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¿Genio incomprendido?
¿Charlatán?
La extraña vida de Wilhelm Reich empieza en el
fin-de-siècle europeo y termina en plena Guerra Fría norteamericana.
Hijo de padres judíos seculares, Reich nació en 1897 en la Galicia
austriaca. Su padre era dueño de un exitoso establecimiento
ganadero, y su madre provenía de una familia de terratenientes
extremadamente rica. Reich adquirió conocimientos sexuales a una
edad temprana: a los doce vio cómo su tutor seducía a su madre, y
también tenía doce cuando le reveló el hecho a su padre —un hombre
celoso y brutal que solía referirse a su mujer como a “la puta”—, lo
que derivó poco después en el suicidio de su madre. Un año después
Wilhelm se llevó a la cama a una criada de la casa. En su época de
universitario fue un mujeriego insaciable, hábito que, según los
testimonios, nunca abandonó y que tampoco separó de su trabajo.
Conoció a su primera mujer, Annie (una psicoanalista notoria),
cuando ella lo consultó en busca de terapia; Reich era famoso por
haber seducido a varias de sus otras pacientes, y tuvo un affaire
con la esposa de su asistente Myron Sharaf, que pese a todo le
consagraría una biografía sorprendentemente amable.
Reich fue oficial del ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial, a la que consideraba la divisoria de aguas de la historia de Europa y, por lo tanto, de la humanidad. Volvió del servicio convertido en un socialista devoto. Se enroló en la universidad de Viena para estudiar Derecho, pero cambió súbitamente por medicina y empezó a interesarse por la salud mental. Tenía entonces veinte años. Entró al círculo psicoanalítico de Viena, donde dejó pronto su marca y se hizo conocido como uno de los más perspicaces terapeutas del grupo. Freud no tardó en derivar pacientes a su precoz protegido, al que llamaba die beste Kopf (la mejor cabeza) de todos los psicoanalistas de Viena. Pero mientras Freud consideraba la lucha entre represión e instinto con una actitud fuertemente ambivalente, Reich, sin hesitar, tomaba partido por el bando del instinto. En varios trabajos que reuniría después en Análisis de la personalidad (1933), Reich desarrollaba su primera idea psicoanalítica, acaso la más influyente: la personalidad como coraza. Reich pensaba que todo el mundo —incluso (o más bien especialmente) la gente educada y aparentemente sencilla— exhibe rasgos de carácter defensivos y recomendaba que el analista identificara y desmantelara esa coraza, controlando (a diferencia de Freud) la dirección de la terapia y forzando al paciente a expresar, incluso violentamente, sus impulsos más profundos. “Los seres humanos viven emocionalmente en la superficie”, explicaba. “Para llegar al corazón, donde yace lo natural, lo normal, lo saludable, hay que atravesar esa capa intermedia. Y en esa capa intermedia hay terror”. La cultura, creía Reich, alienaba a la gente de su verdadero yo, lo que significaba que todo individuo civilizado era por definición un neurótico. Esa premisa llevó a Reich a sacar dos conclusiones: primero, que todo el mundo necesita terapia; segundo, que para crear individuos verdaderamente saludables la terapia es insuficiente: hay que cambiar la sociedad misma. No faltaría mucho para que Reich diera otro paso que lo alejaría de Freud. Llegó a la conclusión de que la coraza de la personalidad se manifestaba en una “coraza muscular”, esto es, en tensión somática. Freud pensaba que las enfermedades físicas eran a menudo resultado de problemas psicológicos, pero Reich llegó a pensar lo contrario: que la etiología de la enfermedad psíquica (y por lo tanto del bienestar psicológico) estaba localizada en el cuerpo. Mientras Freud trataba la neurosis para aliviar problemas físicos, Reich invertía la causalidad y trabajaba aliviando la tensión corporal para suprimir la neurosis. Así quedó establecida la naturaleza doble de la terapia reichiana: dirigir la cura verbal hacia el desmantelamiento de la personalidad—coraza del paciente, de modo de permitir la emergencia del yo natural, y eliminar la coraza muscular del paciente mediante la respiración profunda, los movimientos rítmicos y el contacto físico con el terapeuta, de modo de aliviar así la neurosis correspondiente. Aún hoy, con el psicoanálisis en declive, algunos sostienen que las intuiciones de Reich animan las premisas básicas de la psicoterapia. Terapias alternativas de los años ‘70 como el grito primal, la bioenergética, el masaje y el trabajo corporal tienen con Reich una deuda profunda, y muchos psicólogos y psiquiatras no reichianos siguen integrando sus técnicas terapéuticas a sus métodos de tratamiento. No es sorprendente que los esfuerzos de Reich por liberar a sus pacientes de sus corazas musculares lo condujeran al trabajo de Freud sobre el sexo. En libros como La función del orgasmo y Genitalidad, ambos publicados en 1927, Reich argumentaba que la insatisfacción sexual estaba ligada a todas las tensiones físicas y por lo tanto a todas las neurosis. La tensión muscular —rigidez en la cadera, nalgas, estómago, muslos y otras partes del cuerpo— impedía la libertad de movimiento requerida para tener un buen orgasmo. De modo que en el modelo de Reich, la habilidad para consumar la “potencia orgásmica” se convirtió en la clave de una vida psicológica sana, para mujeres y hombres. La supresión de la neurosis y el logro de orgasmos superiores pasaron a ser sinónimos. Simplificando, Reich creía que la gente que tiene buen sexo es más feliz y productiva, y que la gente feliz y productiva tiene buen sexo. Cualquier cosa que socavara esa ecuación era una patología. Pese a tanta franqueza, Reich dice poco sobre sus criterios para evaluar un buen orgasmo. Por lo general, parece adherir más bien a la escuela del “cuando tengas uno vas a saber”. Y esos orgasmos sólo podían darse en ciertas circunstancias. Aunque tenía fama de ser un radical sexual, Reich era en algunos aspectos bastante convencional. Insistía en que un buen orgasmo sólo podía conseguirse con contacto genital entre un hombre y una mujer. No tenía mayores problemas con la masturbación, pero la consideraba como una saludable expresión de deseo, no como una fuente de buenos orgasmos; rechazaba la “homosexualidad, las relaciones sexuales con animales y otras formas de perversión”. El buen orgasmo representaba la salud del individuo, pero Reich también llegó a pensar que representaba la salud de la sociedad. A fines de los ‘20, ya instalado en Viena como un psicoanalista importante, Reich se cortó solo y creó el movimiento pol-sex, que combinaba sus intereses terapéuticos con una política cada vez más de izquierdas. Empezó a trabajar en Viena, pero después de haber sido expulsado del Partido Socialdemócrata en 1930 a causa de su radicalismo sexual, se mudó a Berlín, donde se unió al Partido Comunista Alemán y trabajó activamente en el círculo psicoanalítico de izquierdas que incluía a Karen Horney, Erich Fromm y Otto Fenichel. Para los parámetros contemporáneos, y aun para los actuales, las ideas pol-sex de Reich eran osadas. Dirigía laboratorios francos sobre salud sexual, pregonaba el control de la natalidad libre y el derecho al aborto y apoyaba la experimentación adolescente con el sexo. Una sociedad libre y sana, pensaba, tenía que estar compuesta de individuos libres y sanos: gente sexualmente sana y orgásmicamente potente. Semejante utopía erótica requería condiciones económicas y laborales que permitieran tener tiempo libre y condiciones de vida favorables a una sexualidad libre de presiones (un tema sobre el que la teoría marxista convencional no tiene mucho que decir). Lo que significaba igualdad social y económica entre los géneros y el reemplazo del matrimonio por la “monogamia serial”, de modo que cada miembro de la pareja pudiera buscar la vida sexual más satisfactoria. En 1931, Reich convenció a los comunistas alemanes de fundar la Asociación Alemana para la Política Sexual Proletaria, con él como enérgico líder. En su mejor momento, la organización llegó a tener cuarenta mil miembros. La ideología del movimiento pol-sex cristalizó en el tratado que Reich dedicó a la represión social y sexual, Psicología de masas del Fascismo (1933), una intrépida síntesis de Freud y Marx en la que sostenía que las fuerzas represivas de la derecha no operaban en la sociedad por medio de la fuerza bruta ni del engaño, ni eran tampoco expresiones de ningún destino nacional. El éxito fenomenal de esas ideologías derivaba más bien de que prometían la liberación a través de la violencia y la fuerza, y también, contradictoriamente, la supresión estatal de lo que las masas no ilustradas temían de sí mismas: su sexualidad. La comprensión reichiana de la sexualidad y el poder figura entre lo más importante de su trabajo, cuyas ideas influyeron fuertemente en libros importantes de crítica social como El miedo a la libertad, de Erich Fromm (1941); La personalidad autoritaria, de Theodor Adorno (1950), y Eros y civilización, de Herbert Marcuse (1955). Reich llegó a
la cima de su influencia europea en 1931, pero en un par de años
todo le estalló en la cara. Lo eyectaron de la Asociación
Psicoanalítica Internacional por comunista; por esa época no estaba
en términos muy amistosos con Freud —lo que Reich atribuía a la
“gran insatisfacción genital” de Freud—, y el peso de Reich sobre
los círculos del psicoanálisis oficial había mermado por completo.
En 1934 fue expulsado del Partido Comunista Alemán (que Hitler, de
todos modos, había suprimido en 1933) por freudiano y por distraer a
la juventud comunista con sus interminables discusiones teóricas y
prácticas sobre sexo. La política europea y los apremios económicos
lo llevaron a Viena, a Copenhague, a Malms, a Suecia y por fin, a
mediados de los ‘30, a Oslo. Para colmo, las autoridades de varios
de sus exilios escandinavos estaban cada vez más preocupadas por la
moral de sus terapias, y por los sempiternos rumores de que Reich
seducía a sus pacientes. (Después de todo, la terapia reichiana se
llevaba a cabo con el paciente en ropa interior, implicaba contactos
físicos y tenía por objetivo la potencia orgásmica tanto en hombres
como en mujeres.) Aislado de la crítica de sus pares, Reich pasó a
ser un paria en todos los frentes, pero en Oslo su carrera adoptó
una forma decisiva. Todas sus preocupaciones —la terapia, la
política, las teorías sociales— pronto derivarían en algo más
amplio, y también más difícil de tragar para el mundo no reichiano.
Mientras tanto,
Reich iba poniéndose cada vez más raro. En 1950 se radicó en
Rangeley con su mujer Ilse, su hijo Peter y una fluctuante legión de
creyentes. Haciendo gala de una creciente habilidad con los
acrónimos, llevó a cabo experimentos que combinaban la radiación
orgónica con el radio (los experimentos oranur: ORgon And NUclear
Radiation) y decidió que el orgón podía ser usado como antídoto
contra las intoxicaciones radioactivas (causadas por dor: Deadly
ORgon —orgón mortal—). Dibujó los planos de un motor alimentado a
orgón y construyó varillas luminosas de orgón capaces de
desencadenar tormentas de lluvia. Cerca del final detectó extraños
patrones energéticos en el cielo y decidió que eran evidencias de
ovnis hostiles llamados EAs (Energy Alphas) y defendió, munido de
sus varillas orgónicas, a la desprevenida raza humana. Reich murió
cuando su influencia en la cultura norteamericana estaba en su
apogeo. En los años ‘50, las ideas de Freud estaban de moda, y
muchos intelectuales, frustrados por el conformismo social
imperante, se acercaron a las primeras posiciones psicoanalíticas de
Reich. Fue a través de esos escritores como su trabajo accedió a un
público más amplio. Es más: su obra parece recorrer sigilosamente
toda la proto-contracultura de los ‘50. Paul Goodman, el novelista y
crítico anarquista que más tarde, en la contracultura de los ‘60, se
haría célebre gracias a la publicación de Growing Up Absurd (1960),
se sometió a una terapia reichiana y se convirtió en un
propagandista de la obra sociopolítica de Reich, a quien consagró
héroe del anarcosindicalismo y campeón del retorno del hombre a su
estado natural de inocencia. William Steig, cuyos dibujos siguen
apareciendo en The New Yorker, fue amigo de Reich e ilustró algunas
de sus obras. Incluso un crítico lúcido como Irving Howe quedó
fascinado por el intento de Reich de acercar al freudismo al
marxismo, y particularmente por la idea de que la necesidad del
individuo de reprimir su propio deseo sexual era la clave de la
atracción ejercida por el fascismo. A fines de los ‘40, el narrador
Isaac Rosenfeld convenció a su amigo Saul Bellow de hacer terapia
reichiana. Para Bellow fue una experiencia esquizoide, a la vez
liberadora e invalidante, celebratoria y traumática, que alimentaría
gran parte de su ficción en los años siguientes. Henderson el Rey de
la lluvia (1959), por ejemplo, es de cabo a rabo una alegoría (y una
sátira) de la terapia reichiana: Dahfu, el brujo africano,
desmantela metódicamente las defensas de Henderson, un
norteamericano de viaje por Africa. En el clímax del libro, Dahfu
yace agonizante y Henderson está herido, golpeado, indefenso y a
merced de un león africano famélico. Del mismo modo, Carpe diem
(1956) se centra en un desventurado protagonista —llamado
significativamente Tommy Wilhelm— que tira compulsivamente por la
borda la personalidad-coraza que fue su protección y su cárcel. Él
también termina quebrado y llorando, aunque más fiel a sí mismo que
antes. Si los escritores
de los ‘50 estaban fascinados con Reich, la revolución sexual de
los ‘60 no necesariamente siguió premisas reichianas. A fines de la
década, el triunfo sobre la represión —que para escritores como
Bellow o Mailer era una lucha desesperada y peligrosa contra
neurosis internas y convenciones externas— era un lugar común. Y a
medida que la revolución sexual se extendía por toda la sociedad
norteamericana, el interés por sus primeros propagandistas teóricos
iba disipándose. Los movimientos feministas y gays de los ‘70 pueden
haber sintetizado las políticas de izquierda con el radicalismo
sexual, pero no lo hicieron en beneficio de Reich. Michel Foucault,
líder teórico de la política sexual, era de ideas claramente no
reichianas. Consideraba a Reich como una suerte de decepción
ideológica, un pensador que, pese a toda su osadía, seguía atrapado
en una manera de pensar tradicional. En el primer tomo de su
Historia de la sexualidad (1978), después de reconocerle una
importancia histórica, Foucault sostiene que “Reich no produjo más
que un cambio táctico en el gran despliegue de la sexualidad que
hace de la sociedad moderna una pesadilla carcelaria”. “Reich es el único en el campo del análisis que tiene la posta. El tipo no está loco; es un genio del carajo”, le escribía William Burroughs a Jack Kerouac en 1949. |
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