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La necesidad de perdonar
José María Romera

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El perdón es un valor de uso corriente como moneda fraccionaria, pero casi imposible de hallar en billetes
Pedir perdón es sencillo cuando por descuido hemos tropezado con alguien en la calle; otorgarlo tampoco entraña grandes dificultades si se trata de condonar una deuda menor o zanjar un malentendido insignificante. Ahora bien, en las grandes ofensas rara vez aparece. El perdón es un valor de uso corriente como moneda fraccionaria, pero casi imposible de hallar en billetes.

Quizá sea que no existe el perdón en estado puro. Acaso el concepto de perdón sea una invención humana creada de buena fe, pero a sabiendas de que se trata de una palabra ambigua, imperfecta y circunstancial como lo son ciertos remiendos que ponemos a la vida cuando ésta desborda nuestro control y nuestra voluntad. Las religiones -la cristiana, entre ellas- han hecho del perdón un precepto de primer orden, vinculado a virtudes como la caridad, la magnanimidad, el amor al prójimo y la grandeza de espíritu. Han establecido unos procedimientos administrativos -digámoslo así- para cubrir los expedientes del perdón mediante fórmulas como la de la confesión y la absolución. Y hay otros ritos sociales igualmente tranquilizadores que nos crean la ilusión de perdonar o estar perdonados cuando, en el fondo, nuestras emociones sostienen todo lo contrario.

Sentido moral

A menudo somos conscientes de que debemos perdonar. Incluso de que nos conviene perdonar. Algo nos dice que no se pueden mantener perpetuas querellas que a la larga resultan más dolorosas que el agravio que las originó. A poco desarrollado que tenga el sentido moral, quien se niega a perdonar reconoce en sí mismo un incómodo rastro de maldad, de intolerancia o de rencor. Es posible que, en un arrebato piadoso, decidamos dar carpetazo al asunto y nos fundamos con nuestro ofensor en un abrazo de reconciliación. Pero nadie nos garantiza haber pasado la página. Quizá poco tiempo después de haber tirado los pelillos a la mar, los ecos del antiguo resentimiento desentierren el agravio padecido y nos hagan soltar un reproche que desmiente el perdón otorgado.

Creemos que el perdón es un signo de grandeza moral, cuando lo más frecuente es que se produzca por fatiga, por pereza, por un instantáneo arrebato emocional o simplemente por olvido indeliberado. Algunos filósofos -Vladimir Jankélevitch, entre los más modernos- se han preguntado si puede llamarse perdón al acto de reconciliación que no pasa el filtro del análisis intelectual. Por ejemplo: ¿Tienen derecho los familiares de una víctima por asesinato a perdonar al asesino sólo porque el tiempo ha mitigado su dolor primero? ¿No sería el muerto el único ser facultado para conceder ese perdón? ¿No debe el asesino, por tanto, cargar de por vida con la imposibilidad de ser perdonado? Muchas de las supuestas ‘reparaciones’ históricas, tan abundantes hoy, de pueblos, Estados o instituciones que piden perdón por las atrocidades cometidas por sus antepasados son equívocas invitaciones a la injusticia, puesto que nadie puede perdonar en nombre de otro.

Requisitos del perdón

Observaba Joan Fuster en su ‘Diccionario para ociosos’ que «hay quien se apresura a perdonar porque se siente incapaz de odiar o porque se cansa de odiar». Este que podríamos llamar ‘perdón de circunstancias’ suele ser, paradójicamente, el más eficaz y perdurable, aunque carezca de la solvencia ética del ‘perdón verdadero’. Salvo para el rencoroso enfermizo, mantener viva la llama del odio constituye una carga pesada. El rencor, por justificado que sea, es una bestezuela interior a la que hay que alimentar continuamente para que sobreviva a los olvidos, los descuidos o los arrebatos de debilidad emotiva.

Desde un punto de vista intelectual -luego ético- hay algo de pérdida de valores y bastante más de sinrazón en el perdón derivado del cansancio, del olvido o del paso del tiempo. Y, sin embargo, ¿qué habría sido de la Humanidad si todos los daños individuales y colectivos hubieran tenido que pasar el trámite de la justicia o del perdón explícito? ¿No es gracias a cierto abandono olvidadizo como se han aplacado muchos conflictos familiares o sociales que de otro modo se habrían enquistado en el odio, el ajuste de cuentas o la venganza?

Todo depende, ciertamente, de la gravedad de la injuria padecida. En los grandes daños, no es probable que haya perdón si no viene precedido del arrepentimiento del ofensor o de alguna forma vicaria de reparación del daño que predisponga nuestra voluntad a la indulgencia. Pero el perdón exige otros requisitos, el no menos importante de los cuales es el reconocimiento recíproco: por parte del causante del daño, el reconocimiento de su culpa; por parte del dañado, la aceptación de que todos podemos cometer errores. En realidad hay pocas cosas ‘imperdonables’ si pensamos que el ser humano es un manojo más o menos anómalo de grandezas y miserias. Del mismo modo que no es posible perdonar al criminal reincidente que se mofa de sus víctimas, tampoco conduce a ninguna parte el cómico rigor del ultrajado a quien su calidad de herido le hace sentirse superior.

José María Romera
Miércoles, 09/01/2002

Reflexiones:

"A falta de perdón deja venir el olvido" (Alfred de Musset)

"Es más fácil perdonar a un enemigo que a un amigo" (William Blake)

"Dios me perdonará; es su oficio! (Heinrich Heine)

"Olvida siempre a tus enemigos, pero no olvides nunca sus nombres" (Robert F.Kenned)

"Saber olvidar, más es dicha que arte" (Baltasar Gracián)

"Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él" (Francis Bacon)

BIBLIOGRAFÍA:

La necesidad de Perdonar por José María Romera
(El Correo Num. 1854, Miércoles, 09/01/2002


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