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Lo que hasta ahora se había
considerado como la parte
espiritual del ser humano podría
no ser más que una expresión de
la estructura neuronal
Los científicos están llegando a la conclusión de que la consciencia
es algo parecido a un termostato, que percibe una situación externa,
la procesa, y responde según la configuración de su programa.
En nuestro caso, la situaciones externas serían los estímulos (la
visión, el tacto, etcétera), y el sistema de procesamiento serían
los circuitos neuronales que recorren las vías de análisis
de la corteza cerebral. El que convirtamos esos estímulos en una
obra de arte,
en un drama o que ni siquiera nos inmuten dependería, siguiendo con
la
comparación, de la programación: la dotación genética, la estructura
cerebral y
las influencias ambientales.
Así, con toda esa configuración cerebral -de la que cada vez se
conoce más
aunque estemos a años luz de desvelar todos sus secretos- no se
pretende
concluir que somos una simple máquina reguladora de estímulos, como
el
termostato, sino que puede servir para desvelar que lo que se ha
llamado mente
no es más que una función del cerebro.
Las nuevas técnicas de imagen, los últimos avances en el estudio de
la
estructura cerebral y de las sustancias que participan en la
transmisión de
mensajes químicos y eléctricos a través del organismo han demostrado
que la
causa de los estados de ánimo, de las enfermedades mentales y de
otras
patologías importantes como la epilepsia o la miastenia tienen casi
siempre una
causa física. Y, como estados físicos que son, pueden ser alterados
con la
farmacología.
En este sentido, la revista Nature publica hoy un estudio
importante: unos
investigadores suizos han conseguido identificar una molécula clave
que puede
estar implicada en enfermedades como la esclerosis múltiple, la
epilepsia o
alteraciones del comportamiento como la depresión. Se trata de un
receptor
denominado GABA (B) (del neurotransmisor ácido gamma amino
butírico), y es el
último receptor que quedaba por clonar. Según Juan José López
Lozano, neurólogo
del Hospital Puerta de Hierro de Madrid, este receptor se encuentra
en muchas
zonas del cerebro y de la médula espinal, pero todavía está por ver
cuál es su
función, cuántos subtipos hay y dónde están localizados antes de
empezar a
diseñar fármacos.
Hace unas décadas, era impensable la identificación de moléculas
clave para el
funcionamiento del cerebro. Pero las sofisticadas técnicas de
investigación van
evolucionando y hacen posible hoy lo que entonces era sólo sueño, y,
a veces,
incluso una herejía. En 1895, un neuropsiquiatra llamado Sigmud
Freud escribió
un trabajo que pasó totalmente inadvertido llamado Proyecto para una
Psicología
Científica. En él se proponía por primera vez que los mecanismos de
la mente
(normales o anormales) podían ser explicados con sistemas
cerebrales. Freud
estaba en lo cierto, pero, sin embargo, desvió su camino, se olvidó
de su
proyecto, y se dedicó a otros menesteres durante el resto de su
vida.
Ahora, cuando ha pasado un siglo, la neurociencia ha retomado el
proyecto
visionario de Freud. La neuroimagen, los modelos animales, la
electrofisiología, la neuropsicología, la neurofarmacología y los
estudios
anatómicos de los circuitos neuronales están identificando las
causas de lo que
hasta ahora se consideraban procesos más elevados. Las enfermedades
mentales
han estado tradicionalmente apartadas del resto de patologías por
considerarlas
parte de un proceso de conocimiento llamado mente. Pero hoy se
entiende que los
problemas de la mente surgen del cerebro, y la influencia del medio
ambiente
puede también afectar a la plasticidad neuronal.
.
Psicopatología
.
Es el reto de los 90: desarrollar una psicopatología científica,
según Nancy C.
Andreasen -del Centro de Investigación sobre enfermedades mentales
de la
Universidad de Iowa, en EEUU- en el Science de la semana pasada.
Pero no faltan
dificultades. Las enfermedades mentales no tienen índices objetivos
definidos
como la glucosuria en el caso de la diabetes, por ejemplo. O el
cáncer: uno
tiene cáncer o no lo tiene, pero ¿cómo establecer los límites entre
lo normal y
lo anormal en las alteraciones mentales? ¿ En qué punto se convierte
la
tristeza en una forma de psicopatología? Así y todo, se trata de
enfermedades
muy reales, dice Andreasen, y para abordarlas es necesario un
acercamiento
desde todas las disciplinas posibles.
En el caso de la mente, parecía que sólo los filósofos y poetas
tenían derecho
a hablar del tema. Sin embargo, hoy los neurólogos hablan del alma y
del
espíritu en los grandes congresos de medicina. Crick, sin ir más
lejos, uno de
los dos investigadores que revolucionó el mundo de la ciencia al
identificar la
molécula de DNA, ha escrito un libro sobre la búsqueda del alma. No
es un
arrebato de competencias, sino más bien una fusión de disciplinas
para abordar
algo que interesa a todas las personas, científicos o no: la
verdadera
naturaleza del ser humano.
«La ciencia actual del cerebro se está adentrando en conocer la
intimidad de la
maquinaria cerebral, desguazando en piezas el cerebro e investigando
la
codificación que existe en sus circuitos y que procede sin duda
alguna de lo
que somos nosotros», dice el doctor Francisco Mora, catedrático de
Fisiología y
Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense
de Madrid,
que ha pasado más de 20 años estudiando el sistema emocional .
Ya hay muchos trabajos que identifican las vías, los circuitos y las
sustancias
químicas que median la información entre neuronas, y lo interesante
es que hay
muchas disciplinas, que nada tienen que ver con la biología o la
medicina, que
están ofreciendo sus conocimientos para desentrañar los entresijos
de la mente
o que, al contrario, están empleando los estudios del cerebro para
explicar sus
propias materias. Un ejemplo de esto último aparece en la revista
Science de la
semana pasada. Un equipo de la Universidad Rutgers, de New Brunswick,
EEUU, ha
utilizado la ciencia del cerebro para estudiar aspectos cruciales
dentro de la
teoría de la mente: la estructura gramatical; qué es lo que todas
las
gramáticas comparten; o el aprendizaje de un idioma en adultos.
Otro equipo de la Universidad de Iowa ha encontrado una prueba real
de la
existencia de «un complejo proceso de señales no conscientes», o
dicho en otras
palabras, de la intuición.
Los investigadores llegaron a esta conclusión después de estudiar a
un grupo de
personas que habían sufrido un accidente en la parte prefrontal del
córtex
cerebral (justo por encima de los ojos). Estas personas tenían un
coeficiente
de inteligencia normal y podían valerse perfectamente por sí solos
en la vida,
sin embargo, algo los hacía diferentes.
Los investigadores encontraron que estos individuos tomaban las
decisiones más
adversas en su vida porque les faltaba el sentido de la intuición.
De acuerdo
con las conclusiones del trabajo, que se publica en uno de los
números de
febrero de Science, en los sujetos normales existe un sistema de
aviso que
provoca cambios en el comportamiento capaces de hacer que la persona
tome la
decisión menos descabellada. Además, esta decisión se forma antes de
que el
razonamiento intelectual (regido por el córtex cerebral) la
convierta en una
decisión consciente.
Los neurocientíficos creen que el córtex prefrontal es el lugar
donde se
registran las emociones y que aloja una especie de base de datos que
almacena
toda la información de las experiencias vividas en el pasado. «Sobre
todas las
cosas, los seres humanos son además una suma de sus experiencias
previas
emocionales de las recompensas y los castigos», dijo el doctor
Antonio Damasio,
coautor del estudio publicado en Science y autor del libro El error
de
Descartes.
En el cerebro emocional o cerebro límbico -una de las partes más
primitivas del
ser humano- es donde se encuentran los miedos, los placeres, la
agresividad y
hasta las tendencias religiosas.
Todo este proceso cerebral hace que seamos seres únicos y distintos
a los demás
y que tengamos una visión subjetiva del mundo y de nosotros mismos.
La
consciencia y la mente del ser humano han pasado de un extremo a
otro,
siguiendo los pasos de la evolución. Las pinturas de la era de
Cromagnon, en
las cuevas de Lascaux, en Francia, realizadas hace más de 17.000
años son
algunos de los primeros registros de la mente humana: muestran
escenas de
cacería, con detalles de los animales pero con una total ausencia
del ser
humano. Esto sugiere, según los expertos, que el ser humano no tenía
entonces
consciencia de su propia existencia.
En el otro extremo, -pasando de largo el dualismo entre mente y
cerebro
proclamado por filósofos como Aristóteles o Descartes, la teoría
evolucionista
de Darwin, los primeros proyectos de psicobiología de Sigmund Freud,
o algunas
doctrinas vigentes en la actualidad como el budismo- se encuentra la
consciencia imperante del Yo desarrollada en Occidente, y que, según
algunos
neurocientíficos es la culpable de buena parte de las conductas
agresivas, de
los enfrentamientos y de las guerras actuales.
Parece evidente la necesidad de la multidisciplinariedad al hablar
de el asunto
mente-cerebro. «Puede que en el futuro haya nuevos currículos donde
los temas
muy concretos se aborden desde lo básico hasta lo más alto. Por
ejemplo, en
cuestiones del hombre, desde lo atómico, molecular, pasando por las
sinapsis,
neuronas, circuitos, mapas, y finalmente procesos sociales», dice
Mora.
La configuración del cerebro es tan compleja y versátil que se sabe
que incluso
dos gemelos univitelinos, exactamente iguales, son en realidad
diferentes. Dos
personas que están escuchando un mismo discurso graban dos cosas
distintas en
sus circuitos cerebrales, de ahí que las personas seamos tan
complejas a la
hora de concebir el mundo y que también sea tan difícil que los
seres humanos
se comprendan mutuamente |