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La psicología y los psicólogos en la Argentina 
Hugo Vezzetti

. Psicología


Fuente: Bazar Americano

En líneas generales, la psicología en la Argentina se ha constituido a través de una historia escindida en dos tiempos (1). El primero es el tiempo del nacimiento, desde fines del siglo pasado, en un marco globalmente "positivista", de una psicología sin psicólogos, o sea, de una disciplina de conocimiento, incorporada a la enseñanza universitaria y tensionada entre la medicina, la pedagogía y las ciencias. En un segundo momento, desde finales de la década del cincuenta, es decir hace apenas cuarenta años, se construye otra historia, a partir de la creación de las carreras universitarias de psicología y la consiguiente organización profesional: allí comienza la historia de los psicólogos. Estos dos momentos han permanecido separados e incomunicados, de modo tal que una historia que busque reconstruir, en una perspectiva de largo alcance, tanto la dimensión del saber y el pensamiento como de las prácticas y las instituciones, debe enfrentar las consecuencias de esa separación.
El I Congreso Nacional de Psicología, en 1954, puso en evidencia un interés bastante amplio por la disciplina y terminó recomendando la creación de carreras universitarias de Psicología en las universidades argentinas. La nómina de los participantes locales alcanza para ver que en esa aspiración coincidían representantes de disciplinas ya constituidas (la filosofía, la pedagogía, la psiquiatría médica y algunos psicoanalistas) y que, en todo caso, no había un proyecto claro ni un grupo en condiciones de asumir el papel de fundadores o refundadores de una tradición disciplinar y profesional que pudiera compararse a lo que había sido aquella primera etapa, positivista, de la psicología.
En Buenos Aires, como es sabido, hay una implantación de psicoanálisis en la carrera de psicología, hacia los años sesenta, que no coincide con el comienzo de la carrera; esa implantación va a contribuir a proporcionar un perfil definido y orientado hacia la clínica. A partir de ese relieve del psicoanálisis y de su papel en la conformación del perfil profesional de los primeros graduados, la historia de la psicología -y de los psicólogos- se encuentra con la del psicoanálisis. En efecto, una condición de esa implantación en los estudios universitarios en psicología es la trayectoria particular de la disciplina psicoanalítica, iniciada unos años antes, en una vía de derivación que la orienta hacia fuera del campo psicoanalítico. Ese movimiento va a llegar a la carrera de psicología a través de algunas figuras, especialmente Bleger (pero también Libermann y Ulloa), aunque es claro que ese "encuentro" forma parte de una etapa de reordenamientos y mutaciones más extensos.
Lo primero que puede decirse es que ese movimiento de derivación del psicoanálisis a la carrera de psicología no nace en la universidad sino en una expansión pública que tiene diversos focos. El primero involucra el movimiento de renovación del campo psiquiátrico, que se expresa en el discurso y las prácticas de la "salud mental". El segundo foco se corresponde con el surgimiento de una peculiar "psicología social" y un movimiento grupalista, sostenidos en la trayectoria y la enseñanza de Enrique Pichon Rivière. Y es claro que ese ciclo renovador, que va a involucrar, a la vez, a la psiquiatría, el psicoanálisis y la psicología académica, se produce en un contexto cultural dominado por una sensibilidad de cambio; algo que se pone en evidencia en el modo en que ciertos medios de comunicación (notoriamente, la revista Primera Plana) traducen y exaltan un cierto estado de las "demandas" de un público de capas medias que busca modernizarse.
En los comienzos de la carrera de Psicología en la UBA, la figura de su primer director, el Dr. Marcos Victoria, es la ilustración misma de la ausencia de un perfil disciplinar claro. Formado en la psiquiatría y la psicopatología tradicional, sus incursiones en algunos temas de la psicología que le era contemporánea venían acopladas a una relación divulgadora que carecía de cualquier propósito de investigación y de consolidación conceptual o profesional de la psicología. En todo caso, fueron los primeros alumnos de la carrera quienes cumplieron un papel decidido en el cambio de perfil y en la profundización de una orientación hacia el psicoanálisis.
Es claro, entonces, que faltaba en la carrera un grupo académico o profesional consecuentemente identificado con el interés de fundar una nueva disciplina, con un perfil formativo y profesional autónomos. Brevemente, puede decirse que se daba una coexistencia de patrones y orientaciones diversas, entre el perfil de una formación orientada a la enseñanza, una actividad técnica auxiliar de la medicina y la psiquiatría, el modelo de las ciencias sociales, cercano a la recién creada carrera de sociología, o el perfil de una disciplina básica orientada a la investigación. Es esta "vacancia" la que va ser cubierta, transitoriamente al menos, por el actor estudiantil, el cual contribuyó decididamente a la incorporación de José Bleger y al perfil de un "nuevo psicoanálisis", que no se identificaba con el que se llamaba "ortodoxo", es decir, el de la APA.
Esa extensión inicial del psicoanálisis (la creciente intersección con discursos de las ciencias sociales, la penetración en la carrera de psicología de la UBA y la inclusión "integradora" en zonas del dispositivo hospitalario) se caracterizaba por una notoria vocación pública en la definición de los problemas y las estrategias de intervención. Es claro que ese relieve de lo público era un rasgo que dominaba un campo cultural y político en transformación. En ese sentido, el lugar de la universidad de esos años era altamente simbólico en la promesa de proyectar sus saberes y prácticas en un espacio general de producción de conocimientos y de promoción de valores. Más allá de los resultados que la universidad produjo, anunciaba como posible un saber construido y socializado en un marco institucional democrático y una vía de aplicación de ese nuevo conocimiento en la reforma de la sociedad. Y aunque esas iniciativas circularan en un ámbito grupal reducido, virtualmente aspiraban a encontrar -y a construir- un público destinatario socialmente ampliado.
Bleger encarnaba bien esa tendencia ampliatoria en lo teórico, a través de la relación del psicoanálisis con el marxismo, pero también en lo social e institucional a través del rol proyectado del psicólogo como un profesional que debía actuar en el espacio público. Pero, además, Bleger se proponía un fundación propiamente teórica de la disciplina y su Psicología de la conducta era la expresión ambiciosa de una psicología general sistemática que debía ser capaz de superar la fragmentación del campo de la psicología. Se enfrentaba, entonces, con el problema de fundar una tradición para la psicología argentina en un momento en el que no había quedado casi nada de las raíces de la disciplina nacida con los principios del siglo. Y en cierto sentido, reiteraba, ampliado, el gesto fundador de José Ingenieros cuando escribió los Principios de psicología. En su afán sistematizador y en su voluntad "omnicomprensiva", tiene algo de esa voluntad de sistema que dominaba la obra de Ingenieros. Ambas mantenían una relación directa con los proyectos -en tiempos distintos- de implantación académica de la disciplina, ambas pretendieron cumplir una función fundadora (algo que, en el caso de Ingenieros, se prolongaba en su lugar de primer historiador de la psicología) y, lo que es más, ambas encontraban en la extensión hacia la filosofía (en el positivismo evolucionista en un caso, en el materialismo dialéctico en el otro) el fundamento para una ubicación de la disciplina que permitiera dar cuenta de su integración en un orden de totalización que se prolongara doblemente: hacia lo biológico y hacia lo social

Página/12, 15/10/98; se reproducen en este artículo fragmentos de un trabajo más extenso: H.Vezzetti, "Los estudios históricos de la psicología en la Argentina", Cuadernos Argentinos de Historia de la Psicología, San Luis, vol.2, n°1/2, 1996


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