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Clarín 0804
Además de uno de los
pianistas y directores de orquesta más reconocidos de la escena mundial, el
músico argentino Daniel Barenboim es básicamente un hombre de acción;
de acciones amplias, desprendidas y a veces arriesgadas. Puede ser la
ejecución integral de Wagner en la Opera de Berlín; las treinta y dos
sonatas de Beethoven que hizo aquí dos años atrás en seis recitales
memorables; la creación de una gran utopía político-orquestal con la
fundación de una orquesta árabe-israelí o la ejecución de Wagner en
Jerusalén, lo que le valió incluso alguna refriega por las calles de Israel.
El músico acaba de ofrecer otra de sus grandes series para el público
porteño: los dos cuadernos de El clave bien temperado de Johann
Sebastian Bach, generalmente considerado el Antiguo Testamento del piano,
que dividió en dos recitales, miércoles y jueves, en el Teatro Colón. A
pocas horas de su partida, Daniel Barenboim conversó con Clarín.
—Usted es un intérprete al que le interesan las grandes series antes que
los programas de menú variado. ¿Qué es lo que lo mueve hacia este tipo de
programas?
—El estudio del compositor o de una serie permite más posibilidades de
asociaciones. Si se toca solamente una sonata de Beethoven o si se dirige
nada más que una sinfonía, sin ocuparnos de la totalidad, las asociaciones
son bastante más pobres. Yo creo en la curiosidad, es la clave de todo. Si
el ser humano fuese lo suficientemente activo en su curiosidad bastaría
enseñar a los niños el alfabeto y el resto lo podrían aprender solos. Hay
distintas maneras de trabajar esas series. Las sonatas de Beethoven nunca
las hice cronológicamente porque pierden interés; es mejor armar programas
que contrasten distintos períodos. Con las óperas de Wagner, como se pueden
tocar una por noche, insistí mucho en hacerlas cronológicamente porque nos
da a todos, cantantes, orquesta, a mí y al público, realmente una idea muy
clara del desarrollo musical de Wagner.
—Su versión de El clave bien temperado no es muy purista y seguramente
encuentre algunos reparos desde la perspectiva del estilo histórico barroco.
¿Qué lugar ocupa en su pensamiento musical el concepto de estilo?
—El estilo es importante, pero en la música de Bach no hay sólo una cuestión
de estilo sino una cuestión básicamente filosófica. Si vemos cómo el mundo
vio a Bach, nos damos cuenta de que después de su muerte hubo poco interés
en su música y que, en realidad, el gran renacimiento de Bach se debió a
Félix Mendelssohn, a Robert Schumann, a Franz Liszt y después a Ferruccio
Busoni. Se lo ejecutó en el estilo moderno de aquella época, con el lenguaje
del siglo XIX, con todas las exageraciones que eso trajo. Luego vino la
reacción por todos los excesos del romanticismo, lo que trajo un aspecto muy
valioso, que fue el de la investigación histórica. Muy útil, pero se
convirtió en una ideología. Y el problema de las ideologías es que nunca son
modernas. Hoy se considera progresista una ideología que está mirando 300
años atrás. La grandeza de Bach, y esto se puede comprobar cuando escuchamos
El clave bien temperado, es que era musicalmente un gran profeta. Su
armonía anticipa a Beethoven y a Wagner. De ninguna manera se puede uno
limitar al problema del estilo. El problema es filosófico.
—Usted señaló en varias oportunidades que nuestra época es
preservacionista y que los antiguos no tenían inconvenientes en tirar abajo
y renovar sus edificios. Me gustaría preguntarle por su relación personal
con los objetos. ¿Los conserva?
—No. No soy coleccionista. Preservo libros, cosas de interés, pero no me
siento unido a objetos como muebles, o cosas así.
—¿Puede decirse que hay una memoria del ojo y una memoria del oído?
—Es un tema que me interesa y me preocupa mucho, porque creo que nuestra
civilización se basa mucho más en el ojo que en el oído. La cosa empieza
cuando los padres enseñan a un hijo a cruzar la calle: mirá a la izquierda,
mirá a la derecha. El instinto de sobrevivir está basado en el ojo. Pero los
padres no se ocupan de qué es lo que oyen los niños, sólo se preocupan de lo
que ven. El oído está menospreciado en nuestra cultura; no tiene la fuerza
que debería tener en la conciencia humana. Y no lo digo como músico.
—¿Qué hace durante sus días en Buenos Aires mientras no toca el piano?
—Generalmente no me queda mucho tiempo libre. Trato de ver a mis parientes,
aunque por desgracia me quedan muy pocos, de encontrarme con amigos... Y me
gusta escuchar tango...
Los parientes y amigos de Barenboim seguramente lo esperan a esta hora en la
sede de la Universidad de Buenos Aires, donde tendrá lugar un homenaje al
intelectual palestino Edward Said (muerto el año pasado), amigo y compañero
de Barenboim en la creación de la orquesta árabe-israelí (que Barenboim
pretende traer de gira por Buenos Aires el año que viene) y de un fascinante
libro de conversaciones titulado "Paralelismos y Paradojas" (editado por
Debates).
Barenboim y Said se conocieron en Londres en 1992. El palestino había leído
la autobiografía del músico y se interesó por sus opiniones sobre la
cuestión árabe-israelí. Said era a su vez un experimentado pianista que
además había escrito un agudo libro de ensayos sobre música y sociedad
titulado "Elaboraciones musicales".
—La música clásica es para usted una escuela de vida civilizada. ¿Cuál es
el alcance político que le atribuye a la educación musical en los
territorios palestinos?
—El efecto político va a depender de si hay una reforma radical de la
enseñanza de la música en el mundo entero, no digo Palestina sino en el
mundo entero; de si la música deja de ser enseñada únicamente como una
especialización profesional, o si se va a conseguir una reforma que yo
considero absolutamente necesaria para la sobrevivencia de la música en
nuestra cultura. La música es algo a través de lo cual se puede aprender
mucho sobre el ser humano, sobre la vida y sobre el mundo. Si se hace esa
reforma, entonces la música va a tener una influencia muy grande en nuestra
sociedad y también en la política. Y eso, irónicamente, es más fácil y
posible en Palestina que en el resto del mundo.
—¿Por qué?
—Como la sociedad civil está completamente desorganizada, como no hay normas
ni burocracia, puede tener un lugar un proyecto como el que abrimos el 1ø se
setiembre en Ramallah, de establecer un jardín de infantes musical.
Imagínese todos los problemas burocráticos que habría para crear eso en
Buenos Aires o Nueva York o Berlín. En cambio ahí, de repente, la música
tiene un valor aún más grande. Cada chico palestino que toma su lección de
violín es una hora que no está en contacto con la violencia, con el
fundamentalismo, con toda una clase de problemas que nosotros nos
imaginamos. El hecho de que un chico palestino esté sentado en un mismo
atril con un chico de Israel, no va a resolver el problema de la violencia,
pero va a cambiar la vida de esos dos chicos, ya que por primera vez en su
vida se esmeran por hacer algo juntos. En 1999 creamos la orquesta y eso
cambió la vida de todos nosotros. Said, uno de los intelectuales más
importantes de nuestro tiempo, consideró este proyecto como el más
importante de su vida. Y yo también.
—¿Usted se definiría como pacifista?
—No. El pacifismo es un término muy pasivo. Yo creo que en todos los
momentos difíciles hay un segundo en el que se debe tomar el tiempo de
reflexionar críticamente y de hacer algo. O se lo toma o se lo pierde. Lo
que más miedo me da de todo el conflicto en Oriente Medio es la falta de
reflexión que inmediatamente lleva a la ignorancia, porque la mente va más
lento que los hechos. Y uno que piensa así no puede ser considerado
pacifista. Más bien me definiría como activista. Activista pacífico, si
usted quiere |
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