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Página 12
“Bush es peor que Bin Laden”
Su primer libro, El dios de las
pequeñas cosas, le dio fama mundial. Pero, lejos de sucumbir al éxito, Roy
ha usado su influencia para convertirse en activista contra la pobreza, por
la paz y los derechos de las mujeres. En esta conversación describe el
sistema de castas –que “son peor que el apartheid”, asegura– y considera que
el mundo se ha vuelto mucho más inseguro por la reacción norteamericana al
11 de septiembre.
–¿Por qué ha pasado de escritora a activista?
–No me considero una activista. Sigo siendo escritora, aunque escriba no
ficción. Es triste pensar que los escritores sólo tienen que hacer algo que
no suponga compromisos sociales, como si fuesen unos simples animadores. Eso
degrada la definición del escritor. Especialmente ahora, en estos tiempos
tan complicados, es muy importante para nosotros utilizar el poder del arte,
el cine o la música para hacer frente a lo que sucede.
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Tiene 44 años, pero todo en ella aparenta
pequeñez: la edad, el físico, la forma de actuar. Es como si se le
hubiera congelado la infancia. Tal vez por ello insiste en que El dios
de las pequeñas cosas, el libro por el que ganó el Premio Booker de
1997, es el fruto de la “imaginación febril” de dos niños y no tiene
nada de realismo mágico. Arundhati Roy, que vivió en la calle, fue
actriz ocasional y guionista, se confiesa “presionada” por un libro
editado en 22 países, traducido a 18 idiomas, que la ha hecho
inmensamente rica y le ha abierto multitud de puertas, pero que también
ha desatado todo tipo de expectativas, y a ella no le gusta mirar al
futuro, ni preguntarse qué le deparará. Hoy le bastan los artículos
fuertemente comprometidos que escribe en la prensa india e internacional |
–¿Los intelectuales deben seguir siendo los que alcen la voz para
denunciar?
–No todos lo han hecho. Hay algunos intelectuales completamente cómplices
del poder. Hay que dejar claro que no hay homogeneidad. Lo que me parece
extraño es que ahora se piense en los escritores como en un tipo de producto
que se vende en una librería y no tiene nada que ver con lo que sucede a su
alrededor. De los que se habla por la cantidad de libros vendidos, los
premios ganados o sus apariciones en este periódico o revista. Esto reduce
completamente el significado de un escritor.
–¿Qué supone ser mujer en la India?
–La India es un país en el que se viven varios siglos al mismo tiempo: lo
más medieval con lo más avanzado. Mujeres que viven más reprimidas que bajo
el régimen talibán; sobre las que los hombres de las castas superiores
tienen el derecho de pernada y se permiten elegir a la que van a violar cada
día. Pero también las hay que no necesitan sentirse jóvenes y guapas para
ponerse en marcha. He viajado por Europa y Estados Unidos y veo que allí
también se ha reducido el espacio de las mujeres. Es casi cómico verlas,
bien tras el velo, o tras el maquillaje y los pechos de silicona. No sé cuál
de las dos situaciones es más violenta. Pienso, sin embargo, que en la India
tienen un espacio mayor.
–¿Qué espacio?
–Hay una participación enorme de las mujeres en la sociedad. Tal vez se deba
a que la lucha por la independencia fue predominantemente no violenta, lo
que incrementó la presencia de la mujer. Si hubiese sido un movimiento
violento, el espacio de la mujer se habría reducido porque, cuando la
resistencia es violenta, las primeras en sufrir son las mujeres de los
combatientes.
–¿Se siente orgullosa de ser una mujer de la India?
–Sí y no. Aquí se puede encontrar la mayor represión; familias que dan de
comer a sus hijos y niegan el alimento a sus hijas. Hay de todo, pero no se
puede ignorar el hecho de que hay grandes activistas y de que, por donde
quiera que vayas, hay una importante presencia de mujeres de bandera.
–No en vano Indira Gandhi estuvo varios años al frente del gobierno
indio...
–Tonterías... Eso tenía que ver con el patriarcado, con que era hija de
Nehru. Eso es un feminismo falso, que aparece también en Sri Lanka, Pakistán
y Bangladesh. No debemos olvidar que las mujeres también han sido cómplices
de la violencia de los hombres. Ahora, sin embargo, hay algunas otras que no
tienen nada que ver con ser viudas o hijas. Como Sheila Dixit, que es la
jefa del gobierno de Nueva Delhi o Vijaya Raje Scindia, jefa del gobierno de
Rajastán.
–Su madre, Mary Roy, se divorció cuando no lo hacía casi nadie y su
impugnación ante los tribunales cambió la ley de herencia a favor de las
mujeres. ¿Ella le enseñó a ser rebelde?
–No creo que ninguna madre enseñe a su hija a ser rebelde. Cuando eres joven
te sientes bien siendo rebelde, pero yo ya no soy joven, aunque es bonito
pensar en una misma como en un rebelde. Mi madre es una persona
extraordinaria, pero tengo una relación complicada con ella; empezando
porque a los 18 años me fui de casa porque no podía vivir allí. Mi infancia
fue la de una niña que crece en un lugar tradicional en el que es totalmente
inaceptada.
–¿Entonces lo que más le marcó fue la ausencia de su padre?
–No tener padre fue algo muy importante. Primero porque no tuve el modelo
del hombre que hace lo que los demás hombres del lugar: pegar a su mujer. Mi
madre también era rechazada por su comunidad por haberse divorciado, pero yo
soy muy diferente de ella en muchas cosas, casi lo opuesto. No es que mi
madre me enseñara a rebelarme, fueron las circunstancias del mundo que me
rodeaba; cuando nadie pensaba que aquello pudiera ser posible, mi madre,
divorciada; mi abuela, divorciada, y yo, divorciada. A la gente normal no le
pasa nada parecido.
–Yo creía que usted no se había casado.
–Bueno, no está claro (¡ja, ja!). Era muy joven, debía de tener 18 o 19
años. Siempre me he aburrido de hacer cola en los registros. No nos casamos
realmente, pero eso es una cuestión social, y nunca supe muy bien si estaba
casada o no. Fuese lo que fuese, se acabó.
–¿Es cierto que su madre siempre le aconsejó que no se casara?
–Sí, eso decía. Matrimonio, divorcio... soy un poco anárquica, nunca he
creído ni en lo uno ni en lo otro. No me lo tomo seriamente, creo que las
relaciones son más importantes que todo eso.
–¿Tiene alguna relación con su padre?
–Sí. Mi hermano fue a buscarlo y lo encontró en alguna parte. No fue un
reencuentro con música de fondo como en las películas. Yo tenía 28 años.
Francamente, me encuentro incómoda hablando de esto. No es importante.
–Usted ha declarado que El dios de las pequeñas cosas es un libro sobre
la libertad y sobre las castas. ¿Cómo se puede luchar contra esa terrible
división de la sociedad?
–Creo que además de todo el fascismo contra los musulmanes, en la India
existe el apartheid. Sin duda, las castas son peor que el apartheid. Se
necesita un movimiento radical porque incluso entre los dalits (los
intocables) hay más castas e intocables más bajos y, en medio de todo esto,
está la discriminación contra las mujeres. No es que no haya habido cambios
en estos años, hay intocables que ocupan altos puestos en los estados de
Bihar y Uttar Pradesh, pero las castas son lo más indio de la sociedad
india. Es increíble cómo están enraizadas y vivas. Hay elecciones, pero se
vota en base a la casta. Para colmo, ahora los fundamentalistas hindúes
tratan de movilizar a los dalits y otras clases bajas contra los musulmanes.
–Tendrá que haber una salida...
–Sudáfrica no ha acabado con el apartheid. De hecho, las familias negras
viven incluso peor que antes. Vivimos tiempos espantosos. Los extremistas
hindúes de las RSS van con su ejército de voluntarios por hospitales y
escuelas difundiendo sus mensajes fascistas. Ellos comprenden el vacío de
poder mucho mejor que la izquierda, que se limita a hablar con un lenguaje
del siglo pasado y a celebrar grandes debates entre intelectuales. La gente
se siente vulnerable y está asustada porque no es el Estado sino una horda
apoyada por el Estado, como Europa sabe muy bien. Modi era jefe del gobierno
de Gujarat y, después de la matanza de 3000 musulmanes en 2002, no sólo no
dimitió, ni le han juzgado, sino que el año pasado volvió a ganar las
elecciones en el mismo estado. Predicar hermandad y amor vende menos que
predicar odio. Muchos de nosotros somos conscientes de que, si no se puede
hacer nada es que la convulsión está por llegar.
–¿Qué significa para usted la libertad?
–Es una palabra muy profunda. Se podría decir que significa elección, pero
no una elección consumista. El consumo es lo opuesto a la libertad. Libertad
es la posibilidad de opciones radicales. Por eso pienso que, hoy en día, en
países como la India existe más libertad que en Europa o Estados Unidos,
donde las elecciones radicales han desaparecido prácticamente. Allí uno no
puede imaginarse fuera del sistema; de una forma u otra lucha por
preservarlo, mientras que aquí existe todavía la posibilidad de cierto
salvajismo. Allí todo tiene su código de barras. A veces, lo que los
occidentales dicen es verdaderamente chocante. Recuerdo a un historiador de
Cambridge que me dijo que el hecho de que escribiera el libro en inglés era
un tributo al imperio británico. Fue como decirle al hijo de una mujer
violada que era el tributo a la brutalidad de su padre.
–¿Qué opina de la unión entre política y religión?
–Obviamente no es una buena combinación, aunque es inevitable. Están
mezcladas desde el tiempo de las Cruzadas. No hay una forma artificial de
separarlas. Lo que supuestamente debía de ser lo más humano y apacible es
usado como el arma más brutal, más que las armas nucleares. Es lo que ha
dado razones a los humanos para ir a la guerra y barrer pueblos, para
cometer genocidios.
–¿Cree que existe alguna justificación para que la India tenga armas
nucleares?
–No, no existe justificación alguna para que un país tenga armas nucleares.
Tengo una posición moral al respecto, no una inteligente, práctica o de
realpolitik.
–¿Qué la lleva a los foros antiglobalización?
–Hablamos de grupos antiglobalización cuando la mayoría de las personas que
luchan contra la globalización corporativa está a favor de la globalización
de los tratados internacionales, de la globalización de la justicia, de la
globalización de la libertad de movimiento de las personas... Por lo tanto,
si hemos de utilizar ese término, somos nosotros los que estamos a favor de
la globalización; ellos sólo están a favor del libre movimiento del dinero.
–Según el Banco Mundial, en la India hay 350 millones de personas por
debajo del umbral de la pobreza. ¿Cómo se puede luchar contra esta lacra?
–No se lucha contra la pobreza. Sólo se lucha por la justicia. Eso es lo que
hacemos, pero ahora incluso la resistencia se ha convertido en un asunto
especializado, y para moverte tienes que recurrir a los asesores
financieros.
–¿Se puede proteger al medio ambiente sin una política seria de control
de natalidad?
–Cuanto más pobre eres más numerosa pretendes que sea tu familia. Si hacemos
un sistema más igualitario será más fácil sobrevivir y la natalidad se
reducirá de forma natural.
–Su libro, al igual que su infancia, se desarrolla en el sureño Estado de
Kerala. Cuénteme sus memorias de Kerala.
–¿Mis memorias? (Risas.) Mi libro es una extraña mezcla de memorias e
imaginación. No es fácil hablar de memorias.
–¿Vuelve con frecuencia?
–Sí. Ha cambiado mucho. Es interesante ver el cambio de la élite, que antes
era agrícola: caucho, café, té. Ahora, todas las viejas industrias cierran,
y lo único que crece es el sector servicios, por el turismo. Es extraño ver
cómo aumenta la pobreza al tiempo que se erradica el analfabetismo.
–Usted, que estudió arquitectura, ha dicho que escribir una novela es
como construir una casa: todo se ensambla, ladrillo a ladrillo. Una vez
construida su novela, ¿va a diseñar su casa?
–Me gusta el diseño, pero no sueño con hacer un proyecto. Lo único que ahora
pretendo es no sentir la presión de tener que pronunciarme sobre lo que voy
a hacer y dónde. Quiero viajar tranquilamente, volver a entender las cosas.
No me gusta esta tremenda presión que se ejerce sobre mí ahora. No quiero
convertirme en ese tipo de persona que acepta definirse según las
expectativas de los demás. La novela está ahí. Ya no es mía. Está en el
mundo. No importa si yo hago algo o dejo de hacerlo. Si desaparezco mañana a
nadie le importa.
–No quiere estar atada a nada, ni a su novela. ¿Cómo se definiría?
–Creo que he sido premiada de una manera que no merezco. Esta novela me ha
convertido en una persona muy rica, y siento una tremenda responsabilidad
por ello. Es muy difícil ser rico en este país, y para mí no es natural. En
cierta forma me ha introducido en el sistema. ¿Ingresas dinero en el banco?
Pagas impuestos que ellos utilizan para construir embalses. No puedes ser
pura. No es que yo quiera serlo, pero el resultado es una tortura, porque no
sabes qué hacer. Cuando una sola persona es favorecida de esta manera, deja
de darse cuenta de lo que sucede en el mundo y piensa que se lo merece, lo
que es símbolo de que algo va mal en el mundo y en el sistema económico en
el que se mueve. Creo realmente que es injusto, que es demasiado. Es una
especie de obscenidad. Incluso en términos de reconocimiento es demasiado.
Me gustaría pasar mi vida yendo a sitios y diciendo que escribí El dios de
las pequeñas cosas y que me dieran de comer en lugar de derechos de autor.
–Cuando mira al futuro, ¿le gustaría volver a tener una inspiración?
–Nunca, desde que me enteré de que existía el futuro, fui capaz de mirarlo.
Creo que uno de mis problemas es que no quiero saber. En la India todo el
mundo va a que le lean las palmas de las manos y a preguntar por su futuro,
pero yo no quiero saber nada, ni si es bueno ni si es malo. Quiero mantener
las posibilidades abiertas a lo que pueda pasar.
–¿Ni futuro ni pasado?
–El pasado está siempre ahí. Nada se supera para siempre.
–Usted ha declarado que la cólera es el arma del siglo XXI...
–Era un artículo sobre el 11-S y sobre que Estados Unidos con todas sus
armas nucleares, misiles y demás no podía detectar en sus controles de
aduanas la rabia y la cólera. La cólera es la llave que abre las cerraduras
del mundo que no puedes controlar, como estamos viendo. Ya sea en Cachemira,
Irak o Palestina no pueden controlar con represión las emociones de la
gente.
–Usted se pregunta en la serie de ensayos publicada bajo el título el
Algebra de la justicia infinita cuántos iraquíes hace falta matar para tener
un mundo mejor. ¿Sabe cuántos?
–Según los cálculos que realizan ahora, casi todos los palestinos, todos los
iraquíes y todos los musulmanes de la India (160 millones). Mire el lenguaje
que se usa para describir lo que pasa en Irak. Si Irak hubiese ocupado Nueva
York y hubiera resistencia, ¿sería el mismo lenguaje aceptable?
–¿Estamos en un mundo más seguro?
–Por supuesto que no. Se pasan el día subiendo el nivel de alerta. Todos
están preparados para un ataque, y la gente ha quedado reducida a una
especie de gelatina paranoide, aunque en España actuó con una madurez
tremenda frente a los atentados y a las elecciones.
–¿Existe alguna conexión entre el fundamentalismo judío, cristiano e
hindú?
–Todos comparten el mismo lenguaje, de ahí que la India, por primera vez
desde su independencia en 1947, esté tan interesada en alinearse con Israel
y EE.UU.
–Usted ha comparado a George Bush con Osama bin Laden.
–Creo que Bush es peor. Bin Laden o cualquier
otro terrorista hacen responsables a los pueblos de las acciones de sus
gobiernos, y en una democracia tal vez podríamos decir que los pueblos son
responsables en cierta medida. Pero ¿cómo vamos a hacer responsables a los
afganos y a los iraquíes de lo que haga Bin Laden? ¿En base a qué? ¿Con qué
mentiras? Bush, además de aterrorizar al mundo con sus armas y sus muertes,
lo hace con su economía, con la que destruye la vida de la gente.
–¿Entonces no estará de acuerdo con que EE.UU. haya asignado a la India
como a Pakistán un estatuto preferencial?
–La India y Pakistán son las esposas del jeque Bush.
–¿Cree que la India y Pakistán pueden convivir en paz?
–La asociación de padres de Cachemira ha denunciado que han sido asesinadas
3000 personas entre abril de 2003 y abril de 2004. Durante el régimen de
Pinochet murieron 3500 personas en 17 años, y aquí 3000 en un año, y
seguimos llamándonos la mayor democracia del mundo. Es ultrajante. Hasta que
la gente no se entienda no podrá haber paz, y para ello se necesita la
voluntad de los gobiernos.
–¿Cómo emplearía los 45.000 millones de dólares gastados por la
desaparecida Unión Soviética y Estados Unidos para someter a Afganistán?
–El dinero es como una base nuclear. Hay que ser muy cuidadoso con él y con
dónde lo pones. Es algo muy peligroso y puede resultar destructivo, porque
comienzas a depender de él. Partes completas de Africa y de Bangladesh se
han destruido por la ayuda recibida. Hay muchas cosas que se pueden resolver
sin dinero, pero la idea occidental es que lo resuelve todo. Lo importante
es ayudar a la gente a construir su propia vida. No es que sea ingenua y
piense que no necesito el dinero, sólo digo que también he visto cómo
destruye. Veo lo que hacen el Banco Mundial y el FMI: destrucción.
–Usted pertenece al grupo que se opone a la construcción de una presa
hidroeléctrica en el valle del Narmada, donde ya se han construido varios
pantanos. Sus críticas a la autoridad judicial le valieron un día de cárcel,
en 2002.
–No soy un miembro del grupo, soy una escritora que se reserva el derecho a
criticar.
–¿Cree que tiene más o menos amigos que antes de ser famosa?
–Muchos más. Me he integrado en Sweethearts International Network y he
conocido a un montón de gente maravillosa. Muchos somos muy políticos. No es
un grupo de dulce gente estúpida. Eliges a tus amigos, y yo he conocido a
mucha gente desde que viví en la calle (cuando en su juventud abandonó
Kerala y se fue a vivir a Nueva Delhi).
–El libro, por tanto, la ha ayudado mucho.
–Ha sido magnífico. Lo opuesto a una bomba nuclear. Salta sobre culturas y
lugares. Voy a Estonia y la gente me pregunta por mi niñez.
–¿Por qué no quiere que se clasifique a El dios de las pequeñas cosas
como realismo mágico?
–Porque no lo es. Es una especie de imaginación febril; es real, es la
imaginación de los niños. García Márquez sí escribe realismo mágico. Yo no.
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