“Si las puertas de la percepción
quedaran
depuradas todo se habría de mostrar al hombre
tal cual es: Infinito”.
William Blake
Hubo un hombre que veía la música. Cada nota musical
se le presentaba de un color diferente. Cuando escuchaba una melodía
experimentaba “un rico tumulto de colores interiores”. Hubo una
mujer que olía los nombres. Decía que la palabra “Antonio” tenía
olor a pan fresco y “Giustiniano” a castañas tostadas. Otro hombre
veía los sabores. Una vez probó el helado de mango y describió su
sabor como “un muro verde lima atravesado por delgadas y onduladas
franjas color cereza”.
Estas anécdotas son reales. Sus protagonistas no
estaban bajo el efecto de hongos estimulantes ni padecían
alteraciones mentales. Tampoco bromeaban ni hablaban en forma
metafórica. Según los expertos, ni siquiera estaban enfermos. Eran
personas comunes y corrientes, con una poco frecuente característica
llamada sinestesia (palabra de origen griego que significa “unión de
sensaciones”).
Como tantos otros animales, los seres humanos
percibimos el mundo que nos rodea a través de los sentidos. Cada vez
que reciben un estímulo externo, los ojos envían al cerebro una
señal que produce una sensación visual. Las señales de la lengua
provocan sensaciones de sabor, las que manda la nariz generan
sensaciones olfatorias. Pero algunas personas parecen tener los
cables sensoriales cruzados. Entonces oyen colores, ven sonidos o
saborean formas.
Una de las formas más comunes de sinestesia consiste
en ver las letras en diferentes colores (sin importar el color en
que hayan sido escritas o impresas). Si entre los lectores de esta
nota hay alguna persona con este tipo de sinestesia, seguro que está
viendo el texto como una sopa de letras multicolores (y sin embargo,
en una forma que ni ella podrá explicar, será consciente de que las
letras están impresas en negro).
ABECEDARIO EN COLORES
A medida que escribe, un sinesteta puede observar
cosas curiosas. La escritora estadounidense Patricia Duffy cuenta en
uno de sus libros que cuando era niña se maravillaba al ver que, con
sólo agregarle una rayita, podía convertir la letra “P” amarilla en
una “R” anaranjada.
Algunas situaciones parecen producir un momentáneo
cortocircuito en el cerebro de los sinestetas. Si a alguien que
siempre ve la “C” roja se le muestra una “C” azul y se le pregunta
de qué color es, probablemente dudará un instante antes de
responder. Se sentirá incómodo y experimentará una molestia similar
a la que se siente cuando alguien araña la superficie de un
pizarrón. Finalmente responderá que le están mostrando una letra de
color equivocado.
Otra sinestesia frecuente es la “audición coloreada”
que experimentaba el escritor ruso Vladimir Nabokov. En su
autobiografía (Habla memoria, 1967) describió de esta manera los
colores que veía al escuchar los nombres de las letras: “La ‘a’
larga del alfabeto inglés (y más adelante seguiré refiriéndome a
este alfabeto, a no ser que diga expresamente que no es así) tiene
para mí el color de la madera a la intemperie, mientras que la ‘a’
francesa evoca una lustrosa superficie de ébano.
”Este grupo negro también incluye la ‘g’ sonora
(caucho vulcanizado) y la ‘r’ (un trapo hollinoso en el momento de
ser rasgado) [...] Como entre sonido y forma existe una sutil
interacción, veo la ‘q’ más parda que la ‘k’, mientras que la ‘s’ no
tiene el azul claro de la ‘c’, sino una curiosa mezcla de azul
celeste y nácar.
”Los tonos adyacentes no se mezclan, y los diptongos
no tienen colores propios, a no ser que estén representados por un
único carácter en algún otro idioma (así la letra gris-vellosa,
tricorne, que representa en ruso el sonido ‘sh’, una letra tan
antigua como los juncos del Nilo, influye en su representación
inglesa) [...] En el grupo verde están la ‘f’, hoja de aliso; la
‘p’, manzana sin madurar; y la ‘t’, color pistacho. Para la ‘w’ no
tengo mejor fórmula que el verde apagado, parcialmente combinado con
el violeta [...]
”Finalmente, entre los rojos, la ‘b’ tiene el tono
que los pintores llaman siena tostado, la ‘m’ es un pliegue de
franela rosa, y hoy en día he podido encajar perfectamente la ‘v’
con el ‘rosa cuarzo’ del Diccionario del Color de Maerz y Paul [...]
Las confesiones de un sinesteta deben de sonar tediosas y ostentosas
para quienes están protegidos de tales filtraciones y corrientes de
aire por murallas más sólidas que las mías. Para mi madre, sin
embargo, todo esto era completamente normal”.
La comprensión que mostraba Elena Rukavishnikova, la
madre de Nabokov, no se debía exclusivamente a su amor maternal.
Ella experimentaba el mismo tipo de sinestesia que su hijo.
EL “5” VERDE Y EL “2” ROJO
El estudio formal de la sinestesia comenzó en la
segunda mitad del siglo XIX, cuando el polifacético investigador
inglés John Galton describió las principales características del
fenómeno: (a) algunas formas de sinestesia son más comunes que otras
(más de la mitad de los sinestetas conocidos ven colores al mirar o
escuchar letras y números); (b) es muy estable en el tiempo (si un
sinesteta ve el sonido de la “A” de color rojo durante su infancia,
lo seguirá viendo del mismo color el resto de su vida); (c) varía
mucho entre personas (distintos sinestetas ven el sonido de la “A”
de diferentes colores); (d) es una característica heredable.
Los psicólogos de comienzos del siglo XX le
dedicaron a la sinestesia una gran atención. Hacia 1920 ya se habían
publicado cientos de artículos científicos sobre el tema. Entonces
apareció el conductismo, una escuela que cambió por completo la
manera de abordar los estudios psicológicos.
Los conductistas sostenían que la observación
objetiva era la única manera confiable de estudiar el comportamiento
humano. Pero los psicólogos no podían observar la sinestesia, sólo
la conocían a través de los relatos subjetivos de sus pacientes.
Para los conductistas, ésta no era una forma seria de llevar a cabo
un estudio.
Poco a poco la sinestesia cayó en el olvido. Con el
tiempo se hizo común considerarla un producto de la imaginación, el
resultado de alteraciones mentales, recuerdos de la infancia que
afloraban ante ciertos estímulos o una consecuencia del consumo de
ciertas drogas (el LSD produce sinestesia).
En los años ’80 ocurrió otra revolución, la
cognitiva, y la manera de abordar los problemas psicológicos volvió
a cambiar. La sinestesia se convirtió de nuevo en objeto de estudio.
Para averiguar si se trataba o no de un fenómeno genuinamente
sensorial, los neurólogos Vilayanur Ramachandran y Edward Hubbard,
de la Universidad de California, en San Diego, idearon el siguiente
experimento.
En una hoja de papel blanco imprimieron un montón de
veces el número “5” en color negro. Intercalados con los “5”
pusieron unos pocos “2”, también negros y dispuestos de tal manera
que formaban un triángulo. Después mostraron la hoja a diferentes
personas, incluidas algunas que, a causa de la sinestesia, veían los
números de distinto color (por ejemplo, el “5” verde y el “2” rojo).
Los sinestetas descubrían enseguida el triángulo,
porque veían los números que lo formaban de un color diferente del
resto. Los que no eran sinestetas, en cambio, veían todos los
números del mismo color (negro) y en general no encontraban la
figura geométrica o tardaban mucho más en distinguirla. “Estos
resultados demuestran que los colores inducidos son de carácter
sensorial y que los sinestetas no fingen”, escribieron los autores
del experimento.
SENSACIONES EXTRAÑAS
Los sinestetas suelen ignorar que poseen una
característica poco frecuente hasta que un día, que puede llegar en
la adolescencia o aún más tarde, descubren con sorpresa que los
demás no perciben la realidad en la misma forma que ellos.
El caso de los Nabokov, madre e hijo sinestetas, es
bastante común. Todavía no se identificaron genes específicos de la
sinestesia, pero todo sugiere que tiene un origen genético y por lo
tanto, como señaló Galton hace más de un siglo, es heredable.
“¡Mi familia está llena de sinestetas! –declaró la
profesora estadounidense Julie Roxburgh–. Mi abuela, mi mamá, mi
primo, mi hermano, mi hijo y mi nieta son o eran sinestetas como yo.
Durante mi infancia pasamos muchas horas felices hablando sobre los
colores de los días de la semana, los sonidos de las luces de
tránsito y la forma del sonido de la sirena.”
El inglés James Wannerton, presidente de la
Asociación de Sinestesia del Reino Unido, experimenta una sinestesia
más extraña: “Cuando escucho, leo o pienso palabras, experimento un
sabor inmediato e involuntario en la lengua. Estas asociaciones
gustativas son muy específicas y se han mantenido sin cambios desde
que tengo memoria”.
A Wannerton le cuesta imaginarse la vida sin
sinestesia. Dice que si le propusieran eliminarla, no lo aceptaría.
Sin embargo, reconoce que a veces le resulta incómoda. Por ejemplo
cuando salía con una chica cuyo nombre tenía un fuerte sabor a
pastel de hojaldre. El problema era que Wannerton sentía ese sabor
todo el tiempo que pasaba con ella.
Otras sinestesias conocidas resultan difíciles de
imaginar: ver el sonido de una campanilla como una sucesión de
triángulos, sentir el peso de las letras, experimentar los sonidos
como variaciones de temperatura.
Desde fines del siglo XIX se conoce una variedad de
sinestesia que consiste en asociar letras y números con
personalidades. En 1893, la psicóloga estadounidense Mary Calkins
publicó la siguiente declaración de una de sus pacientes: “Por lo
general, las ‘T’ son unas criaturas hurañas y mezquinas. La ‘U’ es
desalmada. El ‘4’ es honesto, pero no se puede confiar en el ‘3’”.
Quizá todos fuimos sinestetas durante unos meses. Al
menos eso es lo que sospechan algunos psicólogos. Existen evidencias
de que las regiones del cerebro que reciben los distintos estímulos
sensoriales podrían estar interconectadas en los recién nacidos.
Si esto es verdad, un bebé de pocas semanas podría
ver, tocar y oír los sonidos. En los meses siguientes, los sentidos
se irían aislando unos de otros. Este aislamiento permitiría
procesar más rápido la información del mundo exterior y sería una
ventaja para la supervivencia. Sólo las personas que poseen ciertas
características genéticas conservan la sinestesia por el resto de
sus vidas.
IMÁGENES DEL CEREBRO
La mayoría de los sinestetas afirma disfrutar de su
condición. Los pocos que se quejan suelen ser los que oyen sonidos
molestos ante ciertos estímulos.
La profesora Roxburgh presenta una inusual
sinestesia en ambas direcciones. Ve colores cuando escucha sonidos y
escucha sonidos al ver colores. Esto le crea situaciones muy
desagradables que afectan su vida laboral y privada. Con el tiempo
se acostumbró a evitar los lugares muy coloridos o muy ruidosos.
Pero dejando de lado estas situaciones particulares,
la sinestesia bien puede ser objeto de una sana envidia. Pensemos,
por ejemplo, en los sinestetas que asisten a un concierto y
disfrutan tanto de la música como de la algarabía de colores que
ella les produce. Sentir sabores al tocar un objeto con los dedos
puede ser igualmente placentero o divertido (según qué sabores se
sientan, claro).
La sinestesia suele ser más frecuente entre los
artistas que en cualquier grupo de personas elegidas al azar. Fueron
sinestetas los compositores Franz Liszt, Jean Sibelius, Duke
Ellington, Leonard Bernstein y Olivier Messiaen. También los poetas
Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire. Y en el ámbito científico, el
premio Nobel de física Richard Feynmann (“Cuando miro ecuaciones,
veo todas las letras en colores”, dijo una vez).
En los últimos años, los investigadores empezaron a
observar qué ocurre en el cerebro de los sinestetas. Esto se hizo
posible gracias a la tecnología de imágenes, que permite obtener una
suerte de radiografía en colores del cerebro en plena actividad. Así
se comprobó que cuando un sinesteta ve música, aumenta la actividad
en las regiones del cerebro donde se encuentran alojadas la vista y
la audición. Esto sugiere que sus sentidos están comunicados unos
con otros.
A lo
largo de la evolución, nuestro sistema nervioso se especializó en
percibir apenas una parte del mundo que nos rodea. Somos ciegos a
ciertas longitudes de ondas, sordos a determinadas frecuencias, hay
montones de cosas a las que no les sentimos gusto ni sabor. La
sinestesia nos recuerda que aquello que llamamos realidad es una
construcción totalmente subjetiva de nuestros cerebros.