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110308 -
Mauricio - Introducción
En contraste con nuestra época, la
ética medieval poseía claras delimitaciones. De esta manera el hombre
medieval
cuenta con una suerte de código de conducta que le señala
claramente como debe ser su actuar. Esta codificación tiene su base, por
un lado, en las llamadas “Virtudes Cardinales”,
verdaderas llaves maestras que posibilitan el ejercicio de una conducta
conforme con lo que es éticamente correcto. Por otro lado, los “Pecados
Capitales” (denominados así por ser “cabeza” o principio de todos los
demás pecados) muestran claramente la cuna de todo
lo moralmente reprobable. Esta codificación moral, que si bien fue
formulada en el medioevo tiene una sorprende actualidad, está cruzada
transversalmente por una problemática ética fundamental: la posibilidad
de acoger hospitalariamente al “otro”, al prójimo (el que está próximo)
como una persona válida por sí misma. Dicho de otra manera el entender a
los seres humanos que están frente a mí, cualquiera sea su condición,
como un “interlocutor válido”, como un fin en sí mismo. Como veremos más
adelante, Lo que verdaderamente constituye el mal moral es entender al
“otro” como un “medio”, como un objeto que puede ser utilizado
para el propio beneficio, en conformidad al principio del “amor a sí
mismo”. Veamos a continuación una síntesis de la definición de
cada uno de estos concepto, nos hemos basado en un antiguo pero
esclarecedor “diccionario de teología” (se han alterado la redacción, la
extensión y la ortografía castellana antigua en función de la
comprensión, así mismo se han traducido algunas citas que en el texto
original aparecen en latín)
Pecados Capitales
1.
La Soberbia
Es el principal de
los pecados capitales. Es la cabeza de “todos” los restantes pecados.
Recordemos que por esta falta, según la teología cristiana, el hombre
fue expulsado del jardín del paraíso. Es una ofensa directa contra Dios,
en cuanto el pecador cree tener más poder y autoridad que Dios. En
general es definida como “amor desordenado de sí mismo”. Según Santo
Tomás la soberbia es “un apetito desordenado de la
propia excelencia”. Se considera pecado mortal cuando es perfecta, es
decir, cuando se apetece tanto la propia exaltación que se rehúsa
obedecer a Dios, a los superiores y a las leyes. Se trata de renunciar a
Dios en cuanto es Verdad y sentido conductor de la existencia e
instalarse a sí mismo como Verdad suprema e infalible y como fundamento
de la acción humana. De la misma manera, y guardando las distancias, se
aplica al respeto y a la consideración que los subordinados le deben a
las autoridades legítimamente constituidas. De la soberbia se desprenden
las siguientes faltas menores:
·
La vanagloria: es
la complacencia que uno siente de sí mismo a causa de las ventajas que
uno tiene y se jacta de poseer por sobre los demás. Así mismo, consiste
en la elaborada ostentación de todo lo que pueda
conquistarnos el aprecio y la consideración de los demás.
·
La Jactancia:
falta de los que se esmeran en alabarse a sí mismos para hacer valer
vistosamente su superioridad y sus buenas obras. Sin embargo, no es
pecado cuando tiene por fin desacreditar una calumnia o teniendo en
miras la educación de los otros.
·
El Fausto:
consiste en querer elevarse por sobre los demás en dignidad exagerando,
para ello, el lujo en los vestidos y en los bienes personales; llegando
más allá de lo que permiten sus posibilidades económicas.
·
La altanería: Se
manifiesta por el modo imperioso con el que se trata al prójimo,
hablándole con orgullo, con terquedad, con tono despreciativo y
mirándolo con aire desdeñoso.
·
La
ambición: Deseo desordenado de elevarse en honores y dignidades
como cargos o título, sólo considerando los beneficios que les son
anexos, como la fama y el reconocimiento
·
La hipocresía:
simulación de la virtud y la honradez con el fin de ocultar los vicios
propios o aparentar virtudes que no se tienen.
·
La presunción:
consiste en confiar demasiado en sí mismo, en sus propias luces, en
persuadirse a uno mismo que es capaz de efectuar mejor que cualquier
otro ciertas funciones, ciertos empleos que sobrepasan sus fuerzas o sus
capacidades. Esta falta es muy común porque son rarísimos los que no se
dejan engañar por su amor propio, los que se esfuerzan en conocerse a sí
mismos para formar un recto juicio sobre sus capacidades y aptitudes.
·
La desobediencia:
es la infracción del precepto del superior. Es pecado mortal cuando esta
infracción nace del formal desprecio del superior, pues tal desprecio es
injurioso al mismo Dios. Pero cuando la violación del precepto no nace
del desprecio sino de otra causa y considerando la materia y las
circunstancias del caso, puede ser considerada una falta menor.
·
La pertinacia:
consiste en mantenerse adherido al propio juicio, no obstante el
conocimiento de la verdad o mayor probabilidad de las observaciones de
los que no piensan como el sujeto en cuestión.
El remedio radical contra la soberbia
es la humildad. Según el cristianismo, “Dios abate a los soberbios y
eleva a los humildes (Luc. 14)
2.
La Acidia (Pereza)
Es el más
“metafísico” de los Pecados Capitales en cuanto está referido a la
incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia en cuanto tal.
Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple
“pereza”, más aún el “ocio”, no parecen constituir una falta. Hemos
preferido, por esto, el concepto de “acidia” o “acedía”.
Tomado en sentido propio es una “tristeza de animo” que nos
aparta de las obligaciones espirituales y divinas, a causa de los
obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de
cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe
para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica
de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de
los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión.
Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el
corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.
Tomada en sentido estricto es pecado
mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a
nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si
deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos
entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos
obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los
placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se
opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos.
Considerada en orden a los efectos que
produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e
indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones
y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir
entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.
Son efectos de la pereza:
·
La repugnancia y la
aversión al bien que hace que este se omita o se practique con notable
defecto.
·
la inconsistencia en el
bien, la continua inquietud e irresolución del carácter que varía, a
menudo, de deseos y propósitos, que tan pronto decide una cosa como
desiste de ella, sin ejecutar nada.
·
Una cierta pusilanimidad
y cobardía por la cual el espíritu abatido no se atreve a poner manos a
la obra y se abandona a la inacción.
·
La desesperación de
considerar que la salvación es imposible, de tal manera que lejos de
pensar el hombre en los medios de conseguirla se entrega sin freno
alguno a sus propias pasiones.
·
La ociosidad, la fuga de
todo trabajo, el amor a las comodidades y a los placeres.
·
La curiosidad o
desordenado prurito de saber, ver, oír, que constituye la actividad casi
exclusiva del perezoso.
En el fondo, la acidia se identifica
con el “aburrimiento”. Pero no con ese aburrimiento objetivo que nos
hace escapar de una cosa, de una situación o de una persona en
particular. Más bien se refiere al “aburrimiento” que sentimos frente a
la existencia toda, frente al hecho de existir y de todo lo que esto
implica. La vida nos exige trabajo, esfuerzo para actuar según lo que se
debe, esfuerzo que no es ni gratuito ni fácil. Cuando no somos capaces
de asumir este costo (este trabajo) y desconocemos aquello que
debemos “hacer” en la existencia, la vida humana se transforma en un
vacío que me causa “horror”; se transforma en un vacío que me angustia y
del cual escapamos constantemente casi sin darnos cuenta. De hecho
‘aburrimiento’ significa originariamente “ab horreo” (horror al vacío).
Decíamos que la acidia es el más metafísico de los pecados capitales
parque implica no asumir los costos de la existencia, de escapar
constantemente de hacer lo que se debe, por no saber lo que se debe.
3.
La Lujuria
Tradicionalmente se ha entendido la lujuria como “appetitus
inorditatus delectationis venerae” es decir como un apetito
desordenado de los placeres eróticos. La tradición cristiana subdividió
este pecado en la simple fornicación, el estupro, el rapto, el incesto,
el sacrilegio, el adulterio, el pecado contra la naturaleza,
comprendiendo bajo esta última especie, la polución voluntaria, la
sodomía y la bestialidad. La lujuria sería siempre un “pecado mortal”
pues involucra directamente la utilización del otro, del prójimo, como
un medio y un objeto para la satisfacción de los placeres sexuales.
Hay en este pecado dos grandes
principios en juego: el verdadero concepto del amor y la
finalidad de la sexualidad. El cristianismo –y gran parte de la
tradición clásica especialmente la griega–, entienden por “amor” algo
muy distinto de lo que el mundo contemporáneo comprende. El concepto de
amor tiene una importancia central en el cristianismo. De hecho Dios
mismo es identificado con el amor. Para el cristiano el amor
es “superabundancia”, capacidad de dar y de darse, “caritas”,
en definitiva: caridad, una de las tres Virtudes Teologales. De esta
manera el amor implica un donarse, un darse por el otro, por el prójimo.
Recordemos la segunda parte del único mandamiento que anuncia el Nuevo
Testamento: “...amar al prójimo como a sí mismo”. El amor
cristiano, y también el griego, está, de esta forma, desligado en su
origen de cualquier tipo de sexualidad, incluso de la corporeidad. Lo
erótico es una consecuencia, un plus totalmente prescindible. La
casi sinonimia entre amor y sexo es producto de la modernidad. El “hacer
el amor” como sinónimo de “relación sexual” es el mejor ejemplo de lo
anterior. La Lujuria sería entonces totalmente contraria al amor –y a
Dios– entendido en términos cristianos. El pecado de la lujuria no
considera al otro como una “persona” válida y valiosa en sí misma, como
un fin en sí misma por el cual tendríamos que darnos. El otro
pasa a ser un objeto una cosa que satisface la más fuerte
de las satisfacciones corporales, el placer sexual. Aun más, el sujeto
mismo que incurre en un acto lujurioso se convierte a sí en un objeto,
que olvida o suspende su propia dignidad.Por otro lado, para el
pensamiento cristiano la sexualidad tiene una finalidad preestablecida,
única y clara. La reproducción y la perpetuación de la especie. Esta
clara finalidad da también sentido a la existencia del hombre ordenado
su acción en vista del amor de Dios. La lujuria, en cambio, que
no tiene en vistas la finalidad de la reproducción y que por esto pierde
todo sentido, se convierte en una acción bacía, sin sentido, que de
alguna manera nadifica al hombre y lo aleja del Ser de Dios.
4.
La Avaricia
La teología
cristiana explica el pecado de la avaricia como “amor desordenado de las
riquezas”, es desordenado, continua, “porque lícito es amar
y desear las riquezas con fin honesto en el orden de la justicia
y de la caridad, como por ejemplo, si se las desea para cooperar más
eficazmente con al gloria de Dios, para socorrer al prójimo etc. El
crimen de la avaricia no lo constituyen las riquezas o su posesión, sino
el apego inmoderado a ellas; “esa pasión ardiente de
adquirir o conservar lo que se posee, que no se detiene ante los medios
injustos; esa economía sórdida que guarda los tesoros sin hacer uso de
ellos aun para las causas más legítimas; ese afecto desordenado que se
tiene a los bienes de la tierra, de donde resulta que todo se refiere a
la plata, y no parece que se vive para otra cosa que para adquirirla.”
“La avaricia, por
consiguiente, es pecado mortal siempre que el avaro ame de tal modo las
riquezas y pegue su corazón a ellas que está dispuesto a ofender
gravemente a Dios o a violar la justicia y la caridad debida al prójimo,
o a sí mismo.”
En la avaricia se ven claramente los
elementos comunes a todos los pecados. Por una lado, el avaro pierde el
verdadero sentido de su acción poniendo el fin en lo que debería ser un
medio, en este caso la obtención y la retención de las riquezas. Lo que
importa al cristianismo es que el prójimo reciba, en justicia,
la caridad que todos le debemos al menesteroso. La avaricia es
directamente contraria a la caridad en cuanto es un “no dar”, más aun en
privar a otros de sus bienes para tener más que retener. Por otro lado,
el privar al otro de sus bienes, muchas veces con malas artes, y
retener estos bienes en perjuicio del otro, es también negar al otro en
su calidad de persona, de fin en sí. Se lo utiliza para satisfacer,
mediante la acumulación de riquezas, el principio del amor a sí mismo.
Son “hijos” o faltas menores de la
avaricia: el fraude, el dolo, el perjurio, el robo y el hurto, la
tacañería, la usura, etc.
5.
La Gula
Como “uso inmoderado
de los alimentos necesarios para la vida” es definido este pecado. La
definición teológica se complementa con que “el placer o deleite que
acompaña al uso de los alimentos, nada tiene de malo; al contrario, en
el efecto de una providencia especial de Dios para que el hombre
cumpliese más fácilmente con el deber de su propia
conservación. Prohibido es, empero, comer y beber hasta saciarse por ese
solo deleite que se experimenta”. De esta manera, la religiosidad
latina especifica estas faltas en: proepropere: comer antes de
tiempo o cuando se debe abstener de comer, por ejemplo en los días de
ayuno señalados por la Iglesi; laute: cuando se comen manjares
que superan las posibilidades económicas de la persona; nimis
cuando se bebe o se come en perjuicio de la salud de la persona;
ardenter: cuando se como con extrema voracidad o avidez a manera de
las bestias. La gula se transforma en pecado en los siguientes casos:
·
Cuando por el solo
placer de comer se llega al hurto o se reduce a la familia a la
mendicidad.
·
Cuando el deleite en el
comer se reduce a un fin único y preponderante en la vida.
·
Cuando es causa de
graves pecados como la lujuria y la blasfemia.
·
Cuando trasgrede los
preceptos de la Iglesia en los días de ayuno y de abstinencia de ciertos
alimentos.
·
Cuando se provoca
voluntariamente el vómito para continuar el deleite de la comida.
·
Cuando se auto infiere
grabe daño a la salud o sufrimiento a si mismo y a los que lo rodean.
Además de lo dicho por la teología
tradicional, la gula tiene un aspecto que no debemos
dejar de considerar. La gula es la manifestación física de un apetito
más profundo y significativo. El que cae en las tentaciones de la gula,
no sólo quiere consumir comida. Quiere, de alguna manera, ingerir
todo el universo. Asimilar, hacer suyo, todo lo exterior, reducir
todo lo otro a sí mismo. En este sentido la gula se mimetiza
estrechamente con la lujuria, se trata de ponerse por sobre lo otro,
reducirlo, objetivarlo y hacerlo suyo. De esta manera
el “glotón” se transforma en el único centro de referencia, en
conformidad con el principio del amor a sí mismo. El asimilar, reducir,
el universo en general y al prójimo en particular a sí mismo es la más
radical negación del otro.
6.
La Ira
“Appetitus inordinatus vindictae”
es decir, un “apetito desordenado de venganza”. “Que se excita –continua
la definición latina– en nosotros por alguna ofensa real o supuesta.
Requiérase, por consiguiente, para que la ira sea pecado, que el apetito
de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón. Si no
entraña este desorden no será imputado como pecado”. De esto ultimo se
desprende que habría una ira “buena y laudable” si no excede los límites
de una prudente moderación y tiene como fin suprimir el mal y
reestablecer un bien. “El apetito de venganza es desordenado o contrario
a la razón, y por consiguiente la ira es pecado, cuando se desea el
castigo al que no lo merece, o si se le desea mayor al merecido, o que
se le infrinja sin observar el orden legítimo, o sin proponerse el fin
debido que es la conservación de la justicia y la corrección del
culpable. Hay también pecado en la aplicación de la venganza, aunque
esta sea legítima, cuando uno se deja dominar por ciertos movimientos
inmoderados de la pasión. De esta manera la ira se convierte en pecado
gravísimo porque vulnera la caridad y la justicia. Son hijos de la Ira:
el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia
y la riña”.
De la definición
anterior se desprende que la ira es el uso de una fuerza directa o
verbal que trasgrede los límites de la legitima restitución de un bien
ofendido. La violencia, entendida como el uso de la fuerza, si es
desmedida, es claramente una anulación del otro. En el asesinato, por
ejemplo, que no corresponde a la legítima defensa, se pretende
evidentemente la nadificación del otro. En el leguaje, mediante la
ofensa o el improperio, encontramos también el deseo de perjuicio e
incluso de nulidad del otro.
Es importante hacer notar que el uso
de la fuerza en contra del prójimo no siempre es un mal moral. Debe ser
entendida como un mal menor si el fin por el cual se realiza no es sólo
la anulación del otro sino que persigue fines legítimos como la
conservación de la vida propia o de terceros. Tal es el caso de la
“guerra legítima” que procura evita la propia muerte o la privación de
la legítima libertad a mano de un invasor, la legítima defensa. El uso
de la fuerza se justifica también cuando se procura, con esto, el bien
del otro, evitando de esta manera un daño mayor que el dolor que se
infringe.
La ira se convierte en pecado
gravísimo cuando nuestro instinto de destrucción sobrepasa toda
moderación racional y, desbordando todo límite dictado por una justa
sentencia, se desea sólo la inexistencia del prójimo.
7.
La Envidia
La envidia es definida como
“Desagrado, pesar, tristeza, que se concibe en el ánimo, del bien ajeno,
en cuanto este bien se mira como perjudicial a nuestros intereses o a
nuestra gloria: tristia de bono alteriusin quantum est diminutivum
propiae gloriae et excellentiae” De esta manera, para saber si la
envidia es una falta moral, es necesario investigar el verdadero motivo
que produce la tristeza que se siente frente al bien que posee el
prójimo. De esta manera la envidia no es pecado cuando
·
Nos entristecemos por el
cargo, potestad o bienes materiales alcanzado por quien no los merece y
podría hacer mal uso de esa autoridad causando grave daño a sus
semejantes.
·
sentimos insatisfacción
por los bienes que posee quien no los merece y en vista de que nosotros
le daríamos mejor fin. Por ejemplo, el que abunda en riquezas haciendo
mal uso de ellas: los avaros que no hacen uso de sus bienes ni para
beneficio propio ni para el de los demás.
·
otras veces, nos
entristecemos, no tanto de lo que el otro posee como del hecho de que
nosotros carecemos de ese bien, si esta constatación nos muestra el
tiempo y las oportunidades perdidas y alienta nuestro propio sentido de
superación.
La envidia es falta gravísima, cuando
nos incomoda y angustia a tal grado el bien o los bienes materiales del
otro, que deseamos verlo privado de aquellos bienes que legítimamente a
conseguido y al que, nosotros, por nuestra impotencia, no hemos logrado
conseguir. De esta manera, este deseo de ver privado al otro de sus
bienes nos puede conducir a procurar, por todos los medios, a
efectivamente quitarle esos bienes o de hacer ver, con el uso del
chismorreo, que aquel no debería poseer lo que posee. La mentira, la
traición, la intriga, el oportunismo entre otras faltas se desprenden de
esta tristeza frente al bien ajeno y a nuestra propia incapacidad de
acceder a tales bienes.
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