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Fuente Clarín 170704 - Por Diego Marinelli y Flavia Costa

En Buenos Aires, Andrés Rivera vive en un departamento pequeño, para nada lujoso, del barrio de Belgrano, y recibe a las ocasionales visitas con café humeante. Se sienta a la mesa con el gesto severo que solemos ver en las fotografías que aparecen en las solapas de sus libros y que publican diarios y revistas desde que goza de lo que él llama, con impecable desdén militante, "el éxito burgués". Es decir, desde que en 1992 le fue otorgado el premio nacional de literatura por su novela La revolución es un sueño eterno, con la lenta velocidad de los reconocimientos. De hecho, entre ese premio y su primera novela, El precio (1957), habían pasado 35 años; y para entonces Rivera (Marcos Ribak en las credenciales oficiales) había escrito parte de la mejor literatura argentina de este tiempo.

Habla pausado, en tono más bien grave y sentencioso, y con la cadencia —frases cortas, palabras descarnadas— que se reconoce en su escritura. En pocos días vuelve a Córdoba, su propia tierra de exilio desde 1995. Allá vive en el barrio proletario de Bella Vista donde su mujer, Susana Fiorito, levantó una biblioteca popular y da batalla desigual y permanente contra las injusticias.

Rivera conoce bien el ritual del reportaje, entre otras cosas por que antes de escritor fue periodista (y antes, obrero textil, estudiante de bioquímica, militante del partido comunista), y le imprime una modalidad especial, un juego de simetrías por el cual devuelve las preguntas con nuevas preguntas filosas, como subrayando que los escritores son, en esencia, hombres que se imponen el deber de la duda.

Se trata de hablar de su nuevo libro, Cría de asesinos. Son siete relatos; dos de ellos, el primero y el último, escritos en los últimos meses. Cuenta Rivera que suponía que con esos dos textos bastaría para un volumen de más de 100 páginas: "Hasta yo me sorprendí cuando tuve que agregar otros cuentos —comenta—. Me parece una buena señal, porque el lector hoy tiene muy poco tiempo. Y porque esa economía da cuenta del lento aprendizaje de la escritura".

En este volumen, Rivera retoma con distinta intensidad las dos grandes líneas que frecuenta su narrativa. Por un lado, sigue visitando el pasado, las iniquidades de la historia argentina. Por otro lado, y sobre todo en los relatos "Cría de asesinos" y "El precio", agrega situaciones o personajes a su saga autobiográfica: la historia de su alter ego Arturo Reedson, que va desde aquel primer libro hasta los más recientes Nada que perder, El verdugo en el umbral y Tierra de exilio.

Y atravesando cada cuento, tal como ya había percibido Ricardo Piglia en 1972, aunque con ferocidad aumentada —si algo así fuera aún posible en la narrativa de Rivera—, "la política expresada en el lenguaje del deseo". El erotismo cruel, la humillación y el dominio sobre el cuerpo del otro que es, en la clave de estos textos, el modo en que se padecen y gozan más o menos secretamente las relaciones de poder.

- —Los cuentos que integran este libro ocurren en momentos distintos, aunque a diferencia de otras novelas, las referencias al pasado no ocupan un lugar central, sino que parecen sólo acompañar las acciones.

- —Bueno, estos cuentos no tienen —como algunas novelas que he escrito— personajes que fueron protagonistas de la historia argentina, como Juan José Castelli, Juan Manuel de Rosas y José María Paz. Aquí sólo hay alusiones como en el primer relato, "Iniciaciones", donde hay referencias a la guerrilla de Montoneros. O en "El precio", que transcurre a comienzos de los años 50 en una empresa textil de Villa Lynch. El protagonista es Adolfo, el primer patrón que tuve cuando aprendí el oficio de tejedor de seda. El último cuento del libro, "Cría de asesinos", sí es un retrato del presente: violencia urbana, bandas delictivas y decadencia del país, una visión del momento histórico que estamos viviendo.

- —Recién mencionó el cuento "El precio", que lleva el título de su primera novela. Varias veces anunció que quería reescribirla, ¿éste es un intento?

- —No, no me propongo reivindicar esa novela que califico, sin temor alguno, como mala. No tengo tiempo. Pero me pareció un título adecuado y volví a usarlo, porque es seco y definitorio.

- —¿No va a reescribirla?

- —No: el tiempo se acaba. Y tengo otros proyectos. Además, está esa afirmación de Borges: da más placer leer a los otros que escribir. Leer es excepcional. Sobre todo si uno es un escritor honesto y, por ende, es capaz de decir: "aquí me repito, ya basta".

- —Algunos de estos nuevos relatos, más que repetirse, parecen enfocar otros personajes y aspectos de esa gran narración troncal que es la saga de Reedson. Como el cuento "Cría de asesinos", que narra el momento previo a su muerte, tal como se cuenta en - Tierra de exilio- .

- —Sí, pero eso se fue dando, no fue premeditado. Un día me encontré con que, aun con otro nombre, Reedson aparece en varias novelas. Recién ahí veo que hay una saga. En el caso de "Cría de asesinos", debo agregar que conozco a esos chicos, a Lucas y Daiana, desde que llegamos a Córdoba. Son hijos de un ex policía que fue dado de baja por "abuso de arma", y que tienen su casa junto a la biblioteca que impulsa mi mujer. El nuestro fue un barrio de trabajadores que hoy está completamente atravesado por la droga o el fana, como le dicen allí. Los chicos llaman "fanear" a poner pegamento en bolsas de papel y aspirar.

- —Algo de esta historia tiene resonancias del asalto que sufrió en noviembre pasado, en su casa de Córdoba. Cuando se narra un episodio de la vida reciente, ¿de qué modo esa emoción —la bronca, el miedo— puede trabajarse literariamente?

- —Tenés que tomarte un tiempo. Eso lo aprendí. Si no, hacés un panfleto. Con el tiempo podés reelaborar, para que la rabia no condicione la escritura. Hoy ese debate entre forma y fondo ha perdido toda vigencia. No hay manera de transmitir un mensaje, el famoso compromiso de Sartre, sin una buena escritura.

- —¿Se refiere a buscar una forma de belleza, aunque sea áspera?

- —Sí, esa belleza existe; la proporciona el placer de la escritura. Cuando lográs que el lector acepte tu historia, que la considere verosímil por más cruel que sea, y acepte tu escritura, tu jadeo: ahí está la belleza.

- —Una vez dijo que nuestra literatura no tiene pobres malos. Que sólo un gran escritor podría mostrar un 'cabecita negra' que es cruel. Los personajes de estos cuentos lo son. ¿Le costó tomar esa decisión?

- —No, me dio placer, como cuando escribo algo que proviene del impulso interior. ¿O vamos a creer que el hecho de ser pobres los santifica? Cuando conocí a Lucas y a Daiana eran menos que adolescentes. ¡Y no sabés cómo hinchaban! Pero claro, ¿quiénes los usan? La policía. Porque el verdadero Lucas ya pasó unas cuantas veces por la comisaría. Algún día a alguien le va a convenir que aparezca en un zanjón con una bala en la cabeza, pero mientas tanto, lo usan. Para aterrorizar, para hacerte callar. ¿Sabés cuál es la página que leo primero en el diario?

- —¿Policiales?

- —Sí, porque la suerte de Bush ya está echada en Irak. Y porque el espectro del país está ahí. La policía es un cuerpo al servicio de los dominadores. El día que los derrotados tomen el poder —cosa que dudo que ocurra aquí— va a tener que renovar toda la policía.

- —En el cuento "No hay más que esto", el protagonista afirma: "Mi abuelo dijo que este país no tiene cura". ¿Usted cree eso?

- —Dependerá de los argentinos. Depende de que quieran cambiar el país, y cómo. Si lo quieren cambiar de tal modo que no haya estas distancias de espanto entre ricos y pobres, en que todos tengan una oportunidad, en que se haga verdad ese deseo de Marx de que el mundo sea un ágora griega donde los ciudadanos resuelvan los problemas de Estado en la plaza, pero sin esclavos... - —Se ha dicho que es la suya una épica de la derrota y la desesperanza. Sin embargo, su prosa parece más bien furiosa. Si la derrota es abatimiento y silencio, la suya es una escritura que grita, que denuncia que hay una pared para ir a golpearse la cabeza una y otra vez.

- —Se ha dicho mucho sobre mi literatura: primero que hacía novela histórica. Después que hacía novela política, cosa que no rechazo. Después es cierto que defiendo a los derrotados: en este país ya casi no se puede hablar, como lo hacía el mejor marxismo, de una sociedad dividida en clases. Hemos retrocedido tanto que estamos en la época del feudalismo y hablamos de pobres y ricos. Hoy leía en el diario que el diez por ciento más rico de la población concentra más del 40 por ciento de la riqueza total. En este país los derrotados son los pobres de toda naturaleza. Los despojados de todo, los que ya no tienen nada que perder.

- —¿Y hay esperanza?

- —La esperanza se escribe en el agua. Italia fue una de las grandes cunas de la civilización, ¿cómo puede tener como premier a Silvio Berlusconi? ¿Y Alemania? ¿Y la España de Aznar? Entonces, ¿cómo hablar en tono pontificial sobre la esperanza? Eso hay que dejárselo a los curas con sotana o a los curas sin sotana, que los hay. Y de ambos sexos. Tengo para mí que la furia es una forma de esperanza.

- —¿La literatura no cumple un papel en relación a la historia, a esta historia? ¿O cree, como Borges, que la historia se vuelve al fin material literario?

- —Aquí la literatura no cumple ningún papel. Y en cuanto a la frase de Borges, el decía esto con un poco de sorna, mientras que yo creo que no siempre la historia se convierte en ficción. Para volverse material narrativo tiene que tener eso que Faulkner llamaba el impulso interior.

- —En el relato que abre el libro, "Iniciaciones", sobrevuelan las reflexiones sobre los años 70, una época que hoy está en primer plano. ¿Cuáles son, para usted, las cuentas pendientes con lo que ocurrió en esos años?

- —Todas. ¿O ustedes creen que ha pasado algo? Yo creo que buena parte de la sociedad argentina no debe estar muy satisfecha con lo que se ha hecho hasta ahora en ese sentido. Esto no implica una crítica al actual gobierno: es una realidad. Familias como las de Araoz —que protagonizan ese relato—, o las que han tomado su posta, siguen siendo las que gobiernan los destinos del país. Los medios han puesto de relieve algunas medidas como la destitución de la cúpula del Ejército y otras iniciativas similares ¿Y qué? San Martín alguna vez, tomó medidas como ésas y Belgrano fue aún más drástico: había un regimiento que se vanagloriaba de la coleta que llevaban sus miembros y él hizo que se las cortaran. Y el que no aceptaba, iba al paredón. Son actitudes que no se tomaron hasta ahora, es verdad. Pero, ¿qué pasa con los responsables de la desaparición de treinta mil argentinos?

- —Hace años decía que este país los había dejado sin argumentos, que sentía una tristeza profunda. ¿Hoy qué siente?

- —Bueno, esa opinión tiene una enorme carga personal. Debía estar Menem en el poder. En este momento, habida cuenta de que gozo del éxito burgués y me consultan cosas como ésta, diré que no voy a dar en público mi opinión sobre la gestión presidencial. Pero hoy no levantaría la voz contra esta gestión cuando ella es criticada por Ricardo López Murphy, Mauricio Macri y Patricia Bullrich. Y desde el punto de vista literario, bueno, Borges decía que las dictaduras favorecen la elipsis, por lo tanto enseñan a escribir. El gobierno de Menem fue una dictadura económica. Quizás ese momento nos enseñó a escribir mejor.

- —Para terminar, volviendo al libro. La parte central, con los cinco cuentos que la integran, tiene una unidad muy tensa, sostenida en una sexualidad feroz.

- —Sí, no creo haber escrito hasta ahora textos con tanta carga de sexualidad. Hace muchos años, una periodista escribió una reseña de La sierva y la tituló "Erotismo sombrío"; en ese momento me pregunté: ¿puede ser sombrío el erotismo? Pero luego me apareció otra pregunta: ¿puede no serlo? En el caso de estos cuentos, son las historias las que imponen un ritmo, una cadencia, un tono. Y demandaban ese tipo de erotismo. Pero quizás en el futuro surgirá una historia que no demande esa carga de sexualidad, entre comillas, sombría.

- —Acaso lo más curioso es el rol dominante de las mujeres.

- —Federico Engels dijo alguna vez que el último esclavo que se iba a liberar sería la mujer. A mí me parece que tenía razón. Es curioso que en este país sean las madres, las mujeres, las más enérgicas. Esto no excluye a las mujeres sometidas, pero hay otras señales. Puede parecer raro que las mujeres aparezcan como dominadoras y crueles; pero lo que pasa es que yo no creo que ni la mujer ni el hombre se liberan en este sistema. O se abate este sistema o nadie va a ser libre
Andrés Rivera Vida
Nació judío en la Argentina de 1928. Marcos Ribak, decía el documento; no decía que su padre era un obrero textil que tenía su vida puesta en el sindicato. Marcos fue por esa ruta: el 45 lo encontró en el partido comunista, donde estuvo 20 años. Se hizo periodista. En 1957 publicó "El precio" y empezó a llamarse Andrés Rivera. En 1962 salió "Sol de sábado". Luego, en 1972, "Ajuste de cuentas" (cuentos policiales). Dejó de escribir —no es cualquier década— hasta 1982, cuando volvió con "Una lectura de la historia". Algunos de sus libros reconstruyeron la saga de los inmigrantes que huyeron de Europa e hicieron la izquierda argentina. Otros, se remontaron al siglo XIX.

En 1984 salió "En esta dulce tierra". En 1987 se hizo famoso con "La revolución es un sueño eterno", donde enfocaba a Castelli, "el orador de la revolución". Luego publicó "El amigo de Baudelaire". Después, "El verdugo en el umbral", la saga de un inmigrante nacida en el progrom; "El farmer" (1996) donde inventa la voz de Rosas. En 2000 salió "Tierra de exilio" y en 2003, "Ese manco Paz".

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