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200704 - Fuente
El País - Juan Ruíz Sierra
Un cuarto de siglo después del
triunfo de la revolución que derrocó a Anastasio Somoza, Daniel Ortega
continúa como líder del
Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). El ex presidente de
Nicaragua ha perdido tres elecciones consecutivas y ha sido acusado de
corrupción y de haber abusado sexualmente de su hijastra. Sus niveles de
popularidad, además, van en descenso. El, sin embargo, dice ser el mejor
candidato del FSLN. En esta entrevista, Ortega habla de los años
revolucionarios y de la situación de un país maltratado por la corrupción de
sus gobernantes. También afirma no haber cambiado en nada desde aquel 18 de
julio de 1979 en el que entró triunfante en Managua
–¿Qué queda hoy de la revolución sandinista?
–Un sentido de dignidad ciudadana. A lo largo de la historia de Nicaragua se
habían presentado momentos de dignidad por parte de una minoría con un alto
sentido de patriotismo. Sandino, por ejemplo. La revolución, en cambio, vino
a inculcar ese valor a todos. Y digo a todos, tanto a los sandinistas como a
los antisandinistas, porque hasta 1979 lo que había aquí era una población
con un 60 por ciento de analfabetismo. Eso es lo que heredamos nosotros: un
pueblo sin educación, un pueblo de esclavos.
–¿Piensa que el principal logro de la revolución sandinista fue la
alfabetización?
–Así es. No se discriminó a nadie. Hablo de este elemento, que es
intangible, pero es también mucho más importante que toda la tierra que la
revolución dio a los campesinos.
–Cuando recuerda las esperanzas que despertaron al tomar el poder, ¿no se
siente frustrado al comprobar en qué ha acabado todo?
–No, no siento frustración. Si bien es cierto que ha venido avanzando
lentamente la restauración del orden anterior, pienso que continúa habiendo
espíritu de lucha en Nicaragua, gracias a la revolución.
–¿Diría que los últimos gobiernos del Partido Liberal Constitucionalista (PLC)
en Nicaragua pretenden un retorno al somocismo?
–Sí. Es el mismo modelo, pero sin Somoza.
–Pero en materia de derechos humanos, por ejemplo, hay una diferencia
evidente. Usted puede hacer hoy política sin acabar en la cárcel, como
estuvo siete años durante el régimen somocista.
–Son iguales que Somoza. El perseguido político es uno más de los tantos a
los que se les violan los derechos humanos. Pero los derechos sociales son
fundamentales. Aquí no hay recursos, no hay medicamentos, y eso es un
crimen, una violación de los derechos humanos.
–El gobierno alega que no cuenta con suficientes fondos.
–Fondos sí hay. Aquí han robado 1600 millones de córdobas (83 millones de
dólares), dicho por el actual presidente de la República, Enrique Bolaños,
que fue vicepresidente con Arnoldo Alemán. ¿Cuántas vidas se podrían haber
salvado con todo ese dinero?
–¿Considera sincero al actual presidente cuando afirma que su fin es
combatir la corrupción?
–Yo quiero creer que es sincero, quiero creer que cuando era vicepresidente
no tenía fuerza para combatir la corrupción.
–Volvamos a los setenta. La izquierda latinoamericana de entonces es muy
distinta a la de ahora.
–Hay que diferenciar entre objetivos y métodos. En los años setenta, América
latina estaba plagada de dictaduras militares respaldadas por los
gobernantes norteamericanos. No había otra alternativa más que las armas.
Con los desplomes de las dictaduras se abrieron espacios muy restringidos en
el orden político para la izquierda, porque ésta sigue siendo estigmatizada
por el imperialismo y por las fuerzas de la derecha latinoamericana. A pesar
de ello, ha habido avances impresionantes, que tienen que ver con el
agotamiento del modelo neoliberal. En estos tiempos, la opción que tenemos a
la vista es combinar los métodos de lucha. Por un lado, la lucha social, que
está a la orden del día en toda América latina y que incluso ha derrocado
gobiernos, como en Argentina. Por otro, la electoral.
–¿Y la lucha armada? ¿La sigue considerando legítima?
–Se mantiene. En Colombia apunta a la toma del poder y es una lucha legítima
del pueblo colombiano.
–¿Los fines de la izquierda son los mismos de siempre?
–Sí, los objetivos son los mismos: la defensa de la soberanía de nuestros
países. Siguen siendo los mismos ideales de Sandino o del Che. Sólo que
ahora, en lugar de destacamentos guerrilleros, lo que tenemos son
destacamentos de lucha social, que son los campesinos, los indios, los
negros, los trabajadores, los desempleados. Es decir, tenemos una verdadera
masa social. Se han logrado victorias electorales, como en Venezuela, que yo
diría que es la victoria más impresionante que ha logrado la izquierda
después de las revoluciones en Cuba y Nicaragua. Y el triunfo del Partido de
los Trabajadores en Brasil.
–¿En qué ha cambiado usted a lo largo de estos 25 años?
–Sigo siendo el mismo.
–Dicen que es más conciliador.
–Siempre he sido así. Nosotros siempre tratamos de conciliar cuando
estábamos en el gobierno. El problema es que tuvimos un enemigo muy
poderoso, que fue el presidente norteamericano Ronald Reagan, que les decía
a las fuerzas opositoras al sandinismo: “No vayan a las elecciones”, y no
iban a las elecciones. Les decía a los grupos económicos: “No tomen ningún
acuerdo político con los sandinistas”, y no tomaban ningún acuerdo político.
–Cuando su candidatura presidencial perdió las elecciones frente a Violeta
Barrios de Chamorro, en 1990, una buena parte de las propiedades del Estado
pasaron a manos del FSLN, en lo que se llamó la piñata. ¿A qué se debió?
–Ninguna propiedad pasó a manos del Frente cuando perdimos las elecciones.
Ninguna. Que me digan cuál, que me la documenten. Esa es una infamia que han
venido repitiendo todos los años y que han convertido en verdad. Cada vez
que hablo con gente de afuera me hablan de la piñata.
–Pero esto lo reconocen incluso personas que en ese entonces formaban parte
del FSLN.
–Que me digan qué propiedades son. Los que fueron sandinistas y hablan de
esa manera fueron beneficiados con propiedades, dentro de la política que
tenía el Estado nicaragüense de dar facilidades para comprar una vivienda a
un funcionario nicaragüense. Los ministros tenían un salario simbólico. Los
diputados ni siquiera lo tenían. Si cometimos algún error en el momento de
la transición, fue no haber pasado a entregarles directamente la propiedad
de las empresas a los trabajadores. Ese fue un error gravísimo. Pensamos que
el nuevo gobierno iba a respetar esas empresas como empresas del Estado, que
no las iba a vender.
–¿Se arrepiente de eso?
–Claro.
–Si volviera la revolución sandinista, ¿qué decisiones que tomó entonces no
tomaría ahora?
–Me parece que el trabajo que se hizo hacia el campo se desarrolló partiendo
de un esquema que era correcto, pero no aceptable en nuestra realidad
cultural. Es decir, partir de un polo de desarrollo, que sería una empresa
del Estado y a partir de ese polo alimentar todas las pequeñas propiedades.
Creo que sigue siendo una buena idea, pero ¿qué pasa? Como este esquema
estaba cruzado con confiscaciones y expropiaciones de pequeños y medianos
propietarios rurales, esto generaba una desconfianza en la población
campesina. Fue un error haber afectado la propiedad del pequeño campesino,
aunque fuesen contrarrevolucionarios, aunque fuesen somocistas. Eso creó una
base para alimentar la política contrarrevolucionaria.
–¿Fue ése el único error?
–No, también fue errónea la forma en que desarrollamos las relaciones con la
Iglesia Católica. Nosotros teníamos una mala impresión de la Iglesia, a
pesar de que muchos éramos católicos, porque ésta había sido históricamente
somocista. Pero en la época en que triunfamos, la Iglesia estaba mucho más
comprometida.
–Ha perdido tres elecciones presidenciales consecutivas. ¿Por qué se
considera el mejor candidato del FSLN para las elecciones presidenciales de
2006?
–El Frente Sandinista no es un partido, no surgió con la idea de ir a las
elecciones y ganarlas por ganarlas.
–Pero el FSLN preferiría estar en el gobierno.
–Claro, pero no queremos llevar al gobierno a cualquiera con tal de llegar
al gobierno. Eso no tiene sentido.
–¿Y el proyecto es con usted a la cabeza?
–No veo otra alternativa. Si se tratara de ganar la presidencia, ya la
habríamos ganado nosotros hace rato.
–¿Cómo?
–Haciendo concesiones.
–¿Concesiones de qué tipo?
–Dejando de decir que estamos a favor de los pobres, dejando de decir que
estamos a favor de los campesinos, dejando de decir que los ricos tienen que
pagar impuestos. Así seríamos muy simpáticos para todos y llegaríamos la
gobierno. Pero ¿para qué?
–¿Funciona la división de poderes en Nicaragua?
–Yo estoy cada vez más convencido de que donde hay un sistema presidencial,
difícilmente funciona la división de poderes.
–Usted sería partidario de un régimen parlamentario.
–Así es. En América latina está más que demostrado. Mire el ejemplo de
Argentina: llegó a la presidencia Carlos Menem y lo que hizo fue tomarse
todos los poderes del Estado.
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