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Fuente: Psicoanalítica
del Sur
Fundamentalmente,
todo niño es un sujeto en devenir. Sin embargo, hay dos ideas que
insisten cuando se consulta por un niño con dificultades severas : la
exigencia de que se cure con urgencia y la fantasía de cronicidad. La
urgencia aparece como la ausencia de un tiempo, de un devenir posible y
la cronicidad, como la sanción permanente, como lo que insiste en todo
rótulo, en la no-salida.
Nos
consultan... con pedidos de que resolvamos, ya, lo que los angustia. En
una urgencia marcada muchas veces por los tiempos de la escuela, o de la
mirada social... Y nos encontramos con una paradoja : es fundamental detectar patología psíquica tempranamente para poder trabajar en los primeros tiempos de la estructuración psíquica, antes de que la repetición se haya coagulado, pero a la vez, esto puede coagular el devenir. Es decir, detectar patología es diferente a colgar un cartel, a plantear un trastorno como un sello inmodificable
Las
patologías "graves" :
¿Qué
es lo "grave" en la consulta por el niño? ¿De qué
"gravedad" se habla?
Quizás
de un malestar que se impone cuando algo no encaja en lo esperable,
cuando un niño no responde a las expectativas, cuando un funcionamiento
infantil nos perturba.
Considero
que en este momento hay un tipo específico de violencia en relación a
los niños, motorizada desde lo social : la de los tratamientos en los
que se medica para tapar trastornos, para no preguntarse acerca del
funcionamiento de los adultos, cuando se supone que el modo de contención
de un niño desbordado se puede dar a través de una pastilla.
Movimientos
de deshumanización, de descualificación, de no-reconocimiento.
Para
desarmar esto, tenemos que afinar nuestros instrumentos y poder
fundamentar nuestro abordaje. Tenemos que poder explicar que nosotros
contamos con otras herramientas para el tratamiento de estos trastornos.
Considero
que tanto en el caso de los autismos como en todas las psicosis
infantiles, así como en los casos en los que se diagnostica ADD o ADHD,
o en los que presentan trastornos graves de aprendizaje, en los niños
con somatizaciones múltiples, en los encopréticos y en todas las
manifestaciones "severas", son múltiples las posibilidades y
que, para tratarlos, es básico pensar a qué determinaciones responden.
Así, prefiero no hablar de autismo sino de autismos, ni de ADD sino de
diferentes trastornos de la atención o de la motricidad, así como
considerar que hay múltiples determinaciones en los diferentes
trastornos.
Frente
a estas patologías, la sociedad tiende a rigidificar lugares, a impedir
modificaciones, a coagular diferencias.
Así,
D. R. Winnicott afirma : "En
mi opinión, no fue totalmente positivo el hecho de que Kanner haya
denominado "autistas" a tales casos, ya que esa etiqueta daba
a los pediatras, habituados como estaban a las entidades nosológicas,
una pista falsa que empezaron a seguir con demasiado gusto, lo que a mi
parecer es una lástima. Ahora podían buscar casos de autismo y
acomodarlos fácilmente en un grupo cuyas fronteras eran artificialmente
claras." (Winnicott, D. W.; 1968, pág. 100).
Si
pensamos al niño como un ser sufriente, deseante, como un sujeto en
devenir, ¿por qué esta tendencia a ubicarlo como “desastre”, como
eternizado en un funcionamiento patológico, o como un ser en el que los
cambios deben ser automáticos?.
Pienso
que la cuestión es trabajar en un sentido opuesto al que se da por
inercia, socialmente. Es por esto que prefiero no diagnosticar a un niño
(en el sentido de ponerle un sello) para que el diagnóstico no opere,
en los otros y en mí misma, como una pared que impida conocer a ese niño.
Y elijo poner en duda todo diagnóstico invalidante, suponiendo que todo
niño tiene posibilidades impensadas.
¿Cuántas
veces, un niño que ha sido rotulado como psicótico o débil mental,
tiene una evolución excelente a partir del tratamiento psicoanalítico,
cuando alguien acepta "hacerse cargo" y reubicar las
dificultades, abriendo puntos suspensivos en relación al diagnóstico y
al pronóstico?. También
es habitual que la gravedad de un trastorno se mida más por aquello que
resulta insoportable a los adultos que por el sufrimiento del niño.
Sujeto
en estructuración... y por ende con múltiples posibilidades. Pero
sujeto sujetado a avatares de los otros....
A
veces, más que un sujeto, un niño parece un robot, o un muñeco, o una
planta... Y entonces, la primer tarea será humanizarlo... ¿cómo?.
Invistiéndolo como otro humano... Tolerar idas y vueltas... sostener la
conexión... posibilitarle a un niño regresiones y progresiones....es
parte de la tarea analítica. Y es claro que es absolutamente diferente
el recorrido que realiza un conductista (que suele "robotizarlo")[2]
al que hace un psicoanalista. (La idea del robot, esa imagen a la que se
apunta muchas veces en cierto tipo de tratamientos con niños graves,
remite a la etimología de la palabra que se relaciona con la
servidumbre feudal, el trabajo servil de la gleba). Niños, entonces,
siervos de los mandatos de "salud" de una sociedad
normotizante.
Pienso
que es insoslayable, en el caso de las patologías graves, el tema del
entorno.
Hay
niños que están inmersos en un mundo en el que aquellos cuya
investidura es imprescindible para ser, sostienen algo que implica, como
dice M. Enriquez (Enriquez, M.; 1993), una negación de la verdad biológica
de los vínculos de parentesco y de filiación (por ejemplo, cuando una
madre dice, en relación al nacimiento de su hijo : "es un milagro
de mi madre desde el cielo"). Tendría que destruir ese discurso
como verdadero para poder pensarse a sí mismo en una sucesión
generacional. Esto implica oponerse al pensamiento de alguien que es a
la vez imprescindible para la vida. Es decir, para sostener un proyecto
libidinal e identificatorio el niño deberá desconectar, desconfundir
las ligazones causales aberrantes que le son presentadas.
Del
mismo modo, quedar sujeto a la arbitrariedad materna en las cuestiones
que hacen a la supervivencia, cuando la madre se supone la única
poseedora de una verdad en relación al cuerpo del niño ¿qué
consecuencias puede tener en la estructuración del deseo?. Es posible
que, allí donde se tendrían que haber inscripto las marcas del placer,
hayan quedado agujeros.
También
en los casos en que un niño ha sufrido abandono, el quedar a merced de
las propias sensaciones y exigencias internas lo puede llevar a
construir un universo homogéneo, sin diferencias, en el que las
urgencias pulsionales derivan en catástrofes anímicas.
Así,
las patologías graves nos proponen repensar el armado de ritmos, la
articulación de las zonas erógenas, el registro del afecto, la
constitución de una imagen unificada de sí, la diferenciación yo-no
yo, la estructuración del yo de realidad definitivo y del superyó e
ideal del yo en una historia vivencial.
El
psiquismo es siempre una estructura abierta (en el sentido que no es
pensable en un sujeto sin contexto) y la realidad (en especial la
realidad psíquica de los otros) es parte del aparato psíquico del niño.
Entonces, un niño cuyo malestar nos convoca implica siempre a muchos
otros. Si tomamos como ejemplo el funcionamiento de dos instituciones: El Pelouro, que es una escuela "en la diversidad", en Galicia, y Bonneuil, la institución de Mannoni, en París, podemos aprender algunas cosas : ambas trabajan creativa y productivamente con niños con dificultades severas y ambas son instituciones "estalladas", en crisis permanente. Están abiertas al mundo, opuestas al “loquero” que encierra y son lugares en los que los niños son protagonistas. |
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Dice
Maud Mannoni : “En el mundo
rural de nuestros abuelos, la gente todavía se toma tiempo para vivir,
para escuchar, para hablarse. “ Escuche cómo le habla ese niño al
fuego, a las plantas, a los pájaros, cuánto tiene para decir”. La
campesina maravillada ante ese niño escuchaba su lenguaje sin palabras
y se comunicaba con un niño autista. Se tomaba tiempo para vivir, y en
esto formaba parte del mundo agrícola de antaño. La mutación tecnológica
a la que Europa arrastra hoy al mundo va acompañada de un vuelco de
mentalidades, diría, incluso, de un cambio de civilización. El que
ahora se construye es un mundo esquizofrénico e inhumano, un mundo
donde el valor mercantil, la productividad, se lleva, a su paso, el ser
del hombre. En este universo de máquinas, de microcomputadoras, ya no
hay lugar para lo imprevisto. Peor aún, lo imprevisto y la fantasía
perturban."(Mannoni, M.; 1995 : 23)
La
directora del Pelouro[3]
le decía a un niño autista : “Hay
tanta persona ahí adentro... tanta que tiene miedo de salir”. No
es que sean esas las palabras necesarias... tampoco creo que existan
“determinadas palabras”. Me parece más bien que el tema es que haya
palabras, o gestos o acciones... que impliquen una ubicación del otro
como humano.
Que
los padres incidan en el niño y que las vivencias ocupen un lugar
fundamental, no implica pensar que es lo externo lo que determina el
funcionamiento psíquico. En principio, es un interno-externo
indiferenciado, pero en el que no podemos eludir el poder creativo de la
psiquis.
El
niño tranforma lo percibido a partir de su propia posibilidad
inscriptora y ligadora. ¿Qué escucha él de los padres, cómo los ve?.
¿Qué es lo que él hace con esa realidad?.
P.
Aulagnier afirma: “Nuestra teoría
nos aporta una certidumbre sobre la relación existente entre la psique
del infans y del niño y la psique parental, sobre la importancia que
cobra para la del infans lo que él representa en la economía libidinal
de la madre y del padre, pero no podemos pre-conocer qué forma de
compromiso, de reorganización, de desorganización ha de resultar de ahí
para cada uno de esos dos yo, que tienen la tarea de administrar su
respectivo capital libidinal.” (Aulagnier, P.; 1984, pág. 191).
Tomando
esta idea, podemos plantear que trabajando sobre lo que el niño
representa en la economía libidinal de la madre y el padre (que muchas
veces sostienen representaciones diferentes), abrimos un camino
transformador, pero que muchas veces no podemos preveer los movimientos
organizadores y reorganizadores en el niño mismo.
Es
frecuente también que los padres se pongan paranoides, que depositen al
hijo en el tratamiento o que mantengan certezas delirantes. Que exijan,
critiquen y boicoteen simultáneamente. Y que supongan que enloquecen si
el niño comienza a discriminarse. Y todo esto deberá ser tomado en
cuenta para trabajar con ellos las angustias terroríficas que el vínculo
con el analista del hijo desata en ellos. Angustias que serán en parte
una repetición de lo vivenciado con el hijo.
A
la vez, el niño transforma lo percibido a partir de su propia
posibilidad inscriptora y ligadora. Y es en el trabajo con el niño
mismo, a partir de un vínculo que se da de un modo particularmente
intenso en las patologías graves, que vamos escribiendo con él una
historia, muchas veces allí donde no se había escrito ninguna.
Lo
que nos marca lo impredictible de la evolución de un niño y de cómo
el tema parece ser, siempre, apostar a las posibilidades creativas.
La
sexualidad, como marca constitutiva de lo inconciente, se despliega.
Sexualidad que presupone inscripción y ligazón de lo que irrumpe desde
el otro. Otro que es la propia pulsión, como urgencia interna-externa y
el psiquismo materno-paterno, como lo insoslayable. Lo que me importa destacar es :1) la singularidad de cada caso ; 2) el que las psicosis infantiles son trastornos en la estructuración del psiquismo ; 3) que las causas no son unívocas ; 4) que los momentos tempranos de la estructuración psíquica van a estar en juego; 5) la defensa primaria y el no-registro del afecto como cuestiones claves ; 6) que son tratables psicoanalíticamente y 7) que las intervenciones del analista, en estos casos, son estructurantes
¿Autismo
o autismos?
Considero
que las psicosis infantiles son trastornos severos en la constitución
psíquica. Y que el autismo muestra uno de los modos más primarios de
estos trastornos, que se refiere a fallas muy tempranas en las
estructuración de la subjetividad.
También
pienso que más que autismo hay autismos, en tanto son muchas las
diferencias que encontramos entre los niños autistas.
Sin
embargo, hay un elemento distintivo : la incapacidad para comprender el
vínculo humano. Son niños que suelen tener buena relación con las máquinas,
que pueden desarmar y armar aparatos, que generalmente no hablan o
tienen un lenguaje ecolálico o utilizan estereotipadamente algunas
palabras o frases, que necesitan que todo quede inmutable y que no se
conectan con otros.
La
sintomatología es muy variable, tanto de acuerdo a las características
singulares como a la evolución del tratamiento.
Así,
un niño puede pasar de la intolerancia al contacto con otro a la
exigencia de contacto con partes del cuerpo del otro o a la insistencia
en el pegoteo.
También,
de la supuesta autosuficiencia a ciertas manifestaciones de angustia
(sobre todo, cuando se lo fuerza al contacto).
Los
rasgos del niño autista, según L. Kanner[4],
son:
-
Incapacidad para desarrollar relaciones interpersonales
-
Problemas del lenguaje y de la comunicación: el lenguaje está
ausente o no es más que una repetición ecolálica o una utilización
estereotipada de algunas palabras o frases
-
Necesidad de inmutabilidad
-
Buen rendimiento intelectual en algunas áreas
-
Alteración cualitativa de las interacciones sociales
-
Alteración cualitativa de la comunicación
-
Característica restrictiva, repetitiva y estereotipada de los
comportamientos, intereses y actividades.
En
el Tratado de Psiquiatría del niño
y del adolescente (Lebovici, Diatkine, Soulé; 1988 Tomo III, : 245
- 293) se afirma que, en sus múltiples formas, es la expresión
manifiesta de un modo del funcionamiento mental.
Las
características son : la mirada vacía, la ausencia de mímica y gestos
de llamada, la insensibilidad a las estimulaciones auditivas, las
reacciones emocionales extrañas (ausencia de caprichos, de angustia de
los ocho meses, etc), los desbordes frente a una pequeña modificación
en el ambiente, la no diferencia entre familiar y extraño, entre la
presencia y la ausencia materna, entre lo animado y lo inanimado y,
especialmente, entre lo vivo y lo inerte, movimientos estereotipados,
utilización del cuerpo del otro como instrumento y
movimientos de rotación, importancia del espacio (reconocimiento
de formas geométricas y ansiedad catastrófica frente a modificaciones
formales), ausencia de actividad autoerótica y resistencia al
sufrimiento.
Frances
Tustin habla del terror a
"desaparecer", a caer sin fin en un "agujero negro".
(Tustin, F.; 1981, 1987, 1990)
El
tocar tiene en estos niños una significación mágica. El tacto es el
modo de aprehensión privilegiado. Hay sensaciones de torbellino (giran
sobre sí mismos) y prevalecen los signos perceptivos. El niño se
envuelve en sus propias sensaciones corporales como modo de protección
(coraza protectora dura). No registra la dependencia.
Denys
Ribas (Ribas, D.; 1992) realiza algunas reflexiones acerca del autismo,
planteando la relación entre el autismo y la pulsión de muerte, al
hablar de la dificultad para representar el autismo. Describe el autismo
como automutilación psíquica. El niño autista, dice Ribas, no come
libidinalmente a su madre, sino que la corroe. Ella no encuentra en él
el placer que se da en el vínculo con otro, sino que se enfrenta al
funcionamiento de lo mortífero. Esto también se da en los
tratamientos, en que el analista puede sentirse "corroído"
por el niño.
A
partir de una lectura crítica de los desarrollos de W. Bion, F. Tustin,
D. Winnicott y D. Meltzer, D. Ribas plantea que estaríamos más próximos
a la clínica del autismo imaginando letras, palabras, desordenados, sin
soporte de papel. Y habla de un trabajo de la pulsión de muerte al
servicio de la negativización. El autismo es posiblemente la patología
en la que se ve más claramente la obra de la pulsión de muerte, que
corta, cliva, desinviste...produce la desintrincación pulsional, y se
expresa tanto en el sufrimiento del desgarramiento como en la anestesia
autística, llevando al desmantelamiento total de las investiduras.
Si
bien todos estos autores definen características generales, me interesa
señalar que nos encontramos habitualmente con un espectro muy amplio de
niños a los que se define como autistas (comenzando por los
"encapsulados" y "confusionales", ya diferenciados
por F. Tustin), con múltiples determinaciones. Esto no invalida el hecho de que pueda haber una facilitación orgánica en algunos casos de autismo e inclusive que haya casos de causa orgánica, pero me parece que poner el énfasis en esas determinaciones cierra el abordaje terapéutico
Las
psicosis infantiles :
Como
aporte para pensar estas patologías, he podido observar en mi práctica
clínica que, así como en algunos niños que se están estructurando de
un modo "psicótico" nos encontramos con frecuencia con la
"violencia de la interpretación" materna y el deseo de muerte
en relación al niño (como otro), en los niños "autistas"
parecería no haber habido interpretación alguna de sus expresiones,
como si la dificultad estuviera en el ubicar al otro como humano, en
otorgarle sentido humano a sus actos.
Por
el contrario con los niños que tienen producciones bizarras, a los que
F. Tustin llama psicosis pre-esquizofrénica, solemos encontrarnos con
que los padres hacen "sobreinterpretaciones" o
interpretaciones delirantes del accionar del infans. Así, una mamá
entendía como "me quiere destruir" los berrinches de su hijo
de tres años y otra decía que su hijo de cuatro años era "diabólico"
porque tiraba al suelo todo lo que tenía a mano.
Es
frecuente también que los padres de estos niños relaten sensaciones de
"extrañeza" frente al nacimiento, la idea de que es un
monstruo, un demonio o un extraterrestre. Que como lactantes hayan sido
ávidos y voraces y que, generalmente, no puedan separarse de la madre
necesitando un contacto corporal con ella.
Hay
niños que pueden sentir que los objetos animados cobran vida y se
convierten en terroríficos, niños en los que prevalecen las
representaciones cosas y el lenguaje es confuso y bizarro. Predomina la
desestimación, con agujeros representacionales, y los temores son a
desintegrarse, a ser tragados, a caer, a explotar, etc.
Los
niños a los que se diagnostica como psicosis simbiótica se suponen
existiendo en tanto fusionados con la madre y cuando esta se va quedan
paralizados, sin movimientos de búsqueda porque la separación del otro
es vivida como desaparición (una nena de cinco años, al irse la madre
a la sala de espera a hablar por teléfono, se quedó quieta, inmóvil,
con expresión de terror, observando en silencio la puerta abierta, sin
atinar a llamarla ni a correr hacia ella).
Si
tomamos a F. Tustin, (1981, 87, 90) complementando sus desarrollos con
los de otros autores, podemos diferenciar al autismo de otras psicosis
infantiles del siguiente modo:
AUTISMO
OTRAS PSICOSIS INFANTILES
Pero,
más allá de todas estas clasificaciones, con lo que nos encontramos es
con una gran variedad de presentaciones y con múltiples
determinaciones. Así, un niño de siete años por el que se había consultado a pedido de la escuela debido a retracción, llanto inmotivado y ataques de ira, llega al consultorio y se queda parado en la puerta, paralizado, llorando. A pesar de los intentos del padre para que entre, no se mueve. Está rígido, ensimismado, mirando hacia el piso. Le comienzo a hablar en voz muy baja, le digo que puede quedarse ahí, que cuando él quiera va a entrar y que yo me voy a quedar ahí con él (estamos cada uno de un lado de la puerta). Al rato, acepta que el padre se retire y después, entra al consultorio. En ese momento, comienza a decir, en forma reiterada, mientras sigue llorando : "siempre es lo mismo, yo estoy tranquilo y ellos me molestan" ¿quiénes?, le pregunto. "Todos, yo no molesto a nadie, yo estoy tranquilo y ellos me molestan". Se va aclarando que la tranquilidad a la que se refiere es un estado de retracción autista, retracción al vacío, a la nada, y que lo que le resulta intolerable es que lo saquen de ese estado, vivenciando esto como una irrupción agresiva, violenta
La
complejidad en juego :
Hay
niños que presentan una coexistencia de trastornos severos :
somatizaciones múltiples, dificultades motrices, de pensamiento, etc..
Podemos en estos casos suponer que, al carecer de un metabolizador
externo, el niño se “atragantó” con sus propios afectos. Las
pulsiones, en vez de ser buscadoras de objetos, quedan entrampadas,
intoxicando al organismo. Frente a un contexto en el que falla la acción
específica el niño sigue tramitando la pulsión por la vía primera,
es decir, la alteración interna.
Piera
Aulagnier habla de un
"traumatismo del encuentro" en algunas madres. "Este
recién nacido que se impone a su mirada se sitúa, muy a pesar de él,
"fuera de la historia" o fuera de su historia". A la
vez, "También él
apelará a los medios de su borde psíquico para superar las
consecuencias de esta experiencia de desposesión, de este primer tiempo
que lo colocó fuera de la historia, y también él podrá lograr
construirse una historia (la suya) aunque dejando en blanco un primer
capítulo". (Aulagnier, P.; 1986 : 165 -169). La autora plantea
que las respuestas que el
niño puede encontrar pueden agruparse en:
a)
La anticipación de la realidad : el niño se anticipe a
comprender que hay una realidad y que intente facilitar la tarea del
“decodificador” externo a través del hiperrealismo y la
sobreadaptación. "La psique
del infans logra anticipar su asunción de la separación, de la
realidad, de un esbozo de comprensión del discurso materno." (...)
"Este "demasiado temprano" de la prueba de realidad va a
cumplirse a expensas de la autonomía psíquica"(...)"El
biógrafo se transformará en un copista, condenado a transcribir
fielmente una historia que había sido escrita por otro de una vez para
siempre".
b)
Predominio
de la actividad autosensorial (como en los autistas) :
"(...) ese otro con
el que la psique se encuentra no podrá ser investido como portador
de un deseo de vida y como dispensador de placer. El efecto placer ya no
tendrá por soporte representativo un fantasma de fusión, sino que
acompañará a una actividad autosensorial cuya figuración psíquica
retoma por su cuenta el postulado de autoengendramiento."
c)
Establecimiento de una diferencia tajante entre satisfacción de
la necesidad y vivencia de placer (anorexia, adicciones)."El
objeto exterior reconocido como el único en satisfacer la necesidad,
será desconectado de toda fuente erógena de una experiencia de placer,
la cual se ha independizado de la experiencia y del tiempo de la
satisfacción.
André
Green, a su vez, sitúa cuatro mecanismos de defensa contra la regresión
fusional :“1. La exclusión
somática. La defensa por la somatización se hace aquí en las antípodas
de la conversión. La regresión disocia el conflicto de la esfera psíquica,
excluyéndolo al soma (y no al cuerpo libidinal) por medio de una
desintrincación de la psique y del soma. Su resultado es una formación
asimbólica por trasformación de la energía libidinal en energía
neutralizada puramente somática (...) 2. La expulsión por el acto. El
acting out es la contrapartida externa del acting in psicosomático.
Tiene el mismo valor de evacuación de la realidad psíquica. 3) La
escisión (...) 4) La desinvestidura. Me refiero a una depresión
primaria, constituída por una desinvestidura radical que procura
alcanzar un estado de vacío, de aspiración al no ser y a la nada.“
(Green, 1972 : 59-61)
Podemos
ver en algunos niños una combinación de estas variantes. Hay una
desinvestidura radical y por momentos un intento fallido de restitución
frente al vacío, a la nada ; no se puede sostener la unificación
cinética, no hay un “yo unificado” que permita moverse, la pulsión
de dominio fracasa y no se domina la propia motricidad. Falla el
intercambio con el resto del mundo. Son investidos privilegiadamente los
órganos internos, las sensaciones cenestésicas, etc. en desmedro de la
constitución de las zonas erógenas. Se invisten los intercambios
intracorporales. La erogeneidad es fundamentalmente intrasomática.
Predomina una modalidad de funcionamiento en circuito cerrado, con un
bombardeo de cantidades pulsantes-excitantes que no puede tramitar ni
cualificar. Es un funcionamiento por urgencias, con captación de
frecuencias y ritmos, internos y externos, lo que los lleva a estar
conectados con la respiración, los latidos cardíacos, los movimientos
digestivos, de sí mismo y del otro. Son niños que fracasan en la
decodificación de lo que los otros quieren. En cambio, ofrecen un
cuerpo enfermo, fragmentado, a la mirada del otro, que sólo decodifica
las señales de un cuerpo biológico. La relación con el otro queda
sustituída por un cuerpo sufriente.
Dice
Joyce McDougall : “No
reprimibles, los significantes infra-verbales que preceden a la
adquisición de la palabra pueden siempre dar lugar a eclosiones psíquicas
brutales con matices de pesadilla, e incluso a una experiencia
alucinatoria o a una explosión somática”. (Mc Dougall, J.;
1998 : 209).
Son,
entonces, diferentes determinaciones posibles las que entran en juego en
un niño que no habla, no juega, se enferma o se mueve compulsivamente.
Pero, siempre, tienen que ver con un vínculo con otros. Intentaré ilustrar algunas de estas cuestiones con una viñeta clínica de un niño que muestra la complejidad de las patologías graves : si los niños autistas son generalmente niños que no se enferman físicamente, y los niños que somatizan suelen ser sobreadaptados, hay niños que presentan estados autistas y hacen somatizaciones múltiples
Ramiro
y el perro[5]
:
Ramiro
llega a la consulta cuando tiene cinco años, después de haber
recorrido neurólogos y pediatras que le recomendaron tratamiento psicológico,
en tanto no le encontraron causas orgánicas. Su caminar es
desorganizado, se choca con los objetos. Cuando toma algo entre sus
manos, se le cae con facilidad. Es torpe en sus movimientos. Casi no
habla. En la primera entrevista, se sienta a upa de la madre mientras le
toca el pelo enroscándoselo y se frota contra su cuerpo.
Concurre
al jardín de infantes, pero no se conecta con los demás chicos ni
responde a las consignas. Los padres señalan : “No ha
evolucionado en estos años de jardín. Ni respeta límites ni habla.”
En la casa, se pasa horas frente al televisor, como hipnotizado.
“Llora tipo bebé”. “Está
siempre insatisfecho”.
Los
padres relatan que, cuando nació, “era muy feo, flaquito”. Afirmación
que en personas dedicadas a la decoración y a las artes plásticas
cobra el sentido de una sentencia de desinvestidura, de
no-reconocimiento en el otro. No se podían acostumbrar a él. Estuvo
tres días en incubadora debido a su bajo peso. El contacto en esos días
fue mínimo porque la madre estaba deprimida. ¿Dificultad para
simbolizar, para constituir presencia en la ausencia por parte de madre
y padre ? ¿Qué “fealdad” reencontraron en el niño ?. ¿Qué
belleza no pudieron “agregar” al cuerpo de un recién nacido ?.
¿Hubo un “desencuentro” que lo situó “fuera de la historia”?.
Le
costó prenderse al pecho, pero cuando lo hizo “no lo podía
soltar”. La madre recuerda que se prendía con tanta fuerza que se le
hicieron grietas. “Estaba todo el día prendido y cuando yo se lo quería
sacar, apretaba con fuerza y me lastimaba”.
A los cuatro meses, lo desteta bruscamente. Ramiro comienza con
eczema en la piel. Cuando no ha diferenciado el pecho de él mismo, éste
le es arrancado. Hay un pedazo de sí que queda fuera, sin que nadie
pueda registrar el dolor. Ramiro queda a merced de sus propios deshechos
pulsionales. Los labios no se besan a sí mismos, no se satisface autoeróticamente...
Tampoco grita todo el día. Se produce un cortocicuito del afecto que no
es sentido y las marcas en la piel delatan un estallido, un exceso no
tramitado.
Ramiro
responde con su cuerpo a situaciones de separación de su madre. Él no
puede armar el juego del fort-da. Se supone siendo arrojado por otro. Él
es el carretel que la madre tira lejos, lo que lo deja inundado por una
hostilidad imposible de tramitar.
En
relación a la constitución del universo sensorial, de la diferenciación
adentro-afuera, y de las zonas erógenas como articuladas entre sí,
Ramiro ha erotizado su cuerpo pero de un modo indiscriminado, siendo
todos los agujeros equivalentes. El mundo sensorial también funciona
como confuso, indiferenciado del cuerpo materno, vivido en su
literalidad.
Este
niño lleva el nombre de un tío paterno, menor que el padre,
drogadicto, que murió en un accidente automovilístico a los veinte años.
Se
conjugan dos movimientos siderantes : un nombre que alude a un
dolor no procesado y una mirada que lo ubica como no satisfactorio.
El
padre tiene una clara preferencia por la hija mujer, a la que considera
más rápida, inteligente y simpática que Ramiro. Los fines de semana,
mientras él sale con la nena, el niño se queda con la madre, de la que
no quiere separarse. A la vez, las propuestas del padre, como andar en
bicicleta o a caballo, lo asustan. No puede identificarse con el desempeño
motriz del padre, vivido como terrible y todopoderoso. La actividad le
está vedada ... Un episodio que se produce durante el análisis de
Ramiro pone sobre el tapete la relación padre-hijo : un perro al
que el padre quiere mucho y al que ha adiestrado, ataca al niño. Es
necesario que esta situación se reitere dejando cicatrices para que el
perro sea sacado de la casa.
El
agujero representacional en el adulto (en cuanto a capacidad para
tramitar afectos, para conectarse y decodificar las alteraciones
internas del niño) se inscribe como blanco representacional en el niño.
Y
la representación afecto no tramitada queda entonces como marca del vacío
en el niño. Vacío de ser y de sentir.
La
capacidad de un otro de metabolizar, procesar los estados del niño y de
ubicarlo como un otro, humano, diferente, es la base sobre la que los
estados afectivos pueden ir registrándose, tramitándose y desplegándose
en sus infinitos matices. Y la construcción de la identidad, el tener
un nombre, parece imprescindible para que el sentir pueda ser puesto en
palabras.
Ramiro
carece de un nombre propio. Es un nombre prestado, que conlleva un duelo
no elaborado por el padre.
La
muerte del tío retorna en Ramiro de este modo, como lo no-metabolizado
por el padre, y él pasa a ser un “muerto-vivo”, con un cuerpo
permanentemente enfermo. Cuerpo al que no puede dominar, del que no se
puede apropiar y que lo deja signado en el lugar de la debilidad y la
impotencia. ¿Se presentifica en él un duelo no realizado ? ¿Es
él el fantasma que retorna y cuya investidura del mundo es, por
consiguiente, siempre lábil ?.
La
madre aparece como una sustancia gelatinosa, sin bordes. Suele tener
estados de confusión y entra en episodios depresivos de autodenigración.
A la vez, esta mamá que se queja de su soledad en relación a su marido
(que tiene una vida muy activa), tiene en Ramiro una compañía
permanente, incondicional. Los dos son lo mismo.
El
padre manifiesta : “Le digo veinte veces lo mismo y no lo hace.
No tiene remedio. Le grito, me dan ganas de pegarle, de sacudirlo. Se
hace el que no escucha. No piensa nada más que en él mismo. Si algo le
gusta, come sin preocuparse si queda para los demás. La nena usa los
cubiertos mejor que él”. Pegarle, sacudirlo, son intentos de
despertarlo de la misma somnolencia que, en un circuito cerrado,
promueve con esas descargas. Muerto de entrada, este niño queda signado
por el padre en el lugar de la impotencia. El padre expulsa de sí sus
fantasmas inundando a este niño con un dolor insoportable, dolor
presentificado en el niño, que queda como el lugar donde se evacúan
los deshechos paternos.
Son
padres a los que les resulta difícil la metabolización de los procesos
del niño y en los que predomina la proyección masiva de los propios
conflictos en el niño. De este modo, lo dejan a merced de un
funcionamiento en el que predomina la desinvestidura, la desinscripción,
la desligazón... es decir, se entrona la pulsión de muerte. Les cuesta
pensar al otro como un semejante diferente. La madre no diferencia sus
propias sensaciones de las del hijo y el padre rechaza la pasividad del
niño, fijándolo a la misma. Él no se reconoce en su hijo y proyecta
sobre él su funcionamiento narcisista.
Tanto
en la imposibilidad de conectarse con los otros, en la apatía
generalizada, en la excitación psico-motriz, así como en las
dificultades para mentalizar, hay un trastorno en aquello que Freud
plantea como "una de las más
tempranas e importantes funciones del aparato anímico, la de
"ligar" las mociones pulsionales que le llegan, sustituir el
proceso primario que gobierna en ellas por el proceso secundario,
trasmudar su energía de investidura libremente móvil en investidura
predominantemente quiescente (tónica)." (Freud, 1920 : 60)
Tomando
la constitución del psiquismo, podríamos decir que :
1)
En relación a la constitución del universo sensorial, de la
diferenciación adentro-afuera, y de las zonas erógenas como
articuladas entre sí, Ramiro ha erotizado su cuerpo pero de un modo
indiscriminado, siendo todos los agujeros equivalentes.(¿confusión con
el cuerpo materno?). El mundo sensorial también funciona como confuso,
indiferenciado, lleno de luces y ruidos, lo que le provoca un estado de
aturdimiento del que sale a través de la proyección. El mundo se torna
entonces persecutorio. Se diferencia un objeto, un externo malo en
contraposición con lo bueno indiferenciado.
2)
El yo de este niño se ha constituído de manera precaria. El cuerpo
despedazado acecha todo el tiempo.
3)
El preconciente de Ramiro funciona a predominio visual y cinético. Las
palabras irrumpen de un modo fragmentario. No está estabilizada la
divisoria intersistémica, y, cuando comienza a esbozar un juego, en el
tratamiento, Ramiro tiene que aclarar : “¿es de jugando o de
verdad ?”.
4)
Como defensas utiliza la desmentida, la “excorporación” o expulsión,
la proyección y la transformación en lo contrario,
predominando la desestimación. Constituye una barrera rígida y
omniabarcativa que lo defiende de cualquier sufrimiento (incluyendo ésto
tanto a los estímulos externos como a los provenientes del propio
cuerpo y del propio psiquismo). Pensamientos
y percepciones pueden ser expulsados de sí y retornar desde un afuera
“otro” cual boomerangs que golpean desde lo desconocido. Cuando lo
vivenciado se torna insoportable, el movimiento expulsor puede llevar a
la “excorporación” de todo pensamiento que quede ligado a él, a
arrojar de sí toda representación que duela. Lo que queda, entonces,
es un vacío, la marca de la expulsión. Y un mundo que cobra características
siniestras. El niño, frente a cualquier avance del medio que vive como
hostil, lo que hace es empobrecerse, retrayéndose. Pero la retracción
no es sólo del mundo. Es de desmantelamiento de los propios
pensamientos, de las propias fantasías. Es el propio universo
representacional lo que se descarta, quedando una repetición de
secuencias idénticas.
5)
El padre es vivenciado como un ser todopoderoso que puede matarlo,
despedazarlo, devorarlo (como equivalente a la castración).
6)
Ramiro funciona a predominio del yo-ideal, sin poder construir ideales,
lo que implica ser todo
versus poder ser aniquilado.
7)
Podríamos decir que ha fallado la identificación constitutiva del yo
(la identificación con la madre es como una fachada). Hay tres
elementos que nos hacen pensar esto : l) El no poder pensarse a sí
mismo cambiando en el tiempo. (El padre tampoco lo piensa cambiando en
el tiempo cuando plantea : “Es así y no va a cambiar nunca”.)
2) No puede estar solo. 3)
No juega.
La
falla en la identificación se hace evidente en las nociones de tiempo y
espacio. El tiempo no rige. Todo es un eterno presente. Como plantea P.
Aulagnier, siguiendo Freud, la categoría de temporalidad se establece
con el Yo (en Freud, el Yo de realidad definitivo) y, con ella, la
posibilidad de reconocerse siendo el mismo a pesar de las diferencias
que se dan con el paso del tiempo. (Aulagnier, P.; 1984).
Esto
no se da en Ramiro : cada sesión supone que todo va a ser idéntico.
Siempre supone que el tiempo no pasó. Y frente a los cambios se aterra :
la diferencia lo enfrenta a la inexistencia. Las cosas no cambian,
desaparecen.
El
espacio es un lugar donde irrumpir. Abre el cajón del escritorio como
si fuera suyo. No pide, arrebata, arranca, lo que denota la no
diferenciación de los cuerpos. No hay “mi cuerpo” y “tu cuerpo”
sino un espacio confuso en el que tiene que sorpresivamente conquistar
territorios.
La
castración es vivida como despedazamiento. Él es vulnerable y puede
ser destrozado (por eso se asusta frente a la bicicleta y el caballo y
se aterroriza frente a una lastimadura). Su cuerpo puede ser
despedazado. Queda aterrorizado y paralizado.
Resumiendo
algunas de las intervenciones con este niño:
-
A través de fotos, fuimos armando su historia, trabajando
diferencias bebé – nene.
-
A través de situaciones lúdicas y haciendo de espejo, fuimos
diferenciando yo-no yo
-
A través de palabras y gestos lo fui conteniendo.
-
Con palabras y juegos, se lo fue sosteniendo en su posibilidad de
pensar y de sentir, ayudándolo a salir de la confusión, dejando
espacio a pensamientos diferenciados, privilegiando su producción
-
Se fueron armando fantasías, a través de juegos.
-
Se fueron haciendo variaciones a partir de una secuencia
reiterativa, para complejizar recorridos psíquicos.
-
Se fue diferenciando juego y realidad - Se introdujo la duda
El
trabajo psicoanalítico
Por
último, pienso que el psicoanálisis es la herramienta adecuada para
trabajar con niños con severas dificultades.
La
función de representación sólo adviene en la intrincación pulsional
y en una temporalidad. Y en el niño autista, esto falla, por lo que no
hay dónde inscribir, falta el soporte, aquél que puede representar el
mundo.
Esto
no implica la imposibilidad de trabajo ni que no haya nadie allí. Por
el contrario, marca la dirección del trabajo, que será un trabajo de
construcción de ese soporte. Y esto nos lleva a pensar las características
particulares que va tomando el trabajo con niños autistas.
A
la vez, es fundamental pensar que, así como dijimos que no hay un
autismo sino autismos y así como hay niños neuróticos como
funcionamientos autistas acotados, todo niño autista tiene algún
momento en el que emerge otro tipo de investidura, de conexión con el
otro. Es decir, después de un tiempo de tratamiento, hay momentos en
que un niño que parecía no registrarnos, nos mira a los ojos, se
dirige a nosotros con gestos, llora, dice algunas palabras... en un
recorrido en el que se van construyendo redes representacionales.
En
relación a los niños autistas, considero fundamental que el analista
entre en contacto con los estados autistas (y los terrores que emergen)
empáticamente (como afirma F. Tustin). A la vez, el niño debe
encontrarse con un analista que quiera, efectivamente, que él exista
como ser humano, vivo y que lo trate como tal.
Es
un lugar difícil, en el que hay que tolerar el borramiento del otro
(que deja la sensación de estar solo en la sesión) y por momentos la
confusión absoluta (en que el cuerpo del analista se confunde con el
del paciente), ayudándolo ya sea a conectarse como a separarse de a
poco, procurando tanto confrontación como apoyo.
Si
tomamos los desarrollos de Genévieve Haag, (Haag, G., 2000 : 75-86) que
es una psicoanalista que hace aportes muy interesantes en este tema,
podemos plantear que la estabilidad del encuadre, temporal y espacial,
es fundamental. En la medida en que el niño autista siente toda
modificación del consultorio, o del orden en que están ubicados los
juguetes, como un terremoto que asola su mundo, se deberá poner cuidado
en esto. Ella sugiere agregar a los juguetes habituales objetos
primitivos, del nivel de las primeras manipulaciones : juegos de encaje,
aros, pelotas, es decir, aquellos elementos de construcción e
intercambio de los primeros tiempos, tan importantes en lo que hace al
descubrimiento de la conexión con el otro.
Asimismo,
esta autora plantea que, con el niño autista, estamos comprometidos con
las zonas profundas de nuestro yo corporal y grupal, lo que lleva a
tener que tomar en cuenta nuestra contratransferencia (y en ese sentido
nuestras respuestas sensoriales, de tonicidad muscular, somáticas y
sociales) para poder intervenir. En tanto no hay espacio proyectivo
constituido como tal, lo que se pone en juego remite a la excorporación.
Y el analista conectado empáticamente suele percibir en sí mismo
aquello que en el niño no tiene representación clara. Esta vivencia
permite una intervención del analista que considere el monto de
sufrimiento del paciente. Es decir, la intervención tendrá entonces
algo de lo que en los términos de W. R. Bion sería transformar los
elementos beta en elementos alfa (trabajo que el analista deberá
experimentar consigo mismo) (Bion, 1962).
Con
los niños pre-esquizofrénicos, considero importante:
-
Que el analista no se asuste por las producciones alucinatorias,
delirantes o bizarras del niño y que les dé un espacio
-
Ayude a diferenciar fantasía y realidad, a partir de
"meterse" en sus fantasías
-
Que lo ayude a pasar de la descarga motriz al juego y a elaborar
los terrores que lo invaden, acompañándolo en el proceso
-
Que lo contenga.
-
Que vaya detectando los momentos de irrupción de la alucinación
o el armado delirante, para remitirlo a ese "antes",
insoportable.
En
uno y otro caso, las intervenciones son estructurantes.
Con
los padres, se hace imprescindible trabajar, escuchando el sufrimiento
que los desborda. Que puedan mediatizar sus pasiones, diferenciarse del
niño y registrarlo como persona que siente, es la meta en el trabajo
con ellos.
Me
parece que una de las cuestiones a tener en cuenta cuando se trabaja con
niños con patologías graves es el tema de las vicisitudes del analista
en este trabajo.
Es
frecuente que sea el analista el que quede ganado por el desánimo, por
la sensación de que nada es posible y que él es inoperante, por la pérdida
de sentido de su quehacer... La pulsión de vida, el deseo de curar,
debe ser sostenida por un analista que se siente solo, desamparado,
frente al abismo.
Hay
veces que de lo que se trata no es del desciframiento, o por lo menos no
con el niño mismo. En estos casos, no hay una historia a develar sino
una a construir. (Es cierto que en todo análisis se construye una
historia nueva, pero con los niños esto cobra una dimensión particular
en tanto operamos sobre los primeros tiempos de esa historia).
Y
es entonces cuando entiendo que hay intervenciones que son
estructurantes, o mejor dicho, que motorizan la estructuración.
Cada
una de estas intervenciones puede darse con diferentes recursos. Así,
la contención puede ser verbal pero también corporal y la verbalización
de los afectos puede darse a través de una referencia directa o a través
de hablar de un tercero (otro niño, un personaje, etc.).
Un
ejemplo : un nene de cinco años consulta en un Hospital, después de
haber sido rechazado en otros servicios. Una psicóloga del equipo
decide atenderlo a razón de dos sesiones semanales. El niño no habla,
no juega, apenas se conecta. Entran al consultorio los dos padres con él,
porque "no aguantan estar solos en la sala de espera". Cada
vez que el niño, confusamente, se dirige a la analista, los padres se
sorprenden. De a poco, va habiendo algunos cambios : la sigue con la
mirada, pasa la mano por la superficie del escritorio y luego hace que
la analista pase la mano por su espalda; pone su dedo en la boca de la
analista, y el de ella en la de él; mastica una galletita, la pone en
su mano, se la da a la analista y la vuelve a tomar, para ponerla en la
boca y tragarla. Intercambio libidinal, de construcción de zonas erógenas,
que sólo puede ser pensado por un psicoanalista. Los agujeros, la piel,
las superficies duras, el contacto, es decir, se fue construyendo una
imagen de sí en la que hay lugares diferenciados....
[6]
De
diagnósticos y urgencias :
Es
frecuente que, frente a un niño con perturbaciones severas, se plantee
el tema en términos de desamor materno o, en otra línea, de falla
paterna. Pienso que la cuestión no es tan simple. Se trata más bien de
matices, de funcionamientos psíquicos, materno y paterno, que implican
toda la complejidad y las contradicciones del psiquismo (entre otras, la
ambivalencia). Son encuentros sutiles, imperceptibles a veces, en los
que se conjugan ciertos funcionamientos psíquicos, maternos y/o
paternos, con la capacidad inscriptora y metabolizadora de un niño, y
esto en un tiempo y en un espacio, en un momento particular de una
pareja y de una familia y en una historia colectiva. Es más, estamos en
condiciones de investigar ya no sólo lo no-representado que retorna en
el niño, sino los agujeros representacionales que se transmiten a través
de las generaciones... aquello que lleva a pensar en términos de lo
indecible, lo innombrable y lo impensable (en la tercera generación).
Por
último, quisiera aclarar que el psicoanálisis nos da herramientas para
trabajar con niños con severas dificultades.
Pienso
que con estos niños las intervenciones del analista tienen un valor
estructurante cuando el analista: 1) sostiene el vínculo a pesar de la
desconexión del otro ; 2) posibilita el registro de sus afectos a
través de un funcionamiento empático;
3) va estableciendo diferencias yo-no yo; 4) abre un mundo
fantasmático, armando un espacio lúdico en el que se puedan ir
anudando metáforas ; 5) no sólo construye una historia sino que
funda un código compartido ( a partir del descubrimiento de cuáles son
los esbozos de código del paciente).
Pero
esto implica algunas cuestiones claves, sobre todo en relación a las
intervenciones. No puede ser cualquier intervención la que se realice.
No todo vale. Justamente porque uno está escribiendo o, a veces, como
es el caso de los niños autistas, (si tomamos la metáfora de D. Ribas)
estamos armando el papel para que las letras desordenadas tengan
asidero.... Entonces cuando golpeo la mesa armando una secuencia rítmica
con un niño que no habla, estoy haciendo una intervención psicoanalítica;
cuando un niño está en estado de retracción al vacío y yo me acerco
muy despacito y le hablo en tono monótono, y respeto a ultranza su
silencio y le doy tiempo para que vaya desplegando lo que le pasa, estoy
psicoanalizando a ese niño.
Creamos
preconciente como espacio de transformaciones, no como una capa
defensiva, como un "como si" que arma un niño como si fuera
un rompecabezas. Sostenemos y construimos narcisismo, le damos una
mirada unificadora, le posibilitamos tolerar la ausencia, le devolvemos
una imagen de sujeto a quien no se "arroja por la ventana".
Ese trabajo de humanización sólo es posible con una mirada psicoanalítica.
A.
Green plantea que un principio esencial del psicoanálisis es el de la
descondensación de las formaciones psíquicas (la asociación libre
sirve para ese fin) (Green, A.; 1984). Yo estoy convencida de que cuando
utilizo un tono de voz particular y un ritmo .... estoy posibilitando un
armado y a la vez descondensando, desarmando otro tipo de
funcionamiento. Porque si lo que predomina es la desestimación de todo
contenido, y logro que no me expulse, que no expulse mis palabras, o la
representación que construyó de mí, si puedo lograr que de una semana
a otra me recuerde y sepa que yo lo recuerdo a él, algo se va armando
en un vínculo (que no es un vínculo cualquiera) y esto implica
desarmar un funcionamiento regido por la compulsión a la repetición.
Hay
una urgencia cuando trabajamos con niños, que es la urgencia de un niño
en crecimiento que nos convoca y frente a esto el tiempo es fundamental.
Hay
una urgencia dada por el sufrimiento de un niño que nos impone trabajar
del mejor modo para paliar ese dolor.
Hay
también una urgencia dada porque sabemos que trabajamos sobre una
historia que se está escribiendo.
Urgencias
que tienen que ver con el niño mismo. Y que nos exigen afinar nuestras
intervenciones, comprometernos con la cura y poner en juego nuestro
deseo de curar.
A la vez, la infancia es lo opuesto a la cronicidad... a menos que los adultos colguemos carteles, decretemos muertes cuando se trata de la vida, obturemos el devenir
Bibliografía
:
Aulagnier,
Piera : (1975) La violencia de la interpretación, Buenos Aires,
Amorrortu, 1977.
(1984) El aprendiz de
historiador y el maestro-brujo. Buenos Aires, Amorrortu, 1986. & |