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200209 - Catoblepas - Ideología de la posmodernidad - José María Laso Prieto - Publicado originalmente en Nuestra Bandera en 1985

1984 ha sido el año en que el término «posmodernidad» ha comenzado a tener mayor eco en los medios de comunicación españoles. Primero en los madrileños –a pesar del Estado de las Autonomías el centralismo sigue caracterizando nuestra vida cultural– para pasar luego, ya muy disminuido, a los regionales. Generalmente, se habla de posmodernidad en un sentido difuso que no dice nada al ciudadano medio. Todo lo más que éste alcanza a percibir en el término –habitualmente utilizado para adjetivar fenómenos artísticos, estilos, modas, &c.– es cierta confusa relación con formas artísticas pretendidamente de vanguardia.

Ante el carácter multívoco que ha adquirido el vocablo posmodernidad, puede ser útil intentar definirlo en la forma que lo haría un hipotético diccionario. Así, consideraríamos a la posmodernidad como un término que se ha generalizado para denominar a un conjunto diversificado de corrientes ideológicas, artísticas, literarias, etcétera, que tienen en común la pretensión de constituir una sucesión y diferenciación cuantitativa de la modernidad.

Antes de su difusión en Europa, se venía ya utilizando en los EE.UU., por sociólogos y críticos, para designar el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. En un sentido más estricto, se ha definido a la posmodernidad como la condición del saber que corresponde a las sociedades más desarrolladas. De ahí el nexo, que también se establece, entre posmodernidad y posindustrialismo, entendiendo por tal una sociedad en que la economía se desplaza del sector productivo al de los servicios. Según sus ideólogos –Daniel Bell, Brzezinski, Alain Touraine, Raymond Aron, &c.– esta sociedad liberará al hombre de sus limitaciones físicas y económicas, pues el trabajo automatizado de las máquinas, los ordenadores, &c., suprimirá, casi por completo, el trabajo muscular y proporcionará al hombre más tiempo libre; como consecuencia, se producirá un colosal desarrollo de los medios culturales y de información; surgirá así una sociedad tecnocrática cuyo desarrollo cultural y social transcurrirá bajo la acción de la técnica y de la electrónica; con ello, la industria dejará de ser el factor determinante de las mutaciones sociales y de sus reflejos ideológicos. Se sostiene también que rasgos relevantes de esta sociedad posindustrial se dan ya en los países desarrollados, tanto capitalistas como socialistas, y de ello se deduce la innecesariedad de las revoluciones sociales y de las ideologías revolucionarias. Aparece así una estrecha relación entre la posmodernidad y uno de los últimos intentos de lo que Lukács denominó apologética indirecta del capitalismo. Y también con el intento ideológico de sustituir la revolución –como motor de la historia– por el mero automatismo mecánico de las fuerzas productivas.

Base conceptual de la posmodernidad

Un intento de elaboración sistemática del concepto de posmodernidad, ha sido realizado por los sociólogos J. F. Lyotard y J. Baudrillard. En 1959, Lyotard publicó su ensayo básico La condition postmoderne.{1} Parte de la premisa de que la posmodernidad constituye la condición del saber en las sociedades más desarrolladas. Así, socialmente, viviríamos en el estadio posindustrial y, culturalmente, en la edad posmoderna. Para Lyotard, el tránsito hacia ese estadio y edad comenzó en Europa al finalizar la década del 50. Empero, es más o menos rápido según los países y sectores de actividad: de ahí una discronía general que no permite una visión de conjunto. Por ello –y esta constituiría una de las debilidades que dificultan una elaboración rigurosa del concepto de posmodernidad– una parte de la descripción no puede dejar de ser conjetural. Así, al no poder trazar un cuadro completo de la sociedad posmoderna, Lyotard parte de un rasgo que pueda ayudarle a determinar su objeto: el carácter discursivo del saber científico. Al incidir sobre tal discurso las transformaciones tecnológicas, el saber se ve afectado en sus funciones de investigación y de transmisión de conocimientos. Respecto a la primera, Lyotard proporciona el ejemplo de la genética, que debe su paradigma teórico a la cibernética. En cuanto a la segunda, opina que al normalizar y miniaturizar los instrumentos se modifican las operaciones de adquisición, clasificación y explotación de los conocimientos. E n esta transformación general, la naturaleza del saber no permanece intacta. A menos que el conocimiento sea traducido en cantidades de información, no puede resultar operativo.

Esta hipótesis sobre la información de la sociedad Lyotard la consideraba demostrada: se admite como evidente que el saber científico y técnico se acumula y todo lo más que se discute es la forma de su acumulación. Además, el saber científico no es todo el saber. En realidad, siempre ha competido con otro tipo de saber que, para simplificar, Lyotard califica de narrativo. Lo que no quiere decir que éste pueda imponerse, aunque su modelo esté ligado a las ideas de equilibrio interior y confiabilidad en comparación con las cuales el saber científico contemporáneo queda descolorido. Ello ha provocado la desmoralización de investigadores y enseñantes a la hora de valorar el estatuto del saber científico. Por consiguiente, en la sociedad actual, el problema de la legitimidad se plantea en otros términos que en la modernidad. Así, la condición posmoderna se caracteriza por: 1) incredulidad respecto a los grandes relatos; entendiendo por tales la dialéctica hegeliana de la historia, la teoría de la lucha de clases, &c.; por el contrario, total asunción de los pequeños relatos que constituyen la forma que adopta la invención imaginativa; 2) distanciamiento respecto al criterio de la performatividad u optimatización; el desarrollo de la ciencia no se haría así gracias al positivismo de la eficiencia; 3) abandono del principio del determinismo, sobre el que reposa la legitimación de la performatividad; la posmodernidad sólo admite algunos islotes de determinismo.

Posmodernidad y apologética indirecta del capitalismo

No es difícil discernir en los postulados teóricos expuestos, una acentuación de los rasgos de irracionalismo y anticientificismo que Lukács consideraba como inherentes a la etapa de la apologética indirecta del capitalismo. Aunque, aparentemente, los teóricos posmodernistas se apoyen en una desorbitación de las consecuencias naturales y sociales del desarrollo científico y tecnológico, su actitud subyacente es claramente anticientífica. Todo ello es coherente con la función ideológica a que la posmodernidad está destinada en esta etapa del capitalismo maduro. En los elementos de irracionalismo, escepticismo, nihilismo, esteticismo e individualismo exacerbado, que impregnan las distintas variantes de la ideología posmodernista, pueden encontrar apoyo las tendencias al abandono de la acción social y política transformadora y al narcisista y gratificante repliegue a la privaticidad que ahora practican muchos de los otrora progresistas y revolucionarios.

Desde una perspectiva teórica, es difícil discernir con rigor las manifestaciones de la posmodernidad en los diversos campos. Suele ser la autoproclamación la que sirve de criterio de discernimiento. Pero en la arquitectura la distinción tiene una mayor base objetiva. Se trata de un campo en el que, por su propia base material y especial, se precisa mejor la distinción de estilos. Así, en la contemporaneidad, se puede seguir un hilo conductor que iría desde la formulación de los códigos neoclásicos, como expresión del orden urbano de la burguesía en ascenso, hasta la arquitectura racionalista, de la que son paradigma Le Corbusier, Taylor, la Bauhaus, &c. Pero este movimiento moderno entra en crisis y no sólo por su incapacidad de incidir sobre el ambiente, desde el discurso objetivo de la forma, sino también por la crisis económica actual. De ahí que, tras la emblemática tecnología de la década de los 60, y el sociologismo oportunista de la del 70, los saberes arquitectónicos se replegasen a círculos minoritarios dispuestos –en expresión de Fernández Alba– a aceptar una nueva cruzada contra la moral de la uniformidad... El nuevo contenido mesiánico tratará de indagar dónde tiene su origen la modernidad, y será la condición posmoderna la referencia parada futura especulación formal{2}. Se produce así una bipolarización de las teorías arquitectónicas: 1) los que sostienen que el movimiento moderno ha muerto por cansancio, obsolencia y pérdida de significación estética; serían los posmodernistas Portoghesi y Rossi, en Italia; Jencks en Inglaterra, Stern y Wolf, en EE.UU.; 2) quienes defienden los ideales del movimiento arquitectónico moderno, no como una simple posición formalista, sino como la expresión de un sistema ambiental que responda a las necesidades de las grandes mayorías sociales: Maldonado, Gregotti y Giulio Carlo Argan, en Italia; Schnaidt, en Francia; Riabushin, en la URSS; López Rangel, en México; Segre, en Cuba; Fernández Alba, en España, &c.

Desde una perspectiva crítica, Roberto Segre se refiere a los «sepultureros del movimiento moderno que pretenden sustituir sus fundamentos metodológicos racionales y humanistas por el ritual escenográfico»: véase Plaza de Italia, de Moore; el historicismo arbitrario –oficinas de Portland, de Graves o el ITT de Nueva York, de Johnson–; la monumentalidad autoritaria, símbolo de los ideales pequeño-burgueses –materializada en el Palacio de Abraxas, de Ricardo Bofill– o el silencio evasivo a la contradictoria realidad contemporánea: el cementerio de Módena, de Aldo Rossi. Según Segre, aunque es evidente que las propuestas del movimiento moderno no pudieron materializarse, porque proponían cambios en la sociedad más profundos que un simple recetario formal, la alternativa fachadista del posmodernismo no abre ninguna alternativa real válida. Por el contrario, le otorga una coartada al sistema, que simula una renovación cultural, pero en sí ajena a la relación forma-contenido basada en las auténticas necesidades vitales de la comunidad{3}.

La posmodernidad en España

Prescindiendo de sus antecedentes arquitectónicos, la eclosión de la posmodernidad ha sido tardía en España. Su primera gran manifestación pública fue la realización, en marzo de 1984, de un coloquio sobre narrativa de la posmodernidad. Se presentaron dos manifiestos en pro de la posmodernidad, pero sin lograr una definición rigurosa del término. Tampoco lo pretendían, ya que, según sus autores, su razón básica es porque sucede, simplemente, que vivimos en la posmodernidad y que hay autores que son más sensibles a este hecho. No obstante, se adujeron a Cervantes y Lope de Vega como precedentes de la posmodernidad y en la misma condición, se incluyó a Gómez de la Serna, Eugenio d'Ors y Bergamín. Cronológicamente, si bien se rechazan las décadas del 50 y 60 del siglo, se sintoniza plenamente con la del 30. En el estilo literario se preconizó una nueva literatura cargada de pasión, aventura y desenfado. De hecho, el núcleo fundamental de la corriente artística posmodernista se aglutina en torno a la revista de vanguardia La Luna de Madrid. Esta pretende ser la expresión de un nuevo movimiento urbano en el que conviven diversas estéticas y un afán por nuevas formas de creación. En un plano más concreto se ha pretendido que la novela Larva –del escritor madrileño Julián Ríos– constituye un paradigma de la literatura posmoderna. Según el profesor Julio Ortega, Larva es un texto posmoderno «porque no esta basada en otros saberes e incluso pone en entredicho a nuestros sabios». Ese carácter posmodernista de Larva estriba, según Ortega, en que «siendo una novela excesiva [va a constar de cinco volúmenes], recoge en sí misma su propia demasía a base de conseguir exteriorizar todas las funciones del lenguaje, utilizando todos los idiomas existentes sin dejar ni una palabra quieta.»

En el campo musical se está intentando insertar diversas obras vanguardistas, y de innovación formal, en el ámbito de la posmodernidad. En todo caso, se trata de una taxonomía dudosa, ya que, por el especial nivel de abstracción de la composición musical, el porcentaje de subjetivismo en la composición estética es muy elevado. Lo mismo sucede cuando se utilizan técnicas fronterizas entre uno u otro género artístico. Así, el estreno de una versión de Otelo en Madrid fue calificada de posmodernista, debido a que hay un paralelismo entre los personajes y algunos tópicos del cine norteamericano.

La crítica de la posmodernidad

Las expresiones de la posmodernidad en España se han circunscrito casi exclusivamente a Madrid. Por eso en la crítica se distingue entre el sentido fuerte del término –fundamentalmente en sus intentos de teorización– y sus expresiones menores de índole vanguardista. Así, para Alfonso Sastre, la posmodernidad en su uso cultural-matritense no parece indicar otra cosa que cierta irónica aceptación de todas y cada una de las tendencias, formas o posibilidades culturales: la pacífica coexistencia de lo plural y cierto horror por las actitudes serias, entendiendo por serio aquel discurso que pretende alcanzar cierta coherencia. Como es lógico, ello comportaría un riesgo de fetichización de lo lúdico. En un plano crítico más general, existen posiciones que niegan incluso la categoría de nuevo movimiento a la posmodernidad. Así, Susan Sontag considera que el término posmoderno quiere decir, simplemente, la modernidad misma, la que ha existido siempre: «La de ahora tiene un sentido comercial más agudo, pero yo no le concedo la dignidad de un nuevo movimiento. Considero, por el contrario, que estamos en un momento conservador en todas las artes. Lo que existe no es el posmodernismo, sino una gran reacción conservadora contra la tradición cultural moderna.»

Alfonso Sastre ha tratado de situar a la posmodernidad en el contexto cultural e ideológico de nuestros días. Bajo el título general de La posmodernidad como futura antigualla, realizó una crítica sistemática de la ideología posmodernista. Discute incluso la propia pertinencia del término posmodernidad, ya que –después de una perspectiva histórica– a la Edad Moderna sucede la Edad Contemporánea. Sería por ello mejor hablar de contemporaneidad que de posmodernidad. El pensamiento español posmoderno, a juicio de Sastre, o no ha empezado todavía o comenzó hace tiempo: con la obra de Gonzalo Fernández de la Mora (El crepúsculo de las ideologías) o mediante ilusorios intentos verbales de superar la lucha de clases. En la práctica cultural española, la posmodernidad se caracterizaría por un talante ecléctico fundamentado en la alergia a las opiniones fuertes, derivada de un escepticismo de que algo pueda ser legitimado como verdad. En la faceta seria de la reflexión posmodernista, Sastre considera que la posmodernidad recupera elementos premodernos que habían sido oscurecidos por una ideología cientificista. Sin embargo, la posmodernidad compartiría con esa concepción cientificista la aceptación de un modelo unificado y funcional cuyos resultados culturales han sido socialmente desmovilizadores. De ahí que Sastre encuentre en esa función (reconstructora de torres de marfil) razones para considerar a la posmodernidad como un intento de efectuar un desplazamiento a la derecha de la vida intelectual.

Castilla del Pino es también crítico de la ideología posmodernista. A su juicio, en el concepto de posmodernidad están involucrados los conceptos mismos de razón y de uso de razón y, en consecuencia, discutir el primero implica necesariamente una toma de posición sobre los últimos. La posmodernidad se define como la pérdida de la fe en la razón, lo que entraña, en principio, una contradicción: ¿se puede lógicamente tener fe –que es de suyo una operación arracional– en ese instrumento que denominamos razón? En definitiva, para Castilla del Pino no se puede ser posmoderno, sino en gracia a una declaración fideísta y en un acto de soberana petulancia. Es más: el fideísmo es la característica de la posmodernidad. Por otra parte, como colectivo, ni siquiera estamos sociohistóricamente en la modernidad. Hay que distinguir entre dos categorías que se suelen utilizar como sinónimas: modernidad y contemporaneidad. No todos los hombres de hoy, contemporáneos de cuanto acontece en ciencia, pensamiento o arte, pueden ser denominados modernos. Tampoco el uso, por una mayoría, de artefactos científico-técnicos garantiza la modernidad (el estar a la page) de sus usuarios. La modernidad es una actitud intelectual que nada tiene que ver con la posesión, meramente usuaria, de artefactos de hoy... Castilla del Pino reivindica también la razón –frente al nuevo irracionalismo posmodernista–, precisando que «la extrema relativización que comporta la concepción singularizada del mundo por el hombre moderno, no representa la quiebra de la razón en manera alguna». Contrariamente, pregona la constitución del mundo desde la razón, desde cada razón.

El gran discurso de la razón histórica define, según Engels, el concepto de modernidad. Para Lyotard, «la posmodernidad es la racionalidad relativa, el discurso cauteloso, prudente, sin esperanza ni sentido finalista». Según Carlos Gurméndez «el posmoderno duda de que haya una salida a la crisis de la civilización actual. No se recrea afilando el corte de la modernidad (esto sigue siendo moderno). El posmoderno simplemente duda. Desde este escepticismo espera vivir mejor.» A nuestro juicio, esta perspectiva de la posmodernidad se caracteriza por el intento de hacer de la necesidad virtud. Mediante tal transmutación, quienes se hallan sumidos en el escepticismo, pueden permitirse abandonar la acción social y política transformadora y efectuar el repliegue a la privaticidad, con una gratificante buena conciencia.

Notas

{1} Jean-François Lyotard, La condition postmoderne, Editions de Minuit, París 1979. La edición castellana –con el título de La condición postmoderna. Informe sobre el saber– en Editorial Cátedra, Madrid 1984.

{2} Antonio Fernández Alba, Neoclasicismo y posmodernidad, Hermann Blume Ediciones, Madrid 1983, pág. 133.

{3} Roberto Segre, «El alba de la razón de don Antonio Fernández», Nuestra Bandera, nº 122, Madrid, enero-febrero 1984, págs. 79 y 80


 

 

 

 

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