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Religiones.
Cultos. Sectas |
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Secta. A menudo escuchamos esta evocativa
palabra. Sin embargo, se conocen poco sus orígenes y uso
histórico, pese a la forma en que se suele utilizar por
el
establishment
en diversas partes del mundo para
descalificar a minorías religiosas. Secta es también un
adjetivo temido, particularmente por transnacionales
religiosas de reciente creación con comportamientos
delictivos y pésimos récords de derechos humanos.
Por todo esto, es un término polémico Algunos
intelectuales pugnan por censurar su uso; otros, en cambio,
proponen un uso responsable con modelos
analíticos claros.
Inmersos en una sociedad cada vez más plural y
globalizada en la que somos bombardeados con
propuestas proselitistas desde distintos ángulos, surge
la pregunta cada vez más frecuente. ¿Es posible contar
con parámetros serios para identificar una secta?
El Dr. Jorge Erdely, reconocido
experto internacional en este tema,
nos presenta un estudio académico en
lenguaje accesible que no esquiva tratar los aspectos
controversiales.
En este libro el lector encontrara los puntos clave y
los últimos avances científicos para identificar a las
sectas, tal y como se utilizan hoy en día en disciplinas
como la medicina, la sociología, la teología y la
psiquiatría.
La palabra incómoda: prefacio del autor
Secta. A menudo escuchamos esta evocativa
palabra. Sin embargo, se conocen poco sus orígenes y uso
histórico, a pesar de que suele ser utilizada por el
establishment en diversas partes del mundo para descalificar
a minorías religiosas. Secta es también un adjetivo
temido, particularmente por transnacionales religiosas de
reciente creación con comportamientos delictivos y pésimos
récord de derechos humanos. Por todo esto, es un termino
polémico. Algunos intelectuales y líderes de opinión pugnan por
censurar su uso. Otros, en cambio, proponen un uso responsable
con modelos analíticos claros.
Inmersos en una sociedad cada vez más plural y
globalizada en la que somos bombardeados con propuestas
proselitistas desde distintos ángulos, surge la pregunta cada
vez más frecuente. ¿Es posible contar con parámetros claros para
identificar una secta?
En este libro el lector encontrará los puntos
clave, de acuerdo con los últimos avances científicos, para
identificar a las sectas, tal y como se utilizan hoy en día en
disciplinas como la medicina, la sociología, la teología, la
psiquiatría, y la psicología clínica. El texto está basado en
una ponencia presentada por el que escribe estas líneas, en la
Escuela Nacional de Antropología e Historia*
a la que asistieron investigadores sociales, personal docente,
alumnos y autoridades gubernamentales. La presentación incluyó
videos y diapositivas para ilustrar algunos ejemplos extremos de
lo que se conoce como sectas destructivas. Por razones
obvias, dicho material no se reproduce aquí, aunque he hecho un
esfuerzo conciso por plasmar algo equivalente en la
introducción.
Una versión de este ensayo se publicó en la
Revista Académica para el Estudio de las Religiones a
finales de 1997, y tuvo muy buena acogida. La idea de ponerlo
al alcance del público ahora como monografía surgió como
alternativa a la de seguir duplicando separatas del
artículo en cuestión, para responder a la demanda de
información.
Naturalmente, de 1997 a la fecha se han dado
importantes avances en el ámbito mundial de la investigación del
fenómeno de las sectas. No sólo han ocurrido nuevos eventos
trágicos de extremismo que arrojan nueva luz sobre las dinámicas
de dichas agrupaciones; también se han pasado importantes
legislaciones al respecto en países europeos y se han
descubierto oscuros nexos económicos entre algunos académicos,
famosos por defender poderosos grupos religiosos explotativos, y
estos últimos. Asimismo, se han publicado trabajos muy
relevantes sobre el tema de la manipulación en agrupaciones
totalitarias —tal es el caso del libro publicado en 1999 por el
Dr. Robert Jay Lifton, una obra de referencia imprescindible— y
se han discutido y redimensionado antiguas polémicas, así como
otras no tan viejas.
De todo esto he tomado —dentro de los límites
que permite el concepto editorial de este trabajo— información
relevante y reflexiones para enriquecer el texto y actualizar a
los lectores de habla hispana.
El tema de las religiones en general, y el de
las sectas destructivas en particular, es una realidad cada vez
más significativa en el mundo contemporáneo. La globalización
religiosa y su efecto concomitante al favorecer la pluralidad
religiosa y el multiculturalismo, tienden, por un lado, a crear
rechazo y recelo ante lo nuevo y diferente, lo cual genera
intolerancias ancladas en prejuicios y falta de información. De
allí la importancia de utilizar responsablemente términos como
secta. Por otra parte, la corrupción y la cultura de la
impunidad prevalecientes en la mayor parte de Latinoamérica,
crean condiciones idóneas para el florecimiento de
organizaciones religiosas —algunas de ellas muy sofisticadas y a
menudo con historiales delictivos— que aprovechando la libertad
de creencias, explotan y violan los derechos humanos de sus
adeptos. En la globalización, pues, coexisten dos realidades
antitéticas paralelas: el aumento de la intolerancia y el
aumento de los abusos religiosos por parte de organizaciones de
carácter coercitivo. Esto hace peculiarmente importante el
contar tanto con leyes que protejan la libertad de creencia, así
como con marcos analíticos y definiciones claras para
identificar grupos religiosos destructivos que violan los
derechos humanos - Jorge Erdely -
Ciudad de México, noviembre de 2002.
Capítulo uno
Polémicas y Extremismo Religioso
En 1978, la opinión pública
mundial fue sacudida por el reporte del suicidio
colectivo de 914 personas
en Jonestown, Guyana. Todos eran seguidores del reverendo
Jim Jones, quien también se autoinmoló. Desde entonces se ha
observado una mayor frecuencia de acontecimientos de este tipo o
parecidos.
En marzo de 1993, más de 80
personas se suicidaron junto con David Koresh, en Waco, Texas,
por motivos religiosos (Gaustad, 1993:629). En 1994, el grupo
esotérico La Orden del Templo Solar sorprendió a los analistas
socio religiosos al efectuar varios suicidios diferidos en Suiza
y Francia. Todos los participantes eran seguidores del homeópata
europeo Luc Jouret. Cuarenta y ocho murieron en el primero de
los sucesos y otros más posteriormente.
En el mes de noviembre de
ese mismo año, las autoridades de Ucrania impidieron el suicidio
colectivo de los seguidores de Marina
Tsvygun, quien afirmaba
ser la reencarnación de Cristo. Fueron arrestadas 779
personas en Kiev. El culto tenía en ese entonces 150 mil
seguidores en la ex Unión Soviética y se llama La Fraternidad
Blanca.
El 20 de marzo de 1995, en
Tokio, Japón, Shoko Asahara ordenó a sus seguidores de la secta
La Verdad Suprema, colocar bombas con gas sarín neurotóxico en
el sistema de transporte del metro. El resultado: más de cinco
mil intoxicados y doce personas muertas. Seis semanas más tarde,
los mismos adeptos de La Verdad Suprema (Aum Shinrikyo en
japonés) perpetraron un nuevo atentado terrorista en otra
estación. Afortunadamente, hubo un retraso en el mecanismo de la
bomba y ésta pudo ser desactivada a tiempo. De no haber sucedido
esto, la mezcla de cianuro e hidrógeno que contenía el artefacto
explosivo hubiera privado de la vida en minutos a
aproximadamente 20 mil usuarios del tren subterráneo.
Los anteriores, son ejemplos
claros de lo que son y hacen algunas sectas destructivas
extremistas a nivel internacional, las cuales han llamado la
atención de especialistas y medios de comunicación por igual.
Sin embargo, a pesar de su popularidad, representan tan sólo la
punta del iceberg. Solamente en la Unión Americana algunos
analistas calculan que existen tres mil grupos que pueden ser
clasificados como sectas destructivas (Hassan,
1997). Cabe señalar que no todas tienen la capacidad para
provocar actos masivos de terrorismo como los que realizó La
Verdad Suprema, o propósitos de inducir suicidios colectivos
como lo hizo Jim Jones. Hoy por hoy, la violación, el abuso
sexual de menores, el daño patrimonial a través del fraude
organizado y la inducción de distintas enfermedades mentales son
algunas de las prácticas más comunes en que día a día incurren
cientos de grupos religiosos y pseudo
científicos que forman
parte de una nueva patología social.
la necesidad de un marco de concientización para
la sociedad
Dicha problemática, que
según todos lo indicadores confiables llegó para quedarse y
tiende a crecer y a volverse más compleja, hace necesario tener
un marco de clasificación y metodología de análisis para
concientizar adecuadamente a la sociedad acerca de la existencia
de esta innegable realidad. El conocer las diferentes
definiciones que se manejan en este campo evitará que la
sociedad, especialmente los medios de comunicación, los líderes
de opinión, y académicos poco familiarizados con el tema, caigan
en el extremo de catalogar ligeramente como secta a
cualquier agrupación, generando a su alrededor un clima de
intolerancia, rechazo y hostilidad.
Esto debe ser especialmente
tomado en cuenta, ya que tradicionalmente la palabra secta
tiene una connotación peyorativa en el sentido de herejía
ideológica o heterodoxia doctrinal (esto según la perspectiva de
una u otra mayoría religiosa y dependiendo del país que se
trate). Sin embargo, la carga semántica negativa de la palabra
secta no sólo se ha hecho más fuerte, sino
cualitativamente distinta, a partir de 1978, año en que ocurrió
el ya citado suicidio colectivo encabezado por Jim Jones, en
Guyana. Desde entonces, la opinión pública mundial comenzó a
percibir el significado de la palabra secta como una
agrupación antisocial, siniestra, de conducta
fanática y peligrosa. Es pues así, que hoy en día el
concepto de secta trae a la memoria de millones de
personas, no sólo la noción de disidencia religiosa doctrinal,
tampoco el concepto más neutral de facción, sino, sobre
todo, y conforme pasa el tiempo, la idea anteriormente descrita. |
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¿minorías religiosas o sectas? En este contexto, el calificar como secta a un grupo social conlleva una responsabilidad ética importante, responsabilidad que no se puede descargar pertinentemente sin un marco analítico correcto, ni repitiendo acríticamente los epítetos y nombres que otros dicen sin entender realmente de lo que se habla. En otras palabras, ¿por qué clasificar, o llamar sectarias a unas organizaciones sí y a otras no? ¿Porque lo dice la mayoría? ¿Porque se les llama así en la televisión o en la radio? ¿Porque lo dice el cura, el pastor, el intelectual de moda, o una u otra institución que estudia el campo sociorreligioso? El periodista, el analista, el profesionista, el padre de familia que llama secta a un grupo simplemente porque oyó a alguien más clasificarlo así, no sólo actúa en forma irresponsable y poco ética, sino que se convierte, en ocasiones, en títere de intereses oscuros, en cómplice pasivo, quizás, de antagonismos religiosos cuya profundidad no conoce, o de los intentos de estructuras de poder por monopolizar las conciencias a través de la descalificación a priori de otras opciones de espiritualidad.
¿nuevos movimientos religiosos?
Otro extremo en el que se evitará
caer al tener un conocimiento preciso de las definiciones en este campo,
es el de intentar eliminar del lenguaje común el término secta,
o en su caso autocensurarse en cuanto a su uso. Hoy en día, algunas
corrientes ideológicas proponen precisamente esto, y demandan que se
utilice exclusivamente el término Nuevos Movimientos
Religiosos para referirse a cualesquiera organizaciones
minoritarias, independientemente de que constituyan o no un peligro
verificable para la sociedad[1]. preocupación por la intolerancia Algunos de los proponentes de la eliminación del término secta del lenguaje académico y de los medios de comunicación, se hallan preocupados por encontrar un término neutral, que no implique juicios de valor sobre las creencias de uno u otro grupo, ya que esto puede estigmatizarlos socialmente. La preocupación es ciertamente loable, ya que religiones mayoritarias en diferentes partes del mundo, utilizan como arma la palabra secta para descalificar por igual a minorías religiosas de toda índole, por el sólo hecho de no conformarse a los dogmas populares o de las religiones de Estado. Esto sucede hoy, por ejemplo, en países islámicos, y ocurrió antaño en Inglaterra cuando la Iglesia oficial, la Anglicana, persiguió a los cuáqueros. El abuso en el uso del término secta, ciertamente puede crear un clima de desconfianza, difamación y hasta de agresión en contra de personas que pertenecen a minorías religiosas. Más adelante se detallarán otras consecuencias. Sin embargo, y por más noble que sea la intención, los líderes de opinión, especialmente algunos sociólogos, que pugnan, a veces histéricamente, porque se elimine la palabra secta del ámbito de las clasificaciones, cometen en sus planteamientos, errores elementales.
Primeramente, pasan por alto que,
aunque la palabra ha sido por mucho tiempo sinónimo de heterodoxia
intelectual, esta interpretación del concepto se ha restringido cada vez
más a los ámbitos religiosos. La realidad es que la sociedad occidental
en general, percibe cada vez más el término secta, como
representativo de conductas antisociales realizadas por organizaciones
engañosas que fomentan el fanatismo irracional y espiritualizan
el delito. secta: ¿disidencia ideológica o conducta antisocial? En otras palabras, la sociedad, cada vez más secularizada y mediatizada, identifica frecuentemente la idea de secta con organizaciones como La Verdad Suprema o Koresh y compañía, más que con Wycliffe y sus lolardos, o bien —desde el punto de vista de la presente administración del Vaticano—con Leonardo Boff y sus propuestas teológicas liberacionistas. Visto de esta manera, el énfasis está sobre todo en el extremismo y en la conducta antisocial, aunque se considere que en muchos casos ésta tenga una motivante religiosa. En este contexto, antropólogos, sociólogos, psicólogos clínicos y especialistas médicos, han aportado al campo del conocimiento científico definiciones claras y actuales de lo que constituye o no una secta, acompañadas de criterios rigurosos para su clasificación. A continuación exponemos esquemáticamente las principales definiciones del término secta con un breve análisis de cada una.
¿Qué es una Secta?: Definiciones Científicas
i. definición lingüística De acuerdo con una definición estrictamente lingüística, la palabra secta (del latín secta) quiere decir “Doctrina enseñada por un maestro y seguida por sus adeptos. Particularmente la doctrina y el conjunto de sus adeptos” (Moliner, 1988: 1121).
Ésta es una definición que por
general y literalista prácticamente se utiliza muy poco, ya que es
demasiado amplia, pues cataloga como secta a cualquier ideología,
política, social, religiosa, filosófica, etc., junto con sus seguidores.
Ésta podría incluir, por ejemplo, a cualquier religión, partido
político, o partidarios de la filosofía de Kant, Marx o el psicoanálisis
de Freud. ii. definición histórico-lingüística Secta: “Doctrina religiosa (y sus adeptos), que se aparta de la tradicional u oficial”. (Moliner, 1988: 1121). Ésta es una definición lingüística de uso cultural que se desarrolló a través de la historia de la civilización occidental. Se hizo especialmente popular con el dominio cultural del catolicismo romano en Occidente, y en el Oriente con la Iglesia Ortodoxa.
Conforme el tiempo pasó y la
cristiandad llegó a ser dominante en el mundo occidental, la palabra
adquirió una carga peyorativa
fuerte: los heréticos, los perversos doctrinales, los
enemigos de la ortodoxia confesional establecida, eran denominados
secta. De hecho, la etimología griega haíresis, de la cual
deriva originalmente el concepto a las lenguas romances, tiene relación
con las nociones de herejía y de facción. criterios arbitrarios Esta definición es, evidentemente, muy limitada, pues se enfoca exclusivamente en el aspecto religioso y constituye un criterio relativamente arbitrario para hacer clasificaciones, pues como se vio, según la definición de uso cultural, secta es: “Una doctrina religiosa (y sus adeptos) que se apartan de lo tradicional u oficial”. Así, todo lo que no sea religión mayoritaria o popular, se considerará secta, dependiendo de la cultura y su tradición religiosa, o de la religión oficial reconocida por el Estado, dependiendo del país, región, y aun de la época. Algunos ejemplos de esto son los siguientes: hay países islámicos en los que las minorías religiosas son en ocasiones catalogadas como sectas. En Rusia, los católicos romanos son llamados así por algunos sectores de la Iglesia Ortodoxa. En Inglaterra, los puritanos y los cuáqueros fueron considerados sectas en siglos pasados por la Iglesia Anglicana. En países budistas e hinduistas, las religiones distintas se llegan a considerar y denominar sectas.
En esta definición, se transfiere
completa a las minorías religiosas que se etiquetan así la connotación
negativa que dicho término ha acumulado a través de la historia.
Recordemos, sin embargo, que el valor simbólico negativo de la palabra
secta, actualmente, abarca no sólo la idea de “error doctrinal”,
sino sobre todo, desde hace poco más de dos décadas, se asocia a
grupos de conducta peligrosa y antisocial. el uso de la palabra secta como arma En este contexto, la palabra secta se usa como arma para descalificar a priori a “los otros”, los de ideología religiosa diferente, indistintamente de que su trayectoria social sea inocua o hasta positiva. Asimismo, se utiliza como falacia de etiqueta, y coloca un estigma que fomenta la intolerancia religiosa, y evita a las religiones tradicionales mayoritarias —o de Estado— el trabajo de refutar con argumentaciones serias, las posturas ideológicas de otros grupos que tienen el mismo derecho de ejercer la libertad de creencia y propagar sus propuestas. Esta definición histórico-cultural es la más utilizada en México, a nivel popular y en la mayoría de los medios de comunicación. Su uso es fomentado especialmente por sectores intolerantes de la jerarquía católica y ha sido, en buena medida, asimilada pasivamente por la sociedad. Aquí cabe señalar que el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, que representa la posición oficial del Vaticano actualmente, no califica como sectas a las grandes religiones históricas como el budismo, el judaísmo o el Islam. Las llama “religiones no cristianas”. Tampoco denomina sectas a las iglesias Protestante, Anglicana u Ortodoxa Oriental. Los antes llamados herejes y sectarios, pasaron posteriormente a ser “los hermanos separados” y hoy el Vaticano, en aras del esfuerzo ecuménico, los denomina simplemente iglesias y cristianos (Catecismo de la Iglesia Católica:195-202) [2].
El doctor en religiones comparadas, W. Martín propuso la siguiente acepción teológica de la palabra secta. “Una secta es un grupo de personas polarizadas alrededor de la interpretación particular que alguien hace de la Biblia, que incurre en grandes desviaciones con respecto a las doctrinas primordiales de la fe cristiana...” (McDowell, 1988:11). Ésta es una definición utilizada sobre todo en el ámbito cristiano nominal. Toma como punto de referencia para hacer clasificaciones las bases teológicas de las creencias. No considera la antigüedad ni la cantidad de miembros, ni el reconocimiento oficial que en un país determinado pudiera tener una organización religiosa.
pros y contras La definición teológica es válida como instrumento de crítica dentro del ámbito religioso y denominacional y tiene pautas académicas y doctrinales bien definidas para hacer clasificaciones precisas. También provee un mecanismo legítimo para alertar a las personas acerca de grupos religiosos que se autodenominan cristianos, sólo para ganar aceptación social y hacer prosélitos, mientras que ideológicamente no se apegan a las doctrinas cristianas históricas, e incluso inculcan ideas totalmente contrarias. Estrategias de proselitismo como éstas son definitivamente objetables. Si se analizan con cuidado, son éticamente equivalentes al fraude a través de una especie de usurpación de personalidad. Esto viola el derecho al que tiene cualquier persona a la información, para poder decidir en condiciones equitativas su postura ante una determinada propuesta religiosa.
el mormonismo: un ejemplo de proselitismo poco etico Veamos por ejemplo el caso del mormonismo, una religión que al presente ha corregido conductas sociales peligrosas que practicó a nivel cupular en sus inicios (adulterio poligámico legalizado, fraude, sedición e incitación al terrorismo, entre otros ejemplos). A pesar de dichos cambios, el mormonismo aún se adhiere a formas poco éticas de proselitismo al ostentarse como una religión cristiana. Una de las creencias básicas del mormonismo es el politeísmo mientras que, en cualquiera de sus variantes, el cristianismo es esencialmente monoteísta. El mormonismo es realmente una religión sincretista que incorpora elementos clásicos del espiritismo, ocultismo y politeísmo envueltos con una nomenclatura cristianizada. El mormonismo, como cualquier otra religión, tiene libertad para difundir sus creencias, pero al mismo tiempo la gente tiene derecho a saber, antes de decidir ingresar a dicha religión, cuáles son sus creencias reales, incluida la historia de la organización (esta última suele ser ocultada o maquillada cuidadosamente especialmente en lo referente a las relaciones adultero-polígamas de su fundador, Joseph Smith, con más de 80 mujeres, algunas de ellas esposas de sus seguidores). El mormonismo tiene la libertad de difundir sus creencias, sin embargo, otros sectores sociales tienen derecho a la libertad de expresión para criticar el ocultamiento deliberado de información y el hecho de que esta religión trate de obtener aceptación social utilizando una fachada cristiana, cuando en realidad promueve una religión politeísta. Aquí es importante remarcar que la libertad de creencia no ampara contra la crítica pública cuando se engaña deliberadamente a la sociedad. Junto con la libertad de creencia, coexisten también la libertad de expresión y el derecho a la información. Éste es sólo un ejemplo de la aplicación académica de la definición teológica de secta, y parte de la ética que justifica su uso como instrumento de crítica en el ámbito religioso.
El investigador español José Rodríguez, quien ha sido asesor sobre el tema de las sectas para diversas comisiones de gobiernos europeos, ha definido así el concepto, retomando el término secta destructiva que acuñó el psicólogo social hispano Álvaro Rodríguez:
· “El que, por su dinámica vital, ocasione la destrucción total o severa de los lazos afectivos y de comunicación afectiva del sectario con su entorno social habitual y consigo mismo. · “Y, por último, el que su dinámica de funcionamiento le lleve a destruir, o conculcar, derechos jurídicos inalienables en un estado de derecho” (Rodríguez, 1989:31). Esta definición toma como punto de referencia para su clasificación la conducta social. Hace énfasis muy particularmente en aquellos comportamientos grupales que dañan a la sociedad, que violan los derechos humanos y que destruyen a la persona que es captada por una organización. Una secta es, según la definición sociológica de Rodríguez, cualquier organización que propicie esto, independientemente de su ideología, antigüedad, popularidad o número de miembros. Esta definición tiene la ventaja de que no se circunscribe al ámbito religioso, pues abarca incluso a subgrupos políticos, psicoterapéuticos, pseudo científicos, culturales, etcétera. La distinción destructiva, añadida al vocablo de secta, puede ayudar a diferenciar a aquellos grupos que encuadran, por ejemplo, en las definiciones teológicas, pero que no muestran una conducta antisocial o peligrosa, de aquellas organizaciones que sí lo hacen.
el sectarismo: ¿un problema de adicción? Rodríguez, quien ha sido profesor de sectarismo en la maestría de adicción a las drogas que auspicia la Universidad Complutense de Madrid, hace un fuerte énfasis en factores como el entorno social y la susceptibilidad individual para explicar la captación y dependencia sectaria (Rodríguez, 2000). De hecho, equipara la pertenencia a sectas destructivas con patologías sociales como la adicción a las drogas y el alcoholismo. Para Rodríguez[3], el papel de las estrategias coercitivas y explotativas de la secta destructiva, per se, no juegan un papel tan relevante como en los análisis de los psicólogos clínicos y sociales más reconocidos.
Michael Langone, doctor en Psicología Clínica y editor de una de las más prestigiadas revistas científicas que estudian el fenómeno de las sectas, define así el concepto que analizamos:
“Secta es un grupo o movimiento, que exhibe una devoción excesiva a una persona, idea o cosa y que emplea técnicas antiéticas de manipulación para persuadir y controlar (a sus adeptos); diseñadas para lograr las metas del líder del grupo; trayendo como consecuencias actuales o posibles, el daño a sus miembros, a los familiares de ellos o a la sociedad en general” (Langone, 1988:1).
ventajas de esta definición Esta definición toma como punto principal de referencia la conducta psicosocial (no las bases teológicas, la tradición o la aceptación oficial del Estado, etc.). Es un concepto similar al netamente sociológico y tiene las siguientes ventajas. · Es amplia. Estudia cualquier tipo de organización social, no sólo las religiosas, y analiza particularmente los mecanismos psicológicos de manipulación grupal que utiliza una organización para reclutar y mantener su membresía. · Clasifica con base en hechos observables y comprobables. · Responsabiliza a las organizaciones de su manera de interactuar con la sociedad y ofrece simultáneamente la oportunidad de que un determinado grupo corrija su conducta y se adapte socialmente, retirándose de tal clasificación, si hace los cambios necesarios.
·
Elimina la posibilidad
de que un grupo se escude en la ortodoxia de su credo, en la cantidad de
sus miembros o en su trayectoria histórica, para cometer ilícitos. daño y manipulación: perspectivas El concepto del Dr. Langone considera en particular el daño, potencial o actual, que se causa a los individuos al involucrarse en una organización determinada (en otras palabras, lleva implícita la noción de secta destructiva). La existencia o no de la explotación, de la falta de ética y transparencia al proselitar, los mecanismos internos de autorregulación y la presencia de técnicas psicofisiológicas de manipulación, son las variables que se examinen a fondo antes de catalogar como secta o cult (en inglés) a una organización. Aunada a su marco metodológico de análisis, ésta es una de las definiciones seculares más respetadas en el ámbito de los investigadores internacionales; sin embargo, tiene algunos puntos débiles, por ejemplo: · Puede resultar difícil definir qué es una devoción excesiva. · Se necesita conocer muy bien y aplicar rigurosamente sus criterios de análisis para no etiquetar injustamente a una organización como secta.
·
Los parámetros son muy
técnicos y especializados, y por lo tanto poco accesibles para la
mayoría de las personas, incluso profesionistas.
steve hassan: el enfoque empírico Hassan combina elementos empíricos, que provienen de su pasada vivencia en la secta Moon, su amplia experiencia en tratar pacientes provenientes de movimientos religiosos extremistas, y criterios de las ciencias sociales y la psicología clínica para definir como secta destructiva a cualquier grupo (religioso o no) que utilice técnicas de control psicológico para suprimir la personalidad e inhibir el juicio crítico y la libertad de decisión. Establece cuatro criterios para detectar la manipulación mental. 1) Control de la conducta. 2) Control de la información (tanto de aquella que las personas tienen derecho a saber antes de ingresar a un grupo, como de información “del exterior”. 3) Control de las ideas. 4) Control de las emociones (Hassan 1997:2).
Por su parte, la Dra. Margaret Singer, psicóloga clínica y profesora emérita de la Universidad de California en Berkley, nos ofrece una definición bastante similar a la de Langone. La misma se basa también en el comportamiento, no en las creencias de un grupo. En su obra clásica, analiza seis puntos bastante sofisticados para definir las técnicas de persuasión psicofisiológica que utilizan las sectas (Ofshe y Singer, 1986). Una aportación nueva y valiosa de la Dra. Singer es que la secta en sí es constituida básicamente por la estructura jerárquica y de poder de la organización, no necesariamente por los adeptos o miembros regulares en sí. vii. definiciones de la ciencia médica El Dr. Robert Lifton, eminente psiquiatra y sociólogo, definió en su obra La reforma del pensamiento y la psicología del totalitarismo ocho criterios para detectar los legendarios lavados de cerebro que inmortalizaron algunos filmes de guerra. Su investigación inicial se basa en las técnicas utilizadas sobre los presos políticos durante el régimen dictatorial de Mao, en China, para convertirlos bajo coerción a la ideología comunista (Lifton, 1989).
Actualmente, muchos médicos,
psicólogos clínicos y sociólogos, toman estos criterios como referencia
para identificar si un grupo religioso o de otra índole, instrumenta
medidas coercitivas para manipular la conducta de sus adeptos a través
de una estrategia graduada de “reforma de pensamiento”. La utilización
de estas técnicas de coerción psicológica constituye para muchos
especialistas, hoy en día, el criterio clave para llamar secta a
una determinada agrupación. Secta, esto es, desde la perspectiva de la
sociología médica. A continuación se enumeran, resumen y ejemplifican los criterios del Dr. Lifton, aplicados al ámbito de las agrupaciones religiosas:
1. Control de la atmósfera social y de la comunicación humana. Esto implica coartar la comunicación entre los seres humanos a los que se desea controlar. Incluye obstaculizar la comunicación del individuo consigo mismo (por ejemplo, al evitar que éste cuente con tiempo libre para la reflexión personal).
2. Manipulación mística. Se construyen premeditada-mente atmósferas “espirituales” que parecen espontáneas, pero que en realidad son artificiales y están planeadas y estudiadas para producir un efecto. La gente interpreta este efecto como una “experiencia espiritual”, al ignorar que fue una situación prefabricada.
3. Redefinir el lenguaje. Controlar las palabras sirve para controlar las ideas de las personas. Se adoctrina con conceptos simplistas. Por ejemplo, clichés que tienden a desalentar más que alentar el uso de la razón. (V.g. “nadie puede utilizar su razón para alcanzar la iluminación”; “Sólo los elegidos pueden entender lo que sucede al interior de nuestra agrupación”).
4. La doctrina es más importante que la persona. No importa lo que un ser humano esté experimentando en la realidad, la creencia en el dogma es lo más importante. La creencia del grupo rebasa la conciencia individual y la integridad, en cuanto a comprobar resultados. Un ejemplo se da cuando algún grupo proclama que Dios ha realizado milagros de sanidad, pero se niega a hacer las verificaciones científicas pertinentes. Puede ser, incluso, que una persona esté gravemente enferma y se asegure que no importa lo que se vea, ya está sana. Es más importante sostener el dogma que el bienestar de las personas y atender a lo que indica la realidad.
5. La ciencia sagrada. Doctrina con el absoluto científico y moral. El dogma es incuestionable.
6. El culto a la confesión. Manipulación de la confesión pública para romper los límites personales. Restricciones o prohibiciones a la privacía personal. Por ejemplo, la confesión de faltas o problemas tiene usos y limitaciones bien definidas tanto en el ámbito terapéutico como en el eclesiástico. En este caso, se abusa de su uso para denigrar y controlar a las personas a través de la información obtenida. Se intenta borrar la individualidad para controlar a las personas en masa.
7. Demandas de pureza inalcanzables. Estándar inalcanzable de perfección para crear culpabilidad y vergüenza en los adeptos. La gente es castigada y enseñada a autocastigarse por no llegar a un ideal que de inicio es imposible alcanzar.
8. La dispensación de la existencia. El grupo decide quién tiene derecho a existir y quién no. No hay ninguna alternativa legítima, sino sólo el pertenecer a esa organización en particular. En regímenes gubernamentales totalitarios, esta idea es lo que “justifica” la ejecución de disidentes políticos. Los anteriores mecanismos de manipulación tienen efectos bien estudiados, tanto psicológicos como en la bioquímica cerebral, para crear estados de inhibición del razonamiento y alta sugestibilidad para controlar la conducta de individuos y comunidades. Robert Jay Lifton, probablemente el especialista más importante en manipulación y grupos totalitarios hoy en día, ha confirmado la validez de su modelo de “reforma del pensamiento” para estudiar grupos religiosos. En 1999, publicó un amplio análisis sobre la secta japonesa La Verdad Suprema, un libro científico rigurosamente investigado sobre sectarismos radicales y sus peligros para un mundo globalizado. De acuerdo con sus conclusiones, lo que llama guruísmo —el endiosamiento explícito o implícito de un líder religioso— es una constante, además del autoritarismo y los ocho criterios ya descritos, en movimientos sectarios contemporáneos extremistas y violentos. El libro del profesor Lifton, Destroying the World to Save it: Aum Shinrikyo, Apocaliptic Violence, and the New Global Terrorism, se plantea una definición equivalente a secta destructiva basada en esos parámetros. Así, se clasifica como cult a cualquier agrupación religiosa:
a) Cuyo líder esté en un estado práctico de “endiosamiento”[4]. b) Que practique los ocho criterios de reforma del pensamiento. c) Que explote a sus seguidores.
El contenido y ortodoxia doctrinal quedan al margen como criterios valorativos según estos parámetros.
aportes de la psiquiatría El Dr. John Hochman, profesor de psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de California en Los Ángeles, publicó en 1990 los resultados de sus investigaciones, en los cuales ofrece una definición sobre sectas. Retomando el concepto central de Lifton, añade: “Las sectas son grupos que utilizan métodos de ‘Reforma del Pensamiento’ para reclutar y controlar a sus miembros y que utilizan como herramienta una tríada” (Hochman, 1990:180)[5]. Los tres puntos de la tríada que define lo que es una secta para Hochman son:
Por ejemplo, Shoko Asahara, gurú de La Verdad Suprema, en Japón, ofrecía cursos de yoga para reclutar miembros, pero jamás les decía que su verdadero fin era la formación de guerrilleros religiosos para llevar a cabo actos terroristas apocalípticos. Para lograr esto sujetaba a la gente a un conjunto de técnicas psicofisiológicas de control, sin que ésta tuviera conocimiento.
la tríada sinérgica Cuando esta tríada se encuentra presente en un grupo, religioso o de otra índole, sus componentes ejercen un efecto sinérgico; esto es, cada elemento refuerza al otro en forma recíproca para crear una atmósfera extremadamente peligrosa que puede desembocar en daños a los procesos de funcionamiento en la mente de las personas, con sus consecuentes efectos en la salud en general. El Dr. Hochman considera que para clasificar a una organización como secta desde la perspectiva médica psiquiátrica, es indispensable que reúnan los tres puntos anteriormente resumidos. Una de las aportaciones más significativas del estudio de Hochman es la importancia que juega la secrecía para poder manipular la psique colectiva. En la secrecía del misterio hay un ocultamiento deliberado de información que la gente tiene derecho a conocer para determinar, de manera libre, a qué tipo de agrupación está ingresando. Cuando existe secrecía, se deteriora la percepción de los seguidores adoctrinados acerca de la realidad y verdadera naturaleza del grupo. Esto los vuelve particularmente vulnerables. En este caso, la gente no presta su consentimiento a participar en la organización con pleno conocimiento. Es víctima de una especie de fraude en el cual se convierte en sujeto de técnicas que alteran la bioquímica cerebral para inhibir su razonamiento crítico y volverla pasiva y susceptible de ser explotada y dañada.
Finalmente, no podemos soslayar la
reflexión médica de Hochman en el sentido de que las sectas
destructivas presentan un problema de salud pública por el impacto
social que tienen. La definición de Hochman sobre lo que constituye una
secta, trasciende aun el ámbito médico, para enriquecer la ética
jurídica. Analícese la frase consentimiento con pleno
conocimiento y se llegará a la conclusión de que el espíritu mismo
de este principio es el que, al ser violado, da lugar a la tipificación
del delito de fraude en cualquier estado de derecho Capítulo tres
Proyecto Megiddo: Nuevas Leyes y Milenarismo Una observación interesante de John Hochman en los años noventa fue que conforme se acercase el fin de siglo y de milenio en el año 2000, el número de sectas destructivas iría en aumento, especialmente las de corte religioso. La casuística vindicó eventualmente esta proyección (Erdely, 2000:67-80)[6]. Según el Dr. Hochman esto ocurriría no sólo como consecuencia de misticismos apocalípticos, sino especialmente por el deterioro general de la sociedad (Hochman, 1990:179-187). La llegada del año 2000, consecuentemente, no provocó una disminución de frecuencia en la aparición de sectas destructivas. De hecho, la tragedia sectaria más grande de la era moderna se registró en Uganda, después del 31 de enero de 1999. El 17 de marzo del año 2000 murieron en un suicidio-homicidio ritual en Kanungu, aproximadamente mil integrantes del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos. Posteriormente, se halló que previo al suicidio habían sido asesinados por el liderazgo de la secta y sus cómplices, más de 500 disidentes desilusionados[7]. La cifra total sobrepasó los mil muertos, rebasando así la tragedia de Guyana y Jim Jones, en 1978 (Erdely, 2001: 117-128)[8].
el pretexto del apocalipsis Aunque es cierto que la tragedia de Uganda se dio en un contexto escatológico apocalíptico, es importante notar que diferentes organizaciones religiosas tienen distintas maneras de interpretar el calendario cósmico y pueden ser bastante arbitrarias al respecto. La Verdad Suprema no necesitó esperar al año 2000 para intentar desencadenar el fin del mundo profetizado por su líder Shoko Asahara. Realizó sus ataques terroristas en pleno 1995. Por otro lado, se anticipó que la llegada del nuevo milenio podía ser un factor importante que propiciaría actos de fanatismo. Tanto así, que gobiernos de Europa, Canadá y Estados Unidos desarrollaron investigaciones especiales y planes de contingencia para prevenir actos de violencia a gran escala por grupos religiosos extremistas. El Proyecto Megiddo del FBI y el reporte de inteligencia Doomsday Religious Movements de Canadá, en 1999, fueron expresiones de esa preocupación. Coincidimos, sin embargo, con Hochman, sin soslayar la influencia de los factores milenaristas, en que el deterioro de las estructuras sociales de la cultura occidental, es un factor mucho más determinante para la multiplicación y fortalecimiento de las sectas destructivas[9].
El Parlamento Europeo y los gobiernos de Francia y Bélgica, por su parte, se adelantaron a estos acontecimientos mucho antes. Investigaciones y reportes parlamentarios desde los años ochenta, observaron escenarios en los que grupos religiosos totalitarios y extremistas irían refinando estrategias de explotación que infringían los derechos humanos de sus seguidores y obtenían ventaja de sus vulnerabilidades. La creación de legislaciones de esa naturaleza por parte de países con una amplia tradición de defensa de los derechos humanos y las libertades individuales, presupone un análisis cuidadoso de casuística y criminalidad que justifican jurídicamente el establecimiento de leyes que criminalizan específicamente la explotación sectaria. La aprobación de leyes como estas tiene implícita también otro mensaje: el panorama, en la era post-fin de milenio se vislumbra poco halagador pues se prevé un aumento creciente de sectas destructivas, algunas cada vez más extremistas y poderosas. México es un ejemplo de este aumento, en este caso vinculado más a causas sociológicas como la corrupción, que al milenarismo (Alemán, 2000)[10]. El carácter irracional y arbitrario de los grupos religiosos totalitarios no requiere necesariamente de fechas con algún significado para desencadenar actos autodestructivos y/o de agresión organizada contra la sociedad. El pretexto escatológico siempre se puede inventar. Así lo demuestra el caso de Heaven’s Gate o las varias veces que la cúpula de los Testigos de Jehová ha hecho fallidas predicciones del fin del mundo en el último siglo para aumentar su membresía y recibir más donativos. Las condiciones de deterioro social que menciona Hochman, la crisis de paradigmas ideológicos, y en el caso de Latinoamérica, los altos índices de corrupción, impunidad y falta de respeto a los derechos humanos, son elementos que garantizan que el fenómeno de las sectas destructivas ha llegado para quedarse e irá en aumento, tanto en frecuencia como en comportamientos extremos. Lo anterior es confirmado a su vez por la relevancia que el tema de las sectas ha tomado. En Latinoamérica estos asuntos ocupan cada vez más espacios en los medios de comunicación. En vista de esto, es imprescindible contar con marcos analíticos serios para comprender lo que constituye o no una secta y entender sus dinámicas internas. Los criterios de investigación deben ser lo más rigurosos posibles y han de tener siempre en cuenta que agrupaciones pueden ser clasificadas como secta desde diferentes perspectivas, con distintos propósitos, todos legítimos. Por ejemplo, los Testigos de Jehová son considerados una secta por el cristianismo nominal, desde el punto de vista teológico, por inculcar dogmas que atacan doctrinas cristianas (Vg. la deidad de Jesucristo). Al mismo tiempo, sociológicamente, se les considera una secta por impedir, con métodos coercitivos, la transfusión de sangre a sus adeptos (incluidos menores de edad), lo cual genera muertes innecesarias cada año y viola el principio IV de la Declaración de la ONU sobre los Derechos del Niño.
El mundo de hoy es una sociedad que
comienza, cada vez más, a pedir cuentas, y exige que todas las
instituciones sean transparentes en sus fines y métodos de trabajo. Las
organizaciones religiosas no están exentas de rendir cuentas claras, al
igual que cualquier otra institución. Capítulo cuatro
Sectas Destructivas: Defendiendo lo Indefendible Dejando de lado por las causas que en su momento se expusieron, la definición lingüística por literalista y la de uso cultural por arbitraria, y acotando a su propio ámbito las definiciones teológicas, tenemos que los criterios médicos, sociológicos y de los psicólogos clínicos nos ofrecen parámetros bien definidos para hacer clasificaciones y analizar este tema con bases científicas. Estas definiciones, y los marcos analíticos que las acompañan, también se complementan, y a su vez hacen posible el poner en marcha estrategias educativas para concientizar a la sociedad acerca de la existencia y naturaleza de las sectas destructivas. Asimismo, estas definiciones aportan conocimientos al ámbito jurídico a fin de perfeccionar leyes para que se proteja a la sociedad de organizaciones criminales, religiosas y de otra índole, (pseudoterapéuticas sería un ejemplo). La resolución del Parlamento Europeo en 1984, para proteger a los ciudadanos de su jurisdicción de las sectas destructivas es un buen ejemplo de cuánto tiempo se lleva estudiando esta problemática en otros países (Cultic Studies Journal, 1986:275-277). Por otra parte, las definiciones teológicas pueden ser herramientas para la educación en el ámbito familiar y eclesiástico, con el fin de prevenir que las personas sean objeto de tácticas proselitistas poco éticas o fraudulentas.
Una definición bien aplicada de lo que constituye una secta destructiva es instrumento útil para prevenir a la sociedad al referirse a grupos con conducta peligrosa o delictiva, que se amparan o utilizan las creencias religiosas para violar las leyes y dañar a otros seres humanos. Este uso del lenguaje es congruente con la aplicación sociolingüística de calificativos como “mafia”, “crimen organizado”, “la delincuencia”, “funcionarios corruptos” y otros, a determinados grupos, para distinguirlos del resto de la sociedad con el fin de alertar a los demás acerca de la naturaleza reprochable de sus actividades. Así contextualizado, y aplicado a organizaciones que bajo engaños y mediante el uso de pretextos de cualesquiera creencias religiosas, son comprobablemente nocivas, el uso de la terminología secta destructiva, es legítimo, necesario y útil. Líderes de opinión como Massimo Introvigne, en Italia, e investigadores como el Dr. Shupe, en Estados Unidos, o Patricia Fortuny y Roberto Blancarte, en México, han promovido la idea de utilizar un término libre de juicios de valor sobre las creencias (Nuevos Movimientos Religiosos) para denominar a grupos minoritarios y/o de reciente creación. Dicha postura pasa por alto, entre otras cosas, que todas las sociedades civilizadas requieren necesariamente, adjetivos que contengan juicios de valor acerca del comportamiento de individuos y organizaciones independientemente de su orientación ideológica. Muchos adjetivos del lenguaje español tendrían que dejarse fuera de circulación si esto no fuera así, pues muchas palabras existen con el solo objetivo de calificar el carácter y la conducta de individuos y grupos. Ni la censura del lenguaje ni la eliminación de conceptos socialmente útiles son solución al abuso que se ha hecho del uso del término secta, pues pronto se crearían otros términos que sustituirían a los primeros. Tal es el caso de lo que sucederá con la inviable propuesta de sustituir el término sectas por Nuevos Movimientos Religiosos. Sencillamente, en un futuro la carga peyorativa y simbólica del concepto de secta se transferirá entera al de Nuevos Movimientos Religiosos y lo sustituiría en la praxis como adjetivo calificativo. Un problema adyacente es el que al estandarizar el nombre de Nuevos Movimientos Religiosos a todas las minorías o grupos de reciente creación, ocurrirá que aquellos que aunque con creencias peculiares, no constituyen un peligro social, estarán en el mismo saco con los de conducta delictiva. Así, tendrán que cargar con las cuentas pendientes y pésimos antecedentes de los Jim Jones, los Shoko Asahara y grupos satanistas asesinos como los de Charles Manson. Al fin y al cabo todos se considerarían Nuevos Movimientos Religiosos. Esto, obviamente, es poco equitativo para las minorías o nuevas opciones que desean construir su reputación con base en su propia actuación, y se seguirá prestando para provocar confusión y generar intolerancia contra ellos. Al mismo tiempo, los beneficiados serán precisamente los conocidos grupos de comprobada conducta antisocial y explotativa que evitarán el nombre de sectas, comenzando así a limpiar su imagen pública sin necesidad de corregir su conducta. Simultáneamente quedarán parapetados entre muchos otros grupos, mediante el uso de la clásica falacia de transferencia, para absorber la credibilidad que otras organizaciones pudieran construir con base en sus propios méritos, al mismo tiempo que intentarán diluir entre muchos la pésima reputación que se han ganado a pulso.
Los sociólogos que intentan imponer
una “censura en nombre de la tolerancia” para eliminar el concepto de
secta y sustituirlo por Nuevo Movimiento Religioso, deben
añadir a sus buenas intenciones de evitar la discriminación religiosa,
una medida de reflexión cuidadosa antes de promover propuestas como
éstas, pues precisamente lo que intentan evitar, es lo que terminarán
logrando, amén de fomentar la impunidad de aquellas sectas destructivas
que ya violan la ley y los derechos humanos. El argumento más plausible que podrían esgrimir para instrumentar esta propuesta sería decir que los lexemas para describir a determinados grupos sociales nunca deben hacer juicios de valor en cuanto a la legalidad o resultados de su conducta. En tal caso, se estaría fomentando la anarquía a través del relativismo ético, proveyendo de un parapeto ideal a grupos criminales a expensas de la seguridad de la sociedad, la cual tiene derecho a estar informada acerca del carácter y antecedentes de cualquier institución —religiosa o no— que sea nociva y que presente sus propuestas sin transparencia, violando el derecho a la información. Finalmente, quienes afirman que siempre es incorrecto, erróneo o nocivo el utilizar el término secta, ya están haciendo un juicio de valor, basados en un código de ética con conceptos fijos de bien y mal. ¿En dónde queda allí el relativismo moral? Es bastante relativo. La incongruencia se evidenciaría aún más si los apologistas de las sectas destructivas argumentaran que en todo caso no saben si sería correcto o no llamar a los grupos sectas o Nuevos Movimientos Religiosos. Pero quien no tiene parámetros éticos definidos, ¿cómo puede señalar que es impropio usar un vocablo? Como vemos, detrás de algunos —que no de todos— de los que proponen estandarizar el nombre Nuevos Movimientos Religiosos para referirse a todos los grupos religiosos no mayoritarios de reciente creación, independientemente de su conducta social, parecen estar disfrazadas posiciones más bien filosóficas que científicas. Dejando de lado las intencionalidades, sólo una ideología basada en el relativo relativismo ético, acompañada de una buena dosis de romanticismo, puede hacer que se oscurezca a tal grado el raciocinio como para proponer una medida inequitativa y absurda que intenta combatir la intolerancia mientras genera impunidad y más intolerancia, además de no prever la inviabilidad a futuro de una propuesta formulada tan a la ligera.
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