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120308 -
Fiesta en honor a Yavhé. Madrid
-1964, págs. 107-145
1. PRELIMINARES
Hasta ahora no hemos
encontrado en el calendario judío ninguna fiesta que haya pasado al
calendario cristiano. En cambio, con la fiesta de la primera gavilla, la
antigua fiesta de la primavera, llegamos a la primera solemnidad nacida
en el paganismo de las religiones cósmicas y progresivamente
espiritualizada hasta el punto de ser hoy la fiesta cristiana por
antonomasia, en continuidad externa con las fiestas humanas antiguas,
pero íntegramente renovada en cuanto a su alcance y contenido.
Recordemos brevemente el punto de partida humano de la fiesta. La
caracterizan dos ritos esenciales: el pan ácimo y la sangre protectora
del cordero.
El rito del cordero es
clásico entre las tribus nómadas, incluso actuales: se inmola un cordero
(no hay por qué comerlo necesariamente) y se derrama su sangre sobre las
estacas de la tienda para que sirva de preservativo contra las
incursiones del espíritu maligno. En cuanto al rito de los ácimos,
parece ser de origen agrícola y refleja la preocupación de los
campesinos, al obtener la primera harina del nuevo trigo, por no
mezclarle levadura procedente de la cosecha anterior. Con esto entramos
de lleno en el sincretismo de los ritos nómadas y de los ritos
agrícolas, tal como lo practicaba el mundo pagano cuando nació el pueblo
hebreo: por una parte, la fiesta de la primavera, que pudo determinar
durante algún tiempo el comienzo del año; por otra, el rito del cordero
preservador.
Se comprende que la
aparición de la primavera pudiera concretarse en una fiesta con el mismo
titulo que la riqueza de la recolección se plasmó en la fiesta del
otoño. Si la fiesta de la primavera no llegó a alcanzar el esplendor de
la fiesta de los Tabernáculos, ello se debió, sin duda, a que el duro
trabajo de los campos coartaba en primavera un esparcimiento que el
final de la recolección hacia más fácil y completo.
Nuestros semipaganos de
hoy día, que forman las masas populares, celebran espontáneamente, a
menos que sea por un resto inconsciente de civilización cristiana, la
fiesta de la primavera: vacaciones de Pascua, nueva costumbre de
estrenar por Pascua, huevos de Pascua, etc. Todo esto alude al sentido
de renovación, al olvido de la vida antigua, a la evasión del mundo de
todos los días a cambio de "otra cosa". Pensando en estos ritos de la
primavera pagana de nuestros días, podremos ver cómo se las ha ingeniado
Dios para obligar a su pueblo a superar esos ritos sin oponerse a ellos,
celebrando así la renovación de la vida espiritual y la marcha hacia la
nueva era de los hijos de Dios.
Si bien el rito mágico de
la sangre del cordero no tiene prácticamente cabida en un mundo que cree
poder sustituir la magia con la técnica para inmunizar al hombre contra
los elementos, quedan todavía muchos cadáveres de pájaros o de roedores
colgados a la puerta de los establos para preservar de epidemias al
ganado y muchos quicios pintados de tiza o cal, para que podamos
considerar a nuestros contemporáneos absolutamente ajenos a ciertos
ritos preservativos, como el de la sangre del cordero.
Parece, pues, que existe
la posibilidad de una catequesis a partir de esas realidades humanas
para llevar al cristiano hasta la plenitud del misterio pascual. Las
líneas esenciales de semejante catequesis nos las indicará Dios mismo,
si somos capaces de seguir paso a paso el desarrollo de su pedagogía en
la Escritura.
2. COINCIDENCIA DE DOS
RITOS
El primer hecho que
debemos considerar es la yuxtaposición del rito agrícola de los ácimos y
del rito nómada del cordero. Entre ambos ritos no existe ningún nexo
original, puesto que pertenecen a dos mundos distintos y, si el primero
está ligado al decurso del año, el segundo depende de acontecimientos
incontrolables. El uno pone al hombre en contacto con el ritmo cósmico y
natural; el otro, en cuanto es posible, le previene de acontecimientos
inesperados: epidemia, desgracia, etc.
Sin embargo, los textos
más antiguos de la Biblia -sobre todo, a partir del Deuteronomio- nos
muestran ambos ritos en coexistencia pacífica. La Pascua se celebra el
catorce de nisán, mientras que la fiesta de los ácimos comienza al día
siguiente. Es probable que este sincretismo obedezca en gran parte a la
lenta penetración de los hebreos nómadas en la región agrícola de Canaán.
Pero la Biblia da de ello una explicación diversa, apenas comprensible
para nuestra mentalidad moderna.
Durante la estancia del
pueblo en Egipto, se desencadenan sobre el país una serie de plagas
espantosas. La última es particularmente trágica: el espíritu del mal
(el "ángel exterminador", dice la Escritura) pasará dando muerte a todos
los primogénitos. Inmediatamente los judíos nómadas echan mano del rito
tradicional del cordero degollado y la sangre derramada. El yahvlsta
refiere la tradición por su cuenta, entroncándola en la concepción del
monoteísmo según la cual el ángel exterminador actúa por voluntad de
Dios, pero pone gran cuidado en mostrar que los judíos poseían en su
patrimonio un rito eficaz por cuya virtud se vieron protegidos al tiempo
que sucumbían los egipcios:
"Tomad unas cabezas de
ganado menor para vuestras familias e inmolad la Pascua. Luego cogeréis
un manojo de hisopo, lo empaparéis en la sangre que contiene la fuente y
aplicaréis esta sangre de la fuente al dintel y a los quicios de las
puertas. ¡Que nadie de vosotros salga de casa hasta la mañana siguiente!
Así, cuando Yahvé recorra Egipto para castigarlo, al ver sangre en el
dintel y en los quicios pasará por delante de aquella puerta sin
permitir al Exterminador entrar en vuestras moradas para asestar sus
golpes. Ex. 12, 21-24.
Se adivina la preocupación
del redactor de este pasaje por purificar la tradición, pero ello no
quita que podamos ver todavía su trasfondo mágico en la prescripción de
"no salir de casa hasta el día siguiente". Este aspecto preservativo de
la sangre parece ser el portante del rito, pues el redactor se apoyará
en una etimología fantástica de la palabra Pascua para hacerle decir que
el exterminador "pasará adelante" o pasará por delante". Dios interviene
en un antiguo rito mágico para manifestar así a su pueblo que El le
"salva" del peligro que aplastará a Egipto.
El hecho acontece, como
por casualidad, en primavera. Está cerca la fiesta de la primera
gavilla, con que se inaugura el período de los panes sin levadura. He
ahí los dos ritos fortuitamente unidos según el modo de ver del redactor
yahvista, el cual presenta a los judíos abandonando Egipto precisamente
en el momento en que se elabora el pan sin levadura. Pero el redactor
atribuye luego a este pan ácimo un sentido nuevo que lo hace pasar del
nivel naturalista al nivel histórico. Será el pan que hubo de llevarse
sin esperar a que fermentara, debido a la prisa por escapar de la tierra
de la esclavitud:
Los egipcios apremiaban
al pueblo para apresurar su marcha, pues decían: "¡Vamos a morir todos!"
La gente se llevó la masa antes de que fermentara, cargando las artesas
al hombro, envueltas entre sus mantos... Los hijos de Israel partieron
de Ramsés hacia Sukkot en número de unos seiscientos mil infantes -todos
los hombres- sin contar sus familias. Se unió a ellos una numerosa y
variada muchedumbre, así como ganado mayor y menor formando inmensos
rebaños. Cocieron ellos, en forma de tortas ácimas, la masa que sacaron
de Egipto, porque no había fermentado. Expulsados de Egipto sin la menor
demora, no habían podido procurarse provisiones para el viaje. Ex.
12, 32-39.
Este pasaje es
particularmente interesante, porque nos demuestra una vez más cómo se
las ha arreglado la liturgia para asimilar un rito de origen agrícola.
Mientras que, por lo que se refiere al rito del cordero, se ha limitado
a quitarle el carácter mágico y encuadrarlo en el monoteísmo (haciendo
depender de Yahvé al ángel exterminador), en el caso del rito agrícola
la labor de espiritualización consiste en procurarle nuevas referencias.
Y así, en lugar de ser el signo del ciclo natural de las cosechas y de
la renovación que ese ciclo introduce en la vida, el pan ácimo significa
ahora un acontecimiento histórico: la prisa con que los israelitas
abandonaron la tierra de Egipto. El rito pasa del significado agrícola
al nómada, del naturalista al histórico. Es el proceso seguido por
varios ritos agrícolas de la fiesta de los Tabernáculos, como hemos
visto en el párrafo anterior: la experiencia del desierto es un foco
universal de atracción que fuerza realmente el simbolismo obvio de los
ritos. El rito hebreo no pierde de vista la renovación primaveral
celebrada originariamente por el rito mismo; pero esa renovación
adquiere una densidad inesperada: no es ya la simple novedad cíclica
producida anualmente por la naturaleza, sino la novedad de vida que hizo
pasar a todo un pueblo de la esclavitud a la libertad, que le dio
nacimiento y le lanzó a la vida, a raíz de librarle milagrosamente de un
mal extraordinario.
3. RITO Y PALABRA
El primer documento
legislativo importante que trata de la fiesta de Pascua pertenece a uno
de los más antiguos estratos de la legislación judía: el Código de la
Alianza. Este toma una posición decidida en favor de la interpretación
histórica de la fiesta:
Guardarás la fiesta de
los ácimos. Durante siete días comerás ácimos, como te he mandado, en el
tiempo fijado del mes de Abib: porque durante ese mes saliste de Egipto.
Ex., 23, 14-16.
No se puede concluir gran
cosa de este texto por lo que se refiere al silencio sobre el rito del
cordero. Sin embargo, es significativo que se hable de "fiesta de los
ácimos", aplicándole el nombre agrícola, mientras que el término
"Pascua" irá más bien ligado al rito del cordero. Advirtamos también
cómo justifica su prescripción el texto legislativo: "porque durante ese
mes saliste de Egipto". Tal justificación es importante y nos ilustra
acerca de la necesidad de explicar la liturgia una vez que esta abandona
el simbolismo simplemente natural. Mientras el rito no tiene otro
significado que el natural, no hay necesidad de catequesis para hacerlo
comprender. Un observador de la época que asistiera a una comida con pan
ácimo, podía comprender su sentido obvio, sobre todo dentro de un
contexto concreto. Pero, para que considere esos panes ácimos como signo
de la salida de Egipto, le es necesaria una iniciación, una catequesis.
Así es como nació la catequesis litúrgica: como compañera normal de un
rito desde que éste adquiere otro significado además del contenido en su
simbolismo obvio. Lo cual quiere decir que, desde que un rito pagano se
espiritualiza para llegar a ser lo que es en nuestra liturgia, debe ir
acompañado de una catequesis explicativa: la Palabra acompaña al Rito
para determinar su nuevo alcance. La "relectura" de un rito humano sólo
puede realizarse a través de la Palabra. Vemos, en efecto, ya desde la
época del yahvista y sobre todo en la reforma deuteronomista, cómo esa
catequesis se va ritualizando de algún modo en el ceremonial de la
comida pascual en familia:
Durante siete días,
comerás ácimos, y no se verá en tu casa pan fermentado; no se verá pan
fermentado en todo tu territorio. Aquel día, darás a tu hijo esta
explicación: "Esto es memoria de lo que Yahvé hizo por mi cuando salí de
Egipto." Ex., 13, 7-8.
Idéntica catequesis a
propósito del rito del cordero:
Cuando hayáis entrado
en la tierra que Yahvé os va a dar, guardaréis este rito. Y cuando
vuestros hijos os pregunten: "¿Qué significa para vosotros este rito?",
les responderéis: "Es el sacrificio de la Pascua en honor de Yahvé, que
pasa por delante de las casas de los hijos de Israel, en Egipto, cuando
hirió a Egipto mientras perdonaba nuestras casas." Ex., 12, 25-27.
El diálogo entablado entre
los hijos y el padre a propósito de los dos ritos pascuales viene a ser
el origen de la catequesis litúrgica. La referencia al acontecimiento
asegura la nueva autenticidad del rito, y la Palabra proporciona al rito
su nuevo significado. Nos hallamos en el punto de partida de una
evolución que permanecerá fiel a sí misma y se consagrará en una ley
fundamental de la celebración litúrgica cristiana: la unión entre la
Palabra y el Rito. Pero, por desgracia, la mentalidad católica que
sucedió a la Contrarreforma y privó a los católicos de la Biblia, los
privará igualmente de toda catequesis bíblica de los ritos, desembocando
en la triste situación de nuestra época, en que los ritos se celebran
sin catequesis y tienden por tanto a ser comprendidos, no ya en su
significado sobrenatural, sino en su mero simbolismo humano
4. RITO Y ACTUALIZACIÓN
DEL ACONTECIMIENTO
Poco después del reinado
de Salomón, las costumbres y la religión del pueblo elegido experimentan
un profundo relajamiento. El pueblo olvida los acontecimientos antiguos
y los ritos recaen rápidamente en su simple significado naturalista o
incluso pagano: es el culto del becerro de oro, de los baales, de los
dioses de los elementos. Son conocidos los esfuerzos casi estériles de
los profetas, desde Elías hasta Isaías, por purificar un culto lleno de
simbolismos paganos. Más tarde, el rey Josías y la reforma
deuteronomista marcan la primera etapa hacia una espiritualización. Por
una disposición un poco draconiana y que no conseguirá grandes
resultados, Josías exige que vayan todos a Jerusalén para celebrar la
Pascua: suprime así las costumbres paganas que pudieran nacer en una
celebración local de la misma y unifica la práctica al tiempo que la
purifica. Pero el elemento en que más insiste la reforma deuteronomista
es la actualización del acontecimiento expresado por el rito. La razón
es fácil: los hebreos han ido perdiendo de vista los acontecimientos del
desierto y se han apartado de la espiritualidad que el desierto llevaba
consigo, por culpa de una vida cómoda en una tierra fértil. Todo aquello
está demasiado lejos, y ellos prefieren aferrarse a la religión de la
naturaleza, que asegura la fecundidad de la tierra y la regularidad de
las cosechas. Para enderezar esta espiritualidad y reanimar el interés
por los acontecimientos del pasado, el Deuteronomio declarará que el
rito no se limita a recordar unos acontecimientos antiguos, sino que
sitúa al fiel de hoy en el mismo acontecimiento. El rito no es tan sólo
recordatorio de un hecho pasado que pierde su interés a medida que se
adentra en el pretérito. Al contrario, lleva al individuo de todos los
tiempos hasta el hecho originario.
Ya hemos visto algunos
textos que presentan esta óptica en los ejemplos de catequesis antes
citados: "Esto es en memoria de lo que Yahvé hizo por mi..." o porque
durante ese mes saliste de Egipto". Pero el Deuteronomio consagrará
definitivamente este género de catequesis que no se limita a tender un
puente entre el rito y el acontecimiento, sino que nos implica en el
acontecimiento del pasado:
Procura guardar el mes
de Abib celebrando en él una Pascua a Yahvé tu Dios, porque fue en el
mes de Abib cuando Yahvé tu Dios, de noche, te hizo salir de Egipto.
Inmolarás a Yahvé tu Dios una Pascua de ganado mayor y menor, en el
lugar elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre. Durante
siete días no comerás, con la víctima, pan fermentado; comerás con ella
ácimos -pan de miseria-, porque con prisa abandonaste Egipto: así te
acordarás todos los días de tu vida del día en que saliste del país de
Egipto. Durante siete días, no se verá levadura en todo tu territorio, y
de la carne que sacrifiques por la tarde del primer día, no quedará nada
para la noche hasta la mañana siguiente. No podrás inmolar la Pascua en
cualquiera de las ciudades que te dé Yahvé tu Dios; silo en el lugar
elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre. Sacrificarás la
Pascua, a la tarde, al ponerse el sol, a la hora de tu salida de
Egipto... Dt., 16, 1-7.
Varios pasajes de esta
prescripción están simplemente tomados de legislaciones anteriores, pero
la originalidad del Deuteronomio consiste en el afán de implicar en el
rito a la persona del fiel: eres tú quien salió de Egipto.
Esta observación nos
permite descubrir un importante aspecto de la eortologia judía: la
fiesta pone al individuo en contacto con el acontecimiento, pero no sólo
por medio del simbolismo de los ritos, sino -y esto sobre todo- poniendo
la conciencia del fiel en una actitud que se identifica con la actitud
de los antepasados que vivieron realmente el acontecimiento. En otras
palabras, el común denominador entre el acontecimiento y la fiesta no
es, en rigor, el simbolismo del rito que recuerda tal o cual
acontecimiento, sino la actitud de espíritu común al antepasado y al
fiel que revive la historia. En la Haggadá actual de la fiesta de
Pascua, el ritual tiene prevista esta munición:
No sólo liberó a nuestros
antepasados, sino que también nos liberó a nosotros con ellos. Porque no
se alza un solo enemigo contra nosotros para exterminarnos. El Santo
-bendito sea- nos salva de sus manos (Ed. Durlacher.
En este estadio de
purificación, la fiesta tiende a provocar, mediante el recuerdo del
acontecimiento y el simbolismo del rito, una actitud de espíritu, una
posición de fe, la cual caracteriza, en último término, el objeto
esencial de la fiesta. Sin embargo, esta "personalización" de la fiesta
no se realiza a costa del simbolismo del rito: la continuidad con las
etapas precedentes está bien asegurada. Por el contrario, el simbolismo
del rito se sirve de ella, en cierto modo, para espiritualizarse más.
Parece ser, en efecto, si nos atenemos al texto bíblico, que la fiesta
de Pascua ve nacer por entonces un nuevo rito: la manducación del
cordero. Es probable que tal costumbre se extendiera en el pueblo
bastante antes de la reforma de Josías, quizá bajo la influencia del
medio ambiente; de todos modos, el Deuteronomio, es el primer texto
legal que consagra la existencia del banquete con el cordero pascual.
Sólo en el lugar
elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre sacrificarás la
Pascua, a la tarde, al ponerse el sol, a la hora de tu salida de Egipto.
La cocerás y la comerás en el lugar elegido por Yahvé tu Dios, y de
allí, a la mañana siguiente, te volverás para ir a tus tiendas. Dt.,
16, 6-7.
Hasta entonces todo se
reducía a la inmolación del cordero y a la efusión de su sangre sobre
los quicios de la puerta. Si se comía luego el cordero, tal comida no
formaba parte del rito pascual, que se limitaba exclusivamente a la
comida de los ácimos. Pero, a partir del Deuteronomio -y más aún en la
legislación sacerdotal-, la comida del cordero pasa a primer plano.
Semejante evolución es muy significativa por lo que se refiere a la
personalización que se ha operado en el rito: lo que cuenta en primer
lugar no es el simbolismo del rito (repetir lo que hicieron los
antepasados), sino la actitud de espíritu provocada por el recuerdo del
acontecimiento. La manducación del cordero es, a este respecto, mucho
más apta para expresar la participación personal de los fieles en la
fiesta que la sola inmolación. Téngase en cuenta, por lo demás, que la
legislación del Deuteronomio no habla ya de derramar la sangre sobre las
estacas de la tienda o los quicios de la puerta: asimilarse el cordero
-y, más allá del cordero, el acontecimiento- supone un compromiso
personal mucho más profundo, expresado claramente por la misma
manducación. Cuando entre en vigor la legislación sacerdotal, tomará el
aspecto de una compilación en que se fusionan elementos diversos:
cordero y ácimos, rito de la sangre derramada y de la manducación, etc.
Pero esta legislación no presenta novedad alguna, fuera del ceremonial
para comer el cordero
El diez de este mes,
procuraos cada uno una cabeza de ganado menor por familia; una cabeza de
ganado menor por casa. Si la familia es demasiado reducida para consumir
el animal, asóciese con su vecino más cercano a la casa, según el número
de personas. Tendréis en cuenta el apetito de cada uno para determinar
el número de comensales. El animal será sin defecto, macho, de un año.
Lo escogeréis entre los corderos o las cabras. Lo conservareis hasta el
día catorce de este mes; entonces la asamblea entera de la comunidad de
Israel lo degollará entre dos luces. Tomaréis de su sangre y untaréis
los quicios y el dintel de las puertas de las casas donde se coma.
Aquella noche comeréis la carne asada al fuego; la comeréis con los
ácimos y hierbas amargas. No lo comáis crudo o cocido, comedlo solamente
asado al fuego, con la cabeza, las patas y las tripas. No guardéis nada
para el día siguiente. Lo que sobrare, lo quemaréis al fuego. Lo
comeréis así: ceñidos los lomos, calzados los pies, con el bastón en la
mano. Lo comeréis con toda prisa, pues es una Pascua en honor de Yahvé.
Ex., 12, 1-12.
Prescindamos, por el
momento, de los minuciosos preceptos de este ritual para quedarnos con
los datos esenciales: cuando el fiel judío come el cordero pascual como
lo haría un nómada, cree hacer algo más que recordar el acontecimiento;
quiere hacer suya la actitud de sus antepasados, alcanzar su libertad,
participar en la renovación de su vida interior. Por eso, el banquete
está calcado sobre el antiguo rito de inmolación y de aspersión de la
sangre. Así queda clara la rica evolución que ha seguido la fiesta de
Pascua hasta llegar a nosotros. Antes hemos visto la exigencia de una
catequesis; ahora vemos la exigencia de una actitud personal consciente,
introducida por el banquete pascual: una manera de revivir el
acontecimiento salvador en la medida en que cada uno se lo asimila por
la fe. El rito evoca el acontecimiento, haciéndolo presente en cierto
modo y exigiendo nuestra adhesión: tenemos ahí en primicias el alcance
del Hodie de nuestra liturgia cristiana.
5. FIESTA DE LA
RESTAURACIÓN DEL PUEBLO
Este aspecto de
personificación no lo hemos encontrado tan intenso en nuestro análisis
de la fiesta de los Tabernáculos ni en las fiestas de orden astronómico.
Ello se debe, probablemente, a que la Pascua poseía el dinamismo interno
necesario para supervivir definitivamente y doblar el cabo de la
cristianización, en el cual se hundieron tantas fiestas judías. Esta
preeminencia de la Pascua sobre las demás fiestas se va perfilando ya en
el Antiguo Testamento, incluso en la época en que la fiesta de los
Tabernáculos es todavía "la fiesta" por excelencia. Y así, en los
distintos períodos de la historia del pueblo en que se afirma una
restauración o se sanciona de nuevo la alianza -sin cesar comprometida
por la infidelidad del pueblo, los reformadores señalan la Pascua y no
los Tabernáculos como fiesta de esa renovación o restauración. Josías,
después de proclamar solemnemente la renovación de la alianza, la
sanciona con la celebración de la fiesta de Pascua:
El rey dio esta orden a
todo el pueblo: "Celebrad una Pascua en honor de Yahvé vuestro Dios, del
modio que está escrito en este libro de la alianza." No se había
celebrado una Pascua como aquella desde los días de los Jueces que
habían regido a Israel, ni durante todo el tiempo de los reyes de Israel
y de los reyes de Judá. El año decimoctavo del rey Josías, en Jerusalén,
se celebró aquella Pascua en honor de Yahvé. 2 Re., 23, 21-23.
El aspecto moral pasa aquí
a primer plano para afirmar el valor de esta renovación de la alianza
sancionada por Josías y, al mismo tiempo, la restauración de la fiesta
de Pascua. Más tarde, cuando Esdras concluya la restauración del pueblo
liberado del destierro, tendrá lugar su celebración en torno a la fiesta
de Pascua: Los exiliados celebraron la Pascua el catorce del primer mes.
Todos los levitas, como un solo hombre, se habían purificado; y ellos
inmolaron la Pascua por todos los exiliados, por sus hermanos los
sacerdotes y por sí mismos comieron la Pascua: los israelitas que habían
vuelto del destierro y todos los que, habiendo roto con la impureza de
los pueblos de aquella tierra, se habían unido a ellos para buscar a
Yahvé, el Dios de Israel. Celebraron con gozo durante siete días la
fiesta de los Ácimos... Esd. 6, 19-22.
La actitud personal, que
es aquí actitud de conversión, ocupa realmente el lugar más importante
de la fiesta. Poco después del destierro, los documentos sacerdotales
dan cuenta de otra Pascua interesante: la que celebró el rey Ezequías
para sancionar otra renovación de la alianza. Los Libros de los Reyes no
habían prestado atención a esta celebración pascual, sin duda porque
todavía no estaban preparados para ello. Por el contrario, los Libros de
las Crónicas, dependientes de la corriente deuteronomista y sobre todo
de la corriente sacerdotal, dan gran relieve a esta Pascua de
restauración celebrada por Ezequías y refieren, en particular, que
entonces la Pascua fue celebrada el segundo mes en lugar del primero,
para asegurar una mayor purificación por parte del pueblo (2 Cor., 30).
No es imposible, por otra parte, que los cronistas hayan trasladado al
pasado de Ezequías un hecho que debió de tener origen en la reforma de
Josías. Se advierte el mismo procedimiento de anticipación en la
descripción de la primera Pascua celebrada por el pueblo a su llegada a
Guilgal (Jos., 5, 10-12), relato ciertamente antiguo, pero "releído" en
función de preocupaciones sacerdotales.
Así, pues, tanto en el
plano individual de la actitud de espíritu como en el plano colectivo de
la restauración y renovación de la alianza, la Pascua aparece, cada vez
con mayor claridad, como una fiesta personalista cuyo objeto esencial,
provocado desde luego por el rito, es la actitud interior, la
conversión, la fidelidad moral. Todo esto, sin embargo, se realiza en
plena continuidad con el pasado: nunca faltan los ácimos para indicar la
renovación primaveral, y la celebración de la antigua liberación de
Egipto por la sangre del cordero sigue siendo el verdadero objeto de la
fiesta, aunque sometido a incesantes relecturas por arte de unas almas
llamadas a una conversión y una renovación interiores cada vez más
profundas.
Una última modificación en
el ritual de la Pascua es introducida por la Thora de Ezequiel, que
prevé una ceremonia de expiación antes de la celebración de la Pascua.
Esta reforma, que desdobla la antigua fiesta de la expiación situada en
dependencia de la fiesta de los Tabernáculos, viene a demostrar el
creciente auge de la Pascua frente a la fiesta de los Tabernáculos y,
sobre todo, la preocupación personalista y moralizante: si los antiguos
pasaron de Egipto a la Tierra Prometida, nosotros hemos de celebrar hoy
aquel acontecimiento pasando, a nuestra vez, de la impureza a la pureza:
Así habla el Señor Yahvé.
El primer mes, el día primero del mes, tomarás un novillo sin defecto,
para quitar el pecado del santuario. El sacerdote tomará sangre de la
víctima por el pecado y la pondrá en los postes del templo y en los
cuatro ángulos de la base del altar y en los postes de los pórticos del
atrio interior. Así hará también el séptimo mes, en favor de los que
hubieren pecado por inadvertencia o irreflexión... Ez., 45, 18-20.
Aquí aparece un nuevo
tema: la víctima expiatoria hace el papel del cordero pascual liberador.
Sin tardar mucho, una sola persona asumirá los dos papeles en su único
sacrificio: será a un tiempo el macho cabrío de la expiación y el
cordero pascual.
6. LA PASCUA Y EL
CALENDARIO PERPETUO
Parece ser que, hasta los
documentos sacerdotales, la fecha de la Pascua estuvo bastante
imprecisa. Los textos que hemos citado hablan tan sólo "del tiempo
fijado en el mes de Abib" (Ex., 23, 15). Tampoco el Deuteronomio es
demasiado claro:
Procura guardar el mes de
Abib celebrando en él una Pascua a Yahvé tu Dios, porque fue en el mes
de Abib cuando Yahvé tu Dios, de noche, te hizo, salir de Egipto. Dt.,
16, 1-2.
Esta imprecisión se
comprende si la fiesta está determinada por el comienzo de la siega de
la cebada y la ofrenda de la primera gavilla. El mismo término Abib
significa Espiga. Pero, a medida que predominaba el rito del cordero
sobre el rito de la espiga y de los ácimos, la fiesta pudo liberarse un
poco de su servilismo demasiado material al ritmo agrícola y concretarse
con más exactitud. Además, mientras el cómputo del tiempo estuvo basado
esencialmente en las fases de la luna, la fiesta podía caer en cualquier
día de la semana. Pero, después del destierro, se va imponiendo en
ciertas esferas sacerdotales, aunque no sin provocar vivas reacciones,
un nuevo computo, medio lunar y medio solar, que permite calcular de
manera estable un determinado día del mes. A partir de entonces, en
todos los documentos bíblicos de la época, los sucesos serán consignados
con su fecha exacta, incluso con el día del mes.
Este nuevo cómputo era un
calendario perpetuo solar con algunas concesiones al calendario lunar.
Así resultaba posible que el 14 de nisán (nueva fecha de la Pascua) no
cayera nunca antes del plenilunio del mes.
Todos los documentos
bíblicos datados después del destierro lo están de acuerdo con este
calendario perpetuo. Y así la Pascua cae siempre el 14 de nisán por la
tarde (nisán era el nuevo nombre del primer mes); por tanto, siempre en
martes, para que la fiesta se celebre durante la jornada del miércoles
15 de nisán. Pero no hemos de pensar que el calendario en cuestión se
impuso por completo: oficialmente incluso, el clero del templo conservó
(o adoptó de nuevo) el antiguo calendario en el que la Pascua podía caer
en cualquier día de la semana, según el ritmo de las fases lunares.
De hecho, parece ser que
este calendario no será aplicado más que en ciertas comunidades judías
de Palestina, en Babilonia y en Elefantina y sólo unos sectarios, como
los miembros de la Comunidad de Qumrán, seguirían observando este
calendario en abierta oposición con las costumbres vigentes en el Templo
de Jerusalén, al menos en la época de Cristo. Las cuestiones de
calendario siempre han sido, en todas las religiones, objeto de las
peores querellas; no es extraño que también sucediera así en el pueblo
elegido. Entre los argumentos que suscita la polémica, debemos fijarnos
en uno: el que alegan los partidarios del calendario perpetuo diciendo
que el otro cómputo, de base lunar, es de origen pagano y contribuye a
mezclar las costumbres paganas con las costumbres judías. Semejante
argumento no carece de razón y no es imposible que se llegara a regular
por un calendario propio la celebración de la liturgia y de las fiestas
judías, precisamente para caracterizar mejor su originalidad.
La inclusión de la fiesta
de la Pascua en los problemas de los calendarios tendrá dos
repercusiones importantes por lo que se refiere a la espiritualización
de la fiesta. En ellas vamos a detenernos.
La primera característica
nueva es que, de ahora en adelante la Pascua se celebrará "el primer mes
del año; así el Año Nuevo dependerá de la Pascua, perdiendo este
privilegio la fiesta de los Tabernáculos:
Este mes será para
vosotros el comienzo de los meses, el primer mes del año. Ex., 12,
2.
El primer mes, el día
decimocuarto del mes, entre dos luces, es la Pascua de Yahvé y el día
decimoquinto de ese mes es la fiesta de los Ácimos de Yahvé. Lv.,
23, 5-6.
En estas prescripciones
hemos de ver una importante consagración de la evolución que ha hecho de
la Pascua la fiesta más espiritual del ciclo judío. A propósito del
ritual de la expiación, hemos visto que varias prerrogativas de la
fiesta de los Tabernáculos han pasado o pasan a la de Pascua. Ahora le
toca al comienzo del año. Se comprende fácilmente, en esta perspectiva,
que la primera tradición cristiana, al trasladar de la fiesta de los
Tabernáculos a la de Pascua el ritual de entronización del Mesías bajo
la forma de la entrada de Cristo en Jerusalén, no hizo sino seguir el
movimiento iniciado en el judaísmo. La segunda característica, por
hipotética que sea, merece nuestra máxima atención. En la medida en que
existieron dos cómputos pascuales distintos -el oficial del Templo,
basado en la luna, y el sectario, basado en el calendario perpetuo-, ¿no
habría también dos maneras de celebrar el banquete pascual? No es fácil
imaginar, en efecto, que los partidarios del calendario perpetuo, para
quienes la Pascua caía en la tarde del martes, comieran el cordero
pascual de acuerdo con lo prescrito, ya que éste debía ser inmolado en
el Templo por los sacerdotes, los cuales seguían oficialmente un
calendario en el que la inmolación del cordero podía caer varios días
más tarde. Se podría pensar que prescindían de corderos pascuales, lo
cual no sería demasiado extraño. Pero, en concreto, parece probable que
los monjes de Qumrán inmolaban el cordero pascual, aunque no en el
Templo de Jerusalén, pues juzgarían que su propia comunidad y su
servicio, constituía un verdadero Templo (doctrina que es fundamental en
Qumrán), lo cual les daba derecho a inmolar el cordero. La hipótesis es
atrayente y podría muy bien señalar una nueva etapa en la
espiritualización de la Pascua, etapa que prepararla el comportamiento
de Cristo en su propio banquete pascual: el cordero no es sino el
símbolo de una actitud de espíritu. Desde el momento en que está creada
tal actitud -y lo está en el servicio mutuo, sobre todo si el cordero es
el símbolo del "siervo"-, ciertas prescripciones rituales referentes a
la inmolación del cordero pueden ceder ante lo esencial y desaparecer.
Más adelante insistiremos en la importancia de esta espiritualización.
Idéntico problema se
plantea a propósito de los ácimos. Si hubo dos calendarios distintos, es
probable que hubiera también cierta confusión en el ritual de la Pascua
y que los partidarios del calendario perpetuo celebraran a veces el
banquete pascual sin disponer ya de ácimos, al menos si la confección de
éstos estaba condicionada por el calendario oficial del templo.
Podríamos pensar por tanto, que Cristo celebró la Cena el martes 14 de
nisán, sin cordero (puesto que no será inmolado hasta el viernes
siguiente en el templo) e incluso sin ácimos. Tal es el punto que
procuraremos dilucidar en el párrafo que sigue.
7. CRISTO EN LA
CELEBRACIÓN DE LA PASCUA
El rodeo que acabamos de
dar con la cuestión de los calendarios no es inútil, porque nos permite,
a la luz de los trabajos de A. Jaubert , ver más claro en la conducta de
Cristo durante la Pascua que iba a ser suya como ninguna otra. La mejor
explicación a las aparentes contradicciones entre los sinópticos y San
Juan en cuanto a la cronología de la Semana Santa procede a partir del
conflicto entre los dos distintos calendarios (conflicto que se prolongó
en la primera tradición cristiana y dio origen, en parte, a las graves
disputas pascuales que dividieron a la cristiandad hasta el siglo III).
El año de la Cena, la Pascua del 14 de nisán según el calendario
perpetuo caía, como estaba previsto, en martes, mientras que la Pascua
según el calendario lunar, tal como se observaba en el Templo, era el
viernes siguiente. Según esto, Cristo celebró el banquete pascual con
sus apóstoles el martes par la tarde, sin cordero y, probablemente, sin
ácimos. Y murió el viernes, precisamente a la hora en que se inmolaba el
cordero en el Templo, como subraya discretamente San Juan. Estos datos
parecen actualmente ciertos a la mayoría de los exegetas de la Semana
Santa.
Pero entonces, ¿qué
sentido tiene, para nuestro propósito un banquete pascual sin cordero ni
ácimos? ¿No es la negación de la evolución hasta aquí seguida? ¿O será,
por el contrario, su coronamiento? Aquí conviene subrayar un punto:
después del destierro, Pascua es ante todo la fiesta de la renovación de
la actitud de espíritu, la fiesta de la "restauración" . Cada uno
renueva su corazón y su fidelidad; renovación que se explicita en la
comida del cordero pascual. La coordenada esencial de la fiesta no es ya
la que pone en conexión el rito y su simbolismo con el acontecimiento
del pasado que se conmemora, sino la que relaciona el rito con la
presente actitud de espíritu del fiel.
Pero he aquí que uno de
esos fieles, Cristo, fiel por antonomasia, celebra la Pascua con una
actitud de espíritu muy concreta, tan concreta que es el acontecimiento
máximo de toda la historia de salvación: su sumisión al Padre, su deseo
de "servir" a sus hermanos mediante su muerte expiatoria. Este
acontecimiento es tan esencial que ante él se desvanece todo rito,
resultando caduco e inútil. Es inútil inmolar un cordero cuando el
Cordero de Dios está presente, en persona, como el Siervo de Dios (Is.,
53, 7) que se ofrece por los pecados de los hombres y se da en alimento.
Así se comprende por qué
Cristo, para celebrar la Cena, eligió el calendario perpetuo en vez del
calendario lunar. Con ello se liberaba mejor de la sujeción del rito y
podía presentarse más fácilmente, sin velo y sin intermediario, como el
rito y el acontecimiento a la vez. El rito tenía sentido en ausencia del
acontecimiento que conmemoraba, pero resulta vacío en el acontecimiento
mismo.
La densidad del banquete
pascual de Cristo no reside en su ritualismo, sino en la actitud de
espíritu del Señor que procura comunicar a sus apóstoles. Es curioso, a
este respecto, comparar los diferentes relatos del banquete pascual en
los evangelios y en San Pablo. Mateo y Marcos se limitan a describir la
institución del nuevo rito en torno al pan y el vino. En cambio, Lucas
da un paso más al referir una singular disputa entre los apóstoles,
disputa que los otros sinópticos sitúan en distinto momento de la vida
de Cristo:
Surgió luego entre
ellos una disputa sobre quién de ellos había de ser tenido por el mayor.
El les dijo: "Los reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que
ejercen autoridad sobre las mismas se hacen llamar Bienhechores. Pero
entre vosotros no es así, sino que el mayor entre vosotros debe
comportarse como el más joven, y el que gobierna, como el que sirve.
¿Quién es, en efecto, el mayor: el que está sentado a la mesa o el que
sirve? ¿No lo es el que está sentado? Pues bien, yo estoy entre vosotros
como quien sirve". Lc., 22, 24-27.
Lucas tiene, sin duda, una
intención muy concreta al añadir a la Cena -o al conservar en su puesto-
esta tradición que la sitúa en su perspectiva exacta: la presencia de un
"siervo" doliente y humilde basta por si misma para justificar la
celebración de la fiesta de Pascua, porque tal presencia es su
contenido. Juan va todavía más lejos cuando sustituye totalmente el
relato de la institución por el del lavatorio de los pies como elemento
esencial del banquete de Pascua:
Durante la cena, una
vez que el diablo había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el
propósito de entregarle, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus
manos y que él había salido de Dios y a Dios volvía, se alzó de la mesa,
se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego vertió agua
en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a
enjugarlos con la toalla que se había ceñido... Después de lavarles los
pies, tomar de nuevo sus vestidos y sentarse a la mesa, les dijo:
"¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y
Señor, y decís bien, porque lo soy. Por tanto, si yo, que soy el Señor y
el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los
pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros como yo
he hecho. En verdad, en verdad os digo: no es eI esclavo mayor que su
señor, ni el enviado mayor que quien le envía." Jn., 13, 1-16.
Incluso el pan ácimo
experimenta aquí una importante modificación, pues no es imposible que
Cristo tomara pan ordinario para significar su Cuerpo. Parece sugerirlo
la palabra artos, así como la fecha anticipada del banquete pascual
tomado por el Señor. Es radical el cambio que introduce Cristo en los
ritos de la fiesta de Pascua. Trastorna el calendario y suprime los dos
elementos esenciales desde el punto de vista ritual: e¡ cordero y los
ácimos (lo cual tendrá como primera consecuencia permitir que las
comunidades cristianas celebren la fiesta pascual todos los domingos),
pero saca a plena luz el contenido subyacente a tales ritos: la sangre
expiadora y liberadora del cordero sigue estando presente, pero bajo la
figura de un siervo y en el drama de una persona humillada; sigue
también presente la renovación primaveral de la fiesta, pero bajo la
forma de la "nueva" alianza sellada con esa sangre, y, si los ácimos han
desaparecido, su contenido de novedad y de huida del pasado continúa tan
esencialmente incorporado al nuevo rito de la Pascua que San Pablo puede
aludir a él sin que dé la impresión de que vuelve atrás:
Purificaos de la vieja
levadura para ser masa nueva, puesto que sois ácimos. Porque ha sido
inmolada nuestra Pascua, Cristo. Celebremos, pues, la fiesta no con
vieja levadura, ni con levadura de malicia y perversidad, sino con
ácimos de pureza y de verdad. 1 Cor., 5, 7-8.
Este último pasaje expresa
la nueva manera de celebrar la Pascua: la actitud de espíritu de Cristo
le ha permitido personalizar la fiesta en su propio drama. Y la actitud
de espíritu que nosotros adoptemos al participar en ese drama será
asimismo el contenido de la fiesta: el rito de los ácimos será nuestra
renuncia al mal y nuestra nueva alianza con Dios, al igual que el rito
del cordero era Cristo mismo. No obstante, el rito perdura en la
celebración cristiana de la Pascua:
Cada vez que comáis
este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que
venga. Por tanto, quien come el pan o bebe el cáliz del Señor
indignamente, tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor.
1 Cor., 11, 26-27.
Esto quiere decir que, si
la actitud de espíritu del fiel, unida a la de Cristo-Siervo, es el
contenido esencial de la fiesta de Pascua, su rito no está menos
presenté corno presencia objetiva de Cristo y de su actitud de espíritu
y como levadura capaz de suscitar en nosotros la actitud de espíritu
correspondiente. Ha nacido así una nueva manera de celebrar la Pascua,
de suerte que el rito ya no tiene el alcance mágico de antaño, ni
siquiera el antiguo alcance simbólico, sino que pasa a ser sacramento,
es decir, contiene el acto mismo de Cristo, objeto de la fiesta, y, al
mismo tiempo, el acto del fiel que renueva en El la alianza eterna
suscitada por el acto de Cristo.
8. UNA HOMILÍA PASCUAL
CRISTIANA
Hemos advertido que la
catequesis litúrgica apareció al lado del rito en el momento en que éste
abandonó su simbolismo puramente natural para subir un grado en la
escala de espiritualización. Podemos suponer con razón que esa
catequesis litúrgica debió de alcanzar una importancia mucho mayor
cuando el rito dobló el cabo del cristianismo y recibió el encargo de
expresar y realizar el nuevo acontecimiento de Cristo y la
correspondiente actitud de espíritu del fiel. Al parecer, tenemos una
gran suerte a este respecto, pues poseemos una homilía del tiempo
apostólico en los materiales de la primera carta de San Pedro. Carta que
ha sido analizada recientemente y presentada como una composición que,
entre numerosos. materiales reproduce un pequeño catecismo para la
celebración de la noche pascual. Nos bastará señalar los puntos más
característicos del estudio publicado por el P. Boismard, para descubrir
a qué grado de purificación había llegado la fiesta de Pascua y qué
exigencias concretas de vida suponía su celebración. Si prescindimos del
encabezamiento de la carta, añadido en época tardía para incorporar la
homilía al grupo de las cartas del Nuevo Testamento, leeremos en primer
lugar una especie de himno introductorio a la Noche de Pascua, que
Boismard -basándose en otros textos paralelos, como Tit., 3, 5-7-
reconstruye de este modo:
Bendito sea Dios, el
Padre de nuestro Señor en su misericordia, el cual nos reengendró por la
resurrección de Jesucristo de entre los muertos para una esperanza viva
para una herencia incorruptible para una salud pronta a manifestarse.
1 Pe., 1, 3-5.
Después de esta bendición
de entrada, se leería el capítulo 12 del Éxodo, lectura que se encuentra
en todas las liturgias pascuales de la época, en toda la Iglesia, y que
es ciertamente una herencia del judaísmo. Dicho capitulo contiene el
relato del acontecimiento judío y la descripción del banquete pascual,
que permite a los judíos asimilarse el acontecimiento y hacerlo suyo. A
continuación, la primera carta de Pedro nos presenta unos elementos que
podrían formar el tipo de homilía cristiana sobre esa lectura judía (1
Pe., 1, 13-21). Homilía particularmente interesante porque nos revela
cómo desemboca el rito en una actitud de espíritu. He aquí lo que
resulta del rito de los lomos ceñidos, previsto en el ceremonial del
banquete (Ex., 12, 11):
Ceñíos, pues, los lomos
de vuestro espíritu, permaneced vigilantes, esperad plenamente en la
gracia que os traerá la revelación de Jesucristo. 1 P., 1, 13.
También el rito del
cordero se espiritualiza 12, 5);
Sabed que habéis sido
liberados de la vana conducta heredada de vuestros padres, no con cosas
corruptibles, sino con una sangre preciosa como de un cordero sin
defecto ni mancha, Cristo, conocido antes de la creación del mundo y
manifestado en los últimos tiempos por vuestra causa. 1 Pe., 1,
18-19.
La salida de Egipto y el
culto que había que tributar a Yahvé en el desierto (Ex., 12, 31) hallan
también una traducción espiritual: son el abandono de los ídolos y el
culto en espíritu y santidad:
Como hijos obedientes,
no os conforméis a las concupiscencias de antaño, del tiempo de vuestra
ignorancia. Antes bien, lo mismo que el que os llamó es santo, sed
santos vosotros en toda vuestra conducta, según está escrito: "Sed
santos, porque yo soy santo." 1 P, 1, 14-15.
El rito halla, pues, su
cumplimiento en la actitud de espíritu del cristiano. Pero esa actitud
de espíritu es provocada, a su vez, y desarrollada por el rito
sacramental. Según el P. Boismard, después de esta homilía se
administraba el bautismo a los nuevos cristianos. Y, acto seguido, la
explicación del misterio de este sacramento era tema de otra homilía
cuyo esquema figuraría en la continuación de la epístola.
Tal homilía consta de dos
dípticos: una breve catequesis mistagógica y una exhortación moral.
Analicemos, en primer lugar, la catequesis:
Obedeciendo a la
verdad, habéis santificado vuestras almas para amaros sinceramente como
hermanos. Con corazón puro, amaos los unos a los otros sin desfallecer,
engendrados de nuevo de una semilla no corruptible, sino incorruptible:
la Palabra de Dios vivo y eterno... Como niños recién nacidos, desead la
leche espiritual no adulterada, para que, por medio de ella, crezcáis en
orden a la salvación, si es que, al menos habéis gustado cuán bueno es
el Señor. 1 Pe., 1, 22~2, 3.
Esta exposición se centra,
como vemos, en torno a las ideas del nuevo nacimiento y del tránsito de
lo corruptible a lo incorruptible. Notemos la importancia que en este
nuevo nacimiento tiene la "Palabra", la cual es, a un tiempo, la persona
de Cristo y la del Espíritu en la enseñanza de la Iglesia: el bautismo
es "baño de agua acompañado de una palabra", dirá un San Pablo (Ef, 5,
26) como para indicar dónde reside la originalidad del rito cristiano;
un rito, sí, pero acompañado de una palabra de Dios y de una obediencia
a esa palabra. La catequesis prosigue entonces con una nota más
eclesial: la constitución del nuevo pueblo, en torno al sacrificio y al
sacerdocio espirituales:
Acercaos a él, piedra
viva, rechazada por los hombres, pero elegida por Dios, preciosa. Y
vosotros, como piedras vivas, servid para la construcción de un edificio
espiritual, para un sacerdocio santo, en orden a ofrecer sacrificios
espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo.. Vosotros sois
una raza elegida, un sacerdocio regio, una nación santa, un pueblo
adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais
pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios, que no habíais alcanzado
misericordia y que ahora la habéis alcanzado. 1 P, 2, 4-10.
La intención de este texto
es mostrar que la Iglesia hereda ciertos privilegios del pueblo judío:
al acontecimiento pascual de antaño, que aseguró al pueblo semejantes
privilegios, responde ahora la persona y el misterio de Cristo, el cual
eleva a la categoría de pueblo a quienes se incorporan a su vida y se
unen a él, piedra fundamental, en el nuevo edificio. Notemos también la
importancia del tema del Espíritu: todo es "espiritual". La fiesta de
Pascua nos introduce en la realidad escatológica, que se caracteriza
precisamente por el don del Espíritu. Nos hallamos aquí en plena
continuidad con el bautismo "según el Espíritu", que acaba de
celebrarse.
Una vez terminada esta
catequesis, se pasa a una exhortación moral que procura aplicar a la
vida de cada día los temas del nuevo nacimiento y de la vida espiritual.
Se pasa revista a todas las categorías sociales de los recién
bautizados, con el fin de señalar en qué se manifiesta el comportamiento
social de los cristianos (1 Pe., 2, 11-3, 12). Concluye la celebración
con un nuevo himno que parece inspirado por el tema judío de los dos
caminos y que ha sido reconstruido como sigue:
Dios resiste a los
soberbios, pero da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, ante Dios
y El os ensalzará. Resistid al Diablo y huirá lejos de vosotros.
Acercaos a Dios y El se os acercará. 1 P, 5, 5-1 1.
Si se la toma demasiado
sistemáticamente, la tesis del P. Boismard y de otros exegetas que
consideran esta carta como una homilía pascual resultará tal vez
inexacta. Pero, en todo caso, hay que reconocer que esta catequesis
utiliza un número impresionante de documentos parenéticos e himnológicos
y que, catalogando esos documentos, se descubre en ellos una perfecta
unidad con respecto a la fiesta pascual. Pero lo que se desprende, sobre
todo, de tales documentos es la profunda "relectura" llevada a cabo en
el medio cristiano primitivo sobre ciertos elementos antiguos de la
fiesta de Pascua. En el centro de la celebración figura la persona misma
del Señor: es la Palabra que acompaña al rito, Palabra que es
"revelación" del plan de Dios en el rito y que exige "obediencia" por
parte del fiel.
9. CONCLUSIÓN
A la luz de lo que Dios ha
hecho para realizar su Pascua ideal, podríamos nosotros examinar nuestra
manera de celebrar la Pascua. ¿Nos situamos realmente en ese nivel
sacramental donde, en el rito, se une nuestra fe a la actitud de Cristo,
o bien nos contentamos con la emoción suscitada por el simbolismo
pascual... a menos que no hayamos pasado todavía del simple recordatorio
histórico o nos hallemos en el rito de contenido mágico?
La cuestión merece ser
planteada, y un profundo examen de conciencia nos revelará tal vez que,
si ciertas reformas como las que Roma introdujo recientemente en la
Semana Santa y, más concretamente, en la Vigilia pascual- no dan los
frutos apetecidos o manifiestan cierta inconsistencia, ello se debe
principalmente a que pastores y fieles no se han situado de verdad en el
nivel necesario. Es muy ilustrativo, a este respecto, seguir la
decadencia de la Pascua en la historia de la Iglesia, examinando las
sucesivas razones que la provocaron. Durante los primeros siglos, la
noche de Pascua está dedicada esencialmente a los bautismos y a la
eucaristía. Nos hallamos en pleno ámbito sacramental: el rito pascual,
sea bautismal o eucarístico, moviliza a toda la comunidad (y no sólo a
los neófitos) en una actitud de conversión, en una profesión de fe
consciente y comunitaria por la que todos expresan su deseo de unirse a
Cristo en su nueva vida de resucitado. La asamblea había ayunado
previamente para mejor unirse en la aceptación de su muerte. Apenas si
había en aquella época otros ritos fuera de las sumarias ceremonias de
los sacramentos, y todo se centraba en la renovación interior producida
por esos sacramentos en conexión con el acontecimiento pascual de
Cristo. Pronto, sin embargo, se inicia un segundo periodo en el que
desaparecen los bautismos de la Vigilia Pascual. Y entonces nacen dos
ritos de carácter más simbólico que propiamente sacramental. Se amplia
desmesuradamente la bendición del agua, que sustituye a la
administración del bautismo: el agua como elemento simbólico reemplaza
al sacramento y al acto vital de conversión. Se da asimismo una gran
importancia a la bendición de la luz (cirio pascual), precisamente en
una época en que, por irse anticipando cada vez más la vigilia, se podía
prescindir de luz. Es cierto que cabía la posibilidad, a partir de los
símbolos del agua y la luz, de proclamar el misterio pascual, provocando
la indispensable actitud de espíritu. Pero ¿se pasó siempre de la
posibilidad al hecho?
Un tercer periodo
-coincidente, por lo demás, con el anterior- procurará dar a los ritos
un contenido histórico. Se olvidará un poco que el rito actualiza el
pasado para reducirlo a simple recordatorio de ese pasado, de igual modo
que los primeros judíos celebraban la Pascua en memoria de la liberación
de Egipto. Por eso, se "reproduce" la resurrección mediante la aparición
repentina del cirio pascual en las tinieblas del templo, se reproduce la
entrada de Cristo en Jerusalén mediante la procesión de los ramos, se
reproduce el lavatorio de los pies. Una vez más, la catequesis, capaz de
sacar fuego de cualquier astilla, podría servirse de estos ritos
historicistas para llegar a lo esencial. Pero ¿llegó realmente? ¿No
provocó, por el contrario, con harta frecuencia, algunas reacciones mas
emotivas que auténticamente cristianas como, por ejemplo, esa
"imitación" de la pasión que es el viacrucis o el rito de adoración de
la cruz?
El último período hará descender el
contenido ritual de la Pascua a un nivel todavía inferior. Hay que
encuadrar en este momento el tema del fuego sacado de la piedra que es
Cristo (una forma de combatir ciertos ritos mágicos semejantes del mundo
germánico), los trocitos de cirio pascual que tomaban los asistentes
para llevárselos a casa a modo de "sacramental" y que se han convertido
en los agnus Dei de nuestros días, la abundancia de agua bendita el
sábado santo, la interminable bendición de los ramos, etcétera. ¿No nos
da la impresión, al recorrer sumariamente la historia de esta
decadencia, de que es la historia contada al revés de las sucesivas
purificaciones a que Dios sometió la fiesta judía de la Pascua a lo
largo del Antiguo Testamento? En cuanto a la feliz reforma de la Vigilia
Pascual, dependerá de la manera en que los sacerdotes sepan adoctrinar a
los fieles el que esa reforma logre su objetivo, restableciendo una
verdadera fiesta pascual donde la renovación de Cristo se haga presente
en el seno de una comunidad que toma conciencia de ello gracias a los
sacramentos y que renueva igualmente su fe y se convierte de nuevo para
acentuar su dignidad de hijos de Dios.
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