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Ese mero cuerpo sobre el cual todo puede
ejecutarse
La noción de “bando” –esos mensajes que puede emitir
cualquier Führer– permitiría vislumbrar una “indeseable solidaridad” entre
el totalitarismo y la democracia y arroja cierta luz sobre los campos de
concentración y exterminio, ayer como hoy.
En “Fantasmas histéricos y su
relación con la bisexualidad”, Sigmund Freud señala que puede esclarecerse
el porqué de los desastres cometidos por los césares romanos como
gobernantes –matanzas gratuitas, carnicerías sanguinarias, incendios
masivos deliberados, etcétera–: lo ocurrido se debe, a su juicio, al poder
omnímodo detentado por ellos. O sea: la motivación no debe recalar en las
características patológicas que pudiesen llegar a poseer eventualmente
tales gobernantes, sino en la delegación indiscriminada e ilimitada de las
atribuciones propias del ejercicio de sus funciones realizada en ellos por
sus gobernados. Y esta condición absolutista del ejercicio del poder fue
la responsable, enseña Freud, del levantamiento de las trabas que, hasta
ese entonces, habían logrado coagular la puesta en obra de los fantasmas
de los futuros césares. Por eso, pues, los mismos llegaron a su
realización, a su efectividad, teñida por el sesgo del goce sádico de
tales fantasmas.
Pensemos entonces qué se mienta cuando se alude al denominado “sensualismo
del poder”: se trata de la articulación privilegiada de este último con el
orden del fantasma, y con la posibilidad, por lo tanto, de llegar a
constituirse, mediante el desencadenamiento realizativo de dicho orden, en
un cabal jefe fetichizado. Vale decir: falicizado imaginariamente,
encarnando de consuno, por consecuencia, una cara real del Ideal.
Pero entonces, ¿cómo retorna este protopadre anhelado, este jefe
fetichizado? Me parece que a través del Führer. Entendámonos: no digo tan
sólo de Hitler, sino de lo que se juega a través del lugar del Führer y,
en particular, por el modo mediante el cual éste se relaciona con la ley.
En efecto, basta que el Führer diga su palabra, y esa palabra es ley. Mas
lo interesante es que ello acontece no por el hecho de tratarse de un
dictador feroz o de un advenedizo que se hubiese apropiado ilegítimamente
del poder contra la voluntad del pueblo, por cuanto el Führer
–ejemplifiquémoslo con Hitler, ahora sí– “era” el intérprete genuino del
pueblo alemán. En consecuencia, a través de su discurso hablaba ese
pueblo, obteniéndose –creencialmente, claro– una identidad poco menos que
perfecta y consolidada entre los actores sociales así convocados. Por otra
parte, lo emitido como normas por el Führer, ¿qué eran?
Vamos a intentar responder este interrogante crucial centrándonos en
puntuaciones derivadas del notable filósofo italiano Giorgio Agamben (Homo
Sacer, Pre-Textos, Valencia, 1998). Sin duda, la lectura de muchos tramos
de la obra de este pensador se torna imprescindible para procurar
comprender y esclarecer fehacientemente la cuestión de los campos. Pues
bien, él insiste –y creo que nos sirve de modo mayúsculo a nosotros como
psicoanalistas preocupados por la violencia y por la segregación–,
insiste, decía, en que lo marcante del Führer es justamente la condición
revelada por la característica propia de lo emitido por él: se trata, en
efecto, de los bandos.
El bando es, en tal caso, el referido vehículo que transporta la emanación
de la verdad del pueblo alemán. Una categoría harto distinta del amargo,
resentido y resignado “yo me someto porque no tengo más remedio”. No se
trata de sometimiento ni de un cálculo de conveniencias y/o de
consecuencias, porque lo traído a la luz por medio del bando del Führer es
el advenimiento de una bienvenida iluminación beatífica, epifánica. No se
considera, siquiera, la posibilidad de la oposición al mismo,
paradójicamente ilustrada por sintagmas de este tipo: “Bueno, soy un
soldado, cumplo órdenes, más allá de que concuerde, o no, con ellas”. Por
cierto, es lo que dio en llamarse en la Argentina, durante la última
dictadura militar, “obediencia debida”. Pues bien, el bando soberano es
otra cosa: no se trata de seguirlo a pie juntillas debido a la ausencia de
alternativas, o al diseño de una estrategia para sobrevivir, porque los
receptores del mismo mantienen un acuerdo basal e indiscutible con el
Führer en tanto emisor soberano, único y privilegiado. De tal modo, hasta
los bandos instigadores de la comisión de crímenes se sustentan en la
marcada desimplicación subjetiva de sus receptores, lo cual estimula su
puesta en acto acrítica, esto es, carente de los escrúpulos que, de manera
eventual, podrían ser inhibitorios de la acción correspondiente. Por
supuesto: aludo a la tan mentada “banalidad del mal”. Así cabe concebir,
entonces, otra de las caras reales de la identificación –que es Eros– de
la masa con su Ideal aglutinante.
El bando, entonces, difiere de la ley: tal es la puntuación de Agamben,
para la cual releva desarrollos de Jean-Luc Nancy volcados en el libro El
imperativo categórico. Señala que, en lo referente al bando, no hay
intermediación, no hay deliberación, no hay poderes diferenciados que
pudiesen llegar a acotarse mutuamente la presupuesta ilimitación de sus
goces respectivos mediante el diálogo, las negociaciones y las concesiones
recíprocas, ya que no hay debate ni controversia posibles. El bando,
entonces, no es una ley simbólica. En ese sentido sostengo que se puede
establecer una correlación antinómica entre el bando y la noción lacaniana
de ley simbólica.
Agamben se aparta también, pues, de la clásica idea de Rou-sseau acerca
de que el Estado se funda en un contrato social. De tal modo, el Estado no
consolida una identidad ni otorga una pertenencia. Llevado a nuestra
disciplina: como recién afirmé, tampoco se trata de la conocida ley
simbólica que tan a menudo esgrimimos como vehículo de un orden liberador,
apaciguante y sedativo, por cuanto, en la economía distributiva de los
goces, más bien se evidencia que la relación con el bando no es de
aplicación sino de a-bando-no.
El bando, por lo tanto, es un mandato, es la enseña del soberano, es un
edicto solemne e inductor de banderías diferenciales. También, por
supuesto, se categoriza a los excluidos por el bando como bandidos. Por
lógica deducción, entonces, al generar banderías, el bando muestra su
condición facciosa, su notoria vocación exclusionista y concentracionaria.
Vale decir: al inducir facciones, proscribe, segrega e instiga a la
violencia “legítima” contra los segregados.
Mero cuerpo
La relación política originaria, en consecuencia, no es la ley sino el
bando. Por cierto, de tal forma aludimos a un mecanismo oculto, a una
facticidad en el sentido lacaniano, la cual grafica la presencia de una
indeseable solidaridad –y esto es difícil decirlo– entre la democracia y
el totalitarismo.
¿Adónde lleva el bando? Aquí insisto en acompañar a Agamben, a lo que él
entiende que el campo ha venido a reactualizar. En efecto, delimita y
estudia una extraña figura localizable en el antiguo derecho romano: es la
designada como homo sacer, el “(...) hombre cuya vida consagrada a
Júpiter, separada del resto de las vidas de la polis, no puede ser
sacrificada en el sentido religioso o ritual (...)”. Como se aprecia, el
sacrificio, concebido con rigor en estos términos, implica la atención a
cierta regulación normativa, la cual exige la ofrenda con la que, muchas
veces, los hablantes así implicados –esto es, los sacrificables– incluso
concuerdan. Es por esto que el término “holocausto” –utilizado para lo que
sabemos debe ser llamado Shoah, o exterminio– es totalmente inconducente
para caracterizar la barbarie asesina nazi. En efecto, en la cuestión
considerada no hay ningún sacrificio voluntario en juego, y creo que
utilizar el vocablo “holocausto” implica, simplemente, la instrumentación
de un término renegatorio, cuando no exculpatorio del crimen organizado de
manera masiva. Porque en el sacrificio el lugar del Otro resulta
definitorio; en cambio, en la Shoah se procuró borrar toda presencia de
testigos: era, por eso, la “solución final”, cuyo designio radicaba en no
dejar vestigio alguno de su proceder.
Retornemos a la puntuación referida: “(...) éstos están separados, no son
sacrificables, pero lo que sí puede el homo sacer, porque está fuera de la
ley, es ser asesinado sin que ese asesinato constituya delito, por lo
tanto queda reducido, por la pérdida de todos sus derechos, como sucede
con aquel que entra en el campo, a (...)” lo que llama entonces Agamben
“(...) la nuda vida, que sería la traducción moderna del homo sacer”. Es
decir: no la vida regida de acuerdo con el contrato social, sino la vida
abandonada.
Y avanza lo siguiente: “Este mero cuerpo es aquel sobre el cual todo puede
ser ejecutado, pero del que nadie va a decir que ha sido sacrificado”.
Así, no se reconoce el sacrificio ritual. Por otro lado, puede aseverarse
que homo sacer es aquél a cuyo respecto los demás, todos los demás, obran
como soberanos. Cabe considerar, en tal sentido, el eslógan-bando emitido
por la mencionada dictadura militar argentina tendiente a encubrir el
aniquilamiento sistemático y planificado regulador de su accionar, el
cual, como se sabe, “desapareció” los cadáveres de los presuntos
subversivos. Se trata del siguiente dictum: “Tan sólo se han cometido
ciertos excesos en la guerra antisubversiva, tal como sucede en cualquier
guerra. Además, se trata de una guerra sucia”. Por lo cual obviamente,
agregaban, “no hay desaparecidos”, ya que éstos “no están”, según afirmase
–no sin sarcasmo– el genocida ex dictador Videla.
Pues bien, este “todo es posible”, este “todo vale” –sin sacrificio alguno
en juego– caracteriza cabalmente una biopolítica totalitaria, en la cual
el hablante, por supuesto, pierde todos sus derechos como ciudadano. O
sea: el ciclo en cuestión se inicia mediante un estado de excepción, pero
el punto central radica –y esto es lo notable– en que dicho estado perdura
sin una definición limitativa de sus alcances, lo cual pone en cuestión el
estatuto de la aludida excepción. Citemos otra vez a los dictadores
argentinos: “Nosotros tenemos objetivos, no plazos”. Ahora bien, el estado
de excepción es violento y segregatorio por definición.
Lo reitero: con ocasión de promulgarse el estado de excepción se consigna
su condición de transitorio; sin embargo, justamente ese avatar –por lo
usual incumplido– sirve para agrupar a los segregados en el ámbito de los
campos. De ahí surge la osada hipótesis, la mostración de Agamben: el
campo de concentración es “(...) el paradigma biopolítico de Occidente”.
Por lo tanto, dicho paradigma ya no es la ciudad, la polis, donde rigen
los derechos de los ciudadanos. Digámoslo de otro modo: el campo aparece
como el “más-Uno” de los tres componentes organizadores de la modernidad,
que son el territorio, el Estado y la nación.