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PUBLICACIONES Psicoanálisis de niños Beatriz Janin (*) beatrizjanin@yahoo.com |
. ¿Qué es la locura? Lito Benvenuti |
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Fuente: Psicoanalítica del Sur Lugar de controversias, de discusiones apasionadas, de puesta a prueba de todo el andamiaje teórico, el psicoanálisis con niños es una encrucijada, un lugar de entrecruzamientos y un espacio privilegiado para la investigación. Considero que el niño puede ser definido como un aparato psíquico en estructuración, estructuración signada por otros ; un devenir en el que los movimientos estructurantes se dan desde un adentro-afuera insoslayable. En un psiquismo en constitución, debemos pensar cuáles son los modos de inscripción y ligazón de las representaciones, cuáles son las modalidades defensivas tempranas, cuáles son las pulsiones predominantes, qué tipo de pensamiento, qué tipo de lógica está en juego. La segunda cuestión que marca la especificidad del psicoanálisis con niños es que aquellos que consultan por el niño están implicados en una relación estructurante. Constitución que se da en una historia que excede al niño mismo, una historia signada por otros que a su vez están sobredeterminados, escindidos. Otros a los que hay que pensar en términos de Ello, Yo y Super-yó. Hay ciertas leyes que rigen el modo en que los procesos psíquicos de los padres inciden en los del hijo, como las que nombra Freud como contagio afectivo o transmisión de superyó a superyó, o proyección e identificación. Y la transmisión, al decir de Käes, puede ser repetitiva o transformadora. También podemos hablar de una transmisión que se da a través de las generaciones, que hace que lo no tramitado de los antepasados retorne desde el niño. ¿Como pensar entonces en un niño sin pensar en esta historia que lo precede? ¿Cómo abordar la consulta sin escuchar, como analistas, el sufrimiento de los padres, sabiendo que cada uno pondrá en juego sus propios deseos, sus propios ideales?. Y a la vez, ¿cómo desconocer que el niño mismo es un resultado complejo y no previsible de esa historia familiar y que es fundamental entonces ver cuál es el recorrido que él viene realizando, que tipo de inscripciones y ligazones predominan en él?. Resumiendo : l) los padres son, también ellos, consultantes. 2) hay que tener en cuenta, con el niño mismo, que puede requerir intervenciones que sean estructurantes. Es decir, hay consultas en las que el problema no es el retorno de lo reprimido sino la falla en la constitución psíquica, ya sea en la estabilización de la represión primaria, en la erotización, en la constitución del yo de placer... Escuchar, posibilitar el juego, el dibujo, el modelado, permiten dejar traslucir aquello que insiste. A veces, esta insistencia se da desde la marca, como búsqueda deseante, pero también puede darse la repetición del movimiento de desinvestidura, y nos encontramos con un vacío, con un recorrido desinscriptor, expulsor. Una palabra, un gesto, una acción del analista, pueden tener un efecto privilegiado operando como disparadores, articuladores, como apertura a lo innombrable, posibilitando el armado de una historia. Quizás una de las cuestiones fundamentales es esa : no se trata muchas veces de develar una historia sino de posibilitar que se comience a armar una historia. Armar una trama que implica develar muchas historias para poder construir una diferente. Es decir, trabajamos sobre los momentos mismos de la estructuración psíquica. Y las preguntas son muchas : ¿Cuáles son las transformaciones posibles ?. ¿Cómo operar sobre la estructuración psíquica previa a la estabilización de la divisoria intersistémica? ¿Cuáles son las defensas tempranas y cuáles las intervenciones posibles sobre ellas? ¿ Cómo abordar la consulta? ¿Quiénes son los consultantes? ¿Cómo conceptualizar los trastornos infantiles, diferenciándolos del síntoma y cómo abordarlos?. ¿Cómo trabajar con las patologías tempranas?. Y también: ¿Qué efecto especial promueve el "frente a frente" con el analista, el muchas veces "cuerpo a cuerpo", qué posibilita y qué obtura?. ¿Cuántas transferencias soportamos? ¿Cuántas contratransferencias ponemos en juego?. Y seguramente estoy enunciando solamente un recorte del vasto territorio que tenemos ante nosotros. "Tiene dificultades en la escuela ...", "Llora por cualquier cosa ...", "Quizás yo tenga la culpa ...", "Salió al padre ...", "¿Qué le pasa ?...", "¿Por qué esto a mí? ...", "¿Qué debemos hacer? ..." Y el consultorio se puebla de quejas, de pedidos, de reproches. Va apareciendo desordenadamente una historia y apenas si podemos vislumbrar de quién nos hablan, un alguien que, a veces, ni tiene claramente un nombre ("se llama ... pero le decimos ... y también..."), ni una fecha de nacimiento ("fue el ocho, no, el dieciocho, pero de otro mes"). Angustias, sensaciones de desesperanza ("ya probamos todos los métodos, desde castigarlo a mimarlo y no hay resultados"), temores, exigencias, inundan el consultorio. Como psicoanalistas, estamos convocados desde la primera llamada a escuchar un pedido. ¿A quién llaman, qué esperan?...Odios, amores, traiciones... se presentifican. Y uno puede intentar forzar un orden. Pedir datos, responder preguntas y tranquilizarlos y tranquilizarse con un "este niño está enfermo, necesita tratamiento, tantas dosis de sesiones, un cambio de colegio, que no se le dé de comer en la boca o que se lo saque de la habitación de los padres". Pero es claro que la teoría psicoanalítica nos enseña otras cosas. Por ejemplo, que no es la modificación de una conducta impuesta por otro la que puede generar cambios en la estructura psíquica. Que no será a partir de una indicación o de un consejo que alguien pueda hacer conciente sus deseos, que la sexualidad insiste en la búsqueda del placer y que no hay sentido común ni recomendación capaz de eliminarla. Y es que también aquí se trata de la sexualidad, de los deseos, de las prohibiciones. Lo que insiste en el juego de repeticiones es lo que vamos descifrando en el niño y en sus padres. Pero además, ¿quién detenta el saber sobre lo que se debe hacer con un niño? ¿Quién puede ubicarse como juez de amores y odios?. ¿Quién podría enseñar cómo ser mamá o papá ?. Intentaré fundamentar lo que pienso que es operar psicoanalíticamente con aquellos que consultan por un niño y con el niño mismo, entendiendo que el análisis no es una empresa moralizante, ni un desempeño autoritario para satisfacer demandas manifiestas. La propuesta es operar teniendo en cuenta la complejidad psíquica, tanto en niños como en adultos. Ubicarse como psicoanalista con los padres implica escuchar todo su discurso sin establecer privilegios a priori, intentar el rastreo en su historia infantil, dirigirse a ellos, no para dar información acerca de lo que supuestamente le ocurre a un tercero, sino remitiéndolos a sus propias vivencias, sentimientos e ideas. Así, aparece una queja: "N. está insoportable", y podemos preguntarnos: ¿Para quién?, ¿qué es lo que le resulta insoportable al que habla?, ¿qué experiencias puede relatar?, ¿cómo se fue construyendo en su historia el ser insoportable? Y no hay clichés posibles. Cada caso nos sorprende por la manera particular en que se entraman deseos, fantasías, normas e ideales y el modo en que esto a su vez se expresa en un trastorno o un síntoma. Al recobrar la infancia, las viejas y eternas pasiones, todo aquello que un niño reactualiza en un adulto va siendo traducido a palabras y reconocido como propio. Sólo la sobreinvestidura de las representaciones que determinan la conducta manifiesta de los padres podrá abrir, a través de la reorganización del campo representacional, posibilidades creativas en la relación con el hijo. El dejar abiertas preguntas e inquietudes posibilitará un camino reflexivo que una rápida respuesta, inevitablemente sustentada en la ideología de una determinada cultura, obturaría. Consultar por un hijo implica generalmente una herida narcisista. Herida que genera dolor. Aquel en que se depositaron los sueños, en el que se centraron las expectativas, ¿tiene dificultades? y, además, ellos, los padres ¿ no son suficientes para resolver sus problemas?. Un sinfín de ilusiones se derrumban. Ilusión del hijo perfecto, producto de padres ideales. Ilusión de que el modelo de niño se personifique y que colme y calme toda angustia. Y, a veces, la angustia es insoportable. Así, hay padres que tienden a sostener la desmentida. En lugar del dolor aparece entonces la negación de toda dificultad. "Venimos porque nos mandan", dirán. "En casa está todo bien, es perfecto. Pero la maestra dice que tiene que tratarse." Son otros adultos los que han dictaminado en estos casos que el niño tiene problemas y que requiere ayuda. Y la aceptación de este dictamen se torna insoportable. Desde los padres que afirman "es un sol, pero sufre" hasta aquellos que insisten : "es insoportable, es terrible, no hay nada que haga bien", todas las gamas y posibilidades se despliegan en la consulta. A lo largo de las primeras entrevistas, la historia de cada uno de los padres y su historia como pareja se presentifican en el relato que hacen de las dificultades del niño. Si pensamos estas entrevistas como anamnesis, lugar para recabar datos, o situación en que se establece una "alianza", estaremos operando con una teoría de la historia como acumulativa, con una idea de la constitución psíquica que nos lleva a buscar "hechos" traumáticos. Estaremos suponiendo que hay un registro "objetivo" de sucesos y por consiguiente, que los padres funcionan a pura conciencia. Pero si pensamos que la historia se construye y a la vez es una construcción retrospectiva de los acontecimientos pasados; que el psiquismo se va estructurando signado por vivencias que dejan huellas que se enlazan y reorganizan , que hay otros que erotizan, dan una imagen de sí, son modelos de identificación e imponen normas e ideales ; que cuando madre y padre hablan, Ello, Yo y Superyó están en juego ; que aquéllos que preguntan, piden, se quejan, están a su vez marcados en una cadena de repeticiones, tendremos que pensar que los padres también son consultantes y tendremos que escucharlos psicoanalíticamente. Fantasías, deseos (inconscientes y preconscientes), temores, identificaciones y repeticiones van desplegándose en tanto son escuchados como consultantes. La remisión a esa historia, la descripción de situaciones concretas vividas con el niño y la verbalización de fantasías (en especial acerca de lo que es para ellos ser madre o padre), produce transformaciones en el modo en que el niño es investido e identificado por los otros. En el pedido de que un niño sea curado está generalmente implícito un modelo adaptativo que se intenta imponer. Sólo podremos escuchar, y señalar las identificaciones que están operando, ya que aceptar el pedido nos colocaría en una posición imposible. Quisiera recordar lo dicho por Freud, en relación al análisis de adultos: "El médico analista puede, desde luego, alcanzar resultados positivos muy importantes, pero lo que no puede es determinar precisamente cuáles. Inicia un proceso, la resolución de las representaciones y puede vigilarlo, propulsarlo, desembarazar de obstáculos su trayectoria, o, también, en el peor de los casos, perturbarlo. Pero en general el proceso sigue, una vez iniciado, su propio camino sin dejarse marcar una dirección, ni mucho menos la sucesión de los puntos que ha de ir atacando". Las transformaciones, entonces, supondrán poner en movimiento un proceso que reestructure lo coagulado. Si lo que hacemos es desandar caminos para ir haciendo concientes los deseos, prohibiciones e ideales, hemos renunciado entonces a ese lugar de padres omnipotentes, jueces o magos que conocen el misterio del "niño perfecto". El lugar dado al analista del niño por parte de los padres posibilita pensar el lugar que se le ha otorgado al niño y el espacio psíquico que él ocupa. Hay veces que lo que predomina en ellos es la desmentida de la diferencia, de la existencia singular de ese niño, en tanto pérdida del niño maravilloso que nunca fue. La asunción de la maternidad y de la paternidad no son fáciles . Es siempre un lugar conflictivo, en el que se juegan deseos contradictorios, viejas identificaciones, antiguos modelos. Green, en De Locuras Privadas, afirma :"Lo que se demanda del analista es algo más que sus capacidades afectivas y su empatía ; es, de hecho, su funcionamiento mental, porque las formaciones de sentido han sido puestas fuera de circuito en el paciente." Que los padres incidan en el niño y que las vivencias ocupen un lugar fundamental, no implica pensar que es lo externo lo que determina el funcionamiento psíquico. En principio, es un interno-externo indiferenciado, pero en el que no podemos eludir el poder creativo de la psiquis. Cuando trabajamos con los padres, hablamos fundamentalmente de ellos y las referencias que hacemos al hijo son en función de conflictos de ellos que se entraman con los del niño. Y cuando trabajamos con el niño tendremos en cuenta qué es lo que hace el niño con su percepción de la realidad psíquica materno-paterna y con los juicios derivados de ella. ¿Qué escucha él de los padres, cómo los ve?. Muchas veces el niño desestima o desmiente algo de lo percibido o pensado y eso retorna de diferentes modos. Si como analistas debemos mantener la atención flotante, con los niños, con quienes ésto se hace bastante difícil, podemos hablar, como hacía Rodrigué, de una disponibilidad a jugar. O, mejor aún, de una disponibilidad a mirar y escuchar sin quedar atrapados en el pedido de los padres ni en objetivos pedagógicos. Disponibilidad a registrar el sufrimiento del niño. El modo de representar del niño es diferente al del adulto (o, al menos, al de la mayoría de los adultos). Hay predominio de representaciones visuales y cinéticas y son los padres los que tienen el recuerdo organizado de la historia (historia relatada diferente a la historia vivenciada). (P. Aulagnier). Ser el disparador de un armado: de la represión primaria y de la diferenciación intersistémica, del registro y la expresión de afectos, de la ligazón como freno a la pura descarga pulsional, estableciendo redes de pensamiento, de la puesta en juego de filtros para el exceso pulsional (de sí mismo y de los otros) es una meta diferente a : que donde era Ello advenga el Yo. Función estructurante del analista, que implica ligar (a través de la contención, de los imperativos categóricos, del funcionamiento en espejo, del poner en palabras, etc.) aquéllo que ha dejado huellas que incitan a la repetición del movimiento desinscriptor. Descifrar palabras, acciones, juegos, dibujos, pero también silencios y gestos supone conocer la estructura psíquica que determina esa producción y que, como vimos antes, seguramente excede al niño mismo. El frente a frente, casi un cuerpo a cuerpo, plantea cuestiones a ser pensadas. Gestos, pequeños movimientos, estados de ánimo, se exponen frente a la mirada del niño que es mirado. Deseos, defensas, identificaciones pueden expresarse de diferentes modos. En relación a la palabra, es necesario reflexionar sobre los diferentes lenguajes en los que está inmerso un niño (el lenguaje familiar, íntimo, que puede ser más o menos diferente al social, al de la cultura). El niño retrabaja el lenguaje de la cultura más el de la familia a partir de su propia erogeneidad y de sus defensas, realizando transacciones, lo que se debe tener en cuenta para la interpretación y para el valor que se le otorga a las palabras. Muchas veces, la palabra del analista tiene valor en tanto sea acorde con actitudes, gestos, tonos de voz, etc. (en tanto el niño suele registrar finamente estos elementos). Y está el juego... Medio privilegiado "para convertir en objeto de recuerdo y elaboración anímica lo que en sí mismo es displacentero" (Freud). Y los diferentes tipos de juego... que se dan muchas veces en una misma sesión y convocan estilos diferentes de intervención del analista. Pulsiones, destinos pulsionales, fantasías, pensamientos, se entraman en el juego infantil. Posibilitado por la diferenciación yo-no yo, por la capacidad de sustituir y de presentificar una ausencia, el juego posibilita la creación de enlaces representacionales, la apropiación del acontecimiento y la reorganización de las huellas mnémicas. En El Poeta y los sueños diurnos, Freud dice : "Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él". Es decir, reordenando viejos elementos (rastros de vivencias) el niño obtiene placer a través de una producción creativa. En Tótem y Tabú y a propósito del pensamiento mágico, Freud define el juego como alucinación motora. Y en Más allá del principio de placer dice : "La interpretación del juego (del carretel) resulto entonces obvia. Se entramaba con el gran logro cultural del niño : su renuncia pulsional (renuncia a la satisfacción pulsional) de admitir sin protestas la partida de la madre. Se resarcía, digamos, escenificando por sí mismo, con los objetos de su alcance, ese desaparecer y regresar"... "Respecto del juego infantil, (...) compulsión de repetición y satisfacción pusional directa parecen entrelazarse en íntima comunidad"... Entonces, repetición de lo displacentero para tornarlo placentero, repetición de lo placentero como intento de reencuentro con lo mismo e irrupción de desarrollos de afecto y actividad motriz desordenada cuando no es posible dominar el trauma. Y A. Green afirma que el juego del carretel se pudo dar porque hubo antes una madre que estuvo. Es decir, fue la presencia lo que posibilitó que la ausencia se transformara en juego. Podríamos decir que el juego supone la realización deformada del deseo, la sustitución en una cadena de representaciones, los destinos pulsionales tempranos (y entre ellos, privilegiadamente, la transformación pasivo activo), la construcción de un producto nuevo en base a una historia, el apoyo en objetos tangibles del mundo ( a los que se les otorga un sentido particular) y la posibilidad de ligar lo que irrumpió sin palabras. ¿Por qué el jugar está posibilitado en la sesión ? ¿Cómo interpretarlo ?. Si lo que proponemos es abrir un espacio en el que el despliegue fantástico de la sexualidad infantil pueda tener lugar, tendremos que escuchar y mirar sin una selección marcada por la censura ni por objetivos pedagógicos. El niño no viene "a jugar", pero el juego es, generalmente, el modo privilegiado de expresión de los niños y puede ser un instrumento fundamental en la sesión. Así, Gutton afirma :"El juego constituye el lugar de reencuentro privilegiado del psicoanalista y el niño, "camino real" donde se reencuentran sus inconscientes. No puede contentarse con las palabras de su propio lenguaje ; desde el primer contacto con el niño, el psicoanalista debe participar en el lenguaje lúdico que le propone". Podemos agregar la afirmación de Bion cuando dice que el analista "debe ser capaz de construir una historia, pero no sólo eso : debe construir un idioma que él pueda hablar y el paciente entender". Lenguaje lúdico que implica movimientos, gestos, miradas... Construcción de un idioma compartido... A la vez, diferentes tipos de juegos nos pueden ir mostrando diferentes funcionamientos. Juego, dibujo, modelado, no son objetivos en sí mismos, sino modos de expresión que nos posibilitarán meternos en un mundo en que la compulsión a la repetición insiste, las fantasías organizan lo visto, lo oído y lo vivenciado y las posibilidades traductoras toman formas particulares. Pero hay niños que no juegan, ni dibujan, ni hablan. Es como encontrar algo de la insistencia de la muerte allí donde uno esperaría encontrar sólo vida. Con ellos, se da un trabajo de "despertar" a un otro que permanece en una especie de estado de somnolencia. Y cuando logramos despertarlo, no aparecen los cuentos de hadas ni las historias heroicas sino que lo que estos niños nos muestran son fragmentos detrás de las murallas. Atravesamos la barrera (que no es represión sino más bien un movimiento de rechazo de todo lo que no pueda ser englobado en el sí mismo precariamente armado) y nos encontramos con islas representacionales. El despertar al otro es aquí una intervención estructurante en tanto tome en cuenta los tiempos y los ritmos del niño. Y están los niños que sólo responden a secuencias rítmicas... O los que irrumpen en el consultorio con un movimiento imparable y desorganizado... Con cada uno de ellos el quehacer del analista va tomando formas diferentes. También van a ser diferentes las intervenciones con un niño que no atiende porque no diferencia estímulo de pulsión y vive en un magma indiferenciado, al que habrá que marcarle las diferencias, ayudarlo a investir el mundo, nombrarle los diferentes objetos enfatizando y modulando diferentes ritmos y tonalidades, a aquellas intervenciones con un niño que no atiende porque está atento a todo, que vive en un mundo en el que toda sensación, toda percepción, cobra una dimensión excesiva, como si fueran múltiples estímulos aguijonéandolo, con quien el tono de voz y la actitud del analista puede ser suave, monocorde, apuntando a la contención y al sostén, hasta que el niño pueda escuchar tonalidades. Entonces, las intervenciones del analista con el niño podrán abarcar un amplio repertorio de intervenciones no-verbales: acciones, operaciones lúdicas (participación en el juego e interpretación a través del mismo), apelando al dibujo o al modelado, así como intervenciones verbales (señalamientos, verbalizaciones, interpretaciones y construcciones), teniendo en cuenta el tono de voz, la modulación, etc. Desde ir cambiando de a poco un juego repetitivo, seguir un ritmo y armar un diálogo con sonidos, nombrar afectos, nombrar partes del cuerpo, delimitar espacios, diferenciar el cuerpo propio del cuerpo del niño, posibilitar el despliegue lúdico, hasta instaurar imperativos categóricos,... todas estas son intervenciones posibles. Palabra, juego, dibujo,... serán modos diferentes de articular, de dejar traslucir, aquello que insiste...¿desde la marca, como insistencia pulsional? ¿o desde el agujero, un vacío que reclama ser zurcido?. A partir de las señales sensoriales se irá tejiendo una trama, ligando lo que nunca tuvo palabras. Armado de una trama, de una red representacional que opere como sostén, como garantía frente a la irrupción pulsional, frente a la insistencia de lo no-representado... ¿será el fin del análisis o tan sólo su comienzo?. Fin de un análisis... posibilidad de otro... Un recorrido estructurante posibilita un espacio en el que "hacer conciente lo inconciente" tendrá lugar. Algunas veces, es desde el trabajo psicoanalítico con los padres que ésto se va posibilitando, en tanto se develan historias que, en su silencio, obturan conexiones en el niño mismo. Otras, predomina el trabajo con el niño mismo. Con diferentes intervenciones, a lo que tenderemos es a que se pase del devenir expulsor al entramado de Eros, del cortocicuito ciego, la tendencia al cero, a la mayor complejización posible. Así, cualificar la excitación, nombrar afectos, ser disparador del armado fantasmático, son tareas del analista que trabaja en momentos privilegiados de la estructuración. Es en este sentido que podemos decir que operamos sobre "lo constitucional" , sobre lo que será "prehistoria". Simbolizar, traducir, resignificar, abrir nuevos recorridos en una complejización creciente, conectar, arborizar, es tarea de Eros. Interpretaciones, construcciones, señalamientos... Palabras, gestos, movimientos del analista irán produciendo desfijaciones, desidentificaciones, posibilitando el entramado de redes, mediatizaciones, la instauración del principio de placer, la ligazón de lo traumático. Tanto a través del trabajo con los padres, o con uno de ellos, como con el niño mismo, de lo que se trata es de ir deconstruyendo-construyendo, modos de funcionamiento en los que predomina el sufrimiento por otros más creativos y placenteros . Entonces, curar no es hacer que el otro responda al modelo propio, tampoco al de los padres, ni al de los maestros, ni implica obturar o tapar conflictos. Por el contrario, implica que cada uno arme "su" propio camino. Y esto no implica un invento novedoso sino el desarrollo de las máximas posibilidades traductoras, ligadoras, mediatizadoras, para la asunción de sus propias determinaciones. Esto implicará tomar caminos imprevistos, que pongan en movimiento un proceso que reestructure lo coagulado |
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