«… y sobre esta
roca edificaré mi iglesia;
y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.»
Mateo 16:18
Un bosquejo
Una breve sinopsis de la Historia Pública de la Iglesia
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Publicado en castellano en forma de libro
por: Verdades Bíblicas - Apartado 1469 - LIMA 100, PERÚ
Casilla 1360 -
Cochabamba, BOLIVIA
P.O. Box 649 -
Addison, IL 60101 - EE. UU.
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Servicio Evangélico de Documentación e Información - Apartado 126 - 17244
Cassà de la Selva (Girona) ESPAÑA
PREFACIO
El objetivo de esta sinopsis sigue siendo el de siempre,
esto es, presentar de una manera tan breve y concisa como lo pueda
permitir un tema tan amplio, un bosquejo de la historia pública de la
iglesia desde Pentecostés hasta nuestros días. No pretende en ningún
sentido competir con las obras existentes acerca de este tema, pero puede
resultar de utilidad para aquellos que, deseando este conocimiento, puedan
verse con dificultades para obtener los libros, y todavía más dificultad
para encontrar el tiempo para leerlos.
No se pretende originalidad alguna, porque se han
empleado libremente todos los datos, y en algunos casos las mismas
expresiones, procedentes de los escritos de otros. Sin embargo, se ha
tenido gran cuidado para asegurar la exactitud de todo lo que se expone, y
para impedir impresiones erróneas debidas a lo condensado de este relato.
Ciertos hechos o citas que tienen que ver con el tema
pero que difícilmente podrían formar parte de la Sinopsis central, han
sido añadidos en forma de Apéndice, y se han insertado en el texto las
notas refiriéndose a ellos.
Finalmente, se podrá observar que en ocasiones se emplea
la palabra asamblea en lugar de iglesia. Es una traducción
literal del griego original, que realmente significa un grupo de personas
llamadas afuera. Este término no admite equívocos con ningún
edificio material
Wembley.
G. H. S. Price
HISTORIA DE LA IGLESIA
La historia de la iglesia, que abarca casi 2.000 años,
constituye un tema que nadie sino sólo el Espíritu Santo de Dios puede
recopilar. Los hechos en los que tal historia debería basarse sólo los
conoce Aquel que, en humilde gracia, ha estado aquí en la tierra todo el
tiempo manteniendo en la asamblea un testimonio de la verdad según la
revelación de Dios. En medio de las glorias crecientes y menguantes de la
iglesia, Él ha sido, por una parte, el dolorido Testigo de cada paso de
alejamiento y de decadencia, y, por la otra, el Manantial interior de cada
sentimiento espiritual en pos de Dios, y la Fuente vivificadora de cada
fase de recuperación y avivamiento. Con precisión divina, Él ha evaluado
lo que es de verdadero valor, al ser capaz de distinguir entre lo que es
de Dios y lo que es del hombre.
Es la incapacidad de llevar esto a cabo, así como la
imposibilidad de penetrar más allá de lo que el ojo puede ver o que el
oído puede oír, la que ha limitado las actividades de todos los
historiadores humanos.
Si se tiene presente esta importante reserva, se puede
decir que se han hecho muchos excelentes intentos para registrar la
historia pública de la iglesia, y en esto nos ayudan las mismas
Sagradas Escrituras. Por ejemplo, J. N. Darby (refiriéndose a las cartas a
las siete iglesias en Asia, que aparecen en Apocalipsis 2 y 3), dijo: «No
me cabe duda de que esta serie de iglesias es de aplicación como historia
al estado moral sucesivo de toda la iglesia: las cuatro primeras se
refieren a la historia de la iglesia desde su primera decadencia hasta su
actual condición bajo el Papado; las últimas tres son la historia del
Protestantismo».
Este marco histórico dado por Dios ha permitido a
piadosos historiadores seguir las varias fases a través de las que ha
pasado la Iglesia de Dios; aunque está claro que las últimas cuatro fases
corren simultáneamente. En estos discursos, la iglesia es contemplada en
su posición de responsabilidad en el mundo, como testigo público de
Cristo. Como tal, está sujeta a fracasos y consiguientemente cae bajo la
reprensión de Cristo por su infidelidad.
Las persecuciones comenzaron el 64 d.C.
Es evidente, leyendo las epístolas de la Escritura, que
la decadencia y el fracaso ya se habían introducido incluso en los tiempos
de los apóstoles. No sólo Pablo tiene que decir en su segunda epístola a
Timoteo que todos los de Asia lo habían abandonado, sino que el Señor,
dirigiéndose al ángel de la asamblea de Éfeso —la primera de las
siete— dice: «Has dejado tu primer amor». Esta decadencia fue seguida poco
después por un tiempo de intensa persecución. Comenzó en el reinado de
Nerón y por su instigación, y prosiguió durante casi tres siglos. Es
destacable que durante este período la historia ha registrado diez
persecuciones generales distintas, lo que puede tener que ver con la
palabra del Señor a la segunda asamblea — Esmirna: «Tendréis
tribulación por diez días».
Se puede también hacer referencia de pasada al temprano
cumplimiento de la palabra del Señor acerca de la destrucción de
Jerusalén. El 70 d.C. la ciudad fue devastada por el general romano Tito,
y se ha dicho que más de un millón de personas murieron en el asedio y en
la terrible guerra civil que al mismo tiempo estaba desatada dentro de sus
murallas.
Es innecesario en una sinopsis como esta entrar en los
detalles de las diez primeras persecuciones o registrar la larga historia
de los mártires cuya sangre sirvió para regar la simiente del evangelio.
Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, sufrieron igualmente en muchas partes
de Europa y Asia. Además de la mayoría de los apóstoles y de otros hombres
de Dios mencionados en las Escrituras, como Timoteo, destacan de manera
preeminente los nombres de Ignacio, Policarpo, Justino y Perpetua entre
los muchos cuya fidelidad inalterable a Cristo les procuró la palma del
martirio. Una y otra vez, con terrible ferocidad, se descargaron los
poderes del infierno contra la iglesia, pero ésta prosperó en medio de la
persecución, y, en lo principal, los períodos de calma que hubo entre las
tormentas dieron evidencia de la expansión del evangelio. Los esfuerzos
por aniquilarlo fueron terribles e implacables, pero las puertas del
infierno no iban a prevalecer, y muchos miles de almas que habían estado
buscando en vano descanso para sus corazones en las mitologías de Roma y
de Egipto se declararon seguidores gustosos de Cristo.
Decadencia en aumento de la iglesia
Sin embargo, fue tras una persecución de aproximadamente
doscientos años que los elementos de decadencia y alejamiento de la verdad
comenzaron a profundizar en la iglesia, y la fidelidad de los mártires
resplandeció tanto más sobre el oscuro fondo de la decadencia de la gloria
de la iglesia. La causa de la decadencia —y en verdad podríamos decir que
la causa de toda decadencia— residía en el hecho de que la iglesia había
perdido de vista su puesto de santa separación del mundo. Su temprana
simplicidad estaba volviéndose rápidamente cosa del pasado, y la mano del
hombre estaba llevando a cabo ruinosos cambios en la dirección de sus
asuntos.
Clero y laicos
Además, la distinción entre el clero y los laicos —largo
tiempo sugerida por los principios del judaísmo— estaba surtiendo sus
malos efectos en la iglesia. Los obispos y diáconos vinieron a ser una
orden sagrada, y, en contra de todas las enseñanzas de las Escrituras, se
les comenzó a dar un lugar preeminente. Los acontecimientos que condujeron
al establecimiento de un orden sagrado dentro de la iglesia son
considerados aquí, para que el lector pueda ver los comienzos de lo que
ahora se ha desarrollado como un vasto sistema jerárquico. Los apóstoles
establecieron ancianos —dando sin dudas su reconocimiento formal a
aquellos que ya habían sido capacitados por el Espíritu de Dios; pero
después que los apóstoles hubieron muerto, los supervisores [ episkopoi,
u obispos], que habían sido designados por los apóstoles para llevar a
cabo una obra necesaria, y no meramente para tener una posición oficial,
comenzaron a arrogarse para sí mismos el derecho exclusivo de enseñar y de
administrar la Cena del Señor. Así, a comienzos del siglo segundo, ya
existían en Asia Menor los tres cargos permanentes de obispo, presbítero y
diácono. Al transcurrir el tiempo, estos hombres fueron asumiendo más y
más de control y liderazgo sobre la iglesia y sus actividades, y los
miembros ordinarios de la asamblea fueron reducidos a la posición de
someterse a este control. Así, algo que era al principio una cosa más o
menos informal y temporal se desarrolló a cargos fijos y permanentes.
Entonces lo que llego a ser la base de la autoridad fue no la capacitación
continuada por el Espíritu Santo, sino la posesión de un oficio
eclesiástico.
Ignacio, ya a principios del siglo segundo, combinó las
dos ideas de unión con Cristo como condición necesaria para la salvación,
y de la iglesia como cuerpo de Cristo, y enseñó que nadie podía ser salvo
a no ser que fuera miembro de la iglesia. Estrechamente relacionados con
esta idea de que la iglesia era la única arca de salvación había los
sacramentos, o medios de gracia, de los que el bautismo y la Eucaristía
eran los dos ejemplos destacados. En relación con estos sacramentos surgió
también la teoría del sacerdotalismo clerical: esto es, que los
sacramentos sólo podían ser celebrados o administrados por hombres
ordenados de manera regular para este propósito. Así el clero, en
distinción a los laicos, vino a constituirse en un sacerdocio oficial, y a
éstos se los hizo depender enteramente del clero para conseguir la gracia
sacramental sin la que, según se enseñaba, no había salvación. Aunque
Ignacio había negado la validez de la Eucaristía administrada con
independencia del obispo, fue Cipriano de Cartago quien, posiblemente no
por designio, fue finalmente el campeón de la causa episcopal.
Una vez quedó establecida la distinción entre el clero y
los laicos, vemos una multiplicación de los oficios de la iglesia y la
introducción de otros que nunca fueron contemplados en la Escritura. Estas
actuaciones pueden haber servido para lograr un orden externo en la
iglesia —y la verdad es que la necesidad del mismo fue de manera principal
la causa de estas innovaciones— pero reprimieron la libre expresión de la
vida espiritual y de la fe, y negaron el principio fundamental del
cristianismo: que «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los
hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por
todos.»
El inevitable resultado de todo esto fue que el Espíritu
Santo dejó de recibir el puesto que le correspondía de derecho en la
iglesia. Los obispos cristianos estaban aceptando puestos en la corte y
buscaban recibir la gloria del mundo, mientras que comenzaban a aparecer
ostentosos templos para la exhibición de la religión cristiana. Cosa más
grave todavía, los cristianos pronto invitaron la intervención del poder
civil en los asuntos de la iglesia, y lenta pero seguramente comenzó a
hacerse más evidente el fatal vínculo con el mundo.
La décima persecución, el 303 d.C.
La décima y final persecución bajo la cruel mano de
Diocleciano fue indudablemente la más asoladora de todas. Todo el poder
del Imperio Romano se combinó en un esfuerzo desesperado, no sólo para
suprimir totalmente las Escrituras, sino para exterminar todo rastro de
cristianismo de la tierra. Este terrible y definitivo conflicto entre el
paganismo y el cristianismo, aunque añadió nuevos capítulos de gloria a
los registros de los mártires, que iban aumentando, no llegó a impedir la
germinación de las semillas de corrupción que se habían sembrado por la
vinculación con el mundo.
Constantino el Grande
Así, es quizá comprensible que Satanás escogiera este
momento para cambiar su forma de ataque, y a comienzos del siglo cuarto
empezó el período eclesial de Pérgamo, en el que el león se
transformó en serpiente, y en el que los adversarios de fuera dieron lugar
a los seductores desde dentro. Constantino el Grande era en esta época el
César de Roma, y se mostró abiertamente como protector de la nueva
religión —hecho tan significativo como inesperado. Naturalmente, lo que
siguió fue que la posición de los cristianos pasó inmediatamente de una de
intensa persecución a otra de supremo favor; y ello hasta el punto en que
se veía al mismo Emperador de Roma presidiendo los concilios de la
iglesia.
La unión de la Iglesia y el Estado, 313 d.C.
Pronto se hizo sentir el pernicioso efecto de esta
primera unión entre la Iglesia y el Estado. Constantino no aceptaba otra
autoridad más que la suya, y recurría a medidas violentas para hacerla
obedecer. Se puede dar un ejemplo de esto. Un hereje destacado, llamado
Arrio, expuso un credo religioso que negaba la deidad de Cristo. Enseñaba
él que el Señor había sido creado por Dios como todos los otros seres, y
que, consiguientemente, no era coeterno con Dios. Los obispos cristianos
denunciaron esta doctrina, con razón, como una horrible blasfemia; Arrio y
sus seguidores fueron excomulgados por la iglesia, y la posesión y
difusión de sus escritos fueron declaradas pecados capitales. En cambio,
Constantino consideró la herejía una mera minucia, y ordenó promulgar un
edicto imperial mandando que los herejes excomulgados fueran restaurados a
la comunión de la iglesia. Fue Atanasio, obispo de Alejandría, el que
discernió el verdadero peligro en las enseñanzas de Arrio, y se resistió
firmemente a esta intervención. Estaba totalmente dispuesto a resistirse a
la orden del emperador y a sufrir persecución y destierro por su defensa
de esta gran verdad central del cristianismo: la deidad del Señor Jesús.
En el Concilio de Nicea, en el año 325, la deidad de Cristo recibió
sanción oficial, y fue formalmente enunciada en el original Credo Niceno.
El Edicto de Milán, 313 d.C.
A pesar de muchos y lastimosos fallos, se debe admitir
que Constantino hizo muchas cosas de gran valor en su tiempo, y que su
legislación en general da evidencia de la silenciosa acción de principios
cristianos.
(Nota 1.) Él fue el responsable de la
redacción del famoso Edicto de Milán —a veces llamado la Carta Magna de la
Cristiandad. Concedía a los cristianos una libertad total y absoluta para
el ejercicio de su religión. Sería difícil encontrar un mayor contraste
que el que se observa entre la posición de la iglesia al principio y al
final del reinado de Constantino. Como bien ha dicho Miller: «La encontró
encarcelada en minas, mazmorras y catacumbas, y excluida de la luz del
cielo; y la dejó en el trono del mundo». Sin embargo, ello fue en
cumplimiento de la profecía inspirada: «Yo conozco tus obras, y dónde
moras, donde está el trono de Satanás» (Ap 2:13).
El comienzo de las Edades Oscuras
La herejía de Arrio fue sólo uno de muchos intentos de
Satanás durante el siglo cuarto y quinto para corromper la verdad. Por
ejemplo, surgió un hombre llamado Pelagio negando la total corrupción de
la raza por la transgresión del primer hombre, y enseñó que nacemos en
inocencia, quedando por ello excluida la necesidad de la gracia divina. En
muchos casos, Dios suscitó soberanamente a hombres que combatieran estas
malas doctrinas, pero la gloria de la iglesia iba desvaneciéndose
constantemente, y estaba introduciéndose el terrible período de las Edades
Oscuras. El testimonio de un Cristo rechazado en la tierra y exaltado en
el cielo —que habría brillado con tanto resplandor en los días de los
mártires— estaba ahora perdiéndose rápidamente, porque el verdadero
carácter de los cristianos como extranjeros y peregrinos se había
desvanecido con su amalgamación con el mundo. Además, por cuanto la
confesión del cristianismo era considerada como una vía segura para la
riqueza y el honor, todas las categorías y clases solicitaban el bautismo,
mientras que muchos trataban de unirse al orden sagrado del clero con los
motivos más mezquinos.
La caída del Imperio Romano
Es significativo que en esta época, el Imperio Romano,
que había también estado en una larga decadencia, iba a llegar también a
sus días más negros. Hordas bárbaras comenzaron a desparramarse desde
todos los lados, y tres veces la misma antigua ciudad de Roma estuvo a
merced de los invasores. Finalmente, se lanzaron dentro de la ciudad como
langostas, dejando sólo ruina y desolación tras ellos. Así fue el terrible
final de Roma. No fueron los cristianos entonces los que fueron objeto de
las persecuciones. En realidad, apenas si se les tocó, y en todo lugar se
respetó a los obispos. Sin embargo, no se reconoció demasiado la mano de
Dios en esto, y la vida de los miembros del clero era notoriamente mala.
En la misma Roma la condición de la iglesia estaba tan deprimida que el
obispado llegó a ser, en una ocasión, objeto de contención, y dos
candidatos, en su lucha por el cargo, no tuvieron escrúpulos en acusarse
mutuamente de los más graves crímenes.
El surgimiento del monasticismo
Fue en medio de esta confusión y manifiesta decadencia
que surgió el monasticismo. Antonio, natural de Egipto, tuvo el dudoso
honor de ser el primer monje. Los eremitas ya habían existido antes de él,
pero él fue el primero en adoptar la vida enclaustrada y en retirarse de
manera absoluta del mundo. Hay pocas dudas de que era verdaderamente
cristiano, y un tiempo de persecución lo sacó de su retiro para compartir
los peligros de sus hermanos. El monasticismo se extendió rápidamente, y
antes del final de aquel siglo todos los lugares desérticos del mundo
cristiano estaban punteados por monasterios y conventos. No hay duda
alguna de que de estas instituciones surgieron muchas cosas buenas. A
menudo demostraron ser un verdadero refugio para los enfermos, los pobres
y los viajeros. Además, en el silencio de sus celdas, los primeros monjes
copiaron y preservaron así muchos de los antiguos escritos, incluyendo las
mismas Sagradas Escrituras. Todas estas instituciones, tan esparcidas,
estaban bajo el control de los obispos; pero los monjes eran reconocidos
sólo como legos por la iglesia. A finales del siglo quinto apelaron al
Papa de Roma, pidiéndole permiso para ponerse bajo su protección, petición
a la que él accedió bien dispuesto, porque estaba bien familiarizado con
las riquezas e influencias de ellos. Así fue que los monasterios, abadías,
prioratos y conventos quedaron sujetos a la Sede de Roma.
La división del Imperio Romano resultó finalmente en la
división de la iglesia, que quedó prácticamente completa hacia finales del
siglo sexto, pero que fue consumada de manera oficial y definitiva sólo en
el 1054. Las mitades oriental y occidental, la iglesia Católica Griega y
la Católica Romana, emprendieron así cada una su camino por separado.
El surgimiento del Papado
Con el siglo sexto comienza el período de Tiatira
de la historia de la iglesia; en otras palabras, el papado de las Edades
Oscuras. Nos lleva al tiempo de la Reforma, aunque, naturalmente, el
Romanismo mismo prosigue hasta la venida del Señor. Este estado está
caracterizado por la admisión y tolerancia pública en la iglesia de lo que
es burdamente malo e idolátrico, como lo sugiere el mensaje al ángel de la
iglesia en Tiatira: «Toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa,
enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a
los ídolos. Y le he dado tiempo para que se arrepienta de su fornicación,
pero no quiere arrepentirse de su fornicación» (Ap 2:20, 21).
Ya se ha hecho referencia a la buena obra de
Constantino, pero el triste efecto fue que la iglesia se sintió más
inclinada a poner su confianza en el emperador de Roma que en su Cabeza
viva en el cielo. Pero nunca podía haber una total amalgamación de las dos
partes; o bien el estado o bien la iglesia debían asumir la preeminencia,
y por un tiempo la iglesia se contentó con tomar el puesto subordinado.
Con la muerte de Constantino comenzó la lucha por la supremacía, y los
obispos de Roma presentaron atrevidamente sus pretensiones al gobierno
universal de la iglesia como sucesores de San Pedro. Es significativo el
hecho, que además expone los errores de raíz del papado, de que aunque los
nombres de los primeros obispos de Roma puedan ser conocidos en la
historia, el orden en el que se sucedieron unos a otros no
es conocido. Además, los obispos de Antioquía y de Alejandría (las
respectivas capitales de las divisiones asiática y africana del Imperio,
así como Roma lo era de la europea) eran reconocidos y estaban a la par
con el obispo de Roma.
Gregorio Magno
Gregorio Magno fue el único Papa destacable en el siglo
sexto. Fue un hombre piadoso, y fue responsable del envío de un grupo de
monjes misioneros a Inglaterra, encabezados por Agustín. Fueron recibidos
amistosamente, y comenzó una gran obra evangelística, aunque el evangelio
había sido predicado en las Islas Británicas mucho antes que llegaran
Agustín y sus monjes. A pesar de que este período vio varias otras
actividades misioneras, que indudablemente llevaron a la conversión de
muchas almas, las cosas estaban volviéndose más oscuras por todas partes,
y el poder corruptor de Roma estaba creciendo de manera alarmante.
Prosigue la decadencia de la iglesia
Fue en esta época que se estableció la abominable idea
del purgatorio, mientras que la sencillez del culto cristiano quedaba
sepultada bajo la pompa del ritual. Las tinieblas que se cernían sobre la
cristiandad fueron espesándose con el paso de los años, y a principios del
siglo séptimo la ignorancia del clero y la superstición del pueblo habían
llegado a ser asombrosas. La Biblia era muy poco leída, la lengua griega
había quedado casi olvidada, y muchos del clero eran incapaces de escribir
sus propios nombres. La soberbia y la codicia del clero se introdujo en
los monasterios, y no es una exageración decir que muchos de estos lugares
llegaron a ser un nido de vicios. Pero, ¿quién podrá sorprenderse de este
estado de cosas cuando se considera el ejemplo dado por los Papas, cuya
arrogancia y ambición parecía aumentar a diario? Su ambición carecía de
límites, y ningunos medios eran demasiado bajos para alcanzar sus fines, y
antes de mucho tiempo hicieron suyo el título de «Obispo Universal» por
autoridad imperial. Así, quedó sólidamente puesto el fundamento sobre el
que se edificaron todas sus pretensiones posteriores.
La autoridad imperial, dada al Papa
Sin embargo, el Papa de Roma, aunque era el dictador
supremo en la iglesia, seguía sometido al poder civil, hecho que resultó
extremadamente irritante y del que varios Papas sucesivos intentaron
liberarse. Con este objetivo, y para lograr nuevos convertidos a su causa,
Roma patrocinó varios grupos misioneros. Aunque algunos de estos esfuerzos
fueron indudablemente bendecidos por Dios, es de observar que el evangelio
fue predicado en su mayor pureza por hombres fuera del seno de la iglesia
de Roma.
Los misioneros de Iona
Bien puede mencionarse en este contexto el nombre de
Columba. Con un puñado de otros cristianos, zarpó de Irlanda en el 565, y
desembarcó en la isla de Iona, frente a la costa occidental de Escocia.
Durante muchos años el monasterio que fundó allí fue considerado la luz
del mundo occidental, y docenas de fieles misioneros salieron de él para
llevar el evangelio a cada rincón de Europa.
El surgimiento del islam
En el año 612 apareció Mahoma, el falso profeta de
Arabia, en la escena de la historia del mundo. No es éste el lugar para
entrar en la larga historia del islam. Su doctrina fundamental queda
expresada en el bien conocido dogma de su fundador: «No hay más dios que
el verdadero Dios, y Mahoma es Su profeta». Esta religión, tal como se
expone en el Corán, es una peligrosa mezcla de verdad y fábulas, pero su
pecado clamoroso reside en su negación de la deidad de Cristo.
No es ni necesario ni provechoso dedicar mucho tiempo a
la historia de la iglesia durante los siglos octavo, noveno y décimo. El
poder papal fue creciendo constantemente, junto con su ritual e idolatría.
Es extraño que este hecho sólo sirviera para ahondar la enemistad entre el
emperador y el Papa. El primero, alarmado por los avances del islam, cuyo
propósito expreso era la exterminación de la idolatría y la afirmación de
la unidad de Dios, comenzó una campaña contra el culto a las imágenes. El
segundo, totalmente apoyado por los obispos y el clero, sancionó el culto
a las imágenes, y amenazó excomulgar de la iglesia a todos los que no se
conformaran a este culto. Esta lamentable actitud empeoró cuando un
emperador cedió en la cuestión del culto a las imágenes, uniendo sus
fuerzas a las del errado Papa, y estableciendo la idolatría como la ley de
la iglesia cristiana.
Otro de los muchos malignos inventos de este período fue
la doctrina de la transubstanciación, con la que se expresó que el pan y
el vino de la Eucaristía son realmente convertidos en el cuerpo y en la
sangre de Cristo. Cegada por los errores cumulativos de la superstición,
Roma estaba dispuesta a ser extraviada, y el dogma de la
transubstanciación fue pronto reconocido como una doctrina central y
esencial.
Las tinieblas de las Edades Oscuras
Nunca fue más aplicable la expresión «ciegos guías de
ciegos» que durante este período. El clero, en su mayor parte, vivía en un
estado de letargo espiritual y de indulgencia viciosa, sin exceptuar a los
obispos; en realidad, era en el obispo supremo, el papa de Roma, donde la
iniquidad encontró su culminación. Sus vidas, incluso registradas por sus
propios historiadores, muestran, bajo una luz espeluznante, los pasos
descendentes hacia la gran apostasía. Ningún pecado era demasiado vil que
no lo pudiera perpetrar el ocupante del trono papal, ni parecía haber
inquietud alguna por las cualidades del que lo debiera ocupar. En cierto
tiempo se afirma que fue incluso ocupado por una mujer y, posteriormente,
por un blasfemo joven inmoral de dieciocho años. En los años justo
anteriores a la Reforma reinaron dos Papas simultáneamente, pretendiendo
cada uno de ellos ser el representante de Cristo en la tierra, y
acusándose el uno al otro, ante el mundo, de falsedad, perjurio y de los
más nefastos propósitos secretos.
Testigos fieles en las Edades Oscuras
En medio de toda esta terrible negrura, es alentador
para el corazón registrar que Dios nunca se dejó sin testimonio, y que la
que ha sido llamada la «hebra de plata de la gracia de Dios» puede ser
seguida con una fiel continuidad a través de todo el tiempo de las Edades
Oscuras. Luis el Gentil, un hijo de Carlomagno, un verdadero cristiano,
aparece destacado en este contexto. Fue instrumento para la introducción
del evangelio en Dinamarca y Suecia. El evangelio fue también llevado por
diversos medios, escogidos soberanamente por Dios, a los noruegos, rusos,
polacos, húngaros y búlgaros.
Las ambiciones del Papa Gregorio VII
Con la elección de Hildebrando al trono papal en el año
1073, la secular aspiración de la iglesia de Roma por conseguir el dominio
universal de todo el mundo iba a recibir un cumplimiento parcial. Las
ambiciones de Hildebrando —que asumió el nombre de Gregorio VII— carecían
de límites, y lo mismo casi podría decirse de los medios malvados e
implacables que usó para satisfacerlas. Su deseo era organizar un inmenso
estado eclesiástico cuyo gobernante fuera supremo sobre todos los
gobernantes de la tierra. Y Gregorio no vaciló en la supresión de todas
aquellas costumbres que él considerara que le estorbaban en la consecución
de su audaz plan. Entre las más visibles de estas supresiones fue su
prohibición del matrimonio para el clero, cosa que trajo gran desgracia a
millares de hogares.
La lucha de Gregorio con Enrique IV
Su intento de suprimir el privilegio secular de reyes y
emperadores de escoger sus obispos y abades le hizo chocar de inmediato
con Enrique IV, Emperador de Alemania. La negativa de Enrique de someterse
a éste y a otros decretos del Papa enfurecieron tanto a este último, que
tuvo la audacia de ordenar al emperador que compareciera ante él en Roma,
y, cuando este llamamiento fue rechazado, el encolerizado Gregorio
pronunció la excomunión del emperador de la iglesia. Al mismo tiempo, se
le declaró depojado de su reino y sus súbditos fueron absueltos de sus
juramentos de lealtad. Los supersticiosos temores de la gente, ya
suscitados por el interdicto papal, fueron adicionalmente agitados por
renovados embates del Vaticano, y estalló la guerra civil. El poder de
Gregorio aumentó mientras el de Enrique menguaba, hasta que el desdichado
monarca, abandonado por casi todos sus súbditos, rogó humilde el perdón
del Papa. Éste trató de manera tan insensible al arrepentido emperador que
el resultado fue una acerba venganza. Enrique encontró pocas dificultades
para reunir un ejército de simpatizantes que condujo a Roma. Logró entrar
en la ciudad, deponer a Gregorio, y poner a otro Papa en su lugar. El
encarcelado Gregorio pidió ayuda inmediatamente a Robert Guiscard, un gran
guerrero normando. Pronto se reunió un gran y abigarrado ejército, y, a
pesar de todos los ruegos del clero y de los laicos para que Gregorio se
aviniera a un acuerdo con Enrique, el Papa se mantuvo impávido. Estaba
incluso dispuesto a ver la más terrible carnicería en Roma antes que
rendir sus exaltadas pretensiones de que el emperador «entregara su corona
y diera satisfacción a la iglesia». Tan pronto como Gregorio fue liberado
de su encarcelamiento por el triunfo de Guiscard, entabló de nuevo una
lucha contra Enrique, pero su muerte impidió el estallido de aquella
tormenta.
Las Guerras Santas — 1094—1270
Hacia finales del siglo undécimo, Satanás cambió de
táctica. El papado había ganado poco con su lucha contra el emperador, y
una cuestión a resolver era cómo el poder espiritual podría lograr un
dominio total sobre el temporal. Las nuevas tácticas que el enemigo
sugirió, por medio del genio malvado de Roma, fueron las Guerras Santas.
Las ocho Cruzadas que constituyen las Guerras Santas se extendieron por
todo el siglo doce y gran parte del trece. Aunque totalmente fallidas por
lo que respecta al propósito para el que fueron instigadas, la parte que
tuvieron en el desarrollo de la iglesia de Roma justifica alguna
referencia a sus motivaciones y desarrollo.
El objeto de las Cruzadas
Habían llegado quejas de Tierra Santa por las afrentas y
ultrajes sufridos por peregrinos al Santo Sepulcro, y el Papa Urbano no
tardó mucho en darse cuenta de que Europa podría ser sangrada y agotada si
se organizaban expediciones con el aparente motivo de rescatar el sepulcro
de Cristo de manos de los infieles turcos. Esto le posibilitaría impulsar
sus pretensiones temporales de una manera que ningún Papa había podido
antes de él, porque los turbulentos barones y poderosos príncipes estarían
fuera de su camino, y no habría nadie que se le pudiera oponer. Este plan,
diabólicamente astuto, tenía una apariencia de justicia y de piedad, y los
corazones de miles por toda Europa fueron atraídos por él. Se basaba en un
emocionalismo y superstición sin frenos, y estaba rematado por una
blasfema oferta papal de absolución de todos los pecados para todos los
que tomaran armas en esta sagrada causa, y la promesa de la vida eterna a
todos los que murieran en el intento.
La Primera Cruzada, 1094
En estas condiciones, no es sorprendente que una enorme
horda de sesenta mil guerreros estuviera pronto lista para emprender la
primera cruzada a Palestina. Aquella expedición estaba condenada al
fracaso, y ni siquiera llegó a Tierra Santa, aunque dos terceras partes de
aquel número murieron en el empeño. Los supervivientes fueron
reorganizados un año más tarde y, después de una larga y sangrienta lucha,
los cruzados lograron asaltar Jerusalén. La carnicería que siguió fue
indescriptible, y la matanza de setenta mil mahometanos fue considerada
como una buena obra cristiana.
La Segunda Cruzada, 1147
La segunda cruzada, unos cincuenta años después de la
primera, fue planificada de manera mucho más cuidadosa. El número de
participantes aumentó a más de novecientos mil hombres. Incluía (tal como
era la intención original de Roma) dos emperadores —los de Francia y
Alemania—, una hueste de sus nobles, y estaba apoyada por la riqueza y el
poder de las naciones.
La predicación de Bernardo
La predicación de esta cruzada había sido confiada al
famoso abad Bernardo de Claraval, cuya gran elocuencia y peso moral fue
indudablemente útil para lograr tan gran número de los que se pusieron
bajo la bandera de la cruz. Pero esta cruzada, como la primera, fue un
fracaso miserable y humillante, y se estima que cerca de un millón de
vidas se perdieron en la empresa.
La cruzada de los niños, 1213
No es necesario dar detalles de las cruzadas
posteriores, aunque se puede hacer una referencia incidental de que entre
la quinta y la sexta cruzada, hubo otra compuesta totalmente por niños,
organizada por un muchacho pastor. Es triste registrar que este patético
intento de conquistar a los infieles cantando himnos y rezando oraciones
tampoco tuvo más éxito que las otras, y un gran número de los noventa mil
niños que emprendieron la cruzada murieron de hambre o fatiga, o fueron
vendidos como esclavos. Las mismas causas irrazonables y antiescriturarias,
aunque galvanizadoras, y los mismos resultados desastrosos, se hacen
evidentes en cada una de las expediciones, ello a pesar del hecho de que
durante doscientos años fueron la fuente de una enorme riqueza y poder
para la iglesia, y de incalculable miseria, ruina y degradación para las
naciones de Europa.
San Bernardo y el monasticismo
Aunque la última cruzada nos lleva al año 1270, tenemos
que retroceder cien años, y referirnos brevemente a la expansión de la
vida monástica, en particular bajo la influencia de San Bernardo, abad de
Claraval. Su predicación, que precedió a la segunda cruzada, y que ya ha
sido mencionada, fue sólo una de sus muchas actividades. Por medio siglo
apareció como líder y rector de la cristiandad —el oráculo de toda Europa.
Aunque la idea del monasterio había existido desde los tiempos de Antonio,
ya hacía ochocientos años, no hay duda de que el interés en el
monasticismo fue sumamente estimulado durante la vida de Bernardo. A él
mismo se le atribuye la fundación de ciento sesenta monasterios esparcidos
por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y España. La vida en estos
monasterios era extremadamente severa. Obrando bajo la piadosa pero
engañada suposición de que cuanto más alejados estuvieran de los hombres,
tanto más cerca estarían de Dios, los monjes se infligían a sí mismos todo
tipo de tortura y sufrimiento. Bernardo sobresalía en esto, y pasaba el
tiempo en soledad y en el diligente estudio de las Escrituras. El efecto
del sistema monástico en general sobre el pueblo en las Eras Oscuras tiene
que explicar su buena disposición a creer cualquier cosa que les dijera un
monje, especialmente sobre el bien o el mal, sobre el cielo o el infierno,
y el monasterio era incluso considerado como la puerta del cielo. Por
engañado que estuviera Bernardo, y a pesar de lo que registra la historia
de negativo en sus acciones, no se puede dudar que era un verdadero
creyente. En realidad, su vínculo con el Señor tiene que haber sido real y
de gran valía para él, o nunca hubiera podido escribir este himno:
¡Jesús! sólo en ti pensar
De deleite el pecho llena;
Pero más dulce será tu rostro ver
y en tu presencia reposar.
Detalles como éstos confirman la anterior referencia a
la ininterrumpida hebra de plata de la gracia de Dios. Sin embargo, no se
debe dar la impresión de que todos los monasterios llegaban a la norma de
los que estaban bajo el control de Bernardo, ni que la condición de estos
últimos se mantuvo igual tras su muerte. En general, las condiciones en
ellos era lamentablemente mala.
Testigos fieles en el siglo doce
A pesar de esto, el siglo doce vio las actividades de
otros hombres piadosos además de Bernardo, y constituye un ejemplo trágico
del poder cegador del papado el hecho de que Bernardo considerara
generalmente a estos fieles testigos como herejes. De entre estos
pretendidos herejes se pueden mencionar en particular a Pedro de Bruys y a
Pedro Waldo. Sus actividades fueron similares en cuanto a que denunciaron
abiertamente la corrupción de la iglesia dominante y los vicios del clero.
Waldo fue el que llegó más lejos de los dos. No sólo renunció a aquel
sistema religioso como anticristiano, sino que predicó el sencillo
evangelio, y, al traducir los Evangelios a la lengua del pueblo, puso la
Biblia en manos de los laicos, hecho éste que provocó el interdicto del
Papa, excomulgándolo de la iglesia.
Tomás Beckett y el papado en Inglaterra
La sinopsis del desarrollo histórico del siglo doce no
estaría completa sin una breve mención de la larga pendencia entre Enrique
II de Inglaterra y Tomás Beckett, Arzobispo de Canterbury. De hecho, se
trataba del viejo conflicto entre la Iglesia y el Estado, la misma batalla
que había sido librada entre Enrique de Alemania y el Papa Gregorio, pero
que esta vez se daba en suelo inglés. Tomás Beckett, un inflexible vasallo
de Roma, se opuso violentamente a los deseos del rey de poner a raya el
crecimiento del poder papal en Inglaterra, y no vaciló en actuar como
traidor contra el rey para alcanzar sus fines. Esto se hizo evidente
cuando Enrique y sus barones establecieron un código para la protección de
sus súbditos de las arbitrariedades del clero. Beckett, inmediatamente
después de haber puesto su firma a estas leyes, las violó apelando a Roma,
y luego, bajo la promesa de la indulgencia papal, rehusó reconocerlas en
absoluto. Siguió a esto una larga y acerba lucha entre Enrique y Beckett,
pero este último, renunciando a todos sus títulos y cargos oficiales, y
retirándose a la posición de un monje austero y mortificado, pronto se
ganó las simpatías de las gentes supersticiosas. Y así sucedió que cuando
Beckett fue asesinado, más o menos por inducción del rey, que el rey fue
acusado de tirano irreligioso, y Beckett recibió culto como santo
martirizado. Este desafortunado incidente y la consiguiente humillación
del rey, que tuvo que dirigirse en humilde peregrinaje a pie a la tumba de
Beckett para ser allí azotado por los bien dispuestos monjes, hizo mucho
por extender por Inglaterra la dominante influencia de Roma.
La maldad de los sacerdotes
En este tiempo, las condiciones en la iglesia profesante
parecían estar degenerando, si ello fuera posible, hasta mayores
profundidades. Clérigos de todo rango estaban lanzados a la lucha por la
riqueza y el poder. La masa del pueblo era sumamente ignorante, y carente
casi totalmente de espiritualidad. Menospreciando la educación, estaban a
merced de los sacerdotes, que veían el valor de la ignorancia, y que
buscaban, por todos los medios, limitar sus conocimientos. Se ha dicho con
razón que Inglaterra, en el siglo doce, estaba gobernada por los
sacerdotes. Los monasterios se habían convertido en palacios en los que
los señoriales abades podían dar sus suntuosos agasajos y darse a sus
culpables amores, protegidos por el fuerte brazo de Roma. El astuto
sacerdote podía pretender agitar la llave de San Pedro en el rostro de su
contrario, y amenazarlo con excluirlo del cielo y encerrarlo en el
infierno si no obedecía a la iglesia. Era su pretendida santidad y su
malvada perversión de las Escrituras lo que les daba tal poder sobre los
ignorantes y los supersticiosos. Además, desde el emperador hasta el
campesino, todo el interior del corazón de cada hombre y mujer pertenecía
a la iglesia de Roma y estaba abierto al sacerdote. Ninguna acción, apenas
si un pensamiento, eran escondidos al padre confesor. Los sacerdotes
vinieron a ser así una especie de policía espiritual ante la cual cada
hombre estaba obligado a informar contra sí mismo. Las terribles amenazas
de excomunión de la iglesia y de las penas eternas del infierno obligaban
al más soberbio corazón a entregar todos sus secretos. Luego, el dogma
igualmente malvado y relacionado de las indulgencias, por el cual los
pecados eran remitidos mediante una contribución a la tesorería de la
iglesia sin necesidad del penoso o humillante proceso de la penitencia,
trajo inmensas riquezas a las manos de los culpables sacerdotes. Y aquí se
debe añadir lo dispuestos que estaban los sacerdotes a cometer crímenes
mucho más graves que aquellos de los que con desgana absolvían a los
cegados laicos. Pero si los sacerdotes regían al pueblo, el Papa regía a
los sacerdotes. Todos le estaban sometidos, y tanto más cuanto que durante
aquel tiempo se presentó de manera destacada el dogma de la infalibilidad
papal. La «Bula de Infalibilidad» afirmaba que el Papa como cabeza de
la iglesia no podía errar cuando enunciara solemnemente, como
vinculantes para todos los fieles, una decisión sobre cuestiones de fe o
de moral.
La culminación del poder papal
El siglo trece se distingue comúnmente como la era
dorada de la gloria pontificia. En este siglo iba a cumplirse la gran
ambición de los papas sucesivos desde el siglo quinto en adelante de
establecer el trono de San Pedro por encima de todos los otros tronos. Fue
el gran Papa Inocencio III, que poseía una astucia diabólica, el que
sobrepasó los logros de todos sus predecesores y logró el dominio sobre
los reyes de la tierra. No podemos siquiera mencionar los sucios medios de
que se sirvió para alcanzar sus fines, ni hablar de los años de asesinatos
y guerras con que alcanzó su meta. Los coronados sacerdotes de Roma se
movieron con una mano maestra y con la aplicación infatigable de toda la
maquinaria del papado, para que él mantuviera y consolidara la absoluta
soberanía de la Sede de Roma. Durante este tenebroso período, Inglaterra
iba a caer más que nunca bajo el férreo dominio de Roma.
Inglaterra bajo el interdicto papal
Tanto fue ello así que otro enfrentamiento entre el rey
y el primado llevó a que toda Inglaterra quedara bajo el interdicto papal.
(Nota 2.) Todas las actividades de la
iglesia se suspendieron hasta que el interdicto quedara levantado, y Juan,
Rey de Inglaterra, hubiera sido depuesto del trono, y esto por
orden del Papa. Entonces, y como si esto no fuera suficiente, el Papa
ofreció el trono vacante ¡al rey de Francia! Roma, como la mujer de
Apocalipsis 17, estaba en verdad cumpliendo la profecía divina de que
«reina sobre los reyes de la tierra».
Inglaterra se rinde a Roma, 1213
Juan, el rey depuesto, fue al principio rebelde y
desafiante, pero más tarde se vio obligado a inclinarse humilde ante el
Papa, e Inglaterra se rindió abiertamente a Roma. Esto tuvo lugar el 15 de
mayo de 1213. ¡Pobre Juan! Había sido el más despreciable tirano que jamás
se sentara en el trono de Inglaterra, y no pudo sobrevivir mucho tiempo a
este fatal acontecimiento. Murió en 1216 (sólo unas pocas semanas después
que el mismo Papa Inocencio), y murió, como ha dicho otro, «con un
carácter sin redimir por una sola virtud solitaria».
Una nueva persecución contra los cristianos
Otra de las actividades de Inocencio fue emprender una
violenta persecución contra las prédicas de Pedro de Bruys y de Pedro
Waldo. Éstas habían dado un fruto maravilloso, hasta el punto de que se
podían hallar seguidores de ellos en casi cada país de Europa. La
persecución, conducida principalmente por el notorio Simón de Monfort,
cayó primero sobre los cristianos del sur de Francia. Miles y miles fueron
brutalmente asesinados en el distrito de Languedoc. Se debe observar que
éste no era un ejército de la iglesia saliendo en santo celo contra los
paganos, los mahometanos o los negadores de Cristo, sino la iglesia
profesante misma contra los verdaderos seguidores de Cristo, contra
aquellos que reconocían Su deidad y la autoridad de la Palabra de Dios.
Esto era algo nuevo en los anales de la cristiandad; pero la inexpugnable
obra de Dios salió a la luz exactamente de la misma manera en que había
aparecido mil años antes en la fidelidad de los mártires. En un lugar los
ejércitos papistas encontraron un número de cristianos, hombres y mujeres,
orando y esperando pacíficamente su fin. Cuando se les presentó la
doctrina de Roma como la única alternativa a la muerte, contestaron a una
voz: «Nada queremos saber de vuestra fe; hemos renunciado a la iglesia de
Roma. En vano os esforzáis, porque ni la muerte ni la vida nos hará
renunciar a la verdad que mantenemos». También es interesante registrar
que muchos de los valdenses y albigenses, como se les llamaba, huyeron a
otros países, de manera que, por la gracia de Dios, el verdadero evangelio
fue predicado en casi todos los rincones de la cristiandad.
La Inquisición
Fue al comienzo de estas guerras que fue fundada la
Inquisición, el más terrible de los tribunales de este mundo, por
influencia de Domingo, un monje español que había tenido parte destacada
en la persecución contra los cristianos en el sur de Francia. Al principio
su actividad era secreta, pero en el año 1229 fue reconocida públicamente
su gran utilidad en la detección de los herejes, y el concilio de Toulouse
la constituyó como institución permanente. Se ordenó que se establecieran
inquisidores laicos en cada parroquia para detectar a los herejes, con
plenos poderes para que entraran y registraran todas las casas y
edificios, y para someter a los sospechosos a cualquier examen que
consideraran necesario. La lectura de la Palabra de Dios fue públicamente
prohibida por Roma, e incluso su posesión era considerada como un crimen
capital. Este terrible tribunal fue introducido gradualmente en los
Estados Italianos, en Francia, España, y en otros países, pero nunca se
permitió su entrada en las Islas Británicas. No podemos aquí entrar en los
detalles de la Inquisición. Es cosa harto sabida que las acciones más
negras, la tiranía más arbitraria y las crueldades más inhumanas que jamás
ennegrecieran los anales de la humanidad se perpetraron bajo la blasfema
pretensión de que los inquisidores estaban manteniendo piadosamente los
derechos de Dios en la iglesia.
Estamos ahora aproximándonos al profundamente
interesante período de la Reforma, cuando no sólo el soberbio edificio de
Roma iba a ser desafiado, sino también sacudido hasta sus mismos
cimientos. La importancia de la Reforma y el puesto que ocupa en la
historia de la iglesia hace necesario entrar en ella con más detalle que
hasta ahora en esta historia.
El albor de la Reforma
Parece característico de los caminos de Dios que Él
permita que el mal llegue a su culminación antes de intervenir en juicio.
Lo cerca que llegara el mal de su colmo en el siglo quince sólo lo sabe el
Juez de toda la tierra. Todo el sistema parecía irremisiblemente
corrompido, mientras que el Papa (que prefiguraba al hombre de pecado)
estaba casi usurpando el puesto de Dios. Que quedara suspendido el juicio
divino sobre tal escena para que la luz de la Reforma la iluminara es
verdaderamente una muestra culminante de la longanimidad y gracia de Dios.
Aunque la luz plena del día del reformador iba a resplandecer en la
persona de Martín Lutero en los primeros años del siglo decimosexto, los
primeros rayos pálidos del amanecer se vieron claramente más de cien años
antes del nacimiento de Lutero. Una obra tan tremenda no podía llevarse a
cabo en un momento, y Dios estaba preparando constantemente el camino para
ella debilitando el poder del Papa sobre los gobiernos humanos, y en
general sobre las mentes de las gentes, suscitando hombres capaces e
íntegros para denunciar los males de Roma.
Dos pontífices en guerra entre sí
Fue para esta época que reinaron simultáneamente dos
Papas, pero el antagonismo entre ellos llegó a tal punto que el pontífice
de Roma proclamó la guerra contra el pontífice de Aviñón. Esta insultante
inconsecuencia, junto con la terrible matanza que siguió, debilitó más la
influencia del papado, empleando así Dios un elemento desintegrador
dentro del campo del enemigo para acelerar su caída.
Juan Wycliffe
Juan Wycliffe ha sido con justicia descrito como la
Estrella Matutina de la Reforma. De hecho, fue el primer reformador de la
cristiandad, el Lutero de Inglaterra. Pero no había llegado todavía el
tiempo del avivamiento. Sus mordientes críticas contra Roma, en las que no
vaciló en tildar al Papa de Anticristo, atrajeron sobre su cabeza un
torrente de anatemas.
La traducción de la Biblia al inglés, 1380
Pero Wycliffe era amado por el pueblo. Se interesaba en
el bienestar de las gentes, les predicaba el sencillo evangelio, y tradujo
la Biblia a un lenguaje que podían comprender. Para el tiempo de su muerte
en 1384 sus seguidores eran conocidos por el nombre de lolardos, se habían
hecho muy numerosos, y se encontraban entre todas las clases de la
sociedad. Negaban la autoridad de Roma y mantenían la total supremacía de
la Palabra de Dios. Como podía esperarse, una vez se desencadenaron las
acciones del Vaticano (porque los frailes habían dado información al Papa
en cuanto a lo que estaba sucediendo), no iban a detenerse hasta la
supresión de los incorregibles herejes.
Persecuciones contra los Lolardos
La accesión de Enrique IV al trono de Inglaterra le dio
a Roma su oportunidad. Engañado por los testimonios falsos de los frailes
acerca de pretendidas prácticas revolucionarias de los lolardos, Enrique
consintió que fueran perseguidos violentamente; desde aquel momento, y
durante casi un siglo, ardieron las hogueras de la persecución en
Inglaterra. Se pueden mencionar específicamente los nombres de John Badby
y de Lord Cobham entre los que sufrieron fielmente el martirio durante
aquel período.
Juan Huss y el avivamiento de Bohemia, c. 1400
Pero en tanto que la obra de Dios estaba siendo
consolidada de esta manera, en lugar de exterminada, por la persecución
desatada en Inglaterra, estaba surgiendo una notable obra de avivamiento
en Bohemia, particularmente en las personas de Juan Huss y de Jerónimo de
Praga. Ambos confesaron abierta y denodadamente su simpatía por todo lo
que Wycliffe había escrito, y fueron a su vez acusados como herejes y
quemados. El martirio de ellos, en lugar de limpiar Europa de las herejías
de Wycliffe, inflamó las mentes del pueblo bohemio, de manera que se
desató una guerra civil. Pero incluso esto resultó para bien, porque tuvo
como resultado en un gran crecimiento de los llamados husitas. Hubo otros
a los que Dios suscitó durante este período, como John Wessel, el tenor de
cuya enseñanza estaba opuesto a los caminos y máximas de Roma. Según iba
aproximándose la Reforma, se multiplicaban las voces que proclamaban la
verdad.
Las primeras Biblias impresas
Antes de llegar a la historia de Lutero, podemos
mencionar la impresión de la Biblia en este crítico período de la
iglesia. La invención de la imprenta y la fabricación de papel a partir de
trapos viejos durante la última parte del siglo quince resultó en la
impresión y circulación de copias de la Biblia. Los traductores comenzaron
entonces su trabajo, y la Biblia fue traducida por reformadores
individuales a varias lenguas en el curso de unos pocos años. Así,
apareció una versión italiana en 1474, bohemia en 1475, holandesa en 1477,
francesa en 1477, y española en 1478, como si fueran heraldos de la
inminente Reforma.
Martín Lutero
Es tarea difícil dar un breve sumario de la vida y
multiformes actividades de Martín Lutero de modo que se pueda dar un justo
tributo a su gran obra y preservar, al mismo tiempo, un equilibrio en
cuanto a sus faltas. «Veo en Lutero,» escribió J. N. Darby, «una energía
de fe por la que millones de almas debieran estar agradecidas a Dios. Y yo
puedo en verdad decir que lo estoy». No pueden abrigarse dudas de que
nadie ha sido más usado por Dios durante todo el período entre la muerte
de los apóstoles y la recuperación de la verdad de la asamblea en la
primera parte del siglo diecinueve.
El estado de la iglesia en la época de la Reforma
Se tiene que recordar que en la época del surgimiento de
Lutero, la malvada introducción por parte de Roma de un plan de salvación
basado en penitencias o indulgencias, en lugar de la doctrina de la
justificación por la fe, había llegado a unas proporciones espantosas, y
daba enorme provecho a aquella culpable iglesia. Estos ingresos pasaban
por las manos de los sacerdotes en cada ciudad y pueblo, y en la mayoría
de los casos la maldad e inmoralidad de los sacerdotes mismos era notoria.
Por ello, difícilmente puede sorprenderse nadie ante la insatisfacción que
se extendía rápidamente en los corazones de hombres de todas clases. En el
lado positivo, el testimonio fiel de los precursores había dejado una
impresión tan indeleble que miles de almas piadosas tenían una premonición
de que iba a tener lugar algún gran avivamiento. Todo lo que se
necesitaba era un hombre que fuera suscitado por Dios para conducir,
aconsejar y controlar, y estas cualidades estaban personificadas en Lutero.
Los primeros días de Lutero
Lutero, en cumplimiento de un voto para consagrar su
vida al servicio de Dios, dejó la universidad a los 22 años y se hizo
monje. Su diligente estudio de las Escrituras lo llevó a su profunda
convicción de pecado, y trató repetidas veces, pero en vano, de reformar
su vida. Sus esfuerzos y mortificaciones fueron tan fervientes e intensos
como infatigables, pero no surtieron efecto, e incluso lo aproximaron a
las puertas de la muerte. Lutero estaba ciertamente aprendiendo lo amargo
de aquella falacia que pronto sería llamado a destruir. Pero no estaba
destinado a permanecer oculto en un oscuro convento. Después de haber
estado dos años en el claustro, fue ordenado sacerdote, y un año después
de esto fue nombrado profesor de filosofía en la Universidad de Wittenberg.
Fue entonces que surtió en su alma un poderoso efecto el famoso texto «el
justo por la fe vivirá». Cuando resplandeció la luz divina en Lutero, y se
convirtió verdaderamente a Dios, era todavía un esclavo de Roma, y no fue
hasta haber visitado la ciudad papal que comenzó a darse cuenta de sus
corrupciones y a ser sacudido de su adhesión a ella. El mal y la
profanidad que Lutero observó en Roma hicieron una profunda impresión en
él. Volvió a Wittenberg lleno de dolor e indignación y continuó refutando
fielmente el error entonces prevalente de las iglesias de que los hombres
podían, por sus obras, merecer la remisión de los pecados. La firmeza con
la que Lutero se apoyó en las Sagradas Escrituras impartió una gran
autoridad a su enseñanza, y se hizo evidente que no se podía seguir
evitando el fatal choque con Roma.
Lutero condena abiertamente las indulgencias, 1517
Este choque fue ocasionado por la visita a Wittenberg de
John Tetzel, un notorio traficante en indulgencias. «Os daré cartas,»
decía Tetzel, «todas debidamente selladas, mediante las que incluso los
pecados que tenéis la intención de cometer os serán perdonados. No hay
pecado tan grande que no pueda ser remitido con una indulgencia. Sólo
pagad bien, y todo os será perdonado». Así era la malvada y blasfema
enseñanza de Tetzel, y en pocas ocasiones encontró a hombres
suficientemente ilustrados, y más raramente aún suficientemente valerosos,
para enfrentarse con él. Lutero, sin embargo, no dudo un momento en
condenar a este osado impostor, y, no satisfecho con sus prédicas
públicas, fue tan lejos como para clavar sus famosas tesis en la puerta de
la iglesia de Wittenberg. No sólo sirvieron estas tesis para denunciar y
condenar la inicua práctica de las indulgencias, sino que también se
profesó por primera vez la doctrina evangélica de la remisión gratuita de
los pecados, sin ayuda alguna de ninguna absolución humana. Esto tuvo
lugar el 31 de octubre de 1517. El efecto fue electrizante, y las noticias
se esparcieron como un incendio por toda Europa. Se tiene que observar,
sin embargo, que Lutero distinguía entre el dogma de las indulgencias y la
enseñanza general del papado. Estaba convencido de que lo primero era
erróneo; pero no estaba liberado aún en cuanto a lo segundo. Por esto, sus
tesis tienen todavía un fuerte sabor de catolicismo. Este hecho explica la
aparente indiferencia con la que Roma recibió las primeras noticias de
Wittenberg y el hecho de que transcurrieran casi tres años antes que
Lutero recibiera la bula de excomunión del Papa. Lo que tuvo lugar en el
alma de Lutero durante este período quizá nunca se sabrá. Fue objeto de
muchos ataques, mientras que desde todas partes se lanzaban contra él
vituperios y acusaciones; incluso sus más entrañables y fieles amigos
expresaban sus temores y desaprobación ante su actuación. Él había
esperado que se unirían a él los dirigentes de la iglesia y los más
distinguidos académicos, pero todo fue de manera muy distinta a lo que se
había imaginado. Se sintió solo en la iglesia y solo contra Roma. No es
sorprendente que se sintiera agitado y desalentado y que comenzaran a
formarse dudas en su mente. Tal como él mismo escribió después: «Nadie
puede saber lo que sufrió mi corazón durante aquellos dos primeros años,
la desesperanza en que me hundí ... porque en aquel tiempo desconocía
muchas cosas que ahora, gracias a Dios, conozco».
Lutero excomulgado en 1520
Pero la buena mano de Dios estaba detrás de todo ello,
porque la gran obra que Él había comenzado no iba a ser torcida por
un desaliento temporal del agente humano que Él había escogido
soberanamente para su promulgación. Al resplandecer más luz en el alma de
Lutero, su fe y aliento aumentaron, y se hizo más evidente su distancia
entre su enseñanza y la de Roma. Gracias al sabio consejo del Elector de
Sajonia, verdadero amigo de Lutero desde el comienzo hasta el final, fue
esquivado un llamamiento para hacerle comparecer ante el Papa en Roma.
Esta doble herejía ocasionó el desencadenamiento de la tormenta, pero su
fe en sus propias convicciones era entonces tan fuerte que cuando
finalmente llegó la bula de excomunión, Lutero la quemó públicamente, y
declaró que el Papa era el Anticristo.
La Dieta de Worms, 1521
Roma parecía impotente, y, dándose cuenta de la gravedad
de aquel desafío, apeló al poder temporal, a Carlos V, Emperador de
Alemania, para que suprimiera a aquel problemático hereje. Pero la
solitaria voz de Wittenberg no iba a ser fácilmente silenciada, porque
para este tiempo la mayor parte de Alemania estaba de corazón con Lutero.
Además, sus escritos estaban extendiéndose rápidamente en todas
direcciones, y parecía como si Europa estuviera esperando el resultado de
la inminente confrontación. Aunque advertido por muchos de sus amigos y
por masas del común de la gente, Lutero, poniendo sin embargo su confianza
en Dios, decidió acudir a la Dieta de Worms, para responder allí, delante
del mismo Carlos, de las acusaciones que habían sido presentadas contra
él. Inmutable delante del emperador y de toda una corte de duques,
príncipes, condes y obispos, Lutero habló con una calmada dignidad que
sólo podía provenir de mucha lucha privada en oración con Dios.
(Nota 3.) Reconoció, de manera sencilla,
el montón de escritos sobre la mesa como suyos propios, y rehusó
retractarse de ellos.
Lutero denuncia a Roma
Pero Lutero no podía limitarse a una mera defensa de lo
que ya había escrito. En los términos más duros e irrefutables denunció
públicamente todo el sistema del papado e incluso apeló al emperador para
que no permitiera que sus súbditos se dejaran seducir por tal sistema. «No
puedo,» añadió Lutero, «someter mi fe ni al Papa ni al concilio, porque
está tan claro como el mediodía que ambos han errado frecuentemente y se
han contradicho entre sí. ... Aquí estoy. Nada más puedo hacer. ¡Que Dios
me ayude. Amén!»
Para profundo disgusto de Roma, Carlos pareció quedar
influido por la fe genuina del reformador, y tan sólo consintió a un
edicto de destierro. Su propio temor a Roma le impidió hacer menos.
Habiendo de esta manera perdido su presa, el malvado poder de Roma trató
de asesinar a Lutero, pero el buen Elector de Sajonia lo protegió, y,
durante la temporal calma que siguió, Lutero, como preso dentro de la
seguridad del castillo de Wartburg, pudo dedicar su atención a la
traducción de la Biblia.
Zuinglio y la Reforma Suiza
Mientras todo esto sucedía en Alemania, se estaba
gestando otra obra de Dios igualmente notable y totalmente independiente
en otro lugar de Europa. Tuvo lugar en Suiza, y el instrumento escogido
por Dios fue Ulrico Zuinglio, que era sacerdote de Roma. Lo mismo que
Lutero, Zuinglio había abierto los ojos pronto a los lamentables males del
papado, y, simultáneamente con esto, gracias a la sabia enseñanza del
célebre Thomas Wittembach, aprendió la importante doctrina de la
justificación por la fe, y se dio cuenta, para su asombro, de que la
muerte de Cristo era la única redención de su alma. Al profundizar en este
conocimiento mediante el cuidadoso estudio de las Escrituras, Zuinglio
expresó abiertamente sus ideas acerca de las cuestiones eclesiásticas, y
miles iban a oírle. Su mensaje era nuevo para sus oyentes, y él lo
expresaba en un lenguaje que todos podían comprender, y el pleno y claro
evangelio que él predicó tuvo resultados eternos. Era grande su fe en el
poder convertidor de la palabra, aparte de cualquier esfuerzo del hombre
por explicarla, mientras que sus respuestas apacibles y modestas a menudo
desarmaban a sus adversarios. A este respecto, contrasta notablemente con
el rudo y tormentoso Lutero. Se debería observar que Zuinglio comenzó a
predicar el evangelio un año antes que el nombre de Lutero hubiera
siquiera llegado a Suiza, de modo que, como dijo él mismo, «no fue de
parte de Lutero que aprendí la doctrina de Cristo, sino de la Palabra de
Dios».
Diferencias entre Lutero y Zuinglio
Sin embargo, había una interesante diferencia entre las
enseñanzas de estos dos destacados reformadores. Zuinglio mantuvo
abiertamente que todas las observancias religiosas que no pudieran ser
halladas en la Palabra de Dios, o demostradas por ella, debían ser
abolidas. En cambio, Lutero, deseaba mantener en la iglesia todo lo que no
fuera directa o expresamente contrario a las Escrituras. Incluso quería
quedarse unido a la iglesia de Roma, y se hubiera contentado con
purificarla de todo lo que estaba opuesto a la Palabra de Dios. La idea
del reformador suizo era la restauración de la iglesia a su simplicidad
original. No daba autoridad absoluta a nada que hubiera sido escrito o
inventado desde los tiempos de los apóstoles.
Avances en Suiza
A su debido tiempo, el Papa recibió las alarmantes
noticias del movimiento en Suiza, pero en lugar de hacer tronar sus
anatemas contra Zuinglio, como había hecho —y seguía haciendo— contra
Lutero, cambió de táctica, escribiéndole a Zuinglio una carta muy
halagadora, ofreciéndole todo lo que estaba en su mano excepto el trono de
San Pedro. Pero Zuinglio no desconocía las argucias de Roma, y no dejó de
darse cuenta del sutil intento de acallar su voz. Al haber rechazado la
mano tendida, pero engañosa, del Papa Adriano, la Reforma en Suiza fue
ganando terreno, dando Dios abundantes pruebas de Su mano poderosa en la
gran obra. Se aprobó un decreto para la abolición de las imágenes, fue
abolida la misa, y se acordó que la Eucaristía debía ser celebrada en
conformidad a su institución por Cristo. Más notable aun, y quizá el golpe
más terrible de todos para Roma, fue la conversión de muchas de las
monjas, y su petición al gobierno para que se les permitiera abandonar el
convento. De esta manera, y principalmente como fruto de las inagotables
tareas de Zuinglio, las doctrinas de la Reforma se extendieron con
increíble rapidez, y al cabo de pocos años el culto reformado estaba
firmemente establecido en los tres grandes centros de Zurich, Basilea y
Berna.
El error de Zuinglio y su muerte, 1531
Pero lamentablemente Zuinglio pareció incapaz de esperar
hasta que el poder atrayente de la gracia de Dios trajera a todo el país
bajo la influencia de la fe reformada. Aunque seguía siendo un sincero
cristiano y ferviente reformador, accedió a asumir el carácter de un
político, lo cual, a su vez, lo llevó a tomar las armas para defender la
verdad que tan querida le era a su corazón. El resultado fue desastroso.
Zuinglio mismo, como capellán del ejército, cayó muerto en batalla.
Revés en Suiza
La Reforma en Suiza quedó así tan lamentablemente
apartada del buen camino que la restauración del papismo comenzó de
inmediato. Pero los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables, y
aunque la obra en Suiza quedó temporalmente frenada debido a la
infidelidad humana, iba a ser establecida más firmemente que nunca pocos
años después por medio de Juan Calvino.
La traducción de la Biblia por Lutero
Volviendo a Alemania, todo parecía llamar a Lutero a
gritos. Y él oyó este clamor en la soledad de Wartburg, y no lo pudo
resistir. Diez meses después de la Dieta de Worms, puso su vida en el fiel
de la balanza, y aunque seguía estando bajo el interdicto del emperador
(como resultado de lo cual cualquiera que lo reconociera podría prenderlo)
volvió a Wittenberg. Seis meses después su traducción del Nuevo Testamento
fue impresa y dada al mundo. Fue recibida con gran entusiasmo y no menos
de cincuenta y tres ediciones fueron impresas sólo en Alemania durante los
primeros diez años de su publicación. Con la ayuda de Melancton, el íntimo
amigo y fiel colaborador del reformador
(Nota 4), poco después se añadió el
Antiguo Testamento, y se ha dicho que el don de Lutero a sus compatriotas
de la Biblia en su propia lengua hizo más por la consolidación y
dispersión de las doctrinas reformadas que todos sus otros escritos
juntos.
El efecto de la Palabra de Dios en Alemania
Desde luego, aseguró que la base de la Reforma fuera la
Palabra de Dios, y no meramente las palabras de Lutero. Las Sagradas
Escrituras —durante mucho tiempo encadenadas más allá del alcance de las
almas sedientas— eran ahora accesibles para todos. La oposición que esto
suscitó en la Roma papal sólo expuso su inconsistencia, porque el poder de
la Palabra tenía que ser reconocido por aquellos que en la práctica
negaban su autoridad.
Las buenas nuevas de la Reforma se esparcieron por todas
partes. Había llegado su hora, aunque parecía surgir una enorme oposición
contra ella desde todos los rincones. De nada le sirvió a Roma lanzar sus
anatemas, aunque lo hizo en inútil cólera. Sus palabras cayeron en oídos
sordos y en corazones preparados por Dios para recibir en su lugar las
verdades emancipadoras que la doctrina de los reformadores les dieron.
Hubo predicadores arrestados, torturados y martirizados, pero de nada
sirvió. La Biblia estaba en manos del pueblo, y la resistencia era inútil.
La primera Dieta de Spira, 1526
Para este tiempo, los tres príncipes más poderosos de
Europa, Enrique VIII, Carlos V y Francisco I, los soberanos respectivos de
Inglaterra, Alemania y Francia, se unieron en alianza con el Papa para la
supresión de los perturbadores de la religión católica. Pero el consejo
convocado en la Dieta de Spira tuvo un resultado inesperado. En lugar de
entregar a los reformadores a discreción de Roma, ¡dio gracias a Dios por
haber avivado, en su tiempo, la verdadera doctrina de la justificación por
la fe! A pesar de esta derrota, y frente a muchos de sus nobles que
favorecían la Reforma, el emperador de Alemania convocó tres años después
una segunda Dieta de Spira, en la que exigió el sometimiento de los
príncipes alemanes a la original fe católica. Pero el emperador ya no
podía ejercer una autoridad suprema en cuestiones tocantes a la iglesia, y
el consejo se mostró de nuevo dividido. Para llevar el asunto a una
conclusión, se promulgó un decreto que incluía las exigencias del
emperador, y éste fue firmado por los nobles católicos. Pero el partido
reformado de la Dieta se mostró a la altura de las circunstancias, y, como
un solo hombre, protestaron contra la decisión del consejo.
El comienzo del Protestantismo
Éste fue el inicio del Protestantismo y del período de
Sardis en la historia de la iglesia. La Reforma había tomado forma
corporativa. En la Dieta de Worms fue Lutero en solitario quien dijo «No»;
pero fueron iglesias y ministros, príncipes y pueblo, los que dijeron «No»
en la Dieta de Spira.
El error del Protestantismo
Se debe registrar con dolor en este momento que muchos
cristianos, al escapar del papado, cayeron en el error de poner el poder
de la iglesia en manos del magistrado civil, o de hacer de la misma
iglesia el depositario de este poder. Ya hemos señalado la forma trágica
en que esto se vio en el caso de Zuinglio. Satisfechos así acerca de su
propia seguridad, pronto se establecieron en sus nuevos privilegios en un
lamentable estado de inercia espiritual, recordándonos las palabras del
Señor a Sardis: «Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y
estás muerto». Así, el protestantismo erró eclesiásticamente desde su
mismo comienzo, porque miraba al gobernante civil como aquel en quien
residía la autoridad eclesiástica. El péndulo había oscilado casi hasta el
otro extremo, de manera que, en lugar de la iglesia gobernando al mundo,
el mundo vino a ser el gobernante de la iglesia.
La Confesión de Augsburgo, 1530
Cuando los protestantes fueron convocados por el
emperador de Alemania para que dieran cuenta de sus actividades y de sus
razones para abandonar la fe católica, redactaron (bajo la dirección de
Lutero y de Melancton) una clara enunciación de sus doctrinas, que fue
presentada en la Dieta de Augsburgo. En los caminos de Dios, se dio a los
protestantes una recepción mucho más favorable que lo que jamás se hubiera
esperado, y muchos firmes partidarios de Roma tuvieron que inclinarse ante
las convincentes palabras y artículos de fe de los reformadores. Esta
puede ser considerada como la ocasión en la que la Reforma quedó
definitivamente establecida en Alemania.
Lutero era considerado por la multitud como poco menos
que un Papa, y parecería que tendía a caer bajo la influencia de ello,
porque se ha dicho que al menos en una ocasión incluso sacrificó los
intereses del evangelio para el mantenimiento de su propia autoridad.
Además, Lutero nunca pudo liberarse enteramente de los estorbos del
papado, y la doctrina de la presencia real de Cristo en la Eucaristía fue
un dogma al que se aferró hasta el fin. Esto le implicó en una acerba
controversia con el gran reformador suizo Zuinglio, al que la doctrina de
la transubstanciación le causaba horror. Pero era demasiado terco para
dejarse convencer, aunque los argumentos de Zuinglio eran claros y
convincentes, e incluso rehusó estrechar la mano tendida de Zuinglio.
Los años finales de Lutero
Lutero perdió mucho por su obstinación, y casi parecía
que ya se desvanecía la estrella de la vida del gran reformador; pero el
Señor añadió otros quince años a la vida de Su amado —aunque
frecuentemente errado— siervo, durante el cual tiempo sirvió fielmente de
palabra y pluma en la consolidación de la gran obra que le había sido
confiada.
La Reforma en Europa
Habiendo examinado con cierto detalle la historia de la
Reforma en Alemania y Suiza, y tras haberla visto firmemente establecida
en estos países bien antes de la muerte de Lutero en el 1546, es necesario
hacer una mención expresa de la Reforma en algunos de los otros países de
Europa. El hecho de que una obra similar surgiera en varios países
distintos aproximadamente al mismo tiempo sólo añade más prueba —si es que
se necesitara de pruebas— de que esta gran obra fue de Dios.
Juan Calvino
La Reforma en la Suiza Francesa ya ha sido mencionada en
el contexto de su relación con Juan Calvino. Su nombre y el de Guillermo
Farel están inseparablemente relacionados con la Reforma en la Suiza
Francesa y en la misma Francia. Tan fiera y explícita fue la condena que
Calvino hizo de Roma que fue considerado como un enemigo más peligroso e
implacable que Lutero. Con un cuerpo débil y enfermizo y en una vida
relativamente breve, llevó a cabo una gran obra, pero, por lo que a la
verdad respecta, fue más allá que Lutero, y cayó en un error positivo,
especialmente acerca de los sufrimientos de Cristo.
(Nota 5.)
La persecución contra los hugonotes
En Francia, el martirio de los cristianos, o Hugonotes,
como fueron llamados los protestantes franceses, fue extremadamente
severo. La historia de sus sufrimientos, en particular en la noche de la
terrible matanza de San Bartolomé en 1572, es bien conocida, y ésta
constituye, quizá, la matanza más malvada y desalmada que jamás haya sido
perpetrada, y, como se debe añadir para su vergüenza eterna, Roma mostró
un estridente gozo al recibir la noticia de que 100.000 personas inocentes
habían muerto.
Unas condiciones igualmente trágicas prevalecieron en
otros países europeos al avanzar la Reforma, pero con los mártires del
siglo dieciséis sucedió como había sucedido con los cristianos primitivos:
la fidelidad de los mártires tan sólo fortaleció la obra del avivamiento.
La Reforma en Inglaterra
La Reforma en Inglaterra demanda un comentario más
detallado, aunque está entretejida de manera inseparable con la historia
secular de la época. Habían pasado casi doscientos años desde los tiempos
de Wycliffe, pero la chispa que él había prendido nunca se había
desvanecido, y, en el siglo dieciséis, iba a manifestarse como una llama
resplandeciente e inapagable.
William Tyndale
La primera figura destacable después de Wycliffe en la
Reforma Inglesa fue William Tyndale. Se manifestó públicamente en un
momento en que el Cardenal Wolsey, un implacable representante de Roma,
estaba ejerciendo una maligna influencia sobre el país. Su exhibicionismo
lujoso de riqueza y ritual estaba casi introduciendo una especie de papado
en Inglaterra. Sus pretensiones eran tales que en la época en que el Papa
envió una bula de excomunión contra Lutero, ¡Wolsey también le envió a
Lutero una suya! Pero Wolsey se excedió, porque el celo con el que
denunció los escritos de Lutero sólo sirvió para atraer la atención hacia
ellos, y tendió a despertar el adormecido interés de los ingleses y para
prepararlos para las doctrinas de la Reforma. La obra de Tyndale, aunque
de enorme significación, fue mayormente desconocida, y, al sufrir el
martirio a los cuarenta y ocho años de edad, su vida de fiel testimonio no
fue larga. En medio de una constante oposición, que le llevó a huir de
Inglaterra, Tyndale, ayudado por su compañero reformador Miles Coverdale,
finalizó una traducción de la Biblia. Su aceptación fue enorme, porque el
pueblo estaba sediento de ella. En un tiempo increíblemente corto se
difundieron copias desde las costas del canal hasta los límites de
Escocia. En Inglaterra, quizá en mayor grado que en el Continente, la
Reforma fue llevada a cabo por la Palabra de Dios. Esto es significativo,
porque en Inglaterra no aparecieron hombres destacados como Lutero,
Zuinglio o Calvino.
La predicación de Latimer
Sin embargo, lo que Tyndale estaba haciendo de manera
silenciosa lo llevaba a cabo Hugh Latimer con sus sermones. Latimer había
sido un partidario tan firme de Roma en sus primeros años que los papistas
creyeron que Lutero había por fin encontrado su igual, pero cuando llegó
el tiempo de Dios, la visión de Latimer quedó en el acto transformada.
Convertido de manera notable durante la confesión de uno de sus penitentes
que había abrazado la verdadera fe cristiana, Latimer actuó tan denodada y
valerosamente en su denuncia de las doctrinas de Roma como antes lo había
sido para mantenerlas. Las amenazas de los obispos fueron inútiles, y sus
sermones fueron empleados para iluminar a muchas almas. Además, el mismo
rey Enrique VIII, que (aunque sólo para sus conveniencias domésticas)
estaba tratando de sacudirse el yugo de Roma, apoyó la predicación de
Latimer. Lo superficial que era este interés de Enrique se verá más
adelante; lo cierto es que tan sólo hacía pocos años lo había sometido
todo al Papa, y fue el Papa quien concedió a Enrique VIII el título de
«Defensor de la Fe», por haber escrito contra las doctrinas de Lutero. Sin
embargo, los papistas no estaban dispuestos a dar un respiro a Latimer, y,
siendo llamado ante el obispo de Londres bajo una acusación de herejía,
fue excomulgado y encarcelado.
La influencia de Cranmer
Fue durante esta época que Thomas Cranmer salió a la luz
pública. Aunque era superior a Latimer en erudición, le iba a la zaga en
lealtad a Cristo, y pasó mucho tiempo antes que mostrara la suficiente
resolución para librarse de las redes del papismo. El consejo de Cranmer a
Enrique VIII con respecto a su divorcio de Catalina de Aragón le atrajo el
favor del rey, y fue designado para la Sede de Canterbury. Aunque empleó
su autoridad para lograr la liberación de Latimer, la obra de la Reforma
no prosperó tanto como hubiera podido esperarse con Cranmer en este alto
cargo. Desde luego, no apoyó la quema y la tortura de los herejes, pero
era demasiado tímido para tratar de suprimir tales prácticas, que
continuaron de manera alarmante. Fue el mismo Enrique el responsable de
esta cruel persecución. Aunque era Romanista de corazón, y se gloriaba en
todo el ritual, rehusó aceptar la supremacía del Papa, refugiándose en la
posición independiente que había adoptado como cabeza de la iglesia en
Inglaterra.
Enrique VIII persigue a los reformadores
El rey y el clero llegaron a un acuerdo de un carácter
de lo más infame. El rey les dio autoridad para encarcelar y quemar a los
reformadores siempre que ellos le ayudaran a rescatar el poder que había
sido usurpado por el Papa. En 1540 esta persecución iba a recibir un nuevo
empuje con la aparición de los famosos Seis Artículos. La causa ostensible
de esta malvada ley era promover la unidad de los súbditos de Enrique en
cuestiones de religión. En realidad, se trataba de un sutil medio para
poner a los protestantes fuera de la ley. Así, lo que sucedió fue que la
rotura sólo se hizo más grande. Condenaba a muerte a todos los que se
opusieran a la doctrina de la transubstanciación, de la confesión
auricular, a los votos de castidad y a las misas privadas, y a todos los
que apoyaran el matrimonio del clero y dar la copa a los laicos. Cranmer
empleó toda su influencia, e incluso arriesgó del desagrado del rey, para
impedir su aprobación, pero todo en vano. El partido Romanista seguía
siendo poderoso, y el temperamento del rey se hizo más violento que nunca.
Latimer fue echado en la cárcel, y cientos de personas pronto le
siguieron.
La benéfica influencia de Eduardo VI
Al morir Enrique VIII, Eduardo VI accedió al trono de
Inglaterra con la noble ambición de hacer de su país la vanguardia de la
Reforma. Como era sólo un niño de nueve años en el momento de su
coronación, el Duque de Somerset —un genuino protestante— fue designado
como protector del reino. El primer uso que hizo Somerset de su autoridad
fue abolir los odiosos Seis Artículos, y, hecho esto, dirigió su atención
a otras reformas, siendo la más significativa el levantamiento de la
prohibición de la lectura de las Escrituras. El joven rey mismo no se
mostró remiso a encabezar estas acciones, y no menos de once ediciones de
la Biblia fueron publicadas durante su breve reinado.
Con la ejecución del Duque de Somerset y la muerte de
Eduardo a la temprana edad de dieciséis años, las perspectivas para los
protestantes parecían muy amenazadoras, y de manera particular cuando
María accedió al trono, porque era católica fanática. Bajo la malvada
conducción de algunos de los agentes de Roma, María consintió al deseo del
parlamento de abolir la innovación religiosa que Cranmer y Somerset sobre
todo habían introducido, y restauró el culto público en sus viejos usos.
Martirio de Latimer y Cranmer, 1555—1556
Como era de esperar, no tardó en seguir la persecución,
y Latimer y Cranmer fueron quemados en la hoguera. ¡Pobre Cranmer!
Timorato e inestable como siempre, falló en la hora de la prueba y negó la
fe. Pero, siempre objeto del amor de Dios y de la gracia restauradora de
Cristo, fue recuperado, y exhibió una fortaleza en la hora de la muerte
que más que compensó por el débil testimonio de su vida de claroscuros.
Pero Dios iba a intervenir en breve, y el paso de la corona de María a
Elisabet señaló la restauración del protestantismo.
El establecimiento de la Reforma bajo Elisabet
Poco es el crédito que se le debe dar personalmente a
Elisabet por esto. Ha sido descrita como una reina sin corazón y casi sin
conciencia. Podía ser todo para todos, y a causa de su vanidad fue incluso
peligrosamente parcial en favor de mucho del ritual de la iglesia de Roma.
Sin embargo, lo indudable es que la Reforma quedó establecida bajo su
reinado y sobre una base más firme y amplia que jamás antes.
La Reforma en Escocia
La Reforma, al llegar a Escocia, era una necesidad
vivamente sentida, porque la riqueza de las órdenes monásticas se había
hecho enorme, y sólo podía equipararse con la codicia y el libertinaje de
los clérigos, mientras que la vida del pueblo estaba bajo la pesada carga
de las exacciones de los sacerdotes. En Escocia, como en Inglaterra, la
Biblia fue enfáticamente la gran maestra de la nación, aunque los nombres
de Patrick Hamilton y de George Wishart siempre estarán asociados con la
Reforma en aquel país. Los dos fueron intrépidos en la predicación de la
verdad, y sellaron su fiel testimonio con su sangre.
Limitaciones de la Reforma
Es quizá deseable en este momento pasar a repasar muy
rápidamente las limitaciones y fallos de la Reforma, siempre dando la
debida honra a la notable cadena de fieles testigos que Dios suscitó para
llevar a cabo aquella magna obra. La doctrina de la Reforma expuso que
Cristo murió para reconciliar a Su Padre con nosotros. «Una enunciación,»
como ha dicho J. N. Darby, «totalmente errónea, confundiendo el nombre de
relación en bendición con Dios en Su naturaleza; enseñando lo que la
Biblia no enseña, afirmando ellos que la obra de Cristo era reconciliar a
Dios con nosotros, y cambiar Su mente». La verdad de la proyección del
amor de Dios con la libre y espontánea acción de Su gracia y naturaleza
estaba ausente de la teología de los reformadores y de sus credos. Ellos
tenían que «es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado», y creían
en su eficacia; pero no tenían el concepto de «porque de tal manera amó
Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Además, predicaban la
justificación por la fe para la liberación de las almas, pero al
establecer un sistema enseñaron que el perdón de los pecados era
obtenido mediante regeneración bautismal, y luego se torturaron tratando
de conciliar ambas cosas. La Reforma nunca fue más allá de la verdad de la
justificación por medio de la muerte y resurrección de Cristo. La
formación de la asamblea en relación con Cristo ascendido y el Espíritu
Santo enviado desde el cielo, y la segunda venida de Cristo —primero para
recibir a Sus santos y luego para juzgar al mundo— no fueron ni tocadas.
La aplicación de la justificación por la fe —una verdad
verdaderamente preciosa en sí misma— era, naturalmente, dirigida al
individuo, y este mismo hecho resultó en la transferencia de poder e
importancia de la iglesia al individuo. La idea de la iglesia como
dispensadora de bendición fue rechazada; y todo hombre fue llamado a leer
la Biblia por sí mismo, a examinarla por sí mismo, a creer por sí mismo, a
ser justificado por sí mismo, a servir a Dios por sí mismo, por cuanto
debía responder de sí mismo. El pensamiento recién nacido de la Reforma
—siempre correcto, pero mucho tiempo negado por el Romanismo— era, primero
bendición individual, luego la constitución de la iglesia. Pero
lamentablemente el verdadero concepto de la Iglesia de Dios se perdió
entonces de manera total, y no fue recuperado hasta los inicios del siglo
diecinueve. Hasta adonde habían llegado, los reformadores estaban en lo
cierto, pero al perderse de vista el puesto y obra propios del Señor en la
asamblea por el Espíritu Santo, los hombres comenzaron a unirse y a erigir
unas llamadas iglesias según sus propias ideas.
Iglesias independientes
Rápidamente se iniciaron una gran variedad de iglesias o
sociedades religiosas en muchas partes de la cristiandad, efectuando cada
país su propia idea en cuanto a cómo debía constituirse y ejercerse el
poder eclesiástico. Esta diferencia de opinión resultó en los cuerpos
nacionales e innumerables cuerpos disidentes, todos independientes entre
sí, que siguen viéndose por todas partes. La mente de Cristo en cuanto al
carácter y la constitución de Su iglesia parece haber sido totalmente
pasada por alto por los líderes de la Reforma en su insistencia en el gran
principio de la fe individual.
Con este sumario en mente acerca del resultado de la
Reforma, podremos narrar tanto mejor la historia de la iglesia, en
particular en Inglaterra, durante los 280 años entre el establecimiento de
la Reforma y la recuperación de la verdad de la asamblea a principios del
siglo diecinueve.
El Concilio de Trento, 1545
Será sin embargo oportuno decir aquí que en lo
fundamental el carácter del Romanismo quedó sin cambios a pesar de la
Reforma. Incluso se aprovechó de las aguas revueltas, que liberaron a
millones de almas de su servidumbre, para enunciar una clara confesión de
su fe. Esto tuvo lugar en el Concilio de Trento, y aunque se establecieron
cánones, o artículos de fe, que eran esencialmente de carácter apóstata,
las decisiones doctrinales a las que se llegó en aquel tiempo han sido
desde entonces consideradas como el sumario autoritativo de la fe
Católicorromana.
Los Puritanos
Fue durante el reinado de Elisabet que germinó el
movimiento Puritano. El partido puritano, encabezado por el obispo mártir
Hooper, objetaba enérgicamente contra los hábitos y vestimentas que
estaban ordenados para el culto, y muchos rehusaron ser consagrados en
vestiduras llevadas por el obispo de la iglesia de Roma. Elisabet, como ya
hemos mencionado, aunque opuesta al papismo, deseaba retener tanto como
fuera posible de exhibición y pompa, y así surgió una considerable
oposición entre la corte y el partido puritano. Estas diferencias se
agravaron cuando la reina ordenó el mantenimiento de una uniformidad
exacta en todos los ritos y ceremonias externas. Ello tuvo como resultado
el que una multitud de ministros piadosos fueran expulsados de sus
iglesias, y que se les prohibiera predicar en cualquier otro lugar.
Presbiterianos e Independientes
Frente a tanta persecución, estos puritanos excluidos se
constituyeron en un cuerpo, y, con el nombre de No Conformistas, fueron
aumentando rápidamente en número. Cuando las vestiduras fueron en general
echadas posteriormente a un lado, desapareció la razón de la disensión,
pero los puritanos posteriores fueron más lejos que sus originadores, y
contendieron no sólo contra las formas y las vestiduras, sino contra la
misma constitución de la Iglesia de Inglaterra. Esto tuvo como resultado
la formación de dos grandes partidos, los Presbiterianos y los
Independientes. Los primeros consideraban a todos los ministros en
cónclave como al mismo nivel en rango y función, mientras que los últimos,
repudiando a la vez el episcopado y el presbiterio, mantenían que cada
congregación debía dirigir sus propios asuntos y escoger sus propios
cargos, con independencia de toda autoridad humana.
Intentos de restaurar la prelatura
Con los sucesivos reinados de Carlos II y de Jacobo II,
se hicieron decididos esfuerzos por restaurar la prelatura con todo su
ceremonialismo papista, y cundió una gran ansiedad en cuanto a si la
Reforma en Inglaterra iba a mantenerse o a caer, pero, por la gracia de
Dios, el corazón de la nación era demasiado sanamente protestante para
someterse, y el enemigo fue derrotado. Jacobo II abdicó, y el trono fue
ocupado por María y Guillermo, Príncipe de Orange. Bajo su influencia, el
trono del Reino Unido fue puesto sobre una base rigurosamente protestante,
mientras que, al mismo tiempo, los fieles Convenanters escoceses
iban a ver el Establecimiento Presbiteriano firmemente arraigado en su
país.
Avivamientos tras la Reforma
Por cuanto la posición pública de la iglesia
permanece muy similar en la actualidad a como estaba bajo el reinado de
Guillermo, esta recapitulación histórica queda prácticamente concluida.
Sin embargo, hemos observado antes que Dios siempre se ha preservado un
testigo y testimonio fieles a la verdad aparte de la profesión pública, y
que nunca quizá se ha visto ello de manera más notable que durante estos
últimos años que hemos estado repasando, y particularmente durante los
últimos cien años. Por ello, debemos referirnos brevemente a algunas obras
independientes de Dios, muchas de las cuales fueron características de los
siglos dieciocho y diecinueve. El siglo dieciocho estuvo marcado por un
avivamiento del arte y de la literatura, y debido a la comodidad y el lujo
que llegaron a ser el principal interés de los ricos parece que se dio
poco interés a vivir las verdades del cristianismo.
La alta y baja crítica
Lo cierto es que cuando la erudición invirtió sus
energías en cuestiones religiosas, hacia fines de aquel siglo, se apartó
del principio de la fe por el cual se han de comprender todas las
actividades de Dios, e introdujo un sistema de la crítica que hizo de la
erudición y de la mente puramente racional el criterio por el que se debía
juzgar del origen y autoridad de las Escrituras. Este movimiento comenzó
en Alemania y en otros lugares, propiciado por académicos reconocidos que,
en sus escritos, arrojaron dudas sobre la autoridad de la Sagrada
Escritura. Los que pusieron en duda la exactitud textual de la
Palabra fueron llamados «críticos bajos», y los que suscitaron cuestiones
acerca de la credibilidad o paternidad de los libros de la Biblia fueron
llamados los «críticos altos». Los efectos de este movimiento, uno de los
más sutiles que Satanás haya inventado para minar la autoridad de la
Palabra de Dios, se extendieron rápidamente por Inglaterra, con
perniciosas consecuencias, y la apatía que existe en la actualidad en las
mentes de la mayoría con respecto al cristianismo puede remontarse, más o
menos directamente, a este ataque contra las Escrituras.
Los Metodistas
Mientras se llevaban a cabo estos intentos por derribar
el puro cristianismo echando dudas sobre la autoridad de la Palabra de
Dios, el Señor estaba preparando a Sus siervos escogidos para otro
avivamiento de la verdad y una mayor expansión del Evangelio. Este
avivamiento iba a verse primero en las actividades de los célebres Juan y
Carlos Wesley. Con la luz del verdadero evangelio resplandeciendo en sus
corazones, comenzaron a celebrar reuniones privadas para el avance de la
piedad personal. Lo estricto de sus vidas y lo regular de sus costumbres
fue la razón de que se les diera posteriormente a sus seguidores el título
de «metodistas». Al ir creciendo la obra, Jorge Whitefield, un predicador
de gran capacidad, se unió a Juan Wesley, y siendo ambos clérigos de la
Iglesia de Inglaterra, comenzaron a predicar por las iglesias el evangelio
simple y llano. Pero la verdad del perdón y de la salvación por la fe en
Cristo sin obras humanas meritorias era demasiado sencilla y escrituraria
para que pudiera ser tolerada. La Iglesia Establecida, que sólo podría
mantenerse fuerte en tanto que siguiera con energía espiritual aquella
verdad que la había llevado a la confrontación con el papado, había
sucumbido a la indolencia, a la ignorancia y a los lujos que eran la marca
de aquella época, y pronto se vio en un conflicto con los avivadores, y
les cerró los púlpitos. Excluidos así, se vieron obligados a predicar al
aire libre, y sus predicaciones fueron empleadas por Dios para rescatar a
las gentes de las profundidades de las tinieblas morales, llevando a miles
tanto en Inglaterra como en América a los pies de Jesús. Carlos Wesley,
que era menos fuerte de carácter que su hermano Juan, pero posiblemente
más afectado interiormente por la gracia de Dios, fue el compositor de los
himnos de aquel movimiento, y muchos de sus himnos están en uso constante
hasta el día de hoy.
(Nota 6.)
Mientras Carlos escribía himnos y Whitefield predicaba
el evangelio, Juan devino el organizador del movimiento, y al conseguirse
fondos y propiedades para la obra, insistió en un control autocrático de
la organización. Al principio autorizó predicadores laicos, pero
posteriormente se arrogó el derecho de ordenar clero, y su sistema, por
tanto, fue tan estrechamente alineado al Anglicanismo como el de las
iglesias reformadas lo estaba con el de Roma. Como resultado, no podía
recibirse más luz de la verdad de Dios que la que su sistema permitiera
que se expresara funcionalmente, y esto los limitó al perdón de los
pecados y a las buenas obras. Un río no puede levantarse a mayor altura
que su fuente, y por cuanto la fuente de este movimiento estaba en un gran
reformador y no en el mismo Dios, no es sorprendente que al morir los
Wesleys siguiera un deterioro gradual en su carácter, y cismas que le
hicieron perder su significado público, hasta que encontró su nivel entre
las muchas denominaciones de la cristiandad.
Establecimiento de las misiones extranjeras, 1792
No podemos entrar en los detalles de otros avivamientos
más locales durante el siglo dieciocho, pero se puede hacer mención de
pasada, en este tiempo, de varias sociedades misioneras extranjeras,
especialmente por las actividades de Guillermo Carey, así como por la
inauguración de Escuelas Dominicales para niños.
El estado filadelfiano y laodicense de la Iglesia
Fue aquel un período de considerable actividad
evangélica, e indudablemente fue muy bendecido por Dios. Fue todo
claramente parte de la obra preliminar general anterior a la aparición de
lo que podría ser designado como el estado filadelfiano de la
historia de la iglesia, en el que aquellos que mantuvieron la palabra del
Señor y no habían negado Su nombre siguieron el fiel cortejo de los
reformadores y de los puritanos. Todo esto en contraste con el estado
externo de la cristiandad profesante. Laodicea marca la fase final
de la historia de la iglesia como testimonio colectivo de Dios, y se
caracteriza no por error doctrinal o caída moral, sino por su tibieza y
satisfacción propia.
El Movimiento Evangélico
A fin de evaluar correctamente los varios movimientos
religiosos del siglo diecinueve, es necesario considerar tanto aquellos
cuyas influencias y efectos han sido fácilmente discernibles para el
público en general como aquellos movimientos menos visibles que resultaron
de las obras de destacados ministros de la Palabra de Dios que rehuyeron
la publicidad. Si consideramos en primer término los movimientos más
públicos, encontramos los frutos morales del avivamiento Wesleyano
expresado en el movimiento «Evangélico» encabezado por hombres como
William Wilberforce y Lord Shaftesbury, que interpretaron en acciones
políticas, como la abolición de la esclavitud y unas medidas generales de
reforma, las llanas y literales enseñanzas de la Escritura. Estos hombres
fueron una fuerza moral genuina en sus tiempos. En oposición parcial a
esta influencia, se desarrollo el movimiento «Anglocatólico» o «Movimiento
de Oxford», bajo el liderazgo de J. H. (después Cardenal) Newman, E. B.
Pusey y J. Keble. A estos se les llamó «Tratadistas» porque publicaron
tratados en los que impulsaban a los clérigos a la defensa de sus órdenes
y argüían que sólo suscribiéndose a la teoría de una iglesia católica
indivisible podrían preservar sus posiciones y derechos. Este movimiento
fue a su vez resistido por clérigos evangélicos como Charles Kingsley y F.
D. Maurice, que junto con Thomas Hughes constituyeron el movimiento
«Socialista Cristiano» de la década de 1860. Todos estos movimientos
suscitaron mucha controversia pública, pero tuvieron en general muy poco
efecto moral permanente en el pueblo.
El cristianismo y la ciencia en conflicto
Una agitación mucho más profunda fue la causada cuando
la ciencia entró en conflicto con el cristianismo. En 1830 Sir Charles
Lyell publicó sus «Principios de Geología». Al dejarse de observar la gran
discontinuidad temporal entre el primer y segundo versículos de la Biblia,
sus argumentos fueron aceptados por muchos como constitutivos de un reto
válido a la enseñanza de las Escrituras acerca de la cuestión de la
creación, y el espíritu de escepticismo generado por los críticos altos y
bajos recibió un ímpetu adicional desde esta fuente. Esta tendencia fue
intensificada con la publicación en 1859 de la obra de Charles Darwin
El Origen de las Especies, y de El linaje del hombre en 1871.
Aunque estas teorías han sido invalidadas por posteriores descubrimientos
científicos, tuvieron en aquel tiempo el efecto de sacudir la confianza de
millones de personas en la autoridad de las Sagradas Escrituras, y son
mayormente responsables de la general apatía hacia la Palabra de Dios y de
la ignorancia acerca de la misma que existe en la actualidad.
El Ejército de Salvación, fundado en 1878
Otro desarrollo público que merece mención fue la
formación del Ejército de Salvación en 1878 por William Booth. Éste fue un
poderoso movimiento evangélico que tenía la intención de recuperar a
borrachos y a otros, inmersos en los vicios del siglo, mediante la
ferviente predicación del simple evangelio. En tanto que el movimiento
estuvo sustentado por la fe en Dios y por la adhesión a sus motivos
originales, tuvo gran éxito. La idea del fundador era la de revestir a
cada convertido con un uniforme que lo marcara públicamente como discípulo
de Cristo. Esto frecuentemente llevó a acerbas persecuciones contra los
convertidos, pero era ocasión de un testimonio vivo del poder del
evangelio. Con el paso del tiempo se desvaneció el fervor evangelístico, y
el movimiento se hundió al nivel de una organización de auxilio social,
gobernado por líderes designados bajo el criterio de su capacidad
organizativa.
La verdad en la penumbra
Podemos pasar ahora a algunos de los desarrollos más
desconocidos, pero profundamente importantes, de la vida espiritual en el
siglo diecinueve. A principios de aquel siglo, el doctor Augustus Neander,
un judío alemán convertido en su juventud al cristianismo, estaba
enseñando en la Universidad de Berlín acerca de las grandes verdades del
cristianismo a audiencias electrizadas. Era hombre de gran erudición y
basaba su ministerio puramente en la Palabra de Dios; actuando de esta
manera, avivó muchas importantes verdades que habían quedado oscurecidas
durante siglos. Vio claramente que no había autoridad escrituraria para un
clero que ejerciera un oficio mediador entre Dios y los hombres, y mantuvo
que todos los cristianos eran sacerdotes en virtud de ser habitados por el
Espíritu Santo, y de tener entrada al lugar santísimo de la presencia de
Dios. Sin embargo, no inició ningún movimiento para dar realidad a estas
enseñanzas, y se contentó con enseñar en la Universidad. En Suiza y en
Francia el doctor J. H. Merle d'Aubigné (que había sido discípulo de
Neander en Berlín) siguió una línea algo similar de enseñanza, y dedicó
mucho tiempo a recopilar su vasta Historia de la Reforma.
John N. Darby, 1830
En Inglaterra e Irlanda comenzó un movimiento simultáneo
entre personas totalmente desconocidas entre sí. Hubo una obra
independiente del Espíritu de Dios en los corazones y en las conciencias
de muchos fieles seguidores de Cristo, entre los que se podrían mencionar
específicamente a John N. Darby, Edward Cronin, John G. Bellet, Anthony N.
Groves y George V. Wigram. J. N. Darby, erudito de considerable fama y
abogado, fue convertido mediante la lectura de las Sagradas Escrituras. En
sus años tempranos aceptó un subrectorado protestante en el sur de
Irlanda, pero más tarde quedó muy impresionado por la verdad de que la
Cabeza de la iglesia era Cristo glorificado, de lo que dedujo que debía
haber un organismo en la tierra, un cuerpo espiritual, en el que Su
condición de cabeza debía ser expresado. El llamado de esta verdad lo
llevó a salir de sus conexiones eclesiásticas, como Abraham en la
antigüedad, que, llamado por Dios, obedeció saliendo sin saber a donde iba
(He 11:8). Al mismo tiempo, otros hombres eran similarmente movidos, por
el estudio de la Escritura, a juzgar el sistema sacerdotal como inicuo,
por cuanto todos los cristianos son llevados al mismo lugar de cercanía y
libertad para con Dios por el Evangelio, y por recibir el don del Espíritu
Santo vienen a ser miembros del Cuerpo de Cristo. Por ello, todo sistema
regido por un sacerdote oficial niega la primera de estas verdades
cardinales, y cualquier asunción de derechos exclusivos de ministerio
niega la segunda.
El reconocimiento de estas verdades capitales llevó a
estos cristianos a dejar aquellas asociaciones que las negaban, para
reunirse en toda sencillez para participar de la cena del Señor tal como
había sido establecida por el mismo Señor y siguiendo la enseñanza
inspirada del Apóstol Pablo. Reconocieron la presencia personal del
Espíritu Santo y Su disposición soberana de poder como el canal para el
ministerio de la Palabra de Dios, mientras que las Escrituras fueron
reconocidas como el único criterio infalible de la verdad y del error.
Este movimiento, que comenzó en Dublín y en el sur de Inglaterra alrededor
de 1832, pronto se extendió con considerable rapidez por medio de la
predicación del Evangelio y del ministerio de la Palabra. Así surgieron
por toda Inglaterra y en Francia, Suiza, Alemania, y por todos los países
de habla inglesa del mundo, reuniones constituidas en base de la
aceptación del principio de que la separación de la iniquidad era la única
verdadera base para la unidad.
El avivamiento del verdadero carácter de la iglesia
El hecho de que esta obra comenzó simultáneamente,
aunque de manera independiente, por muchas partes del mundo, demostró,
como había sucedido trescientos años antes durante la Reforma, que el
mismo Dios estaba obrando. Las notas clave de este avivamiento eran el
llamamiento distintivo y celestial de la iglesia (o asamblea) y la
consiguiente necesidad de la separación del mal —tanto eclesiástico como
moral—, mientras que la sencillez y el gozo de los primeros tiempos de la
historia de la iglesia fueron avivados en muchas pequeñas reuniones.
Las personas que se reunían de esta manera no asumieron
una posición pública, y permitieron ser llamados simplemente por el nombre
de «hermanos». Al aceptar esta designación, no lo hacían en ningún sentido
más estrecho que el comunicado por las palabras del mismo Señor: «Uno es
vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos». No iniciaron
nada nuevo, ni tampoco trataron de reformar nada. Sencillamente
reconocieron que la asambea seguía ahí, y que formaban parte de ella, a
pesar de la ruina pública.
La verdad, comprometida
Pero con el paso del tiempo, las verdades y principios
que gobernaban a J. N. Darby y a otros no fueron mantenidas por todos los
que profesaban tomar el terreno de separación de la Iglesia Establecida y
de las denominaciones, y han surgido varias crisis entre los «Hermanos».
La verdad de Cristo y de la asamblea, al no ser mantenida en poder
espiritual, llevó a diferencias de opinión y pronto se reveló la presencia
de algunos que estaban dispuestos a aceptar una norma inferior o
contemporizaciones. Había, por ejemplo, los que mantenían que la asamblea
en su aspecto universal se había vuelto invisible, y que nada quedaba
ahora sino establecer asambleas locales, cada una de ellas completa en sí
misma, y sin responsabilidad para con otros grupos similares. Cada una de
ellas sería así libre de recibir a cada creyente individual, suponiendo
que fuera perfectamente sano en la fe, sin tener en cuenta las
asociaciones a las que pudiera estar vinculado. La verdad de la
asamblea en su unidad general —tan enérgicamente mantenida por J. N. Darby—
perdió entonces su lugar debido, se abrió de par en par la puerta a la
contemporización con el mal, y el curso del testimonio durante los últimos
cien años ha estado repetidamente marcado por conflictos. No obstante, el
movimiento original, que siguió al avivamiento de la década de 1830, se ha
mantenido y expandido entre muchos que buscan humildemente y con la
energía de la gracia divina «contender ardientemente por la fe que ha sido
una vez dada a los santos».
El resultado de este conflicto por la fe y de la
actividad de Satanás en su intento de corromper la verdad se puede
observar hoy en todas partes, con la existencia de docenas de diferentes
asociaciones religiosas. Es uno de los hechos más humillantes y penosos
que tales condiciones deban caracterizar los últimos días de la historia
de la iglesia.
La ruina pública de la iglesia y la pequeñez y debilidad
externas de aquellos en ella que buscan mantener la palabra del Señor y no
negar Su nombre, se hacen tanto más evidentes cuando los contrastamos con
las grandes entidades apóstatas, las cosas del mundo, sean civiles o
eclesiásticas, que están creciendo en fortaleza y magnificencia externas
según se va aproximando su día del juicio. Pero todo ello está en
conformidad con la profecía inspirada. Las exaltadas pretensiones de la
gran apostasía están vívidamente exhibidas en las páginas de la Sagrada
Escritura, mientras que no hay ninguna promesa en el Nuevo Testamento de
que la iglesia vaya a recuperar su consistencia y hermosura antes de su
arrebatamiento.
Ésta, pues, es la posición que nos confronta en el
período presente de la historia pública de la iglesia, y, desde luego, la
finalización de esta historia no puede retardarse ya mucho. En palabras de
otro, la iglesia está a punto de pasar de sus ruinas a su gloria, mientras
que el mundo va de su magnificencia a su juicio.
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