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. Breve visita a la globalización
. Las globalizaciones tienden a violar la historia y la cultura

130310
- Globalizacion: elementos para una caracterización - José Guadalupe Gandarilla Salgado

Busqué varias veces la conversación con distintos responsables para tratar de ir haciendo una labor de convencimiento contra ella. Fue imposible; es reconocida como un artículo de fe. Los más evolucionados políticamente dicen que es una fuerza natural, material... - Ernesto Che Guevara

En los siguientes párrafos, con el ánimo de efectuar un distanciamiento de aquellas interpretaciones que ven en la globalización un proceso nuevo y sin precedentes, que obedece a un conjunto de fuerzas con lógica objetiva e inexorable, en las cuales es difícil -si no imposible- influir y ante las cuales es mejor adaptarse, se plantean algunas ideas que rescatan una visión histórica de largo plazo y develen las derivaciones ideológicas que permean al discurso de la globalización.

(Ver: La economía mundial volverá a estallar en 2012 (o antes)

El frenesí globalitario

Al parecer la globalización como término, concepto o categoría, se ha impuesto no sólo en el lenguaje de los analistas, en la explicación y justificación de políticas públicas, o en la administración y manejo que hacen los "hombres de negocios"; ha llegado a ubicarse como parte del lenguaje común, como tópico y tema de conversación y como el argumento final y más contundente que puede explicar casi todo: no únicamente el comportamiento de lo económico, lo político e incluso lo cultural, también la toma de decisiones que en esos ámbitos ocurren (prioridad para efectuar políticas de liberalización, privatización, achicamiento del Estado o sacrificio de la población para soportar el peso de los ajustes; retórica de la reformulación del papel del Estado, generación de consensos sobre temas y actuación de los actores políticos; creación de necesidades y fomento del consumo de determinados mensajes).

El uso cada vez más recurrente del vocablo pareciera, sin embargo, no corresponderse con la certeza de saber acerca de qué estamos hablando cuando hablamos de la globalización. Si es que nos referimos a ella como una nueva etapa de nuestra realidad y contexto; como una fuerza objetiva e inexorable; como un proceso que avanza a través y por medio del impulso y comportamiento de los distintos actores o fuerzas sociales; como un concepto o categoría de la explicación científica; o como una ideología que encubre un conjunto de intereses muy específicos y determinados. En cada una de esas acepciones han corrido ríos de tinta esgrimiendo argumentos en uno y otro sentido y, aunque para este momento ya contamos con algunos trabajos de sistematización y crítica a la apropiación irreflexiva del globalismo neoliberal, es posible observar, todavía, el impacto que el tema proyecta sobre el mercado editorial.

Los pies en la tierra: término, concepto, categoría o paradigma

La caracterización del estado actual del capitalismo es un ejercicio que para muchos analistas quedó suficientemente cubierto afirmando que el mundo entero había entrado a una nueva era: la globalización.

En esta trampa (producto de deficiencias y carencias en el análisis, así como de la deshonestidad intelectual), cayeron o nos pretendieron hacer caer, no sólo los think tanks y los gurúes del (neo)liberalismo (en sus vertientes moderadas, tipo Lester Thurrow, o más recientemente George Soros, terceristas como Anthony Giddens, radicales al estilo de Thomas L. Friedman o Kenichi Ohmae, o futurólogos como Peter F. Drucker o los Tofler), sino también pensadores herederos de cierto cosmopolitismo (Octavio Ianni) o de determinismos estructuralistas (J. M. Vidal Villa).

La globalización se nos pretende presentar como el signo de la época, como aquello que caracteriza o como el elemento caracterizante del mundo actual; sin embargo, paradójicamente ella misma no ha sido adecuadamente caracterizada. Los últimos años han sido testigos no sólo del emerger del discurso de lo global, de la globalidad o de la globalización, sino de su imposición como verdadero paradigma dominante. Para el pensamiento crítico ha sido cuando menos difícil y constituye un reto importante el establecer un distanciamiento de un paradigma que tiende a ser asumido como la razón establecida. Lograr superar estos aprisionamientos aparece como una necesidad para intentar avanzar en la construcción de alternativas teóricas y prácticas. Distanciarse del concepto de la globalización y de su discurso, o cuando menos evitar una apropiación a-crítica del concepto, exige hacerlo no sólo desde el nivel teórico, o a partir de un corpus teórico, sino desde una disposición cognoscitiva, epistemológica, que profundice en el nivel o ámbito de los presupuestos que permiten su construcción categorial.

El proceso o el conjunto de procesos que se han dado en llamar globalización involucran y tienen por base toda una amalgama de relaciones sociales, por tanto, incluyen vencedores y vencidos. El discurso científico hegemónico tiende a privilegiar la historia del mundo en la versión de los vencedores. Con frecuencia, el discurso de la globalización es la historia de los vencedores contada por ellos mismos. Si no efectuamos un distanciamiento de esta particularidad del discurso hegemónico, caemos en lo que el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos llama "epistemicidio", que no es sino una manifestación del imperialismo cultural.

En una primera aproximación metodológica, la llamada globalización se nos presenta como una totalidad determinante, pero ella misma indeterminada; asumida de ese modo, se utiliza para construir un mito o una ideología, que cumple con la función de inhibir toda acción política.

En este punto del análisis, es posible establecer dos tipos de relación de conocimiento, que nos permitan colocarnos ante la globalización como objeto cognoscible. Una que podríamos llamar intraparadigmática, que reconoce o acepta en mayor o menor medida los pre-supuestos del paradigma sobre el cual ha sido montado el concepto de globalización (aunque se disientan de algunas de sus connotaciones) o, mejor aún asumen la globalización como paradigma.

La otra perspectiva que podríamos llamar extraparadigmática, en donde la discusión se ubica en el cuestionamiento no sólo de la pertinencia de la globalización como concepto o categoría, sino que se someten a examen los presupuestos paradigmáticos de dicho discurso. En este enfoque, se ponen en duda las propias lógicas de conocimiento que están en la base de tal teoría o concepto.

En esta ocasión, discutimos desde dos dimensiones del análisis, una la histórica y la otra en el terreno del conocimiento, recuperando lo que Foucault llamaba los "saberes sometidos".

(Ver: Desmundialización: el debate prohibido)

Un poco de historia

Se ha pretendido expresar, desde el planteamiento oficial y dominante, algo que por demás parece absurdo o cuando menos desacertado, que la globalización se inicia en los años ochenta y se erige en el episodio histórico en el cual el conjunto de economías y Estados o sociedades nacionales parecen llegar al "fin de la historia". La llamada globalización, refiere al proceso multisecular de expansión internacional del capitalismo. En tal sentido, experimenta un comportamiento cíclico en periodos históricos de aceleración y desaceleración, envuelto en procesos sociales que expresan continuidades y discontinuidades en la vocación de expansión mundial del capital. Vista desde una perspectiva histórica más amplia, la globalización puede ser entendida como la etapa contemporánea de desarrollo del capitalismo, como culminación al nivel planetario del proceso de establecimiento -iniciado hace ya cinco siglos-, del modo de producción específicamente capitalista a lo largo y ancho del globo, y el desplazamiento o subsunción de toda otra forma de producción, a su lógica y dinamismo. La necesidad de comprender este cúmulo de acontecimientos, como ampliación y profundización de procesos que vienen experimentándose y encuentran en la propia lógica del despliegue del capital mundial su estructura fundante; y que en ese sentido acompañan al capital desde cuando menos la afirmación hegemónica de Occidente como centro del sistema mundial desde 1492, requiere problematizar la imagen que entiende nuestro contexto histórico como "una nueva totalidad histórica".

El siglo XX ha sido, precisamente, un espacio histórico de sucesión de crisis y de recomposiciones o reestructuraciones capitalistas. En nada se justifica que la reestructuración mundial del capital iniciada en los ochenta (o aún antes) signifique una "modificación estructural histórica del capitalismo", algo así como una nueva etapa o, peor aún, una nueva totalidad histórica, expresada en la globalización neoliberal, en la dominación neoliberal globalizadora. El capitalismo es global (mundial) desde su origen y desde sus inicios estuvo asociado al colonialismo y al saqueo de las colonias, lo que no sólo retardó sino impidió su desarrollo económico y social ya como Estados nación; de hecho conforme maduraba su economía desarrollaban su subdesarrollo (como en reiteradas ocasiones lo ha explicado Gunder Frank); desde el siglo XIX, el imperialismo y el intercambio desigual son características básicas del capitalismo mundial.

Resulta provechoso, para recuperar el peso de la dimensión histórica, recurrir a lo que Braudel consideró la característica fundamental del eje temporal y la velocidad del cambio histórico: la triple dimensión de la temporalidad. Desde esta perspectiva de análisis la globalización puede ser analizada como un proceso de larga duración, en su dimensión coyuntural y a la luz expresiva y compleja de la historia como "acontecimiento".

Ubicados en una perspectiva de longue durée, el alcance global de los mercados financieros en nuestros días y las expansiones financieras entendidas como cierres de etapas fundamentales del desarrollo capitalista encuentran su símil histórico en los mercados de Londres en el siglo XIX o incluso en los mercados de Amsterdam en el siglo XVIII. Estas etapas de culminación de ciclos sistémicos de acumulación también se rigen por la sucesión y cambio en los ciclos de hegemonía (el paso del hegemón desde Génova, Holanda, Gran Bretaña, Estados Unidos). Desde esta perspectiva de largo plazo, el estado actual del capitalismo se ubica en un largo trayecto de dominación, acumulación, explotación y apropiación del mundo.

Es aquí donde entra lo que podríamos denominar una perspectiva coyuntural de aceleración de los procesos de despliegue mundial del capital (cuando menos desde fines de los sesenta e inicios de los setenta), que por otro lado expresan una profunda discontinuidad con los modos de producción, acumulación y regulación que rigieron al capitalismo desde la segunda posguerra hasta la crisis mundial de mediados de los setenta. Los teóricos del sistema-mundo y algunos de la dependencia como Theotonio Dos Santos esperarían y siguen esperando (pues no hay elementos que permitan afirmar que esto ha ocurrido) el comienzo de una fase de recuperación del ciclo Kondratieff (aunque Dos Santos dictaminó la recuperación casi desde el inició de los noventas) y el inicio de una fase de expansión que no se sabe a ciencia cierta a dónde nos conducirá (pues como afirma Wallerstein no se sabe el sendero que reconocerá el sistema capitalista inmerso como está en una gran bifurcación). Vista en su dimensión coyuntural, la globalización manifiesta el carácter reversible del proceso, como también lo fue el proceso de aceleración y profundización de la globalización entre 1850 y 1914.

Es en la dimensión temporal de corto plazo, donde los procesos de globalización parecen manifestar una intensificación de tendencias seculares y coyunturales. Desde esta perspectiva temporal, los acontecimientos históricos tienden a ser presentados como sucesos inexorables, irreversibles, que exceden nuestros márgenes de actuación política. En esta dimensión, el contexto político, económico y cultural es utilizado por los grupos de poder (nacionales y supranacionales) para imponer una política acorde con sus proyectos de dominación, explotación y apropiación. Desde este ángulo de análisis, destacan su sustrato político y su entendimiento como forma de relaciones sociales; según afirma Hirsch, "la globalización actual es en esencia un proyecto capitalista en la lucha de clases. No es un mecanismo económico 'objetivo' ni menos un desarrollo político cultural propio, sino una estrategia política... no es un acontecimiento o expresión natural de una lógica 'objetiva' , sino un proceso impuesto y reñido políticamente".

Saber la sumisión desde saberes sometidos: del imperialismo a la globalización ¿o viceversa?

Retomamos lo que por "saberes sometidos" entiende Michel Foucault, definición que se expresa con dos acepciones, en primer lugar como "contenidos históricos que fueron sepultados, enmascarados en coherencias funcionales o sistematizaciones formales... esos bloques de saberes históricos que estaban presentes y enmascarados dentro de los conjuntos funcionales y sistemáticos"; en segundo lugar, "toda una serie de saberes que estaban descalificados como saberes no conceptuales, como saberes insuficientemente elaborados: saberes ingenuos, saberes jerárquicamente inferiores, saberes por debajo del nivel del conocimiento o de la cientificidad exigidos"; se trata, pues, de saberes sometidos, producto de estrategias de dominación y jerarquización en el plano de la práctica y en el de la teoría también. Muchas de las formulaciones categoriales y metodológicas del pensamiento crítico entran fácilmente en esta clasificación. De importancia mayúscula, sería recuperar y desarrollar un programa de investigación que por un lado supere el bloqueo neoliberal y por el otro reivindique algunas de las categorías ya avanzadas por la economía clásica para caracterizar el capitalismo y el imperialismo.

Entender la unidad y conjunto que hace a la economía mundial exige también tener en cuenta su dimensión jerárquica y la actual confirmación de la hegemonía del capital financiero. En esta parte, es posible proponer una lectura de largo plazo de la teoría del imperialismo. Los análisis esbozados en las discusiones clásicas de la Segunda Internacional por Hilferding, Lenin o Bujarin explican la fase temprana o emergente del predominio financiero; hoy es posible, retomando el trabajo de Jorge Beinstein, "acceder a una visión menos influida por las esperanzas y limitaciones europeizantes de aquella escuela marxista e ir más allá de su afirmación de la especificidad capitalista-financiera del imperialismo contemporáneo para incluirla en una trayectoria más larga, multisecular de Occidente".

En esta dimensión, el supuesto carácter universal de las políticas de globalización se revela como un conjunto de políticas que expresan intereses particularistas que reclaman falsos universalismos; se trata de políticas con un carácter particularista de dominación. El director del gabinete de consultorías de Henri Kissinger, David Rothkopft, delinea una imagen de futuro ajena a una caracterización cosmopolita o universalista y explícitamente la coloca en los intereses de dominación del imperialismo norteamericano: "compete al interés económico y político de Estados Unidos el vigilar que, si el mundo opta por un idioma único, éste sea el inglés; que si se orienta hacia normas comunes tratándose de comunicación, de seguridad o de calidad, sean bajo las normas americanas; que si las distintas partes se unen a través de la televisión, la radio y la música, sea con programas americanos; y que, si se elaboran valores comunes, éstos sean valores en los cuales los americanos se reconozcan".

En el terreno del discurso el término globalización sustituyó al del neoliberalismo (el cual por cierto fue sometido a una crítica profunda, que reveló sus efectos dañinos para el conjunto social) y se hace necesario recuperar la crítica de las políticas neoliberales; parafraseando a Clausewitz podemos decir que "la globalización es la continuación del neoliberalismo por otros y los mismos medios". Esto lo entendieron muy bien los movimientos de protesta desde la Selva Lacandona hasta Seattle o Praga; pasaron de ser encuentros por la humanidad y contra el neoliberalismo, a luchas antiglobalización.

En cada uno de estos movimientos, se oponía a la no verdad evidente la riqueza de la verdad posible. Como afirma Manuel Vázquez Montalbán en su Panfleto en el planeta de los simios, "no hay verdades únicas ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos mediante las verdades posibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas".

Notas

1- Hemos intentado una respuesta en "¿De qué hablamos cuando hablamos de la globalización?: una incursión metodológica desde América Latina", de publicación próxima.
2-Véase Boaventura de Sousa Santos, "De la mano de Alicia. Lo social y lo político en la posmodernidad", Siglo del Hombre Editores, Colombia, 1998. En especial, capítulo 10.
3- Véase Fernando Mires, "La política en tiempos de la globalización", en Nueva Sociedad, No. 163, México, septiembre-octubre de 1999, pp. 164 - 177.
4- Octavio Ianni, o. c.; y Francis Fukuyama, "Capital social y economía global" en Este país, No. 59, febrero de 1996, México, pp. 2-9.
5- Véase Joachim Hirsch, "¿Qué es la globalización?, en Realidad Económica, No. 147, México, 1996, pp. 7-17. A quien pertenece esa afirmación.
6- Eric Helleiner, "Reflexiones braudelianas sobre globalización económica. El historiador como pionero", en Análisis Político, No. 39, agosto de 2000, México, pp. 3-16.
7- Véase Giovanni Arrighi, "The Long Twentieth Century. Money, Power, and the Origins of Our Times", England, 1994.
8- Joachim Hirsch, o. c.
9- Michel Foucault, Defender la sociedad, FCE, Argentina, 2000, p. 21.
10- Jorge Beinstein, La larga crisis de la economía global, Corregidor, Argentina, 2000, p. 289.

Citado en Marc Auge, "Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana", en Memoria, No. 129, noviembre de 1999, México, p. 9.

El autor es académico del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Comentarios a: joseg@servidor.unam.mx. Publicado en Memoria, nº 146. México y La insignia 13 junio 2001 - Globalización

Breve visita a la globalización - Erick Román Sánchez

Resumen. En presente artículo pretende resumir en cinco ideas y cuatro conclusiones, los elementos esenciales para entender el fenómeno de la globalización, sobre todo en su vertiente económica. Parte de la definición del concepto de globalización para hacer, posteriormente, un recorrido histórico sobre su evolución y un breve balance de su incidencia actual. También se plantean algunas recomendaciones que se consideran apropiadas para iniciar el necesario camino hacia su regulación democrática.

I. Cinco ideas sobre la globalización

1. Primera idea: Concepto de globalización

Una definición aceptada de forma común indica que la globalización es un proceso de integración de las distintas actividades humanas (sobre todo las que tienen que ver con la producción, el comercio, los flujos financieros, las redes de información y las corrientes culturales), lo que está permitiendo que el mundo se perciba cada vez más pequeño (FMI, 1997).

Son muchos los ejemplos que nos muestran este fenómeno. En 1930, una llamada telefónica promedio entre Nueva York y Londres costaba cerca de 245 dólares; para 1960, su precio se redujo a 50 dólares; en 1990 éste era de 3 dólares; en 1996 era de sólo 35 centavos de dólar (PNUD, 1999). Hoy en día, gracias a Internet, esta llamada puede costar lo mismo que una local. También los precios relativos a los fletes de mercancías han sufrido una reducción similar, lo que sin duda ha facilitado la conexión entre las distintas zonas geográficas del mundo.

Otro ejemplo que ilustra el fenómeno de la globalización es el siguiente: un turista español que viaja a Venezuela puede comprar allí unas zapatillas deportivas de la marca Adidas (casa comercial alemana), que han sido fabricadas en Indonesia, y las paga con su tarjeta de crédito American Express (empresa norteamericana) otorgada por un banco español, que es donde él tiene su cuenta de ahorros. Este complejo proceso de imbricación que implica aspectos productivos (fabricación de las zapatillas), comerciales (venta de las zapatillas), financieras y tecnológicas (forma de pago de las zapatillas), nos acerca a la idea de un mundo globalizado.

2. Segunda idea: La globalización no es un proceso nuevo; por el contrario, tiene un largo y profundo recorrido histórico

El concepto de globalización ha sido acuñado recientemente (en los últimos lustros del siglo XX) y su utilización se ha extendido de forma acelerada. Sin embargo, ni lo novedoso del término ni su masificado uso, nos deben hacer pensar que la globalización es un acontecimiento nuevo. Por el contrario, tiene un amplio recorrido histórico cuyo último estadio estamos viviendo ahora.

Como hemos señalado, la globalización es un proceso continuo y acelerado de integración de las distintas actividades humanas, razón por la cual algunas personas han llegado a indicar que la globalización nace con el deseo de las primeras civilizaciones humanas por relacionarse entre ellas para satisfacer -sobre todo en un primer momento- sus necesidades alimenticias.

Sin intentar construir un análisis histórico exhaustivo, sí debemos apuntar que han existido dos grandes olas globalizadoras en la historia reciente de la humanidad, que a continuación relatamos.

a) Primera gran ola globalizadora. Su principal desencadenante es el descubrimiento de América (1492), acontecimiento que permite tener, por primera vez, una imagen global del planeta al tiempo que incluye a un nuevo continente en la dinámica comercial, económica y política de aquel entonces.

Este énfasis integrador se afirma con el auge del mercantilismo (1500-1800), y se acelera posteriormente con la irrupción de la revolución industrial en Inglaterra (1783-1800), acontecimiento que facilita la adopción del sistema capitalista como forma de organización social, política y económica. La incipiente industria demanda la incorporación de territorios de ultramar con el propósito de obtener de ellos, primero, materias primas elementales para el funcionamiento de la industria (por ejemplo, el algodón), y más adelante, convertirlos en mercados emergentes para vender en ellos los excedentes de producción inherentes a esta transformación productiva (la revolución industrial va a permitir un aumento espectacular de la producción de bienes, hasta el punto de que éstos no pueden ser absorbidos por el mercado local, al contrario de lo que sucedía con el anterior sistema de producción artesanal).

A partir de este momento, el mundo vive un febril proceso de interconexión económica que se va a extender –pasando por sucesivas fases de auge y caída, debido al carácter cíclico del capitalismo– durante el siglo XIX y los primeros años del XX. Para darnos una idea de la importancia de este fenómeno, citaremos que el volumen del comercio internacional en 1870, como proporción del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, era bastante similar al actual (Toribio, 2001: 6).

La primera ola globalizadora llega a su fin unos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando las distintas naciones del orbe empiezan a percatarse del auge de tensiones en el escenario internacional (que desembocarían en la conflagración), y deciden protegerse aislándose del resto del mundo, por medio del uso generalizado de altos aranceles y otros instrumentos que limitan las relaciones comerciales. Este hecho se conoce, en los estudios sobre relaciones internacionales, como la política de la tortuga, porque los países buscan seguridad retrayéndose dentro de sus caparazones. Se trata de una política que va a ser aplicada durante el período de entreguerras (1914-1945).

b) Segunda gran ola globalizadora. Unos pocos meses antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), las potencias vencedoras de occidente (principalmente los Estados Unidos e Inglaterra), se muestran interesadas en tratar de relanzar el proceso de globalización que el mundo había experimentado antes de la primera gran guerra. La Conferencia de Bretton Woods fue convocada en junio de 1944 para crear un nuevo orden económico internacional que fuera idóneo para asumir esta tarea.

Frutos de este encuentro internacional, son el Fondo Monetario Internacional (FMI), que nace con la tarea de regular y supervisar el sistema monetario mundial, y el
Banco mundial  al que se atribuye la función de fomentar la reconstrucción de las zonas devastadas por la guerra y el desarrollo internacional. En 1945 se añade a estas instituciones el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), conocido desde 1995 como Organización Mundial del Comercio (OMC), para establecer reglas que favorezcan las relaciones comerciales y las inversiones en el mundo.

Este nuevo entramado orgánico a escala global logra recuperar el empuje globalizador, sobre todo en el terreno comercial, que el mundo había experimentado con anterioridad. Un indicador de este éxito es el hecho que desde 1950 hasta 1999, el comercio mundial creció muy por encima de la producción en el planeta, lo que significa que muchos de los bienes y servicios que consumimos en nuestros países son producidos en otros (www.omc.org).

A partir de la década de los años 70 del pasado siglo, la globalización empieza a tomar un matiz particular, centrándose de forma paulatina en el campo financiero. Un elemento que motiva este cambio es el desarrollo acelerado de las tecnologías de la información y la comunicación. Se empieza a masificar (sobre todo en los años 80 y 90) el uso del satélite, el fax, el móvil e Internet (por poner sólo algunos ejemplos), instrumentos que permiten con enorme facilidad mover el dinero por el mundo.

Las tecnologías han facilitado que el capital se desplace libremente por la geografía del planeta los 365 días del año y las 24 horas del día, en busca de beneficios económicos inmediatos obtenidos u obtenibles por medio de la especulación. Por ello, se ha llegado incluso a comparar al mundo como un gran casino, donde el dinero juega en busca de más dinero.

No existen barreras ni leyes (y parece que tampoco voluntad política) para evitar que esto suceda. Los nuevos capitalistas prefieren recurrir a este camino para la obtención de beneficios a corto plazo, antes que invertir en proyectos productivos, lo que limita la generación de riqueza social (pues, si hay menos inversión productiva, habrá menos empleo, menos impuestos para pagar obras sociales, etc.). En resumen, en abril de 1998, los mercados de divisas movían diariamente 1,5 billones de dólares en el mundo, es decir, cien veces más recursos que el comercio mundial (Atienza y Gómez, 2000: 9). Además, el dinero en constante movimiento es un elemento que genera inestabilidad y crisis financieras recurrentes con elevados costes sociales y políticos para el mundo pobre. A este tema nos referiremos más adelante.

3. Tercera idea: Diferencia fundamental entre las dos olas globalizadoras detalladas con anterioridad

Hay una diferencia esencial entre estas dos grandes experiencias globalizadoras mundiales, la cual se explica a continuación.

· La primera gran ola globalizadora se centró -básicamente- en el campo productivo y comercial, y los Estados de entonces jugaron un papel fundamental en el proceso: eran ellos los que gobernaban y dirigían la integración de sus naciones con el resto del planeta, ya sea por medio de acuerdos políticos, comerciales o avances militares.

· La segunda gran ola globalizadora se viene centrando cada vez con mayor intensidad en el campo financiero y especulativo, gracias al uso masivo de las tecnologías de la comunicación, pasando por encima de los poderes públicos. Es decir, la segunda ola está socavando el poder de los Estados para controlar las consecuencias de este fenómeno.

4. Cuarta idea: La globalización es un fenómeno complejo de analizar, por lo que hay que huir de las interpretaciones simplistas

La globalización es un proceso complejo y denso en el que intervienen múltiples factores y actores, por lo que no es fácil llegar a comprender el alcance de todas sus implicaciones. Por esta razón, es conveniente huir de las interpretaciones simplistas, tanto de las que afirman que la globalización traerá el mayor bienestar que jamás ha conocido la humanidad, como de las que anuncian que el avance de la globalización será como abrir una caja de Pandora que generará y extenderá múltiples calamidades por el orbe.

Lo que sí podemos indicar es que el camino escogido para materializar esta globalización, es el resultado de una opción política y social (en gran medida fruto de la apatía que impide participar en su construcción), que nos plantea diversas oportunidades y desafíos en el futuro inmediato.

a) Algunas oportunidades que acarrea la globalización. El desarrollo de las tecnologías de la información brinda a la especie humana, la posibilidad de tener una concepción integral de los problemas que azotan al mundo. Sabemos que, por ejemplo, el deterioro medioambiental, la pandemia del SIDA, las migraciones, el narcotráfico, el terrorismo, etc., ya no son sólo calamidades que afectan al país que las padece, sino que son problemas comunes que ponen en peligro la seguridad global. Estos problemas son vistos, hoy, como una verdadera espada de Damocles que pende sobre la cabeza de todos.

Esta concepción global de los problemas es la que ha provocado que la comunidad internacional convocara, en los recientes lustros, una serie de conferencias internacionales que han permitido establecer objetivos de trabajo con plazos fijos, para tratar de paliar los efectos de estos males (por ejemplo, el Protocolo de Kioto y los objetivos de desarrollo social establecidos en el programa “Un mundo mejor para todos”).

Esta nueva conciencia también se refleja en el fortalecimiento de la visión universalista de los Derechos Humanos (véase el caso Augusto Pinochet, la ratificación del Tribunal Penal Internacional, o la historia de Safiya Hussaini, la mujer nigeriana condenada en marzo de 2002 a morir lapidada, quien fue rescatada de esa atroz muerte, gracias a la presión ejercida por miles de ciudadanos de todo el mundo, campaña coordinada por Amnistía internacional).

Debemos recordar también que las nuevas oportunidades para acceder a más información a un precio razonable (por ejemplo, mediante Internet), pueden llegar a mejorar la calidad de las inversiones productivas en el mundo, facilitando datos precisos sobre suministros, mercados, leyes laborales, etc.

b) Algunos desafíos que depara la globalización. El principal desafío que plantea este tipo de globalización se deriva de la consideración de que es un proceso desigual y descompensado, que impide que las oportunidades económicas lleguen a todos los pueblos y rincones del planeta.

Decimos que es desigual y descompensado porque se centra en los aspectos financieros, desmantelando toda barrera que impide que el dinero se mueva libremente por el mundo, en busca de beneficios inmediatos frutos de la especulación. Se calcula que en la actualidad circula diariamente por el mundo más de dos billones de dólares, y el 80% de esta cantidad no permanece ni una semana en el lugar de “inversión”( ). Es imposible que en menos de ocho días, este dinero pueda incidir en la producción y en el bienestar social.

Un repaso rápido al comportamiento de la Inversión Extranjera Directa (IED) y de los flujos comerciales, contribuye a demostrar el carácter desigual de esta globalización. En el año 2000, el 68% de la IED tuvo como origen o destino un país rico miembro de la OCDE (un claro signo endogámico), mientras que sólo el 0,5% se dirigió a los 49 países más pobres del planeta.

En cuanto al comercio, ésta es una actividad controlada mayoritariamente por las grandes empresas transnacionales nativas de los países del Norte. Estas compañías generan las dos terceras partes del comercio mundial (incluso, un tercio se realiza entre distintas divisiones de una misma empresa). Por ende, el 80% del comercio del planeta se desarrolla entre las zonas más ricas del mundo (EE.UU., Canadá, la Unión Europea y el Sureste Asiático).

Además, las naciones ricas gastaron en el año 2000 más de 360 mil millones de dólares para proteger sus mercados y para subvencionar su producción agrícola, lo que limita las ventas de los productos agrícolas del Sur en el Norte y, por tanto, las posibilidades de incrementar su bienestar (Toribio, 2001: 27). Esta cifra se agiganta cuando constatamos que estas naciones destinaron a programas de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), ese mismo año, sólo 50 mil millones de dólares (Intermón-Oxfam, 2001). Es decir, por cada dólar de AOD para los países del Sur, se gastaron más de seis en impedir la comercialización de sus productos agrícolas. Sobre este último punto, habría también que llamar la atención sobre la calidad de la ayuda. Se calcula que el 40% de la población más rica que habita en el Sur recibe el doble de AOD per cápita que el 40% más pobre (Alonso, 1999: 33).

Según Mike Moore, director general de la OMC, si se abrieran las fronteras de los países ricos a los productos del Sur, la renta mundial aumentaría en 2,8 billones de dólares y 320 millones de personas saldrían de la pobreza para el año 2015.

En mayo de 2002, el gobierno de los EE.UU. firmó una ley que incrementa de forma unilateral y alarmante las subvenciones que destina a su sector agrícola. Se calcula que en diez años, los EE.UU. van a gastar unos 190 mil millones de dólares en esta política. Según algunos expertos internacionales, estas subvenciones permiten que los productores puedan vender sus artículos a un precio entre un 10 y un 15% más barato( ), volviéndolos más competitivos en perjuicio de los productos de países como por ejemplo Guatemala, donde la agricultura representa el 75% del PIB, con la consecuente pérdida de calidad de vida para la población que vive de esta actividad.

La marginación comercial de las zonas más atrasadas del mundo es alarmante; por ejemplo, África cuyas exportaciones representaron, en 1948, el 7% del todas las exportaciones globales, descendió a sólo el 2% en el año 2000 (www.omc.org). Si este continente llegara a desaparecer, no le pasaría absolutamente nada al mundo, en términos comerciales.

El desequilibrio también se refleja en el celo con el que se regula e impide el movimiento de las personas por el planeta. Resulta cuanto menos curioso ofrecer al capital libertad irrestricta para que busque mejores oportunidades en cualquier parte, mientras se les cierran las puertas a los seres humanos, cuyo bienestar debería ser la razón suprema del desarrollo y de la economía como disciplina y actividad social.

El sesgo financiero y especulativo de este tipo de globalización está cuestionando la legitimidad de la democracia como sistema de convivencia. Los ciudadanos de los países del Sur están constatando que sus autoridades políticas son incapaces de contener los efectos perniciosos que las crisis financieras (promovidas por la libertad irrestricta de los movimientos especulativos), producen en sus vidas. El poder se está concentrando en los mercados financieros globales (donde no llega el control democrático de las personas), desdeñando el espacio local, que es el que ocupa la gente de carne y hueso. Las encuestas de las Naciones Unidas dicen que un 66% de los ciudadanos del mundo no se siente representado por unos gobiernos que han abdicado de su función de controlar los fenómenos globales. La legitimidad democrática se erosiona y esto supone un grave riesgo para el futuro de todos.

5. Quinta idea: La regulación democrática de la globalización permitiría aprovechar sus oportunidades y minimizar sus riesgos

La regulación del proceso de globalización, por medio sobre todo de la construcción de una democracia global, es el instrumento idóneo para conseguir extender las oportunidades y, a la vez, reducir los riesgos que conlleva.

Hay un principio que señala que cuando no hay igualdad, la libertad oprime mientras que la ley libera. Esta idea ejemplifica muy bien lo que sucede hoy en día: ni todas las personas ni todos los pueblos del mundo están en igualdad de condiciones frente a los efectos de la globalización indiscriminada.

La regulación democrática debe construirse, por lo menos, desde dos flancos, uno macro y otro micro, cuyos elementos esenciales resumimos a continuación:

· El nivel macro tiene que ver con la apertura de las principales instituciones internacionales (FMI, BM, OMC, Consejo de Seguridad de la ONU), para que todos los países del mundo tengan el mismo poder de decisión (de tal manera que cada país sea igual a un voto). En una democracia local, por ejemplo, nadie toleraría hoy en día que el voto de un multimillonario valiera más que el de otro ciudadano. Este principio de igualdad debe guiar la reforma de los organismos internacionales y la construcción de la necesaria democracia global. También se debe trabajar para que estas instancias tomen sus acuerdos con la mayor transparencia posible; ya se sabe que es más difícil que surjan dudas cuando la toma de decisiones es transparente. Además, se debe valorar la posibilidad de que las principales organizaciones civiles que han venido trabajando pacíficamente por definir alternativas al camino por el que discurre esta globalización, puedan tener una participación activa (como observadores, por ejemplo), en estas organizaciones. Por último, la tarea prioritaria que ha de acometer este entramado institucional es la lucha contra la pobreza y la discusión de varias iniciativas como la Tasa Tobin, la Propuesta 20/20, la renta básica de ciudadanía y los códigos éticos para empresas transnacionales, entre otras.

· El nivel micro es el que conlleva la asunción de responsabilidades individuales en la construcción de esta democracia global. Está en nuestras manos, como ciudadanos, sensibilizar y presionar a los agentes políticos y empresariales, para que regulen los efectos inmediatos que está provocando este tipo de globalización. Hay muchas puertas abiertas para ser cruzadas, por ejemplo el ejercicio del consumo responsable, el fomento del comercio justo y la demanda de fondos de inversión ética. En síntesis, significa volver a encontrarnos en el escenario común de la política, pues los asuntos públicos son como nuestra casa, a la que debemos ciertas atenciones. Si no cuidamos el tejado, la calefacción, las cañerías, los suelos, nuestra casa común (los asuntos públicos) podría derrumbarse y dejarnos a la intemperie.

II. Cuatro breves conclusiones sobre la globalización

Una vez que hemos consignado cinco grandes ideas en torno a la globalización, pasamos a resumir cuatro conclusiones que consideramos oportunas.

1. La forma en que se está construyendo esta globalización, paradójicamente, no permite concluir que se trate de un fenómeno global. Al contrario, el proceso es bastante selectivo, ya que prima lo financiero y especulativo y, en los aspectos comerciales y de inversiones productivas, se limita sólo a conectar entre sí a las zonas geográficas más dinámicas del mundo, lo cual provoca una mayor y más profunda marginación de los países y pueblos pobres.

2. Este tipo de globalización, que sobredimensiona el factor financiero y especulativo, está transformando cualitativamente la esencia del capitalismo, sistema que nació con la idea de centrarse en la producción de bienes y servicios como medio para generar riqueza individual y social. Hoy, constatamos que predomina la especulación sobre la producción para crear beneficios inmediatos (más propio de los sistemas pre-capitalistas), lo cual cuestiona la raíz y el motor del capitalismo como sistema económico.

3. Esta globalización no está ayudando a fomentar el desarrollo del Sur. Se ha publicitado de forma reiterada que las oportunidades comerciales, financieras y tecnológicas que acarrea la globalización conducirán al desarrollo de los pueblos pobres. Pero esto, más que una idea contrastada, es un acto de fe. Debe quedar claro que una globalización equilibrada y democrática es un requisito necesario pero no suficiente para alcanzar el desarrollo. El desarrollo es ante todo, un proceso de asunción de responsabilidades internas que implica, entre otras cosas, la conclusión del proceso de construcción de ciudadanía, el mantenimiento de la paz interna, la reducción de gastos militares, el fortalecimiento del estado de derecho, la lucha contra la corrupción, la lucha por la cohesión social y por el mantenimiento de las condiciones macroeconómicas y un mayor esfuerzo productivo en el campo de las inversiones y las infraestructuras. En esta dinámica todavía tienen mucho que decir los pueblos y los dirigentes del Sur. Por ejemplo, una nación como Brasil poco podrá avanzar en el camino del desarrollo y el bienestar para la mayoría de su población, si el 4% de sus ciudadanos sigue disfrutando del 50% de la riqueza del país. En este caso es necesario la adopción de políticas internas que permitan redistribuir equitativamente estos ingresos.

4. La forma en que se está llevando a la práctica esta globalización es el resultado de una opción política y social; es decir, es un proceso de construcción humana (no es un mandato divino, de origen sobrenatural, que se nos ha impuesto), de modo que podemos influir en él. La globalización puede y debe ser regulada por medio de una nueva democracia global, que coloque al ser humano en el centro del proceso. Aunque se haya extendido la falsa idea de que las acciones individuales no influyen en los fenómenos que nos rodean, idea que nos lleva a la apatía y aumenta nuestro individualismo, y aunque muchas personas digan que la política de nada sirve, vale la pena subrayar que muchas de las decisiones que nos afectan día tras día se toman bajo el amparo o imperio de la política. Pero, también debemos darnos cuenta de que, en las márgenes de la política, hay muchos ejemplos que nos muestran que la suma de pequeñas acciones individuales se convierte en grandes transformaciones. Ya lo dice un viejo proverbio africano: mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo.

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Erick Román Sánchez es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Costa Rica y Máster en Cooperación al Desarrollo Sostenible por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Desarrollo Humano e Institucional en América Latina, No 36, 26 noviembre 2002, IIG Barcelona.

Las globalizaciones tienden a violar la historia y la cultura - Jacques Le Goff

Los procesos de globalización suelen mostrar claroscuros. El actual, como ocurrió en otros momentos del pasado, hace de la exclusión y de la destrucción de la memoria las marcas sociales más contundentes.

El conocimiento de las formas anteriores de globalización es necesario para comprender la que vivimos y para adoptar las posturas que conviene asumir frente a este fenómeno. Dos obras escritas en la década del setenta se refieren a una noción capital para el problema: la de economía-mundo. Estos dos libros son el del sociólogo estadounidense Immanuel Waller Stein, The Modern World System, publicado en 1974, y el del historiador francés Fernand Braudel, Le temps du monde de su civilisation matérielle. Economie et capitalisme, Xve-XVIIIe siècle, de 1979.

En el fenómeno actual de la globalización hay una primacía de lo económico, que emerge en Occidente con el capitalismo de los siglos XVI y XVII. Como la principal señal de la mundialización fueron los precios, conviene reflexionar en el hecho de que el dinero es un fenómeno esencial en el corazón de la globalización.

Pero Fernand Braudel insiste enérgicamente en el hecho de que pensar sólo en lo económico sería no sólo un error sino también un peligro. "La historia económica del mundo, escribe, es la historia entera del mundo, pero vista desde un solo observatorio, el observatorio económico. Elegir este observatorio es privilegiar una forma de explicación unilateral y peligrosa."

Subraya que, en toda globalización, hay cuatro aspectos esenciales que constituyen órdenes: un aspecto económico, un aspecto social, un aspecto cultural, un aspecto político. Insiste asimismo en el hecho de que estos órdenes, aun cuando son útiles para analizar el fenómeno, no funcionan y no deben ser considerados separadamente, sino que, en cierto modo, forman un sistema.

Desde los fenicios

Las globalizaciones históricas señaladas por Braudel son: la fenicia antigua, Cartago, Roma, la Europa cristiana, el islam, Moscovia, China e India. Estas globalizaciones, que adoptan también la forma de imperios, en un comienzo se presentaron como construcciones esencialmente políticas: es el caso de Roma, China y la guirnalda de países dependientes de que está rodeada, y de India.

El caso de Roma me parece especialmente interesante porque los romanos tenían el sentimiento y el proyecto de extender su dominio sobre el conjunto del mundo habitado. Había entonces allí una verdadera intención globalizadora. Retomaron el término griego para designar a este mundo habitado -la ecumene- y el imperio romano se presentaba como el gobierno de la ecumene.

Por otra parte, se podrían encontrar globalizaciones parciales, por ejemplo, la Hansa que, en la Edad Media, agrupaba toda una serie de ciudades y corporaciones en la Europa del norte. Aquí aparece otra noción importante cuando se habla de globalización: la noción de red. El fenómeno de la globalización tiende a constituir redes y a apoyarse sobre ellas. La globalización implica que hay un desarrollo y conquista de espacios y sociedades. Hay una respiración de la historia entre períodos de globalización/mundialización y períodos de fragmentación. Pero existe un hilo rojo más o menos continuo de perseverancia de la globalización como futuro de la historia.

Esta tendencia es estimulada por el progreso de las técnicas y los instrumentos de comunicación. Fernand Braudel subrayaba que la globalización capitalista modelaba el espacio político-geográfico. En torno a un centro, una ciudad o una sede de un organismo de impulso como la Bolsa, funcionaban "segundos brillantes" más o menos alejados, y la relación centro-periferia dominaba este sistema espacialmente jerarquizado. Estos fueron sucesivamente Amberes, Amsterdam, Londres, Nueva York. Yo creo más en la importancia de ciertos espacios y Estados económico-políticos. En la antigüedad, fue la Roma mediterránea; desde la Edad Media hasta el siglo XV, Europa; en la actualidad, Estados Unidos.

El dominio de la globalización exige una resistencia razonable y razonada a estas hegemonías. En el fenómeno de la globalización, hay una idea de éxito, de hacer triunfar algo: pero, si hay progresos, al mismo tiempo hay infortunios que están ligados a las globalizaciones históricas y que ponen de relieve los peligros de la actual.

¿Qué le aportó Roma a esta ecumene que dominó durante siglos? Le aportó paz -la pax romana es un elemento ligado a la globalización-. En consecuencia, el espacio de la globalización puede y debe ser considerado como un espacio pacífico.

Evidentemente, es necesario saber qué significa esta pacificación, cómo ha sido obtenida - desgraciadamente, con frecuencia lo ha sido a través de la guerra- y qué representa el dominio, por pacífico que sea, que ella trajo aparejado.

La globalización romana les llevó a los habitantes o, en todo caso, a la capa superior de los habitantes de este espacio mundial, el sentimiento de una ciudadanía universal -ciudadanos del mundo-. El ejemplo más conocido es el de Pablo de Tarso, san Pablo, este judío en vías de convertirse en cristiano, que afirmaba con fuerza: "Soy ciudadano romano".

Por otra parte, la globalización romana trajo consigo la formación de un espacio jurídico; hay, por lo tanto, nociones y prácticas de derecho que están vinculadas a esta pacificación y deben acompañarla.

Por último, hay un problema que todavía experimentamos hoy: el de la lengua, la unificación lingüística.

Peligros actuales

¿Qué hay que colocar en el débito de esta globalización? Al cabo de un período considerablemente largo -varios siglos-, la globalización romana se mostró incapaz de integrar o asimilar nuevos ciudadanos, aquellos a los que llamaba "bárbaros" y que, al no poder integrarse en el espacio y el sistema romanos, se sublevaron contra este espacio.

La globalización, en general, llama a la sublevación de aquellos para quienes ella deviene no ya un beneficio sino una explotación e incluso una expulsión.

La colonización relacionada con la expansión de Europa, y que terminará bajo las formas del capitalismo, comienza en los siglos XV-XVI y afecta sobre todo a Africa y América.

Un problema muy importante para lo que es la globalización es lo que ha ocurrido desde el punto de vista de la salud, el estado biológico de las poblaciones. En esto, el balance es también desigual.

En América, el resultado fue uno globalmente catastrófico. Los colonizadores llevaron consigo involuntariamente, salvo quizá indirectamente por la difusión del alcohol, sus enfermedades, sus microbios, sus bacilos, y perturbaron profundamente, y hasta destruyeron el equilibrio biológico de los pueblos globalizados. Pero también hace falta ver cómo esta colonización trajo aparejados avances en la higiene y la medicina.

Después, no creo ceder al mito de los colonizadores franceses, en particular los del siglo XIX y la III República, si digo que la globalización debe traer y a menudo trae aparejada la difusión de la escuela, el saber, el uso de la escritura y la lectura.

Naturalmente, sobre el otro platillo de la balanza, aparecen dos grandes males: lo que llamaría la violación de las culturas anteriores de los pueblos a través de una verdadera destrucción de estas culturas. En esto hay que hacer intervenir un componente de la globalización que es la religión. Me gustaría hablar de lo que, a riesgo de ser chocante, se podría denominar los peligros del monoteísmo.

La globalización ha adquirido un carácter universal con las religiones -dejando de lado el judaísmo que sólo se dirige a una sociedad particular-, y el cristianismo y el Islam, con el monoteísmo, han traído consigo una idea que fácilmente derrapa hacia la intolerancia e incluso la persecución.

Por otra parte, uno advierte que, sobre todo desde que el aspecto económico se convirtió en primordial, la globalización desarrolla, crea o exacerba las oposiciones entre pobres y ricos o dominadores. La pauperización es un mal hasta ahora casi inevitable de las globalizaciones. En definitiva, éstas han violado no sólo las culturas sino la historia. "Pueblos sin historia": esta expresión inventada a menudo por los colonizadores afectó a poblaciones que, en realidad, tenían una historia, a menudo oral, una historia particular, y que fueron verdaderamente destruidas. La destrucción de la memoria, de la historia del pasado, es una marca terrible para una sociedad.

Jacques Le Goff es un destacado historiador francés - Clarín - 1101


 

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