La clase
Imperial se disgustó porque destruia el sistema a que estaban unidos
sus intereses. El cuerpo de la Nacion se manifestó indiferente porque
apreciaba poco la libertad, y los Republicanos desconfiaban de mi
proceder, porque no era conforme con el que hasta entonces me habian
observado (p. 144)
Prisionero en otro hemisferio,
nada tengo que defender, sino la reputación que la historia me
prepara. Ella dirá, que un hombre, a cuyo favor se declaró todo un
pueblo, no debe ser tan escaso de mérito como lo pretenden sus
contemporáneos. (p. 146)
[7]
M. W. SHELLEY,
Frankenstein o el moderno Prometeo, Edición de I. BURDIEL, Madrid,
Cátedra, 1996; pp. 76-81
[8]
Un español
agradecido. A la buena memoria de Napoleon el benéfico.
Barcelona. Imprenta de Francisco Ifern. Año 1821. Biblioteca de
Catalunya, Follets Bonsoms 11298, 21 páginas. En todos los documentos
que transcribimos, hemos conservado la grafía original.
[9]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(25/7/1821) n. 196, p. 1, reproduce en el apartado Noticias
Extranjeras la carta de un particular, desde París, en el que se
afirmaba que no hay duda que Napoleón era entre las manos de los
ingleses un medio para dictar la ley al gabinete de las Tullerías.
[10]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(10/6/1821) n. 181 p.1
[11]
J. LUCAS-DUBRETON, Le
culte de Napoléon, 1815-1848, op. cit., pp. 97, 103-104
[12]
Hemos consultado,
para los años 1821-1823, los periódicos El Diario Constitucional,
Político y Mercantil de Barcelona, el Diario de Barcelona y
el Diario de la Ciudad de Barcelona, y para el año 1822, El
Indicador catalán. Además, hemos manejado materiales diversos
(grabados o un pañuelo, sin fecha, conmemorativo del traslado de los
restos de Napoleón desde Santa Elena a Francia) del Archivo Histórico
Municipal de Barcelona, del Museo de la Indumentaria y Textil de
Barcelona, y de la Biblioteca de Catalunya, como el “Auca” (Aleluya)
número 102, La vida de Napoleón Bonaparte reproducida en la página LXI
del Vol. II de la obra de AMADES, J. COLOMINAS, P. VILA, Les auques
imatgeria popular catalana, Barcelona, Editorial Orbis, 1931. Esta
aleluya no es nada critica con la figura del Emperador y glorifica sus
hazañas y talante personal; la penúltima de sus casillas es un
Napoleón acostado en su lecho, contemplando un retrato de su hijo, lo
que recuerda el impacto que causó a sus contemporáneos el que Napoleón
fuera separado de su familia, incluidos su mujer y único hijo, hecho
que también favoreció el mito romántico sobre el personaje.
[13]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(10/6/1821) n. 181, p. 1:
Jamás olvidarémos que hemos
debido una CONSTITUCION inmortal a su injusta agresión. Con respecto
al resto de Europa, diremos francamente que su despotismo militar
franco y abierto valía mucho más que ese otro de Laibach, en que bajo
ciertas fórmulas y palabrotas de legitimidad y de derechos reales, se
nos quisiera hacer retrogradar hasta el tiempo de Atila (…)
[14]
Diario
Constitucional, Político y Mercantil de Barcelona “Constitución o
Muerte”, (23/6/1821) n. 174, p. 1: Nuestros
déspotas, y nuestros asesinos se han acobardado estos días con las
voces divulgadas de la libertad de Napoleón (…)
[15]
B. MENAGER, Les
Napoléon du peuple, op. cit, pp.29-33 y 61-83
[16]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(1/8/1821) n. 213 Noticias estrangeras.
Francia. París 10 de Julio. Extracto de una carta particular (…)
Hay aquí mucha curiosidad sobre
el efecto que habra causado en España la noticia del fallecimiento de
Bonaparte; pero los que tenemos algun motivo para conocer la nobleza
del carácter español no dudamos que habrán dado Vdes. un nuevo egemplo
a la admiración e imitación de las demas naciones, no permitiéndose el
menor desahogo contra la memoria de un hombre que tantas calamidades
atrajo sobre esta tierra de libertad se sabe perdonar los agravios, y
se compadece a sus autores cuando llegan a ser víctimas de una
horrorosa desgracia; y asi creemos que la muerte de Bonaparte no habrá
sido un motivo de júblilo para los generosos españoles a quienes
tantos males hizo, y que le aborrecian de muerte cuando se hallaba en
la cumbre del poder, como lo ha sido para estos inmorales ultras,
colmados por él de beneficios, y viles aduladores suyos cuando era
supremo dispensador de todas las gracias. Aun me atrevo a decir mas:
los verdaderos liberales de España, los hombres iustrados de ese país,
a quienes no podia ocultarse que el prisionero de Sta Elena pesaba
todavia mucho en la balanza política de Europa, no habrán mirado su
muerte con indiferencia; y estoy persuadido que muchos de ellos la
habrán sentido vivamente.
[17]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(25/7/1821) n. 196 pp. 1-2 y Diario de Barcelona, del 25 de
julio de 1821, p.1435, reproducían este mismo extracto: Al fin
murió Napoleón Bonaparte, aquel hombre estraordinario, objeto por
tanto tiempo de admiración de los hombres (…) Bonaparte ya no existe,
pues falleció el 5 de mayo a las seis de la tarde de una enfermedad
que le tenía en cama hacia ya cuarenta días. Es fácil adivinar que
causas habían producido aquella dolencia, considerando los reveses de
fortuna que experimentó, principalmente la dolorosa separación de su
amada y tierna esposa, y de su adorado hijo, y por otra parte el
injusto destierro que estaba padeciendo seis años hace (…) Antes de
espirar, pidió que se abriese su cadáver para ver si su enfermedad
procedía de la misma causa que puso fin a la vida de su padre; esto
es, de un cáncer d estómago. Hiciéronlo así los facultativos, y
hallaron que el enfermo no se había engañado en su pronóstico.
Conservó su conocimiento hasta exaltar el último suspiro, y murió, al
parecer, sin dolor.
[18]
La imagen del funeral de Bonaparte se
encuentra en la Biblioteca de Catalunya, se trata de una xilografía de
los funerales de Napoleón en Santa Elena. Registro 1467 y referencia
topográfica: XI.2C. Diario Constitucional, Político y Mercantil de
Barcelona “Constitución o Muerte”, (3/8/1821) n. 215 p. 1:
Noticias Estrangeras. El funeral de Buonaparte
(…) El órden del entierro fué el siguiente:
Napoleon Bertrand hijo del mariscal, el sacerdote revestido, el doctor
Arnott del regimiento 20, el médico de Buonaparte, el cuerpo en un
coche tirado por cuatro caballos, doce granaderos por cada costado
para bajar el cuerpo en el descenso de la colina que el coche no podía
transitar, el caballo de Buonaparte conducido por dos criados, el
conde Montholon y el mariscal Bertrand llevaban las borlas de paño; de
madama Bertrand y su hija en el coche descubierto, criados a ambos
lados y destras los oficiales de la marina y del estado mayor.
[19]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(22/5/1823) n. 142. Año IV, daba estas noticias enviadas desde Londres
el 14 de abril.
[20]
Diario de la Ciudad de Barcelona,
(16/12/1822) n. 194. p. 569
[21]
Diario Constitucional, Político y
Mercantil de Barcelona “Constitución o Muerte”,
(22/5/1823) n. 142. Año IV. p. 1
[22]
La litografía la
cita A. GIL NOVALES, Diccionario Biográfico del Trienio Liberal,
Madrid, Tecnos, 1991; La asociación iconográfica de Riego y Napoleón,
la trata con más detalle J. ROCA VERNET, “Las imágenes en la cultura
política liberal durante el Trienio (1820-1823), el caso de
Barcelona”, Cuadernos de Ilustración y Romanticismo (2002), n.
10 (en prensa)
[23]
A. GIL NOVALES, “La
fama de Riego”, Ejército, Pueblo y Constitución. Homenaje al
General Rafael del Riego. Madrid, 1997, Anejos de la Revista
Trienio, pp. 365-383, y del mismo autor, “Prisión y muerte de Riego” Trienio (1996), n. 27, pp. 27-54.
[24]
Hemos manejado la
edición de, Conde de LAS CASES, Memorial de Napoleón en Santa Elena,
México, Fondo de cultura económica, 1990;
[25]
L. CELLIER, L’Épopée
romantique, Paris, Presses Universitaires de France, 1954;
[26]
V. HUGO,
Manifiesto romántico, Barcelona, Edicions 62, 1971;
[27]
STENDHAL,
Napoleón, Madrid, Aguilar, 1989;
[28]
I. CASTELLS, “José
María Torrijos (1791-1831): Conspirador romántico”, I. BURDIEL - M.
PÉREZ LEDESMA (eds.), Liberales, agitadores y conspiradores,
Madrid, Espasa, 2000; pp.73-98
[29]
CH. CHARLE, Los
intelectuales en el siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 2000, pp. 58-64
[30]
BENGIO, “De Néron à
Osiris. Le mythe de Napoléon dans la littérature romantique”, en La
invasió napoleònica, Bellaterra, Publicacions de la Universitat
Autònoma de Barcelona, 1981; pp. 99-131.
[31]
I. BERLÍN, Las
raíces del romanticismo, Madrid, Taurus; 2000
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