| Con 38 películas realizadas, ahora se
dedica más que nada a la fotografía. Vive en el campo rodeado de cámaras,
viendo películas, escribiendo y negándose casi completamente a ver a nadie
que no sea su familia. En esta entrevista, cuenta sus comienzos, su pasión
por el baile y en particular el flamenco, y cómo ya tenía todo arreglado
para ser un joven fotógrafo de prensa con base en Cuba cuando surgió eso de
hacer películas. –¿Cómo
deja pasar el tiempo antes de comenzar una obra de arte?
–Para empezar, yo no creo en las obras de arte; perdóname, pero a estas
palabras tan grandes les tengo un poco de terror. Creo que todas las cosas
que hago confluyen en algo que está por encima de todo, que es hacer una
película. Mis aficiones musicales, fotográficas, la escritura, la lectura,
incluso el ocio, pues yo soy muy dado al ocio, desconecto los teléfonos, me
tiro en el sofá y veo una película..., pues todo eso que me ocurre es para
que luego yo haga mi propia película... El tiempo transcurre hasta que me
sale el cine.
–¿Y de dónde viene esa dispersión de imágenes, de dedicaciones?
–No tengo ni idea; creo que me viene ya desde muy joven. Pero siempre la
imagen ha sido la base de todo. Por ejemplo, yo empecé a estudiar ingeniería
porque me gustaban mucho las motos, incluso dirigí una fábrica de motos
durante un año, también dirigí una imprenta; yo he sido muchas cosas, he
querido incluso ser bailaor flamenco, pero al final lo que ha modificado mi
vida y la ha hecho ha sido la imagen.
–Es raro que el cine, que es tan fugaz, haya sido lo que le ha dado
consistencia a esa dispersión.
–De todas las cosas que hago, la única que me da momentos de paranoia es el
cine, durante los meses de rodaje sobre todo. Porque los meses de la
escritura del guión es como si estuvieras escribiendo una novela: la
diferencia es que tienes que escribir imágenes, aunque no siempre, porque
también escribes estados de ánimo. En el cine todo confluye: en el período
de rodaje no sé dónde vivo, y cuando acaba no me acuerdo de cómo lo he
vivido.
–¿Y en ese período sólo es usted director de cine?
–Sólo, no puedo hacer otra cosa. Hago algunas fotos, pero ni eso.
–¿El primer Saura fue el más escritor?
–No, quizá el que menos. Creo que me interesaban otras cosas. Mi primera
película fue Los golfos, en 1959, y era casi un documental sobre unos chicos
que llegan a Madrid. Y era casi un documental porque yo me sentía más en el
terreno documental que en el de ficción. Yo quería meterme en la ficción; al
principio no sabía cómo, escribir me daba terror. ¿Cómo escribo un guión? Al
principio trabajé mucho con colaboradores como Rafael Azcona. Hasta Cría
cuervos (1975), que fue la primera película que hice solo. No quería
apoyarme en nadie, quería ir sin muletas; tuve mucha suerte, fue una
película muy exitosa y eso me permitió hacer otras. Creo que son más mías
las películas que voy haciendo ahora. Entonces me interesaban cosas como,
por ejemplo, cómo era la sociedad española; qué pasaba con la religión, con
el sexo, con la política, con los militares... De alguna manera, estaba más
preocupado por cambiar este país, y esa preocupación ahora no la tengo...
–Año 1959, Los golfos. No es un año inocente. Por ahí están Jesús Fernández
Santos, se consagra la obra de Ignacio Aldecoa, hay un movimiento alrededor
de las revueltas de 1956.
–Pero estás hablando de amigos. Yo me reunía con ellos en el Comercial o en
el Gijón. Estaban Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, Ignacio y Josefina
Aldecoa, Rafael Azcona, Carmiña Martín Gaite. Aparecía también Mario Camus o
el mismo Angel Fernández-Santos, que es ahora crítico de cine de El País y
que quería ser escritor. Yo nunca había ido a las tertulias, pero a ésas sí
fui porque me enriquecían; pero claro, ellos hablaban de cosas que yo no
dominaba, de literatura sobre todo...
–¿Qué imagen tiene de ese tiempo?
–Tengo una imagen dolorosa y buena al mismo tiempo. Buena en el sentido de
que la gente era muy maja, muy simpática, con muchas ganas de cambiar el
país. Pero también muy triste porque no hallaban la manera de hacerlo.
Recuerdo que cuando Jesús Fernández Santos publicó Los bravos le pagaron una
miseria, no podía vivir nadie de escribir. Había que vivir de otras cosas. Y
publicar una novela –cosa que ahora hace cualquiera– era dificilísimo...
–¿Y una imagen tangible, inolvidable?
–Yo llegué tarde a todo, es una sensación desconcertante. Siempre estuve
aprendiendo. Tuve muchos problemas: algunas películas no se podían hacer, y
estaba años paralizado. Malvivía. Estuve a punto de marcharme a hacer cine a
otra parte. Era una época de grandes indecisiones, queríamos hacer y no
conseguíamos nada, no se podía hablar de nada; eso era lo que nos
angustiaba, no poder hablar de lo que nos preocupaba de nuestro país... La
imagen del silencio, acaso ésa es la imagen.
–¿Cuál fue el chispazo que lo hizo director de cine?
–Yo llegué al cine un poco de casualidad. Desde la fotografía. Empecé como
fotógrafo a los veinte años, más o menos. Hacía, por ejemplo, los Festivales
de Música y Danza de Granada. Estaba preparando un libro sobre España, del
que se hizo una exposición que estuvo en Barcelona, en Francia, incluso en
Rusia. Me acuerdo que era 1952 y mi hermano Antonio me dijo: “¿Y tú por qué
no te matriculas en la Escuela de Cine?”. Yo estaba en periodismo, pero no
podía con él, sobre todo con un profesor falangista con el que me encaré.
Había visto muchas películas de pequeño, pero nunca pensé en hacer cine.
Para mi gran sorpresa aprobé con una nota buenísima, todo porque sabía de
fotografía. Allí, en esa escuela, hallé mi destino.
–Pronto lo adoptó la intelectualidad de la época como la gran promesa del
cine español. ¿Fue el niño mimado?
–Ya, pero eso fue más tarde. Los golfos tuvo muy buenas críticas fuera de
España, aquí no le hicieron caso. Fue seleccionada en Cannes, tuvo
excelentes comentarios en Francia. Aquí le cortaron diez minutos, la
machacaron, y durante un tiempo muy largo no pude hacer nada. Me tuve que
guardar un guión, que me gustaba mucho, de Mario Camus, sobre un relato de
Daniel Sueiro, El regreso, acerca de un hombre que regresa del exilio con un
permiso para ver a su familia en Cuenca. En el texto de Sueiro se evidencian
los rencores que había en aquella época de España. La prohibieron
totalmente, y estuve tres o cuatro años paralizado. Tuve que hacer una
película horrible, un encargo, Llanto por un bandido (1963). Sólo después de
unos años hice La caza (1965); no la quería asumir ningún productor, hasta
que Elías Querejeta adoptó la idea y la produjo conmigo. A partir de ahí, la
cosa fue más fácil. Pero nada fue tan rápido como se imagina hoy.
–¿Cuál fue su gran momento como director?
–El de La caza. La hicimos en cuatro semanas, con cuatro actores, sin focos
y sin nada, en Aranjuez y en pleno verano; es una de esas películas heroicas
que al final salen bien. Y si llega a salir mal no sé qué hubiera pasado. La
salida habría sido irse a Cuba y estuve a punto de marcharme.
–Le ofrecieron trabajo de fotógrafo...
–Eso lo tenía asegurado, incluso me lo ofreció Paris-Match. Hubiera tenido
una carrera como fotógrafo bastante decente. Pero yo quería ser director de
cine. Al principio pensé que sólo servía para documentales...
–En ¡Ay, Carmela! trata la guerra, que estalla cuando usted es un niño; es
un suceso que aparece también en La prima Angélica, en El jardín de las
delicias, en La caza y en Pajarico (1997) al fin aborda su infancia.
–Sí, pero otra infancia, no es la de la guerra. Yo soy aragonés, mi madre es
aragonesa, mi padre era murciano; el contraste era tremendo. Mi familia
aragonesa era muy cariñosa, pero muy puritana, apostólica y romana. Cuando
acabó la guerra, con mi padre habíamos hecho el recorrido: Madrid, Valencia,
Barcelona. El había sido secretario del ministro de Finanzas. El final de la
guerra consolidó para nosotros el desastre; sus recuerdos han sido muy
fuertes y yo los he conservado, aparecen de vez en cuando, como en esa
película. Y están en mi novela, Esa luz, que es de alguna manera el
testimonio de lo que nunca he podido decir en el cine, excepto en ¡Ay,
Carmela!
–¿Cuál es la imagen de la guerra que no se pueda decir ni en cine ni en
literatura, al menos todavía?
–Sí se puede decir, pero no se podía decir cuando quise decirla. Yo quería
hacer una película sobre la Guerra Civil Española y no me dejaron hacerla.
Las imágenes que yo tengo de la guerra están en mis películas. Por ejemplo,
en el inicio de La prima Angélica (1974) está el bombardeo de Barcelona que
yo presencié. Mi hermano y yo estábamos acostumbrados a los bombardeos en
Madrid; conocíamos si venían aviones, si eran rusos o no. Y recuerdo que
aquel día en aquel colegio, en la calle Aragón, en Barcelona, escuchábamos
los aviones, eran alemanes, y tratábamos de explicar que nos iban a
bombardear, y al final saltaron los cristales de las ventanas, y recuerdo a
una de las niñas con los cristales clavados y medio muerta. Hay imágenes que
quedan para siempre.
–Una imagen similar, aún más dramática, tenían los Goytisolo: en un
bombardeo así, los aviones mataron a su madre.
–Recuerdo que salimos corriendo una vez, huyendo de los bombardeos, y vimos
cómo se desplomaba la mitad de un edificio en la calle Muntaner.
–También ha hecho usted películas sobre la violencia, cómo los hombres son
capaces de matar a los hombres. El séptimo día (2004) fue la última.
–Es que es algo que me preocupa mucho. Aparece ya en La caza y ahora en El
séptimo día. La violencia es algo terrible y conduce al desastre, como la
muerte. Creo que ni la violencia ni la muerte se pueden tratar con
frivolidad. Por ejemplo, yo no puedo ver las películas que hace una persona
tan inteligente como Tarantino; sé el juego que lleva, pero no lo puedo
aceptar. A mí la muerte me parece un tema muy serio; no se puede hacer
apología de la muerte, no se puede matar impunemente. Por eso, cuando trato
el tema de la muerte en mis películas, intento que ésta esté justificada,
que la violencia no sea algo gratuito.
–¿Qué otras cosas le dejó la Guerra Civil?
–Era muy niño, el impacto era muy grande y tú no podías racionalizarlo.
Incluso había momentos en que la guerra era un espectáculo: vivíamos en la
calle Verdi, y desde allí veíamos el puerto, cuando había bombardeos, y
veíamos aparecer los aviones, como en un espectáculo. No íbamos al refugio,
mi madre siempre se negó a ir a un refugio. Decía que moriría en casa, si
había bombardeos.
–Sus retratos tienen vocación de diario, como si quisiera fijar el paso del
tiempo.
–No es exactamente eso. Por cierto, no te he contestado antes sobre Pajarico.
Había muchas diferencias entre mi familia aragonesa y mi familia murciana,
había sobriedad por un lado y sensualidad y alegría por otro. Los hermanos
de mi padre vivían en Murcia, uno era sastre y otro era médico, y ambos eran
muy peculiares; de algún modo aparecen en Pajarico. Yo recuerdo a mi tía
Lola, que pesaba 120 kilos, enorme, siempre sentada en su gran sillón:
cuando le llevaban algún nieto, le bajaba los calzones o las bragas y le
mordía el culo. Y el niño lloraba.
–Esa es Mamá cumple cien años...
–Bueno, está todo mezclado... Participo de esas dos corrientes: la
aragonesa, más puritana, más religiosa, y la murciana, la sexualidad y el
puro cachondeo...
–Suele hablar del pasado en presente, como en los guiones. ¿Y cómo es su
presente verdadero?
–A mí me gusta encerrarme, soy un solitario. Me gusta la compañía, pero no
la compañía obligada: la que me respete la soledad. Algo que he conseguido
es un recinto dentro de mis casas sólo para mí, porque yo trabajo en casa,
no lo hago fuera sino cuando ruedo. Las mujeres que he tenido han querido
cambiar mis casas y lo han conseguido excepto con mi cuarto; ahí no entra
nadie. Ese es mi recinto y ahí estoy, y estoy encantado de la vida. Viajo,
siempre que tengo oportunidad. Dentro de unos días me voy a Shanghai; me
apetece mucho, no he ido nunca a China; pero luego vuelvo aquí, a encerrarme
en mi cuarto, a escribir, a oír música o a tocarme las narices.
–¿Y cómo hace esos viajes?
–A veces con Lali (Eulalia Ramón) o con quien sea, y muchas veces solo. A
veces Lali tiene obligaciones, la niña... Me lleva a viajar la curiosidad,
ver lo que pasa por ahí, y la curiosidad fotográfica: siempre me llevo una
máquina, por si acaso.
–Usted ha hecho 38 películas. ¿Con algunas de sus imágenes se puede hacer su
autobiografía?
–Yo no la haría nunca. He manipulado lo que ha sucedido, y también lo que me
ha sucedido. Me gusta modificar las cosas. Te obliga a tener la cabeza más
fresca y a no relatar lo que estás viendo: eso ya lo tienes. Hace unos años
me hicieron un homenaje en Hollywood: un profesor reunió secuencias
completas de mis películas; duraba casi tres horas y tenía esa pretensión.
No, no lo haría nunca. Lo que sí haría es una autofotobiografía, por
llamarla así. Yo creo que la fotografía es un gran misterio. Tú haces una
foto y automáticamente esa foto ha pasado, y eso es algo muy tremendo. Es un
testimonio inmediato de un pasado. A veces veo una fotografía y
automáticamente sé qué hacía en aquel momento. La fotografía ha cambiado al
ser humano, porque lo ha obligado de alguna manera a verse a sí mismo; a ver
los lugares, las ciudades, las personas. Es una información que el hombre
nunca tuvo hasta que ha aparecido la fotografía.
–Su obra y sus obsesiones están marcadas por el paso del tiempo.
–El paso del tiempo y sobre todo la memoria. El juego de la memoria, las
imágenes. Me ha interesado mucho, y además creo que ese mundo me lo
descubrió Luis Buñuel. La gente piensa en Buñuel como en un surrealista,
pero hablando con él enseguida te dabas cuenta de que era en realidad el
puente entre un pasado del ideario español y la modernidad. Me enseñó el
juego del intercambio de personalidades, que está en Cervantes. Eso me ha
interesado mucho; por eso en mis películas casi nunca se narran las cosas
directamente, sino indirectamente, y no siempre por la censura, sino porque
a mí me parece que es el recurso narrativo que puedo utilizar, porque es más
enriquecedor, e incluso más interesante.
–¿No se siente un bicho raro en el cine español de ahora?
–Un bicho raro, no, pero sí un bicho aislado; eso lo he sido siempre. Y eso
me ha gustado mucho. Creo que siempre lo he fomentado. Tengo amigos
directores, pero pocos. Incluso cuando me han atacado, he permanecido al
margen.
–¿Cómo le afecta cuando lo atacan?
–En el momento en que haces una película y te dicen que eres un imbécil, te
afecta mucho. Entonces tienes unas ganas tremendas de decirle a esa persona
que el imbécil es él. Pero no lo haces. Nunca he contestado a los críticos.
Lo ideal para mí sería desaparecer una vez terminada la película, pero los
productores no quieren.
–¿Qué sorpresas se ha llevado en el cine en los últimos tiempos?
–Veo una película cada día, pero en casa no voy al cine. Muchas películas
que yo recordaba maravillosas las he dejado de ver para no darme cuenta de
que ya no son tan maravillosas. Hay que tener mucho cuidado con lo que se ve
de nuevo, o con lo que relees; tienes recuerdos maravillosos de novelas y
luego llegas a la conclusión de que la imaginación te llevó más allá de lo
que habías leído.
–Pasa con las personas también.
–Pasará con todo, me imagino. A mí, el único que me impactó fue Borges. Es
el único escritor que releo, y siempre me sugiere cosas, me estimula.
–¿Le ha sucedido con algún director?
–Seguro que sí. Ahora tendría dificultades para decirlo. Quizá el primer
caso de estímulo decisivo sería Buñuel, pero simplemente porque estaba muy
cerca de él. Y me he sentido muy próximo a él, y él muy próximo a mí. A mí
me trataba como a su hijo. Y luego he visto películas maravillosas que me
hubiera gustado hacer a mí.
–¿Qué lo cautivó de Buñuel?
–Yo necesitaba contar algo en el cine español que no encontraba; me gustaba
mucho el cine de Bardem y Berlanga, pero no era lo que yo quería hacer, y
entonces descubrí que el cine que quería hacer era el de Buñuel. Ese mundo
de la memoria, del juego, de las dobles personalidades. Cuando iba, de muy
joven, a la Cinemateca Francesa en París, a ver películas de Buñuel, la
gente me mandaba callar porque reía a destiempo, como otros que también eran
españoles.
–La impresión que usted da es muy distinta a la que se tiene. Ahí, con esos
bolígrafos en la camisa, esos bolsillos de explorador, las gafas dentro de
un estuche de colorines. Parece usted un poco adolescente todavía.
–Sí, eso es bueno. Por ahí piensan que soy un hijo de Satanás, un tipo muy
raro. A mí me encanta que me dejen en paz.
–¿Sabe usted bailar?
–Bailo muy bien, ya bailaba de joven; soy un bailón, pero con cierto
respeto. Cuando fui a la Argentina, a hacer Tango, yo lo bailaba a lo
Bertolucci: palante y patrás. Llegué allí y me dijeron: “Mejor no bailes”.
Es como con las sevillanas, que uno cree que es ponerse a bailar y ya está.
Bailar sevillanas es dificilísimo.
–Uno de sus temas es la muerte. ¿Cómo se enfrenta a ella?
–Ya me he enfrentado. A mí me gusta no enfrentarme. Hago películas para
posponerla. Todo lo que hacemos es para conjurarla.
–¿Y la de los cercanos? La de su hermano Antonio Saura.
–Con cierta resignación. Con una gran tristeza. De niños nos matábamos a
bofetada limpia, pero nos buscábamos siempre. Con la madurez nos llevábamos
mejor. Trabajamos mucho en muchas cosas, hicimos dos Carmen, disfrutamos
mucho juntos. Era una persona estupenda, muy sabia. Muy majo, muy suyo.
–Dice usted que la felicidad no existe...
–Es un instante. Tiene más interés no ser tan feliz, pero que dure más la
sensación de felicidad... Lo importante es el equilibrio: que te guste lo
que haces, lo que te da de comer, tener una familia agradable..., eso es más
importante que la felicidad. El equilibrio.
–¿Está usted en el equilibrio?
–Estoy en un equilibrio desequilibrado.
–¿Cuál sería su estado de ánimo ahora?
–Ni puta idea. Estoy aquí contigo, hablando
Conversando con Carlos Saura
Jennice
Fuentes
Si la pasión es la fuente eterna de juventud, Carlos
Saura, el sextagenario director de cine español, será jóven por largo rato.
Su agilidad mental, su desenfado al hablar, su franqueza y sinceridad de
espíritu, su gran sentido del humor y su dedicación al séptimo arte, hacen
de Carlos Saura un talento único en su clase.
A través de su exitosa carrera de más de cinco décadas,
Saura continúa evolucionando artísticamente, variando y alternando sus
proyectos entre dramas y músicales pero esencialmente utilizando el cine
como el punto convergente dónde desenvocan todas sus inquitudes artísticas.
“Esa fusión de música, danza...con la cámara produce un fenómeno nuevo que
solamente el cine puede procurar. Como trabajo es estupendo el poder
conciliar tantas cosas que a uno le gustan...la música, la lectura, la
fotógrafia, la danza, el teatro, la Opera. Todo. ¡En el cine está todo!”,
confiesa Saura con gran entusiasmo.
A pesar de su merecida fama, Saura se describe a sí mismo
como un amateur. “No me gusta nada la palabra profesional. Soy amateur del
cine...de la fotografía...siento profundamente y trato de rodearme de los
mejores expertos”. Lo que si está muy claro es que Saura es un amante de los
músicales y actualmente se encuentra promoviendo su sexto y más reciente
musical, un documental sobre el tango titulado nada más y nada menos que
“Tango” y el cual figura como una de las cinco nominaciones para mejor
película extranjera este año.
Como típico hombe apasionado, aún si describe a sí mismo
como apasionado “por temporadas”, Saura describe su admiración por el Tango
como si este fuera una mujer, “es una relación sentimental de hace
muchisímos años. El ritmo músical es extraordinario, un ritmo que no pasa
por el tiempo.”
Es precisamente a causa de esta película que Saura se
mantiene viajando a los Estados Unidos con gran regularidad durante esta
temporada. Saura seguirá viniendo a Los Angeles para promover su última
película, “Tango”, la cual es una producción Argentina y será distribuída
por Sony Pictures Classics en Marzo en los Estados Unidos (“Tango” también
se estrenó limitidamente en Los Angeles durante el mes de diciembre para que
pudiera calificar para el certamen de los Oscares.) ¿Posibilidades? La
película fué nominada por el Hollywood Foreign Press Association para los
Golden Globes como Mejor Película Extranjera este año, y aunque no ganó (el
premio fué para Central do Brasil), los Oscares son capítulo aparte.
Indiscutiblemente, “Tango” es una película bellísima. Fué fotografiada por
el cinematógrafo Vittorio Storaro en su tercera colaboración con Saura. Por
otra parte, la música, calificada de espectacular, fue compuesta por el
famoso compositor argentino, Lalo Schiffrin.
¿Como se siente Saura ante toda esta espectativa? Aunque
Saura está dispuesto a participar en concursos y festivales...Saura
manifiesta total desinterés en cuanto a premios se refiere. “Vanidad de
Vanidades. Cuando uno gana un premio está muy bien pero cuando a uno no se
lo dan, es un disgusto...es lógico, no?” Además, en este caso también existe
un toque de controversia por tratarse de una película que representa a
Argentina , pero que está dirigida por un español. ¿Que dice al respecto?
Saura dice mantenerse al margen de cualquier polémica y añade que esta
procurando en España la posibilidad de olvidar “estos chauvinismos” los
cuales el encuentra “muy provincianos” y añade: “Deberiamos hacer un frente
común y que no hubiera estas barreras absurdas...yo estoy en contra de todo
lo que supone barreras o algún tipo de limitación. Ese problema no puedo
entenderlo nunca”.
“Tango” es un relato de dos historias paralelas. Por una
parte esta la filmación de un documental sobre el Tango que intenta relatar
pasajes de la historia de la Argentina. Por otra parte y de trasfondo a la
filmación del documental se encuentra la vida del protagonista de la
película y director del documental, Mario Suárez (el actor Argentino Miguel
Angel Sola), quien atraviesa una crisis existencial. Abandonado por su
esposa Laura (la bailarina argentina Cecilia Narova), Mario encuentra
refugio en su trabajo, mudándose al estudio dónde se esta rodando el
documental. Mientras filma el documental conoce y se enamora de una jóven
actriz y bailarina, Elena (Mia Maestro), mucho más jóven que él.
Curiosamente, para el rol principal de Mario se llegó a considerar a Robert
Duvall y Andy García, lo cual el mismo Saura relata “hubiera cambiado mucho
la estructura del rol” aunque asegura que Sola “está mágnifico e hizo un rol
fantástico”.
Según Saura, el rol principal tiene matices
autobiográficos, aún si el romance haya sido imaginario. Por eso, no es
sorprendente escuchar su opinión sobre las relaciones entre un hombre mayor
y una mujer de mucho más jóven. “Pues no sé, ...dependerá de los casos y de
las oportunidades que se presenten. Pero puede ser al revés. Una mujer
mayor,... ¿por qué no va a vivir con un chico jóven? En esas cosas yo soy
muy amplio. Yo creo que cada cual debe vivir su vida como quiere. Depende
claro. Hay relaciones que están basadas en muchas cosas, no solamente en el
sexo, aunque eso sea tan importante en las relaciones humanas”.
Según su propia cuenta, Saura se ha casado “por lo menos
dos veces”. Padre de siete hijos, Saura vive en las afueras de Madrid con su
actual compañera, la actriz Eulalia Ramón junto a la hija de ambos, Ana, de
cuatro años. Despues de seis varones, Ana es no sólo la más jóven sino la
única hija de Carlos Saura. “¡Por fin!, siempre he querido tener una hija y
por fin la he tenido. ¡Que trabajo!” añade jocosamente.
Saura es muy prágmatico sobre el deseo de sus hijos en
seguir los pasos de su padre. “¿Por qué no meterse en el cine? Es difícil
para un hijo que tenga un padre que trabaje en el cine y no seguir su
camino. Es muy difícil porque es una gran tentación ya que es un trabajo muy
atractivo y extraordinario”. Con gran orgullo añade que sus tres hijos
mayores ha seguido sus pasos y se desempeñan el diferentes areas de cine.
Contrariamente a lo que se ha publicado sobre él, Saura
nunca contrajo nupcias con la actriz Geraldine Chaplin, la primogénita del
ilustre actor de cine Charlie Chaplin y su cuarta y última esposa, Oona
O’Neill, la hija del dramaturgo Eugene O’Neill. La relación con Geraldine
Chaplin duró 12 años, produjo un hijo e inspiró nueve películas en poco más
de una década. Lo más “absurdo” de su larga relación y fructífera
colaboración con Chaplin es el hecho que habla muy mal el inglés. “Es una
cosa absurda. Viviendo con una inglesa por 12 años y no aprendí inglés — un
desastre”.
La falta de fluídez en el idioma no es lo que realmente se
interpone a que Saura llegue a realizar cine en los Estados Unidos. “Lo he
pensado mucho (rodar en los Estados Unidos)...muy despacio y he llegado a la
conclusión que para hacer una película aquí no se puede venir como turista.
Creo que para hacer una película aquí hay que vivir aquí, conocer de fondo
el país, las personas, la cultura”.
Aún si Saura decidiera mudarse a los Estados Unidos para
comprender mejor esta cultura (algo que definitivamente no está en los
planes inmediatos), el rígida estructura del sistema de estudios de cine
americanos podría sofocar el ánimo y su pasión por la libertad que
actualmente disfruta como director de cine. “Me gusta mucho trabajar con una
gran libertad. La posibilidad de poder cambiar las cosas — esa es una de las
razones por la cual escribo mis propios escenarios para tener esta libertad
y no depender de nadie.” Mientras llega el momento adecuado para que Saura
filme en los Estados Unidos, él se mantiene tan ocupado como siempre,
haciendo el montaje de un drama sobre Goya y planeando su próximo músical y
el cual probablemente sea dedicado a la música caribeña... Esto indica que
para su cumpleaños número 70, el gran director español estará bailando al
son del merengue
Francisco Rabal y Carlos
Saura
Rabal ha amanecido grave recitando a Lorca, prepara un
homenaje al poeta inmenso de su latitud. Saura se ha levantado eufórico;
mañana parte a Japón y esas cosas del viaje aún le gustan. Actor y director
estrenan vecindad en la Sierra de Madrid...
...Saura ha bajado de Collado Mediano a la nueva casa de
Rabal en Alpedrete. Despunta la mañana soleada en esta primavera precoz.
Huele a Murcia. Viene de la cocina. Un aroma a salsa murciana con arroz.
Salsa de la huerta, cebolletas, ajitos y pimientos sofritos. Los apetitos
despiertos. Rabal degusta a pequeños sorbos un barbadillo tempranero.
La gracia y la técnica no descansan, hablan y hablan,
tienen mucho que decirse. Rabal deja correr su anecdotario, siempre
renovado: memoria de elefante tiene. Y Saura regurgita sus recuerdos.
Rabal.-¿Te acuerdas cuando te
llevé por Andalucía en el mercedes descapotable?
Saura.-Sí, el comunista en mercedes. Hacíamos proselitismo, cabreando
al pueblo: "¡Ricos, cabrones...!".
P. R.-No, no, a mí me aplaudían. Tú me dijiste que debía llegar a
alcalde, por lo menos. ¿Y cuando vinimos aquí arriba a rodar la batalla de
Llanto por un bandido?
C. S.-Qué pena que la censura cortara aquellos siete minutos de
Buñuel matando a los bandidos a garrote vil. Ahora serían una reliquia.
P. R.-Qué mal actor era Buñuel, el peor. Entonces Rabal reproduce un
diálogo a dos voces, el maño genial redivivo.
Y Saura: "Menudo peluquín llevabas tú, y las chicas
querían quitártelo y te llevaban a la piscina"
P. R.-El pelo se me acabó a los 31.
Pregunta.-Todo empezó con Cuenca, principios de los sesenta, ¿cómo
han crecido?
P. R.-Carlos me dijo hace poco que me encontraba más ecléctico, ¿se
dice así?; que comprendía y perdonaba más, con la edad. Yo a él lo veo
afectivamente maduro.
C. S.-Más viejo, ¿no? Pero la vejez no es un mérito en sí.
P.-Dice Rabal -reciente
bisabuelo- que los actores, como el vino, a la madurez ganan.
C. S.-No pasa siempre, hay vinos que se agrian. Yo a Paco lo veo
todavía demasiado joven, tenemos tiempo para hacer nuestro Goya, estoy
seguro de que vamos a hacer esta película juntos.
P.-¿Por qué es tan importante
Murcia, si apenas tendrán recuerdos de su vida allí?
P. R.-Nací en un cerro junto a las minas, en la Cuesta de Gos, una
pedanía de Águilas, un grupo de casas de mineros y labradores, una rambla y
al frente el mar. Había pequeños oasis, huertos de limones y naranjas:
después de comer mi padre me mandaba al árbol. Me fui de allí a los seis
años, y volví durante la Guerra Civil. Ya no quedan vestigios de la casa,
pero mis recuerdos siguen siendo el azahar y el mineral, el plomo y la
pirita. Cuando empecé a ser conocido volví a Murcia, me llamaban para darme
homenajes, y ahora tengo una casa allí.
C. S.-La memoria es extraordinaria, yo puedo estar horas escuchando a
Paco. Esto que acaba de contar inmediatamente te transporta al lugar. Una de
las cosas que más me gusta de ti, Paco, es que después de haber viajado por
todo el mundo, has mantenido ese aire de pueblo. Hay muchos ejemplos así en
el arte nuestro, Picasso, Buñuel...
P. R.-Hoy he recibido 50 litros de aceite de Calanda. Uno de los
homenajes que más me ha emocionado fue la placa que me pusieron en el pueblo
de Buñuel.
SAURA."A mí me encanta la familia murciana, la del
sur, tan sensual, esas tías gordas que te quitaban el pantalón y te daban
un mordisco en el culo"
P.-¿El arraigo tiene que ver con la biografía o es anterior a la
vida, como un gen?
C. S.-Yo voy más lejos aún, hay paisajes que me parece que son míos y
no tienen nada que ver conmigo. Para mí, esta película es una deuda que
tenía con mi padre. Mi padre era muy muy murciano. Siempre quise hacer algo
sobre Levante, la luz, el calor, la siesta, las terrazas, el olor del
azahar... cosas que me han dejado un poso africano, que luego he
reencontrado hasta en la India, en Marruecos, en Argel. Es una imagen
recurrente. Esta película ha sido la liberación de aquellas imágenes.
P.-Dos enamorados de la luz,
trasterrados en la Sierra de Madrid, ¿el paisaje de Madrid es el cielo?
C. S.-Responde tú, Paco, que eres poeta.
P. R.-Yo he vivido mucho en la sierra. Primero en la Sierra Pobre
cuando mi padre trabajaba en el ferrocarril, luego en el maldito valle ese
de Los Caídos. Pero la luz es del Mediterráneo.
C. S.-Antes el cielo de Madrid era fantástico. Pero eso se ha
perdido, Madrid ha perdido el cielo. Algún día de esos de viento que barre
la contaminación, sí, lo descubrimos. En la Sierra aún existe, es un cielo
limpio con la luz dura, brutal, no hay más que sombra y sol, apenas hay
zonas de penumbra. Me gusta mucho esta luz.
P.-Rabal, dice Saura que los
actores son lo más maravilloso del cine, especie de dioses que hacen posible
la película, ¿eso se nota al trabajar con él?
P. R.-Claro, él respeta mucho a los actores. Y un actor tiene que
tener fe en el director. Si uno está mal en una película, es que el director
es malo.
P.-Saura, ¿los actores son
egoístas?
C. S.-Vamos a generalizar aunque sea mentira: son una raza aparte. Es
un trabajo extraño ese de desdoblarse y creerse que es verdad la ficción en
la que se meten. Eso que hace Paco, por ejemplo, de irse al campo si tiene
que interpretar a un campesino. Eso no lo hace una persona normal: hay algo
de querer convertirse en otro. La mayor parte de los actores son gente con
problemas, están cerca de ser neuróticos, perdona Paco, y mi experiencia es
que cuanto más neuróticos son, mejor lo hacen. Y cuando están sin trabajar
se angustian porque no les llaman. Es un trabajo terrorífico, de una gran
inseguridad.
P.-¿Y la literatura, qué es
para vosotros frente a este mundo multitudinario del cine, una especie de
refugio?
P. R.-A mí me distrae, escribo cosas muy sencillas, con cierta ironía
y ternura. Lo que sí hago es leer mucho, ahora acabo de leer un libro que te
recomiendo, Carlos, Completamente viernes, de Luis García Montero. Leo
mucho, cuando no trabajo, cuando nadie me llama, como después de la muerte
de Franco, qué curioso, porque todo el mundo quería hacer cine pornográfico
de ponerte desnudo. Yo leo muchísimo. También leo la prensa, pero me da
disgustos. Un café, golpazo al hígado, el periódico, otro golpazo.
C. S.-De joven iba a tertulias, era amigo de Luis Martín Santos, de
Ferlosio, de Carmen Martín Gaite. Me gustaba conocerlos y saber lo que
hablaban de literatura. Luego tuve que empezar a escribir mis guiones porque
los que leía no coincidían con mi personalidad. Así he descubierto el placer
de escribir en soledad, empezar una narración sin saber lo que es, que luego
me sirve para hacer cine. Es algo paralelo y mucho más tranquilo. El cine es
maravilloso, pero brutal. Para mí, el rodaje es una descarga fantástica, ver
cómo sale adelante algo completamente diferente a lo que había escrito. Creo
mucho en la improvisación. Yo, que soy un perfeccionista, creo mucho en la
imperfección, aunque parezca una contradicción.
P.-Eso de la perfección
imperfecta tiene que ver con la frase que tanto le gusta: crecer es insistir
en los propios errores.
C. S.-La digo a menudo, se la oí a Cortázar: "Insiste en tus errores
porque ésa es tu verdadera personalidad". Se aprende de los demás, pero el
desafío es ser tú a través de lo que haces. Yo soy perfeccionista en la
técnica. Me gusta ir preparado, pero dejando el margen de misterio que hay
en todo, cuando escribes, cuando ruedas, cuando pintas, y que depende de la
energía del momento, de la atmósfera, del entusiasmo, y por eso yo acepto la
imperfección.
P. R.-Como pasa con las mujeres, esa pequeña pequita, un diente
separado. Así se valora más la belleza. Los defectos la enriquecen: cierto
extravío de los ojos... (sonríe y los ojos se le llenan de agua y de luz).
RABAL."Yo les tenía miedo a mis tías, llegaban y te
daban un beso, hermoso, hermoso, hermoso, y te rompían la cara del beso,
aaaag..."
P.-Además del cine y la literatura, comparten una suerte de devoción
por las mujeres, ¿es una devoción decimonónica, la mujer el ser ideal, cómo
es? (Se ríen, los dos)
P. R.-La mujer es fundamental, desde el parto de la madre.
P.-¿La mujer es siempre la
madre?
P. R.-No siempre, mi experiencia con Asunción es que se ha ido
transformando en madre. Empezó siendo amante, luego compañera, luego hermana
y ahora ya es madre, absolutamente.
P.-Dice Saura que la relación
con una mujer tiene un principio y un fin, bien se le conoce a él su
experiencia personal.
C. S.-Desgraciadamente o por suerte es así. Yo he sido siempre
monógamo. Si una mujer me gusta me dejo transformar por ella, me he dejado
cambiar con gran satisfacción de forma de vivir.
P.-¿Qué opina Rabal, que ha
tenido una sola mujer, santa costumbre?
P. R.-Yo siempre he tenido la misma, y un solo domicilio, si he
cambiado es porque ella se ha empeñado, y le estoy muy agradecido.
P.-¿Tan sabias son las
mujeres?
P. R.-Los alemanes las tenían de consejeras de guerra, porque el
hombre da más vueltas. La mujer es más decidida.
C. S.-Yo creo que sí. He pasado de una educación religiosa, en que la
mujer era virgen e inaccesible, no era corpórea, no se la podía tocar: tenía
un misterio en su cuerpo que ocultaba. He pasado de eso a la vida actual y,
pese a que queda mucho remanente de aquello, hoy la mujer está cada vez más
próxima a una relación de compañero. El cambio ha sido tan vertiginoso que
yo no sé dónde me he quedado. Guardo reminiscencias de la mujer entendida
como algo completamente diferente al hombre, que está ahí arriba. Y luego
resulta que está ahí a tu lado. Yo me muevo en esa contradicción, no sé
Paco.
P. R.-Es curioso, yo que he sido muy prolijo, que he tenido cantidad
de novias incluso estando casado, cada vez estoy más arraigado a Asunción,
que ha sido la única mujer con la que he convivido. Mi educación ha sido
diferente, yo me he criado en la naturaleza, en lo rural, y la mujer y su
cuerpo eran algo natural, como hacer el amor con las cabras o las gallinas:
eso me ha dado más naturalidad.
P.-Hablemos de su infancia ya
que la recuerdan, infancia en una guerra.
P. R.-Yo tengo recuerdos vivos de los bombardeos, de los paseos, de
los cañonazos, de ver cómo a un hombre le volaba la cabeza, de tener a la
familia luchando, por la república, eh.
C. S.-Yo era un niño de cuatro años, pero siempre lo he recordado con
una precisión sorprendente. Tanta angustia...
P. R.-Miedo.
C. S.-Y aventura, para un niño. Me acuerdo del primer al último día.
De Madrid a Valencia y luego a Barcelona, el periplo del gobierno
republicano, porque mi padre era secretario del ministro de Finanzas.
P.-¿La infancia es siempre
cruel o puede ser un tiempo feliz?
P. R.-Yo tuve una infancia casi mísera, pero muy alegre. He pasado
hambre, frío, pero siempre hemos sido muy felices. Lo que recuerdo con
angustia es el día de la victoria: los vecinos levantando el brazo, arriba
España. Yo tenía una boina con dos insignias que me había dado mi hermano,
una del Partido Comunista y otra de la república. Y desde los camiones:
"¡Chaval, levanta el brazo!, ¡Arriba España!" Y yo: "¡No me da la gana, hijo
puta!".
P.-¿De ahí les viene el
enorme arraigo a la familia?
P. R.-Yo soy muy de mis hermanos.
C. S.-Con la familia tengo una relación muy ambigua. Creo que esa
familia española unida y hermética es peligrosísima, es la madre de las
corruptelas: del sobrino que viene del pueblo y te pide, tío, a ver si me
colocas. A mí me encanta la familia murciana, la del sur, tan sensual, esas
tías gordas que te quitaban el pantalón y te daban un mordisco en el culo:
ah qué culo tiene este niño, y el pobre niño aaaaah...
P. R.-Yo tenía miedo a mis tías, llegaban y te daban un beso,
hermoso, hermoso, hermoso, y te rompían la cara del beso, aaaag...
C. S.-Sí, y tu venías de Madrid y te quedabas espantado. Y aquellas
mujeres blancas y gordas eran el ideal: qué muslamen.
P.-Esa sensualidad femenina
que tanto les motiva ¿es eso el temblor de la belleza que hace merecer la
pena estar vivo?
C. S.-El horror y la belleza están en todas partes. Yo tengo dudas de
que el hombre sea bueno y también de que sea malo: depende mucho de las
circunstancias. La belleza, como todo, hay que cultivarla y estimularla. Hay
alguna belleza espontánea: un atardecer, una imagen que aparece en tu cabeza
y no sabes por qué, y esto puede suceder hasta en medio del horror.
P.-¿Es ése el mensaje
optimista de Pajarico?
C. S.-El mensaje de Pajarico yo creo que está en el personaje de
Paco. Hay algo en él que me gustaría hacerlo mío, que es la aceptación de la
vida en todas sus dimensiones, hasta en la hora de la muerte. Deberíamos ser
así, ¿verdad? Ese final tan rápido quiere decir: la muerte forma parte de la
vida.
P.-Es una muerte
esperanzadora: plácida, sin aspavientos, rodeado de amor: murió como un
pajarito, que dicen.
P. R.-Eso se dice mucho en Murcia: murió como un pajarico.
C. S.-¿Tú sabes Paco que los ricos de Murcia vienen de Aragón? Al
parecer los de Aragón estuvieron en Murcia.
P.-Ah, por eso los murcianos
son tan raros.
P. R.-¿Raros? Amamos pasionalmente. También hay muchísimo suicidio.
Recuerdo un muchacho que cuatro días antes de casarse se colgó de una
higuera, yo tenía cinco años. Y a los tres días se ahorcó la novia, con la
soga de la cabra. A partir de entonces, cuando mi madre venía a reñirme, me
ponía la cuerda.
P.-Vaya con el niño, ¿habían
hablado antes sobre esta muerte plácida?
C. S.-Mira, a mí me daba no sé qué entregarle el guión a Paco, a ver
si iba a creer que yo pienso que está mayor. Es delicado darle a un actor un
papel en el que muere. Paco y yo acordamos hacerlo lo más sencillo posible.
Pero es verdad que a mí también me impresionó mucho.
P.-Es casi bonita.
P. R.-Yo había estado comiendo allí con unos pescadores y justo antes
de rodar me llamasteis: fui, me senté en la silla y aaaag... (Y don
Francisco sobre su silla reproduce el estertor de una muerte, estertor
dulce)
Entrevista a Carlos Saura
Carlos Reviriego
“El ser humano sigue matando
para defender su jardín”
Muerte,
odio, amor. Carlos Saura vuelve a la España profunda –¿o no tan profunda?–
con El séptimo día, su nueva película, basada en la matanza
perpetrada en la localidad extremeña de Puerto Hurraco en 1999.
Protagonizada, entre otros, por Victoria Abril, Juan Diego y José Luis
Gómez, la historia indaga en el interior del ser humano, su inclinación
antropológica hacia el mal y su obsesión por la territorialidad. El director
de Los golfos, La Caza y Deprisa, deprisa ha hablado con El
Cultural sobre los pormenores del rodaje, sobre la construcción y definición
de los personajes y sobre su relación con el escritor Ray Loriga, guionista
de la película, con el que ha fundido su talento.
Amable en el trato y esquivo en sus
respuestas, quizá porque hablar de sí mismo no le motiva demasiado, Carlos
Saura (Huesca, 1932) se aviene a reclamar cierto derecho al buen gusto
cuando de la muerte se trata: “He trabajado mucho con la violencia y la
muerte, y siempre desde el respeto. La muerte es algo muy serio como para
hacer de ella una banalidad”. Eternamente enfangado en mil y una historias,
mil y un proyectos –“y yo en medio tratando de organizar mi vida”, musita–,
venía rumiando desde el estreno de Salomé cuál de las tres carpetas
que tenía sobre la mesa iba a convertirse en su trigésimo segunda película.
Fue a caer en sus manos el guión escrito por Ray Loriga sobre la matanza de
Puerto Hurraco (Extremadura) acontecida en 1990 y le bastó leerlo para que
la necesidad de llevarlo a la pantalla se impusiera.
–Lo cierto es que estaba todo ahí dentro. Ciertas metáforas venían a resumir
muchos conceptos que siempre me han interesado, las pasiones en juego tenían
una resonancia, aunque lejana, de la Guerra Civil, de las Españas
enfrentadas, de tópicos que me parecieron muy pertinentes para hablar, una
vez más, sobre la muerte. Me planteé la película como un ejercicio sobre la
violencia, una investigación sobre cómo el hombre puede llegar a matar, por
qué caminos distintos se llega hasta eso.
Todo encajaba: pasiones, venganzas, la España negra, la violencia, la
muerte… El Carlos Saura más eterno y más realista, aquel que dirigió Los
golfos (1959), La Caza (1965) y Deprisa, deprisa (1980),
quedaba resumido en la crónica de tres décadas de odios y rencores que
alimentaron a las familias Izquierdo/Cabanillas, dando lugar a uno de los
crímenes múltiples más espeluznantes que han sembrado las páginas de sucesos
de la prensa española. Siempre con el permiso del concejal extremeño de
Cultura, Francisco Muñoz, quien se opuso al proyecto con descalificaciones,
estaba claro que El séptimo día iba a ser su próximo desafío.
La labor del guión
–Excepto en dos ocasiones, usted ha intervenido en todos los guiones que ha
dirigido. ¿Ha sido muy escrupuloso con el de Ray Loriga?
–El propio Loriga vendió el guión a Andrés Vicente Gómez exigiendo que la
dirigiera yo. Acepté la invitación con la condición de que pudiera tener las
manos libres para crear a partir de lo escrito. Yo invento sobre la marcha,
me gusta cambiar muchas cosas en el rodaje y necesito esa libertad para
trabajar. Lo primero que hice fue sustituir los nombres y situar la historia
en otro lugar, porque no quería rodar una suerte de “documental” sobre los
crímenes de Puerto Hurraco. Me inspiré en ellos y los sucesos que relato son
exactamente los mismos, pero los personajes y el paisaje que les rodea son
otros. Mi película transcurre dos años después de los hechos reales y en
otro lugar sin nombre que puede ser cualquier pueblo de España.
–Ha rodado en Segovia un paisaje que desde el primer plano ya es uno de los
protagonistas de la tragedia. Aparte del contenido atmosférico que aporta a
la historia, ¿responde a una preocupación estética?
–Nunca me he esforzado por hacer una película hermosa… soy fotógrafo y no me
preocupo por eso, porque la estética, la belleza si quiere, me resulta fácil
de encontrar… aunque creo que sé a lo que se refiere. Quería que el paisaje
tuviera una importancia fundamental, que estuviera injertado en los
personajes y en los objetos que manejan. Eso es muy importante en el cine.
Sugerir y mostrar su entorno, su relación con los objetos que les rodean, es
tan importante como construir los propios personajes. Todas las personas son
como son por una razón.
–¿Las razones de los personajes dónde habría que buscarlas?
–Bueno… esa es la pregunta peliaguda. La que seguramente se haría Ray Loriga
mientras se documentaba y la que me he hecho yo durante todo el proceso de
la película. Del dossier que me dio Loriga se coligen muchas
contradicciones. La causa original, como siempre, parece que fue una lucha
de tierras. Esa fue también la decisión judicial. En la pugna territorial
empiezan todos los males y todas las guerras… es como algo animalesco en el
hombre. Lo vemos en los documentales sobre fauna, cómo las especies se comen
unas a otras para conservar su territorio. Y el ser humano no consigue
librarse de esa herencia antropológica, sigue matando en defensa de su
espacio y su jardín, de su patria, de su religión, de su amor… en defensa de
conceptos.
Da la sensación, sin embargo, de que la película apunta como causa primaria
una ruptura sentimental entre dos miembros de las familias Fuentes
(Izquierdo) y Jiménez (Cabanillas). Contada desde el punto de vista de la
adolescente Isabel Jiménez, una víctima colateral que trata de averiguar el
verdadero origen del enfrentamiento de sus familias, descubre que todo se
debe a un antiguo amor no correspondido. El de Luciana Izquierdo (Victoria
Abril), quien aferrada a su traje de boda inmaculado exige venganza a sus
hermanos. Un navajazo a la caída del sol y una víctima de los Jiménez, un
incendio y un cadáver de los Fuentes, y el odio que se arrastra durante
treinta años hasta que se precipita a un vacío de nueve víctimas inocentes.
No se pueden obviar las resonancias bíblicas de El séptimo día.
Una cadena de vendettas
–¿Sería el amor la génesis del odio?
–Es algo que también estaba apuntado, existió una historia de desamor entre
ambas familias que pudo estar en el origen. Está planteada la historia de
Ángela, en el filme Luciana, que se enamora de un chico de la otra familia,
éste la abandona y ahí comienzan la cadena de vendettas. Es algo que
ocurrió, son hechos consumados.
–¿Cree que la “familia Jiménez”, (formada por Juan Diego, Victoria Abril,
José Luis Gómez y Eulalia Ramón), representan el mal en su estado más puro?
–Son una especie de bárbaros, anclados en una época primitiva. Desde que la
madre de los cuatro hermanos murió en un incendio provocado, que nunca se
aclaró pero que ellos imputaron a los Jiménez, responden a unos
comportamientos incivilizados y paranoides, borrachos de sangre y venganza.
Resuelven las cosas a su manera, fuera de la ley.
La España profunda
–¿Pertenecen a eso que llamamos la España profunda?
–O no tan profunda… hay que tener cuidado con la terminología que se maneja
porque hay mucha gente así en España, mucha más de la que imaginamos, y
además está muy olvidada. No sé si representan el mal, aunque sí una forma
muy peligrosa de vivir. Lo hemos vivido en el rodaje. Estábamos rodando en
una parcela y vino un señor con una piedra muy dispuesto a matar a un
miembro del equipo. Era una parcela pequeña, y además teníamos permiso para
rodar allí, pero se creó una situación muy peligrosa porque el hombre sintió
que invadíamos su propiedad.
–También apunta causas de tipo esquizoide. Es una familia que oye ruidos en
su cabeza… ¿hasta qué punto responde a la verdad?
–Me gustaba la idea de que esta familia estaba cercana a un tipo de
enfermedad, una epilepsia o algo así. En los textos que manejaba Ray se
hacía mención a que oían unos ruidos en su cabeza y que se contagiaban de
unos a otros, de ahí esa escena en la casa, que quizá parezca forzada, pero
que me pareció muy pertinente. Tal como yo he visto a esta familia en la
película, son unos hermanos que tienen una relación muy extraña, puede que
hasta sean amantes entre ellos. De alguna manera, existe una justificación
terrible a sus actos, siempre teniendo en cuenta que están convencidos de
que la otra familia quemó viva a su madre. Su venganza es hasta cierto punto
entendible.
–A usted le entristece que su cine sea más apreciado fuera de España que en
su propio país. ¿A la hora de escoger el proyecto, pasó por su cabeza que
esta historia, al hablar de nosotros mismos, pudiera tener una mayor
aceptación en España?
–No es algo que pasa por mi cabeza. Yo siempre hago la película que quiero,
porque hago las películas para mí, aunque quizá es algo que no debería
decir. Es cierto que esta historia, a pesar de su carácter universal, habla
en primera instancia de nuestro país, es casi como una metáfora de la Guerra
Civil. Sólo trato de ser sensato y organizar mis ideas, porque lo cierto es
que hasta que no termino la película no sé realmente qué es lo que estoy
contando.
–¿Qué opina de el tratamiento que da el cine actual a la violencia?
–Debo decir que no me gusta cómo se relata no ya la violencia, sino la misma
muerte, en el cine. Hay un exceso de sangre y de tortura que no conduce a
ninguna parte. Estamos tan acostumbrados a verlo en la televisión que ya
casi no nos afecta. Me molesta profundamente el tratamiento de la violencia
gratuita, cómo vemos la muerte de niños como si nada… la cámara lenta que
inventó Peckinpah a él le pudo ir muy bien, pero a mí me molesta mucho,
porque ya se ha convertido en una práctica completamente inmoral, casi
maléfica. Al menos que haya una tragicomedia por encima que le dé vuelo a la
narración, la violencia debe tratarse con seriedad.
El rodaje final
–¿Cómo se planteó el rodaje de la matanza?
–Como siempre, me he reservado el final para la última parte del rodaje. La
violencia en mi película está justificada, no le queda más remedio que ser
brutal. Si me hubieran preguntado al principio del rodaje cómo iba a rodar
la matanza, seguramente lo hubiera hecho de otro modo. Era la parte que más
me preocupaba. La ruedo al final porque lo hago en función de cómo se ha ido
desarrollando el resto de la película.
–¿Cree que los diez minutos finales podrían haber dado al traste con toda la
película?
–Sin duda. Es una película muy difícil de hacer y no lo parece, porque la
narración está todo el rato en el umbral. Lo difícil era llegar a esa
secuencia y que te la pudieras creer. Es un misterio, pero creo que siempre
me he movido bien en ese terreno. Pero he tenido un reparto maravilloso.
Estaban todos inspirados y volcados hacia mí, y eso es un sustento muy
importante |