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Índice La Desesperanza Creativa y la Detección del Problema La
necesidad de fomentar el Autoconocimiento en las situaciones temidas, las palabras y las valoraciones Relación costo-beneficio por controlar emociones respecto del Significado en la Vida
Introducción En
primer lugar, decir que todo lo que sigue no trata de ser una receta para
aplicar tal cual a los pacientes que nos vayan viniendo. Cada cliente
necesita de su propio análisis y una aplicación a medida de los
objetivos marcados, amén de que es la propia dinámica de las sesiones la
que te va proporcionando los momentos más idóneos para introducir estos
objetivos. Cuando un psicólogo se limita a dar sus pasos
independientemente de los momentos y demandas de la persona que tiene
delante, se acaba convirtiendo en un profesor que imparte su clase
magistral y acaba por no conectar con sus alumnos. Más información sobre
este punto se puede encontrar en los artículos sobre PAF. El
sustento de la terapia es la función del lenguaje sobre uno mismo, es
decir, el autoconocimiento y la valoración. Somos enseñados a notar y
darnos cuenta de lo que nos ocurre, la comunidad nos enseña a hablar de
sentimientos y emociones. Cómo se produjo este aprendizaje, es importante
para la terapia, pero lo fundamental es qué función se da a esa
discriminación de sentimientos, es decir, cómo se reacciona ante ella.
La terapia contextual no se atiene al criterio de los “déficits” o
“excesos” conductuales como definición de los problemas, la solución
consistiría en el cambio del contexto en el que se producen las
conductas, por tanto la solución podría pasar, o no por la modificación
de las conductas. De acuerdo con los supuestos conductistas, lo decisivo
es la función de la conducta no sus formas (por ejemplo, una conducta tan
simple como tomarse una aspirina es irrelevante por sí misma, lo
importante es la función que cumpla, esto es si me sirve para aliviar
malestar, para evitar enfrentarme a situación conflictiva,...), y la
función es cuestión del contexto. Según
Kantor cuando las personas se hallan “atadas” a los sentimientos,
ocurre que han tomado por emociones lo que sólo son sentimientos (la
reacción emocional paraliza la acción al menos por breves segundos,
mientras que el sentimiento es una respuesta a la función verbal de los
estímulos o circunstancias que no paralizaría la acción). Un análisis funcional permite a partir de información correlacional (por ejemplo “me tomo una pastilla porque me siento mal”) establecer: 1.
Las condiciones en las que se aprendió a decir “me
siento mal” 2.
Las condiciones determinantes de “tomar pastillas” 3.
Las condiciones responsables de la relación entre los dos puntos
anteriores Las
relaciones entre comportamientos como sentir, pensar y hacer o actuar, se
establecen arbitrariamente en la historia individual por las contingencias
que operan las relaciones. Igual que existe la relación, ésta puede
romperse al generar otras relaciones y sin que sea necesario cambiar los
contenidos de los pensamientos, ni cambiar el aspecto formal de
sentimientos aunque si su función. Uno
de los pilares de ACT es que el paciente acepte su conducta verbal, fuere
cual fuere, actuando hacia sus propios valores. Se
realiza una taxonomía de la conducta verbal con el único fin de
facilitar su análisis por parte del terapeuta. Taxonomia
de la Conducta El
objetivo es que el paciente genere interpretaciones de su propio
comportamiento, con el objetivo de generar autoconocimiento.
Los problemas se entienden sobre las (des) ventajas de ser personas verbales, se señalan varios problemas, serían los contextos dados por la comunidad verbal en los que tienen lugar los problemas:
Las causas de la conducta tendrían que encontrarse fuera de la conducta misma, la explicación de una conducta por otra incurre en la recurrencia, las causas de la conducta se encuentran en las contingencias. Se
establecen cinco componentes esenciales de ACT, son los siguientes: 1.
Generar una desesperanza creativa, activa. 2.
Notar que el control de los pensamientos, de las emociones, es el
problema. 3.
Discriminar entre el yo como contexto y el yo como contenido. 4.
Elegir valores y tomar una dirección. 5.
Compromiso y cambio (ruptura). Los componentes anteriores se conjugan en las dos líneas maestras de esta terapia: la aceptación sin límites (de lo que no puede o no quiere cambiarse por el costo de la operación) en el contexto del compromiso de cambio, es decir actuar hacia valores. Ambos objetivos quedan ejemplificados, a lo largo de la terapia, por el énfasis que se hace sobre la metáfora de dos escalas necesariamente presentes, y que se mantienen dependientes una de la otra en los clientes pero deben independizarse durante la terapia. Son las escalas que traen a colación el nivel de angustia, ansiedad y desasosiego producido funcionalmente por cualesquiera situación o pensamientos, y la escala de actuar en relación a las cosas que dan sentido a la vida de cada uno. A lo largo de la terapia el cliente lleva una especie de diario con anotaciones por ejemplo de momentos y pensamientos desagradables,.. dándoles un valor en cuanto al grado de ansiedad y sufrimiento, así como todo lo que hace para acabar con ellos, valorando la efectividad de esas acciones en el día. Cada sesión se comienza revisando este diario y observando la evolución del cliente la dirección que se intentó la semana anterior. Es conveniente elaborar escenas de eventos relevantes a la evitación emocional en cuestión. Estas escenas se utilizarán semanalmente, al principio de cada sesión, para que el cliente valore la reacción emocional y su voluntad o “gana” de experimentar en este contexto. Al comienzo de cada sesión se aplica también un cuestionario sobre el miedo y un inventario de estado y al final cumplimenta otro relativo a la sesión misma. La
Desesperanza Creativa y la Detección del Problema El
cliente ha de advertir que lo que desea (quitarse la ansiedad, los
pensamientos, los sentimientos de malestar…) no es algo que pueda ser
obtenido, no es la solución a su problema sino al contrario, sus acciones
ejercitadas a diario para escapar son exactamente el problema (y se dice
que ha trabajado duro muy duro para quitarse el malestar, el agobio pero
¿qué ha conseguido?). Tras las primeras ocasiones en las que lo aplico,
me doy cuenta de que lo hago mal, los pacientes me informan de que están
constantemente dándole vuelta a las cosas, dudando. En
el caso de personas atrapadas en recuerdos (por ej. Duelo patológico) se
puede introducir la metáfora de los dos corazones: Metáfora
dos corazones: “puedes tener un corazón para recuerdos y
sentimientos de todos tus seres queridos con consecuencias positivas o
tenerlo sólo para el dolor y recuerdos, desterrando al resto de seres
queridos importantes, con consecuencias negativas” En
los casos de clientes con síntomas psicóticos (alucinaciones, delirios)
se puede utilizar, sobre todo en la etapa inicial, de la paradoja. Por
ejemplo ante alguien que escucha voces se le puede decir que él jamás ha
tenido voces porque ha estado siempre luchando contra ellas, que es
también por lo que está en terapia; y por tanto, no las ha llegado a
experimentar tal cual son. Por supuesto, evitando cualquier tono
condenatorio. Al explicarles la diferencia entre una terapia
farmacológica y una psicológica, se le dice que por ser la terapia
psicológica un lugar en el que su participación
resulta fundamental, le pediremos que haga menos cosas, que deje de hacer
muchas de las cosas que estaba haciendo (en clara referencia a evitar
pensamientos negativos). En
las primeras sesiones puede resultar interesante explicar de alguna forma
las metáforas, por ejemplo se puede decir: “vas en el autobús y te vas
peleando con los pasajeros en tu intento de no tener pensamientos
negativos”. El terapeuta habrá de recoger y así tener presente (incluso como esquema escrito entre el cliente y él) todas las emociones, los pensamientos de interés y actuaciones de manera que quede ejemplificado abiertamente todo lo que ha hecho y hace para solucionar lo que cree que es el problema. La
angustia sentida es la ocasión para evitar o escapar, pudiendo haberlo
hecho de muchas maneras (por ejemplo drogas, alcohol, pastillas,
acostarse, llorar, pedir ayuda, ir al médico, agredir, insultar, …). Ha
de quedar presente lo que el paciente consigue con ello de forma inmediata
(seguramente algo de alivio) y a largo plazo lo que es importante en su
vida. La
lógica es, que el cliente no puede conseguir lo que busca, algo que le
alivie su malestar. Este estado de desesperanza ha de ser real, no es
razonado, ni comprendido, es decir, no podría ser fruto de la
instrucción por sentir desesperanza, sino que ha de ser sentido por el
cliente y así provocado por el terapeuta, y
por tanto real. El cliente debe darse cuenta que todos sus intentos
han sido baldíos. En
esta fase el terapeuta debe estar muy unido al cliente en este estado de
desesperanza. Cuando
quedan planteadas todas las estrategias utilizadas por el paciente, es un
buen momento para ir introduciendo las metáforas de forma cuidadosa. Este
sentimiento de desesperanza es un aspecto que ha de ser cuidadosamente
manejado por el terapeuta a varios niveles, primero ha de quedar claro que
es la comunidad verbal quien desde la más tierna infancia va perfilando
estrategias en torno a lo que conscientemente se valora como negativo (la
angustia, tener sentimientos y pensamientos negativos, sentirse inseguro,
ciertos aspecto físicos, ciertos recuerdos,…). La comunidad verbal
instaura soluciones lineales, “cuando algo va mal elimínalo porque todo
problema tiene sus causas pero estas conexiones lineales entre sucesos no
funcionan en el mundo psicológico, incluso ésta puede ser la base del
problema. En segundo lugar, se ha de advertir explícitamente que lo
anterior no significa que en otras facetas de la vida, las acciones
conscientemente emprendidas para eliminar o evitar calamidades no sean
efectivas, de hecho el cliente tendrá experiencia en numerosos ejemplos a
este nivel, y en ellos debe focalizarse el terapeuta. Es decir, se trata
de hacer explícito que a veces nuestro sistema verbal (en forma de
descripciones o habla pública o privada en torno a qué hacer para
conseguir x, o evitar x) es efectivo mientras que en otras ocasiones (al
referirse al funcionamiento de los pensamientos, sentimientos y recuerdos)
puede no ser eficaz. Por ejemplo, cuando duele una muela, o molesta algo
encima de una mesa, o molesta una música o un programa de TV, uno
simplemente lo quita y desaparece el problema. Igualmente la
planificación es útil para evitar errores cuando se trata de evitar una
enfermedad, o conseguir unos estudios, o planificar un viaje, pero la
planificación deliberada para no tener o para “quitarse de encima” un
sentimiento o evitar un recuerdo es inútil. Se
utilizan ejercicios para ejemplificar el acto paradójico de no querer
tener algo: es tenerlo. Por ejemplo, se le dice “no piense en números o
en el mar o en elefantes, ¿en qué piensa?”. Una
de las metáforas que trata de hacer ver esta situación es la de las dos
escalas. Metáfora:
“imagine dos escalas (como el volumen y el tono de un estéreo)
siendo una la “ansiedad” (o la depresión o la obsesión) y la otra la
“voluntad” o “gana”, graduables de 0 a 10. La ansiedad está al
máximo y desearía rebajarla (por eso busca ayuda). Sin embargo la otra
escala de la que no se ha hablado es la más importante y la que hace la
diferencia. Cuando la ansiedad está a 10, la gana está a 0. La meta es
conseguir cambiar el foco de atención de la ansiedad a la gana. En
concreto, lo conveniente sería centrarse únicamente en esta segunda
escala y olvidarse de la ansiedad (con cuya escala siempre ha tenido
problemas). Cuando haga esto yo le garantizo que su ansiedad podrá estar
baja o alta pero no estaremos intentando cambiarla. Otra
de las metáforas esenciales para mostrar el efecto paradójico del
lenguaje y de querer controlar las emociones y los pensamientos es la
metáfora del polígrafo. Las metáforas han de ser presentadas en
relación a algún comportamiento del cliente que pueda ser clínicamente
significativo y la comprensión de las mismas las ha de realizar el
paciente por sí mismo, nunca de forma instruida. Metáfora:
supongamos que un cliente menciona al hilo de la provocación de la
desesperanza creativa algo como “el problema es que no puedo parar mis
pensamientos, no consigo controlar mis emociones...”. Se puede señalar
ahí lo siguiente: “Imagina que estas conectado a una máquina que
indica tu nivel de ansiedad. Supón que cuando la ansiedad llega a un
punto x, entonces la máquina activa una pistola que apunta directamente a
tu cabeza. En esa situación, te pido que hagas todo lo que está en tu
poder para no ponerte nervioso, ni un ápice. ¿Qué crees que
ocurriría?......”. la respuesta del paciente debe ser “no duraría ni
un minuto”. Se le indica entonces que él tiene una máquina aún más
poderosa para detectar su ansiedad (su sistema verbal) de forma que esa es
la paradoja o la trampa de las acciones para controlar ciertas cosas, que
no otras. Se pueden proponer para casa la autoobservación de sus intentos por controlar los pensamientos y reacciones emocionales del estilo por ejemplo, “si no pensara esto, no me sentiría así” o “si no sintiera tal, haría esto otro”. El propósito no es su modificación sino el registro. En
esta fase, el terapeuta ha de actuar directamente en relación a
diferentes señales que ofrezca el comportamiento del cliente, como
confusión, sentimiento de estar en la desesperanza, racionalizar la
terapia, cuando esta ha de ser básicamente vivencial. En definitiva,
reacciones puntuales por parte del terapeuta para bloquear, y dejar sin
función, los razonamientos, excusas sobre su problema, o cualquier
intento por racionalizar la terapia por parte del cliente. Algunos
ejemplos de reacciones directas por parte del terapeuta pueden ser
preguntar ¿qué siente ahora?. Ante razonamientos o excusas sobre el
problema, que no será más que una parte del problema, puede
preguntársele, ¿de qué le vale decir tal y tal? ¿y si fueran otras
razones, qué cambiaría?, o “¿lo que estas haciendo ahora se parece a
lo que sueles hacer, cavar?. Ante
afirmaciones de la comprensión de esta terapia en esta fase inicial han
de introducirse preguntas que garanticen la confusión como estrategia
para romper el contexto de los problemas y que el cliente pueda actuar
desde otro marco. Por ejemplo, se le dirá: “si lo comprende, entonces
no es”, esta terapia no es para comprender es para actuar, ya se verá.
Más aún, si señala que entiende al terapeuta, que está de acuerdo con
él, se le dirá “no crea una palabra de lo que digo, no es una
cuestión de creer, si funciona ya se verá”. El objetivo es, conducir
al cliente a la experiencia, a la actuación sin que sea instruido para
hacerlo sino a través de una firme ruptura de la raíz de las relaciones
entre comportamientos que son desadaptativos, generando tal ruptura por el
manejo de ejercicios y metáforas que sitúen las relaciones pasadas en un
contexto nuevo. Más situaciones propicias para actuar durante la sesión,
son las señalada como CCR en FAP (silencios, vacaciones,....). Una de las metáforas clave para generar sentimiento de desesperanza creativa es la del campo de hoyos. Planteada la radiografía del problema, el terapeuta planteará ¿cuál es el problema de todo aquello? Y tras algunos segundos de confusión y silencio, se puede indicar algo así como “veamos si esto ayuda” y se plantea la metáfora más adecuada al caso. Metáfora:
(Los comentarios entre paréntesis son añadidos que no se facilitan al
paciente) un hombre camina por un campo de hoyos con los ojos vendados (se
trata de poner al cliente en la situación de que el campo de hoyos es la
vida pero no se sabe donde están los hoyos (situaciones de dolor,
angustia y ansiedad) aunque no queremos caer en ninguno de ellos). Se le
provee de una pala (que es el equivalente a las reglas verbales que la
gente sobre qué hacer si sentimos malestar, por ej no pensar). Vendado y
con la pala, el hombre cae en un hoyo y quiere salir de allí porque
no le gusta y además, estar allí le impide hacer lo que es
valioso en su vida. Pero ¿qué puede hacer con la herramienta que tiene?,
sólo cavar, pero al cavar resulta que consigue hacer el hoyo más grande,
no importa que cabe en distintos sitios del hoyo o de distintas formas. No
obstante, a veces tales acciones, sirven para salir del hoyo (valen a C.P:)
pero vuelves a caer en otro. El problema no es la herramienta, el problema
es que sólo sabe cavar, quitar tierra (eliminar lo que molesta, hacer lo
que sea para reducir el dolor), y paradójicamente lo único que consigue
es hacer el hoyo más grande. Se hará explícito que él, y sólo él,
sabrá cuando está cavando, lo notará en su corazón, en sus entrañas
(el terapeuta puede colocar sus manos en el abdomen). Sólo aprenderá
otras formas que no sean cavar desde un conocimiento profundo del
sentimiento que le produce cavar. Por eso no se pueden proporcionar en ese
momento las fórmulas que el cliente solicita para aliviar su dolor, de
hacerlo sólo las usaría para cavar. Desde este momento, durante la
terapia el terapeuta indicará al paciente cada situación en la que esté
cavando. A partir de aquí el curso de la terapia puede ser muy variable, en función de cómo resulte la historia de cada paciente sobre el autoconocimiento, puede ser que se comience a actuar en la dirección valiosa o que esto no ocurra. Resulta imprescindible la exposición a los sentimientos y pensamientos más dolorosos y las situaciones más desagradables. Todos los ejercicios y exposiciones irían precedidos de metáforas. La
necesidad de fomentar el Autoconocimiento en las situaciones temidas , la
literalidad de las palabras y las valoraciones Se
trata de llevar al cliente a vivir la perspectiva, o el autoconocimiento
en cuanto que él, es y será siempre un lugar en el que ocurren
pensamientos, sentimientos, apetencias, se realizan actividades variadas,
es decir, a diferenciar el yo como contexto y el yo como contenido. El yo
como contexto es un lugar que siempre es el mismo, como un testigo u
observador del contenido producido a lo largo de la vida, es decir, es
observador de los sentimientos, pensamientos, recuerdos, etc. Un posible
ejercicio a proponer, relacionado con el tema, es el llevar diario en el
que se anoten los momentos en que el cliente se note pensando
pensamientos. Hablamos de diferenciar entre ser y estar. Con los diversos
ejercicios a realizar, se busca que el cliente perciba al observador
consciente que hay en él, el objetivo es enseñarle o fomentar el
distanciamiento. Se pueden introducir las dos escalas para distinguir
entre (el contexto de) la persona y la (ocurrencia de la) conducta, entre
ser-ansiedad y estar comportándose ansiosamente (entre ser-pensamiento y
pensar-pensamientos). Metáforas
como la del tablero y las fichas serían muy útiles. A lo largo de la
terapia se realizan preguntas en referencia al nivel en que se halla el
cliente: tablero o contexto y fichas o contenido. Cuando interesa que el
sujeto se dé cuenta de lo que está haciendo, por ejemplo, se atisba la
presencia de un sentimiento negativo o positivo (se percibe que el cliente
baja los ojos, suspira, etc.). En ese momento el terapeuta podría
preguntar por lo sucedido, qué siente o qué ocurre, y en relación a
qué, si es algo familiar en su vida. Incluso, si fuese el momento,
generar la condición para que el cliente afronte el sentimiento, primero
percatándose de él y después actuando en la dirección apropiada, sin
necesidad de manifestaciones públicas al respecto. Metáfora:
sobre el juego del ajedrez. Supongamos un tablero y las figuras de
ajedrez. Se constituiría una partida en la que dos bando intentarían
vencer. Un bando de esos, “el bueno”, representaría los sentimientos
de control y los pensamientos de autoconfianza que quieren ganar la
partida a la ansiedad, las obsesiones y demás “figuras malas”. En
verdad, se trataría de una partida sin final, por cuanto que las piezas
no pueden desaparecer del tablero. Se le llama la atención al cliente
acerca de si esta metáfora alude, de alguna manera, a su situación. Se
le preguntaría con que se identificaría en ese juego. La única
respuesta aceptable sería el tablero. Pero sería perfecto que se
identificase con una de las partes, probablemente, con la ansiedad. Si
acaso, se le haría la insinuación, por ejemplo, “¿qué hay del
tablero?”. Se le resituaría en la perspectiva del contexto o tablero y
se le cuestionaría por sus opciones: deshacerse de las figuras o
contemplar el juego sin estar particularmente implicado. A propósito de la aceptación de pensamientos negativos, otra metáfora válida es la del puzzle. Metáfora del puzzle. “se compara a la persona con un puzzle en el que hay muchas piezas, algunas de un color que no gusta al cliente y, por tanto que intenta alejar, no usar. Lo cierto, sin embargo, es que sin esas piezas el puzzle está incompleto, no se puede terminar y, posiblemente, el color de las mismas cobre un buen matiz en el conjunto del puzzle, eso es algo que nunca se sabrá hasta que no se complete el puzzle. Lo que si es seguro es que una vez encajado el puzzle, las piezas perderán ya tal carácter de pieza al no poder ser contempladas sino dentro de una estructura mayor que las supera (puzzle). En definitiva, quitar las piezas del puzzle que nos molestan no es la solución. Las sesiones y la vida no funcionan como una suerte de cirugía estética que logra arrancar lo que no nos gusta.” En cualquier momento de la terapia en el que el cliente manifieste comprender lo que intentamos comunicarle, le diremos que no se trata de comprenderlo ni de dejarse llevar por sus creencias o las nuestras, lo único válido es su experiencia. Con respecto a la "distancia cognitiva" hay que tener cuidado porque es muy fácil que acabemos ensañando técnicas de distanciamiento como los cognitivos enseñan técnicas de distracción. A mi juicio, la distancia que uno guarda con respecto a sus pensamientos es una cuestión conductual. Uno coge distancia a medida que se comporta según sus valores y con independencia de los pensamientos que uno tiene. Es algo parecido a hacer dieta. La única manera de que uno vaya teniendo menos hambre es no comer cuando tiene mucha hambre. Un ejercicio que suele ir bien para ilustrar el tema del distanciamiento es el de "sacar la mente a dar un paseo". Se suele empezar preguntando al cliente cuántas personas hay en la habitación. Generalmente, el cliente responde que 2. Entonces el terapeuta le dice que no, que en la habitación hay 4 personas: "yo, tú, tu mente y mi mente". Se propone al paciente que primeramente el terapeuta va a hacer de la mente del cliente. Después el paciente hará de mente del terapeuta y, por último, cada uno de los dos irá sólo dándose cuenta de que existe una mente que nos está hablando continuamente. La única regla del ejercicio es ésta: El que haga de persona nunca puede discutir con la mente, le diga la mente lo que le diga. Se sale, pues, a dar una vuelta por la calle. El terapeuta va detrás del cliente y le va diciendo los pensamientos habituales que tiene el paciente, intentando decirle justamente los que más le duelen. Es importante que el cliente no entre a discutir con la mente (el terapeuta). Si lo hace, el terapeuta le recuerda la regla: "Nunca debes discutir o hablar con tu mente". El objetivo es que el paciente se comporte conforme a sus objetivos, independientemente de lo que tú (mente) le digas. Después cambiais roles: Tú haces de persona y él de mente. Generalmente a los clientes no se les suelen ocurrir muchas cosas como mentes. Por último os separáis 5 minutos y, cada uno por separado, va notando que tiene una mente que le habla, que le critica, que le amenaza, que le evalúa, que predice lo que va a ocurrir, etc.. Otra posibilidad es hacer el ejercicio de mirar a los ojos del terapeuta en silencio durante varios minutos, a la vez que se notan pensamientos y emociones, inicialmente se hace ver al paciente la importancia de mantenerse en el ejercicio como una acción en dirección a los valores en terapia (resolver el problema). Ejercicios relacionados con exposición a altos niveles de ansiedad, tal vez con un orden jerárquico, se realizan como un compromiso por parte del cliente a estar abiertos a la experiencia de sentir sin límites. Una vez alcanzado, el máximo nivel de ansiedad se alienta a que el sujeto note esos sentimientos como observador activo de los mismos, a que note su mente valorativa, crítica, consejera (incluso de abandonar el ejercicio y la terapia), de manera que pueda seguir en el ejercicio con ellos, pasando de unos a otros de una forma intencionada a fin de percibir su efecto. Cuando un paciente te dice que no sabe si podrá o no hacer algo, le decimos que poder es ya un intento de control, de lo que se trata es de querer. Poder pensar o no, poder dormir o no,… es intentar controlar algo que no podemos controlar. Las
metáforas en este punto se relacionan con la distinción entre decidir y
elegir. El primero, tiene que ver con describir algo a hacer, con y por
razones, mientras el segundo es el compromiso a hacer algo con razones
pero no por ellas. La decisión supone una razones para hacer algo, y si
estas varían se justificaría romper el compromiso, o no llegar a
comprometerse si no se está seguro. La elección compromete más en el
proceso que en el resultado. Ejercicios en los que se pida al cliente que
dé las razones por las cuales elija una entre dos bebidas, una de limón
y otra de naranja. Cada razón es atacada señalando que la elección
podría ser diferente aun contando con esa razón. Se le pide que haga una
nueva elección. El punto es elegir no dar razones de por qué. Se trata
de distinguir entre gana y gustar, uno puede tener la gana de hacer cosas
que en realidad no le gusten. O simplemente, hacer algo por ganas, a pesar
de sentimientos desagradables, por ejemplo, mirarse uno a otro de cerca
durante varios minutos sin hablar La elección implica todo o nada, no valen medias tintas. Si me muestro débil y cedo, pierdo (los pasajeros del autobús ganan o el niño vence con una rabieta). Para la distinción elegir-decidir, valen metáforas como la del río. Metáfora:
“Cruzar el río”. Si se elige cruzar un pequeño río, nadie puede
garantizar que al hacerlo sus pies no chocarán con alguna piedra, ni que
se vaya a hundir un poco o que el agua no esté fría, etc. No obstante,
uno irá bien equipado. Ocurre lo mismo en la vida nadie puede garantizar
cómo será, elegimos hacer algo porque forma parte de lo que es valioso
en nuestra vida, pero sin cerrar o quedar atrapados en el presente por un
resultado específico en el futuro. Toda elección implica un costo y jamás se puede tener la seguridad de acertar, incluso si poner una bombilla nueva no podemos tener seguridad de que encienda al pulsar el interruptor. Fomentar la flexibilidad, una opción en un momento dado no implica elegir la contraria en otro momento. Es más la mayoría de las acciones tienen aspectos positivos y negativos, puede irme de vacaciones lo cual no implica que hayan momentos buenos y malos. Lo mismo ocurre cuando queremos vivir con alguien o elegir una carrera. Lo interesante es fomentar la autoresponsabilidad. En este punto se busca el compromiso del cliente para experimentar sin defensas, aceptando la posibilidad de la ansiedad. Se trata de seguir experimentando lo mismo que hasta ahora pero abandonando la lucha. Se puede hacer una representación imaginaria a una situación temida por el cliente, actuando el terapeuta de guía, se pide al cliente que se imagine poniendo las emociones fuera de sí, ahí enfrente, y se le pide que las describa en su forma, color y demás dimensiones. La sesión concluye cuando lo hace la lucha contra las emociones. Para terminar se puede planear una exposición en vivo para la próxima sesión. Incluso, vengan las valoraciones que vengan sobre el resultado de nuestra elección, éstas deben ser tenidas como palabras y dada la bienvenida mientras nos implicamos en aquello que es válido para nosotros. En este punto, los ejercicios que se presentan se dirigen a romper la literalidad de las palabras, de las frases, de modo que se vean como palabras y pueda separarse la palabra de la función que cumple. Las palabras (en pensamientos, en recuerdos….) no son las experiencias que relatan, aunque algunos de los efectos o sentimientos que ocurrieron en determinadas experiencias vengan a colación cuando ocurren pensamientos o palabras. Una de las convenciones del lenguaje viene dada por la manera ordinaria de referirnos a la ansiedad (o miedo) y a pensamientos (por ejemplo obsesiones) como algo que se tiene y forma parte constitutiva de uno. “Tengo ansiedad”, “siento miedo”, “los nervios no me dejan”, “es horroroso, no puedo con esto”. Estas convenciones son tan envolventes que dan por hecho unas condiciones que se haría preciso quitar para estar bien. Otra convención es la establecida por las conjunciones adversativas “pero”, hablamos muchas veces así: “iría pero estoy deprimido, angustiado,...”, “lo haría pero...”, se cuestiona al cliente que le sugiere esto y a qué le recuerda en su vida. Se trataría de que el paciente haga referencia a justificaciones en las que se relacionan dos conductas que no tienen nada que ver (sentir-hacer). Se le invita a cambiar los “peros” por “y”. Ejercicio
para no razonar: se selecciona una palabra que pueda tener asociadas
diferentes sensaciones y que tenga una o dos sílabas de modo que pueda
perder fácilmente el significado. Por ejemplo, se le dice que diga la
palabra leche o vino o yogurt o cualquier otra, y se le pide ¿qué otras
palabras y sensaciones le vienen a colación, y le vienen a la mente?
(cremosa, blanca, sabor,…). Ahora se le invita a repetir (con el propio
terapeuta) rápidamente esa palabra por dos o tres minutos continuados, de
modo que veamos que ocurre. Se pregunta qué queda del sabor, del color,
de la textura,…Probablemente, no quede nada, por tanto una cosa es la
palabra y otra su función según el contexto en el que se presente. Al mismo tiempo se realizan ejercicios para cambiar el contexto verbal de los pensamientos o recuerdos. Por ejemplo, cuando el cliente diga o piense algo como “voy a morir, mi cabeza no para, me está matando, no me soporto más” se fomenta directamente su sustitución por “estoy notando el pensamiento de…”, “soy yo y noto mis recuerdos….”. De lo que se trata es de diferenciar la frase en su aspecto descriptivo y valorativo, es decir, que se toma la valoración como tal y no como característica del acto, objeto o persona al que se refiere (descripción). Una puesta de sol puede describirse en parámetros específicamente físicos pero puede valorarse como bella, taciturna,… Decir “la ansiedad que tengo es horrorosa”, compromete a hacer algo en su contra, convendría reparar en que hay dos cosas mezcladas “tengo ansiedad y es horrorosa”. La valoración estaría en el observador, según su historia y funciones presentes, e igual que hay una puede haber otra. Se puede realizar cualquier tipo de ejercicio en el que se presente a dos personas un mismo estímulo y obtengamos diferentes reacciones o analizar distintas descripciones valorativas, por ejemplo, “estas son unas buenas gafas contendría “estas son unas gafas” y mi valoración de ellas es que son buenas”. Los pensamientos no son más que palabras. Seguidamente, se plantea al cliente en qué se parece a su vida. Ejercicio
para romper las relaciones entre notarse valorando algo como malo o
desagradable y actuar de acuerdo a sus valores, independientemente de
pensamientos, emociones o sensaciones. Por ejemplo, se conduce a tocar
algo (caja de pañuelos), luego se le conduce a decir “no quiero tocar
la caja de pañuelos, me desagrada, no me gusta” y a la par tocarla. El
mismo tipo de ejercicios se puede hacer con ejemplos de padres que hacen
algo por el bien de sus hijos aunque les resulte desagradable. Se trata de actuar siguiendo el pensamiento cuando conduce a un buen resultado (construir máquina o puzzle, escribir artículo,…) y no hacerle caso en ocasiones en las que se ha mostrado bastante o totalmente inefectivo (enamorarse por mandato,…), tu experiencia te dice cuanto sucede esto. Un ejercicio tendente a descubrir la “arrogancia de las palabras” cuando, en ocasiones, el lenguaje se sobrepasa al sustituir la experiencia cuando no es el caso. Se pide al cliente que defina qué es andar. Cualquier respuesta tendría la pregunta de cómo es eso, de modo que las explicaciones verbales queden en evidencia respecto a la propia experiencia, se anda mejor que se dice. Las instrucciones no valen para enseñar. Relación
costo-beneficio por controlar emociones respecto del Significado en la
Vida Exposición del cliente a sus sentimientos, pensamientos y a hacerlos siempre en el contexto de lo que realmente quiere en su vida, lo que para él es importante no como objetivo sino como proceso que no acaba mientras vivimos. El cliente debe saber el significado de las recaídas, tras equivocarse aprenderá a levantarse y seguir adelante, para ello se podrá usar de distintas metáforas (jinete, bicicleta o autobús). El resultado de la terapia no será una vida sin problemas. Los valores han de ser entendidos como lo que para uno es válido en la vida, no como algo “ideal” sino como lo que le gustaría que permaneciese en el recuerdo de quienes le rodean y en él mismo si pudiera analizar su vida tras morir. Para ello resulta útil realizar un recorrido por diferentes áreas de la vida de una persona, con el fin de que el cliente se exprese al respecto en general, y en particular respecto a las acciones que está emprendiendo para ser válido en la faceta de la vida correspondiente. Con el fin de ayudar al cliente, se utilizan ejercicios en los que se pide al cliente que “asista a su funeral” y oiga a la gente que acompaña su cuerpo, diciendo lo que a él le gustaría, enfatizando que no ponga límites. El objetivo es utilizar esta información y contraponerla con lo que él está haciendo. Haciéndole ver el costo de su conducta de evitar su conducta interior. Se puede pedir al cliente, al final de sesión, que durante la semana medite sobre cómo le gustaría verse en relación a alguno de sus valores (por ejemplo la relación con pareja), cuando esto se revise es conveniente operativizarlo de una forma concreta. Se provoca que surjan los sentimientos o pensamientos que desea evitar, y se invita al paciente a estar no en ellos sino con ellos, o sea abrazar activamente haciendo lo que sea menester como valor en la vida Metáfora:
“niño en el dique”, se ha de realizar con los movimientos oportunos
para ejemplificar mucho más. Un muchacho se halla frente a un dique y
observa que hay un agujero por el cual se sale el agua. No quiere que
salga agua y entonces coloca un dedo en el agujero con lo que el agua
queda “controlada”. Al rato, observa otro agujero por el que
nuevamente sale agua y hace la misma operación con otro dedo de la mano.
Más tarde sale otro agujero y usa otro dedo de la mano. Luego otro
agujero que controla ahora con un dedo del pie. Claro, luego ha de usa la
nariz para tapar otro agujero, luego no quedan dedos y ha de colocar otras
partes del cuerpo en los agujeros. Es decir, consigue evitar que el agua
fluya, pero ¿cómo está, cuál es su posición?, realmente está
atrapado en el dique y ahí no puede hacer más que eso, no puede hacer
otras cosas importantes en su vida. Ese es el costo al “no querer ver
como el agua corre” (no querer ver y notar su ansiedad, sus
sentimientos, sus recuerdos…). Y ahí cuál es el costo, cuál su
elección. Bibliografía Kholenberg,
R. J. y Tsai, M. (1991). Functional Analitic psychoterapy. Creating
intense and curative therapeutic relationships. New York: Plenum Press. Marino Pérez Álvarez (1996). La psicoterapia desde el punto de vista conductista. Biblioteca Nueva. Luciano, M.C. (1999). Terapia de aceptación y compromiso y psicoterapia analítica funcional. Fundamentos característica y precauciones. Análisis y Modificación de Conducta, 102, 497-584. Luciano, M.C. (2001). La Terapia de Aceptación y Compromiso. Monográfico de Análisis y Modificación de Conducta, 27, 113, 313-523. |
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