Fuente
El Mundo 1202 Por
Helena Medina
El guitarrista Paco de Lucía ha obtenido el Premio Príncipe de Asturias de
las Artes 2004 porque, según el jurado, "ha trascendido fronteras y estilos
y es hoy un músico de dimensión universal". De Lucía competía con el rockero
estadounidense Bruce Springsteen, el bailarín francés Maurice Béjart y el
compositor británico Andrew Lloyd Webber
“He aprendido a meterme en corazas para que la gente y las situaciones no me
destrocen”
Paco de Lucía ha encontrado la paz en plena selva mexicana. Le costó mucho
hallar un lugar donde aislarse del bullicio que su nombre provoca. Quizá por
eso nunca hasta ahora había dejado entrar a la prensa en su refugio del
Yucatán. Una periodista de televisión ha disfrutado del lujo de conversar
allí con el maestro y de grabar un documento único. Ha descubierto a un
músico en plena creación y a una persona en la profundidad de sus
sentimientos. Paco de Lucía vive y compone entre dos mares, el que rodea su
jungla y el que acaricia su querida Algeciras
Entre dos mares. Podría explicarse como
si fuera un cuento: había una vez un príncipe que lo tenía todo, pero que
estaba triste. Tenía un palacio, una corte de aduladores, una vida
brillante… Pero huyó. Trató de encontrar la felicidad lejos, donde a nadie
le importaba si era o no un príncipe. Dejó muchas cosas; encontró otras
nuevas. Pero un príncipe siempre sigue siendo un príncipe. Y Paco de Lucía
no dejó de tocar la guitarra.
Estamos en la península del Yucatán, en México. En una jungla frondosa,
salpicada de ruidos de animales, de sonidos de ramas que crujen. En medio de
esa jungla, donde nadie se espera una presencia humana, vemos una casa.
Grande, sobria. En el jardín, es decir, en la selva misma, juega una niña
muy pequeña. Hay una piscina, y gansos para mantener la casa libre de
serpientes.
Entramos en la casa, en la que nunca antes ha estado un equipo de televisión
porque Paco de Lucía es muy reacio a las entrevistas, a las cámaras; es muy
pudoroso a la hora de proyectar su imagen al exterior.
Y es que hace tiempo, cuando no estaba preparado ni deseoso de una
popularidad a la que luego tuvo que acostumbrarse, le vino un aluvión de
entrevistas, cámaras, que proyectaron su imagen en los hogares de toda
España. Es ese momento de su vida el que ha quedado grabado en la memoria
colectiva de todos, incluso de los no aficionados al flamenco. En esa
memoria colectiva permanece una imagen en blanco y negro (la de los
televisores españoles de principios de los 70) de Paco de Lucía tocando su
guitarra: melena lisa (aún la conserva, exacta); rostro serio (que hoy,
apenas cambiado, cuenta sin embargo una historia más larga); piernas
cruzadas (hoy ya las cruza sin problemas, sobre cualquier escenario, pero
entonces le costaron más de una crítica).
Las notas de su guitarra, especialmente las del tema que le hizo popular,
Entre dos aguas, se derramaban en las discotecas, en los pubs… Lo escuchaban
los niños pijos en sus locales payos, los progres de la época, todos… Se
convirtió en un fenómeno de moda, y él lo llevó fatal: “No estaba preparado
para eso. De pronto, entrevistas, conciertos por toda España, dinero…
Aquello fue muy fuerte para lo que yo tenía previsto que iba a ser mi vida”.
Por eso aquel circo fue un paréntesis. La fama ya estaba ganada (llevaba
tocando desde los 12 años) y tras la vorágine las cosas volvieron a su cauce
porque él lo quiso: siguió creciendo por el camino que le correspondía, el
de los genios, el de los músicos que estudian y mejoran, que toman la
tradición y la revolucionan. Desde entonces, discos, giras triunfadoras por
todo el mundo tocando con los más grandes, él que es el más grande del
flamenco. Influyendo en los grandes. Al DiMeola, John McLaughlin y Chick
Corea han incorporado las falsetas de Paco en su jazz; Carlos Santana suena
también a Paco.
Tomando de los grandes, absorbiendo su sabia y convirtiéndola en flamenco;
haciendo flamencas cosas que no lo eran. Como hizo él a su vez con el jazz
(jugando a improvisar cuando el flamenco nunca antes había admitido la
improvisación); como hizo con Falla o con el Concierto de Aranjuez de
Rodrigo (él, que no sabía leer un pentagrama, que dejó la escuela a los 11
años y sólo trabajó con sus manos y su oído en las cuerdas); como hizo
cuando entregó a su percusionista, Rubén Dantas, un cajón de madera peruano
que hoy es ya un instrumento para muchos músicos, en muchas músicas.
Es intemporal y mueve masas, las mismas que movió en 1975 en el Teatro Real
de Madrid, reservado hasta entonces para la música clásica, cuando lo llenó
de un público joven, con barba y pantalones de pana, que nunca antes se
había visto por allí. Eso impresionó a todos, menos a él: “Yo ya llevaba
años tocando en el equivalente al Teatro Real en Berlín, en Frankfurt, en
cientos de países de todo el mundo donde la música clásica era incluso más
importante que en mi propio país”. Y es que nadie es profeta en su tierra y
él no fue una excepción.
El personaje público / El hombre privado. Nadie es profeta en su
tierra. Y es que no es Paco de Lucía quien nació en Algeciras en diciembre
de 1947; es Francisco Sánchez. Tenía cuatro hermanos y un padre guitarrista
que le dio todo lo que después haría de él a Paco de Lucía. Un padre que
tocaba todas las noches en juergas flamencas para ganarse el pan; que por
las mañanas, aún con las marcas del sueño en su rostro, vendía calcetines,
quincalla, lo que fuera, en el mercadillo callejero de la ciudad andaluza
para poder mantener a su familia.
Es Francisco Sánchez el que hoy, en esta jungla de México, junto a otra
orilla del mismo mar, ha encontrado la paz. Llegó aquí hace 20 años, para
descansar unos días en medio de una gira, y se enamoró del mar de Playa del
Carmen: “Lo único que me cura cuando vengo de una gira es el mar y la
selva”, dice. Pero el paraíso se le llenó de turistas, de bolsas de plástico
que flotaban en el agua, y cuando salía a pescar –su gran afición– ya no
encontraba peces.
Por eso se adentró en la selva, en el suelo virgen que nadie había hollado
antes: es el lugar donde recibe al equipo de Alea TV. Primero, sin
entusiasmo, por ser fiel a su amigo Manolo Nieto, el director de fotografía,
que tantas veces le ha propuesto hacer un documental escuchando siempre,
como respuesta, un “ya veremos”. Pero el argumento que finalmente le
convence se lo da Pablo Usón, el productor ejecutivo: sólo existe un
reportaje gráfico de Paco de Lucía. Lo hizo un productor alemán a base de
imágenes de archivo, medio robadas, sin su consentimiento. El resultado fue
todo lo pobre que uno pueda imaginar, y aunque apenas tuvo difusión a Paco
le dolió en el alma…
¿Por qué no resarcirse ahora? Aún así costó un año convencer del todo al
maestro que tantas veces se ha sentido manipulado, abusado. Un año en
obtener no sólo su consentimiento, sino su interés, su colaboración más
estrecha (el maestro se implicaría después hasta el extremo de trasladarse a
la sede de Alea TV en Barcelona para ser él mismo quien editara las
músicas). Por eso este documental tiene algo de legado; es como una
confesión autografiada de uno de los más grandes genios musicales del siglo
XX. Es definitivamente Francisco Sánchez quien por vez primera, y
posiblemente única, desnuda el alma para explicar a Paco de Lucía.
Desde el gran porche del patio central, unas escaleras suben a un estudio en
donde huele a tierra mojada y a algo vegetal, salvaje. Sentado frente a un
ordenador, con su guitarra al lado, Francisco Sánchez trabaja en la
composición de las piezas de su próximo disco, que saldrá en 2003. El
último, Luzia, salió hace cuatro años. “Paco saca un disco cada tres o
cuatro años. Y es que no puede ser de otra forma. Porque no se repite, no va
a lo fácil… Cada disco es nuevo”, dice su amigo Manolo Nieto. “Hace unas
semanas, en Madrid”, sigue Manolo, “estábamos Paco y yo en el estudio de
sonido, con toda la banda del Tío Pringue, como llamamos al grupo de
íntimos, y con Tomatito y Vicente Amigo, escuchando la grabación de una de
las piezas. Sonaba todo nuevo, todo renovado, como siempre suena lo de Paco.
Y Tomatito se puso muy serio, con cara de sufrimiento genuino, y le dijo a
Paco: ‘Si es que nos vas a volver locos. Si es que estábamos asimilando lo
último que hiciste, que aún no nos había dado ni tiempo, y ahora vienes con
otra cosa…’”.
Y es que todos le asimilan, todos le siguen, porque ha creado una escuela
que ya es historia del flamenco. Herederos directos son Vicente Amigo,
Cañizares… pero, como dice Tomatito, “¿quién no suena a Paco? Es que es
imposible…”. Francisco Sánchez crea, estudia, medita en este estudio de la
selva. Y es Paco de Lucía quien toca lo creado luego, en las giras, en los
estudios de grabación. Es Francisco Sánchez el que toma el avión en México y
es Paco de Lucía el que llega a Madrid y comienza la larga tanda de
negociaciones, cenas con ejecutivos de su discográfica (Universal); en
definitiva, todo aquello de lo que se libra durante al menos siete u ocho
meses al año en México.
España en el corazón. ¿Es Madrid, hoy, ya sólo eso para el artista
que se trasladó a la capital con su familia cuando tenía 12 años, que fue
feliz en sus calles, en los billares Callao, en los tablaos de entonces?
¿Cuál es la relación del maestro con España, su tierra? Como decía el verso
de Neruda, Paco de Lucía lleva a España en el corazón (la poesía –que tanto
le llena– y el cante –porque es también cante lo que sale de la guitarra de
Paco– son primos hermanos). “Yo de alguna manera cuando me subo a un
escenario sigo estando en Algeciras. Yo inconscientemente siempre estoy en
mi tierra, vivo en mi tierra. Todo lo que sucede en mi vida está vinculado a
ella”. Paco tiene casas en Algeciras, en Madrid… Ahora, anda en la
construcción de una en Toledo.
El artista regresa a su país también como Francisco Sánchez, porque hay
lazos que nunca ha deseado cortar: viene para reencontrarse y mantener el
lazo vivo con sus tres hijos mayores, fruto de un primer matrimonio. Viene
también Francisco Sánchez para ver a su gente, en Algeciras. A sus amigos de
la infancia, que aún siguen ahí. Y a todos, porque la gente de su tierra
tiene lo que él más admira: “Yo soy un enamorado de la gente que tiene
gracia, que tiene sentido del humor; eso para mí es un arte”. El mismo arte
que por lo visto tenía la madre del artista, Luzia, aunque fuera portuguesa.
El mismo que tiene él cuando está a gusto con alguien.
Pero sucede, también, que no es a Francisco a quien reciben, sino a Paco de
Lucía. Daniel Hernández, director del documental, se quedó impresionado:
“Durante el rodaje en Andalucía, no pasaban dos horas sin que alguien se me
acercara para pedir algo: ‘Usted que está ahora con Paco, a ver si le puede
decir que venga a la boda de mi hija’. O cosas como: ‘¿No le podría usted
pedir a Paco que se viniera el día que inauguro el restaurante, y ustedes
están invitados, naturalmente?’. Comprendí por qué lo que tanto ama Paco es
también una fuente de desdicha”.
De eso sin duda huía también cuando decidió quedarse en México. Y de los
aduladores. Y hasta es posible que huyera de la adulación sincera, porque es
muy crítico consigo mismo. “Tengo ese defecto que no me deja vivir: sólo veo
lo que está mal. Eso me viene de la niñez, de la disciplina aquella que me
inculcó mi padre. Algo tengo que tener bueno yo, pero no lo veo. Soy una
especie de enfermo en ese sentido”. Entonces, ¿cómo digerir, cómo reaccionar
a las continuas alabanzas de los demás? “Yo no me suelo creer lo que dice la
gente. Sé que les gusto, pero la opinión que cuenta es la mía, y no es falsa
humildad, pero hay tantas gentes por ahí que hacen cosas que ni soñando las
podría hacer yo, que no puedo permitirme el lujo de creerme que soy un
fenómeno”.
Reencuentra a los amigos; ve a su gente, que sigue igual, como si no
hubieran pasado 20 años. Pero es otra España la que encuentra ahora cuando
viene; poco que ver con aquélla en la que unos guerrilleros de Cristo Rey,
en plena Gran Vía de Madrid, le dieron una paliza por unos comentarios de
carácter liberal que habían salido en la prensa. A él, que nunca ha hecho
públicas sus convicciones políticas porque eso pertenece a la esfera de lo
privado.
De España habla Paco no refiriéndose a cuestiones políticas ni sociales,
sino sentimentales, artísticas; a veces, comparándola con otros países de
ese mundo que él conoce tan bien: “Un país latino nunca podrá llegar a
triunfar económicamente como Japón, porque el español nunca se pone de
acuerdo y todos tienen la posesión de la verdad. Y eso es así… Y discuten y
pierden mucho tiempo. Ahora bien, la individualidad en España, cuando sale
bien, da un Picasso, un Lorca, un Antonio Machado”.
Una vida nueva. La niña que juega en el jardín de la selva se llama
Antonia y es la hija de Paco. Pertenece también al ámbito de su vida
privada, como todo lo que no sea tocar la guitarra, pero no le ha importado
que la filmemos con él durante unos instantes compartidos. Esa concesión
quizá se deba a que ya todo se va fundiendo en todo, y su vida personal se
aproxima cada vez más a su música: tiene armonía, serenidad, sin perder la
pasión. Es ahora un hombre más familiar, que pasa –embutido en su quimono de
hace 20 años– más tiempo en casa, menos en juergas.
Mostrarnos a su hija, permitirnos filmarla aunque sea en imágenes tan
breves, es algo que tomamos como una prueba de confianza; llega cuando ya
llevamos tiempo con él (compartiendo hoteles, entrando en camerinos,
subiendo al escenario) durante su última gira en España, Italia, Grecia,
Líbano… Esas primeras semanas en la gira, antes de venirnos aquí a México,
nos han mostrado a un Paco de Lucía distante, desconfiado. Ha costado llegar
a mostrar a Francisco Sánchez: “He aprendido a meterme en corazas para que
la gente y las situaciones que he vivido no me destrocen”. Por eso todo el
mundo le respeta, le tiene incluso algo de miedo. Pero también le quieren. Y
es que detrás de la coraza está el hombre, y eso se puede ver. “Estoy muy
contento de no haber hecho daño; de haber tratado de hacer lo que ha estado
en mis manos para ayudar a los demás. Y de que la vida que he vivido no me
haya hecho ser un cabrón”.
Porque Paco de Lucía tenía motivos para haber sido un cabrón: gente que se
le aproximaba sólo para sacarle partido, soportar presiones continuas… Pero
Francisco Sánchez, no. Por eso es de Francisco todo lo humano, todo lo que
se intuye pero no se ve. Es Francisco quien tiene miedos: “Un guitarrista se
pasa demasiadas horas solo, y la soledad es peligrosa porque llega un punto
en que ya empiezas a ver fantasmas; es la neurosis ésa de la que hablan los
psicólogos. Yo la he sentido hasta niveles en que oía la puerta y me
asustaba. ¿Quién vendrá? ¿Qué va a suceder?”.
Es Francisco quien tiene dudas: “Vivo en la duda, toda mi vida he vivido en
la duda. Y creo que voy morir viviendo en la duda”. Todo eso de Francisco,
Paco lo ahoga cuando se sube a un escenario: “Te puedes permitir el lujo de
dudar hasta que llegas a las cortinas, justo antes de salir al escenario.
Sólo hasta ahí. Cuando sales al público, ahí se acabó, allí ya no existe la
duda. Ahí tienes que defender lo que tú eres e ir a muerte, y creértelo”.
Él se lo cree. Y tiene tanta fuerza el escenario, absorbe tanto la vida de
negociaciones y compromisos, que a veces le parece que algo muy suyo se
perdió para siempre; se lamenta de una identidad que dejó en algún lugar del
camino: “Ya casi no existe Francisco Sánchez. A Francisco Sánchez se lo
comió Paco de Lucía”, dice. Pero el maestro se equivoca. Porque sólo
Francisco Sánchez podría decir algo así. Y porque es Francisco Sánchez quien
necesita para vivir esta jungla de México, junto al mismo mar que lleva a
Algeciras |