Fuente
El Cultural
“Cuando el hombre está más
cercado y oprimido, desarrolla formas de resistencia más perfectas”
En
el hall del hotel una luz oblicua se mezcla con los reflejos dorados de las
enormes lámparas blancas. Claudio Magris acaba de llegar de Italia. El 13 de
enero le impondrán la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Asistirá al homenaje a su mujer, la escritora Marisa Madieri, al tiempo que
aparecen dos nuevos libros: Lejos de donde. Joseph Roth y la tradición
hebraico-oriental (Eunsa) y La exposición (Anagrama).Ese día el
actor Pepe Martín interpretará dos de sus monólogos teatrales. Pero lo
verdaderamente importante, lo que remueve hoy al escritor italiano, es el
homenaje a su esposa, muerta hace cinco años de cáncer.
No hace demasiado
tiempo Magris explicaba que para él “el dolor más grande ante la muerte es
que el mundo prosiga su marcha indiferente al que se muere”. Quizá por ello
hoy se plantea este viaje a España como un homenaje, otro más, a su esposa
Marisa Madieri, autora casi desconocida entre nosotros y de la que se han
publicado recientemente Verde agua (Minúscula) y El claro del
bosque (Minúscula). Una mujer excepcional, a la que Magris sólo vio
llorar una vez a lo largo de su enfermedad y sin la que no puede explicar ni
su obra más célebre, Danubio (1986), ni la crisis que el escritor ha
sufrido los últimos cinco años, los de su definitiva ausencia.
Magris sonríe inquieto ante los actos previstos para la próxima semana:
pocos son los que han escrito con tanta lucidez sobre la ambivalencia de
todo reconocimiento público. El escritor nunca las tiene todas consigo; de
hecho, no ha dejado de ser el profesor de literatura a quien un día le
sorprendió la fama. Autor barroco y cercano al hermetismo, fue la escritura
de esa obra maestra que es Danubio la que le permitió, contra todo
pronóstico, llegar al público. La conversación se renueva una vez más con
toda la tensión de una inteligencia siempre alerta. Unas palabras bastan
para despertar su capacidad innata para el diálogo y la discriminación de
las formas de lo real.
España, un mundo propio
–Sus visitas a España se hacen cada vez más frecuentes. Tiene aquí un buen
número de amigos y muchos lectores... pero, ¿cuál es su impresión de nuestro
país? ¿Qué es en el fondo lo que le atrae de España?
–España e Italia, y quizás también Francia, son los países en los que de
verdad me encuentro en casa. Tengo la impresión aquí de estar en un país
pletórico de vivacidad, de vitalidad. Por ejemplo, por el modo en que han
sido recibidos mis libros. Tanto los artículos elogiosos como los que
muestran objeciones y críticas tienen en común una enorme capacidad de
comprensión de mi obra. Me siento en España en un mundo que me es propio.
Sin querer idealizarla –soy consciente de sus problemas y dificultades–,
creo que en pocos años la sociedad civil ha experimentado un enriquecimiento
extraordinario.
–De entre los actos de esta semana próxima cabe destacar el homenaje a su
mujer, Marisa Madieri (Fiume, 1938-Trieste, 1998), de la que se han
traducido al español dos libros. Comentábamos antes la buena recepción que
había tenido su obra, pero otro tanto se puede decir de Verde agua,
el relato autobiográfico de Madieri que ha causado una honda impresión en
tantos lectores españoles.
–En efecto, el libro, publicado muchos años atrás en Italia, ha tenido una
acogida tan intensa y favorable en España que incluso ha despertado interés
en Francia y Alemania, donde ha sido traducido gracias a los ecos de la
magnífica edición española de Minúscula.
–En alguna ocasión ha dicho y ha escrito que Verde agua es su
verdadera historia, el auténtico libro de su propia vida. ¿En qué sentido?
–La escritura de ese libro contiene una especie de novela en clave que es
nuestra historia conyugal, y por eso tras una narración que se puede leer
sin más, en la que soy sólo un comparsa lateral, respira mi propia realidad
y con ella lo más esencial de nuestra relación, de una vida compartida hasta
el fondo, pero muy especialmente en la dolorosa estación final, la de la
enfermedad de Marisa, algo que ella supo retratar con toda su fuerza épica.
El pensamiento de Marisa
–En cuanto al segundo libro de Madieri, El claro del bosque, parece
que se trata de una obra de un carácter muy distinto.
-Quizás se puede afirmar que El claro del bosque, esta “fabula per
ex-bambini” es un libro muy distinto de Verde agua, pero Marisa decía
que tenían algo en común: uno en forma de narración autobiográfica del éxodo
de los italianos en el contexto del fin de la Segunda Guerra Mundial, y otro
como un mito o fábula en la que los protagonistas son los animales, las
flores y el agua del bosque, eran en realidad dos novelas de aprendizaje que
cuentan el camino y la salida de la infancia mágica hacia la vida adulta a
través del descubrimiento del dolor. Al mismo tiempo se distinguen en que
Verde agua contiene, en forma de diario, buena parte del pensamiento
racional de Marisa y de su concepción del mundo, mientras que El claro
del bosque, sin que ello suponga ninguna contradicción con ese sentido
de la vida que ella mantuvo firmemente hasta el final, está escrito de
manera más inconsciente, revelando por eso mismo los planos más recónditos y
aquellas facetas del pensamiento de la autora que incluso ella misma
ignoraba. Por ejemplo, en este último libro se llega hasta el límite de un
pensamiento que no acierta, ante la realidad de la muerte, a comprender el
sentido del mundo, cosa que Marisa no hubiera aceptado ni en el plano
intelectual ni en el de sus convicciones. En este sentido se trata de un
libro escrito desde fuera de sí misma pero que revela los aspectos más
profundos de su espíritu.
Lejos de donde
–Se acaba de publicar Lejos de donde, su libro sobre Joseph Roth en
el que se narra y explica el éxodo de los hebreos de la Europa oriental en
la primera mitad del siglo pasado. Se trata de una obra que escribió hace
años. ¿Qué sentido tiene su traducción al español ahora?
–Lo primero que quiero decir es que este libro que ahora aparece en español
lo he escrito yo pero también pertenece a Pedro Luis Ladrón de Guevara, el
traductor, que se convierte con toda justicia en co-autor. La traducción
hace que el libro sea lo que yo escribí y al mismo tiempo otra cosa
distinta. Debo subrayar que se trata de algo crucial que me importa mucho:
más allá de la satisfacción de que los propios libros sean traducidos, a
veces se olvida el hecho de que la traducción constituye en sí misma un
género literario. Pienso que algunas de las más grandes figuras de las
letras en todos los países serán de hecho recordadas no por su obra de
creación, poesía, novela, sino por la importancia y el valor de sus
traducciones.
Crisis de la individualidad
–Leyendo Lejos de donde llama la atención la unidad del conjunto de
una obra que se manifiesta como un proyecto intelectual donde cada
aproximación posterior confluye como una variación musical hacia los mismos
temas e incluso hacia los mismos lugares geográficos.
–Lejos de donde es un libro central en mi obra porque aparece el
tema, que me obsesiona, de la crisis de la individualidad y de la simultánea
capacidad de resistencia del individuo frente a la amenaza de la
disgregación existencial y psicológica del sujeto. Se trata de describir la
permanente tensión entre la precariedad de toda forma de identidad personal
estable y la voluntad tenaz del individuo de percibir en el mundo cualquier
atisbo de unidad. Cuando el hombre ha sido más fuertemente cercado y
oprimido ha sido capaz de desarrollar formas de resistencia más perfectas.
La cultura hebraico-oriental, la civilización de esa última diáspora y del
exilio representa un ejemplo histórico extraordinario de cómo el individuo
desarraigado, constreñido a vivir aislado y sin el apoyo de las grandes
construcciones políticas y estatales se repliega en su realidad personal y
familiar, en el plano de sus afectos, pero de un modo no retórico sino
intensamente real. Y esto, que en parte lo descubrí con la escritura de este
libro, es algo propio no sólo de la cultura hebrea sino de la condición
humana y quizás por eso reaparece de mil formas en el resto de mi obra.
–¿Se trataría de una poética de resistencia frente a la modernidad?
–No exactamente. Aunque es constante la conciencia de estar sometidos a una
ley objetiva, en autores como Alejchem o Bergelson, de los que hablo mucho
en el libro, no hay ninguna forma de nostalgia restauracionista frente a los
valores de la modernidad. Cuando el hebreo oriental sale del mundo perfecto
y cerrado del shtetl experimenta, frente a la ley que rige su vida
individual y comunitaria, el caos del mundo, con su extrema dosis de
negatividad. No hay regresión sino un paso por la realidad ajeno a cualquier
forma de retórica. Los valores que defienden no pertenecen al pasado. Para
ellos los valores cuando son auténticos tienen que estar presentes siempre
con toda su actualidad. Fíjese en el título del libro, en esa bella
expresión, Lejos de donde, que proviene de un cuento jasídico en el
que dos amigos se encuentran camino de la estación. Uno de ellos le pregunta
al otro que adónde va, el otro le contesta que se va a la Argentina, y el
amigo le dice: “Pero eso está muy lejos”, a lo que el otro responde:
“¿Lejos?, ¿lejos de dónde?”, queriendo significar que el hebreo, con su
tradición del Libro, no refiere su vida a una centralidad espacial concreta
y, por tanto, aunque se encuentre lejos de todo, en realidad nunca está
alejado de nada, porque de alguna forma lleva consigo su propio centro de
referencia.
Autodefensa necesaria
–Esta peculiar autodefensa está descrita en el libro a propósito del
análisis pormenorizado de la obra de Roth, pero sobre todo el libro planea
como una sombra, como una clave nunca del todo dicha, la obra de ese otro
narrador gigante que fue Singer.
–Me había enfrentado con la obra de Roth en mi libro anterior que trata de
la presencia del mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna.
Naturalmente había todavía muchas cosas que quería decir y por eso comencé
este otro libro pero, al mismo tiempo, mi verdadero interés entonces se
dirigía en efecto a la obra de Isaac Singer. Roth se transformó en un hilo
conductor para abordar a los autores que encarnaban directamente el problema
del hebraísmo. Es el caso de Singer y de los otros clásicos de la literatura
yiddish que, sin ser mejores ni peores que Roth, representan el
problema desde dentro. Yo tenía la impresión de no poder acceder a ese
núcleo directamente y por eso opté por la vía indirecta que me permitía el
análisis de la obra de Roth. Por otra parte, todo ensayo debe en cierto
sentido trasladar el objeto de su interés. De la misma manera que se escribe
una poesía sobre una margarita pero en realidad se está hablando del amor a
una mujer, el ensayo es como una metáfora que permite hablar de otra cosa.
En ese sentido he tomado a Roth para hablar del conjunto de este mundo
cultural y literario que para mí es tan importante.
El problema del desarraigo
–¿Quiere usted decir que Joseph Roth en realidad no pertenecía del todo al
mundo de los judíos orientales?
–No. Como tampoco pertenecía a ese mundo Franz Kafka, que miraba con
nostalgia y admiración a los actores yiddish ambulantes pero sabiendo
que no pertenecía ya a ese mundo. Singer, en cambio, a pesar del exilio,
nunca salió del sthetl, aunque sus fronteras estuvieran constituidas
por una geografía que no era real sino literaria. He llegado a viajar a
Polonia oriental para buscar la geografía literaria de Singer, las pequeñas
aldeas de las que habla, Yampol, Frampol, pero no las encontré ya que habían
sido destruidas y no existían fuera de la obra de Singer. Para mí su lectura
fue una epifanía porque en su obra no hay nostalgia sino una presencia de la
vieja legitimidad en un mundo que, al menos en uno de sus planos, nunca ha
dejado de ser lo que era. Ese fue el descubrimiento que me deslumbró en esa
literatura pero, para entrar en ella, tuve que hacerlo desde la perspectiva
de Roth, que era alguien que también estaba fuera de ese mundo.
Su último libro, La exposición
–Toda esta problemática de la necesaria autoafirmación en el caos del mundo,
¿cree que en realidad se trata de algo que mantiene su actualidad, su
vigencia, hoy día?
–Creo sinceramente que sí. El problema del desarraigo, de la pérdida de la
identidad y al mismo tiempo la búsqueda de una realidad plena de
significado, la necesidad de acogerse a lo concreto en un mundo que cambia
aceleradamente, vuelve a ser un problema actual, aunque quizá con unas
formas distintas. No hablo, por cierto, de las pequeñas comunidades
políticas o étnicas que se ven amenazadas en un mundo globalizado y que se
afirman a costa de despreciar al otro. El mundo ha cambiado de tal forma en
los últimos treinta años que existe un miedo justificado a verse convertido
en el superhombre profetizado por Nietzsche o en ser confundido uno mismo
con una réplica virtual. La pérdida de la totalidad, y este libro es una
reflexión sobre el sentido de pérdida de la totalidad, está presente hoy con
nuevas formas, pero con una fuerza extraordinaria.
–Hablemos por último de La exposición. Parece un texto extraño, al
menos formalmente hablando. ¿No teme que el lector pueda encontrarse
perplejo ante el libro?
–Hay que tener en cuenta que es un texto teatral, expresión babélica de una
multiplicidad de voces en distintos idiomas y dialectos, de fragmentos de
poesía y de canciones alemanas mezcladas con revelaciones violentas,
delirios y expresiones infantiles. En realidad recoge la historia de Vito
Timmel (Viena, 1886-Trieste, 1949), un pintor formado en la Viena de Sigmund
Freud y de Klimt que volvió desencantado a la vida de provincias y que murió
desesperado y solo en un manicomio. Timmel, con toda su fuerza visonaria, es
una figura que me ha obsesionado desde hace veinticinco años, cuando escribí
sobre su Cuaderno mágico.
–¿Qué le atrajo de su historia?
–He escrito el libro como una búsqueda, intentando expresar una obsesión que
no he acabado nunca de comprender: las razones del fracaso vital, el sentido
de la fuerza que nos lleva hacia delante, el vértigo de un amor que no duda
en sacrificar la propia vida. Timmel supo expresar una parte importante de
las cosas en las que creo de manera más íntima, y por fin he podido escribir
sobre él en una época crucial de mi vida.
–Un libro difícil en todo caso.
–Aunque esto pueda sorprender a muchos, se trata de una obra marcadamente
autobiográfica, escrita con muchas claves internas y personales. Está
pensado para ser representado en escena, aunque espero que encuentre
lectores tam-
bién en España.
Sin advertirlo ha pasado más de una hora. Claudio Magris, a quien le cuesta
dejar una conversación en la que empezaba a encontrarse cómodo, acepta
posponer la charla. La próxima vez será en Trieste frente al mar, o en otro
salón de cualquier hotel del mundo, quizá en Turín, en Londres, en Nueva
York, Viena, Moscú, o, por qué no, en Barcelona o Madrid, que tanto
frecuenta últimamente.
Con una rara mezcla de cordialidad y respetuosa distancia, Claudio Magris
hace que el lugar pase a un segundo plano. En el interlocutor quedan sus
gestos vivos y sus amables e inquietantes palabras.
Magris ganó el Principe de
Asturias de las Letras 2004
El escritor y catedrático de Literatura Germánica
Claudio Magris ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las
Letras 2004, -que alcanza con ésta su XXIV edición- según hizo público hoy
en Oviedo el Jurado encargado de la concesión del mismo
El jurado de este premio -convocado por la
Fundación Príncipe de Asturias- estuvo presidido por Víctor García de la
Concha e integrado también por Andrés Amorós, Luis María Anson, J.J. Armas
Marcelo, Blanca Berasátegui, María Luisa Blanco, Rogelio Blanco, Pedro
Casals, Antonio Colinas, Francisco Javier Fernández Vallina, José Luis
García Martín, Pilar García Mouton, Emilio González Ferrín, Rosa Navarro
Durán, Fernando Rodríguez Lafuente, Fernando Sánchez Dragó y José María
Martínez Cachero (secretario).
Claudio Magris nació en Trieste (Italia) en 1939. Abandonó a los 18 años su
ciudad natal para estudiar Literatura en la Universidad de Turín,
especializándose en Literatura Germánica. Es catedrático de esta asignatura
en la Universidad de Trieste, y ha publicado importantes estudios sobre las
relaciones entre las culturas italiana y germánica y sobre la importancia
del mundo cultural mitteleuropeo, es decir, sobre el predominio alemán en la
cultura de la Europa central. También destaca su trabajo como traductor de
Ibsen, Kleist y Schnitzler.
Ensayista y escritor polifacético, en sus páginas se entrecruzan el ensayo,
la novela y el relato de viajes. Su obra es la pasión por la literatura y su
extraordinaria facultad para hacer del ensayo literario una obra de arte.
Entre sus obras destacan El mito habsbúrgico en la literatura austriaca
moderna (Turín, 1963), Wilhelm Heinse (Trieste, 1968), Lejos de dónde:
Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (Turín, 1971), Dietro le parole
(Milán, 1978), Itaca y más allá (Milán, 1982) Trieste. Un?identità di
frontiera (Turín, 1982), El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la
literatura moderna (Turín, 1984), Conjeturas sobre un sable (Pordenone,
1986), Otro mar (1991), Microcosmos, premio Strega 1998, y La exposición
(2002). Con su obra Danubio (1986) consiguió el premio Internacional Antico
Fattore.
Ha recibido además el premio periodístico Juan Carlos I por su artículo El
titiritero de Madrid, publicado en el Corriere della Sera, donde escribe
habitualmente. Ha obtenido también la medalla de oro del Círculo de Bellas
Artes de Madrid (2003) y el premio Erasmus (2001).
Esta candidatura ha sido propuesta por Hans Magnus Enzensberger y Ryszard
Kapuściński, premios Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2002
y 2003, respectivamente.
Los Premios Príncipe de Asturias están destinados, según los Estatutos de la
Fundación, a galardonar "la labor científica, técnica, cultural, social y
humana realizada por personas, equipos de trabajo o instituciones en el
ámbito internacional". Dentro de este espíritu, el Premio Príncipe de
Asturias de las Letras "será concedido a la persona, grupo de trabajo o
institución cuya labor creadora o de investigación represente una
contribución relevante a la cultura universal en los campos de la Literatura
o de la Lingüística".
En esta edición concurrían un total de 35 candidaturas procedentes de
Bolivia, Cuba, Estados Unidos, Francia, India, Italia, México, Perú,
Portugal, República Checa, Rumania, Sudáfrica, Suecia, Turquía, Venezuela y
España.
Este ha sido el primero de los ocho Premios Príncipe de Asturias concedidos
este año, en que cumplen su XXIV edición. En las próximas semanas se
fallarán los correspondientes a (por orden) Investigación Científica y
Técnica, Ciencias Sociales, Comunicación y Humanidades, Cooperación
Internacional y Artes. Los Premios Príncipe de Asturias de Concordia y
Deportes se fallarán el próximo mes de septiembre.
Cada uno de los Premios Príncipe de Asturias, concedidos por primera vez en
1981, está dotado con cincuenta mil euros, la escultura creada y donada
expresamente por Joan Miró para estos galardones, un diploma y una insignia
acreditativos. Los galardones serán entregados en otoño en Oviedo, en un
solemne acto presidido por S.A.R. el Príncipe de Asturias. |